CAPITULO CUARTO.
I.
El Libertador salió de Bogotá el día 25 de noviembre, y por todo
el tránsito no oyó sino quejas contra la administración del jeneral
Santander, que, justas o infundadas, las trasmitía a este jeneral
en notas oficiales, con demasiada acritud: en una de ellas le decía
el Secretario jeneral que la pena que sentía el Libertador excedía
toda ponderación, pues el clamor y descontento de los pueblos era
mas jeneral y mas vehemente que el que había contra los españoles
en 1819. La historia dice que el jeneral Santander, resentido de
esta amarga censura contra su administración, contestó la nota a
que me refiero, con sólidos fundamentos. En otra carta le escribió
el Libertador reprochándole sus concesiones de intereses a algunas
personas de Bogotá, aludiendo a las cancelaciones hechas de
documentos pagaderos de los fondos del empréstito, y el haber
admitido en cancelación de las libranzas giradas contra dichos
fondos, documentes en lugar de dinero; de lo que ya he hablado.
Estas reconvenciones severas que a nada conducían, pues se trataba
de hechos pasados que con ellas no se remediaban, irritaron al
jeneral Santander, y todos velamos claro que no tardaría el
rompimiento decisivo, entre ambos, sin miramientos ni
disimulo.
El estado en que se encontraba Venezuela, los preparativos que
hacia el jeneral Páez, las complicaciones que la funesta misión del
señor Guzmán había producido en aquel país, haciendo dar pasos
avanzados a la revolución, todo exigía que el Libertador requiriese
tropas y dinero para dominar la situación por la fuerza si no podía
de otra manera, pidió ambas cosas al Gobierno residente en Bogotá;
pero bien pronto vio que ya no debía contar con ninguna cooperación
de dicho Gobierno, conoció que había dejado atrás un enemigo
implacable, a quien había irritado con expresiones y notas
irreflexivas, dejándolo en aptitud de dañarle.
Sabia por las cartas de sus amigos y por las publicaciones de la
prensa, que ya se repetían por acá las palabras sacramentales de
todos los revolucionarios, "Convención, reformas, federación,"
pronunciadas en Venezuela; que se hablaba también de separación e
independencia de la Nueva Granada, y que esta idea tenia muchos
prosélitos. Ya no pensó pues, en otra cosa que en concluir con la
revolución de aquellos departamentos a todo trance, aunque fuera
transigiendo con ella, aceleradamente se dirigió a Maracaibo.
Los pormenores de los acontecimientos que por allá tuvieron
lugar en aquel tiempo, son del dominio de la historia jeneral de
Colombia; por tanto, solo diré de ellos lo conducente al fin que me
he propuesto en este escrito.
II.
Llegado el Libertador a Maracaibo, pasó a Coro inmediatamente y
se encontró allí con una proclama del jeneral Páez, en que no se le
reconocía como autoridad, y en que se decía iba como un ciudadano
ilustre; y añadía Páez: " El viene para nuestra dicha, no
para destruir la autoridad civil y militar que he recibido de los
pueblos, simio para. ayudarnos con sus consejos, con su sabiduría
y consumada experiencia, a perfeccionar la obra de las
reformas."
El Libertador se irritó sobre manera con la lectura de este
documento, en que terminantemente se desconocía su autoridad, y
escribió al jeneral Páez una larga y bellísima carta, de la que
trascribiré algunos párrafos.
"Yo me estremezco (decía Bolívar) cuando pienso, y siempre estoy
pensando, en la horrorosa calamidad que amaga a Colombia. Veo
destruida nuestra obra, y las maldiciones de los siglos caer sobre
nuestras cabezas como autores perversos de tan lamentables
mutaciones."
Muchas veces manifestó después el Libertador ideas como esta,
que indicaban arrepentimiento por haber dado la independencia a
estos países. Yo también he dudado, yo también he pensado en si no
habrá sido un paso prematuro, para el que no estábamos preparados.
Pero no: la independencia es una grande adquisición, a pesar de los
desastres que nuestras locuras atraen casi periódicamente sobre la
patria solo la extinción de la esclavitud es un bien tan
inestimable, que basta a compensar los males que sufrimos y que
podamos sufrir todavía.
"La proclama de usted (continuaba el Libertador), dice que vengo
como ciudadano. ¿I qué podré yo hacer como ciudadano? ¿Cómo podré
yo apartarme de los deberes de magistrado? ¿Quién ha disuelto a
Colombia con respecto a mí, y con respecto a las leyes? El voto
nacional ha sido uno solo: Reformas y Bolívar. Nadie me ha
recusado; nadie me ha degradado: ¿quién, pues, me arrancará las
riendas del mando? Los amigos de usted? usted mismo? La infamia
seria mil veces mas grande por la ingratitud que por la
traición."
Esta carta la acompañaba un decreto que había expedido en
Maracaibo, en el que declaraba que los departamentos de Maturín,
Venezuela, Orinoco y Zulia, quedaban sujetos a sus órdenes
inmediatas y exclusivas, y mandaba que cesaran en todos los
puntos, las hostilidades entre los partidos. ¹
Esto bastó. A pesar de las complicaciones producidas por la
misión del señor Guzmán, por la idea de plantear la Constitución
boliviana en Colombia, por la odiosa palabra DICTADURA; la voz de
Bolívar omnipotente todavía, lo atrajo todo a su llamamiento.
Las tropas, las ciudades, las aldeas se pronunciaban en su favor
por todas partes, quedando la autoridad del jeneral Páez reducida a
la ciudad de Valencia con un batallón de infantería y dos
escuadrones de caballería, y algunos pequeños cuerpos que obraban
por otras partes que se iban sucesivamente pronunciando y uniéndose
a los que ya lo habian hecho en favor del Libertador.
1 En aquella época estaba dividida la antigua capitanía jeneral
de Venezuela en cuatro grandes departamentos, a saber; Maturín,
Orinoco, Venezuela y Zulia; los que formaron después y constituyen
hoy la República de Venezuela.
El jeneral Páez estaba en Valencia desconcertado y debilitado
con estas defecciones, cuando el Libertador llegó por mar a Porto
cabello, ciudad que con su numerosa guarnición fue de las primeras
que le reconocieron. "Hallábanse, pues, frente a frente estos dos
hombres ilustres, acompañado el uno de su gran nombre, a que daba
nuevo í mas noble realce la reciente libertad de dos repúblicas, y
con un poder que la ley hacia inmenso, la razón irresistible,
siendo del pueblo, amado del ejército; fuerte el otro con su propio
valor, rodeado de falaces y artificiosos amigos, de un corto
número de descontentos y de algunos cuerpos de tropa que la
fortuna había reunido a su rededor. Esperaban todos ansiosamente
el desenlace de este drama complicado en que se iba a decidir la
suerte de la patria." ¹
III.
Apenas desembarcado Bolívar y pensando siempre en Bogotá,
expidió un decreto (1. º de enero de 1827) otorgando una amnistía
por todos los actos, discursos u opiniones ejecutados o emitidos
por causa de la revolución, y garantizando los bienes y empleos de
todos los comprometidos en ella; mandando que el jeneral Páez
continuara ejerciendo la autoridad civil y militar en solo el
departamento de Venezuela; que al jeneral Nariño (revolucionario)
se lo reconociera como intendente y comandante jeneral del de
Maturín; que inmediatamente después de notificado el decreto se
reconociera su autoridad como Presidente de la República, y que
todo acto de hostilidad posterior seria juzgado como delito de
Estado y castigado como tal.
El Libertador no tenía necesidad de hacer tantas concesiones
para ser obedecido: el jeneral Páez estaba ya en impotencia de
resistirle y se habría sometido con solo que se le prometiera el
olvido de lo pasado y se le tratara, personalmente, con las
consideraciones que en realidad merecía por su empleo militar y por
sus servicios distinguidos en la guerra de la independencia; pero
el Libertador tenia la vista fija en Bogotá, y no
1 Baralt y Díaz. Historia de
Venezuela.
pensaba sino en prepararse para hacer frente a su mayor
enemigo. Este fue el verdadero motivo de que se apresurara cortar
la revolución de Venezuela, de la manera que le pareció que no se
renovaría, y que la paz quedaría, bajo su autoridad, asegurada en
los eventos que temía surgieran en los departamentos del centro de
la República.
Recibido que fue en Valencia dicho decreto, se apresuró el
jeneral Páez a expedir otro diciendo quedar sometido a aquel y
reconocida en consecuencia la autoridad del Libertador como
Presidente de la República; y todos se sometieron sin
contradicción, lo que causó al Libertador tal alborozo que lo
manifestó en una proclama entusiasta, patriótica en su objeto, pero
llegando hasta la hipérbole, llamando al jeneral Páez el salvador
de la Patria. "Colombianos!" decía, "el orden y la ley han
reintegrado su imperio celestial en todos los ángulos de la
República. La asquerosa y sanguinaria serpiente de la discordia,
huye espantada del iris de Colombia. Ya no hay mas enemigos
domésticos; abrazos, ósculos, lágrimas de gozo, los gritos de una
alegría delirante llenan el corazón de la Patria. Hoy es el triunfo
de la paz. Granadinos! Vuestros hermanos de Venezuela son los
mismos de siempre. Conciudadanos, compañeros de armas, hijos de la
misma suerte, hermanos en Cúcuta, Niquitao, Tinaquillo, Bárbula,
Las Trincheras, San Mateo, La Victoria, Carabobo!....Ahoguemos en
los abismos del tiempo el año de 1826....Yo no he sabido lo que ha
pasado."
Ah! El año de 1826 no se ahogó en los abismos del tiempo: en él
se sembró la semilla venenosa cuyos mortíferos frutos estamos
recogiendo!
IV.
Inmediatamente (4 de enero), salió el Libertador para Valencia,
el jeneral Páez salió del mismo punto a encontrarle al camino, y se
encontraron en efecto al pié del cerro llamado "La Cumbre,"en la
sabaneta de Nagua-nagua, en el que yo como capitán de Tiradores en
1822, tuve el honor de batirme, con aplauso, con las tropas
realistas, cuando los mas de los que hoy me llaman godo, no habían
nacido. Al verse, echó pié a tierra el jeneral Páez y toda su
comitiva; lo mismo hizo el Libertador en correspondencia y los que
le acompañaban, y habiendo Bolívar abierto los brazos, se
precipitó Páez en ellos con notable y tierna conmoción, que se
comunicó a los jefes y oficiales, antiguos conmilitones y amigos,
que acompañaban a uno y otro. De allí siguieron ya unidos a
Valencia, donde todas las clases de sus habitantes manifestaron el
mayor entusiasmo, siendo aquella ciudad la residencia del jeneral
Páez, y su baluarte.
La marcha de Bolívar de Valencia a Caracas fue un triunfo
continuado: las poblaciones enteras se precipitaban a su encuentro;
los, arcos triunfales, las banderas, las guirnaldas de flores, se
veían por todas partes, y las demostraciones de júbilo y amor, en
que los semblantes y las lágrimas revelaban la sinceridad, le
hicieron muchas veces llevar el pañuelo a sus ojos. A la entrada a
la bella y culta capital, ya no podían andar los caballos,
obstruidas las calles por las masas que sus sucedían de ancianos y
jóvenes, de mujeres y niños de todas clases y colores. Ningún
grande de la tierra ha tenido jamás un triunfo igual; triunfo de
amor, de entusiasmo espontáneo, no mandado. De balcones y ventanas
ricamente colgadas y atestadas de lo mas elegante de la ciudad,
caían lluvias de flores sobre el caraqueño ilustre que tanto
esplendor diera a su patria. ¿Qué es el aura popular? Fluido
volátil. Pocos días después aquella misma Caracas maldijo del mas
grande de sus hijos, a quien esperaba en otra parte el puñal
parricida acechando su sueño.
Y así terminó la primera revolución de Venezuela. Y todo esto
prueba que si al pisar las playas de Colombia, sin haber mandado
anticipadamente al señor Guzmán con su subversiva misión, hubiera
el Libertador manifestado su propósito de mantener inviolabilidad
de la Constitución que respetaban y querían los pueblos; si hubiera
ofrecido desenvainar su espada vencedora para restablecer el orden;
si en caso de resistencia hubiera llamado a los leales soldados de
la Independencia, sus antiguos compañeros que le adoraban, es
indudable que la revolución habría terminado sin que se disparase
un solo tiro de fusil; el principio sagrado de legalidad,
se habría mantenido con gloria; el respeto a la palabra veneranda
Gobierno legítimo, se habría robustecido consolidando la República
el jeneral Páez que se habría precisamente sometido, se hubiera
salvado sin desdoro, y estrechándole el Libertador en sus brazos,
le habría puesto a cubierto de toda censura y responsabilidad ; y
la gloria radiante del mas ilustre de los Sur-americanos, que era
la gloria de la patria, no habría sufrido menoscabo. El Libertador
pues, pudo hacer el bien: no lo hizo. Esta es la única
responsabilidad que pesa sobre su memoria, ante la Historia y la
posteridad.
