CAPITULO VII

SOBRE LOS TUNJOS DE ORO

Los tunjos de oro, según hemos visto, pueden provenir de tres partes diferentes: la más común, de las sepulturas, que el accidente ha descubierto y que han sido excavadas, y a donde con los cuerpos, los indios enterraban sus tesoros; la segunda, de los receptáculos de los adoratorios, los cuales una vez llenos de ofrendas de oro eran enterrados por los sacerdotes en lugares ocultos; y por último pueden encontrarse en los lagos y los ríos. Sabemos que los chibchas tenían una gran reverencia por las aguas, ya que de un lago habían salido sus primeros padres, el de Guatavita, siendo el ejemplo más brillante que sobre la materia poseemos; también allí, como en otro adoratorio y casa santa, inviolable por manos humanas, depositaban sus ofrendas. El río Bosa, cerca de Bogotá, era también receptáculo divino, como veremos en el apéndice. Debido pues a esta diversidad de proveniencia y no habiendo encontrado yo mismo estos tunjos no me es dado nombrar su exacta localidad. Todos ellos fueron enviados de Bogotá y eso hace muy plausible la idea de que son obras chibchas, como lo creo yo; sin embargo en el valle del Cauca se encuentran de las mismas figurillas en los túmulos que se han excavado, y exactamente del mismo estilo.

Lámina I. La figura primera representa a Bachúe y a su esposo, quienes después de haber poblado el mundo, se volvieron a la laguna de Iguaque y allí se convirtieron en serpientes, en cuya forma alegórica los tenemos aquí. Muchas veces, sin embargo, representaban los chibchas a Bachué en figura humana, en estatuas de madera y de oro, como a una mujer con un niño. En la figura tenemos las dos serpientes enroscadas en forma de S sobre un pequeño alambre o asta en cuya extremidad superior hay unos pocos adornos de delgados alambres.

La figura segunda representa al hombre, al guerrero que, con la macana armado, nos está diciendo su profesión. A los lados vemos los dos bucles de cabello que aun hoy en día usan los indios en Bogotá, pues solo dejan crecer el pelo suficiente para formarlos y que luego al caer al lado de la cara trata de enroscarse. En la cara se notan dos pelotitas de oro que sin duda se le cayeron al platero durante su trabajo pues en ninguna manera pertenecen a la figura.

La figura tercera es la mujer, cuyo único aderezo es una gargantilla que al cuello tiene. La especie de borla que al lado de la cara tiene no puedo decir si es pelo u otra cosa. Como las figuras todas están representadas sin vestido alguno, vemos claramente, al menos en estas dos últimas, que el artista quiso en realidad representar al varón y a la hembra.

Las figuras cuarta y quinta son todas de alambre, y solo aderezos y objetos de lujo. La figura sexta no tiene nada de particular, pero la figura séptima que es el reverso de la anterior es interesante por estar formada de tres piezas la plancha principal, las cuales no pueden haber sido unidas entre sí de otra manera que soldándolas.

La figura octavaI es parecida a la figura sexta pero es la más perfecta de todas en su ejecución. En todas las demás las cejas son hechas por un solo alambre en línea recta; aquí forman, como en lo natural, dos alambres las dos cejas y estos son encorvados, y no en línea recta. Las narices además son más naturales y aunque en el resto la figura se conforma con el estilo usual, muestra sin embargo que el artista era mejor copiador de la naturaleza, apartándose de los modelos de sus contemporáneos o predecesores.

La figura novena, por fin, es la de mayor valor artístico. Las diversas partes de la cara están situadas con mejor proporción y si bien en las orillas aun han quedado pedazos de oro pegados, en general hay cierta limpieza en la ejecución de esta figura que no poseen las otras. Lo más notable, sin embargo, es que los brazos y las piernas proyectan sobre el plano del resto del cuerpo lo que no sucede en ninguna de las otras. En la mano izquierda tiene un bastón a manera de un cetro y en general parece esta figura haber representado un cacique acurrucado, posición tan común entre los indios.

Las figuras son todas del tamaño natural y las he dibujado con el mayor cuidado posible para dar una idea exacta. El espesor de las planchas es diferente; en algunas, como figuras segunda y octava, es una lámina delgada, mientras que en otras, como sexta y novena tiene esta como un milímetro de grueso.

Los tunjos que representan al hombre consisten en una plancha de metal a la cual se han soldado los alambres que denotan por su forma y posición las diversas partes del cuerpo; así, v.g., la mano es hecha con dos alambres concéntricos y solo tiene cuatro dedos, y lo mismo los pies. Podemos pues considerar estas figuras, en general, como un alto relieve, por decirlo así, pues por detrás no tiene la figura sino una superficie plana (fig. 7a).

Los indígenas de la Nueva Granada conocían el oro, la plata y el cobre. Sabían fundir el metal, vaciarlo, soldarlo y talvez batirlo. Usaban para fundirlo de ciertos hornillos que, según Alcedo, se han encontrado en las cercanías de Guatavita, pero de los cuales no da descripción alguna. Los peruanos sabemos que usaban hornillos provistos con tubos de cobre para conducir el aire con que acrecentaban el fuego y no es de dudar que una maniobra semejante acompañase a los de los guatavitas, o bien podían haber usado estos, como los antiguos egipcios, cañas de madera, cuyo extremo era guarnecido con una punta o lámina metálica. Los crisoles que usaban los guatavitas no son conocidos, pero tengo el placer de poder mostrar los que los armas usaban (lám. IV, fig. 2), los cuales serían puestos en la mitad de carbones candentes hasta que se derritiese el oro que contenían, al uso de los egipcios, quienes muchas veces no se servían de hornillos. En algunos de estos crisoles aun se ha encontrado el oro derretido, lo cual no nos deja duda de su uso. Los moldes que los peruanos usaban para vaciar sus obras eran de cierto barro mezclado con yeso. Tenían estos también el arte de cincelar sus obras con tanta perfección que no se distingue en ellos la menor desigualdad que del molde resultaría. Parece que el modo probable de ejecutar los guatavitas sus obras, es el siguiente: en una matriz de la forma de la plancha, compuesta de dos partes, se echaba el metal derretido, lo cual dejaba la superficie de la lámina metálica al enfriarse, sin politura, debido a las burbujas de aire, pero mucho más a la superficie áspera que el molde o matriz debía tener a causa de la imperfección con que preparaban el barro de que se servían y cuya textura granulosa se imprimía en la plancha metálica. Que esta era fundida y no batida y que la matriz se componía de dos partes, como es usual hoy en día, se deja muy bien ver en la figura novena, pues en las orillas de esta hay pedazos de metal derretido y allí pegado, cuya superficie no nivela ni con el uno ni con el otro lado de la lámina, está en medio y sería, pues, la parte del metal que salió por la hendija que dejaron entre sí las dos partes de la matriz al cerrarla y que no ajustaban bien.

El modo de fabricar el alambre les debía ser fácil y bien conocido, pues todas las partes del cuerpo humano son hechas de él. Que el modo que ellos tenían de fabricarlo no era el que hoy se usa, lo muestra muy bien la figura quinta cuya áspera superficie no nos deja duda alguna, además que, según BeckmannII  el modo de fabricar el alambre que hoy se practica, fue invención del siglo XIV. Que tampoco usaron los indios el método practicado por las naciones clásicas en los tiempos primitivos, cortando tiras de una lámina metálica y luego redondeando éstas a fuerza de martilloIII, parece poderse deducir de la perfecta ausencia de las encalladuras u ondulaciones que el martillo produce en una superficie, y la presencia de concavidades muy pequeñas y redondas, solo reconocibles por las partículas negras que en ellas han entrado, cuyo lugar ocupaban los pequeñísimos granos de la arena del molde. Me parece pues que el único modo que podían emplear era horadar, en forma cilíndrica, el barro o arena que servía de matriz; hacían un cañuto, y en éste echaban el oro derretido. Es posible sin embargo, que hayan usado el martillo, como los antiguos pueblos de Europa, aunque nos parezca más difícil de creer.

Los alambres ya cortados y habiéndoles dado la forma requerida, eran pegados a la plancha metálica. Debemos notar aquí, que entre el alambre y la plancha no hay sustancia extraña, no hay soldadura. Es pues necesario creer que la lámina aún estaba semifluída o al menos blanda, mientras hacían el resto del cuerpo, y esto lo hacen muy probable los granos de oro que se encuentran pegados irregularmente en los tunjos (figura segunda) y en partes tales, que debemos enteramente prescindir de la idea que eran puestos allí intencionalmente. Este me parece el método probable que seguían, visto que es muy difícil decidir si hay verdaderas soldaduras o no. El señor Meyer, quien cuidadosamente observó las canopas o ídolos de oro conservados en el museo de Lima, dice expresamente que no tienen soldadura alguna y con él otros autores. Al contrario, en la excelente obra de los señores Rivero y Tschudi se nos asegura de la manera más positiva que sí son soldadas. Es pues posible, aunque improbable, que también las haya en las nuestras, a pesar de que ni los plateros a quienes he preguntado ni yo, hayamos podido descubrirlas entre los alambres y la lámina que forma la base de la figura. Pero que nuestros indios conocían el arte de soldar, el cual ya en tiempos muy remotos conocían los egipcios, no queda la menor duda, como hemos dicho, si examinamos la figura séptima, pues ahí, siendo los pedazos tan cortos y el metal tan buen conductor del calórico, se derretiría toda la pieza al hacerlo una de sus extremidades.

Ultimamente, podían vaciar toda la figura de una vez, como hoy se practica aún con las más complicadas, pero las planchas de algunas de estas figuras son tan delgadas que hacen muy improbable esta opinión y así creo la más razonable la que he dado.

Las obras de oro de los habitantes de la Nueva Granada se pueden distinguir al momento de las peruanas por cierto carácter peculiar que el ojo práctico al momento nota. Las de los peruanos son rotundas, más livianas en sus formas, huecas y más delgadas, según Meyer, mientras que las nuestras son planas, macizas y de una dureza en sus formas que nos recuerdan las egipcias. Así, las figuras tercera y séptima, lámina VIII de las Antigüedades Peruanas por Rivero y Tschudi, nos parecen al momento tan diferentes de las otras que en dicha lámina se encuentran, como también en la antecedente, que por poca fe que tengamos, al menos debemos creer que pertenecen a otra escuela de platería. Es posible, y muy probable que sean de la Nueva Granada pues, si, como sabemos, los guatavitas obtenían su oro de distantes pueblos por cambios y lo volvían labrado, no parece improbable que sus obras hayan llegado de esta manera aun hasta el Perú. Más probable es, sin embargo, que los guatavitas hayan ido a ejercer su oficio al Perú. De esta emigración tenemos un ejemplo incontestable en el chibcha que dio noticia en Quito a Belalcázar de su rey Bogotá y de las ricas provincias que luego llamaron los españoles «El Dorado». Allí pudieron ir también a perfeccionar su arte, con rudimentos de platería ya muy arraigados en ellos para dejar su estilo, aun en las obras que producían en el Perú. Tal es el imperio de las costumbres, y al habituado es tan atractivo un estilo convencional, que tal vez se prefiere este a una copia más exacta de la misma naturaleza. Un ejemplo tenemos en la escultura atrasada de los egipcios, la cual quedó intacta aun después de la invasión de los griegos y romanos, y otro es el de los chibchas, que acabamos de mencionar.

Es posible que el arte del platero les haya venido a los chibchas del antiguo continente o bien de otra nación americana más adelantada, pero no hay duda que ellos hicieron progresos en su arte y que como cualquiera otra nación tenían su escuela o estilo particular. Con Vater diremos que los productos de una cierta media cultural en los pueblos, tienen frecuentemente una fisonomía tan semejante, que ellos muestran, menos una misma proveniencia, que la igualdad de resultados de las fuerzas humanas en iguales grados de cultura; y así no solo debe ser la semejanza en los resultados, nuestro criterio para la unidad de origen. Muy interesante sería conocer minuciosamente el arte del platero según era practicado por los antiguos neogranadinos, como también dar una descripción de sus instrumentos, pero desgraciadamente ni de los de éstos, ni de los peruanos, tenemos datos suficientes para hacerlo. Esta tarea está reservada para un escritor venidero más afortunado, cuyas investigaciones en nuestro suelo patrio sean coronadas con buen éxito.

Como no deja de ser interesante, a la vez, saber la composición de los ídolos antiguos y metálicos, he hecho dos análisis químicos de los tunjos números 2 y 8, pues de ahí podremos sacar algunas comparaciones y también algo perteneciente al arte de los antiguos moradores de América, como es, por ejemplo, el de la aligación.

El metal de la figura segunda es rojizo y parece, a la vista, contener mucho cobre; el de la figura novena, por el contrario, es blancuzco y guía a la idea de que contiene mucha plata en su mezcla.

Los análisis no conciertan, sin embargo, con estos presupuestos exteriores. El que ha visto, como yo, diversas muestras de oro nativo una junto a la otra, habrá notado al momento, cuánto varía su color, teniendo por lo demás una composición muy semejante.

Si el metal de estos tunjos se calienta al rojo, se cubre de una capa negra, muy delgada, de óxido de cobre, casi momentáneamente, y parece, con producción de luz. Al lavarlo con ácido clorhídrico, para disolver este óxido, se pone, después de limpio, de un color amarillo claro, casi exactamente el mismo que originalmente tenía el metal del tunjo número 9 y que sin duda proviene de haberse cubierto con pequeñísimas partículas del cloruro de plata, que es blanco recién preparado, pero expuesto a la luz se vuelve morado y al fin se descompone dejando solo el óxido negro de plata, efecto de las materias orgánicas suspendidas en el aire. Por fin, si se trata el metal de estos dos tunjos así blanqueado, con amoníaco, para disolver el cloruro de plata, toman ambos un color rojizo igual al del número 2. Vemos, pues, que la coloración de estos metales, aunque sí depende en parte de su composición, también es debida a causas externas.

El análisis de una liga semejante es tan sencillo que no hay para qué decir nada sobre él y solo sí los resultados.

De la figura segunda tomé un pedacito que pesaba 0.03002 gramos y encontré:

Oro = 0.01640 o 54.63 por ciento
Plata = 0.00491 o 16.31   "       "
Cobre = 0.00880 o 29.31   "       "
     0.03011   100.25

 De la figura novena tomé un pedacito que pesaba 0.05967 gramos y encontré:

Oro = 0.0273 o 45.91 por ciento
Plata = 0.0063 o 10.55   "       "
Cobre = 0.0261 o 43.70   "       "
     0.0597   100.16

De los análisis que hasta ahora tenemos de los oros nativos de la Nueva Granada,IV todos hechos por el experto naturalista, señor Boussingault, sabemos que de éstos ninguno contiene cobre. Vemos, pues, que los indígenas neogranadinos ligaban el oro con el cobre, que se encuentra nativo en varias partes de la Nueva Granada, entre otras en Moniquirá.

Se ha supuesto que los instrumentos que usaban los chibchas para labrar las piedras duras, eran compuestos de cobre y estaño. Paréceme improbable por bien fundada que sea esta opinión. Entre los peruanos según autoridades como Humboldt (Vues Monuments, 8vo. t. I, p. 314) Rivero y Tschudi (Antg. Per. p. 212), d'Orbigny (L'homme Améric, p. 137) y Vauquelin quien encontró en un cincel peruano 0,94 de cobre y 0,06 de estañoV nos aseguran que los instrumentos de cobre poseen también una mezcla de estaño y aún el señor Rivero encontró además de 5 a 10 por ciento de sílice. Según los mejores autores de mineralogía, no se encuentran en Suramérica, sino en Brasil (y allí solamente el casiterio u óxido de estaño), ninguno de los cuatro minerales de este metal, ni aun Helms, director de minas, que hizo una grande colección de minerales suramericanos tampoco los encontró. Así, pues, hasta que uno de estos minerales se encuentre en la Nueva Granada o un análisis de algún objeto de cobre de los chibchas pruebe la presencia del estaño, debemos detener nuestro juicio, notando solamente que para labrar el aderezo que en piedra tengo, se podía hacer fácilmente con otra piedra pues la roca verde de que está hecho es muy blanda. Análisis de ornamentos de oro de la antigüedad se han hecho muy pocos, siendo a la vez éstos muy raros en el antiguo continente en comparación con el nuevo. Los únicos que yo conozco son los del doctor Mallet, de antigüedades irlandesas, pues en un pequeño escrito del profesor GobelVI adonde se encuentran todos los análisis que se han hecho de las antigüedades metálicas, tampoco hay ninguno de las de oro.

Por vía de comparación, pues, pondré los análisis del doctor Mallet y los dos míos.

  1 2 3 4 5 6 7 8 Nº2 Nº8
Oro 71.54 79.48 96.90 88.64 88.72 81.10 86.72 85.62 54.63 45.91
Plata 23.67 18.01 2.48 11.05 10.02 12.18 12.79 12.79 16.31 10.55
Cobre 4.62 2.48 traza .12 1.11 5.94 1.16 1.47 29.31 43.70
Plomo traza ... ... ... ... .28

traza

... ... ...
Hierro ... ... ... ... .02 ...

traza

... ... ...
  99.83 99.97 99.38 99.81 99.87 99.50 100.02 99.88 100.25 100.16

La descripción de las antigüedades irlandesas no es interesante para nosotros ni un extracto podría ser inteligible. El oro que trabajaban los irlandeses no se sabe de dónde venía, pero vemos sí, que la liga que ellos usaban era en general mas rica en este metal que la de los chibchas, y tal vez más antiguas sus obras, de resto vemos que su composición es como entre estos oro, plata y cobre; hierro y plomo, encontrándose en dos solamente y en cantidades que bien se ve eran impurezas y elementos enteramente accidentales.

I
Aunque en la edición original de la presente obra aparece esta explicación como la correspondiente a la figura séptima, la observación de las láminas demuestra claramente que se trata de un error de imprenta.- (Nota del editor.)
II
Beitrage zur Gefchichte der Gutdectungen.
III
Exod. XXXIX. Homer. Odyss. Lib. VIII, 273-278.
IV
Ann. Chem. et de Phys. t. XXXV, pág. 408 y la Colección de Memorias Científicas por J. Acosta pág. 43-50.
V
Humboldt. Essai politique sur la Nouvelle Espagne, t. III, pág. 306. (ed. octavo).
VI
Ueber den Einfluss der Chemie auf die Ermittelung der Volker der Vörzeit. Erlangen 1842.
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