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Destrucción
de recursos naturales
Pero en el siglo y medio
transcurrido desde que empezó la colonización de las vertientes, se ha visto que éste
es un proceso prácticamente clausurado que llevó en sí mismo los gérmenes de su
rápida destrucción. Si hay una civilización de vertiente, ninguna ha durado menos que
ella. Su pecado original fue la destrucción de los recursos naturales, especialmente de
los bosques.
Es verdad que éstos fueron
en parte sustituidos por el café, que debe considerarse como un bosque artificial; pero
una formación vegetal homogénea está expuesta a enemigos naturales que se multiplican
con la masa de su especie huésped, mientras que la selva clímax, compleja, mantiene un
equilibrio biológico entre sus componentes y con los otros seres vivos del ambiente. La
misma homogeneidad del café dio origen al fenómeno del monocultivo, rompiendo la
tradición de esta parte de América, que es la producción diversificada. Apenas en los
últimos años se está tratando de luchar contra el hecho de que en las zonas cafeteras
no hay sino café, y el pequeño productor tiene que ir al mercado vecino a comprar los
productos agrícolas que constituyen la base de su alimentación, muchos de ellos
procedentes de comarcas lejanas.
Civilización
de llanura
El resultado ha sido que la
vertiente está siendo abandonada para buscar en las llanuras cálidas un modo de
subsistir; y como un gran paliativo, quizá tardío, se está tratando desesperadamente de
industrializar esa zona, que está llamada a depender cada día más de la producción de
los valles o tierras planas. Este proceso de abandono es independiente del de la
violencia, pues ésta, aunque es cierto tiene como origen o móvil el café, no es para
vinculase los violentos al pacífico cultivo y beneficio de esa planta, sino para expoliar
el grano ya cosechado solamente y disfrutar su producido con la misma imprevisión con que
en otras épocas se derrocharon las riquezas obtenidas con la minería, o con el tabaco, o
con la quina.
Ampliación
del ecúmene
El determinismo
geográfico-económico de América equinoccial enseña que por sus pasos contados, en un
proceso varias veces secular, y a pesar de las tendencias políticas y culturales que han
tratado de desviarlo o retrasarlo, la civilización del futuro será una civilización
calentana. Sólo entonces será apreciada en todo su valor la herencia genética del
hombre de tierra caliente con algo de indio, con mucho de negro, y con una brizna de
blanco, que soportó durante siglos el abandono de los gobiernos, y que acomodándose al
ambiente tropical, moldeó un sustrato para que sobre él se desarrolle el tipo humano
ecuatorial del porvenir.
La marcha a la tierra
caliente es el fenómeno más notable y constante de la época republicana.
En cuanto a Antioquia
respecta, los que han historiado el movimiento expansivo de la población desde el núcleo
inicial del Valle de Aburrá y las dos cordilleras que lo enmarcan, hacen nota que se hizo
en terrenos de propiedad particular, con títulos, por el sistema de concertaje; y que
esto ocasionó no pocos pleitos y conflictos (Restrepo Euse, 1903, 170, 172, 173). Algunas
de las compañías que se hicieron con fines de colonización reclamaban la posesión de
extensos latifundios (Parsons, 1949, 68, 69-73; Patiño Noreña, 1989; Lopera Gutiérrez,
1986; Tirado M., 1971; Giraldo G. et al., 1981, etc.)
Pero la colonización
antioqueña no ha sido la única. Merecen señalarse por lo menos dos más. La que
partiendo de las sabanas de la costa atlántica ha ocupado la parte baja del Sinú y del
San Jorge, y que empezó más o menos hacia mediados del siglo XIX (Striffler, S. Jorge,
1958, 126-127). Y la que desde los flancos de ambas cordilleras Oriental y Central, y aun
de las altiplanicies correspondientes, ocupó las llanuras del Gran Tolima, a partir de la
década 1840-1850, y se intensificó a partir del año últimamente citado, cuando la
supresión del monopolio del tabaco hizo de este cultivo el pilar de la producción de
intercambio con el exterior. Fue, pues, desde entonces, cuando realmente empezó como una
constante la ocupación de las tierras cálidas, y empezó a familiarizar al hombre de
tierra fría y templada con las llanuras cuya ocupación estuvo refrenada por el terror
que inspiraba la insalubridad del clima. Analistas de tan aguda percepción y sensibilidad
y de tan previdente conocimiento de su nación como Salvador Camacho Roldán y Miguel
Samper, destacaron a su hora el valor que tuvo para la integración de la nacionalidad
esta marcha hacia el Magdalena, una de cuyas principales etapas culminó con la
terminación del ferrocarril de su nombre.
A fines del siglo XIX y
principios del actual se empezó la marcha hacia el oriente, partiendo de las mesetas de
la Cordillera Oriental y sus contrafuertes orientales. Este proceso continúa, y
alcanzará su plenitud cuando se termine la carretera marginal de la selva.
Ocupación
de las grandes cuencas
Es, pues, un fenómeno
contemporáneo el de la penetración a nuevas tierras, por lo menos en Colombia y en
Venezuela, menos acusado en el Ecuador. Este ímpetu de ocupar regiones deshabitadas
apenas a medias ha tratado de ser canalizado por algunas instituciones oficiales. Pero la
dinámica del movimiento es tal, que lo normal es que las migraciones sobrepasen la
capacidad organizadora y financiera de las entidades oficiales o semioficiales
concernientes.
No se ha tenido en cuenta la
experiencia dejada por movimientos semejantes en el pasado, y se continúan cometiendo los
mismos errores que han hecho de la colonización espontánea un sumidero de vidas y una
causa de frustración y disgusto que lleva el germen de tremendas perturbaciones sociales.
Muchos de los presuntos colonos después de debatirse por unos meses contra dificultades
sin cuento, tienen que regresar a la parte poblada, con uno o varios hijos menos, o
viudos, y perdidos todos sus modestos ahorros. Tampoco se ha hecho nada por cambiar los
métodos de ocupación de nuevas tierras, que no son en último término sino destrucción
anárquica de los recursos naturales, sin beneficio para nadie.
Como no hay un inventario de
nuestros recursos, una tropa de colonos va o por su propia iniciativa, o por la del
gobierno, y más frecuentemente, por la de organizadores y manipuladores que toman parias
de los pobres ilusionados por tener un pedazo de tierra, y para clarear un lugar donde
sembrar sus primeras cosechas, destruye a veces especies valiosas. Así ha ocurrido con
los campesinos llevados a la región del Ariari, que desconocedores del valor de algunos
árboles de esa región, como el cacay (Caryodendron)
y otros, arrasan todo por igual, pues nadie les ha enseñado a hacer un
aprovechamiento selectivo de los recursos naturales.
Fuera de esto existe el
fenómeno de los desarraigados, que no tienen la vocación y la decisión de reconstruir
su vida en regiones distintas, pues que no se adaptan sino a los lugares de donde son
originarios. Hay una fijación de carácter sentimental, y éstos nunca se convertirán en
buenos colonos.
Venezuela
Pero, a pesar de estas
dificultades, es evidente que hay una tendencia, actuante en este momento, de ir ocupando
las tierras calientes. Esto ha ocurrido en el Valle del Orinoco, en la parte de Venezuela,
de modo especial después del establecimiento de trabajos para extraer y exportar el
hierro nativo. Otras zonas calientes de Venezuela en la misma situación son las de las
llanuras boscosas del sur del lago de Maracaibo, y la parte de los Llanos Orientales
vecina a la Cordillera de Mérida (Turén, etc.).
Ecuador
En el Ecuador, la migración
se ha dirigido preferentemente hacia la cuenca del río Esmeraldas; pero no es
despreciable en la del Guayas y sus tributarios, y en el área amazónica, especialmente
después del hallazgo de petróleo.
EL TRABAJO COMO ORIGEN DE LA PROPIEDAD
Invasión
En Venezuela elementos de las
clases inferiores empezaron la invasión de propiedades desde 1812, y los tribunales de
secuestros daban oportunidad a las gentes de baja extracción para adquirir fincas. Los
republicanos hacen lo mismo desde 1813 (Brito Figueroa, 1966, I, 192-195).
Este expediente ha sido poco
espectacular en Colombia, pues ha tenido por objeto acceder a pequeñas parcelas y no a
grandes extensiones, fuera de que las autoridades, especialmente la policía, han estado
siempre de parte de los grandes propietarios (Soles, 1974).
Ocupación
Los países grancolombianos
durante el siglo XIX estuvieron embargados por pronunciamientos y guerras civiles,
frecuentes reformas constitucionales, penuria fiscal crónica y vías rudimentarias. No es
de esperar que en esas condiciones se adelantaran empresas inspiradas oficialmente para
una ocupación planeada del territorio, y así se puede apreciar que muchas entidades
favorecidas con el otorgamiento de terrenos baldíos no llegaron a ocuparlos y las
donaciones tuvieron que ser revocadas.
Quedó librado a la
iniciativa individual el proceso de abrir nuevas tierras a la agricultura y a la pecuaria,
mediante la ocupación efectiva de baldíos, aun sin títulos, para adquirirlos a
posteriori. Cabe observar que dentro del concepto de baldíos se excluían los rastrojos y
desmontes del solicitante, cuando estuviesen formando un solo cuerpo con los cultivos
artificiales permanentes y la casa de habitación; y aunque esta ley y su disposición
reglamentaria son de 1905 (Ley 56), consagra realidades anteriores. Una resolución de 26
de marzo de 1914 dice: Debe entenderse por cultivo todo trabajo beneficioso para el
baldío o el bosque, o mejoramiento de éste, mediante el desmonte, la conservación de
las maderas o riquezas naturales que encierre, o en fin, todo trabajo en que intervenga la
mano del hombre (Correa, op. cit., 71;
85).
Hé aquí una anécdota que
pinta la situación:
Encontrábame de paseo
visitando las plantaciones de una colonia de cultivadores recientemente establecida en una
de las abras de la Cordillera Central, que de la ciudad de Ibagué sube al fondo de la
montaña por las márgenes del río Coello. Quejábase uno de los colonos, en cuya casa me
hallaba, de que iba a ser despojado de su labranza por alguien que pretendía ser dueño
del bosque desierto, y habiéndole preguntado inconscientemente si no tenía arreglado sus
títulos de propiedad del terreno, el rudo montañés (Avelino Guerrero, para salvar su
nombre del olvido), me contestó al pie de la letra lo siguiente: Sí señor. Mis títulos
están allí en las enramadas del trapiche: son 18 cueros de tigre y 44 de oso que tuve
que matar con mi propio mano para establecerme aquí (Galindo, 1978, 196).
Varios factores han propiciado en los siglos XIX y
XX la colonización en los países grancolombianos. El colono fue empujado a emigrar por
varias razones:
1-
Se trataba de elementos sin tierras, por haber sido
desposeídos de ellas, como los indígenas de los resguardos disueltos, o por no haberlas
tenido nunca, como aconteció a los negros esclavos a quienes se les concedió la libertad
política pero no la económica, pues no se les repartieron tierras simultáneamente con
la manumisión. O los peones y conciertos, que venían sin acceso a tierras propias desde
siglos atrás.
2-. En el siglo
XX se presentó la emigración de gente por persecución política, como en Colombia en la
época de la violencia, y aun ahora.
3-
Porque el
colono vivía por lo general de un jornal que a duras penas le alcanzaba para sobrevivir,
careció de la capacidad económica que le hubiera permitido enfrentar la maquinaria
expoliadora constituida por los grandes propietarios, con sus aliados las autoridades, los
notarios, los agrimensores, los abogados.
(Se habla
mientras esto se escribe de un millón de desplazados).
En esta pelea
del colono inerme con el papel sellado tenía que ser vencido, como lo ha sido.
4-
El colono no fue
como en la época colonial un soltero que se aventuró solo en nuevas tierras, sino casi
siempre un hombre con mujer e hijos, que sí bien le ayudaron en la tarea de desbravar
selva, también constituían un lastre. A esto se puede agregar el carácter iletrado, que
no hubiera sido factor limitante si no hubiera tenido adversarios tan poderosos y ávidos
como aquellos contra los cuales debió librar una lucha estéril. Sobre algunos de estos
aspectos se hablará más en el capítulo siguiente.
La acción del
colono se ha traducido inconscientemente en males de gran envergadura. Por una parte se
han destruido recursos naturales, como bosques, suelo y aguas, en algunas regiones con
caracteres irremediables. Por otra, el colono sólo ha sido un instrumento ciego del
latifundismo (Le Grand, 1988, 123-124; Mosquera Torres et al., 1978, 92-100, 110).
Hasta ahora en
líneas generales se ha hablado de la colonización más o menos espontánea. Queda para
el capítulo XXX tratar de la dirigida por el Estado.
CAPITULO XXVI
LA TIERRA
Y
LOS ESTAMENTOS SOCIALES Y PROFESIONALES
El siglo XIX presenció el
surgir de una oligarquía que reemplazó a la española, y se apoderé de los puestos
públicos y de las principales actividades económicas. Sea cual haya sido la profesión
que individualmente desempeñaran sus miembros, el hecho es que como clase manejaban todos
los resortes del poder y de la riqueza. La tierra no fue una excepción.
Comerciantes
En otra oportunidad se ha
presentado el cuadro de esta actividad y del papel que en ella ejercieron los integrantes
de los partidos políticos tradicionales (Patiño, 1993, VI, 207-210). Por su solvencia
económica, los comerciantes estuvieron en capacidad de adquirir tierras, tanto de las
pertenecientes a los resguardos que por una u otra causa dejaban de pertenecer a las
comunidades indígenas, como de las amparadas con bonos nacionales. Esto aun en el caso de
que el comerciante no necesariamente se convirtiera en granjero; pero poseer latifundios
daba prestigio social y político.
Prestamistas
Caso similar ocurrió con los
especuladores en fondos, poseedores de bonos nacionales, compradores de nóminas a
empleados etc. Su oficio consistía en aprovechar todas las oportunidades que se
presentaran, en una época en que no abundaban los bancos y otras entidades de crédito.
En la mayoría de los casos, éstos tampoco adquirían tierras para explotarlas
personalmente. Los ejemplos más notables eran los financiadores de la colonización.
Militares
Ya se vio que a algunos
militares se les otorgaron baldíos, en retribución a sus servicios a la causa de la
Independencia. A los herederos del general Pedro Alcántara Herrán se les dieron por la
Ley 34 de 28 de octubre de 1886, 1.500 hectáreas en la Isla de Coiba, litoral sur del
Istmo de Panamá (Correa, op. cit., 56).
Gamonales
La etimología de gamonal como colectivo de gamón, el asfodelo, una
liliácea del Mediterráneo (Corominas, 1984, III, GMA, 60, 61), no dice nada a los
centro y suramericanos. Pero el personaje sí tiene rasgos definidos, por lo menos desde
el siglo XIX, como un sustituto del cacique, aunque este último nombre también se le
siga aplicando. En el gamonal el poder político es una consecuencia del poder económico.
Por lo general es latifundista.
Religiosos
e iglesias
En 1854 un viajero extranjero
consigna que los conventos poseían casi la mitad de la propiedad raíz en Bogotá
(Holton, 1857, 199).
Abogados
y rábulas
Lo que se dijo en su momento
(capítulo XV) sobre el papel de estas personas en el proceso del despojo de tierras de
indios durante la época colonial, operó igual en el período republicano. Un político
colombiano decía que en su patria en 50 años de vida independiente, habían egresado de
las escuelas y facultades sólo
abogados y médicos, lo que explicaba el espíritu
litigioso, disputador y chicanero de las discusiones políticas (Camacho Roldán, 1895,
III, 82). Las demoras en los pleitos sobre resguardos aseguraban la usurpación (Friede,
1944, 38-40).
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