CAPITULO SEGUNDO
I.
Por infundadas que fueran esas inculpaciones de peculado, de
criminal inversión de los fondos del empréstito en beneficio
propio, o de sus parciales, que la ponzoñosa maledicencia hacia el
jeneral Santander, se propalaron por todas partes, tomando cierta
consistencia, y el Libertador, franco en demasía como era, soltó en
su tránsito algunas palabras amenazantes, que pronto se supieron y
crearon la animadversión recíproca de dos grandes hombres, amigos
antes, que se estimaban, y de cuya buena armonía la patria habría
recibido algún consuelo. Y los partidos que empezaban ya a
formarse, adictos al uno al otro según los principios que creían
que el uno o el otro representaban, exaltándose a su vez, quedaron
completamente demarcados y en pugna abierta. Liberal era
sinónimo de Santanderista; Servil era sinónimo de
Boliviano.
Lo particular es que el mayor número de los que entonces eran
llamados serviles resultan ahora liberales, y muchísimos de los que
éramos considerados liberales, hemos venido a encontrarnos
calificados de godos, como se llamaba en los primeros días
de la revolución a los enemigos de la independencia. De qué manera
se haya podido verificar esta metamorfosis en los nombres, sin que
se haya cambiado la naturaleza de las cosas, es lo que nadie podrá
explicar.
El jeneral Santander, más hombre de estado que militar, de
eminentes dotes gubernamentativas, puede ser acusado por la
Historia, de violento en sus pasiones políticas, de demasiado
severo o cruel si se quiere, pero nunca de mal administrador, ni
por hechos bajos de mala ley. Habiendo gobernado la República como
vicepresidente encargado del Poder Ejecutivo desde 1821 hasta 1827,
con 18.000 pesos fuertes de sueldo anual, y antes vicepresidente de
la Nueva Granada; habiendo recibido una hacienda de las mejores de
la sabana, por su haber militar, dejó a su muerte una fortuna menor
de lo que pudiera, honrosamente, con sus ahorros.
Los señores Francisco Montoya y Manuel Antonio Arrubla,
negociadores del empréstito, eran comerciantes de crédito de
capital, y de reputación honrosa antes de obtener aquel encargo;
recibieron en Inglaterra la comisión que les correspondía, conforme
a su contrato con el Gobierno, que aunque módica, en veinte
millones de pesos, hacia una suma considerable. Con ella, pues,
pudieron legítimamente dar ensanche a sus negocios, y de aquí la
envidia que se les tuvo. El señor Montoya, uno de los comerciantes
más honorables y benéficos que ha tenido el país, murió, y como
murió? Que dejó? El quebranto que tuvo en sus negocios es conocido
en sus últimos pormenores. El señor Arrubla vive: qué tiene? ¿Dónde
está, pues, la inmensa riqueza que se suponía habían adquirido por
el empréstito? ¹
El señor Manuel José Hurtado; cumplido caballero, de gran
fortuna heredada y aumentada por el comercio, honorablemente
considerado y de bien merecida reputación, era ministro
plenipotenciario de la República en Inglaterra, y como tal,
administrador de los fondos de la empréstito, conforme a las
órdenes que recibía del Gobierno. Los negociadores Montoya y
Arrubla no tuvieron en esto la menor intervención. El señor Hurtado
murió: qué fortuna dejó? ¿Dónde están los millones de pesos que la
malignidad humana le suponía? Quizá dejó menos de lo que tenia
antes de ir a Inglaterra, que era mucho, como puede juzgarse por el
cuantioso caudal que dejó su hermano y socio el señor Marcelino
hurtado de Popayán. El señor José María Castillo Rada, de
venerable memoria, lustre de la infeliz Cartagena, su patria y la
mía, era secretario de hacienda en aquella época, y por su
1 El señor Arrubla, después de
escrito esto, ha muerto en una pobreza cercana a la indigencia.
Hombre de costumbres arregladas, religioso, sin vicios, con su
muerte en semejante situación, así como sucedió al señor Montoya,
ha contestado a sus calumniadores, más que con cuanto yo pudiera
decir.
despacho se giraban las libranzas se satisfacían las deudas,
cancelándose los documentos que las leyes declararon pagaderos de
los fondos del empréstito. El señor Castillo murió: qué dejó? Una
casa y una quinta que ya tenia desde mucho dates de aquella
negociación. Su respetable viuda vive en la estrechez. A estas
pruebas, que son concluyentes, qué puede responderse? Nada, Contra
la lógica ¿le los hechos no hay calumnias que prevalezcan. ¹
¿ Qué se hicieron, se dirá acaso, los veinte millones de pesos
fuertes del empréstito? Esto es otra cosa. Al gobierno de Colombia
le sucedió con aquel caudal lo que a un niño que nunca tuvo mas
que uno u otro octavo, y de repente se encuentra con una onza de
oro, y ufano empieza a gastar, sin previsión, como si la onza fuera
inagotable.
¡ Veinte millones de pesos! Una miseria para una nación: en la
actual guerra de los Estados Unidos anglo-americanos se gastan en
ocho días, y nosotros creíamos que nunca se acabarían! En fin,
veamos lo que se hicieron aquellos veinte millones de pesos.
II.
Terminada la guerra de la Independencia con la gloriosa batalla
de Ayacucho y la rendición de Puerto Cabello, dejando la paz un
ejército incomparable de 25 a 30,000 hombres disponibles, pesó el
Gobierno en una expedición a las islas de Cuba y Puerto rico,
después de auxiliar al Gobierno de Méjico para rendir el castillo
de San Juan de Ulúa en el puerto de Veracruz, debiendo Méjico
coadyuvar con tropas a la expedición sobre las dos grandes islas
mencionadas.
Para esto se necesitaba de una marina respetable y superior a la
que la España tenia en aquellas islas; más difícil si no imposible
era que Colombia y Méjico pudieran poner una marina ni siquiera
igual. Sin embargo esto no se previó, haciéndose esfuerzos
extraordinarios, inútiles í ruinosos para conseguirlo; y a pesar
de
1 La viuda del señor castillo también
ha muerto en pobreza.
ellos no pudo m reunirse en Cartagena una escuadra que llegase a
la mitad de la española. Solo los que saben lo que estas cosas
cuestan, podrán calcular las ingentes sumas que en dicha marina,
para nosotros excesiva se invertirían, o mejor dicho, se
despilfarrarían.
En Cartagena había un jeneral, comandante jeneral del
apostadero; un jeneral, comandante jeneral de la escuadra; un
jeneral, comandante jeneral del departamento, teniendo cada uno su
correspondiente plana mayor, fuera del taren militar de la plaza
con una numerosa guarnición. Por lo que sucede hoy se podrá
calcular lo que aquel tren dispendioso costaría.
Trescientos mil pesos se destinaron y se invirtieron en reparar
en varios departamentos las fortificaciones de nuestras plazas
militares, que sin medios de defensa iguales a los de ataque que
hoy tienen las demás naciones, no pueden ni podrán en ciento o
doscientos o mil años, impedir la invasión o las humillaciones
extranjeras, y que no sirven sino de guarida y baluarte a los
facciosos que se apoderan de ellas. Yo que estoy convencido de su
inutilidad, cuando se habló en uno de nuestros congresos de demoler
las fortificaciones de Cartagena, aunque me reí, no me irrité como
otros, porque la operación no podía llevarse a cabo con menos de
cinco millones de pesos, que se habrían regado en el país
fecundándolo; pero no fuimos tan afortunados que se lograse la
benéfica demolición. La incuria y el tiempo lo harán sin provecho
de nadie.
Los buques de la escuadra no tenían la mitad de la tripulación o
no que necesitaban, ni podían conseguirse marineros; pero tenían
comandantes, oficiales y demás empleados subalternos, gozando de
sueldo, gratificación y ración de armada a la española; es decir el
doble o más del prest y paga de las clases equivalentes en el
ejército. Planas mayores nunca faltan entre nosotros y siempre son
mayores de lo que en rigor se necesitaría. Sobre el
particular no hay desacuerdo en los partidos políticos que nos
dividen.
Todos los sueldos civiles y militares, todos los salarios de las
numerosas maestranzas de artillería, de ingenieros y de marina, se
pagaban puntualmente con las onzas y los pesos columnarios del
empréstito; el dinero circulaba cual nunca se viera, ni en
los mejores tiempos cuando Cartagena era el único puerto de
importación en la Nueva Granada y absorbía ella sola todos los
productos de la aduana y el situado anual de Méjico y el Perú. I
la sangre de los pueblos y de las generaciones futuras
corría a torrentes en las mesas de monte y de dado y en la roleta.
Yo lo vi.
De Inglaterra venían grandes cocinas de hierro, cadenas í
enormes anclas para navíos de línea, carronadas para los buques,
balas de cañón de calibres desconocidos en cantidad suficiente para
sufrir tres sitios como el de Sebastopol; jarcias de diferentes
calidades, alquitrán, armas, municiones, vestuarios, efectos de
equipo y menajes, etc., con espantosa profusión. En el entretanto
las dificultades para la disparatada expedición, iban tocándose de
bulto; su insuficiencia era evidente, la imposibilidad de llevarla
a efecto era tangible; no se sabia que hacer, rendido ya el
castillo de San Juan de Ulúa, cuando el gobierno de la Gran Bretaña
y de los Estados Unidos anglo-americanos, simultáneamente,
vinieron a salvar a Colombia de ser la rechifla del
universo, manifestándose opuestos a la expedición. I todo, todo se
perdió.
Todavía en les años de 1847 y 48 siendo yo Gobernador de
Cartagena, se hacia el gasto de botar la escoria de 20.000 fusiles
y el polvo de otros elementos del parque, por no haberse hecho
antes el de cuidarlos.
III.
Otros 300.000 pesos (de los cales 200.000 en onzas de oro) se
enviasen a Venezuela para fomento de la agricultura, con el doctor
Miguel Peña, quien los entregó en moneda macuquina, ganándose con
perjuicio de la República 25.000 pesos en aquel cambio
fraudulento.
A varios comerciantes se dieron libranzas pagaderas en
Inglaterra, cuyo valor debían satisfacer aquí en dinero, y lo
hicieron en documentos de los mandados pagar por las leyes, con
los fondos del empréstito; y con esos negocios medraron algunos
hombres que yo conozco.
Por órdenes del Gobierno se satisficieron varias demandas,
cancelándose los documentos que la ley declaró pagaderos de dichos
fondos, en lo que indudablemente habría una que otra
preferencia.
Una brillante división como de cuatro mil hombres a las órdenes
del jeneral Valero, brigadier Mejicano, recién llegado y admitido
al servicio de Colombia, se organizó en 1824, y equipó de un todo,
y siguió para Guayaquil por la vía de Panamá, con destino al Perú
donde ya terceras necesitaba. Más de la mitad de aquellos
infelices, si no las dos terceras partes, murieron en la isla de la
Puna de fiebre amarilla. En fin; despilfarros, errores,
desaciertos se cometieron como siempre; desgracias sucedieron: mas
no hubo delitos de peculado, no hubo estafas.
En la casa contratista del empréstito, quedaron en depósito mas
de dos millones de pesos para pago de los primeros dividendos; y
para acelerar nuestra ruina quebró la casa, muriendo de pesar su
jefe, y se perdieron los dos millones y pico depositados en ella.
No se pagaron, pues, los dividendos vencidos los bonos colombianos
cayeron en el ultimo demérito para no levantarse mas, y cayó el
crédito para siempre. Puede ser que nuestros descendientes, si Dios
mejora sus horas, lo recobren dentro de unos doscientos o
trescientos años. Mucho será que evitemos en el entretanto que se
emplee la vía ejecutiva, cumpliendo religiosamente con lo
estipulado en el convenio celebrado con los acreedores, en el que
la última administración conservadora ha hecho un servicio inmenso
al país, que por las inocuas pasiones de la época no se le ha
agradecido.
"La nación inglesa aún antes de que su gobierno se hubiese
pronunciado por el reconocimiento de nuestra independencia, había
entrado en especulaciones de importancia con Colombia.
Realizáronse en Londres dos empréstitos a favor de acueste Estado,
los cuales, si bien dieron de pronto algún auxilio al erario de la
República, exhausto por tan dilatada guerra, por nuestras antiguas
deudas, por nuestras grandes necesidades, y por la insuficiencia de
las retas para subvenir a tantas atenciones, no tardaron sin
embargo en sumergirnos en grandes embarazos. Esto era de esperase,
porque así como todo empréstito negociado dentro de un país produce
incalculables ventajas a la comunidad, impidiendo que se agolpen
los impuestos, aumentando la circulación, dando actividad a todos
les trabajos y movimiento a todas las especulaciones, esparciendo
la abundancia y la comodidad í uniendo en intereses al gobierno y
a los gobernados; así, por el contrario, todo empréstito que se
contrata en el extranjero, degrada al Estado que lo levanta,
haciéndole tributario del prestamista, y además lo empobrece, por
cuanto se extraen de él las sumas necesarias para pagar los
intereses y la amortización, se disminuye el numerario circulante,
se paralizan todas las empresas y con la miseria se fomenta el
descontento de los pueblos.
"Si los empréstitos contratados en Inglaterra fueron ruinosos a
Colombia bajo este aspecto, no sucedió así con el comercio, que
cada día tomó mas incremento entre ambos países, ni con los
capitales que aquel pueblo emprendedor invirtió en el laboreo de
nuestras minas, y en varias especulaciones agrícolas.
"Con la entrada de numerosas sumas en numerario y en efectos
mercantiles, con la inmigración de extranjeros, tomaron valor las
propiedades, hizo adelantos la minería, el pueblo contrajo nuevos
gustos, encontró mayor facilidad para proveer a su subsistencia,
para satisfacer sus necesidades y expender sus frutos; y basta el
aspecto mismo de la sociedad se mejoró considerablemente con los
progresos de la ilustración, del lujo, etc." ¹
IV.
Aunque se habla de treinta millones de pesos cuando se trata del
empréstito, se olvida que diez millones fueron contratados por el
señor Francisco A. Zea tres años antes, y estaban ya consumidos en
1824 cuando se contrató por los señeros ArrubIa y Montoya el
segundo empréstito pero como se acumuló el primero al segundo,
reconocido aquel por el Gobierno, se expidieron bonos iguales por
ambos, y la ignorancia, o mas bien la
¹ García del Río
malignidad, los confundió para dar mas fuerza a la censura y a
la acriminación.
Además de los cuantiosos valores que se perdieron por incuria y
culpable abandono en los almacenes, otros se perdieron
por otras causas, pues con las revoluciones, las guerras
frecuentes, cambios de empleados a cada transformación política, lo
que faltaba en los inventarios, no podía averiguarse qué se había
hecho, a se daba por consumido, o devorado por el
comejen.
Las inmensas existencias de elementos de marina, como fogones,
cadenas, anclas para navíos de línea, la artillería de fierro, los
proyectiles de diferentes calibres, ya oxidado todo, se vendieron
por lo que ofrecieren, para lastro do buques mercantes.
Todavía fue mas ruinosa la pérdida que se hizo en la marina. Las
magníficas fragatas "Colombia" y "Cundinamarca," costaron en los
Estados Unidos de América 1.680.845 pesos fuertes, La "Colombia" se
incendió con todo lo que contenía, en la ría de Guayaquil a donde
fue destinada en 1829, cuando la guerra con el Perú, y llegó
después de hecha la paz: tal desgracia tenia precisamente que
sucederle a la "Colombia" llevando este nombre. La "Cundinamarca"
se vendió en Poertocabello por una cantidad insignificante
en vales de la deuda flotante que casi no tenían valor. Doce
cañoneras construidas también en los Estados Unidos, para
artillería de grueso calibre, no sirvieron para nada ni podían
servir: se cometió el disparate de mandar los diseños con
descripción de dimensiones, delineando todo, y prescrito en
nuestra Secretaria de marina, y así salió ello: después de mucho
tiempo de estar estos buques arrumbados en Porto cabello
pudriéndose, habiendo costado en astillero 174.444 pesos, se
vendieron sin haber servido un solo día, en una miserable cantidad
en vales de la deuda venezolana. El navío "Libertador" de 74
cañones, que costó en Europa 80.000 pesos, lo que bastaba para
indicar que ya estaba inútil, se vendió en 4.565 pesos, sin haber
prestado el menor servicio. El bergantín ''Independencia" de
20 cañones, que costó 18.000 pesos, a los cinco años de servicio
se vendió en 2.661 pesos. La corbeta "Bolívar" de 22 cañones, que
costó 154.519 pesos, se vendió en los Estados Unidos, sin haber
servido tres
años, en 5.454 pesos, que deducidos los gastos de comisiones,
corretaje, venduta, y todos los que espantan en las cuentas de
ventas de aquel país, vinieron a quedar reducidos a 1.500, y
todavía de este residuo se perdió parte, porque uno de los
compradores hizo bancarrota. De toda la marina en fin, no quedaron
sino unas pocas goletas que con grandes gastos se empleaban en el
servicio de guardacostas, dizque para celar el contrabando, que no
se hace entre nosotros por las costas. Estas goletas se iban
reponiendo, y para ellas había comandante jeneral de marina, de
apostadero, maestranzas, etc. El jeneral Mosquera como presidente
en 1845 suspendió tono esto en Cartagena, y mandó vender las
goletas que quedaban, que resultaron inútiles, medida que alivió al
tesoro público de un gasto de unos 120.000 pesos anuales, y mereció
alabanza de los hombres imparciales, aunque en Cartagena, como era
natural, se IEE censuró agriamente.
Sobre tan enormes pérdidas hay que considerar que por la
administración rutinera en las oficinas de hacienda, las rentas
nacionales de toda Colombia, no pasaban de 6.000.000 de pesos y los
gastos anuales el año en que menos, eran de 15.000.000, que en su
mayor parte se consumían en la marina y en el ejército. Con
semejante déficit, ¿cuanto tiempo debería durar el
empréstito, aún sin contar aquellas pérdidas? No! no hubo peculado,
leo repito, no hubo estafa, no hubo robo, a la menos de parte
del alto Gobierno; pero sí imprevisión, despilfarros,
desaciertos que pueden llamarse disparates. El ánimo del patriota
se contrista al pensar en estas cosas: ¡qué legado de ruina, de
humillaciones de sacrificios dejamos a nuestros hijos.
Para mí, lo peor que tuvo el empréstito de 1824 fue que se
contrató cuando va no había urgencia, pues la guerra de la
Independencia concluyó en aquel año.
Pero ¡qué terrible reflexión! En toda esa feroz y asoladora
guerra de la Independencia, los sacrificios, la profusión, los
errores, los despilfarros, que ciertamente han dejado un peso
enorme sobre la generación presente y sobre las futuras, no llegan,
ni con mucho, a la bancarrota oprobiosa y sin remedio, a la
postración física y moral que les legamos nosotros por las
rovoluciones y guerras civiles posteriores, excediendo la última en
ruina, en destrucción, a todas las anteriores. I falta
todavía!......
He sabido extenderme en este asunto un poco mas de lo que
conviniera al objeto de mi escrito, porque la vocinglería que sobre
él se levantó en aquella época, contribuyó a enconar los partidos
incipientes, cuyo encono creciendo con los acontecimientos
posteriores, ha empujado el país en el plano inclinado en que va
rodando, Dios sabe hasta donde!
V.
El Libertador venia acercándose, precedido de una proclama que
dio en Guayaquil diciendo que no quería saber quiénes eran
culpables, pues que todos éramos hermanos; que nos traía una rama
de olivo que solo había un culpable que era él, por no haber venido
a tiempo; que cesara el delito de la desunión entre granadinos y
venezolanos; que todos fuéramos colombianos, para que la desolación
y la muerte no ocuparan los desiertos que dejara la anarquía.
Esta proclama causó un malísimo efecto, cuando todos esperábamos
otra enérgica contra la revolución venezolana, y el ofrecimiento de
su espada para sostener la Constitución, y restablecer su imperio
con mano fuerte.
Aunque no aceptara el Libertador la dictadura que le diera el
acta de Guayaquil y las de Cuenca y Quito, y mandara que continuase
el régimen constitucional, en el hecho venia ejerciendo por todo
el tránsito el poder dictatorial en su plenitud, expidiendo
decretos de naturaleza legislativa o de las atribuciones del
gobierno que ejercía en la capital el Vicepresidente; "concediendo
ascensos y recompensas a los que eran mas adictos a su persona,
especialmente a los que habían promovido las actas de
dictadura; anulando sentencias judiciales; conmutando en otra
la pena de muerte: él en fin, mandó pasar por las armas en Pasto, a
reos cuyo proceso no se había terminado."¹ Estos reos eran tres
famosos cri-
1 Restrepo Historia de
Colombia.
minales, guerrilleros realistas que tenían pena de muerte. El
abuso estuvo en no esperar la sentencia. Bolívar se excusó diciendo
que no habiendo guarnición en Pasto, ni cárcel segura aquellos
malhechores se fugarían y seguirían causando graves daños.
Tales hechos no dejaban ya duda, y por ellos la división de los
ciudadanos tomó un incremento desconsolador.
Para los unos ya no era el grande hombre, el padre de la Patria
el que llegaba; era el usurpador, era el tirano, era César pasando
el Rubicon; sus amigos eran esbirros, pretorianos, jenízaros; y
estos a su vez trataban a los otros de facciosos, demagogos,
anarquistas, ladrones del empréstito, ingratos.
Esta exaltación de los partidos deslindándolos completamente era
tal, que no se necesitaba de mucha perspicacia para prever que
tarde o temprano harían correr la sangre do los pueblos en los
campos de batalla; y mas cuando la discordia sacudiendo las
serpientes de su cabellera, sobre tantos antagonismos políticos que
nacían y tantas pasiones que se exaltaban, añadió un combustible
mas al incendio que se preparaba, atizando la rivalidad sorda que
existía entre granadinos y venezolanos, que al fin estalló de
diferentes maneras, como se irá viendo por el curso de los hechos
que se sucederán en este escrito.
Yo tenia por el Libertador veneración religiosa; no aceptaba la
irritación que contra él se manifestaba; esperaba que llegado que
hubiera a Bogotá, rodeado de otros hombres, viendo mas claro y mas
lejos el horizonte político, volvería sobre sí. Pero también,
aunque tuviera la Constitución defectos notables, era
constitucional por respeto al principio de legalidad, y como tal
manifestaba mis sentimientos con energía y franqueza, discutía con
calor y discutía con calor y sostenía la necesidad de que a todo
trance se salvasen los principios y la integridad de la República.
I por tanto, a pesar de mi conocida adhesión personal al
Libertador, me vi naturalmente enrolado en el partido
constitucional, que para desgracia del país cambió su expresivo
nombre por el de liberal. Este epíteto aplicado a un partido
me ha repugnado siempre, aun desde aquellos tiempos en que se
significaba algo plausible; y me ha repugnado porque
él solo, envuelve un sarcasmo, una injuria, un ultraje a los
adversarios, y porque los que lo adoptaron líos que lo conservan,
no tuvieron ni tienen otra mira que esa al adoptarlo y
conservarlo.
Llegó el Libertador a Popayán, y allí habló con los principales
Ciudadanos, todos constitucionales, pero admiradores í amigos
suyos. El horizonte se le despejó, conoció cuál era la verdadera
opinión de les granadinos sobre la ardua cuestión que se ventilaba,
recibió cartas de Lima en que se le anunciaba que los peruanos
también hablaban alto en el mismo sentido, leyó las publicaciones
de la prensa bogotana; y esto bastó para desengañarlo.
Inmediatamente pasó una expresiva nota al jeneral Santa Cruz,
presidente del consejo de gobierno del Perú, y escribió a los
ministros y a todos sus amigos, que desistía de la idea de
confederación de las tres repúblicas, Colombia, Perú y Bolivia; que
les aconsejaba que se pusiesen a la cabeza de la oposición, para no
ser sacrificados como amigos suyos, y que el Perú se
constituyese con entera libertad como quisiese; que
escribieran esto mismo al gran mariscal de Ayacucho a Bolivia; que
si las tropas colombianas acantonadas en el Perú, embarazaban o
perjudicaban, se enviasen inmediatamente a Colombia, pagándoles una
parte de sus sueldos, y si no, que las mandasen sin
pagarles; pues los colombianos no habían ido a buscar al Perú
sino fraternidad y gloria.
En la capital, sin embargo, ignorábase cuáles serian las ideas
del Libertador; si se sometería al régimen constitucional,
sosteniéndolo con decisión, si insistiría en que se adoptara la
constitución boliviana. Se sabia que tanto él como su comitiva,
blasfemaban con apasionada acrimonia contra el Vicepresidente,
dando la razón al jeneral Páez y atribuyendo todos los males al
Gobierno; que hablaban de dilapidaciones y malos manejos en la
inversión del empréstito. Eran ya conocidos todos los actos que
probaban, a no dejar duda, que el Libertador venia en plena
dictadura, previniendo y animado contra los que decía le
calumniaban, y que eran sus ingratos enemigos. Fácil es, pues,
concebir que todo esto aumentaba el alarma, la zozobra,
el temor que las primeras noticias de los sucesos de Guayaquil
produjeron: hombres hubo, principalmente de los escritores
públicos, que se ocultaron mientras pasaba la turbonada y se
aclaraba la atmósfera; y cada acto, cada incidente de estos
aumentaba la cision entre los partidos, y afilaba el puñal con que
atravesarían algún día el corazón de la Patria, hiriéndose entre sí
en la Iucha mortal.
VI.
Por fin supone la llegada del Libertador a Neiva y que seguía su
marcha sin detenerse. El Vicepresidente, con dos de los secretarios
del despacho, salió a encontrarle, y en efecto le encontró en
Tocaima, donde tuvieron largas conferencias que produjeron un
resultado satisfactorio. La buena armonía entre los dos magistrados
pareció restablecida; el Libertador convino en que debía sostenerse
la Constitución, pero dijo que tenia que revestirse de las
facultades extraordinarias de su articulo 128 para restablecer el
orden, cuya necesidad era evidente; y que después, dentro de uno o
dos años, deseaba que se adoptase la constitución boliviana,
con un presidente y un senado vitalicios, para dar al Gobierno
probabilidades de duración, con medios para mantener la paz, sin lo
cual la libertad nunca se afianzaría.
Desde los primeros días de la revolución tuvo el Libertador
estas ideas, y siempre las manifestó con noble franqueza,
persuadido como estaba de la dificultad de consolidar entre
nosotros una república exageradamente democrática, con
multiplicadas elecciones periódicas, y temiendo que ninguno de
estos gobiernos de cimientos deleznables, combatidos por las
oleadas electorales, sin poner ningún límite a la ambición, pudiera
sostenerse; de lo que resultaría que cada bamboleo del poder
público traería la guerra civil, que es la peor de todas las
calamidades sociales, y tras ella la tiranía en nombra de la
libertad. La América española entera se ha empeñado en justificar
aquellas provisiones del grande hombre.
El jeneral Santander regresó con sus secretarios contento y
animado, y su llegada calmó la agitación y la ansiedad de los
partidos que le aguardaban.
Pronto, en alas del viento, voló la voz: "Ya está el Libertador
en la sabana; ya viene!"; y la excitación fue jeneral (14 de
noviembre). El intendente-gobernador del departamento, les
empleados municipales, diputaciones de diferentes corporaciones,
algunos jefes militares y empleados nacionales y muchos ciudadanos
particulares fuimos a recibirle a Fontibon. Allí el intendente,
coronel José María Ortega (después jeneral), se preparó a
arengarle al frente de las autoridades, de les militares y de los
ciudadanos que le habíamos acompañado. El Libertador, rodeado de su
comitiva, se dispuso a oírle. El intendente algún tanto cortado,
tomó por fin la palabra, y sin ningún preámbulo calmante, empezó a
hablar del respeto debido a la ley fundamental de la
República, diciéndole que contara con la obediencia de los
cundinamarqueses al Gobierno que habían jurado, y con su
adhesión a la Constitución y a las leyes.
El Libertador, que desde las primeras frases del discurso se
inmutó de una manera notable, le interrumpió con enojo, y le dijo
que él esperaba que se le hubiese felicitado por su llegada a la
capital, que aquel era día de celebrar las glorias del ejército, y
no de hablarle de obediencia a la Constitución, de violación de
leyes causada por la iniquidad de algunas de ellas; y en el acto
partió para esta capital. Todos le seguimos mas o menos distantes,
y del séquito del intendente se lanzaron algunos a escape a
divulgar con exageración la noticia. Los demás discursos que iban
preparados se omitieron; muchos vivas al intendente y a la
Constitución se dieron, y muy pocos al Libertador, que se adelantó
a gran distancia, casi solo, hasta que llegó a la aduanilla de San
Victorino, donde se detuvo.
Aquello me causó, y causó a muchos, una impresión penosísima. Yo
creo que el Libertador tuvo razón para considerarse ofendido: en el
estado a que las cosas habían llegado, todo lo que pareciera una
reconvención, o un consejo que indicara desconfianza, o una
excitación que pareciera un apercibimiento, era inoportuno y debía
necesariamente herirle; pero aquel su arrebato brusco, no puede de
ninguna manera disculparse. habría sido de desearse que el
Libertador, después de concluir el coronel Ortega, en una respuesta
corta y digna como aquellas que él sabia dar, hubiese manifestado
lo mismo que dijo, aunque en términos mas moderados, y que él
participaba de los sentimientos del intendente, y cumpliría con su
deber como presidente constitucional sin necesidad de excitaciones.
Esto le habría conservado su popularidad, tan necesaria en aquellos
momentos, y no que del modo como habló y como se condujo, dio
pábulo y hasta cierto punto justo motivo para que sus enemigos le
censurasen cruelmente, como lo hicieron.
Las tropas de la guarnición, las milicias de la capital,
formaban en toda la carrera desde San Victorino basta el palacio
del Gobierno; los balcones y ventanas estaban colgados, pero
entusiasmo no había. En los arcos triunfales, en las puertas de los
edificios públicos, cuarteles, colegios, etc., se leían letreros
de "Viva la Constitución!" siendo en aquella ocasión cada
letrero una saeta emponzoñada, dirigida al ojo derecho de
Filipo.
En el corto rato que el Libertador se detuvo en la alameda de
San Victorino, se calmó, y procuraba de todas maneras disipar las
malas impresiones que su arrebato de Fontibon hubiera producido;
dirigía la palabra afectuosamente a los que íbamos llegando; al
coronel Ortoga que, aunque constitucional, era su amigo y a quien
él estimaba, le trató con la mayor deferencia; a la entrada en la
ciudad, a los vivas que le daban algunos grupos y de algunos
balcones, contestaba con fervor: "Viva la República! Viva su digno
Vicepresidente! viva la Constitución de Colombia!" Qué efecto tan
saludable no hubiera causado el haber hecho este desde
Fontibon!
VII.
El Vicepresidente, de grande uniforme, le recibió en el salón de
honor del palacio, rodeado de los Secretarios del despacho, del
Presidente del Senado, de los ministros de la Corte suprema y del
Tribunal Superior, de los generales y oficiales superiores del
ejército que había en la capital, y de gran numero de ciudadanos
particulares.
El jeneral Santander, con la dignidad que correspondía al acto,
visiblemente conmovido, le dirigió la palabra en los términos mas
adecuados, felicitándole por su arribo a la capital en medio del
gozo universal de todos los pueblos, cuyos malos cesarían con su
presencia. Recordó los espléndidos triunfos del ejército
libertador y de su digno caudillo, manifestando por último, que
seria esclavo de la constitución y de las leyes, aunque siempre
admirador, constante y leal amigo del Libertador.
No se respiraba, no se oía mas que el latido de los corazones,
mientras que el libertador se recogió por un momento dentro de sí
mismo. De repente, irguiéndose y chispeándole el rostro de
animación, contestó al Vicepresidente, en un discurso sublime,
incomparable, aprobando la conducta del Gobierno; elogiando con
entusiasmo al ejército que había dado la independencia a la mitad
de la América; manifestándose respetuoso a la Constitución; y al
concluir con mi apóstrofe a los colombianos, excitándolos a la
concordia y a la reconciliación, tendió la mano al Vicepresidente,
y se enterneció de manera que comunicó su emoción a cuantos le
oían. Toda mala pasión se sofocó, todos los corazones saltaban
queriendo romper el pecho, todos los ojos se humedecieron, y un
grito espontáneo, inmenso de "¡Viva el Libertador!" sacudió
el edificio y retumbó por todo el ámbito de la capital.
En la comitiva del Libertador venia un joven de 26 años hijo de
Bogotá, miembro de una familia extensa y respetable, con el lustre
que da el valor militar comprobado por su distinguido
comportamiento en las batallas de Pichincha, Junin y Ayacucho. Este
joven se llamaba Pedro Alcántara Herran, coronel de caballería,
quien, por equivocación o por malignidad, fue víctima de un rumor
que se levantó de que había despedazado él mismo con su
sable, la tabla que sobre la puerta del cuartel de húsares se había
puesto con el letrero punzante de "Viva la Constitución." El hecho
no es cierto: el coronel Herran mandó quitar la tabla, diciendo
que
las cuestiones políticas no debían invadir los cuarteles, y los
soldados que la bajaron, la rompieron para leña. sin
embargo, esta calumnia, que tomó incremento, atrajo sobre el
coronel Herran una animadversión inmerecida. He debido dar a
conocer desde ahora al coronel Herran, hoy jeneral, por la
parte activa y trascendental que ha tenido en los mas graves
acontecimientos que se han, sucedido desde aquella época en este
pobre país.
