En 1859 se recibieron en Bogotá los ejemplares, y el público tuvo conocimiento de la Historia.
Parece que esta ha gustado generalmente y pocas criticas se le han hecho, pero no se puede explicar bien cómo es que ningún periódico ha analizado la obra para elogiar su merito o censurar sus defectos Esto acaso habrá provenido de la dificultad que hay para escribir un articulo bien razonado sobre la materia. Mas sea de esto lo que fuere, Restrepo se ha complacido en haber podido hacer a su patria el servicio de escribir la Historia de Colombia que ignoraba toda nuestra juventud de treinta a cuarenta años de edad.
Se tiraron de dicha Historia 2.150 ejemplares; los 400 en mejor papel; 200 de éstos se encuadernaron en media pasta y el resto en pasta entera. De la impresión común fueron encuadernados 1.200 ejemplares y 550 a la rustica para irlos encuadernando en pasta luégo que se necesiten. Aún no ha sacado el autor los gastos y tardará tiempo en realizarlos, pues ascendieron a 30.000 francos. Al mismo tiempo que Restrepo daba los pasos conducentes para imprimir su historia, se ocupaba en 1858 en corregir su "Diario Político y Militar o memorias sobre los sucesos importantes de la época". Formó tres gruesos tomos que componen 922 pliegos de cartas en letra menuda, la mayor parte del autor. Esta obra es de la mayor importancia para la historia y la terminó en 31 de agosto de 1858. Comprende el espacio de treinta y ocho años sin interrupción alguna. Es un trabajo que Restrepo aprecia mucho por su fondo, aunque el estilo no sea bien correcto, por no haber tenido tiempo de corregirlo mejor.
El autor suspendió este Diario para ocuparse de preferencia en escribir la Historia de la Nueva Granada desde 1832 en que termina la de Colombia. Tiene ya escrito hasta 1850 y la mayor parte en limpio. Piensa cerrarla en el año de 1858, en que se estableció en Nueva Granada el gobierno federativo; deja para otros la continuación. La terminará si Dios le da vida y salud.
Los negocios de intereses de Restrepo han ido mejorando bajo la buena dirección de su hijo Ruperto. Por eso compró en 1858 una casa alta a continuación del palacio del gobierno, carrera de Popayán, número 37. La refaccionó en 59, y en 60 la ocupó con su familia, dejando con sentimiento la antigua habitación de la casa de moneda. En seguida renunció el empleo de administrador y le fue admitida la renuncia en 31 de agosto de 1860 (Gaceta número 2250), dándole por sucesor al distinguido ciudadano Lino de Pombo. Sirvió este destino treinta años. Separose de él con sentimiento, pues abandonaba antiguas y agradables habitudes. Hízolo por sentirse debilitado por los años (setenta y ocho años y medio), y ser preciso descansar después de haber servido a su patria desde 1810, por el espacio de cuarenta y seis y medio años.
Poco después de salir de la casa de moneda dio a Restrepo una ligera calentura escarlatina que no cuidó, y desapareciendo la erupción le sobrevino una calentura intermitente, que desde el 3 de agosto le ha molestado mucho por tres meses y medio, aunque no fuerte. Hace veinticinco días que no le da y espera en Dios que se le habrá cortado definitivamente y restablecídose su buena salud.
Bogotá, 22 de noviembre de 1860.
Para restablecer del todo su salud y la de su esposa, determinó Restrepo ir al clima templado de Fusagasugá adonde se trasladó con toda su familia el 14 de diciembre. Unida la acción restauradora de aquel benigno clima al ejercicio diario, a los baños fríos y a una dieta regular en la comida y bebida, consiguió restablecer enteramente su salud.
Tuvo sin embargo algunas molestias causadas por una guerrilla que se levantó en dicha parroquia en favor de Mosquera, que ocupaba ya en los meses de enero y febrero de 1861 casi todo el valle del Magdalena, desde La Plata a Honda. A causa de dicha guerrilla auxiliada por los principales vecinos de Fusagasugá se encarecieron los víveres y se persiguió a las caballerías que tenía Restrepo para su uso y el de su familia. Entonces era muy común el arbitrio enseñado por Mosquera y sus agentes, de estancar la carne y de venderla por su cuenta, expropiando, es decir, apoderándose violentamente de los ganados de los conservadores. De esta manera habían arruinado los hatos y haciendas de los propietarios de Neiva y Mariquita, que no pertenecían al partido llamado liberal, por una verdadera ironía. La guerrilla de Fusagasugá se aprovechó del mencionado arbitrio, y sus jefes prohibieron bajo la multa de cincuenta pesos que los particulares mataran reses para el abasto del pueblo, que fue compelido a comprar mala carne al precio de la buena.
Sabiendo Restrepo que el alcalde Rafael García quería exigirle cien pesos a préstamo forzoso, dispuso regresar a Bogotá con su familia. Verificolo felizmente el 28 de febrero, libertándose de nuevas molestias.
Sin embargo el estado del país era violento, y ningún ciudadano podía gozar de tranquilidad en medio de la guerra y efervescencia de los partidos políticos. La división había penetrado hasta en el seno de las familias. En muchos casos el padre era de una opinión, la madre de otra y los hijos se dividían también llamándose unos liberales y otros conservadores o godos, como los titulaban los liberales; por consiguiente se había perdido en las familias la mutua confianza y benevolencia, circunstancia verdaderamente lamentable que aumentaba los males de la guerra que hacía Mosquera a la Confederación Granadina.
Restrepo en esta lucha de los partidos no dudó un momento el que debía seguir. Se decidió por el sostenimiento del gobierno de la Confederación, sin cuidarse de que gobernara este o aquel individuo. Era el gobierno establecido por la mayoría de sufragios de los granadinos y del congreso, alta corporación elegida conforme a la Constitución y leyes vigentes. Nada se podía alegar de parte de Mosquera y compañía que fuera capaz de invalidar la legitimidad del presidente y demás funcionarios de la expresada Confederación. La vanidad, la ambición y la envidia de Mosquera, eran sus únicos títulos a mandar en la Nueva Granada. No podía sufrir que el doctor Mariano Ospina le hubiera sido preferido en las últimas elecciones de presidente, y desde entonces había dicho públicamente "que él lo echaría abajo". Este era el objeto de la cruda guerra que hacía al gobierno de la Confederación. Aspiraba a mandar sin más leyes que su voluntad apoyada en la fuerza militar, y a ser el tirano de su patria, olvidándose de que ésta le había colmado de honoríficas distinciones.
Agitada en todas partes la Nueva Granada, el ejército del gobierno legítimo fue a buscar al de Mosquera en el valle insalubre del Magdalena. Mas habiéndose levantado Santos Gutiérrez y obtenido ventajas en el Estado de Boyacá, el jefe de la Confederación, que acompañaba al ejército y hacía la campaña, envió una expedición para someter a Gutiérrez. Empero fue confiada a un general inepto que no supo dictar medida alguna militar; su fuerza, que era muy superior en número y calidad a los reclutas de Santos Gutiérrez, fue dispersada, y el gobierno de la Confederación recibió un golpe funesto y de pésimas consecuencias. Viose obligado Ospina a volver con su ejército a la explanada de Bogotá para cubrir la capital, que podía ser atacada por las fuerzas liberales de Boyacá.
Verificada esta marcha retrógrada, Mosquera dejó su campo fortificado del Raizal, al oriente de Guaduas, que era muy fuerte. Determinó montar la cordillera por el camino de Sasaima y La Vega, operación que realizara sin obstáculo alguno, y pudo reunir sus fuerzas en la primera quincena de abril, estableciéndose en el campo de Santa Bárbara, que yace en los últimos recuestos orientales de la cordillera de Subachoque, al que también fortificó. El ejército de la Confederación acampado en Tunja se movió lentamente sobre el enemigo a quien atacó el 25 de abril en sus posiciones. Siguiose un reñido combate que terminara la noche. Batiose a Mosquera en todas partes, y habría corrido una suerte funesta sin sus fortificaciones. La noche fue cruel en su campamento, pues si las tropas del gobierno repetían el ataque en la mañana del siguiente día, habrían tenido que rendirse, lo que confesaron después los mismos jefes y oficiales de Mosquera.
Empero el general en jefe Paris nada hizo, y solo trato el 26 de que se enterraran los muertos. Esta inacción salvó a Mosquera y a sus tropas desalentadas de un gran peligro; la deserción era hasta por compañías. Así nuestros jefes tienen una grande responsabilidad, y de aquel descuido se originaron todos los males que ha sufrido y que todavía sufrirá nuestra querida patria.
La causa de la legitimidad obtuvo alguna compensación con la derrota, en El Rosal, de una columna de infantería y caballería como de quinientos hombres, que de La Mesa conducían refuerzo a Mosquera, el general José María Obando y Patrocinio Cuéllar. Esta columna fue derrotada completamente por otra que salió a su encuentro, enviada del ejército constitucional. Allí murió Obando, y Cuéllar fue herido de muerte. Díjose sin fundamento bastante, que Obando había sido asesinado después de rendido, de cuyo hecho nos parece que no hay pruebas evidentes. Obando peleó con su fuerza y sufrió la suerte de los que son vencidos en un combate, la prisión o la muerte.
En mayo y junio hubo de uno y otro bando marchas y contramarchas en las que manifestó siempre Mosquera más pericia y decisión que los jefes de parte del gobierno. Estos perdieron a Zipaquirá con su rica salina y la fuerte línea del río Tunja, al fin Mosquera ocupo a Usaquen, y el ejercito constitucional se situó en el campo fortificado del Chicó. Pasáronse los primeros días de junio esperando cada uno, que su enemigo le atacara. El 12 Mosquera empeño el combate y sufrió un descalabro; empero el 13 fue embestido su campamento de Usaquén y se combatió casi todo el día sin que las tropas del gobierno hubieran conseguido forzarlo. En ambas acciones tuvieron los dos ejércitos graves y dolorosas pérdidas, de jefes y oficiales, porque salieron heridos cómo en Subachoque los más distinguidos constitucionales, pérdida verdaderamente irreparable. Desde este día entró el desaliento en las tropas del gobierno y creció la deserción aun pasándose a las filas enemigas, lo que disminuyó sobremanera las fuerzas constitucionales. Por nuevas maniobras de Mosquera, el ejército de la confederación se retiró hasta el río del Arzobispo fortificando el recuesto de la cordillera que termina en el convento de San Diego. Mosquera se avanzó hasta el Chapinero.
Allí puso Mosquera en capilla a los doctores Ospinas, y los hubiera matado sin la intervención del cuerpo diplomático y del señor arzobispo, que impidieron se cometiera tan horrendo atentado.
Conociendo Mosquera que tenía superioridad numérica, dictó el 17 de julio sus disposiciones para atacar la ciudad al día siguiente. Verificolo desde las cinco de la mañana en que 150 hombres bajaron del cerro de Monserrate y flanquearon las trincheras de San Diego. El combate fue recio en aquella loma, pero al fin Mosquera tomó las posiciones y dispersó las tropas del gobierno. Al mismo tiempo la división Mendoza que marchaba por el Ejido, ocupó sin oposición el barrio de las Cruces al sur de la ciudad, de donde penetró hasta la plaza de Bolívar y puso en libertad a todos los presos que había en la cárcel. En esta entrada fueron saqueadas varias casas de conservadores, pero el daño fue menor de lo que se temía. En la puerta de la cárcel asesinaron a varios ciudadanos de la guardia de los presos, sin embargo de que no hicieron acto alguno de resistencia, y otros varios asesinatos se perpetraron en las calles. Pero se meditaba por Mosquera y por algunos de sus jefes, exaltados liberales, un horrendo asesinato que por circunstancias particulares se difirió para el día siguiente. El prefecto de la ciudad, Plácido Morales, y el intendente del Gobierno de la Confederación, doctor Andrés Aguilar, eran aborrecidos porque habían tenido la enojosa tarea de hacer guardar y que no se escaparan los presos políticos cogidos en Santander y en otros puntos de la república. A las 4 de la tarde (julio 19) se les sacó de su prisión bajo el pretexto de conducirlos a otra, y se les llevó a la plazuela de Jaime, sin el menor aviso previo de la muerte que iban a sufrir. Rápidamente se hicieron allí los preparativos y se les pasó por las armas, dejando abandonados sus cadáveres a la piedad de sus parientes y amigos espantados de tamaño atentado, que inspiró justamente el odio más profundo contra el tirano Mosquera y sus satélites. José María Piñeres fue quien mandó la tropa destinada a cometer este crimen que jamás se olvidará en Bogotá.
Junto con Morales y Aguilar, recibió también la muerte Antonio Hernández, a quien se atribuía, sin pruebas suficientes, que había asesinado al general Obando después de rendido. Si la multitud de gente que se reunió en la plaza de Bolívar el 18 por la tarde no hubiera impedido verificar la ejecución de tamaño atentado, habrían sido también pasados por las armas sin culpa alguna, José María Hernández y otros dos hijos, hermanos de Ambrosio. La demora hizo que Mosquera revocara tan injusta sentencia contra aquellos honrados labradores.
Tantos, tan varios y tan lamentables sucesos acumulados en pocos meses minaron nuevamente la salud de Restrepo, cuyas profundas convicciones en favor del gobierno legítimo, lo mismo que la de la mayor parte de su familia, no podían variarse con el mal éxito de su causa. Arrostró, pues las penas que le enviara la Providencia con el debido valor; no visitó a ninguno de los vencedores, reduciéndose al silencio de su casa, a sus estudios favoritos y al trato de su familia.
Con semejantes preludios y con las seguras noticias que habían circulado del programa de Mosquera, luégo que triunfara, todos los conservadores esperaban nuevos excesos. Estos no se hicieron aguardar. El delegado apostólico, conde Ledochowiski, fue expelido de la Nueva Granada, y solamente se le concedieron tres días de plazo. En seguida se mandó salir a los padres de la Compañía de Jesús dentro de setenta y dos horas, término que se prolongó hasta por ocho días. Ellos siguieron para Cartagena, y su destierro fue muy sensible y penoso a todos los fieles católicos a quienes hacían tantos bienes con la enseñanza de la juventud, y la dirección de las conciencias. En seguida Mosquera se declaró investido del derecho de tuición sobre la iglesia granadina, lo que significaba que ningún funcionario eclesiástico ejercía las facultades que le correspondieran sin consentimiento del jefe del gobierno de los Estados Unidos. El señor arzobispo Herrán no convino en esto, y principió la división entre la potestad civil y la eclesiástica. Pocos días después expidió Mosquera su decreto declarando que todos los bienes de las comunidades religiosas, de capellanías y de corporaciones civiles, corresponderían y serían administrados en lo venidero por cuenta de su gobierno, y que daría a los religiosos y monjas una renta viajera. Quiso al mismo tiempo que todos los interesados en los bienes de manos muertas firmaran una declaración "reconociendo el derecho de tuición y conformándose con la desamortización de dichos bienes". Sólo pudo conseguir unas pocas firmas, y furioso dio entonces un decreto suprimiendo los conventos de regulares y monjas, diciendo a éstas que podían abandonar los claustros. Los religiosos que no firmaron la declaración pedida, fueron desterrados a varios lugares insalubres, y por fin dejó quietas a las monjas, porque vio Mosquera cuánto era el disgusto de la población de Bogotá con providencias tan injustas y tiránicas contra unas mujeres consagradas a Dios y que eran inofensivas.
Entretanto se hacían sufrir amargas penas al señor arzobispo Herrán, y el secretario Cerón le trataba como a un hombre miserable y de la última clase de la sociedad. Era el motivo haber protestado y resistirse a cumplir las providencias de Mosquera, arrogándose el derecho de tuición, usurpando los bienes de la Iglesia garantidos por las leyes y persiguiendo al clero. El nuevo presidente de los Estados Unidos no pudo sufrir esta oposición fundada en leyes civiles y en los cánones de la Iglesia católica; así el 8 de noviembre a las 6 de la mañana le hizo sacar violentamente de su palacio y lo dirigió rodeado de soldados para Barranquilla, según dijeron. En Honda se juntó con los religiosos desterrados y fue conducido a Cartagena. Este insulto hecho a tan alto dignatario de la Iglesia granadina ha causado la más profunda pena a los verdaderos católicos, y por consiguiente a Restrepo.
Con la cruda persecución que Mosquera y sus agentes principales hace na la religión y a la Iglesia de Jesucristo, los ministros del santuario se han ocultado o andan fugitivos por el temor de que les arranquen firmas y declaraciones contrarias a sus, conciencias. De aquí proviene que la mayor parte de los templos está cerrada y hay muy pocas misas los días de fiesta. Al mismo tiempo privados los sacerdotes de las rentas de que se sostenían, que cobran y disipan Mosquera y su comparsa, se hallan sufriendo hambres y miserias. ¡Y todavía dicen nuestros opresores que sus providencias en nada se dirigen contra la religión! ¡Como si el culto no fuera una parte de la institución divina!... Al ver todo esto, uno se persuade que los perseguidores de nuestra divina religión no profesan ninguna, y es preciso creerlo porque sus hechos lo comprueban hasta la evidencia.
En noviembre, después de una ligera calentura catarral, le volvieron a Restrepo las calenturas intermitentes que padeciera el año anterior. Apenas sube el pulso de 72 pulsaciones, que es su estado normal, a 76 hasta 80, sin dolor de cabeza y conservando un regular apetito. El estado moral del paciente y las muchas y diarias penas que sufre por las violencias, opresión y tiranía del gobierno de Mosquera, han sido las causas para que la enfermedad, desapareciendo por algunos días, vuelva después sin motivo alguno conocido. No han valido para desterrarla los medicamentos aplicados por el excelente médico doctor Nynián Cheyne ; así han corrido los meses de noviembre, diciembre y enero, sin conseguir que desaparezca la calentura. Es verdad que continúa sin interrupción la excitación penosa emanada de la tiranía de Mosquera, Rojas Garrido, Cerón, Santacoloma y otros tiranuelos subalternos tan insolentes y opresores como el dictador.
Apenas hemos bosquejado la opresión y latrocinios cometidos contra los prelados y ministros del culto católico, y contra los bienes de la Iglesia; pero aún hay negros tintes qué añadir al cuadro, los que vamos a distribuir rápidamente, pues tenemos impaciencia por acabar tan enojosa tarea.
Las exacciones de dinero desde que Mosquera ocupó a Bogotá han sido continuas y exorbitantes, pagándolas solamente los conservadores, en castigo de su fidelidad a la Constitución y leyes de la Confederación Granadina. Al respetable señor Raimundo Santamaría le exigieron por sí diez mil fuertes y cinco mil por su hijo Ricardo, suma que no había ejemplar en más de cincuenta años que llevamos de revolución, que se hubiera arrancado a ningún ciudadano. La cuota de diez mil fuertes ha sido muy común, y de aquí para abajo hasta mil. Al que esto escribe se exigió la última cantidad. Al que no ha pagado la derrama o hecho arreglos de satisfacerla a cortos plazos, ha sido encarcelado y embargados sus bienes. Por nada han querido Mosquera y compañía publicar las sumas exigidas con tanta violencia e injusticia. Creen algunos que ascienden a más de 600.000 pesos en Bogotá; se guarda el secreto para negar después sus violentas exacciones. Hay hacendados a quienes se embargaron los semovientes, únicos valores con que podían Satisfacer la contribución, y sin embargo los ejecutan porque paguen, injusticia que clama al cielo.
El designio confesado por nuestros tiranos es no dejar a los conservadores una peseta para que no puedan intentar una reacción, y aun Aníbal Galindo dijo en un documento oficial que firmó como secretario del gobernador de Cundinamarca, que debían quitarse los bienes a los conservadores para darlos a los liberales en premio de sus distinguidos servicios. Por órdenes de Mosquera se remataron en Honda crecidas cantidades de mercancías de particulares que estaban en vía para Bogotá, las que se confiscaron a sus dueños inocentes y se vendieron por lo que ofrecían. Este ha sido el primero y funesto ejemplo en nuestras malhadadas revoluciones, de apoderarse violentamente de las mercancías del comercio, que siempre habían sido respetadas, y de confiscarlas en provecho del gobernante que ha usurpado el poder.
¿Qué diremos de los destierros de familias enteras de señoras, porque son opuestas a la administración de Mosquera? Es una violencia en que nuestros opresores han excedido lo que hicieron los españoles en 1816.
En el mes de enero se han redoblado los actos de tiranía en la desgraciada ciudad de Bogotá. Más de 600 soldados se ocuparon una semana entera en rodear las manzanas y registrar las casas, buscando hombres escondidos, armas, municiones y caballos; actos de tiranía y opresión que nunca se habían cometido en nuestra capital. Estos registros tenían por objeto quitar todo recurso de armas y municiones que se pudieran enviar a la guerrilla de Guasca, que se dice haber aumentado su fuerza, y aprehender a varios jefes militares y civiles que se habían escondido. Al que se buscaba con más empeño era al señor Ignacio Gutiérrez, designado para ejercer el Poder Ejecutivo de la Confederación. Hubo denunciantes viles que dijeron las casas donde se ocultaba, y fue buscado su escondite con la mayor actividad. Tuvo Gutiérrez la desgracia de que al saltar una pared se rompió un muslo y le fue necesario acogerse a la primera casa conocida que halló. Le vieron entrar, le denunciaron, y a las diez de la noche del 26 de enero le hallaron en un lecho de dolor. Aunque Mosquera había dicho que lo fusilaría en el acto de su aprehensión, no lo verificó. Gutiérrez le escribió una carta decorosa a fin de que cesara el destierro ejecutado ya de su hermano, cuñada y sobrinas. Lo concedió, pero hizo trasladar a Gutiérrez a un cuartel, privado de comunicación. La ocultación anterior de Gutiérrez era una sombra que aterraba a Mosquera, quien temía siempre una revolución capitaneada por el primero en favor de la moribunda Confederación Granadina.
Los bandos que hace publicar Mosquera parecen de un loco furioso. El 19 de enero hizo publicar uno por el cual se propuso obligar a todos los comerciantes de Bogotá a que firmaran la declaración de que apoyarían en todo a su gobierno, que le prestarían sin tardanza eficaces auxilios, y que en todas sus operaciones comerciales recibirían los billetes de tesorería por su valor nominal. Esta exigencia iba respaldada por la amenaza que respecto de algunos se principió a realizar, declarando embargados y confiscados los bienes del que no hiciera tal promesa. En efecto ninguno se pudo resistir, y en el momento fueron publicados los nombres de los que suscribieron la promesa. Bien pronto dirá Mosquera haber sido voluntaria, para ver si consigue que se olviden sus odiosas violencias.
El domingo 26 dijo por otro bando que dentro de cuarenta y ocho horas se presentasen los que se hallaran escondidos, y que si no lo cumplían "serían fusilados en el acto de su aprehensión". Todo el mundo estaba seguro de que lo cumpliría, y se presentaron los que se habían ocultado. Es tanto el odio que Mosquera profesa a Bogotá, porque la mayoría de sus habitantes no le es adicta, que dijo públicamente "que si tenía reveses militares, antes de abandonar la ciudad la quemaría como habían hecho los rusos con Moscú". Lo mismo repitió su secretario Rojas Garrido, extravagante, ordinario y sin educación.
No puede ser mayor el odio que profesan en Bogotá a Mosquera, Garrido, Cerón, Santacoloma y a otros de la pandilla opresora. Hombres y mujeres, sobre todo en las clases alta y media, así como el pueblo en su generalidad los aborrecen cordialmente. Si hubiera una reacción victoriosa, es probable que fuera mala su suerte.
La guerrilla de Guasca ha puesto en mucho cuidado a Mosquera, quien determinó ir personalmente a combatirla, luégo que limpiara, como él decía, a Bogotá. El 28 de enero ha partido con 700 infantes y 100 jinetes de mala calidad. Esta guerrilla, cuyo extenso campo de acción son los páramos situados al oriente de la capital, que tienen mucha extensión, ha batido al general Mendoza y a otros jefes cogiéndoles muchos prisioneros, armas y municiones. Mosquera confiesa que ella le ha frustrado sus planes. Probablemente matará a cuantos haga prisioneros de la guerrilla, pues se halla muy irritado contra ella.
Antes de marchar recibió la funesta noticia de que la expedición de 1.500 hombres que vino de Cartagena y siguió de Honda a someter el Estado de Antioquia a la voluntad y caprichos del dictador, fue derrotada completamente el 14 de diciembre en Santo Domingo por el general Henao y las tropas del gobernador Giraldo, y que son muy raros los que pudieron escapar. Por esto se ignoran los detalles, pero el hecho es indudable. Antioquia se libró de que les quitaran a sus habitantes trescientos o cuatrocientos mil pesos, como lo pensaban hacer los invasores. Por otra parte la lección será muy útil en lo venidero para que se respete a los habitantes de Antioquia, nuestra querida patria.
Sin embargo esta victoria no es decisiva, pues según las noticias que publican los liberales, la suerte de las armas no es favorable en otros puntos al gobierno constitucional. En el Sur, Julio Arboleda perdió a Popayán, y probablemente se retirará al Valle del Cauca. En el Norte, Canal sólo ocupaba los cantones de San José y del Rosario de Cúcuta, extensión muy pequeña del Estado de Santander. Creemos que en la actualidad lo ocupará todo entero Santos Gutiérrez con su ejército victorioso.
Una opresión tan violenta como la que sufrimos los granadinos; la supresión de la libertad de imprenta y de todas las garantías; la dilapidación de las rentas confiscadas a manos muertas y de los fondos públicos; los males que causa la circulación forzada de los billetes de tesorería mandados recibir a la par con graves penas en caso de falta, aun cuando pierdan en el comercio un treinta por ciento, por no haberse dado garantías que aseguren su amortización, son causas muy poderosas para entristecer hasta a los granadinos indiferentes. ¡Cuánta no será, pues, la pena y los sufrimientos que padecen los que desean ardientemente, como Restrepo, que se restablezca en la Nueva Granada el imperio de la Constitución y de las leyes abolidas por la voluntad absoluta del dictador y sin esperanza próxima o probable de que caiga el usurpador de los más caros derechos de los granadinos! Proviene de tantas penas el que no se mejore la salud deteriorada de Restrepo, aunque opone a sus padecimientos morales toda la fuerza de alma de que es capaz en su edad avanzada.
En el mes que termina hoy, 31 de enero, ha tenido calentura casi todos los días durándole de diez a doce horas. Es intermitente, y aunque sólo aumenta su pulso de seis a ocho pulsaciones, sin dolor de cabeza ni otro síntoma alarmante, teniendo bueno el apetito y digestión, y pudiendo trabajar con su cabeza despejada, sin embargo toda enfermedad es molesta, y las calenturas intermitentes son tenaces para quitarse, lo que conserva en el paciente una incertidumbre harto desagradable.
