CAPITULO VIGÉSIMOCUARTO.
 

 

I.
 

 

El día 20 del mismo enero habiendo ya la capital el número de
diputados suficiente, pudo instalarse el congreso, por el
Libertador en persona, con una solemnidad no vista nunca ni antes
ni después: la presencia de Sucre, Urdaneta, Carreño, Briceño
Méndez, Silva, Ortega. Carrillo, y generales de mérito de la guerra
de la independencia; la de los próceres Castillo Rada, Félix
Restrepo, José Maria Estévez, Obispo de Santamarta, Vicente
Borrero, Agustín Gutiérrez Moreno, José Mo­desto Larrea, Estanislao
Vergara, Salvador Camacho, Pedro Antonio Torres; en fin, la de
todos los diputados, ciudadanos distinguidos, menos yo, de las
provincias de la República; aquel conjunto de hombres eminentes que
traía a la memoria el antiguo senado romano que a un embajador
extranjero le pareció una asamblea de reyes, me autoriza a decir:
aquel fue realmente un congreso admirable.

Reunidos en palacio pasamos presididos por el Libertador,
acompañado de los ministros de Estado, a oír una misa solemne de
Espíritu Santo en la magnífica basílica de la Arquidiócesis, el San
Pedro de la América. Un saludó de veintiún cañonazos anunció el
principio del subli­me sacrificio incruento del catolicismo, y otro
igual su fin. En el vastísimo santuario se apiñaba numerosa y
escogida concurrencia del uno y del otro sexo, y el recogimiento
religioso más que la pompa exterior, solemnizo el augusto acto
nacional. Las tropas formadas en la plaza hicieron los honores
militares por la última vez al Libertador como jefe del Es­tado, al
salir del templo, y trasladados al lugar de las sesiones, ocupó él
la silla presidencial. Allí, tomando la palabra, en una breve
alocución hizo presente a los diputados la gravedad de las
circunstancias, manifes­tándoles que de su prudencia y sabiduría
esperaba la patria su salvación; y todos de dos en dos prestamos en
sus manos el juramento que estaba en nuestro corazón, de "cumplir
siniestro deber."

Procediéndose en seguida a la elección de presidente y
vicepresi­dente del Congreso, resultaron electos en primer
escrutinio el gran ma­riscal de Ayacucho y el obispo de Santamarta.
Terminadas estas elec­ciones, declaró el Libertador-presidente
instalado el congreso constitu­yente y concluida su autoridad, lo
que una tercera salva comunicó a la ciudad.

Tomando el jeneral Sucre su asiento presidencial pronunció un
corto discurso dando las gracias al congreso por la elección que en
él había hecho, ofreciendo cumplir su deber y elogiando el acierto
con que el Libertador-presidente había conducido la República en la
crisis peligrosa que corría, convocando la representación nacional
para que remediara los males que se sufrían.

El Libertador contestó: que en el congreso se fincaban las
mejores y más legítimas esperanzas de la nación que necesitaba
instituciones que combinasen la fuerza del gobierno con la libertad
del pueblo: que él se retiraba con la mayor confianza en el acierto
de un congreso presidi­do por el Gran Mariscal de Ayacucho, el mas
digno de los generales de Colombia.

Una diputación del congreso acompañó al Libertador al palacio, y
nosotros desalentados empezamos nuestros trabajos........

Ruego al lector me perdone el que yo me complazca en estas
relaciones de los postreros resplandores de la majestad colombiana.
He visto machos actos análogos; He sido diputada a varios
congresos, y todo me ha parecido mezquino: el espíritu democrático,
absurdamente interpretado, lo rebaja todo, y la dignidad se
proscribe tomándola por vanidad aristocrática.

 

II.

 

Regresada la comisión que acompañó al Libertador, se leyó el
mensaje que él mismo puso en manos del Gran Mariscal de Ayacucho al
tiempo de retirarse. En este interesante documento, demasiado largo
para insertarlo integro, trazaba Bolívar un cuadro desconsolador
del estado de la república, por las convulsiones y atentados
cometidos des­de 1826; manifestaba que la disolución de la
convención de Ocaña le había puesto una situación horrible,
exponiéndose a los juicios temera­rarios y a las sospechas; que sin
embargo, no lo detuvo el menoscabo de una reputación adquirida en
una larga serie de servicios y de frecuentes semejantes
sacrificios, para evitar la disolución de la República. Recor­daba
el decreto que había expedido para poner límites al poder
dictatorial, y decía: "Pero apenas había empezado a ejercer las
funciones de efe supremo cuando los elementos contrarios se
desarrollan con la violencia ­de las pasiones y la ferocidad de los
crímenes; se atentó contra mi vida; se encendió la guerra civil, se
animó con este ejemplo y POR OTROS MEDIOS al gobierno del Perú para
invadir nuestros departamen­tos del Sur con miras de conquista y
usurpación. "Mencionaba la gloriosa batalla de Taqui, el convenio
de Girón roto por el jeneral  Lamar, a cuyas calumnias y ultrajes
respondió convidándole otra vez con la paz. Hacia una ligera reseña
de los obstáculos que se presentaron para recuperar a Guayaquil por
falta de marina, par las inundaciones de aquel territorio a causa
de las lluvias de invierno que obligaron a esperar la buena
estación, y añadía: "En este intermedio un juicio nacional,
según la expresión del jefe supremo del Perú, vindicó nuestra
conducta y libró a nuestros enemigos del jeneral Lamar. Mudado así
el aspecto político de aquella República, se nos facilitó la vía dé
las negociaciones........Me congratulo con el congreso y con la
nación por el resultado satisfac­torio de los negocios del Sur,
tanto por la conclusión de la guerra, como por las muestras nada
equívocas de benevolencia que hemos recibi­do del gobierno peruano,
confesando noblemente que fuimos provocados a la guerra con miras
depravadas. Ningún gobierno ha satisfecho a otro como el del Perú
al nuestro, por cuya magnanimidad es acreedor a la estimación mas
perfecta de nuestra parte."

 

Esta justicia hecha al Perú era bien merecida, pues la guerra
fue obra exclusiva del jeneral Lamar del pequeño círculo que le
sostenía; además, era de alta política para apagar cualquier
resquicio de encono que dejara el recuerdo de la lucha. Entre
pueblos limítrofes, de un mismo origen de una misma lengua, de una
misma religión, cuyos inte­reses son idénticos, todo lo que, tienda
a destruir rivalidades, a mante­ner entre ellos buena, armonía y a
estrechar los lazos de su fraternidad natural, es plausible y digno
de alabanza.

Refiriéndose a los pueblos del Sur que tomaron parte con el
jeneral Lamar, y haciendo alusión a la revolución del jeneral
Córdova, se expresa así: "Hemos también usado de clemencia con los
desgra­ciados pueblos del Sur que se dejaron arrastrar a la guerra
civil o fue­ron seducidos por los enemigos. Me es grato deciros que
para terminar las disensiones domésticas, ni una gota de sangre ira
empañado la vindicta de las leyes; y aunque un valiente jeneral y
sus secuaces han caído en el campo de la muerte, su castigo les
vine de la mano del Altísimo, cuando de la nuestra habrían
alcanzado la clemencia con que hemos tratado a los que les han
sobrevivido. Todos gozan de la libertad a pesar ­de sus
extravíos"....I haciendo otra alusión a la conspiración del 25 de
septiembre contra su vida, dice: "Nos duele ciertamente el
sacrificio de algunos delincuentes en el altar de la justicia, y
aunque el parricidio no merece indulgencia, muchos de ellos la
recibieron, sin embargo, de mis manos, y QUIZÁ LOS MAS
CRUELES."

Pero en lo que mas se esforzó el Libertador, fue en la renuncia
que hacia de la presidencia y del poder que le habían conferido los
pueblos, sobre lo cual decía: "Temo, con algún fundamento, que se
dude de mi sinceridad, al hablaros del magistrado que deba presidir
la República; Pero el Congreso debe persuadirse de que su
honor le prohíbe pensar en mi para este nombramiento, y el mío se
opone a que yo lo acepte. Obligados como estáis a constituir el
gobierno de la República, dentro y fuera de vuestro seno hallareis
ciudadanos que desempeñen la presi­dencia del Estado con gloria y
ventajas. Todos, todos sus conciudada­nos gozan de la fortuna
inestimable de parecer inocentes a los ojos de la sospecha: solo yo
estoy tildado de aspirar a la tiranía.............Ahí? Cuantas
conspiraciones y guerras no hemos sufrido, por atentar a mi
autoridad y a mi persona! Estos golpes han hecho padecer a los
pueblos, cuyos sacrificios se habrían ahorrado, si desde el
principio los legisladores de Colombia no me hubiesen forzado a
sobrellevar una car­ga que use ha abrumado mas que la guerra y
todos sus azotes."

I se abstuvo de hacer la menor indicación sobre la forma de
gobierno que conviniera adoptar, recomendando únicamente "la
religión santa que profesamos, fuente profusa de las bendiciones
del cielo," concluyendo así, "Conciudadanos! Me ruborizo al
decirlo: la inde­pendencia es el único bien que hemos conquistado a
costa de todos los demás. Pero ella (añadía como para atenuar el
efecto de la terrible apóstrofe) nos abre la puerta para
reconquistarlos, con todo el es­plendor de la gloria y de la
libertad."

           

III.

 

El mismo día se nos distribuyó y circuló impresa la siguiente
pro­clama:

"Conciudadanos! Hoy he dejado de mandaros. Veinte años ha que os
he servido en calidad de soldado y magistrado. En este largo
período hemos reconquistado la patria, libertado tres repúblicas,
conju­rado muchas guerras civiles, y cuatro veces he devuelto al
pueblo su omnipotencia, reuniendo espontáneamente cuatro congresos
constitu­yentes. A vuestras virtudes, valor y patriotismo se deben
estos servi­cios; a mí la gloria de haberos dirigido.

"El Congreso constituyente que en este día se ha instalado, se
halla encargado por la Providencia de dar a la nación las
instituciones que ella desea, siguiendo el curso de las
circunstancias y la naturaleza de las cosas.

"Temiendo que se me considere como un obstáculo para asentar la
República sobre la verdadera base de su felicidad, yo mismo me he
precipitado de la alta magistratura a que vuestra bondad me había
elevado.

 

"Colombianos! He sido víctima de sospechas ignominiosas, sin que
haya podido defenderme la pureza de mis ­principios.

"Los mismos que aspiran al mando supremo, se han empeñado en
arrancarme de vuestro corazón, atribuyéndome sus propios
senti­mientos, haciéndome parecer autor de proyectos que ellos han
conce­bido, representándome, en fin, con aspiración a una corona
que ellos me han ofrecido mas de una vez, y que yo he rechazado con
la indignación del sumas fiero republicano. Nunca, nunca, os lo
juro, ha manchado mi mente la ambición de un reino que mis enemigos
han forjado artificiosamente para perderme en vuestra opinión.

"Desengañaos, colombianos; mi único objeto ha sido el de
contri­buir a vuestra libertad y a la conservación de vuestro
reposo: si por esto he sido culpable, merezco mas que otro vuestra
indignación. No escuchéis, os ruego, la vil calumnia-y la torpe
codicia que por todas par­tes agitan la discordia. ¿Os dejareis
deslumbrar por las injurias de mis detractores? Vosotros no sois
insensatos.

"Colombianos! Acercaos en torno del Congreso constituyente él es
la sabiduría nacional, la esperanza legítima de los pueblos y el
último punto de reunión de los patriotas. Penden de sus decretos
soberanos, nuestras vidas, la dicha de la República y la gloria
colombiana. Si la fatalidad os ­arrastrare a abandonarlo, no hay
mas salud para la patria; y vosotros os ahogareis en el océano de
la anarquía, dejando por herencia a vuestros hijos, el crimen, la
sangre y la muerte.

"Compatriotas! Escuchad mi última voz: al terminar mi carrera
política, a nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis
unidos para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros
propios verdugos.

"Bogotá, enero 20 de 1830.

"BOLÍVAR."

 

Esta sentida alocución no necesita comentario: sus alusiones son
claras; las quejas que ella contiene refluyen principalmente sobre
sus compatriotas venezolanos, y sus profecías se han cumplido como
todas las de Bolívar. El genio es profeta.

 

IV.

 

 

Hacían también los venezolanos a Bolívar la imputación de que
había desterrado, perseguido, reducido a prisión y a la miseria a
hombres libres y a patriotas ilustres de Venezuela; imputación
calumniosa, pues fue el jefe superior de Venezuela quien desterró
algunos, siendo los mas notables tres diputados de la Convención de
Ocaña, y fue el mismo jefe superior el que redujo a prisión a otros
ciudadanos por causas políticas. Obra también suya fue el
reglamento llamado de corregidores que hizo nulo el régimen
municipal, respetado aun bajo el gobierno colonial; fue igualmente
obra suya la institución de esa policía de que ya he hablado, bajo
la vara de hierro del jeneral Arizmendi y de sus esbirros, que no
dejaban respiro a los ciudadanos, poniendo por todos lados y de
todas maneras trabas desesperantes al libre trato y comunicación de
los pue­blos, exigiendo papeletas, pasaportes, y cien requisitos
mas para moverse en cualquiera dirección, para disponer cada uno de
lo suyo, para sembrar sus campos, y para criar sus rebaños. Este
odioso establecimiento costaba, solo a la provincia de Caracas,
80,000 pesos.

Las vejaciones, fueron tantas, que el gobierno de Bogotá, como
llamaban los venezolanos al gobierno nacional, recibió quejas e
informes contra semejantes abusos que se hacían insoportables a los
pueblos sujetos a la autoridad despótica de aquellos generales, y
habiendo pedido informe al jefe superior, lo evacuó en términos
asaz destemplados e irregulares evadiendo la pregunta.

Un orden de cosas tan tirante, todas estas demasías minaban la
popularidad del Libertador a quien malignamente se atribuían, y
llega­ron al fin a producir cierta aversión a su autoridad y
también a su per­sona; y lo peor es, que no solo en los
departamentos de Venezuela, sino en los demás de la República, la
arbitrariedad de los mandatarios loca­les, casi todos venezolanos,
producía descontento y quejas que probaban un malestar jeneral,
consecuencia natural del poder casi absoluto que ejercían sin
responsabilidad.

 

V.
 

 

Desde que en aquel aciago año de 1826 se rompió la Constitución
nacional, quedando el país acéfalo por los actos subsecuentes que
conocemos, en el caos en que cayó la República, ocurrió el
Libertador al peor de todos los arbitrios. Yo no puedo recordar
aquellos tiempos sin sentir flaquear mis fuerzas, porque tengo que
confesar que ellos fueren el eclipse de Bolívar. Imposible es
justificar tantos errores entonces cometidos. fue el mayor, después
del más grave todavía de haber venido del Perú como vino, el de
sustituir al régimen constitucional una especie de régimen militar
arbitrario, que bien pronto invadió todos los ramos de la
administración pública.

Un jefe superior en los ­departamentos de Venezuela, otro en los
del Sur, otro en los de las costas del Atlántico,
extendiendo este su jurisdicción al departamento del Zulia y a las
provincias del Istmo, cada uno de ellos con facultades
exorbitantes, de que abusaban expidiendo decretos y reglamentos que
anulaban las leyes haciéndoles saborear el mando absoluto, era un
orden de cosas que tenia a la larga que producir en los pueblos un
justo descontento.

Este descontento fue más grande en Venezuela que en ninguna otra
parte, porque allí fueron los abusos más intolerables. Pero había
injus­ticia apasionada en hacer recaer sobre el Libertador toda la
responsabilidad, y la había mayor en que este lo hicieran los
mismos man­datarios que tomando el predicamento de
liberales, le acusaron de los malos resultados de la
institución, por el mal uso que ellos y no él hicie­ron del poder
que se le  confiara. Siempre que se interrumpe por vías de hecho el
orden constitucional, por defectuoso que sea, sucede y suce­derá lo
mismo. Pero el libro de la historia es un libro de recreo; los
hombres no aprenden en él sino a hacer citas, y las lecciones de lo
pasa­do no los contienen nunca, porque las pasiones no piensan.

El Congreso aunque no se alucinó con las esperanzas que algunos
tenían de que sus ­actos, desmintiendo las sospechas que contra él
se inspiraban a los pueblos, contuvieran la revolución iniciada por
la junta de Caracas, se resolvió a cumplir su deber, cualesquiera
que fuesen los inconvenientes con que tuviera que luchar, y
contestó al mensaje del Libertador en términos satisfactorios con
expresiones de respeto y consideración, manifes­tándolo que no
podía admitir su renuncia, hasta que acordando una Constitución y
nombrando los magistrados superiores en el orden político, quedara
cumplida la misión que teína que llenar.

 

VI.
 

 

Mientras estos actos en beneficio de la paz y de la integridad
de la República tenían lugar en la Nueva Granada, se generalizaba
la revolución en los ­departamentos de Venezuela por medio de
mensajeros ofi­ciales que corrían por las ciudades y las aldeas
vociferando que Bolívar iba a ceñirse la diadema de les reyes
absolutos, de acuerdo con la santa alianza; que se restablecería la
inquisición y la esclavitud; que habría duques y condes, marqueses
y barones, todos blancos, destruyéndose la igualdad de derechos
concedida por la República a los indios, a los ne­gros y a las
razas mezcladas; que la junta popular de Caracas había ­resuelto
oponerse a esta traición urdida por Bolívar con los serviles
de Bogotá, y que todos los pueblos de los cuatro departamentos de
Vene­zuela tenían que pronunciarse en igual sentido que la ciudad
de Caracas, pues los generales ­Páez, Arizmendi, Mariño y todos los
demás, estaban resueltos a salvar a la Patria.

Todas las ciudades, las villas y las aldeas obedecieron con la
pres­teza y entusiasmo que la coacción produce, no queriendo
quedarse atrás de Caracas; y las actas populares que antes
hicieran pidiendo la continuación del Libertador al frente del
gobierno, cualquiera que fuese la forma que se adoptara, se
derogaron por otras actas populares, muchas de las cuales
igualaron a la de Caracas en injurias al Libertador, principalmente
las de los pueblos en que las primeras abundaran en enco­mios y
alabanzas. El pueblo soberano es, a lo menos, consecuente en sus
sistema alternativo de pisotear hoy lo que ayer incensaba; y este
es un hecho confirmado por la historia de todas las naciones y de
todas las épocas. "Yo también fui el ídolo de, pueblo," exclamó el
sabio y verdadero republicano Bailly, al subir las gradas de la
guillotina liberal, ultrajado por el populacho de Paris; y antes de
Bailly, muchos otros habían dicho las mismas palabras, y muchos mas
las repetirán mientras ­haya hombres sobre la tierra.

La vacilación del jeneral Páez en su respuesta verbal a los
comisionados de la junta de Caracas y su nota de 8 de diciembre al
"Gobierno de Bogotá," lo hicieren sospechoso a los hombres del
movimiento, que lanzados ya, temían que otra transacción como la de
1826 destruyese su obra. Pero cuando Páez se vio fuerte con el
pronunciamiento de las provincias y con la cooperación de los
generales que se le opusieron en su primera revolución, tomó
medidas mas decisivas para obtener el fin que desde sus primeros
pasos se propusieron los revolucionarios; y las desconfianzas que
empezaban a manifestarse se disiparon. No quedó duda: el jeneral
Páez era un cumplido liberal; su conversión era sin­cera. La
misión del señor A. Leocadio Guzmán a Lima para excitar al
Libertador a proclamarse Emperador, se olvidó! Todos los cómplices
en aquel proyecto, eran ya liberales y como tales se
manifestaron en la junta de Caracas; ¿para qué, pues, recordar
cosas pasadas?-"de los arrepentidos sé sirve Dios." Bolívar que
rechazó el proyecto, que lo improbó siempre, debía ser la víctima,
cargando, como el cordero simbólico de Isaías, con los pecados
ajenos. Así ha sido, así es y será la humanidad hasta el fin de los
siglos.

 

V.
 

 

El departamento del Zulia tuvo el honor de ser el último que se
pronunciara, resistiendo por mucho tiempo a los emisarios de
Caracas y Valencia; pero al fin cedió, y las actas populares de las
provincias que lo componían, redondearon la revolución venezolana
que dio a Colombia el golpe mortal.

Conforme a la doctrina y práctica constante del partido liberal,
esas actas fueron declaradas expresión genuina del pueblo soberano;
las ­anteriores, nulas y de ningún valor: estas, obra de la
coacción; aquellas, voluntarias; y por tanto declarándose nación
soberana e independiente a Venezuela, convocó el general Páez el
Congreso que debía hacer esta declaratoria y constituir el país,
conforme a la costumbre republicana en la América española. I así
se hace siempre, mientras viene otra revolución con su feroz
acompañamiento de guerra civil, asesinatos odiosos, pillaje
oficial, robos escandalosos...... y luego se convoca otro

congreso o convención que vuelva a constituir el país, siquiera
hasta la próxima revolución que volverá a constituirlo con otra
convención; y así sucesivamente, hasta el fin de los siglos, si
Dios no se apiada de nosotros.

Esta alternabilidad que cada día se va haciendo mas frecuente,
que multiplica con profusión aterradora los héroes efímeros y las
victi­mas, va acabando con lo que nos dejaron los españoles: las
ciudades y los pueblos se hunden; los escombros denuncian por do
quiera los es­tragos de las guerras insensatas con que
escandalizamos al mundo: todo lo arrasan el hierro y el fuego. I
hay mas todavía: las viudas y los huér­fanos, los cojos y
los mancos medio cubiertos de andrajos, en bandadas famélicas
imploran en vano una caridad que su número ahuyenta; las unas
perdiesen sus esposos, sus hijos; aquellos sus padres; estotros sus
miembros en las batallas canicas; y nadie se conduele de
ellos! Los que primero cierran los ojos para no ver tanta miseria y
se tapan los oídos para no oír tantos suspiros, son aquellos que
mas debieran, si corazón tuvieseis, aliviar su infortunio; las
jóvenes en el desampare buscan en la prostitución un auxilio
oprobioso con qué aplacar el hambre de su madre, o de sus hermanos
en la infancia y la de ellas mismas, para no muy tarde solicitar la
cama asquerosa de un asqueroso hospital en que terminar su
desesperante existencia. I en tanta desolación los pueblos
aletargados o corrompidos sufren como viles esclavos,,conformándose
con repicar las campanas y quemar cohetes gritando: "Viva el
vencedor! Muera el vencido!"

¡Lector! Si has nacido en la América en que se habla la hermosa
lengua de Castilla, y más si eres venezolano, y mas si eres
granadino, ¿hallas exageración en el cuadro sombrío de nuestras
desgracias que, angustiado el corazón y temblándome la mano te he
trazado? ¿He dicho una sola palabra que pueda enrostrárseme como
una mentira?

 

Pero se me replicará, si los ríos se saturan de sangre y de
lágrimas, si los campos cambian sus flores por osamentas, no por
esto faltan Compensaciones: algunos perdidos se enriquecen; los
QUEBRADOS cancelan sus cuentas y se hacen opulentos; los empleados
se cambian; las lega­ciones extranjeras se duplican en beneficio de
los favoritos; las pensiones se prodigan, pagando el precio del
crimen; los traficantes con los desastres ajenos ganan y se ríen de
las calamidades de que se aprovechan ...........; el sistema es
alternativo, y por consiguiente está en su naturaleza que todo
cambio, cuando no por la razón y el derecho, por la fuerza y el
delito. ¿Qué hay de extraño pues en estas peripecias esenciales a
la democracia bastardeada? Ah! si! nada pueda yo contradecir a
estas réplicas de la impudencia: son verdaderas.

I he aquí el legado que nos dejó la gloriosa Colombia, o
mejor dicho, las revoluciones venezolanas que la destruyeron!

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