Apuntamientos sobre a emigración que hice en 1816 de la provincia de Antioquia a la de Popayán.
 

La revolución que comenzó en la Nueva Granada en 20 de julio de 1810, cuando se estableció tina junta de gobierno en la ciudad de Santafé, había durado con varios sucesos hasta 1816. En el mes de enero de este año se supo que el ejército y escuadra española habían tomado la plaza de Cartagena, mandadas por el general don Pablo Morillo y su segundo, don Pascual Enrile; que don Sebastián de Calzada había derrotado a las tropas independientes mandadas por García Rovira, y que todo anunciaba una próxima terminación de la guerra. Yo me hallaba en Medellín de secretario del gobierno, y vi también que la provincia de Antioquia iba a ser ocupada muy pronto. Así llevé allí a mi mujer e hijo para aguardar el desenlace.

Se pasaron los meses de enero y febrero en la incertidumbre del éxito, cuando en los primeros días de marzo se supo que una división española de infantería y caballería avanzaba de Zaragoza a Remedios. Ninguno podía creer que por aquellos caminos fuera posible que entrara caballería, pero el suceso quitó la duda. El 24 de marzo se supo que la división de tropas de la provincia mandadas por Linares y Malo habían sido derrotadas en la Ceja de Cancán; que habían recibido un terror pánico a la vista de 22 húsares; que no hacían frente, pues huían en el momento. Las acciones fueron el 18, 21 y 22 de marzo; las tropas independientes se retiraron hacia Barbosa, cerrando los caminos para impedir la persecución. Algunos eran de sentir que en Barbosa debía arriesgarse una nueva acción, pero yo siempre juzgué que no se debía exponer a un saqueo el hermoso valle de Medellín, el que sería inevitable después de una acción, que con tropas bisoñas y espantadas era preciso que se perdiese. Además los pueblos se hallaban cansados de la revolución y deseaban que se restableciera el gobierno antiguo; bajo del cual creían descansar. El 29 de marzo casi todos los habitantes de Medellín habían emigrado a los campos y el lugar estaba solitario; por consiguiente el gobierno sin apoyo.

El 26 vino a Medellín el comandante Linares con el capellán de las tropas doctor Céspedes. Dijeron al gobernador revolucionario don Dionisio Tejada que no había que contar con lados bisoños, y que la división española consta de 1.500 hombres de infantería y caballería bien disciplinados. En consecuencia aconsejé a Tejada que diera orden para que no se empeñara acción en Barbosa y que las tropas se retiraran. Entonces descansé, por la suerte del valle de Medellín. Tejada resolvió irse con las tropas a la provincia de Popayán, lo que yo jamás creí que se pudiera conseguir.

El 26 fue miércoles, y yo llevé muy temprano a mi mujer y a mi hijo Valentín con mi madre y hermana Nicolasa al Envigado, para que de allí siguieran el 28 a los Titiribíes, a la casa de mi tío Pedro de Restrepo, a donde debían pasar un mes, en tanto que los españoles arreglaban la provincia para que se libertaran de cualquier insulto, que son inevitables, de soldados vencedores. A las 11 de la mañana volví a Medellín.

JUEVES 27 DE MARZO. La ciudad estaba sola, y así los pocos vecinos que  habían quedado se juntaron en la casa de moneda, y se hicieron patrullas toda la noche; yo estuve también acuartelado para conservar el orden. Tejada firmó en este día una circular a los cabildos diciéndoles que se retiraba a Popayán. Yo había resuelto irme a Honda por Sonsón a fin de meterme en las montañas de los andaquíes y salir por ellas al río Amazonas. Esta empresa era pintada por algunos como fácil, pero los mapas manifestaban que era difícil; mas no había otra salida: También pensaba seguir a Popayán para juntarme con algunos amigos y tomar la misma ruta atravesando el páramo de Guanacas. Todas mis medidas estaban prontas para semejante viaje.

Disuelto el gobierno y mandadas retirar las tropas, nada me quedaba que hacer sino emprender mi emigración. Salí, pues, de Medellín para el Envigado a las 5 de la tarde. ¡Qué ideas tan melancólicas las que me ocupaban había más de un mes! Tener que abandonar mi mujer que se hallaba encinta y con mi pequeño Valentín de dos años; dejar a mis padres, amigos, etc., y quizás para siempre. Hallarme expuesto por opiniones políticas y por los sucesos de la revolución que habían sido inevitables, a morir en un cadalso como un criminal, eran sin duda ideas horriblemente funestas. Sin embargo varias reflexiones me dieron valor y serenidad en tan críticos momentos. "Es preciso que el hombre se muestre impávido a todo lo que es necesario e inevitable", máxima preciosa de uno de los primeros filósofos del último siglo.

A las 6 de la tarde llegué al Envigado y ya estaba todo pronto para que mi familia siguiera el día siguiente para Amagá con mi tío don Pedro de Restrepo.

VIERNES 28 DE MARZO. Jamás olvidaré este día, uno de los más funestos de mi vida, el que probablemente no tendrá igual. A las 5 de la mañana me despedí de mi esposa, madre, etc. Dejo a cualquiera que ame a su familia la consideración de este momento, viendo a una mujer joven y querida en extremo, que anegada en llanto no puede separarse de mí, y cuyos brazos es preciso desenlazar de mi cuello. Pero corramos un velo a escena tan melancólica.

Yo vi a algunas personas después, y a las 7 de la mañana salí para Rionegro hacia donde antes de amanecer había seguido mi equipaje, que se componía de una carga de baúles, una de petacas, un criado pequeño nombrado Pablo, una mula y un caballo de silla. Hallé la cuesta de las Palmas muy mala, y hasta la una de la tarde no llegué al principio del Llano de Chachafruto. Llegué a una casa a comer algo y allí me dijeron haber noticias de Rionegro, que habían jurado al rey, que se esperaba una división de tropas españolas aquel día; que toda las personas distinguidas habían emigrado, entre ellas don Sinforoso García, con quien yo pensaba reunirme y quien llevaba mis provisiones. Tales noticias eran inesperadas para mí, pues ignoraba lo que podía haber sido causa de aquellas novedades. Dudé algún tiempo lo que debía hacer, si seguir por la Ceja a juntarme con García o retroceder. Mas conociendo lo que son los pueblos en tales casos, temí que yendo solo me quisieran poner preso para congratularse con el vencedor. Resolví, pues, volver a dormir aquella noche al Envigado y seguir a Popayán por Amagá. Así alquilé un caballo que llevara los baúles, pues la mula estaba fatigada. Yo saqué el dinero que tenía, que eran 800 pesos, y lo puse en el cojinete de mi silla; di orden al criado que precisamente fuera aquella noche al Envigado; monté en la mula, y mi negro Pablo siguió conmigo en el caballo. Caminé bien apriesa y a las 5½ de la tarde llegué a aquella parroquia.

Busqué un caballo de camino que me sirviera en cualquiera apuro, el que me costó 50 pesos. A las 7 llegó Linares con algunos oficiales y soldados para preparar cuarteles a las demás tropas que dormían aquella noche en Hatoviejo.

SÁBADO 29. Dormí en la casa de mi padre, y a las 3½ de la mañana monté en el caballo, llevando el criado el otro. Caminé sin novedad hasta las 7½, en que me alcanzó un hombre de ltagüí, el que me dijo que aquella mañana había dormido un rato en su casa el gobernador Tejada con un peón y un mozo dependiente suyo, Abad, y que había seguido por la montaña de San Miguel. Esto me dio cuidado porque juzgué que habría novedad. Tejada pensaba seguir con las tropas para ir más seguro. A las 9½ llegué a Amagá y vi allí a mi mujer, madre y hermanos. Les oculté la mayor parte de las cosas que sabía y dije a mi tío que aquella misma tarde debía yo adelantar mis jornadas para ver a Tejada en Santa Bárbara. Busque una mula más, un buen peón y algunas provisiones de que carecía, porque las debía tornar en Rionegro, y a las 3 de la tarde seguí a dormir en el paraje que llaman los Guarcitos. A poco hallé a don Juan Bautista Quintana, de Remedios, y don Juan Muñoz, de Barbosa, con quienes seguí; a las 6 de la tarde arribé a lo de don Joaquín Vásquez en que me vi con dos hijas de doña Micaela Barrientos que habían venido a esconderse allí. Este día fue igualmente penoso y triste para mí, pues tuve que volverme a separar de mi familia.

DOMINGO 30. Muy temprano monté en mi mula habiendo antes aconsejado a don Juan Muñoz que no emigrara, pues él no tenía mayores comprometimientos. Caminé mucho y a la 1 de la tarde llegué al Guamal cerca de Santa Bárbara para saber si Tejada había pasado, pues allí se unen los caminos de Zabaletas y Amagá. Seguí, pues, a Santa Bárbara y fui a posar a donde un Duque. Aquella parroquia está arruinada del todo. A las 5 de la tarde me alcanzó Quintana y mis baúles.

Las gentes que vinieron de Zabaletas de misa, dijeron que el cura había predicado aquel día sobre la obediencia al rey, Y que se había acabado la república. También que se habían embargado en el mismo pueblo varios cajones del gobierno revolucionario, lo que no me agradó, pues por la pintura que me hicieron, conocí que eran los papeles de la secretaría. Don José Ignacio Duque me dijo igualmente que a nadie dejaban pasar por Bufú sin orden del gobierno, así que si yo no la llevaba, que era mejor fuera por Caramanta, y saliera a la Vega de Supía por aquel camino que ya estaba cerrado. Sin embargo Quintana y yo determinamos ir a Arma.

LUNES 31. Muy temprano hicimos ensillar y nos adelantamos dejando atrás el peón de los baúles solo, pues él dijo que era práctico del camino. Mas por precaución llevaba el dinero en el cojinete. El río Buey estaba crecido, sin embargo pasamos a éste y el de Arma sin novedad; tampoco tuvimos alguna hasta Arma, adonde arribamos a las tres de la tarde. Allí supimos que don Sinforoso García y los demás emigrados de Rionegro habían seguido aquella mañana para Bufú. Doña Bárbara Tanco y sus hijos estaban esperando en esta parroquia a su marido, el gobernador Tejada. La hallé en las mayores aflicciones. Todo su equipaje se lo habían dejado cerca del Abejorral; había rumores de estar embargado por las justicias de Rionegro, y ella no tenía un pan qué comer con su numerosa familia. Vino a mi posada bañada en lágrimas, preguntándome sobre todo por su marido a quien juzgaba preso. Yo la consolé diciéndola que yo lo juzgaba muy próximo, pues venía por Zabaletas, y que si allí se oponían a que pasara podría hacerlo con una escolta de soldados. Yo verdaderamente creía que as era. Di a aquella desgraciada dama algún dinero y vestuarios y quedé de enviarla mulas de la Vega para que siguiera y esperara allí a su marido.

MARTES 1º DE ABRIL. Pasé la noche bien mal, y muy temprano seguí para Bufú. Llegué a las 11 de la mañana. Allí encontré pasando la familia del doctor don Félix de Restrepo, menos a éste que se había adelantado a Supia. Hasta las tres de la tarde no concluyeron y entonces lo hice yo sin novedad alguna. Fui a dormir a la hacienda de Moraga. Encontré aquí a don Sinforoso García, don Pedro Carvajal, el presbítero don José Miguel de la Calle y el doctor Lucio de Villa; todos eran muy amigos, y su hallazgo me fue agradable por una parte, excitándome, por otra, ideas tristes. García me llevaba 700 pesos que me importaba recibir.

MIÉRCOLES 2. Partimos por la mañana ya con más tranquilidad, pues no había riesgo de enemigos. Pasamos las célebres minas de Marmato, que se hallan situadas en un cerro elevado, y a las tres de la tarde arribamos a la Vega de Supía. El juez de allí nos dio una casa de las mejores aun que bien mala, pues aquel es un hogar miserable en que todo es caro y nada se encuentra. Se halla puesto en un valle bien húmedo. Don Francisco Javier Vallejo que iba con nosotros, nos sirvió infinito, pues tenía allí conexiones. Ordenamos, pues, nuestras cosas del mejor modo posible para aguardar en aquel lugar algunas noticias de nuestra provincia.

El jueves 3 escribí yo a mi casa y a algunos amigos de Medellín preguntándoles si yo podría volver sin peligro, y cómo habían tratado los españoles a la provincia. Esperaba la contestación cuando más largo dentro de ocho días.

Resueltos a pasar en la Vega ocho o diez días, hicimos empotrerar nuestras mulas y ordenamos nuestras cosas. Sin diversión alguna, atribulado el espíritu y viendo a García y Carvajal afligidos en extremo, viví aquellos días muy incómodo.

El miércoles 9 recibió García cartas de Rionegro en que el doctor Montoya, su mujer y amigos le instaban para que se volviera, pues siempre tendría un cargo por la comisión que le había dado Tejada de que llevara a Popayán cosa de 20.000 pesos de plata de iglesias y barras. Le decían que había esperanzas de que sus tropas españolas trataran bien a la provincia. Habiéndome él y Carvajal pedido consejo, se lo di de que se volvieran; pero yo no determiné hacerlo porque nada hablaba mí suegro respecto de mí, lo que sentí, pues lo juzgaba una falta de cariño. En consecuencia resolvieron volverse el siguiente día.

JUEVES 10. A las 12 del día siguieron don Sinforoso García, Carvajal y Vallejo para la provincia, llevando consigo los intereses del Estado que Tejada entregó al primero. Temieron que en la Vega se los quisieran quitar; así fue preciso ir armados y resueltos a defenderlos. Yo determiné seguir a Quiebralomo, lugar cercano, con el doctor Villa y padre Calle. Lo verifiqué a las 2 de la tarde y llegué a las 5.

VIERNES 11. Como no habíamos tenido noticia de las tropas que se retiraban hacia Popayán con Linares Y Malo, juzgábamos que venían por el camino de Caramanta; supimos también que el capitán Antonio Malo había hecho un muerte cerca de Arma y robado el equipaje de José María Rodríguez. Así, temiendo justamente una suerte igual o que viniera una partida española y nos amarrara, determinamos seguir a Ansermaviejo.

Montamos a las 8 de la mañana, y a las 8½ comenzó una lluvia que, unas veces muy fuerte y otras menos, duró todo el día. El camino era muy liso, de pasos malos y lodo, a que añadido el inmenso peso de las ruanas mojadas y el poco alimento nos hizo pasar un día muy incómodo. A las 4½ llegamos al pueblo miserable de Quinchía, en donde por lo menos hallamos una buena casa en qué dormir. El temperamento es templado como todo el demás terreno desde la Vega, y si hubiera población, sería muy abundante. Mas en ninguna parte se hallaba qué comer y sólo había hambre y miseria, debida principalmente a la langosta que en el año de quince desoló toda la vegetación y siguió hasta más abajo de Antioquia por el Valle del Cauca. Fue esto cosa singular, pues desde 1819 no se conocía allí semejante plaga.

SÁBADO 12. En este día caminamos sin novedad. Pasamos al mediodía a Villalobos, un trecho de camino en que por cerca de media legua sólo se pisa lodo; está para subir al alto del mismo nombre. De él se mira a lo lejos el extenso y hermoso Valle del Cauca, cubierto en algunas partes de bosque y en otras limpio y en sabana. De Villalobos parte el camino que por Chami va para el Chocó. A las 4 de la tarde arribamos a Ansermaviejo, adonde pensábamos esperar noticias de la provincia para resolver si adelantábamos nuestras jornadas a Cartago o no. Anserma es un pequeño lugar de paja, puesto sobre una eminencia a poca distancia del Cauca, que se halla al Oriente. Todos estos terrenos son muy quebrados, lo mismo que los de Antioquia, y el Cauca corre entre rocas y peñascos. Nos alojamos en la casa del cura que estaba sola.

DOMINGO 13. Este día fue primero de Pascua de Resurrección. El padre Calle y doctor Villa dijeron misa, y su conversación mitigaba algún tanto las penas que sufría nuestro espíritu. Nos hallábamos irresolutos sin saber si debíamos seguir hacia Cartago que aún distaba siete días, o detenernos. Al fin resolvimos lo último hasta tener noticia de nuestras familias y amigos.

LUNES 14. Pasamos sin novedad hasta la una de la tarde en que me dijeron que un peón me buscaba en una casita inmediata adonde me quería hablar. Fui a donde estaba y hallé que era de la Vega; venía de parte de don Escolástico Marulanda que se hallaba allí de vuelta de Rionegro, adonde lo habíamos enviado Carvajal, García y yo, a saber el estado de las cosas y traernos nuevas de nuestras casas. En efecto lo ejecutó, y yo recibí cartas del doctor Montoya, don José Solís y otros, en que nos decían que los españoles trataban muy bien a la provincia y que hasta entonces no había castigo ni prisión alguna. Vi el bando del comandante don Francisco Warleta, que me pareció benigno y que no anunciaba rigor. En el momento manifesté a mis compañeros tales documentos y entramos en deliberación acerca del partido que debíamos tomar. No tardó mucho tiempo en decidirnos, persuadidos, como lo estábamos, de que toda la Nueva Granada iba a ser subyugada muy pronto, y que con nuestra emigración no hacíamos otra cosa que prolongar un poco nuestras penas, pues al fin los españoles nos habían de coger, y aunque en la provincia de Popayán en nada nos mezcláramos, como pensábamos hacerlo, serían siempre mayores entonces nuestras culpas políticas. Resolvimos, pues, regresar al día siguiente.

MARTES 15. Montamos a las 8 y caminamos sin novedad. En Villalobos hallamos al doctor don Félix Restrepo y a su familia que regresaban a Popayán; se habían detenido ocho días en la dormida que hay al lado del norte del río, cuyo nombre no recuerdo, porque su hija había abortado allí. Le dijimos solamente que volvíamos a la Vega. Temiendo las tropas de Linares y Malo no queríamos decir nuestras intenciones, pues nos hubieran robado y tratándonos como enemigos. Poco más adelante de Villalobos nos llovió, pero tuvimos la fortuna que pasó pronto. El resto del día fue bueno y llegamos a Quinchía temprano. El doctor Villa era en extremo cobarde para andar a caballo en aquellos caminos.

MIÉRCOLES 16. El día amaneció hermoso y la cordillera nevada que se halla sobre Honda estaba descubierta y se veía muy bella. Los nevados heridos por los primeros rayos del sol forman un espectáculo brillante y sublime. En este día encontramos al doctor Céspedes, a varios oficiales y soldados que seguían de la Vega para Popayán. Iban en la mayor miseria, y nos contaron que habían tenido que mantenerse con palmas y otros vegetales en la montaña de Caramanta. Por Santa Bárbara pasaron el Cauca y tomaron aquel camino, temiendo que ya los hubieran cortado los españoles en Bufú. Cuando oí su relación me persuadí más de lo disparatado que era el proyecto mío de salir por los Andaquíes al Amazonas, o de vivir en los bosques. Para éste se necesita una educación más fuerte que la que hemos recibido los americanos de alguna comodidad.

A las 3½ llegamos a Quiebralomo en donde vimos a Linares, a Malo y a doña Bárbara Tanco. Nos dijo que estaba re suelta a seguir a Cartago, pues ninguna noticia había tenido de su marido don Dionisio de Tejada. Allí me contaron que con 30 granadinos no se había atrevido a pasar por el pueblo de Zabaletas, adonde unos pocos indios incitados, según se dijo, por el cura Duque, se opusieron a su pasaje. La señora Tanco nos dijo que el comandante español de Arma la había llamado a nombre del coronel Warleta y que ella no quería volver a pesar de que le ofrecían todos los y seguridad. ¡Qué mal hizo la infeliz! A las 5 llegamos a la Vega el doctor Villa y yo. El padre Calle se quedó en el Guamal y Linares le había persuadido que iba a ser sacrificado por los españoles, por lo cual dijo que no nos acompañaba porque esperaría allí algunos días más. De Quiebralomo al Guamal vinimos discurriendo sobre esto; nos hizo e hicimos reflexiones bien amargas sobre la incertidumbre de nuestra suerte y si seríamos sacrificados. Fueron momentos muy amargos, pero yo estaba entregado a mi suerte y en brazos de la Providencia; así me resolví a sufrír lo que ésta hubiera decretado. En la Vega hallamos a don Escolástico Marulanda que nos esperaba para seguir con nosotros a Rionegro.

JUEVES 17. Estuvimos en la Vega hasta el mediodía en que salimos a dormir en Moraga. Nos cogió una pequeña lluvia en los minerales de Marmato que puso el camino intransitable. Estando en una casita recibí cartas de Rionegro y un pasaporte del comandante Warleta; a prevención yo había enviado a Arma por uno del capitán Melián que mandaba allí. Llegamos a Moraga sin novedad, en donde dormimos.

VIERNES 18. Salimos a las 8 y caminamos despacio; la noche había sido muy lluviosa de modo que hallamos a la quebrada o pequeño río de Arquía muy crecido e incapaz de poderse vadear. Nuestro compañero Marulanda, que era muy práctico, hizo pasar las sillas y equipaje por un puente de madera que había para los de a pie; las mulas pasaron nadando.

En toda esta faena tardamos mucho tiempo. A poco hallamos el peón que habíamos enviado a Arma que volvía con los pasaportes, incluso el del padre Calle a quien se lo enviamos a la Vega instándole que se viniera. En Bufú tardamos infinito en pasar, pues. el río Cauca es allí muy rápido y sólo se pueden llevar tres mulas cada vez. Determinamos dormir allí.

Desde mi subida había observado las fortificaciones que hizo en Bufú don Francisco Caldas cuando en julio de 1813 ocupó la provincia de Popayán don Juan Sámano, general español. Tales fortificaciones costaron a la provincia de Antioquia 10 o 12.000 pesos. Ellas se creían intomables, pero aunque yo no lo entiendo, me parecieron miserables. Son dominadas completamente por un cerrito que hay al lado de la Vega, de donde con artillería podrían destruir a los defensores de otro lado. Cuando yo las vi estaba podrida la fajina de que se componían.

SÁBADO 19. Hizo esta noche una gran tormenta con una fuerte lluvia, y todavía amaneció lloviendo. El Cauca estaba muy crecido, de modo que todos los prácticos fueron de opinión que era imposible pasar la quebrada de Pácora, que se pasa por su embocadura y por consiguiente la represa del Cauca. Enviamos, pues, a hacer una balsa para pasar el equipaje, y a las 11 montamos. Mucho tiempo se tardó en poner todo del otro lado y al fin lo conseguimos a la una. A esta hora emprendimos subir la larga cuesta de Pácora. Antes de la mitad se cansó mi mula, de tal suerte que ni con la silla podía. Fue preciso caminar a pie mucho tiempo, pues la silla iba en una de carga muy mala. Al fin subimos y a las 5 de la tarde llegamos a Arma. Fuimos a posar a la casa del cura. Inmediatamente nos presentamos al teniente graduado de capitán don F. Melián. Era un joven natural de Valencia en Caracas que nos trató bien. Allí tenía un destacamento de 25 hombres negros de Venezuela, con los que lo habían enviado a perseguir a Tejada, Linares y Malo; pero sabiendo que los dos últimos tenían consigo como 60 hombres, había pedido refuerzo y no se atrevía a pasar a la Vega. En Bufú no había más que paisanos destacados.

DOMINGO 20. Este día lo pasamos en Arma. Supe que don Narciso Estrada me había embargado dos mulas, que a mi subida dejé a un mozo de allí para que me las cuidara. Era como bienes de emigrado. Melián mandó que me las entregaran y me llevaron 11 pesos por los pocos días que las tuvieron.

LUNES 21. Salimos a las 8 y a las 11 llegamos al río de Arma por el camino que sigue al Abejorral. Estaba crecido y lo pasamos en una pequeña balsa. Del lado de Abejorral el camino estaba perdido o derrumbado, por lo cual fue necesario buscar otro paso para las mulas y cargas. Conseguimos al fin que pasaran sin mojarse. Comimos a la orilla del río en que hay mucho calor y mosco, y a las 12 emprendimos subir la media cuesta que llaman. La fortuna es que en lo bajo hay bosque. Es una de las más largas que he visto, y hasta las 5 de la tarde no llegamos a la cima, que es tierra muy fría. Dormimos en la Aguada.

MARTES 22. Todavía subimos más y el camino es por la cima de la cordillera. A las 8 encontramos un oficial negro y algunos soldados de las tropas del rey, que iban para Arma. A las 12 arribamos al Abejorral. Es una parroquia nueva de paja y en un pequeño valle frío. Estaba sin gente. Posamos en una misma casa con el padre Calle, que desde el domingo nos había alcanzado en Arma, resuelto a sufrir la misma suerte que nos cupiera a nosotros. Deseábamos bestias de refresco pero nos fue imposible encontrarlas.

MIÉRCOLES 23. Este día fuimos a dormir a Piedras; el camino estaba lleno de lodo y en extremo pesado, pero no nos llovió.

JUEVES 24. Salimos temprano con ánimo de llegar a Rionegro en aquel día. Marulanda, nuestro compañero a quien debimos mil atenciones, nos dio en Piedras caballos de refresco; así a las 12 llegamos a la Ceja. Marulanda se quedó en su casa. Nosotros comimos allí; no íbamos sin cuidado, pues supimos en Piedras que habían depuesto a los alcaldes don Pedro Arango y don Ignacio Gutiérrez por una pequeña falta, y los habían puesto a trabajar con una cadena. Esto y el hallarse embargados los bienes del doctor Villa y padre Calle, aunque no los míos, nos daba idea que los españoles no serían muy benignos. En los llanos de la Ceja encontramos 150 peones que iban a abrir el camino de Sonsón a Mariquita, bajo la dirección de don Manuel Antonio Jaramillo y don Salvador de Isaza.

A las 5 de la tarde arribamos al Rionegro, cuyos puentes estaban caídos por las crecientes del sábado 19, que fueron generales. Don Sinforoso García y don Félix de Isaza estaban comisionados para levantarlos. El río se pasaba por balsa. A las 5½ llegué a mi casa, ocupada entonces por García y su familia. Toda la del doctor Montoya, que yo siempre tengo por mía, tuvo el mayor placer de mi regreso. Me dijeron tantas cosas y contaron anécdotas del coronel Warleta, de modo que depuse mis temores y creí de buena fe que la revolución había tenido un feliz desenlace, y que nada había que temer. A las 6½ me presenté a dicho comandante y me dijo que fuera a descansar a mi casa. Lo mismo dijo al doctor Villa y padre Calle, a quienes mandó desembargar sus bienes. Dormí, pues, con alguna tranquilidad aquella noche, después de dos meses que hacía pasaba la vida más amarga. Mi mujer estaba para llegar a Rionegro, pues sus padres habían enviado a Amagá por ella.

En mi emigración tardé veintisiete días y me costó cerca de trescientos pesos, pasándolo siempre miserablemente. Cuando emigré estaba firmemente persuadido que el comandante de las tropas españolas era el coronel Morales, de Venezuela, cuya crueldad es bien conocida. De lo contrario me hubiera escondido en una montaña y aun hubiera capitulado con los españoles, lo que sin duda habría sido lo mejor en el estado en que se hallaba la Nueva Granada. Hasta el día en que recibí en Ansermaviejo el bando de Warleta no supe quién era el comandante.

VIERNES 25. En este día presenté a Warleta el título de juez de diezmos de la provincia, que me había extendido el gobierno revolucionario. Me mandó continuara en el empleo hasta nueva orden.

Los sucesos posteriores a esta época me demostraron que eran muy justos los temores que traía acerca de mi suerte, cuando regresaba de la emigración, y que mi tranquilidad los primeros días era sin fundamento. Pero jamás me pesará el no haber continuado mi emigración hasta la provincia de Popayán. Entonces sin duda me envía Warleta a Santafé, en donde el general Morillo me habría fusilado. Lo mismo me sucede si como pensaba sigo de Rionegro por Sonsón a Honda. Me coge aquí la revolución que hubo, y sufro la misma suerte. En circunstancias tan críticas como el desenlace de una revolución, el menor suceso tiene consecuencias que aturden. Mis resoluciones en aquella época siempre fueron las mejores que podía tomar, pues aunque hice un viaje que fue inútil, debí hacerlo hallándome en la inteligencia de que Morales era el comandante español. Debo, pues, dar siempre gracias a la Providencia que me salvó de tantos peligros.

Kingston, de Jamaica, mayo 9 de 1818.

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