CAPITULO TRIGESIMO

 

I
 

Para complicar más las dificultades del Gobierno e impedirle
seguir la política conciliadora e imparcial que se había trazado;
para aturdirlo más y hacerlo contem­porizar con el partido liberal,
llegó a la capital la no­ticia de haber los parientes del general
Santander enca­bezado un pronunciamiento en la ciudad de San José
de Cúcuta el 21 de abril, que fue seguido por algunos otros pueblos
de aquellos ricos valles, resolviendo "des­conocer la autoridad del
general Simón Bolívar, de su consejo de ministros, de su
Congreso y de todos sus agentes"... Estas son las palabras del
acta.

Proclamaban confraternidad con Venezuela; protes­taban obedecer
a las autoridades del cantón, esto es, a las que ellos nombraran;
quedar sometidos a las leyes en lo que no fueran
contrarias a aquella resolución; llamar al servicio las
milicias y rogar encarecidamente al jefe de las armas venezolanas
que estaba en San Antonio del Táchira a dos leguas de distancia,
que los protegiese, poniéndose bajo el amparo de Venezuela.

De los considerandos de esta acta merecen exami­narse los
siguientes: "El Libertador Simón Bolívar -dice- persiguió
ferozmente a los diputados de la provincia que concurrieron a la
Convención de Ocaña, así como a otros hijos de este circuito que,
represen­tando a otras provincias, concurrieron a dicha
Conven­ción, reduciendo a prisión, encerrando en calabozos y
deportando a unos y otros, sin haber sido juzgados ni siquiera
oídos, y sólo como expresaban las órdenes, porque eran liberales y
por sus opiniones políticas".

Esta calumnia se refiere al general Santander, na­tural de la
Villa del Rosario de Cúcuta, y a otros diputados que hubieron de
sufrir lo que ya hemos visto, por causa de la conspiración del 25
de septiembre, y no como diputados a la Convención de Ocaña. Todos
los que fueron presos o deportados lo fueron por su com­plicidad
más o menos directa en aquella conspiración. Por simples opiniones,
por pertenecer al partido libe­ral, ninguno sufrió; lejos de esos,
el general Santander obtuvo una legación importante, dada por el
Liberta­dor, y la aceptó. Ya hemos referido que el que expatrié a
algunos ex-diputados a la Convención fue el general Páez, bajo cuya
protección se ponían los revolucionarios de Cúcuta.

Además del nombramiento del general Santander, para la legación
de los Estados Unidos, el del señor Vargas Tejada, exaltadísimo
liberal, para su secretario, desmiente esta imputación.

"El general Bolívar -continúan- arrancó de sus hogares y del
seno de sus familias a los milicianos de este circuito a pretexto
de ir solo a Pamplona y en se­guida a la capital de Bogotá, pero
con el objeto, domo se verificó después, de llevarlos a los
extremos del Sur a sostener con la punta de sus bayonetas sus
imagina­rios derechos contra nuestros hermanos de la república
peruana ... El circuito de Cúcuta reconoce la justicia y necesidad
de obedecer al Gobierno y pagar las contri­buciones de sangre y
dinero para la defensa de la Na­ción; mas de ningún modo podría
aprobar una guerra emprendida por capricho, contra la opinión
nacional y sólo por la pura arbitrariedad del dictador".

Le hacían cargo de haber dispuesto de los fondos del crédito
público "para invertirlos -dicen- en la ignominiosa guerra del
Perú, sólo con el objeto de hacer arrojar de aquel territorio al
general Lamar y vengar sus resentimientos personales.

Hablaban también de que se tomaron bagajes para mover tropas, de
que se mandaron unos buques de gue­rra para Guayaquil, de que se
hicieron empréstitos, en fin, acriminaciones de la laya, las más
exageradas, fal­sas y absurdas que puedan imaginarse.

Que se hubiesen llamado al servicio algunos indivi­duos de la
milicia auxiliar para reemplazos en el ejército era perfectamente
arreglado a las leyes, lo mismo que contratar un empréstito y
recolectar bagajes para una guerra tan justa como la de rechazar a
un con­quistador que pretendió invadiendo el territorio en plena
paz, apoderarse de la tercera parte de la Re­pública, y esto es lo
que censuran los revoluciona­rios de Cúcuta, y el modo como se
expresan sobre el particular prueba, de la manera más concluyente,
la mancomunidad del partido liberal en la responsabilidad de la
invasión, o mejor dicho, de la traición, porque traición fue la de
llamar, unirse y ayudar a los conquis­tadores, como ha quedado
probado que lo hicieron. Aunque después de vencidos aquellos los
llamasen "los pérfidos de la tierra", yo creo que todo lector dirá
que el calificativo más bien lo merecían los colombianos sus
cómplices y auxiliadores, y no tengo el menor temor de que se tache
este juicio mío de parcial. Rebosa en los pronunciados de
Cúcuta un furor, una desespera­ción, un sentimiento, porque la
traición se frustró y no hizo sucumbir a Bolívar, que dice más de
lo que yo pudiera para probarlo.

El general Maríño, respondiendo al llamamiento que estos señores
le hicieron, pasó la línea con su ejército, que acantonó en
nuestros pueblos de aquellos valíes, y fue proclamado director de
la guerra. Ese ejército se mantuvo a costa de los granadinos.

Más prudente y circunspecto el nuevo gobierno venezolano,
improbó aquel paso provocador ordenando a Mariño que volviese a sus
antiguas posiciones inmediatamente, sin traspasar en ningún caso
la frontera, pero Mariño detenido por nuestros liberales, no
hizo caso de una orden tan perentoria.

Los disidentes de Cúcuta establecieron un gobierno
independiente, aunque decían: "con todo eso, nosotros declaramos
que no pretendemos ofender en nada la buena reputación del actual
presidente del consejo, el patriota Domingo Caicedo, y la de los
ministros y miem­bros del Congreso, de cuyo amor a la libertad
estamos plenamente seguros y contamos con su apoyo y
protec­ción".

El pronunciamiento de los santanderistas de Cúcuta tuvo lugar en
los últimos días de las sesiones del Congreso, cuando eran
conocidas en toda la república las bases de la constitución que
estábamos concluyendo, cuando el Libertador estaba separado del
mando y go­bernaba el Presidente del consejo, de cuyo patriotismo,
así como del de algunos de los ministros y miembros del Congreso,
no dudaban los pronunciados; ya no podía tomarse por pretexto el
proyecto de monarquía des­echado; la dictadura iba a cesar, ¿por
qué pues, hay que repetir cien veces, apresurarse sin aguardar la
Cons­titución que diéramos y saber los magistrados supremos que
nombráramos? Era que temían, es menester repe­tirlo también, que ya
que no fuera el Libertador reelecto Presidente, escogiéramos algún
ciudadano que procu­rara, con éxito, mantener la integridad de
Colombia, en cuyo caso quedaba el general Santander alejado por
mucho tiempo del solio presidencial, y a todo trance quería la
disolución de la República, para elevar a su ídolo, aunque fuera
sobre un pedestal de huesos huma­nos amasado con sangre; por eso se
adelantaban a desconocer los actos del Congreso, y por consiguiente
el gobierno que estableciéramos; por eso la representación nacional
de que hablaba el general Obando no era para los santanderistas de
Cúcuta sino el "Congreso de Bolí­var". Con tan repetidos golpes a
la fuerza moral del Congreso ¿podía sostenerse el gobierno que
estable­ciéramos?

 

II
 

 

Yo salí para Honda el 8 de mayo, un poco antes que el
Libertador, cuidadoso por el resultado que tu­viese el proyecto en
curso en su favor, sobre pensión y honrándole, pues temía que con
el suceso del día ante­rior pudieran las calumnias levantadas por
los liberales contra él, hacer que dicho proyecto sufriese algún
en­torpecimiento, o que fuese rechazado en tercer debate; pero en
Honda supe que el 9 fue aprobado también unánimemente, y pocos días
después fue sancionado por el Poder Ejecutivo.

Ya conoce el lector los exiguos recursos que llevaba para su
viaje el hombre que por tantos años había go­bernado la potente
Colombia y el opulento Perú, habiendo consumido la mayor parte de
lo que heredó de sus mayores en la guerra de la independencia.
Afectado con la idea de verse en la indigencia en un país
extran­jero, escribió de Guaduas a su apoderado en Caracas una
carta manifestándole su absoluta penuria y previ­niéndole que
vendiese cuanto le quedase de sus posesio­nes para no verse en la
mendicidad en tierra extraña; carta que la historia ha conservado
por ser ella un tes­timonio más de la probidad y honradez del
grande hombre perseguido, comprobando su pobreza.

Al llegar el Libertador a Honda fui a recibirle al puerto con el
concejo municipal, los empleados públi­cos y los principales
ciudadanos. De los pueblos inme­diatos habían ido a la ciudad
cuantas personas pudie­ron, algunas con sus familias; y como en
todos los del tránsito fue recibido con iguales demostraciones de
afecto y gratitud, su corazón se ensanchó y se compla­cía en
manifestarlo.

Al caer la noche, el capitán de la compañía de gra­naderos se
puso a colocar centinelas en el balcón, en los patios, en las
esquinas de las calles, y algunos de los oficiales a7compañantes
aparentaban una vigilancia ostentativa mirándome de reojo. Esto me
disgustó, y ma­nifesté al Libertador que en la ciudad de Honda y en
mi casa gozaba de completa seguridad y que por tanto le rogaba que
mandase cesar esas precauciones, y así lo hizo.

Para preparar de un todo los champañes eran nece­sarios todavía
tres o cuatro días. Aprovechando este intervalo, el director de las
minas de plata de Santa Ana, que estaba en Honda, le invitó a pasar
un día en aquel establecimiento, distante unas seis leguas de la
ciudad, y lo hizo con tanta instancia, que aceptó Bo­lívar la
invitación más por condescendencia que por curiosidad. En Honda no
ha sido ni es fácil conseguir buenos caballos de pronto para más de
dos o tres per­sonas, por cuya causa no pudimos salir sino muy
tarde en la mañana siguiente.

El sol en el cenit derramaba torrentes de fuego que­mando la
tierra cuando llegamos a la quebrada de Padilla, bello
oasis de los llanos de Mariquita. El Liberta­dor, en extremo
fatigado y débil como estaba, quiso descansar allí, y echando pie a
tierra, hubimos todos de hacer lo mismo con mucho gusto,
acostándonos sobre nuestros pellones a la orilla del cristalino
arroyuelo. La frescura del ameno sitio que la sombra de los árboles
seculares producía; el murmullo apenas perceptible de las límpidas
aguas que se deslizaban reflejando osci­lantes sobre las hojas los
rayos del sol que podían pe­netrar por el espeso follaje; el roce
de las ramas que un suave vientecillo blandamente
balanceaba; el bra­mido sordo y lejano del río Gualí, que
estrellándose de una en otra roca sobre su lecho pedregoso, se
pre­cipita al Magdalena en rápida y espumosa corriente; el reposo
de la naturaleza en aquella hora en que todo lo que vive, menos el
esclavo, descansa en los campos de los climas ardientes: todo, todo
producía en nosotros un. dulce sopor que excitaba a unos a la
meditación, a otros al sueño. Después de más de media hora en que
descansábamos en una especie de somnolencia, levantó Bolívar la
cabeza, se sentó impaciente, y dirigiéndose a mí, que estaba a su
lado, me preguntó: "¿por qué piensa usted, mi querido coronel, que
estoy yo aquí?"

-Tan extraña pregunta me sorprendió. Si yo hubiera respondido lo
que instantáneamente se me ocurrió, le habría contestado que por el
gravísimo error político que cometió al regresar del Perú no
sosteniendo el principio de legalidad, sofocando la revolución de
Ve­nezuela de una manera diferente de como lo hizo; pero
tímidamente, por no ofenderle, le contesté: "la fatalidad mí
general". -"¡Qué fatalidad! ¡ No ! ",
me replicó con vehemencia, "yo estoy aquí porque no quise entregar
la república al colegio de San Bartolomé"; y calló inclinando
meditabundo la cabeza sobre el pecho. El ge­neral Santander había
sido colegial de San Bartolomé, el mayor número de los miembros de
la Sociedad Fi­lológica y de los conjurados del 25 de
septiembre eran o habían sido del mismo colegio, y ellos figuraban
co­mo corifeos del partido liberal: a esto hacía alusión aquella
palabra de Bolívar que manifestaba la preocu­pación incesante de
aquel hombre desgraciado, que no podía olvidar a Santander y el
atentado del 25 de sep­tiembre. Levantándose apresurado pidió a un
criado una sábana de la maleta y dijo que iba a bañarse; yo le hice
algunas observaciones sobre el riesgo que había de ha­cerlo en
aquella hora, después de una agitada marcha y acabando de llegar de
un clima frío, respecto de Hon­da, como lo era el de Bogotá, y le
dije: "recuerde vuestra excelencia que Alejandro Magno murió en la
flor de su edad por haberse bañado estando acalorado". Mirándome
con indefinible dulzura me contestó:

"Cuando Alejandro se bañó acalenturado estaba en el apogeo de su
gloria: yo no corro ya ese peligro; además, la muerte de Alejandro
la atribuyen unos a que Antípater lo hizo envenenar con el mismo
objeto con que Santander me quiso asesinar, y otros a que su
enfermedad se agravó por el exceso del vino en una orgía, y yo
jamás me he embriagado".

Efectivamente, no hubo ejemplar de que Bolívar se embriagase ni
en los espléndidos banquetes que se le dieron muchas veces. Después
del baño seguimos, y en todo el camino iba hablando sobre su tema
constante de cuál sería la suerte que correrían estas repúblicas,
por la anarquía de las ideas, por la facilidad que las
instituciones daban a los ambiciosos para alzarse con el poder
público, desmoralizando el pueblo y arruinan­do el país.

Al subir el cerro que separa la pequeña colina de Santa Ana de
los llanos de Mariquita, se detuvo a ad­mirar el magnífico panorama
que desde allí se presenta a la vista en aquella hora: la
cordillera oriental, bañada por el sol poniente, reflejando los
colmes del iris en una prolongada línea de páramos sobre sus
elevadas cimas; las extensas llanuras cubiertas de ganados y
sembradas aquí y allá de aldeas, de caseríos, de alque­rías y de
las chozas del pobre jornalero; el Magdalena en su tortuoso curso
recogiendo los ríos menores y arro­yuelos que de uno y otro lado
bajan de ambas cordilleras y serpenteando por las praderas se
deslizan más o menos turbulentos, a perderse en él; las bandadas de
guacamayos de variado plumaje, de loros, de pelícanos, y de mil
otros pájaros que al declinar el sol atraviesan el espacio en
gritería atronadora, en busca de las ramas donde pasan la noche o
donde dejaron sus polluelos; los palmares lozanos y pintorescos que
abundan en grupos aislados proporcionando sombra al ganado en las
horas de calor sofocante, y alimento con sus corozos a otros
animales; del lado opuesto, el nevado del Ruiz, en la cordillera
central, reverberando como plata bru­ñida sobre las nubes doradas,
matizadas de púrpura y azul, que forman su dosel, los torrentes de
luz con que el sol lo hiere al descender a su ocaso; el esplendente
indescriptible arrebol que más o menos purpúreo ilu­minaba la
bóveda celeste; todo esto formaba un estu­pendo y sublime cuadro,
que obligaría al espíritu más fuerte a humillarse ante el Creador
omnipotente de tan­tas maravillas, y que detuvo a Bolívar largo
rato en religiosa contemplación, de la que participábamos, en
silencio respetuoso los que le acompañábamos: "¡Qué grandeza, qué
magnificencia! ¡Dios se ve, se siente, se palpa! ¿ Cómo puede haber
hombres que lo nie­guen?", fueron sus primeras palabras al salir de
su éxtasis. -"Mi general, le dije yo, los hombres que lo niegan
también lo ven, lo sienten, lo palpan, no sólo en sus obras
grandiosas, no sólo en los millares de so­les que pueblan el
espacio infinito, sino en el más pe­queño insecto de efímera
existencia, que se arrastra en el lodo y huellan, nuestros pies sin
percibirlo; pero lo niegan por orgullo, por vanidad, queriendo
aparecer superiores al resto del género humano, que suponen
ig­norante, o para aturdirse, para ahogar los gritos de una
conciencia sobresaltada con el delito: yo no creo que ha­ya
ateístas por convicción"...

A pocos pasos se nos presentó el caserío pajizo del
establecimiento, que es hoy una aldea, mucho mayor de lo que era
entonces. El director, los mineros ingleses, como unos doscientos
jornaleros del país, con sus he­rramientas en la mano, armas
inofensivas del pací­fico trabajador, formados haciendo calle en
dos fi­las, y sus esposas y sus hijas teniendo ramos de flores en
la mano, todos decentemente vestidos, nos espera­ban. Al vernos,
una exclamación entusiasta de "¡viva el Libertador!" retumbó
repercutida por el eco en todas las sinuosidades de la montaña y
coloró las pálidas mejillas de Bolívar, que sensible a aquel
homenaje al hombre caído, y no al poder impotente, se esmeraba en
manifestar a aquellas buenas gentes su gratitud.

 

Después de visitar, en la mañana del día siguiente, el
establecimiento, bajando a las galerías subterráneas por una
lumbrera de trescientos pies de profundidad, con inminente riesgo
de caer; después de observar con tristeza el ímprobo trabajo que
cuesta sacar el codicia­do metal de las entrañas de la tierra, las
vidas que se pierden para lograrlo, la miseria de los que lo hacen,
su aspecto enfermizo y la cortedad de su existencia, siendo muy
raro el que de ellos alcanza a vivir cincuen­ta años, nos pusimos
en marcha para Honda.

Al llegar al crucero de los dos caminos en que se separa el de
Mariquita, le propuse que pasáramos a ver las ruinas de esa antigua
ciudad, donde descansaríamos, y siempre tendríamos tiempo de llegar
a Honda a prima noche.

"Mariquita, le dije, fue la primera ciudad que fundó el
conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada en el inte­rior del Nuevo
Reino de Granada, en el extenso territo­rio que los indios llamaban
MARQUETA, y estuvo en competencia con la naciente Santafé para
capital del virreinato; tuvo unas quince mil almas y hoy no tiene
quinientas; el nombre indígena de la aldea o ranchería que en su
área encontraron los españoles era MAREQUIPA, que pronunciado por
los pobres indios marquetones, a quienes se despojaba de la
herencia de sus padres, lo adulteraron los españoles por el de
Mariquita, burlán­dose de ellos, porque no sabían pronunciar el
castellano. Existe la primera ermita que, según la tradición,
cons­truyeron los conquistadores, y en ella un Cristo expi­rante,
quizá la mejor imagen que hay en Nueva Granada. Situada al pie de
la cordillera central, es una rinco­nada fértil, amenísima, sobre
un plano ligeramente in­clinado, le entra por cada una de sus
calles, perpendicu­lares a la cordillera, una acequia de agua
clara, de arro­yuelos que bajan directamente de la montaña, y al
salir de la ciudad se pierden filtrándose. Fue hasta fines del
siglo pasado, aunque ya en mucha decadencia, la capital de la
provincia. Tuvo ricos conventos de órdenes monás­ticas, casa
consistorial, cárcel espaciosa y otros edificios públicos. Sus
calles, tiradas a cordel, se cortan en ángu­los rectos, cosa
rarísima en las ciudades españolas, todas perfectamente empedradas,
y los restos de los edificios públicos, y las paredes derruidas,
blasonadas en sus puertas, manifiestan que fue una ciudad rica y
aristo­crática; las principales familias de Bogotá traen su
ori­gen de Mariquita. En Mariquita existía el pendón de raso
carmesí, bordado de oro, con las armas de Castilla en el centro que
trajo Quesada a la conquista; este pen­dón se exponía al público
con gran solemnidad desde la víspera del día del Corpus, en la casa
consistorial, espléndidamente iluminada toda la noche. De los
ayunta­mientos de la provincia venían a la procesión comisiones con
el estandarte de su respectivo concejo, como un homenaje al pendón
real. Yo me he divertido algunas veces en hojear el carcomido
archivo del ayuntamiento de la ciudad, y en una de las actas de
ahora há más de cien años, que en toda forma se extendía de la
augusta función, se expresaba en letras gordas que habían
con­currido a la procesión siete caballeros cruzados hijos de la
ciudad. Una tradición indudablemente errónea su­ponía el pendón
real de Mariquita bordado por la reina Isabel la Católica, y esta
creencia lo hacía mirar con una veneración religiosa. Todavía en
1819 existía este trofeo de la República, descolorido pero sano, y
a la fuga del virrey por consecuencia de la victoria de Bo­yacá, el
gobernador patriota de la provincia lo hizo quemar en la plaza, con
publicidad oficial, EN ODIO DE LA MONARQUÍA. Los patriotas de la
primera época lo respetaron. Mi general, dispense vuestra
excelencia, que yo me extienda con cierta complacencia en referir
lo que fue una ciudad, hoy deprimida, como todo lo caído de un
esplendor antiguo: ¡en ella nació mi madre!"

Bolívar, sonriéndose, me contestó: "bien me suponía yo por la
vehemencia que usted manifestaba en su re­lación, que algún motivo
de fuerte simpatía lo preocupaba a usted en favor de los escombros
mariquiteños".

-"Mi general, contesté yo, mi madre meció mí infan­cia
hablándome siempre de los recuerdos de la suya y quizá esto me
preocupa como dice vuestra excelencia". Y rehusando Bolívar entrar
a Mariquita, continuamos nuestra marcha con la mayor lentitud, paso
a paso. Con los hondanos que nos acompañaban, hablaba de comer­cio,
de agricultura, de minería, con la mayor precisión; por ratos
guardábamos todos silencio, y así pasamos unas ocho horas en un
camino que se anda en cinco, hasta que llegamos a Honda a prima
noche.

Los miembros del concejo municipal, los empleados públicos y los
principales vecinos habían dispuesto un baile para esa noche, en el
que Bolívar, a pesar de su cansancio y debilidad, se manifestó
complaciente y agra­decido a tantas atenciones que en su posición
no espe­raba.

El secretario de la guerra me había autorizado para contratar un
pequeño empréstito voluntario, para pre­parar los champanes,
víveres y demás necesario, supo­niendo, como en efecto así era, que
en la tesorería de Honda no habría fondos sobrantes, y los hondanos
se apresuraron a suscribirse.

Al gran champán para el Libertador y los oficiales que le
acompañaban, le hice abrir ventanas en cada costado de la tolda,
forrarlo interiormente de zaraza y entapizar lo mejor que se pudo;
le puse mesa, asientos, piedra de destilar para clarificar la
turbia agua del ce­nagoso Magdalena. En un champán embarqué una
abun­dante provisión de víveres para todos, incluso la tropa;
frutas, bebidas refrescantes, en fin, hice lo que debía hacer en
aquel caso, y por ello se fulminó por los libe­rales un cargo
contra el general Herrán y contra mí.

Todavía descansó Bolívar un día en Honda, mien­tras se concluían
los preparativos para su viaje, y al si­guiente a las siete de la
mañana se embarcó. La concu­rrencia al puerto fue numerosa: a
caballo, a pie, todo el que pudo ir lo hizo. Al tiempo de
embarcarse, abra­zándome, me dio las gracias por las atenciones que
ha­bía tenido con él, y poniéndome en la mano la medalla de oro de
su busto, me dijo: "Use usted este recuerdo mío, en mi nombre".
Todos querían abrazarle, y a todos manifestaba su agradecimiento,
visiblemente enternecido. Al arrancar los champanes de la playa,
pasó a la popa y nos dio el último adiós, con el sombrero en la
mano. Los que apiñados a la orilla del agua, seguía­mos con la
vista el rápido descenso de los buques, le contestamos del mismo
modo, y Bolívar oyó por última vez nuestro voto de ¡viva el
Libertador!

Así despedí yo a Bolívar de la playa del Magdalena, habiéndome
tocado encaminarlo vivo al sepulcro que le

esperaba abierto en las costas del Atlántico. En su lugar se
verá que también me tocó sacarlo de él y entregarlo muerto en la de
Santa Marta, a su patria, que si ingrata lo maldijo y lo
proscribió, arrepentida volvió por su honor recogiendo los restos
venerados de un hijo excelso, a quien debe principalmente el
esplendor con que brilla en la historia colombiana.

Los franceses no se olvidan nunca del abrazo dado por Napoleón
al general Petit en 1814, al despedirse para la isla de Elba, ¡No!,
ningún francés olvida aquel tierno "adiós de Fontainebleau" a su
guardia imperial y demás cuerpos del ejército que no lo abandonaron
en su desgracia, como lo hicieron sus mariscales. Nos­otros nos
olvidamos de todo lo noble, de todo lo digno, ocupados como estamos
en barbarizar nuestro país, ha­ciéndolo despreciable y hasta odioso
al mundo civiliza­do. Dispénseseme, pues, que yo haga algunos
recuerdos de la dolorosa despedida del preclaro venezolano,
nues­tro jefe en los días gloriosos de Colombia, que si Bo­lívar
cometió algunos errores, también los cometió Na­poleón.

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