La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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Destrucción de recursos naturales  

Pero en el siglo y medio transcurrido desde que empezó la colonización de las vertientes, se ha visto que éste es un proceso prácticamente clausurado que llevó en sí mismo los gérmenes de su rápida destrucción. Si hay una civilización de vertiente, ninguna ha durado menos que ella. Su pecado original fue la destrucción de los recursos naturales, especialmente de los bosques.

Es verdad que éstos fueron en parte sustituidos por el café, que debe considerarse como un bosque artificial; pero una formación vegetal homogénea está expuesta a enemigos naturales que se multiplican con la masa de su especie huésped, mientras que la selva clímax, compleja, mantiene un equilibrio biológico entre sus componentes y con los otros seres vivos del ambiente. La misma homogeneidad del café dio origen al fenómeno del monocultivo, rompiendo la tradición de esta parte de América, que es la producción diversificada. Apenas en los últimos años se está tratando de luchar contra el hecho de que en las zonas cafeteras no hay sino café, y el pequeño productor tiene que ir al mercado vecino a comprar los productos agrícolas que constituyen la base de su alimentación, muchos de ellos procedentes de comarcas lejanas.

 

Civilización de llanura  

El resultado ha sido que la vertiente está siendo abandonada para buscar en las llanuras cálidas un modo de subsistir; y como un gran paliativo, quizá tardío, se está tratando desesperadamente de industrializar esa zona, que está llamada a depender cada día más de la producción de los valles o tierras planas. Este proceso de abandono es independiente del de la violencia, pues ésta, aunque es cierto tiene como origen o móvil el café, no es para vinculase los violentos al pacífico cultivo y beneficio de esa planta, sino para expoliar el grano ya cosechado solamente y disfrutar su producido con la misma imprevisión con que en otras épocas se derrocharon las riquezas obtenidas con la minería, o con el tabaco, o con la quina.  

 

Ampliación del ecúmene  

El determinismo geográfico-económico de América equinoccial enseña que por sus pasos contados, en un proceso varias veces secular, y a pesar de las tendencias políticas y culturales que han tratado de desviarlo o retrasarlo, la civilización del futuro será una civilización calentana. Sólo entonces será apreciada en todo su valor la herencia genética del hombre de tierra caliente con algo de indio, con mucho de negro, y con una brizna de blanco, que soportó durante siglos el abandono de los gobiernos, y que acomodándose al ambiente tropical, moldeó un sustrato para que sobre él se desarrolle el tipo humano ecuatorial del porvenir.

La marcha a la tierra caliente es el fenómeno más notable y constante de la época republicana.

En cuanto a Antioquia respecta, los que han historiado el movimiento expansivo de la población desde el núcleo inicial del Valle de Aburrá y las dos cordilleras que lo enmarcan, hacen nota que se hizo en terrenos de propiedad particular, con títulos, por el sistema de concertaje; y que esto ocasionó no pocos pleitos y conflictos (Restrepo Euse, 1903, 170, 172, 173). Algunas de las compañías que se hicieron con fines de colonización reclamaban la posesión de extensos latifundios (Parsons, 1949, 68, 69-73; Patiño Noreña, 1989; Lopera Gutiérrez, 1986; Tirado M., 1971; Giraldo G. et al., 1981, etc.)

Pero la colonización antioqueña no ha sido la única. Merecen señalarse por lo menos dos más. La que partiendo de las sabanas de la costa atlántica ha ocupado la parte baja del Sinú y del San Jorge, y que empezó más o menos hacia mediados del siglo XIX (Striffler, S. Jorge, 1958, 126-127). Y la que desde los flancos de ambas cordilleras Oriental y Central, y aun de las altiplanicies correspondientes, ocupó las llanuras del Gran Tolima, a partir de la década 1840-1850, y se intensificó a partir del año últimamente citado, cuando la supresión del monopolio del tabaco hizo de este cultivo el pilar de la producción de intercambio con el exterior. Fue, pues, desde entonces, cuando realmente empezó como una constante la ocupación de las tierras cálidas, y empezó a familiarizar al hombre de tierra fría y templada con las llanuras cuya ocupación estuvo refrenada por el terror que inspiraba la insalubridad del clima. Analistas de tan aguda percepción y sensibilidad y de tan previdente conocimiento de su nación como Salvador Camacho Roldán y Miguel Samper, destacaron a su hora el valor que tuvo para la integración de la nacionalidad esta marcha hacia el Magdalena, una de cuyas principales etapas culminó con la terminación del ferrocarril de su nombre.

A fines del siglo XIX y principios del actual se empezó la marcha hacia el oriente, partiendo de las mesetas de la Cordillera Oriental y sus contrafuertes orientales. Este proceso continúa, y alcanzará su plenitud cuando se termine la carretera marginal de la selva.   

 

Ocupación de las grandes cuencas  

Es, pues, un fenómeno contemporáneo el de la penetración a nuevas tierras, por lo menos en Colombia y en Venezuela, menos acusado en el Ecuador. Este ímpetu de ocupar regiones deshabitadas apenas a medias ha tratado de ser canalizado por algunas instituciones oficiales. Pero la dinámica del movimiento es tal, que lo normal es que las migraciones sobrepasen la capacidad organizadora y financiera de las entidades oficiales o semioficiales concernientes.

No se ha tenido en cuenta la experiencia dejada por movimientos semejantes en el pasado, y se continúan cometiendo los mismos errores que han hecho de la colonización espontánea un sumidero de vidas y una causa de frustración y disgusto que lleva el germen de tremendas perturbaciones sociales. Muchos de los presuntos colonos después de debatirse por unos meses contra dificultades sin cuento, tienen que regresar a la parte poblada, con uno o varios hijos menos, o viudos, y perdidos todos sus modestos ahorros. Tampoco se ha hecho nada por cambiar los métodos de ocupación de nuevas tierras, que no son en último término sino destrucción anárquica de los recursos naturales, sin beneficio para nadie.

Como no hay un inventario de nuestros recursos, una tropa de colonos va o por su propia iniciativa, o por la del gobierno, y más frecuentemente, por la de organizadores y manipuladores que toman parias de los pobres ilusionados por tener un pedazo de tierra, y para clarear un lugar donde sembrar sus primeras cosechas, destruye a veces especies valiosas. Así ha ocurrido con los campesinos llevados a la región del Ariari, que desconocedores del valor de algunos árboles de esa región, como el cacay (Caryodendron) y otros, arrasan todo por igual, pues nadie les ha enseñado a hacer un aprovechamiento selectivo de los recursos naturales.

Fuera de esto existe el fenómeno de los desarraigados, que no tienen la vocación y la decisión de reconstruir su vida en regiones distintas, pues que no se adaptan sino a los lugares de donde son originarios. Hay una fijación de carácter sentimental, y éstos nunca se convertirán en buenos colonos.  

Venezuela  

Pero, a pesar de estas dificultades, es evidente que hay una tendencia, actuante en este momento, de ir ocupando las tierras calientes. Esto ha ocurrido en el Valle del Orinoco, en la parte de Venezuela, de modo especial después del establecimiento de trabajos para extraer y exportar el hierro nativo. Otras zonas calientes de Venezuela en la misma situación son las de las llanuras boscosas del sur del lago de Maracaibo, y la parte de los Llanos Orientales vecina a la Cordillera de Mérida (Turén, etc.).  

Ecuador  

En el Ecuador, la migración se ha dirigido preferentemente hacia la cuenca del río Esmeraldas; pero no es despreciable en la del Guayas y sus tributarios, y en el área amazónica, especialmente después del hallazgo de petróleo.

 

EL TRABAJO COMO ORIGEN DE LA PROPIEDAD

Invasión  

En Venezuela elementos de las clases inferiores empezaron la invasión de propiedades desde 1812, y los tribunales de secuestros daban oportunidad a las gentes de baja extracción para adquirir fincas. Los republicanos hacen lo mismo desde 1813 (Brito Figueroa, 1966, I, 192-195).

Este expediente ha sido poco espectacular en Colombia, pues ha tenido por objeto acceder a pequeñas parcelas y no a grandes extensiones, fuera de que las autoridades, especialmente la policía, han estado siempre de parte de los grandes propietarios (Soles, 1974).  

Ocupación  

Los países grancolombianos durante el siglo XIX estuvieron embargados por pronunciamientos y guerras civiles, frecuentes reformas constitucionales, penuria fiscal crónica y vías rudimentarias. No es de esperar que en esas condiciones se adelantaran empresas inspiradas oficialmente para una ocupación planeada del territorio, y así se puede apreciar que muchas entidades favorecidas con el otorgamiento de terrenos baldíos no llegaron a ocuparlos y las donaciones tuvieron que ser revocadas.

Quedó librado a la iniciativa individual el proceso de abrir nuevas tierras a la agricultura y a la pecuaria, mediante la ocupación efectiva de baldíos, aun sin títulos, para adquirirlos a posteriori. Cabe observar que dentro del concepto de baldíos se excluían los rastrojos y desmontes del solicitante, cuando estuviesen formando un solo cuerpo con los cultivos artificiales permanentes y la casa de habitación; y aunque esta ley y su disposición reglamentaria son de 1905 (Ley 56), consagra realidades anteriores. Una resolución de 26 de marzo de 1914 dice: “Debe entenderse por cultivo todo trabajo beneficioso para el baldío o el bosque, o mejoramiento de éste, mediante el desmonte, la conservación de las maderas o riquezas naturales que encierre, o en fin, todo trabajo en que intervenga la mano del hombre” (Correa, op. cit., 71; 85).

Hé aquí una anécdota que pinta la situación: 

“Encontrábame de paseo visitando las plantaciones de una colonia de cultivadores recientemente establecida en una de las abras de la Cordillera Central, que de la ciudad de Ibagué sube al fondo de la montaña por las márgenes del río Coello. Quejábase uno de los colonos, en cuya casa me hallaba, de que iba a ser despojado de su labranza por alguien que pretendía ser dueño del bosque desierto, y habiéndole preguntado inconscientemente si no tenía arreglado sus títulos de propiedad del terreno, el rudo montañés (Avelino Guerrero, para salvar su nombre del olvido), me contestó al pie de la letra lo siguiente: Sí señor. Mis títulos están allí en las enramadas del trapiche: son 18 cueros de tigre y 44 de oso que tuve que matar con mi propio mano para establecerme aquí” (Galindo, 1978, 196).

 

Varios factores han propiciado en los siglos XIX y XX la colonización en los países grancolombianos. El colono fue empujado a emigrar por varias razones:         1- Se trataba de elementos sin tierras, por haber sido desposeídos de ellas, como los indígenas de los resguardos disueltos, o por no haberlas tenido nunca, como aconteció a los negros esclavos a quienes se les concedió la libertad política pero no la económica, pues no se les repartieron tierras simultáneamente con la manumisión. O los peones y conciertos, que venían sin acceso a tierras propias desde siglos atrás.

2-. En el siglo XX se presentó la emigración de gente por persecución política, como en Colombia en la época de la violencia, y aun ahora’.

3- Porque el colono vivía por lo general de un jornal que a duras penas le alcanzaba para sobrevivir, careció de la capacidad económica que le hubiera permitido enfrentar la maquinaria expoliadora constituida por los grandes propietarios, con sus aliados las autoridades, los notarios, los agrimensores, los abogados.  

(Se habla mientras esto se escribe de un millón de desplazados).

En esta pelea del colono inerme con el papel sellado tenía que ser vencido, como lo ha sido.

         4- El colono no fue como en la época colonial un soltero que se aventuró solo en nuevas tierras, sino casi siempre un hombre con mujer e hijos, que sí bien le ayudaron en la tarea de desbravar selva, también constituían un lastre. A esto se puede agregar el carácter iletrado, que no hubiera sido factor limitante si no hubiera tenido adversarios tan poderosos y ávidos como aquellos contra los cuales debió librar una lucha estéril. Sobre algunos de estos aspectos se hablará más en el capítulo siguiente.

La acción del colono se ha traducido inconscientemente en males de gran envergadura. Por una parte se han destruido recursos naturales, como bosques, suelo y aguas, en algunas regiones con caracteres irremediables. Por otra, el colono sólo ha sido un instrumento ciego del latifundismo (Le Grand, 1988, 123-124; Mosquera Torres et al., 1978, 92-100, 110).

Hasta ahora en líneas generales se ha hablado de la colonización más o menos espontánea. Queda para el capítulo XXX tratar de la dirigida por el Estado.

 

CAPITULO XXVI  

LA TIERRA Y LOS ESTAMENTOS SOCIALES Y PROFESIONALES

 

El siglo XIX presenció el surgir de una oligarquía que reemplazó a la española, y se apoderé de los puestos públicos y de las principales actividades económicas. Sea cual haya sido la profesión que individualmente desempeñaran sus miembros, el hecho es que como clase manejaban todos los resortes del poder y de la riqueza. La tierra no fue una excepción.  

Comerciantes  

En otra oportunidad se ha presentado el cuadro de esta actividad y del papel que en ella ejercieron los integrantes de los partidos políticos tradicionales (Patiño, 1993, VI, 207-210). Por su solvencia económica, los comerciantes estuvieron en capacidad de adquirir tierras, tanto de las pertenecientes a los resguardos que por una u otra causa dejaban de pertenecer a las comunidades indígenas, como de las amparadas con bonos nacionales. Esto aun en el caso de que el comerciante no necesariamente se convirtiera en granjero; pero poseer latifundios daba prestigio social y político.  

Prestamistas  

Caso similar ocurrió con los especuladores en fondos, poseedores de bonos nacionales, compradores de nóminas a empleados etc. Su oficio consistía en aprovechar todas las oportunidades que se presentaran, en una época en que no abundaban los bancos y otras entidades de crédito. En la mayoría de los casos, éstos tampoco adquirían tierras para explotarlas personalmente. Los ejemplos más notables eran los financiadores de la colonización.  

Militares  

Ya se vio que a algunos militares se les otorgaron baldíos, en retribución a sus servicios a la causa de la Independencia. A los herederos del general Pedro Alcántara Herrán se les dieron por la Ley 34 de 28 de octubre de 1886, 1.500 hectáreas en la Isla de Coiba, litoral sur del Istmo de Panamá (Correa, op. cit., 56).  

Gamonales  

La etimología de gamonal como colectivo de gamón, el asfodelo, una liliácea del Mediterráneo (Corominas, 1984, III, G­MA, 60, 61), no dice nada a los centro y suramericanos. Pero el personaje sí tiene rasgos definidos, por lo menos desde el siglo XIX, como un sustituto del cacique, aunque este último nombre también se le siga aplicando. En el gamonal el poder político es una consecuencia del poder económico. Por lo general es latifundista.  

Religiosos e iglesias  

En 1854 un viajero extranjero consigna que los conventos poseían casi la mitad de la propiedad raíz en Bogotá (Holton, 1857, 199).  

Abogados y rábulas  

Lo que se dijo en su momento (capítulo XV) sobre el papel de estas personas en el proceso del despojo de tierras de indios durante la época colonial, operó igual en el período republicano. Un político colombiano decía que en su patria en 50 años de vida independiente, habían egresado de las escuelas y facultades sólo abogados y médicos, lo que explicaba el espíritu litigioso, disputador y chicanero de las discusiones políticas (Camacho Roldán, 1895, III, 82). Las demoras en los pleitos sobre resguardos aseguraban la usurpación (Friede, 1944, 38-40).

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