CAPITULO TRIGESIMOTERCERO
 

 

I
 

 

Un sudor frío baña mi frente, la mano me tiembla al escribir
estas líneas; días enteros me he detenido al empezar a trazarlas.
Alguna vez he pensado pasar a la ligera por sobre este incidente,
que marca con negro borrón la noble faz de la Nueva Granada. Pero
no hay remedio: no cumpliendo mi promesa de "decir la ver­dad sin
consideraciones de ninguna clase, de aclararlo todo", yo infirmaría
mi escrito, si me detuviera en el camino espinoso que he
emprendido.

El gran mariscal de Ayacucho Antonio José de Su­cre regresó a
esta capital de su comisión de Venezuela, el 5 de mayo, en los
últimos días de las sesiones del Congreso. Casado en Quito con una
mujer joven y bella, de la que la guerra y el servicio público le
habían tenido separado casi siempre, conociendo apenas a la hija,
único fruto de su amor legitimo, sin ambiciones mezquinas, radiante
de gloria inmarcesible que no podía aumen­tar, no pensaba Sucre
sino en reunirse a su familia en una vida tranquila en el hogar
doméstico, la sola felici­dad verdadera que le es dado gozar al
hombre sensible y moderado, en su peregrinación por este mundo.

La última entrevista de Sucre con el Libertador fue tierna y
congojosa: estrechamente abrazados derramaron lágrimas uno y otro
sobre el corazón del uno y del otro. Ambos veían que sus
sacrificios eran perdidos.

Antes de emprender su viaje, tuvo Sucre varias conferencias con
el Vicepresidente Caicedo. El señor Caice­do quería que el general
Sucre influyese en mantener la unión de los departamentos del sur
con los del cen­tro, en una república centro-federal: es decir,
quería que se conservase la unión de la Nueva Granada. Sucre le
ofrecía procurarlo, aunque temía que antes de su llegada a Quito
hubieran ocurrido algunos trastornos por allá, en cuyo caso serian
infructuosos sus esfuerzos. "De. todos modos yo tengo confianza en
que usted, lle­gando a Quito en tiempo, podrá hacer mucho en este
sentido", le dijo el señor Caicedo, "pero haga usted su viaje por
el valle del Cauca al puerto de Buenaventura, mejor que por Neiva y
Popayán".

Sucre le objetó qué no era seguro encontrar buque en
Buenaventura para Guayaquil, y que deseaba pasar el día de San
Antonio con su familia. El señor Caicedo; insistía con ahinco,
pretextando que habiendo Sucre hecho la guerra a los pastusos, tan
tenaces defensores de la causa del rey, era natural que tuviese
enemigos que debía evitar. Sucre, arrastrado por el destino, le
contestó que había venido por Pasto y nada le había sucedido.
¿Tendría el general Caicedo alguna sospecha, algún temor del riesgo
que corría Sucre por aquella vía? ¿Sería una inspiración? Otras
personas dieron a Sucre el mismo consejo, y siempre lo despreció,
ponién­dose en camino por la vía fatal.

 

 

II
 

 

El general José Hilario López estaba en Neiva cuan­do llegó el
general Sucre a aquella ciudad. Dice el ge­neral López en sus
memorias:

"Todos mis corresponsales de la capital de la Repú­blica y de
otros lugares inmediatos, se acordaron en noticiarme cuanto sigue:
1º, que aunque el general Bo­lívar estaba resuelto a partir,
asegurando que iba a sa­lir, de la República, temían que nunca
abandonara nues­tras playas, con la esperanza de que el ejército y
sus demás partidarios, todos en connivencia, obrasen una asonada
general para echar abajo el nuevo orden de cosas y aclamarlo
nuevamente dictador; 2º, que al efecto se diseminarían por todas
partes generales, jefes y ofi­ciales de su confianza, para obrar
simultáneamente la reacción; que estos recelos los habían tomado de
buen origen y que muchos de los pasos que se daban en la capital
los confirmaban a no dejar duda...

 

"El amor propio de Bolívar -continúa López- me decía uno,
ofendido en esta vez, como nunca lo ha sido, no puede tolerar que
otro mande en la nación mientras él exista, y así es necesario no
aletargarse en la con­fianza: ¡alerta! ¡amigo mío, alerta! pues
todavía hay muchos elementos antisociales, y no hay duda que todos
se pondrán en acción para disolver lo que ha hecho el Congreso, y
entregar de nuevo esta tierra al dictador vencido en el Congreso
constituyente.

"En efecto -sigue López- todo persuadía que no se pensaba de
buena fe en sostener la nueva constitu­ción y las leyes dadas por
el constituyente. Las intrigas más pérfidas se ponían en juego para
crear una nueva necesidad, en virtud de la cual se disolviese la
República, y que el temor de la anarquía obligase a los pue­blos a
ocurrir otra vez al general Bolívar como el único redentor, el
único piloto que pudiese conducir la nave a un puerto de
salvamento. No se necesitaba de un gran criterio para conocer que
algunas personas de notabi­lidad que recientemente se suponían
enemigas del general Bolívar, lo hacían únicamente con el designio
de infundir confianza al partido liberal, y obtener por este medio
colocaciones en qué poder obrar más a mansalva la reacción
combinada con tanta astucia".

Si el general López hubiera proferido estas palabras en 1830,
tendría la disculpa de la exaltación de las pasiones en aquella
época; de la de él mismo, que joven aún era de los más violentos;
¡pero veintisiete años después, cuando todos los hechos eran ya
conocidos...! Mucha moderación se necesita para no irritarse al
leer semejantes gratuitas imputaciones.

¿Quiénes eran los que no pensaban de buena fe en obtener la
constitución y las leyes dadas por el Con­greso? ¿No eran los
santanderistas de Cúcuta, los llameados liberales en San Gil, en El
Socorro, en esa misma provincia de Neiva en que estaba el general
López, en todas partes, en fin? El general López hablaba en 1857 de
esta manera apasionada e injusta, por la fuerza aparente que le
daban los acontecimientos que tuvieron lugar unos pocos meses
después de publicada la Constitución de 1830; acontecimientos
imprevistos, origina­os por mala política del Gobierno, por el
insulto, por la amenaza de muerte, por la persecución que su­fría
el partido llamado boliviano, ofensas intolerables que llegaron a
precipitarlo después. ¿No es evidente que este partido, cuyo
oriflama era la integridad de Colombia, bajo la Constitución que él
había expedido, no podía promover la disolución de la República,
que quería conservar como única tabla de salvación que le
quedaba?

¿ Quiénes eran esas personas de notabilidad que
aparentemente se suponían enemigas del general Bolívar "solamente
con el designio de inspirar confianza al par­tido liberal, y
obtener por este medio colocaciones en qué poder obrar más a
mansalva la reacción combinada con tanta astucia", según asegura el
general López? In­dudablemente ha querido designar al señor
Castillo Ra­da y al general Rafael Urdaneta, y principalmente al
segundo. ¿No es esta una suposición injuriosa, desmen­tida de la
manera más incontestable por la historia? El señor Castillo y el
general Urdaneta fueron los que impidieron que el Libertador
hubiese sido elegido pre­sidente por el Congreso constituyente;
ellos tuvieron la franqueza y el valor de aconsejarle que se
ausentase del país, incurriendo en su enojo: ¿no basta esto para
des­truir la grave aseveración del general López? Si Castillo y
Urdaneta hubieran unido sus votos a los de los treinta y dos
diputados que tan tenaces estaban por la elección del Libertador, a
pesar de él mismo, o siquiera que no los hubiesen contrariado ¿no
se hubiera decidi­do la elección en favor de Bolívar en primer
escrutinio? ¿para qué, pues, tenían que ocurrir a supercherías
in­dignas, con un objeto que pudieron lograr por medios lícitos,
con sólo haberlo querido?¹

 

1 Según el general Obando, con
referencia a sus corresponsales de Bogotá, el general Urdaneta
estaba en completo rom­pimiento con el Libertador, próximo a
asesinarlo y a hacer lo mismo con todos los bolivianos, lo cual
verificado, se propo­nían los liberales asesinarlo a su turno.
Según el general Ló­pez, Urdaneta fingía enemistad con el
Libertador para inspirar confianza al partido liberal y obtener
empleos para obrar una reacción en favor de Bolívar. ¿Cuál de los
dos dice la verdad? Ninguno de los dos, respondo yo
terminantemente, y estoy se­guro que esto responderán mis lectores,
si son justos.

 

 

Las referencias que hace el general López a los informes que le
daban sus corresponsales de esta ciudad, indican el estado de
efervescencia en que se encontraba su partido. Separado el
Libertador del mando, en viaje. para el extranjero, el poder
cayendo de la manera mas deplorable en manos de los liberales,
todavía no se creían seguros, y como la calumnia ha sido siempre el
arma que han manejado con más destreza, se valían de ella para
impresionar a un hombre tan inflamable como lo era entonces el
general López, por otra parte crédulo y candoroso.

El general Sucre era a los ojos de aquel partido el hombre más
peligroso, después de Bolívar. El noble comportamiento que siempre
tuvo con él, y más en los días de su desgracia, que se interpretaba
por inteligencia secreta en planes que se suponía se fraguaban
entre los dos para después; el inmenso prestigio que le daba su
esplendente gloria militar; el ascendiente que tenía sobre el
ejército; su capacidad y variada instrucción, y el respeto que
inspiraba la rigidez de sus costumbres públicas y privadas, todo
hacía que se le viese como el sucesor más digno de Bolívar, como el
único que podía con probabilidades de buen suceso intentar el
mantenimiento de la unión de Colombia, bajo la Constitución en que
tanta parte tuvo, o bajo una confederación de tres Estados regidos
por un gobierno federal; y por consiguiente, este hombre, en la
flor de su edad, de sa­lud robusta que le prometía largos días de
vida, era más temible aún que el mismo Bolívar para el partido
disol­vente y ambicioso que aspirando al dominio de la tierra
granadina, bajo su caudillo ausente, odiaba al héroe que podía
impedírselo, y que era el más notable de esos generales que,
suponían los corresponsales del general López, se diseminaban por
todas partes para obrar si­multáneamente la reacción. He aquí
descifrado el enig­ma.

 

III
 

 

El general Sucre seguía incauto su camino, desaten­diendo como
César los siniestros augurios, los idus de marzo, los fatídicos
anuncios, acompañado sólo del señor García Tréllez, diputado al
Congreso por Cuenca, y de dos asistentes, sargentos licenciados. En
Neiva se vio con el general López, hablaron de política; la
dis­cusión se excandeció y se dijo hasta por la prensa que el
general López tuvo la idea de hacerlo prender e im­pedirle seguir:
la fatalidad no quiso que el general Ló­pez ejecutara aquella
salvadora tropelía, si realmente pensó en ella. El general López en
sus Memorias no dice una palabra sobre este notable incidente, y si
bien la acalorada disputa fue cierta, lo segundo puede no
serlo.

Antes de salir el general Sucre de Bogotá, partió para Neiva
anunciando su marcha, un posta privado, y de Neiva, apenas llegado
éste, salió otro para Popayán con el mismo objeto. "Sin embargo de
los rumores y hablillas que hubiera en Neiva sobre asechanzas y
planes contra la vida de Sucre, él llegó a Popayán sin no­vedad
alguna. Allí observaron sus amigos que se le detenía con frívolos
pretextos de que no se hallaban ca­ballerías para los bagajes;
supieron también, y esto lo hemos oído después de su arribo, el
estado mayor de Popayán había dirigido un correo extraordinario al
co­mandante general de Pasto, Obando, sin que hubiera motivo alguno
que lo exigiese. Tales antecedentes y el conocimiento de los
hombres que residían en los cami­nos del tránsito excitaron las
sospechas de varios mora­dores de Popayán. Estos aconsejaron
nuevamente a Su­cre que siguiese el camino de Buenaventura, porque
sospechaban que se le quería matar. Conducido por un destino fatal,
él de ningún modo accedió, fundándose en los ardientes deseos que
tenía de unirse a su familia, y de ver si podía evitar la
separación del Sur que todo el mundo aguardaba; tampoco pidió una
escolta, lo que le aconsejaron igualmente. El comandante Delgado le
manifestó en Patía los mismos temores, suplicándole que se demorase
un día a fin de acompañarle, pero Su­cre dijo que no se podía
detener, y continuó su viaje con impavidez".¹ El posta de Popayán
alcanzó al general Obando en Meneses, pocas horas antes de llegar a
Pasto. ¿Qué significan esos postas anticipando avisos

 

1 Restrepo, Historia de
Colombia.

 

 

de cada paso que daba hacia el sacrificio el incauto Sucre?
¿Quiénes mandaban esos postas? Esto se conje­tura, pero yo no lo sé
con precisión, y sobre un negocio de tanta magnitud no quiero
aventurar un concepto en que puedo equivocarme.

 

 

IV
 

 

El número 39 de El Demócrata de 19 de junio de 1830
apareció tremebundo, justificando los recelos de los amigos del
ilustre viajero, que ya perdieron toda esperanza de que volviese a
gozar de la sonrisa de su ino­cente hija, que es uno de los
placeres más intensos que Dios permite disfrutar sobre la tierra al
hombre sensi­ble; y desde aquel momento aguardaban en la mayor
ansiedad la noticia del trágico suceso, que temían desde antes de
ser tan claramente anunciado.

Ruego al lector que, sobreponiéndose a toda pasión política,
fije su atención en los siguientes párrafos del citado artículo.
Dicen así:

 

"SECCION CRIMINAL

 

"Acabamos de saber con asombro, por cartas que hemos recibido
por el correo del Sur, que el general A. José de Sucre ha salido de
Bogotá ejecutando fielmente las órdenes de su amo, cuando no para
elevarlo otra vez, a lo menos para su propia exaltación sobre la
rui­nas de nuestro nuevo Gobierno. Antes de salir del de­partamento
de Cundinamarca empieza a manchar su huella con ese humor
pestífero, corrompido y ponzoñoso de la disociación. Cual otro
Leocadio¹ lleva el proditorio intento de minar la autoridad
del Gobierno en su cuna; ridiculizándolo y burlándose aun de su
mis­ma generosidad. Bien conocíamos su desenfrenada ambi­ción,
después de haberle visto gobernar a Bolivia con poder inviolable; y
bien previmos el objeto de su mar­cha acelerada, cuando dijimos en
nuestro número an­terior, hablando de las últimas perfidias de
Bolívar, que éste había movido todos los resortes para
revolucionar

 

1 El señor Antonio Leocadio
Guzmán.

 

11

el sur de la República. Pero hablemos de lo que actual­mente
sucede.

"Va haciendo alarde de su profundo saber... Se li­sonjea de
observar una política doble y deslumbradora. Afirma que los
liberales y pueblo de Bogotá, es lo más risible, lo más ridículo
que ha visto. En fin, osa decir, denunciando sus aleves intentos,
que si todos los pue­blos son así, está seguro de cantar victoria
en todos ellos. Dice además contra el Gobierno que el actual
ex­celentísimo señor Vicepresidente de la República sólo tiene
capacidad para oír demandas verbales; que carece de talentos para
intervenir en el Gobierno, pues actual­mente no sabe lo que deba
hacerse; niega la aptitud a todos los ministros, y tiene el descaro
de asegurar que en toda la Nueva Granada no hay quien pueda
desem­peñar estos destinos. Se burla de que se piense en la
restauración del orden, y manifiesta su conato, su de­cisión por
separar los pueblos del Sur.

"Sería difícil marcar cuál de estas dos aserciones es más fatua,
más atrevida, más subversiva, más calum­niosa, más llena de esa
voraz ambición que le destroza las entrañas, y que en vano procura
cubrir con una risa falaz y maligna: ¡Ved, colombianos, el más
digno de los generales de Colombia! Pero él tiene razón cuan­do
dice que en vano se procura restablecer el orden; él está al cabo
de todos los planes para insurreccionar las tropas; él mismo es un
agente de la intriga; él ve en la generosidad de nuestro Gobierno
apenas debilidad e ineptitud. Ya empiezan a germinar las
consecuencias de no haberse permitido al pueblo el 7 del corriente
ama­rrar a todos los fautores descubiertos y ocultos del mo­tín que
dio ocasión a la alarma de aquel día, para juz­garlos y
castigarlos, probados que hubiesen sido sus crímenes. El 7 de mayo
pudo haberse hecho célebre en nuestros anales, destruyendo del todo
las esperanzas de Bolívar y asegurando la estabilidad de Colombia.
Bolí­var es hoy un vesubio apagado, pronto a romper su cráter,
vomitando llamas de odio, de destrucción y de venganza...

"Los pueblos del interior, que sirven obedientes al Gobierno y
sin peligro, no tendrían motivo de armarse; pero afortunadamente se
levantan batalladores con que auxiliar, si fuere preciso, a
nuestros compatriotas del Sur, bien oprimidos aún por el general
Flórez. Las car­tas del Sur aseguran también que ya este general
mar­chaba sobre la provincia, de Pasto para atacarla; pero el
valeroso general José María Obando, amigo y soste­nedor firme del
Gobierno y de la libertad, corría igual­mente al encuentro de aquel
caudillo y en auxilio de los invencibles pastusos. Puede ser que
Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar".

De este artículo se han hecho centenares de extrac­tos y glosas,
principalmente del último período que he señalado en letra cursiva:
todos lo han considerado el punto de partida de sus investigaciones
y alegatos, y es seguro que en todas partes, apenas apareció
o llegó el periódico, se vio en él: 1º, la sentencia de muerte
dic­tada contra el general Sucre; 2º, la designación nominal del
ejecutor de la sentencia; 3º, el objeto principal de presentar la
víctima bajo un carácter odioso para disminuir la indignación que
el enorme atentado debía causar en todo pecho generoso, y disculpar
el gozo que no podrían menos de manifestar los complicados en la
trama de que ya se hablaba. Los rumores de un com­plot contra la
vida del general Sucre fueron tan gene­rales, que ellos eran los
que causaban la alarma y los temores del peligro que corría en el
viaje por la vía que había elegido. El resultado debía pues, probar
si éstos eran o no juicios temerarios.

 

 

V
 

 

Prescindiendo del desaliño e insulso lenguaje de El
Demócrata en todas sus acriminaciones, censuras y exigencias,
se consideró generalmente este artículo, además de aleve,
calumnioso por las consideraciones siguientes:

El general Sucre salió de Bogotá en la mejor inteli­gencia con
el Vicepresidente Caicedo, de quien era ami­go personal y político,
habiendo estado los dos siempre de acuerdo en cuanto debía hacerse
y se hizo, desde su llegada a Bogotá al Congreso. ¿Cómo podía,
pues, ad­mitirse que Sucre se expresara respecto de Caicedo de la
manera que dice El Demócrata? Es probable que lo juzgara,
cuando más, como todos lo juzgaban: un honrado ciudadano,
bondadoso, condescendiente, irresoluto por temor de errar, y que
por tanto no era hombre para dominar la situación con energía. Esto
mismo se dijo, y con más razón del honorable señor Mosquera. No
habrían podido encontrarse dos hombres de más idoneidad Presidente
o Vicepresidente en tiempos irregulares, o sean normales,
como se dice ahora; pero en los que fueron elegidos, sus virtudes,
lejos de ser cualidades de aptitud para el mando, eran lo
contrario. Esto, puede ser que lo dijera el general Sucre; mas la
sana crítica no admite que hablara del modo que asegura El
Demócrata.

Puede ser también que dijera en su disputa con el general López
algo parecido a que los liberales de Bogotá fuesen "lo más
ridículo, lo más risible que había visto, componiéndose en la
generalidad, entonces el partido liberal, de muchachos de las
escuelas y jóvenes colegiales; y aunque los corifeos de aquel
partido,  además del general Santander, eran los catedráticos y el
general Obando (José María), que veía claro que ese era su camino
para llegar a donde él deseaba, esto no destruye la regla en lo
principal. En tiempos de tanta exaltación, no sería extraño que en
una acalorada disputa política se escapara al general Sucre alguna
expresión, acaso imprudente, que diera ocasión a las exageraciones
de El demócrata, o de sus corresponsales: en un hombre tan
grave y circunspecto como Sucre no puede suponerse otra cosa. Lo
que no dice El Demócrata, y es probable que se lo dijeran
sus corresponsales, es la calificación que el general López haría
del libertador y de los partidarios de la integridad de Colombia,
llamados bolivianos; pero pueden suponerlo todos los que sepan lo
intolerante que era el general López en aquel tiempo, y lo exaltado
que estaba desde la disolución de la convención de Ocaña.

 

 

VI
 

 

He dicho ya que los diputados al congreso por los departamentos
del Sur en su comisión a Venezuela, amenazaron en plena cámara, que
aquellos departamentos se constituirían independientes si Venezuela
lo hacía definitivamente. Era público y se sabía en Bogotá desde
fines de marzo que en Quito se trataba de un pronuncia­miento,
tomándose medidas para generalizarla, el cual tuvo en efecto lugar;
se sabía que Pasto se había pro­nunciado, agregándose al
departamento del Ecuador. ¿Cómo, pues, podía ir el general Sucre,
cumpliendo las órdenes del Libertador, que El Demócrata
llama "su amo" para revolucionar el sur de la República, que ya
estaba revolucionado? El presidente Mosquera se en­contró con el
general Sucre cuando aquel venía de Po­payán y éste iba. Antiguos e
íntimos amigos, confiando sin reserva el uno en el otro, hablaron
sobre lo que de­bía hacerse para restablecer el orden y la paz
interior. Sucre le ofreció su cooperación, hasta donde alcanzasen
sus fuerzas, pero desconfiaba de lograrlo. El señor Mos­quera habló
de esta conversación con varias personas a su llegada,
manifestándose indignado por el artículo de El Demócrata:
¿Cómo se concilia esto con lo que se supone dijo Sucre en el
tránsito, lo que el señor Mos­quera habría precisamente sabido?

Pero hay un documento expresivo, auténtico, que puede
considerarse el testamento de la víctima que mar­chaba al
sacrificio, el cual desmiente de la manera mas terminante las
aseveraciones injuriosas de los enemigos del general Sucre. Helo
aquí:

 

"Popayán, 27 de mayo de 1830

 

"Señor general Vicente Aguirre.

 

"Mi apreciado amigo: ayer llegué a esta ciudad, y mañana sigo.
Hoy he recibido la carta de usted de 13 del corriente, que me
instruye de lo que ocurría en Quito ese día.

"Lo que se ha hecho no ha sido en tiempo, porque yo creo que
debió esperarse el término de las sesiones del Congreso; mas era
cosa calculada por todos, que debía suceder una novedad en el Sur,
porque era im­posible que sus ciudadanos fueran del todo
indiferentes al estado de Colombia. Opino, pues, que si hay
modera­ción y buen juicio y si se lleva por guía mejorar la
administración interior del país, bajo principios fijos y de
provecho público, este acontecimiento será provechoso. Repito que
para todo esto es necesario sólo buen sentido, unión y patriotismo;
y llamo unión la más es­trecha y buena inteligencia entre los tres
departamentos del Sur. Colombia no puede existir por mucho tiempo,
sino compuesta de los tres grandes estados confederados. Venezuela
está corriente en esto, y también lo está la Nueva Granada; pero
ésta podría tener a la larga pre­tensiones sobre el Sur, si allí se
descubren rivalidades de provincia.

"Yo llegaré pronto allá y les diré lo que he visto y todo lo que
sé, para que ustedes vean lo mejor, y tam­bién todo lo que el
Libertador me dijo a su despedida, para que de cualquier modo se
conserve esta Colombia, y sus glorias, y su brillo, y su
nombre.

"Puede usted entretanto enseñar esta carta al gene­ral Flórez, a
quien no tengo tiempo de escribir, porque estoy ocupado en mis
cosas de viaje. Recomiendo siem­pre moderación y prudencia, para
que todos los colom­bianos se entiendan con calma y sin ruido de
guerras civiles.

"Siempre su buen amigo,

"SUCRE"

 

Esta fue probablemente la última carta que escribió el gran
Mariscal de Ayacucho. La puso en el correo que debía llegar antes
que él, y se publicó en la Gaceta Oficial de Quito, número
64.

He aquí a Sucre improbando como extemporáneos los movimientos
del Sur, antes de saberse lo que hubie­ra hecho el Congreso, y
recomendando moderación y juicio. Considerando inevitable la
separación que había previsto de aquella parte de la República,
temía que las rivalidades provinciales la comprometiesen con la
Nue­va Granada, a la que, aunque con precauciones para no chocar
con las opiniones ecuatorianas le concede el de­recho de tener
pretensiones sobre aquellos departamen­tos. Pero lo que resalta en
esta carta más que todo, es la idea dominante de Bolívar, de que de
cualquiera manera se conservase la gran Colombia, "y sus glorias, y
su brillo, y su nombre"; y a este noble y patriótico objeto se
reducían esas instrucciones que dice El Demócrata,
iba ejecutando fielmente Sucre por todo el cami­no. Y este deseo de
Bolívar ySucre no querían llevarlo a cabo sino "con
moderación y prudencia para que to­dos los colombianos se
entendieran con calma' y sin rui­do de guerras civiles". Desde sus
conferencias con los comisionados en Cúcuta, estuvo Sucre fijo en
que este era el único medio de mantener la integridad nacional, y
así lo dijo al señor Caicedo y al señor Mosquera. ¿No era lo más
natural que Bolívar y Sucre desearan esto e hicieran esfuerzos por
conseguirlo? "En Colombia amaban justamente aquellos hombres, la
obra de sus sacrificios y de sus proezas. Dividirla valía para
ellos tanto como borrar un nombre glorioso; despedazar un
territorio vasto, magnífico, repleto de riquezas, fecundo en
esperanzas de prosperidad y de grandeza, y por fin entregar sus
fracciones a la irregular oscilación que se notaba en todos los de
América, donde las ideas de un demagogismo frenético habían
deshonrado la causa de la libertad y HECHO MAS PERNICIOSA QUE UTIL
LA CON­QUISTA DE LA INDEPENDENCIA". ¹

De los militares colombianos, llamados bolivianos, puede decirse
lo mismo: esa era la idea que nos arras­traba hasta a hechos
reprobables. Teníamos ciertamente afecto, veneración personal por
nuestro antiguo jefe que nos había conducido a la victoria,
ilustrando el nombre de la República, que mirábamos como un deber
conser­var; pero nuestro bolivarianismo consistía no en esto, sino
en que considerábamos a Bolívar como el repre­sentante del
principio de unión y como el hombre que con más probabilidades
podría hacerlo triunfar. En Su­cre veíamos un sucesor de, Bolívar,
en influencia y en capacidad, en prestigio y ascendiente, en el
caso, que juzgábamos inminente, de que aquel faltara; y como los
partidarios de la disolución de la República temían más a Sucre, en
todo el vigor de la edad viril, que a Bo­lívar gastado y moribundo,
empleaban para con éste el ultraje que debía acelerar su fin, y
afilaban para aquel el puñal del asesino. Esta es historia, esta es
la verdad, no es declamación, no es calumnia.

 

1 Baralt y Díaz.

 

 

 

VII
 

 

En la tarde del 2 de junio (1830), el general Sucre con el señor
García Tréllez, sus dos asistentes, un criado del señor García, y
dos arrieros que conducían cuatro cargas de equipaje, llegaron al
Salto de Mayo, a la casa de José Eraso, especie de tambo pajizo
cercado, donde dormían amos, criados, pasajeros, hombres y mujeres,
sanos y enfermos, y algunos animales domésticos; y en aquella
pocilga pernoctó inquieto el general Sucre con sus compañeros. Y
así tenía que ser, porque en tres le­guas a la redonda ningún
viajero podía encontrar un techo hospitalario donde descansar un
rato, y situada esta zahurda al borde mismo ¿el despeñadero por
donde se baja al puente del río Mayo, en un punto preciso,
inevitable, todo el que iba de Popayán a Pasto, o vice­versa, tenía
que tocar con Eraso, y siendo de tarde, forzoso era pedirle un
rincón, y una barbacoa para pa­sar la noche. Hombre de baja
extracción, indio de ins­tintos salvajes, avezado al crimen,
antiguo guerrillero realista de los conmilitones del general
Obando, presen­tado a la República a fines de 1827, rodeado de
deser­tores y soldados licenciados del ejército todos armados,
calificado de salteador de caminos; era Eraso en aquel sombrío
despoblado una amenaza para los pasajeros, que temiendo ser robados
o asesinados, compraban su seguridad con regalos ya espontáneos, ya
solicitados. Su aspecto siniestro, el de su mujer, que montaba a
caballo a horcajadas como hombre, con sable ceñido y pistolas
cargadas en pistoleras de cuero de tigre; el de sus com­pañeros,
que llamaba sus jornaleros, negros o indios, sucios, de tosco
semblante y torvo mirar; todo inspira­ba en aquella forzada
pascana un terror que quitaba el sueño al hombre más
fatigado. Y ese Eraso era teniente coronel y comandante de las
milicias de aquellos con­tornos, que se llamaban "la línea de
Mayo", nombrado, sostenido y mimado por el general Obando.

El general Sucre fue pródigo en obsequios con aque­lla gente, y
dando gracias a Dios de haber amanecido con vida, se puso en
marcha. con su pequeña comitiva en la mañana del 3 dejando a Eraso
en su casa, apa­rentemente tranquilo y satisfecho. A las diez de la
mañana llegó Sucre a "La Venta", caserío pajizo situado a poca
distancia de la boca de la montaña de Berrue­cos, a tres leguas del
Salto de Mayo, y encontrando allí a Eraso, le dijo en extremo
sorprendido: "Usted debe ser brujo, pues habiéndole dejado en su
casa y no ha­biéndome usted pasado en el camino, le encuentro
aho­ra delante de mí". Las respuestas entrecortadas y ambi­guas de
Eraso, lejos de tranquilizarle aumentaron la in­quietud que le
causó la vista de aquel hombre allí, sin saber cómo ni por dónde se
le adelantara.

Sucre, desconcertado, hizo alto, pidiendo albergue en la mejor
casucha del villorrio, el que le fue conce­dido.

Pocas horas después se presentó allí el también comandante Juan
Gregorio Sarria, como Eraso hombre más que vulgar, su antiguo
compañero en las guerrillas realistas del tiempo de la guerra de la
independencia, de más confianza que el mismo Eraso para el general
Obando, a cuyo influjo debía ser comandante de caba­llería en 1830,
no siendo más que alférez de milicias en las guerrillas españolas
en 1823 cuando se pasó.

Sarria fue el azote de la comarca de Timbío, Pais­pamba,
caseríos inmediatos, y haciendas hasta Popayán, antes como realista
y después en las guerras civiles. Hombre de formas atléticas,
fuerzas hercúleas, color blanquecino (mestizo), talla más que
mediana, anchas espaldas, pecho alto, lampiño, ojos pardos, mirada
cau­telosa, su presencia no inspiraba el horror instantáneo que
causaba la de Eraso, pero tampoco inspiraba con­fianza. El corazón
de Eraso se comparaba al de un ti­gre; el de Sarria al de un hombre
pervertido, bien que yo no sé cuál de las dos cosas sea peor.

En el carácter de Sarria se notaba un contraste que indicaba
haber recibido en su infancia POR UNA MADRE algunas
inspiraciones piadosas de que se resentía aun después de haberse
corrompido en la feroz guerra de la independencia, y en las civiles
que la sucedieron, ha­ciéndose cruel por hábito y no porque lo
fuera natural­mente. Supersticioso más que religioso, como lo son
en general los hombres ignorantes, llevaba a su cuello un medallón
con la imagen en tosca pintura de Nuestra Se­ñora del Carmen, con
el que se santiguaba cuando empapaba las manos en sangre humana, o
mandaba asesi­nar a lanzadas a los prisioneros. Una ocasión, celoso
de su mujer sin fundamento, cogió al joven de quien sos­pechaba que
la galanteaba, lo amarró de pies y manos en una cama y lo mutiló
como el tío de Eloísa hizo con Abelardo. Se le siguió causa por
esto, y dijo que la Vir­gen le inspiró aquello, pues su intención
fue matarlo, y que él rogó a Nuestra Señora que le diera buena
mano para que un se muriera el paciente. Este infeliz joven, a
quien conocí, bastaba que oyese el nombre de Sarria para que le
dieran convulsiones.

Cuando yo fui a Popayán en 1832 con el mismo ge­neral Obando,
estaba Sarria oculto, porque tres días antes había maltratado con
cinco heridas a su mujer. Estas cosas sucedían en la ciudad de
Popayán, capital del departamento, residencia de las autoridades y
tribu­nales superiores; pero Sarria, Eraso y otros de iguales
condiciones, gozaban de la más completa impunidad, pues el general
Obando los cubría con su égida, y nadie se atrevía a arrostrar el
peligro de incurrir en el enojo del poderoso magnate, procediendo
contra unos hom­bres, por criminales que fueran, a quienes miraba y
protegía aquel, como sus más decididos servidores. Con la llegada
del general Obando pudo Sarria salir.

Sin embargo, Sarria, de vez en cuando, era generoso, perdonaba y
agradecía los beneficios que hubiera reci­bido. En las guerras
robaba abiertamente los ganados de las haciendas que él llamaba
botín, pero daba limos­na y socorros a cuantos pobres veía,
diciendo que así debían hacer todos los cristianos, porque si no se
les quitaba a los ricos para dar a los pobres, éstos morirían de
hambre, pues aquéllos tenían muy duro el corazón.

Otra diferencia notable había entre estos dos hom­bres de tan
espantosa nombradía en aquellos contornos. Eraso era cobarde,
Sarria era valientísimo. Yo no he conocido en estos últimos tiempos
más que un hombre que le igualara a caballo lanza en mano: el
teniente co­ronel Pedro José Carrillo, que murió a mi lado el
in­fausto 18 de julio de 1861.

 

VIII
 

 

"La presencia de dos enemigos semejantes, de los cuales uno se
ha dejado algunas leguas atrás y luego se les encuentra por delante
reunido el uno al otro, sin haberle visto pasar, y habiendo sido
necesario que to­mase un largo rodeo para hacer aquel camino, no
era cosa que el pasajero podía ver con indiferencia".¹ En
efecto, viendo allí el general Sucre a estos dos hombres
aparecidos, como por arte infernal, se alarmó sobrema­nera, y en
lugar de continuar su marcha, tomando algu­nas precauciones,
teniendo como tenía tiempo de pasar la montaña de Berruecos, y
llegar al poblado del otro lado, haciéndose preceder de algunos
vecinos que hicie­sen el oficio de exploradores; desconsertado
insistió en quedarse en la venta, dando así tiempo a que los
asesi­nos se acordaran y preparasen el golpe con desahogo, con
precauciones para no ser descubiertos, y tomando medidas que lo
hiciesen seguro. Un hombre de la previ­sión de Sucre, tan
afortunado en la guerra por la exactitud con que calculaba lo que
el enemigo hiciera, para prevenirlo, ¿cómo pudo ofuscarse de tal
modo?

En su conturbación creyó evitar el peligro domesti­cando las
fieras que le acechaban, y convidó a Sarria y a Eraso a tomar una
copa de brandy, a que le acom­pañasen a comer y a que se quedasen
aquella noche en La Venta. Ambos, aceptando el licor a que eran en
ex­tremo aficionados, rehusaron lo demás, pretextando Sa­rria que
iba en comisión urgentísima, que llevaba seña­ladas las paradas en
su itinerario y no podía detenerse un momento en ninguna parte, y
Eraso, que tenía que volverse a su casa; y uno y otro se pusieron
en efecto, acto continuo, en marcha para el Salto. Si Sucre,
aleja­dos aquellos hombres siniestros, hubiera continuado su
marcha, se habría salvado; pero ya más confiado no lo hizo. Algunas
veces creo yo que los turcos tienen razón de ser fatalistas.

Sin embargo tomó algunas precauciones para pasar la noche en La
Venta. Hizo cargar sus pistolas, las del señor García Tréllez y las
carabinas de sus dos asisten­-

 

1 A. J. Irisarri.

 

 
 

tes y del criado del señor García, y estuvieron todos
vi­gilantes durante la noche, acompañándolos el señor Ma­nuel de
Jesús Patiño, comerciante que venía de Pasto, y habiéndose
encontrado con Sarria en la montaña de Berruecos, llegó con él a La
Venta. El señor Patiño pre­guntó a los viajeros dónde habían
dormido, y habién­dole contestado que en el Salto de Mayo
dijo: "Ustedes viven de milagro, han dormido en medio de asesinos";
y aunque pudo seguir se quedó a acompañarlos.

 

 

IX
 

 

La aurora del 4 de junio, apareciendo clara, resplandeciente,
disipó los temores de los viajeros; el sol, mostrando su inmenso
disco rojo, como un globo de sangre, no sobre el horizonte que allí
no hay, sino levantándose detrás del negro perfil de la funesta
montaña, derramó en su corazón una engañosa confianza. Sucre,
creyendo que todo peligro había pasado, se puso en
marcha con sus compañeros, cerca de las ocho de la mañana, en este
orden: delante los arrieros con Francisco Colmena­res, uno de sus
asistentes; seguían a éstos el señor Gar­cía Tréllez y su criado, y
tras ellos inmediatamente el general y su otro asistente Lorenzo
Caicedo. A poco más de media legua de camino del punto de donde
habían partido, en una angostura barrealosa y difícil, sale del
enmarañado laberinto de corpulentos árboles y es­pinosas malezas un
tiro de fusil. "¡Ay! ¡balazo!..." exclama el general Sucre, y no
habían acabado sus la­bios de pronunciar esta su última palabra,
cuando parten tres tiros más de un lado y otro del lóbrego sendero,
y el inmaculado gran Mariscal de Ayacucho, a los treinta y siete
años de edad, cae atravesado el cora­zón, sobre el hondo lodazal de
aquel oscuro, tenebroso y solitario bosque, escogido por mano
oculta con fría y premeditada traición, sin odio, sin idea de
venganza, y sólo por miras políticas, porque estas pasiones en
nuestra América hacen de nosotros, antes tan mansos y benévolos, un
pueblo de caribes.

El señor García, los criados y arrieros que iban por delante, a
la detonación de los aleves tiros y al oír la exclamación de la
víctima, creyéndose atacados por la­drones, picaron aterrados, al
trote largo, y a poca dis­tancia les alcanzó, herido y sin, jinete
el mulo que mon­taba el general. Con esto no les quedó duda que el
cri­men se había consumado, y continuaron su marcha tan
aceleradamente cuanto el mal camino lo permitía.

Caicedo, que seguía el último, se había atrasado a poca
distancia, y oyendo los tiros corrió hasta el lugar donde encontró
el cadáver de su señor, a quien amaba, y vio agazapados a los
cuatro asesinos con fusiles o ca­rabinas, y uno de ellos con sable
ceñido; por lo que espantado volvió riendas hacia La Venta. Los
asesinos le gritaron dos veces, "¡párate Caicedo, no es contigo,
párate!" lo que asustándole aún más, le hizo picar cuan­to lo
permitía el lodazal de aquel infernal camino, y llegando anhelante
a La Venta dio parte a gritos de la horrenda catástrofe. Eran las
diez de la mañana. Tem­blante y consternado hizo diligencia para
buscar quien lo acompañase a enterrar el cadáver, y no pudo
conse­guirlo: el miedo lo impedía.

Hallábase en La Venta el capitán José María Bel­trán,
conduciendo la caja y las municiones de reserva del batallón
Vargas, con una pequeña escolta, y en lu­gar de tomar
medidas para ir en el acto a descubrir los asesinos, lo que hizo
fue escribir a Eraso, al Salto de Mayo, recomendándole que viniera
con gente para proveer a la seguridad de las municiones, avisándole
lo que había sucedido en la montaña. El conductor de este papel
llegó al Salto después de mediodía, y encontró a Eraso tocando
guitarra; y Sarria, que no pudo quedarse en La Venta el día
anterior porque dijo que marchaba en una comisión importante que no
le permitía dete­nerse un momento, se encontraba todavía, más de
vein­ticuatro horas después, a tres leguas, en casa de Eraso, sin
motivo ni objeto conocidos para aquella sospechosa demora, y
montando a caballo en el acto llevándose el papel de Beltrán,
siguió para Popayán a escape.

En la tarde del mismo día llegó a La Venta un pasa­jero que
venía de Pasto, y dijo haber encontrado el ca­dáver, que le había
sacado el reloj, el que entregó al criado Caicedo, y aseguró que en
todo el tránsito no había visto un solo hombre, sino a los
compañeros del general, que habían seguido adelante. Con este aviso
se animaron en La Venta y salieron el señor Patiño, el capitán
Beltrán, Caicedo y uno de los arrieros de Bel­trán, precediéndoles
Caicedo: al alcanzar éste a ver el cadáver, impresionado como
estaba, creyó oír un ruido en el bosque y gritó: "ahí están los
asesinos", a cuya voz volvieron aterrados a carrera a La Venta.

Al siguiente día, sabiéndose que no había gente en la montaña,
se animaron el señor Patiño, Caicedo y otros a ir al lugar de la
catástrofe, y encontrando el ca­dáver lo reconocieron. Tenía tres
heridas mortales, y no le habían robado ni la bolsa en que llevaba
algunas monedas de oro, ni nada de su vestido, lo que demostró más
a las claras que el asesinato no se había cometido para robarle, y
que se tuvo cuidado en que esto pare­ciera así.

Hay allí cerca un pequeño espacio desmontado que llaman La
Capilla, sin haber capilla, en donde lo ente­rraron, poniendo sobre
la sepultura una tosca cruz de madera: esa cruz, custodia sagrada
de la tumba del cristiano en el bosque, en el desierto, en la
humilde se­pultura del pobre, en el mausoleo del rico; madero
sim­bólico que él sólo encierra toda una religión de caridad, de
consuelo y de esperanza; esa cruz, que ha civilizado el mundo que
la reconoce, abolido los sacrificios huma­nos, emancipado la mujer,
desgraciada mitad del géne­ro humano, esclava antes y esclava aún
en todas partes donde la sombra del madero emblemático no la
pro­tege; esa cruz, que siendo en su origen instrumento bárbaro de
afrentoso suplicio se ha colocado ella misma hace cerca de mil
novecientos años sobre la corona de los reyes, sobre la tiara de
los pontífices, sobre las to­rres y muros de las ciudades, haciendo
tan estupendos milagros sólo con mostrarse bañada en sangre
sacrosan­ta, en la mano de doce hombres oscuros, sin poder, sin
ejércitos, sin letras; esa cruz, en fin, que dice al género humano:
todos sois hijos de un Dios, todos sois iguales si sois virtuosos,
amaos como hermanos, creed y es­perad!

El general López había salido de Neiva después que el general
Sucre, para encargarse de la comandancia de armas de Popayán, por
la ausencia del general Obando.

 

Sarria, que salió el 4 del Salto, después de mediodía, llegó a
Popayán como a las tres y media o cuatro de la tarde del 6,
habiendo andado treinta leguas por un mal camino, en menos de dos
días, cuando del 3 al 4 no an­duvo sino las tres leguas de La Venta
al Salto; y en­trando a la ciudad, al pasar por la tienda del señor
Francisco Javier Cobos, le preguntó éste: "¿Qué nove­dad trae
usted?" "No hay nada; ha muerto Sucre", fue la respuesta de Sarria,
que sin detenerse se dirigió a casa del general López a darle la
noticia.

En la mañana del 5 la recibió el general Obando en Pasto y la
comunicó a Popayán al prefecto del depar­tamento, y al general
Flórez en el mismo día, en los términos siguientes:

 

 

"NOTA OFICIAL AL PREFECTO

"República de Colombia - Comandancia general

del Cauca.

"Cuartel general en Pasto, á 5 de junio de 1830.

"Señor Prefecto del departamento del Cauca.

 

"Ahora que son las ocho de la mañana acabo de re­cibir de
la hacienda de Olaya, en esta jurisdicción, una noticia que
al expresarla me estremezco: ella es que el día de ayer se ha
perpetrado un horrendo asesinato en a persona del general Antonio
José de Sucre, en la montaña de La Venta, por robarlo. El
parte es tan informe, que apenas comunica el suceso sin detallar
ningún par­ticular, sino que un tal Diego pudo escapar y fugar. En
este mismo momento marcha para ese punto el se­gundo comandante del
batallón Vargas, con una partida de tropa, para que asociado
con las milicias de Buesaco, siquiera el hecho, haciendo conducir
el cadáver a esta ciudad para su reconocimiento. Al mismo tiempo
ordeno a este jefe que escrupulosamente haga todas las
aver­iguaciones necesarias, y que tale esos montes y persiga los
fratricidas hasta su aprehensión. Ellos probablemente deben haber
seguido hacia esa ciudad, cuando se cree que los agresores han sido
desertores del ejército el Sur, que pocos días ha he sabido han
pasado por esta ciudad. El esclarecimiento de este inesperado
su­ceso le es al departamento del Cauca y a sus autorida­des tan
necesario, cuanto que en las presentes circuns­tancias puede ser
este fracaso el foco de calumnias para alimentar partidos con
mayores miras.

"Dios guarde a Usía.

"JOSE MARIA OBANDO"

 

 

 

"CARTA DEL GENERAL OBANDO AL GENERAL FLOREZ

 

"Pasto, 5 de junio de 1830

 

Mi amigo: he llegado al colmo de mis desgracias: cuando yo
estaba contraído puramente a mi deber, y cuando un cúmulo de
acontecimientos agobiaban mi al­ma, ha sucedido la desgracia más
grande que podía es­perarse. Acabo de recibir parte que el
general Sucre ha sido asesinado en la montaña de La Venta, ayer 4.
Míreme usted como hombre público y míreme por todos aspectos, y no
verá sino un hombre todo desgraciado. Cuanto se quiera decir, va a
decirse, y yo voy a cargar con la execración pública. Júzgueme
usted y míreme por el flanco que presenta siempre un hombre de bien
que creía en este general el mediador en la guerra que actualmente
se suscita. Si usted conociera esto con toda su frente, usted vería
que este suceso horrible acaba de abrir las puertas a los
asesinatos; ya no hay exis­tencia segura, y todos estamos a
discreción de partidos de muerte. Esto me tiene volado; ha sucedido
en las peores circunstancias y estando yo al frente del
depar­tamento: todos los indicios están contra esa
facción eterna de la montaña: quiso la casualidad de haber
es­tado detenida en La Venta la comisaría que traía algún dinero;
quedó ésta allí por falta de bestias, y es pro­bable hubiesen
reunídose para este fin; pero como man­dé bestias de aquí a
traerla, vino ésta y llegaría la par­tida cuando no había la
comisaría, llegando a este tiem­po la venida de este hombre. En
fin, nada tengo que po­der decir a usted sino que yo soy
desgraciado con seme­jante suceso.

 

"En estas circunstancias, las peores de mi vida, he­mos pensado
mandar un oficial y al capellán de Vargas para que puedan
decir a usted lo que no alcanzamos.

 

"Soy de usted su amigo,       

                                                     JOSE MARIA
OBANDO"

 

Al comandante general de Quito le dice de oficio el mismo día
que el inveterado malhechor Noguera había asesinado al general
Sucre.

El prefecto del Cauca dio parte al Gobierno del su­ceso con un
atraso notable, seis días después de haberse sabido en Popayán (el
12 de junio) en nota al secre­tario del interior, en la que
dice:

"Señor: El día 6, con la venida del comandante Juan Gregorio
Sarria, que vino de Pasto, conduciendo pliegos del señor comandante
general avisando su en­trada feliz en aquella ciudad, dio parte el
mismo Sarria que hallándose por el punto de La Venta, cerca del río
Mayo, vino el criado del excelentísimo señor general Antonio José
de Sucre, a pedir auxilio porque lo habían acometido en la montaña.
Sarria con referencia al pro­pio criado decía que a su regreso lo
había hallado muer­to. Esta noticia tan infausta, desgraciadamente
se ha confirmado por el adjunto oficio del señor comandante general
del departamento. (Es el que se vio arriba).

"Por comunicaciones posteriores de Pasto, y por las
declaraciones recibidas aquí por la comandancia (el ge­neral López)
resultan indicios o pruebas muy ciertas para creer que esta obra ha
sido proyectada en el Sur y remitidos de allí los asesinos. Lo
cierto es que los autores de la separación del Sur, temían que
fuera el señor general Sucre, porque les trastornaría su plan y aun
este fue el motivo de haberla precipitado".

 

 

X
 

 

Bajo estas diferentes fases, se anunció la noticia del nefando
suceso, y circuló por todas partes.

Por la imprenta se acusó al general López de haber cometido la
imprudencia de decir al recibirla que "si

el asesinato no se hubiera perpetrado en la provincia de Popayán
lo habría celebrado con un banquete", y otra mayor, la de
malquistarse con el señor Rafael Mosquera, que invitó a los
ciudadanos por papeletas impresas, a llevar unos días de luto en
señal de senti­miento y de aprecio a la memoria de la noble
víctima, tan bárbaramente sacrificado; y López, dando muestras de
irritación por esto, circuló inmediatamente otras pa­peletas
semejantes, haciendo la misma invitación en ho­nor y memoria del
general Córdoba, muerto un año an­tes combatiendo contra el
gobierno que él, tanto como el que más, había contribuido a
establecer.

Los periódicos liberales anunciaron la noticia en la capital con
las mismas palabras de Sarria al llevarla a Popayán: "muerte de
Sucre", como si se tratase de la muerte de un perro.

El honrado Presidente Mosquera se afectó hasta caer enfermo, y
mandó por un decreto que los generales, j e­fes y oficiales del
ejército llevaran luto riguroso por ocho días, lo que se cumplió en
los departamentos del Centro. Pero la sensación que causó la
terrible nueva en todos los hombres de bien, verdaderos patriotas,
tan­to en el Ecuador como en Nueva Granada y Venezuela, fue
profunda, inmensa; y los comentarios, acrimina­ciones, injurias
recíprocas que ella produjo, hicieron crujir las prensas por todas
partes, deslindando con foso más hondo los partidos.

La carta del general Obando al general Flórez fue contestada de
oficio en términos terribles por el secre­tario de gobierno de la
nueva república del Ecuador.

La prensa de todos los departamentos en ella, se des­ató
haciendo inculpaciones aterradoras al general Oban­do, y en un
manifiesto se publicaron extractos de tres cartas anteriores de
aquel general, a su basta entonces íntimo amigo el general Flórez.
En la primera de éstas decía Obando a Flórez: "Pongámonos de
acuerdo, don Juan: dígame si quiere que detenga en Pasto al general
Sucre, o lo que debo hacer con él; hábleme con fran­queza y cuente
con su amigo"... En sus Apuntamientos para la historia
confiesa Obando haber escrito esta car­ta a Flórez a fines de
febrero, pero dice que lo hizo con referencia a unos informes que
el coronel Ayaldeburre

le dio sobre planes del general Sucre de separar los
departamentos del, Sur y agregarlos al Perú. En la segun­da le
escribía lo siguiente:

"A... lleva a usted un recado preventivo de las mi­ras de don
Antonio José, de un diputado del Sur. Usted, usted, y sólo usted,
debe contar con mi amistad, per­suadirse de la posición de ambos y
que nuestra íntima, buena y franca inteligencia mantendrá la común
tran­quilidad y futura felicidad: no se desvíe de mi amistad, que
el peligro es más grande de lo que se piensa. Si las cosas se ponen
de peor data, quería hablar con usted; para ello, yo iría a Tulcán
si a usted le parece; pero de un modo tan privado, que sólo usted y
yo sepamos nuestro viaje, de otro modo no convendría". En la
ter­cera se expresaba así:

"A... y un comandante G.... que van para ésa impondrán a usted
de mil cosas que son utilísimas a usted para su conducta: ambos
llevan a usted advertencias de amigos que no lo engañan, y que le
dirán que el general Sucre lleva la intención de sustraer al Sur, y
ponerse bajo la protección del Perú. Si no estuviéra­mos viendo
todos los días mil fenómenos, yo no me atrevería a creer semejante
perfidia. Cuide usted mucho de esto, y cuente con el Cauca y con mí
mismo para estorbar tal suceso".

Con fecha 18 de mayo (1830) escribió el mismo ge­neral Obando,
desde Popayán, al general Pedro Mur­gueítio a Cali, entre otras
cosas, lo siguiente:

"Otro riesgo vamos a correr con el regreso del ge­neral Sucre.
Este general ha ofrecido que si la Repúbli­ca se separa, sustrae al
Sur y se pone bajo la protec­ción del Perú. ¿Qué le parece a usted
este golpecito? Vaya, mí amigo, se prostituyó Colombia. Tenga usted
mucho cuidado con ese señor si viene por ahí, y haga que venga
por esta plaza".¹

 

 

 

1 Esta carta la publicó el
general Murgueítio en 1841 en un manifiesto sobre los
acontecimientos del Cauca en 1830.

 

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