BIBLIOTECA FAMILIAR COLOMBIANA
Ernesto Samper Pizano
Presidente de la República
PALABRAS DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, ERNESTO SAMPER
PIZANO, AL PRESENTAR LOS PRIMEROS 25 VOLÚMENES DE LA
BIBLIOTECA FAMILIAR COLOMBIANA EN EL PALACIO DE NARIÑO
EL 24 DE ABRIL DE 1997
Estimados amigos:
Hace un año, en abril de 1996, la Presidencia de la República
publicó María, de Jorge Isaacs; De sobremesa, de José Asunción Silva y Colombia,
de Kathleen Romoli. Era el comienzo de la Biblioteca Familiar Colombiana, en cuyas
palabras de presentación sugería su propósito: Incentivar la lectura, reconocer la
importancia del trabajo intelectual colombiano y brindar instrumentos de análisis y
transformación para una realidad compleja como la nuestra. Pedía entonces, como hoy lo
vuelvo a hacer, que leyéramos mejor a Colombia para entenderla y sentirla en forma más
justa, acorde con la idea básica de este Gobierno de preocuparse por lo social y poner
énfasis en la educación como camino indispensable hacia la paz.
Hoy, un año después, queríamos compartir con ustedes los
primeros 25 títulos de este proyecto, y rendir un testimonio de simpatía y gratitud a
los autores que creyeron en nosotros, a Santiago Pombo y Magistra Editores que nos apoyó
en la puesta en marcha, a la Imprenta Nacional, que volvió el sueño realidad, y al
Consejo Asesor integrado por Jaime Jaramillo Uribe, Femando Charry Lara y Hernando
Valencia Goelkel quienes con su sabiduría intelectual nos orientaron para conformar una
serie que respondía al país de hoy sin olvidar aquella memoria creativa que tanto nos
enorgullece por su validez aún vigente. Enumerar los títulos aparecidos, todos ellos
prologados especialmente por conocidos estudiosos, resume mejor la idea central que nos
animó. A los tres citados se añaden:
4. Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea.
5. Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra
historia, de Indalecio Liévano Aguirre.
6. Nuestro lindo país colombiano, de Daniel Samper
Ortega.
7. La mansión de Araucaíma y otros relatos, de Alvaro
Mutis.
8. América nació entre libros, de Germán Arciniegas.
9. Veinte ante el milenio, antología de 20 narradores
contemporáneos, realizada por Eduardo García Aguilar.
10. Tarde de verano, de Manuel Mejía Vallejo.
11. Quinas amargas, de Gonzalo Hernández de Alba, sobre
José Celestino Mutis y La Expedición Botánica.
12. La autobiografía en la literatura colombiana, compilada
por Vicente Pérez Silva, que parte de la madre Francisca Josefa del Castillo, José
María Vergara y Vergara y Tomás Rueda Vargas para llegar a Alfonso López Michelsen,
Gabriel García Márquez y Rodrigo Arenas Betancur.
13. Colombia hoy, con contribuciones, entre otros, de
Alvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Salomón
Kalmanovitz, Miguel Urrutia Montoya, Carlos José Reyes, Luis
Alberto Alvarez, Francisco Leal Buitrago y Alvaro Camacho
Guizado.
14. Historia de Colombia, la dominación española, de
Jorge Orlando Melo.
15. y 16. Los dos tomos de la Antología de la poesía
colombiana, de la colonia a nuestros días, preparados por Fernando Charry Lara y
Rogelio Echavarría.
17. La Saga de Tipacoque, de Eduardo Caballero Calderón.
18. Cuentos de Tomás Carrasquilla.
19. Colombia en las artes, de Francisco Gil Tovar.
20. La Vorágine, de José Eustasio Rivera.
21. Antología de los mejores relatos infantiles, preparada
por Beatriz Helena Robledo.
22. Viajeros extranjeros por Colombia, antología
preparada por José Luis Díaz Granados.
23. Oficio crítico, de Hernando Valencia Goelkel.
24. Historia económica de Colombia, de José Antonio
Ocampo, con contribuciones de Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar y
que nuestro Ministro de Hacienda, verdadero académico, ha actualizado hasta 1995.
25. Nuevas crónicas de Indias, preparada por Fabio
Zambrano P.
A estos 25 títulos ya editados, y dentro del proyecto
original de treinta, se añaden cinco más en proceso de edición. Pero debo decir, con la
comprensión amable de tantos y tan valiosos autores aquí presentes, cómo el libro que
deberíamos hacer entre todos es el libro con las cartas de acuse de recibo de los
ejemplares enviados.
Como ustedes saben estamos editando tres mil ejemplares de cada
uno de los títulos y enviándolos, gratuitamente, a colegios, bibliotecas públicas,
casas de la cultura, centros comunitarios, y de la tercera edad, cuarteles, seminarios,
cárceles, consulados y embajadas colombianas y centros de estudio en el exterior. Para
ello hemos utilizado todos nuestros medios al alcance, desde los aviones de la FAC hasta
los visitadores del Ministerio de Educación Cuatro respuestas a estos envíos me
han hecho pensarla primera, desde una cárcel en el Valle del Cauca, antes sólo
teníamos novelas de detectives para leer, hoy hemos hecho un círculo de estudios con los
libros que llegaron. Otra de un colegio del Chocó: es la primera vez, en
cuarenta años de fundados, que nos llegan libros del Gobierno Nacional. Una tercera
de nuestro cónsul en Costa de Marfil que nos pregunta: Un profesor de la
Universidad de Abidjan que conoció la serie está muy interesado en saber si publicarán
pronto algo de teatro colombiano. Y una del Vichada donde me dicen: Mire,
señor Presidente, la carretera sigue cerrada, pero los libros llegaron. Muchas gracias
Les confieso: no sé cómo llegaron, pero llegaron.
Ante estas cartas, y hechos como la inclusión de los volúmenes
en la biblioteca virtual, con que la Biblioteca Luis Angel Arango atiende a más de
120.000 usuarios mensuales a través de colegios conectados a su red de computación, he
tomado las providencias necesarias para incrementar a cuarenta los títulos de la serie,
porque creo que nos hacen falta más libros en Colombia para que los jóvenes sepan leer
mejor su realidad. Y escuchar mejor en los libros las palabras exactas, pensadas, sentidas
y comprendidas que tanta falta nos hacen.
Hoy, cuando desde varios ángulos se cuestiona el papel del Estado y sus
dimensiones, creo que del mismo modo que el Estado cuida las fronteras, o traza la
política internacional, debe apoyar, sin intervenir, en la difusión del conocimiento y
en la preservación de nuestro legado cultural.
Editar un libro es establecer un puente y aguardar confiados una
amistad. Es decir: también el pensamiento y la sensibilidad deben oírse y no naufragar
todos en la algarabía aturdidora de la actualidad. Un libro es la distancia necesaria
para mirarnos mejor. Para controvertir con la razón. Para respetar con hechos concretos
la libertad de expresión y reconocer, con el pago de los derechos de autor, la justa
retribución al trabajo creativo e intelectual. Los libros crean ese país tan válido
como el real donde las facciones en pugna no se disputan el territorio, masacre tras
masacre, ni los desplazados deambulan con su miseria, azuzados por la
subversión. Con los libros, por el contrario, hallamos una tierra sólida dónde arraigar
y podemos desplazarnos a cualquier lugar, sin perder nuestro hogar, gracias a la
imaginación. El ojo mágico de los libros no deforma la realidad. Por el contrario, la
enriquece con el prisma multifacético que es la Colombia de hoy. Como mi abuelo, con la
Biblioteca Aldeana, estoy y estaré comprometido hasta el 7 de agosto de 1998 con esta
Biblioteca Familiar que todos ustedes han hecho posible y que nuevos y futuros lectores
aguardan con expectativa.
JARDÍN
DE CÁNDIDO
Hace
poco, acaso uno o dos años, el hombre público, escritor y poeta Néstor Madrid Malo
publicó una antología de versos relativos al árbol, feliz idea realizada con
erudición, sentimiento y buen gusto. Entiendo que, entre las variadas actividades a que
él atiende, se ocupaba últimamente en preparar una vasta ampliación de aquel hermoso
trabajo; pero imagino que ya esta segunda edición aumentada tendrá poco
objeto. Ni Madrid Malo, ni los asiduos lectores de sus libros y artículos contábamos con
La huéspeda. La huéspeda es un volumen de cerca de mil páginas del tamaño
llamado código, que acaba de dar a la luz el naturalista Víctor Manuel Patiño en Cali.
Es ésta una obra monumental que recoge más de un millar de poesías relativas no sólo
al árbol sino al entero reino de la vegetación, y que es apenas el primer tomo de una
empresa más vasta. Aquí sólo están comprendidas obras de poetas ibéricos es decir,
versos de autores hispanoamericanos, españoles, portugueses, catalanes; y también
panamericanos o sea obras en inglés y francés de poetas de los Estados Unidos, Canadá y
Haití. Faltan por publicar antologías de la naturaleza recogidas de la literatura
inglesa, francesa, italiana, alemana, rusa, escandinava..., ¡qué sé yo! y las de los
otros continentes. Menuda tarea, que, a juzgar por éste su primer fruto, el autor
llevará a cabo en la forma más cumplida y con análogo grado de excelencia.
En
el breve prólogo que Patiño ha puesto a su gigantesco trabajo, refiere él, que con
ocasión del Día del Arbol, en su escuela le hicieron aprender y recitar una poesía
pertinente; y que de allí debió de venirle al niño de siete años su afición por la
poesía de la naturaleza y por la naturaleza misma. Patiño es un botánico. Sobre su
persona, yo no tengo más dato que ése. Se ocupa en serias investigaciones relativas a la
vida y costumbres de las plantas, y ha escrito varios libros sobre ciencias naturales. Es,
pues, un científico que, al ordenar su obra, tuvo el cuidado de hacerlo de acuerdo con
las clasificaciones de la botánica. Así, para citar un ejemplo, El Lirio
(corta silva de Leopoldo de la Rosa), y La azucena (décima de José Umaña Bernal),
aparecen clasificadas como Liliaceas, Filesiáceas, Liliám Candidum L..
Contrasta este rigor con el buen gusto y la amplia libertad que campean en el escogimiento
de las poesías. Patiño no es persona que haya hecho un cuadro previo y se haya después
destinado a llenarlo con cuanta poesía le caiga en mano, como hacen filatélicos y
numismáticos. Sino que lo más admirable de esta obra es el sentimiento exquisitamente
literario con que ha sido cumplido. Entre lo que se ha escrito sobre la naturaleza, tiene
que haber muchísimo que llegó a conocimiento de Patiño y que él desechó por mediocre,
pues todas las piezas que componen este libro, de Berceo a Carranza, son de extremada
perfección.
Esta
antología de Víctor Manuel Patiño es obra realmente admirable, que debería tener la
más amplia difusión. En su anteportada, sin embargo, se dice que la edición apenas
consta de mil ejemplares, lo cual es absurdamente desproporcionado con relación a la
magnitud del esfuerzo que representa y al costo actual de editar un volumen grande como
una enciclopedia. Todos los amantes del campo y de todos los que viven en el campo y
tienen el privilegio de saber leer, deberían tener en su casa este volumen. En los
colegios y en las escuelas públicas debería ser obra de fácil consulta para los niños,
a fin de que la armonía del verso los induzca a amar la naturaleza y a no cambiarla por
los oropeles urbanos. De una nota de introducción a esta antología se colige que los
costos de la edición corrieron por cuenta del autor, no obstante existir, se dice allí,
una ordenanza departamental del Valle que dispone su publicación por cuenta oficial.
Sería la nación, más pudiente, la que debería reproducir el tomo que acaba de salir y
los que el autor tenga inéditos. Para el caso de una segunda edición, yo ofrecería al
señor Patiño la referencia de numerosas poesías sobre bosques, árboles y flores,
escritas en castellano, que no aparecen en su antología. Las mismas que había ofrecido
ya, para el mismo posible caso, al poeta Madrid Malo.
Juan
Lozano y Lozano
El Tiempo, viernes 10 de junio de 1997
VICTOR MANUEL PATINO.
Plantas Cultivadas y Animales Domésticos en América
Equinoccial. Tomo 1, Frutales, 1963; Tomo 2, Plantas Alimenticias, 1964; Tomo 3,
Fibras, Medicinas, Misceláneas, 1967; Tomo 4, Plantas Introducidas, 1964; Tomo 5,
Animales Domésticos Introducidos, 1970. Imprenta Departamental de Cali, Colombia.
El
contacto entre Europa y América en 1492 y los años de consolidación del imperio
español en el Nuevo Mundo fueron momentos cruciales para la biogeografía, pues en cada
embarcación que cruzaba el Atlántico iban ejemplares vegetales y animales jamás vistos
en ese lado del Océano. Muchos de estos ejemplares sirvieron para que su estirpe
colonizara una región nueva, sobre todo si se trataba de plantas o animales útiles al
hombre. Es lamentable que este intercambio y difusión hayan sido documentados muy
superficialmente y que los documentos originales hayan permanecido inéditos o hayan sido
introducidos siglos después. Por lo mismo despierta mucho interés encontrar una obra que
se propone indagar cuál era la dispersión geográfica de las plantas de cultivo [y
los animales domésticos] en América equinoccial a la llegada de los europeos; seguir las
migraciones que propiciaron éstos o sus descendientes en el transcurso de los últimos
cuatro siglos y medio, y con esos materiales, tratar de reconstruir la escala de valores
que las plantas [y animales] desempeñaban en la vida de los pueblos de dicha
región. Estos ambiciosos objetivos han sido admirablemente satisfechos por Víctor
Manuel Patiño, siendo su obra una imprescindible fuente de consulta para estudios
biogeográficos sobre América.
El
autor se trazó un plan de trabajo de veinte años de duración en 1947, plan que comenzó
a cumplirse con la publicación de 1er. Tomo, Frutales, en 1963.
La
unidad de organización de esta obra es el tratamiento de cada especie botánica o
zoológica, identificada por un número seguido por su nombre científico y la
abreviación del taxonomista. El número ubica cada especie en la secuencia total de
especies botánicas o zoológicas estudiadas en la obra, que para las plantas americanas
llega a 238. En el texto dedicado a cada especie se incluye primero una sección sobre los
nombres vernáculos con los que es conocida, incluyendo términos de lenguajes indígenas.
Luego, para cada especie el autor compila y discute referencias agrupadas con criterio
geográfico tomadas principalmente de los relatos de los cronistas y de obras botánicas y
antropológicas. Las especies de mayor importancia económica reciben estudios mucho más
extensos, estructurados y detallados que las de menor importancia, lo que resta algo de
coherencia a la obra, pero al menos pone énfasis donde se debe. Así, hay 39 pp.
dedicadas al cocotero, 78 al chontaduro, 65 al cacao, 63 al maíz y 68 al algodón
mientras que Juglans neotropica, Annona cherimolia, Schinus molle, Passiflora molissima
y otras muchas especies reciben sendos estudios de menos de cinco páginas. Se
comprende entonces que para el maíz, por ejemplo, se cubra bajo un subtítulo separado
cada subregión dentro del área total de distribución. Esta división de tratamiento se
da en general a toda especie a la que se dedica más de una página, lo que facilita la
inteligibilidad de las varias secciones.
La
secuencia de capítulos de los tres primeros tomos es continua. Los capítulos 1 a 8
están en el 1er. Tomo, donde, luego de un capítulo dedicado a aspectos geográficos,
ecológicos y etnobotánicos de frutos y semillas americanos, comienza un tratamiento
sistemático especie por especie de palmas (cap. 2, 3 y 4), y bromeliáceas (cap. 5) como
representantes de los frutales monocotiledóneas. El resto del 1er. Tomo se ocupa de
Juglandáceos a Cucurbitáceos, o sea de las frutales dicotiledóneas. En el 2o.Tomo la
sección inicial cubre aspectos generales relacionados con otras plantas alimenticias y
subsecuentes secciones enfocan, especie por especie, raíces, cepas, rizomas y tubérculos
(cap. 9), cereales, seudocereales y granos (cap. 10 y 11), verduras, hortalizas y
legumbres (cap. 12) y condimentos, temperos, colorantes culinarios, plantas de avío y
plantas de menaje (cap. 13 y 14). El 3er. Tomo se inicia con plantas fibrosas (cap. 15),
incluye también tintóreas (cap. 16), medicinales, estimulantes, venenosas e insecticidas
(cap. 17), cauchíferas y lactíferas (cap. 18), ornamentales (cap. 19), y finalmente
pastos y forrajes (cap. 20). El 4o. Tomo, Plantas introducidas, estudia las plantas
importadas a América intertropical haciendo primero una enunciación de los vastos
problemas por resolverse para elaborar una lista adecuada de especies, y luego aborda
especie por especie, cereales, granos y menestras (cap. 2y 3), verduras y hortalizas (cap.
4), especies, condimentos, temperos, colorantes culinarios y aromatizadores (cap. 5),
feculentas (cap. 6), frutales (cap. 7), oleaginosas y sacarinas (cap. 8 y 9), estimulantes
y fibras (cap. 10 y 11), medicinales, oficinales, tóxicas, e insecticidas (cap. 12), y
esencias forestales, plantas ornamentales y plantas forrajeras (cap. 13, 14 y 15). Por fm,
el 5o. Tomo, cubre los animales domésticos traídos a América equinoccial con un
capítulo introductorio seguido de un tratamiento, especie por especie, de insectos (cap.
2), peces (cap. 3), aves (cap. 4), y mamíferos (cap. 5 a 11).
El
mérito principal del trabajo de Patiño es su prolijidad para citar fuentes de
información en el texto, las cuidadosas listas de referencias que aparecen al fin de cada
volumen, y la colosal dedicación demostrada, en 326 páginas de listado de referencias
que equivalen a un 12,5% del texto total. Claro está que el autor pasó muchos meses en
las bibliotecas más importantes de las Américas, y que algunos de los títulos de las
referencias se repiten, en dos o más tomos, pero difícilmente se encontrará mejor
documentación en otras obras de ésta o de cualquier índole escritas por autores
latinoamericanos. Por otra parte, la investigación internacional en la que se empeñó
Patiño no sólo produjo datos de fuentes internacionalmente consagradas, sino mucha
información adicional tomada de obras de indudable valor pero poco difundidas fuera de
los límites de tal o cual país; por esto encontramos citado a Carl Sauer y también a
Fortunato Herrera, y a Bukasov junto a Cordero Crespo, lo que da un sabor universalista a
la obra de Patiño.
Y
aunque el lector pueda o no estar de acuerdo con el parecer del autor respecto al origen
de una determinada especie, la documentación con la que él se respalda ofrece argumentos
incontrovertibles casi siempre. El banano y sus variedades, nos dice Patiño, vino de
España por más que haya quien escriba lo contrario y verifica esta aseveración con
numerosas y convincentes citas. Cuando no es tan firme en su criterio, como cuando nos
habla de la patria de A gaye, ofrece las referencias suficientes para que
el lector se forme sus propias hipótesis. Gracias a la exhaustiva revisión
bibliográfica entregada en los cinco tomos, no es aventurado creer que éstos serán de
consulta obligada en América y fuera de América ahora y después. Esto resulta
especialmente probable porque los datos biogeográficos críticos fueron registrados por
los antiguos cronistas en castellano y en reediciones al castellano de palabras
indígenas; ahora bien, el registro de los cronistas o no ha sido publicado, o si se ha
publicado no ha tenido ediciones modernas, o aun si ha tenido tales ediciones la
información original no ha sido bien traducida a otros idiomas. Por lo mismo, los datos
originales no han estado al alcance de los biogeógrafos en la medida necesaria para
aclarar los muchos pasajes oscuros de la difusión de plantas y animales luego de 1492.
Patiño ha tenido acceso a estos datos gracias sobre todo a ser él mismo hispano
parlante, y los ha usado con ventaja por su condición dual de botánico e historiador.
Anotar
deficiencias parece casi irrespetuoso luego de leer un trabajo tan meritorio, pero siendo
las deficiencias más de forma que de fondo bien pueden ser corregidas en futuras
ediciones y para ello hay que hacerlas constar. En primer lugar, sólo se publicaron 1.000
ejemplares de cada uno de los primeros cuatro volúmenes y 2.000 del último. Si tan sólo
cada una de las bibliotecas de las ciudades medianas y grandes de América del Sur tratara
de adquirir cada tomo, semejante tiraje no daría abasto. Quizá el exiguo número de
ejemplares se publicó en consideración a la total falta de promoción que acompañaría
su salida a la luz pública, otra grave falla que ha privado a muchos lectores de conocer
y disfrutar de la obra. Es notable que varios de los admiradores de Patino hayamos sabido
de su trabajo por comentarios casuales de un miembro del reducido grupo de científicos
que le conocen personalmente. Por otra parte, en ninguno de los cinco tomos aparece una
dirección a la cual uno pueda solicitar la obra, aunque la críptica etiqueta que lleva
uno de mis tomos: Librería NacionalCaliBarranquilla puede ayudar
en este aspecto a los más ávidos de los presuntos lectores.
También
es cuestión de formato la posición del Indice General (Tomos I y II), o Tabla de
Materias (Tomos restantes), que de estar al principio de cada tomo facilitaría al lector
captar el alcance de cada capítulo y localizar mejor cada sección; ha sido puesto este
índice al final, luego de varios otros índices, y esto produce un gasto de tiempo
innecesario. En cuanto a otros índices en cada volumen hay un índice alfabético de
nombres científicos, otro de nombres vulgares o indígenas y un índice de ilustraciones.
No existe un índice alfabético global para la obra, pero los índices de cada tomo lo
remplazan. Probablemente por razones de costo las ilustraciones son escasas, 60 para una
obra de más de dos millares de páginas, y todas las ilustraciones son en negro y blanco.
Aunque el papel y el tipo de letra es adecuado y uniforme para el texto y los dibujos de
líneas en todos los tomos, las fotografías no están bien reproducidas pues se emplea
para ellas el mismo papel que para el texto. La advertencia del autor de que el capítulo
19, Tomo III, sobre plantas ornamentales, será expandido a un volumen aparte cuando se
cuente con un suficiente acopio de ilustraciones, genera esperanzas de que estos problemas
se corrijan entonces. Una de las cualidades aún no consignadas es que se encuentran pocas
erratas, lo cual es notable para una obra de esta naturaleza, repleta de nombres poco
comunes; pero el mérito en este renglón sería todavía mayor si el lector supiera
dónde enviar sus correcciones... y sus felicitaciones.
Femando
Ortiz Crespo
Instituto de Ciencias, Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Quito,
Ecuador.
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