Todo el mundo sabe que en 1774 en que los Estados Unidos hicieron revolución, tenían dos y medio millones de habitantes. En 1810 que se hizo el último censo ascendía ya la población a siete millones y medio; todos creen que cuando se repita el censo en 1820, resultarán más de nueve. Está averiguado que cada veinte años la población se duebla.
La emigración que viene de Europa a la América del Norte es asombrosa. En cinco meses que yo residí en los Estados Unidos llegaron a Filadelfia solamente más de 2.000. La mayor parte de ellos son alemanes, holandeses y de Irlanda. Ellos se obligan a servir cierto tiempo para satisfacer su pasaje. Los artistas y labradores que vienen de este modo hacen por lo común grandes fortunas en los campos y en los talleres. El jornalero gana por lo menos un peso diario; así es evidente que aún todavía no pueden prosperar las manufacturas ni sufrir la concurrencia con los ingleses, adonde los jornales son baratos.
En lo interior del país, y sobre todo en los nuevos Estados del Occidente, hay muchas y excelentes tierras que se venden a bajo precio; por este motivo la población y los emigrados diariamente se trasladan hacia dichos puntos, que se pueblan con una rapidez estupenda. Los Estados de Kentucky, Ohio, Misisipí, Luisiana y otros ven todos los días innumerables familias que del Este y de la Europa vienen a cultivar sus fértiles campiñas. Como todos los frutos salen embarcados por el río Misisipí, Nueva Orleans que es el almacén general del Oeste, vendrá a ser dentro de poco la primera ciudad de los Estados Unidos. La compra que su gobierno hizo a Bonaparte de la Luisiana ha aumentado tanto el poder y recursos de los americanos, que ellos dicen que después de conseguir su independencia y darse una constitución, no hay otro suceso en su historia política que pueda compararse con la adquisición de la Luisiana.
El gran proyecto que ahora tiene el gobierno general es comprar las dos Floridas a España. Este es el asunto de todos los círculos políticos. Ellas son de la mayor importancia para los americanos, cuyo terreno las rodea por todas partes. Tienen las más fundadas esperanzas de conseguirlo por negociaciones.
El gobierno de los Estados Unidos también extiende su territorio comprando tierras a las tribus de indios que habitan al Occidente, y en lo interior de los estados Unidos. Anualmente hace grandes adquisiciones, y los indios se van retirando de sus fronteras. Después vende el gobierno las tierras a los colonos, y las ventas constituyen una renta bien productiva. En 1816 ascendió a un millón de pesos.
Aunque no pude conseguir una estadística exacta de los Estados Unidos, por el mensaje del presidente al congreso que se reunió en diciembre de 1817 sé que las rentas del gobierno general ascienden a 24 millones de pesos, y los gastos a 19, de modo que anualmente quedan de 5 a 6 millones para la extinción de la deuda nacional que no es muy crecida.
En casi todos los Estados Unidos lo que corre en la circulación es papel moneda emitido por los bancos; éstos existen hasta en los más pequeños lugares, habiendo muchos con diferentes denominaciones en las grandes ciudades. Su papel se recibe a la par en los que están acreditados, pero hay muchos de las ciudades chicas que para reducirse a numerario tienen que perder hasta un 5%. El Banco de los Estados Unidos, en que tiene parte el gobierno general, es de los más célebres, y aseguran que gira más de 30 millones de pesos de capital. Los Bancos son muy cómodos para el comercio y para los extranjeros. En ellos deposita todo el mundo su dinero; el Banco corre el riesgo, lleva una cuenta exacta, y se lo da a uno cuando y del modo que lo quiere.
La casa de moneda de los Estados Unidos está en Filadelfia. Es poco costosa, y las máquinas muy sencillas y de gran perfección. Acuña águilas de medio peso; reales de diez céntimos, de los cuales diez componen el peso y una moneda de cobre que llaman céntima; y que cien valen un peso. Así en el comercio lo que se usa son pesos y céntimas, diciéndose por ejemplo "esto vale tantos pesos y tantas céntimas". Semejante método facilita infinito los cálculos, pues todo el mundo sabe que el sistema de decimales es el más sencillo.
Nuestras onzas de oro sólo valen 15 o 15 ½ pesos. Corre toda la moneda española de cordoncillo de plata por el mismo valor que nosotros le damos, y por los fuertes se paga un premio de tres por ciento.
El ejército de los Estados Unidos es en este año de 8 a 10.000 hombres, por ser tiempo de paz. Aseguran que la milicia asciende a un millón de hombres. Ella ha dado pruebas de valor, principalmente contra los ingleses en Nueva Orleans. Yo juzgo que son excelentes tiradores, porque todo el mundo ama la caza; mas no sé qué tan instruídos se hallaron los milicianos en las evoluciones militares. Lo cierto es que en cinco meses que he permanecido en el Norte América jamás he visto que la milicia se reúna a hacer el ejercicio, cuando en Jamaica apenas hay semana en que no se vea maniobrar un batallón de milicias.
El presidente y demás miembros del gobierno general residen en Washington, capital de los Estados Unidos. Los miembros del congreso van allí solamente cuando éste se junta en los meses de diciembre, enero y febrero. El presidente ha hecho este año un largo viaje que comenzó (juzgo que en junio) por el Estado de New York, siguió a la Nueva Inglaterra o Estados del Este; después continuó a visitar las fronteras por el lado del Canadá y los Lagos. Dicen que llevó ingenieros para levantar planos y proyectar fortificaciones que van a erigirse en aquella frontera. El presidente llama James Monroe, hombre muy popular, de grandes luces y talentos políticos; él ha conseguido apaciguar los partidos terribles que se suscitaron en la última guerra con los ingleses, los que estuvieron a punto de causar un cisma en la Confederación, separándose los Estados del Norte de los del Sur.
Todo el mundo sabe que en los Estados Unidos es permitido el libre ejercicio de todas las religiones sin que haya alguna dominante. Sin embargo de esto, ninguno aborrece a otro porque juzgue que es hereje, tratándose y amándose todos los miembros de distintas creencias como hermanos y prójimos. Si esto no se viera realizado tendría dificultad para creerse. Por consiguiente jamás en la sociedad se trata de religión, viviendo cada uno pacíficamente en la que le inspiran sus padres.
Lo mismo sucede en cuanto a los partidos políticos; en los papeles públicos se ve mucho encarnizamiento pero me aseguran que no pasan al trato privado. Muchas veces son amigos dos individuos que con la pluma parecen muy enemigos. Esto se me hace difícil.
A las épocas de elecciones cada partido político quiere que el candidato sea de los suyos. Los miembros que lo componen se juntan y deciden por quién han de votar, por ejemplo, los federalistas, y lo mismo hacen los republicanos y demócratas. Los meses de agosto, septiembre y octubre fueron en el Estado de Pensilvania de una guerra cruel sobre la elección de gobernador, que es allí un puesto de grande importancia. Las gacetas no hablaban de otra cosa. Los candidatos o personas escogidas eran un tal Mr. Findlay y otro Mr. Heister; parece que aquél era de los demócratas, y éste, de los federalistas. A cada uno le sacaron cuantos defectos y virtudes había tenido en su vida. Al fin en octubre se hizo la votación de todos los padres o cabezas de familia, que ganó Findlay por 7.000 votos. Entonces todo el mundo calló obedeciéndole como a jefe.
Los partidos principales que hay en el gobierno son los federalistas y republicanos o demócratas. Jamás pude comprender bien la verdadera diferencia que tienen. Parece que los federalistas se inclinan un poco a la aristocracia, y los otros a la democracia. Los gobernantes desde Jefferson han sido todos republicanos, y los otros anteriores federalistas, incluso Washington. En el congreso hay al presente una mayoría de federalistas, y en la cámara de representantes dominan los republicanos. Dentro de poco tiempo serán éstos superiores en todos los ramos del gobierno.
Los Estados Unidos son veinte en la actualidad. Hay 40 senadores y 180 representantes en el congreso. Al tiempo de la revolución las provincias eran trece. Por lo común la residencia de los gobernadores está fijada en ciudades pequeñas de lo interior, con dos objetos: el primero, de fomentarlas, y el segundo, de libertarles de las intrigas y comprometimientos en que los ponen el influjo de los ciudadanos ricos que hay en las grandes ciudades.
La falta del idioma y de mucho trato con los habitantes de los Estados Unidos, no me dejan pronunciar un exacto juicio acerca de las costumbres públicas; algunos juzgan que ellas son corrompidas, pero yo pregunté a varios individuos, y todos me dijeron que en lo general eran buenas, tanto en hombres como en mujeres, sin embargo de las grandes ciudades como en todo el mundo, hay corrupción y mala fe. Lo que sí puedo decir, es que hay poco ladrón. En todas las tiendas ponen algunas telas en la puerta y contra la pared de la calle sin que jamás haya alguno que se las robe. También he visto bosques de maderas bellísimas en las goteras de las ciudades. Los dueños cortan árboles y reduciéndoles a leña la dejan secar a la vista de todo el mundo. Sin embargo nadie se la roba ni corta un árbol a pesar de que los montes se hallan algunas veces sin cerca ninguna. ¿Sucedería esto en nuestras villas y ciudades? Además, siendo los Estados Unidos un país nuevo adonde la clase de jornaleros es bien pagada, y todo el mundo que sea industrioso encuentra en qué ocuparse, es evidente que las costumbres públicas deben ser buenas.
En las ciudades populosas y mercantiles el lujo se ha aumentado mucho, y por consiguiente ha de crecer la corrupción. Esta debe minar al fin el gobierno republicano según lo han vaticinado algunos políticos.
En ninguna de las ciudades de los Estados Unidos se encuentran mendigos por las calles. Ningún ciudadano da limosna al que pueda trabajar, y los que no se hallan en aptitud de hacerlo son mantenidos en hospicios que hay en casi todas las ciudades de alguna población.
La marina de los Estados Unidos crece con mucha rapidez; en el año de 1818 tendrán nueve marinos de línea, doce fragatas y otros muchos buques pequeños, todos de excelente construcción, y que maniobran según ellos, mejor que lo ingleses. La prueba es que en la última guerra siempre que se batieron dos buques con fuerzas iguales, salió victorioso el americano. Este juzga que si hay otra guerra conseguirá abatir el orgullo inglés.
Entre los buques de los Estados Unidos es muy célebre la fragata de vapor. Ha sido construida bajo los mismos principios que los steam-boats. Dicen que tiene cinco pies de espesor y que ninguna bala puede traspasar su grueso. Monta veintidós cañones de a 36, y en el caso del combate puede arrojar sobre el barco enemigo ochenta toneladas de agua caliente en cada minuto. Por esto no podrá jamás ser abordada. Semejante máquina fue construída en New York para atacar en tiempo de calma los navíos ingleses que bloqueaban su puerto en la última guerra; apenas se había concluído cuando se hizo la paz. Aseguran que costó 400.000 pesos. Yo la vi y estuve a su bordo en el arsenal que se halla en el río Eart. Es máquina asombrosa, y sin duda ningún navío podría defenderse de ella en tiempo de calma. Dicen que van a construír otras tres. Su director fue Fulton, el inventor de los steam-boats.
Cualquiera que viaja en los Estados Unidos ve por toda parte reinar la abundancia, la paz y la felicidad. Todos los años se erigen nuevas ciudades, se abren caminos, se desmontan terrenos incultos, se ahondan canales y se transforma la faz de sus provincias. Los buques americanos llenan los puertos de todas las naciones, y en menos de cuarenta y cinco años han fundado un imperio colosal. De aquí se infiere que los principios de su gobierno deben ser excelentes. Como el objeto de mi viaje era otro, yo no los profundicé, así me es imposible desenvolverlos, lo que tampoco permiten las circunstancias. Continuaré, pues, el diario que había interrumpido.
DICIEMBRE 1º HASTA 28. El 1º de este mes llegó sin que el capitán del Cephir asignara día para hacerse a la vela. En él prometió que saldría sin falta el 11 del corriente, pues el invierno entraba ya. Mis deseos de partir eran muy ardientes, porque el frío me sentaba mal y me era muy in cómodo. El constipado me seguía con la misma fuerza, y aun se aumentaba siempre que salía a la calle; algunos me decían que permaneciera en la cama, pero teniendo diligencias que practicar en la calle, me era imposible. Fuera de esto yo no creía que me fuera peligroso, y esperaba que embarcándome luégo que llegara a país templado, me alentaría.
En el día citado fui a conocer el teatro de Filadelfia que es muy bello e iluminado con gas. Los actores y actrices me parecieron que representaban bien. Cuesta un peso la entrada y asiento. Dos días antes había estado en el circo de volatines de a caballo. Ejecutaron cosas bastante buenas, principalmente una mujer que bailó en la cuerda floja e hizo a caballo varias pruebas que merecieron aplausos. El precio de entrada y palco era también de un peso. El sereno de estas dos salidas por la noche me hizo bastante daño al pecho, pues todo el mes de noviembre había permanecido en mi cuarto por la noche.
El 1 de diciembre o poco antes, me cogió en la calle una nevada, la primera que yo veía. La nieve cae como plumas o pelusas menudas que vuelan por el aire, pero a veces muy densas, y en poco tiempo cubren la tierra tres, cuatro o más pulgadas. El frío es muy intenso cuando neva y suele caer con mucho viento.
Todas estas causas reunidas, y el no haberme vestido bien abrigado desde los primeros hielos contribuyeron a agravar mi constipado de que yo no hacía mucho caso a pesar de que tenía miedo a la consunción o tisis de que dicen mueren lo menos una sexta parte de los habitantes de Filadelfia y New York. Según los médicos esto proviene de las variaciones tan repentinas de la atmósfera y del poco abrigo de las mujeres que en todos los países prefieren estar a la moda, al abrigar y vivir con salud.
El 5 de diciembre salí por la tarde con un frío intenso a ver algunas cosas para mi viaje; cuando regresé a la posada a las 6 de la tarde, me hallé con muy poca gana de cenar, lo que ejecutábamos a las 7. Concluida me retiré a mi cuarto y me puse a escribir, mas el frío que yo atribuía al tiempo de invierno se aumentó mucho y conocí que era de enfermedad, pues no se quitaba a pesar de que me calentaba en el fuego. Así estuve desesperado hasta las 9 de la noche en que me entró calentura, antes de acostarme recibí un baño de pies, la noche fue horrible; casi nada dormí y la calentura me hizo desvariar en toda ella. Sentía dolor en el pecho y bajo las ultimas costillas
El 6 me levanté un poco aliviado. En la misma casa vivía un médico llamado el doctor Malcom a quien hice llamar. Me halló levantado a las 9; dijo que no tenía calentura pero que era muy probable que entrara de nuevo, y que sin duda la enfermedad provenía del constipado. A las 11 me dió un destemple corto a que se siguió calentura, aunque no tan fuerte como la noche anterior. A las 4 de la tarde dijo el médico que era preciso sangrarme y ponerme un cáustico en el pecho para que se me aliviara. Así se hizo a las 5, y durante la sangría que fue de una libra me vino vómito y expelí mucha bilis. La noche fue bien mala.
Mi situación era harto triste lejos de mi familia, con pocos amigos y principiando una enfermedad que sin duda era grave. Una de las cosas que más me incomodaba era pensar que acaso el Cephir se iba para Jamaica sin yo poder embarcarme. Sin embargo de todas estas consideraciones, acostumbrado ya a sufrir la adversidad, me resigné en lo que dispusiera la Providencia. Tenía la fortuna de que muy cerca de mi posada vivían los dos señores Castillos con los doctores Pey y Castro, que eran mis paisanos, y juzgaba que me atenderían como en efecto lo verificaron durante el curso de mi enfermedad.
La noche fue mala con mucha calentura. Tenía la incomodidad de que no había quién me diera las medicinas, pues la dueña de la casa tenía apenas una criada. La cabeza y el pecho me dolían bastante. En el curso del día 7 el cáustico del pecho levantó, y me hicieron otras muchas medicinas, pero la fiebre seguía con la misma fuerza aunque sin perturbarme en nada el conocimiento. En la noche algunos caballeros americanos que vivían en la misma posada determinaron acompañarme, y así lo ejecutó uno, acción que me causó mucha gratitud, y otro hizo igual cosa la noche siguiente que fue domingo 9 de diciembre.
En este día la enfermedad fue lo mismo que el anterior. Yo sentí dolor en el lado izquierdo que llegaba hasta el espinazo; el médico, pues, resolvió poner otro cáustico sobre la parte adolorida. Lo trazó grande, y a poco levantó porque las cantáridas eran muy frescas. Este me causó un gran tormento y en seis días no me dejó acostar por aquel lado. El 9 busqué una mujer inglesa que me cuidara, la que me salió excelente y gastó mucho esmero conmigo.
El doctor Malcom viendo que la enfermedad no cedía aún después de haberme aplicado todos los remedios de la medicina, me propuso que si quería que él llamase otro médico amigo suyo para que ambos me asistieran. Convine en ello, y el lunes 1º trajo al doctor Park que tenía a su cargo el hospital de Filadelfia. Determinaron de común acuerdo, que debían hacerme sangrar otra vez sacándome ocho onzas, lo que se verificó inmediatamente.
Ambos médicos eran de sentir que permaneciendo en aquel clima acaso seguiría enfermo todo el invierno, y que yéndome a un temperamento templado o caliente me alentaría pronto. Todavía el Cephir no había seguido para Jamaica, y yo deseaba con ansia embarcarme en él. Así pregunté a los médicos si en el estado en que me hallaba sería posible navegar. Ellos dijeron que si había un buen camarote adonde estar abrigado, podría seguir a Kingston aunque con algún riesgo. Mas como en el barco mencionado venían 16 pasajeros, entre ellos cinco o seis mujeres, yo juzgaba que no se hallaría lugar a propósito para un enfermo. Supliqué, pues, al doctor Malcom que fuera a bordo y examinara el buque. Habiéndolo verificado me dijo que estaba muy incómodo y que arriesgaba a morirme si me embarcaba. Entonces renuncié a las esperanzas de mi viaje porque el Cephir debía hacerse a la vela el 14 como en efecto lo verificó, y juzgué perdidos los 50 pesos que Piexotto había empleado de mi cuenta para rancho.
Este caballero se portó muy bien conmigo. La víspera de su viaje me entregó 150 pesos que yo le había pedido prestados para devolvérselos en Kingston. Cuando caí enfermo tenía apenas unos 80 pesos para pagar mi pasaje y gastar los pocos días que juzgaba permanecería en Filadelfia. Sin el favor de Piexotto ¿qué trabajos no habría pasado en un país extraño y sin dinero? Además él previno a su corresponsal que si yo seguía enfermo y necesitaba dinero bien podía dármelo. Piexotto me había conocido en Kingston y estaba persuadido que en el momento de que mi cuñado Montoya recibiera la noticia o libramiento mío sería reintegrado. Con todo le viviré siempre agradecido.
La fiebre y demás síntomas continuaron lo mismo hasta el 14 por la noche; el 15 por la mañana se hizo a la vela el Cephir en que yo escribí la noticia de mi enfermedad, y se embarcaron los paisanos que algunas veces me acompañaban; ellos sintieron dejarme allí con una enfermedad grave. Si no hubiera estudiado el inglés que ya entendía, probablemente hubiera pasado mayores trabajos en mi enfermedad; médicos, enfermeras y todos los de la casa hablaban sólo aquel idioma. Por estos y otros muchos motivos, el que viaja debe conocer el idioma del país que recorre.
El 15 la fiebre comenzó a disminuírse lentamente. Jamás me debilitó mucho, y siempre conservé despejada la cabeza aunque algunas veces me dolía. Continué así mejor hasta el 18, en que me dijo el médico debía levantarme; lo hice en efecto pero el frío excesivo me obligó a volver a la cama, y en ella permanecí dos días hasta el 20 en que ya pude escribir una carta sin calentura alguna. Mis esperanzas revivieron entonces, y encargué a uno de los que vivían en la posada el que me solicitara si había algún buque para Kingston de Jamaica; tuve la felicidad de que en el mismo día se hallara el Cora, cuyo capitán prometió que me llevaría en el barco que se haría a la vela dentro de cuatro o cinco días.
La desgracia que me perseguía hizo que el 20 que fue sábado principió a soplar un fuerte viento del Norueste que produjo un frío excesivo; el 21 continuó todo el día y a las 12 ya el río Delaware estaba en parte helado, y ninguna embarcación podía salir. Muchos barcos que subían o bajaban el río estuvieron al perderse en el hielo.
El 22 yo continuaba mejorándome, pero mis esperanzas de partida fueron casi del todo perdidas. El hielo se había condensado sobre todo el río enfrente y abajo de Filadelfia, y aunque era muy raro que el Delaware se helara tan temprano había ejemplares, y si continuaba el frío podía muy bien cerrarse la navegación todo el invierno. En tal caso tenía yo que ir a embarcarme en Baltimore o New York, cuyas bahías son navegables en cualquiera tiempo del año; hacía nuevos gastos y acaso me hallaba sin dinero. Semejantes ideas no dejaban de afligirme causándome una incertidumbre bastante penosa.
El 23 con el apetito que tenía me excedí un poco en la comida, y pasé la noche con alguna calentura. Ya no me asistía más que el doctor Park porque el doctor Malcom estaba desde el 19 con una fuerte calentura y se temía que muriera. El tiempo ha variado desde el 22 y tengo esperanza de que el hielo se deshaga en el río. El 24 y 25 continúa lo mismo. He guardado dieta y la fiebre ha cesado. Sólo me molesta un poco de debilidad y algún dolor que siento en la espalda bajo la paleta del lado derecho.
En el 25 por la noche volví a tener una pequeña calentura. Esto prueba que me hallo muy delicado y alguna cosa me habrá hecho daño. El tiempo sigue benigno según los naturales del país; sin embargo para mí es frío en extremo. ¡Qué aspecto tan melancólico el del invierno, principalmente para los que hemos nacido y criádonos en los valles encantadores de la América del Sur adonde reina una primavera perpetua, y en donde jamás se ha sentido él soplo penetrante de los vientos del Norte!
Yo padecí mucho el mes de invierno que pasé en Filadelfia, tanto en la enfermedad como en la convalecencia. Aquélla me hizo coger horror al invierno; todo el día tenía que estar arrimado al fuego de la chimenea que tenía en mi cuarto. En cada pieza de las casas de los Estados Unidos hay una, y las de las salas de recibir visitas son magnificas, pues se hallan guarnecidas de mármol y con un grande espejo sobre ellas. Son de tal construcción las buenas, que jamás hay humo en la pieza, y la leña arde con mucha facilidad. Las chimeneas son muy cómodas, y serían agradables en nuestros países fríos para los tiempos de lluvias en que tanto se enfrían los pies por la falta de ejercicio.
El 26 comencé a tener esperanza de que podría embarcarme; por la noche había caído una fuerte lluvia y continuó por la mañana con la cual todos fueron de opinión que el hielo que había en el Delaware se desharía; en efecto así aconteció, y por la tarde principiaron a moverse algunos barcos.
El 27 a las 10 de la mañana vino a mi casa un Mr. Matherson a nombre del capitán del Cora a avisarme que el buque estaba cargándose con mucha celeridad, que ya iba a ser despachado en la Aduana, y que pensaba salir aquel día que era sábado, por la tarde, así que estuviera pronto. Encargué al mismo Matherson que me comprara el rancho para la navegación, pues me aseguraron que era hombre de confianza; yo me puse a componer mis baúles y arreglar todo con mucha priesa. A uno de mis amigos que vivía en la misma casa le encargué que me buscara algunas cosas que me faltaban. El vio al doctor Park, uno de los médicos, quien dijo me llevaba veinte pesos los que le envié. El doctor Malcom seguía enfermo de mucha gravedad, y no se le podía preguntar cuanto valían once días que me asistió. Yo juzgaba que sería lo mismo que el doctor Park. A las 5 de la tarde me hallaba pronto para embarcar, pero aún no me había avisado el capitán si salía o no. A las 7 envié mi equipaje a bordo, y supe que no nos iríamos hasta el día siguiente.
