CAPITULO TRIGESIMOCUARTO
I
El 25 de mayo había llegado el Libertador a Turbaco en
completo estado de postración, y allí pasó algunos días para
reponerse y poder embarcarse. Los empleados públicos y los vecinos
notables de Cartagena fueron a verle y ofrecerle sus respetos; pero
no sólo ellos lo hicieron: la gente pobre igualmente en gran
número, se apresuró a hacerlo. Tal es siempre, en todas partes, el
interés que inspiran los hombres célebres, mucho más si están en
desgracia.
Había en Cartagena un fuerte partido que resistía la
promulgación de la Constitución, o más bien el reconocimiento del
Presidente y Vicepresidente, alegando nulidad de la elección por la
coacción ejercida sobre el congreso al hacerlo. El general de
brigada Francisco Carmona promovió un motín para oponerse a este
acto, y el prefecto y el comandante general del departamento se
inclinaban a lo mismo. Bolívar, con sus esfuerzos, consiguió
calmarlos y persuadirlos, y el 12 de junio fue promulgada y jurada
la Constitución con la mayor solemnidad, y los magistrados supremos
fueron reconocidos.
En Panamá también estaban remisos. Bolívar escribió a sus
amigos, y sus consejos tuvieron el mismo resultado que en
Cartagena. Hay hechos que responden a las, calumnias mejor que las
palabras, y los que refiero son históricos.
No bien repuesto aún de sus males, se determinó a ir a Cartagena
(el 24 de junio) para embarcarse en el paquebot inglés. Su
entrada en la soberbia ciudad fue como en sus mejores días: los
balcones y ventanas se adornaron, las tropas formaron, honrando no
al jefe de la Nación, sino al primero de los generales. al
Líbertador y fundador de la República. Por la noche,
espontáneamente, una espléndida iluminación dio muestra de la
nobleza del carácter de los cartageneros. Bolívar, caído, pobre,
proscrito, inspiró más simpatía, más respeto, más veneración, que
cuando poderoso y vencedor otras veces lo recibieran.
En aquel tiempo los paquebotes eran unos pequeños buques de
vela, sin comodidad para los pasajeros. Los amigos del Libertador,
las autoridades, los particulares, considerando esta circunstancia,
le hicieron presente que embarcarse en el fatal estado de su salud,
era cometer un verdadero suicidio, y le instaban a permanecer
algún tiempo más en Turbaco, hasta que pudiera irse sin exponerse
a morir en el viaje. El general Montilla le dijo además estas
precisas palabras:
-"¿A dónde vais, señor, con unos seis u ocho mil pesos que os
quedan? ¿Vais a presentaros cuasi indigente en un país
extranjero?
-"Si no me muero en el viaje, los ingleses no me dejarán morir
de hambre, respondió Bolívar.
-"Esa es una afrenta para Colombia, dijo Montilla.
-"Ella lo quiere así; pero no es Colombia la que lo quiere, es
Venezuela... Venezuela! exclamó Bolívar paseándose con despecho.
"Mi resolución es inalterable", añadió y mandó embarcar su
equipaje y que se preparase una lancha para hacerlo él mismo. En
efecto, los 17.000 pesos que llevó Bolívar de Bogotá, habían
disminuido en más de la mitad, en socorros a los militares
pobres que de todas partes afluían a Cartagena, pero esto no lo
detenía; contaba sus días, decía que no podía vivir dos años más, y
que en todo caso tenía amigos en Jamaica y en Inglaterra.
Su equipaje, su antiguo mayordomo José Palacios y un criado que
creo fue el que le acompañó bajo el puente salvador el 25 de
septiembre, se embarcaron, y se acordó que Bolívar lo hiciera
cuando el buque, fuera de la bahía, se acercase en su remontada
sobre el baluarte de Santo Domingo; en cuya playa, habiendo
convenido el capitán en ello, se llevaron la falúa y los botes
necesarios para Bolívar y las muchas personas que querían
acompañarlo hasta dejarlo a bordo. Pero el paquebote encalló en un
bajo de la bahía, yendo a toda vela, viento en popa, y sufrió una
avería que le hizo necesaria una carena para poder volver a salir a
la mar sin riesgo.
El capitán del buque hizo a Bolívar la observación de que
por la avería sufrida tendría que navegar con lentitud, no
atreviéndose a forzar la vela; que no sería extraño que tuviese que
arribar, si el buque en alta mar hacía agua, lo que no se podía
conocer en la quietud de la mansa bahía de Cartagena; que era
mejor y le aconsejaba que esperara la fragata de guerra
Shanon, que debía llegar de Jamaica de un día a otro, cuyo
comandante se haría un honor de llevarlo a su bordo, donde iría
con comodidad y asistido por los cirujanos de la fragata. Los que
en Cartagena se interesaban por la permanencia de Bolívar en el
país, considerando que su ausencia destruía toda esperanza de
salvar la integridad de Colombia, y que vislumbraban una reacción
moral en su favor; todos sus amigos personales, en fin, que sin
miras políticas consideraban como una crueldad dejarlo embarcar
casi moribundo, se aunaron a instarle que suspendiese su viaje por
unos días y esperase la fragata. Bolívar cedió.
Estos incidentes imprevistos, que pareciendo de poca
significación, tienen sin embargo una influencia inmensa en la
suerte de los hombres y de las naciones, ¿qué será?, ¿serán obra de
la casualidad?, ¿lo serán del destino?, ¿o serán providenciales?
El de que hablo, suspendiendo el viaje de Bolívar fue fatal para él
y para el país. El menor de los males que causó fue dar asidero a
la malevolencia para atribuir a supercherías indignas, la
suspensión de su embarque. Para su gloria y para mayor afrenta de
sus calumniadores, le habría sido mejor morir en la mar.
Llegó en efecto la fragata, y se habló a su comandante para que
admitiese a su bordo y llevase a Jamaica al Libertador; quiso el
comandante pasar con sus oficiales a presentarle sus respetos y
darle personalmente la respuesta, y así lo hizo. El caballeroso
inglés puso a disposición del héroe enfermo su propia cámara; pero
le manifestó que conforme a sus instrucciones, no le era permitido
variar, tenía que cruzar sobre costa firme, desde Cartagena hasta
la rada de La Guaira, y de allí regresar por la costa otra vez a
Cartagena, antes de volver a Jamaica; que si el Libertador se
resolvía a hacer tan penoso viaje a su bordo, sería asistido con el
mayor esmero por los médicos del buque; que si no, podía esperar su
regreso y miraría como un insigne honor conducir a su bordo a un
hombre tan célebre en los anales de la independencia de Hispano
América. Vaciló Bolívar por un momento en la resolución que
hubiera de tomar; los riesgos de un crucero tan largo sobre las
costas de Barlovento en la estación de brisas llamada "Veranillo de
San Juan", a pesar del mal estado de sus salud, no lo detuvieran si
la fragata no hubiera de regresar a Cartagena. Pero temiendo las
interpretaciones siniestras que pudieran darse a su presencia en
un buque de guerra en las costas y puertos de Venezuela,
principalmente en el de La Guaira, se resolvió a esperar el regreso
de la fragata, que era lo que todos a una voz le aconsejaban.
Aprovechando tan oportuna ocasión, escribió por el mismo buque a
su apoderado en Caracas, repitiéndole el encargo que le había hecho
desde Guaduas, pidiéndole que sin reparar en sacrificios realizase
algunos de los pocos bienes que le quedaban y le enviase su
producto.
Dejemos ir el buque en que flameaba el pabellón del rey de los
mares, símbolo de la libertad y del orden, sabiamente combinados, y
continuemos la narración de los sucesos que en nuestra pobre tierra
decidieron a Bolívar a no embarcarse en él a su regreso.
II
El Presidente Mosquera se ocupaba seriamente en plantear la
Constitución. Organizó el consejo de Estado que ella creaba, y en
el nombramiento de consejeros procedió en el sentido político que
indicó en su proclama, escogiendo ciudadanos respetables de ambos
partidos, lo que fue mal visto por el liberal disolvente, y también
por el colombiano, que tenía la idea fija de procurar a toda costa
la imposible integridad nacional. Casi siempre los grandes
conflictos vienen de no entenderse los partidos; concediéndose
algo recíprocamente, y de querer cada uno dominar con exclusión de
su adversario, oprimiéndolo y humillándolo. Un magistrado supremo
enérgico e imparcial es la única esperanza en semejantes casos, de
que al fin los partidos enconados no se hieran. Si el jefe del
gobierno se entrega al uno, la colisión es inevitable, y silo hace
por debilidad y contra sus propios sentimientos, entonces el mal se
agrava, porque el partido a que se somete no tiene confianza en
él, y el que abandona se irrita hasta llegar a la desesperación.
El señor Mosquera, vacilando, sin seguir una política fija
y decisiva, aumentaba la gravedad de la situación en lugar de
disminuirla; de un modo o de otro resbalaba, pues, a una caída
inevitable aquel hombre venerable por tantos títulos.
Cediendo siempre a las exigencias crecientes del partido
liberal, revocó los poderes de los ministros colombianos en
Francia, los Estados Unidos y el Perú, Leandro Palacios, general
Daniel F. O'Leary y general Tomás Cipriano de Mosquera, su hermano.
Pero en lo que se manifestó ya sometido absolutamente al partido de
la disolución de Colombia fue en el nombramiento del doctor
Francisco Soto para procurador general de la Nación, nombramiento
que estando en contradicción con las ideas emitidas en su proclama,
en su discurso de recepción el día que prestó el juramento, y en
sus opiniones y antecedentes conocidos, manifestaba que se
hallaba oprimido y que no obraba por voluntad propia.
Era el doctor Francisco Soto un abogado de reputación, probo,
laborioso, de extensa y variada instrucción. Su honradez se
prueba con decir que fue director del crédito público y ministro de
hacienda mucho tiempo, y murió pobre. Como orador es de lo mejor
que hemos tenido, a lo menos en aquella acalorada época: era
nuestro Vergniaud. En las discusiones más acaloradas, en el senado
o en la cámara de representantes, cuyos sillones ocupó muchas
veces, jamás se exaltaba, a diferencia del doctor Azuero, que,
irritable, no podía tolerar la menor contradicción. La educación
eminentemente moral y religiosa que dio a su respetable familia lo
haría calificar hoy de beato y de godo. Jovial en su trato
particular, ameno y chistoso en la conversación familiar, hacía del
doctor Soto la delicia de la sociedad en que se encontraba.
Filósofo práctico, era aunque aseado, sencillo en su traje, a la
manera de Juan Jacobo Rousseau y de Franklin, que eran sus
oráculos: cualquiera que no lo conociese, viéndolo por primera vez
lo tomaría por un cuáquero. El señor. Soto, en fin, era rival en
todo sentido del señor Castillo Rada, con quien estaba en pugna
abierta en la cuestión política de aquellos días, y sin embargo
conservaban su íntima amistad, lo que sucede casi siempre con los
hombres de mérito.
Hecha esta justicia a la memoria de un hombre notable en su
línea y acá en nuestra patria, que aunque pobre y desgraciada
abunda en varones eminentes, bien que desconocidos, la verdad
histórica me obliga a ocuparme de él por su modo de obrar en
política en aquellos días de pasiones y de errores de todos. El
doctor Soto, paisano y amigo del general Santander, se impresionó
como nos impresionamos todos por los sucesos del año fatal de 1826.
La injusticia con que el general Santander fue entonces tratado
por los revolucionarios de Venezuela, por el Libertador y por los
llamados bolivianos, le ofendió y le sacó de su natural reflexiva
impasibilidad. La disolución de la Convención de Ocaña, de que fue
miembro; la dictadura que a ella se siguió; la condenación del
general Santander por el acontecimiento del 25 de septiembre, le
hicieron enemigo declarado del Libertador; y un hombre como el
doctor Soto era un enemigo formidable. Desterrado por suponérsele
complicado en la dicha conjuración del 25 de septiembre, se agrió
más y más, y todo esto contribuyó a lanzarlo en el partido de
oposición, trabajando decididamente por la disolución de Colombia y
apoyando la segunda revolución de Venezuela, que dio el último
golpe a la trabajada República. Fue el doctor Soto uno de los
principales promotores de los pronunciamientos que ocurrieron en
los pueblos de los valles de Cúcuta, de que ya he hablado y que tan
terrible y mortal herida dieron al Gobierno establecido por la
Constitución, cuya validez y legitimidad se negaron explícitamente
por aquellos actos. El doctor Soto, en fin, que era el hombre de
más confianza del general Santander, reputado por su agente en el
país, era visto y considerado por el partido colombiano como el
jefe del santanderista, y por consiguiente su elección para tan
alto puesto por el señor Mosquera, decía a aquel partido claramente
que todo quedaba concluido para él.
III
En estos días llegó a esta capital el batallón Boyacá,
fuerte de 700 hombres, mandado por el coronel Vargas, que ya el
lector conoce. En dicho cuerpo o columna venían incorporados
algunos de los conjurados del 25 de septiembre, que desterrados a
Venezuela, fueron allá declarados perseguidos por su amor a la
libertad, y además, los granadinos que servían en las tropas de
Pamplona cuando éstas siguieron a Cúcuta a ponerse bajo las
órdenes del general Mariño. Jefes, oficiales y soldados traían en
sus morriones anchas cintas encarnadas, con el mote en grandes
letras de "libertad o muerte". Su partido los recibió en triunfo
bullicioso. Música, cohetes, vivas y mueras, abrazos, arengas y
hasta lágrimas, nada faltó. ¡Muera Urdaneta! ¡Mueran los serviles
¡Viva el general Santander! Vivan los héroes del 25 de septiembre!,
fueron las aclamaciones que más abundaron en la tropa que llegaba
y en los que salían a recibirla. En la misma noche las paredes
fueron ensuciadas con letreros escritos con carbón con los "vivas
y mueras" referidos; pero con una abundancia que llamó la atención
se leía el letrero de "muera Urdaneta", el que hasta llegó pocos
días después a ser el título de un impreso. El general Urdaneta,
tan abiertamente amenazado, se vio obligado a retirarse a su
hacienda con su familia, temiendo día por día ser asesinado.
El batallón Callao, uno de los cuerpos que regresaron
del Perú, todo compuesto de venezolanos, también llegó en esos días
a Honda viniendo de Antioquia. Estaba casi en cuadro, pues no
pasaba de 250 hombres. Su jefe, el coronel Florencio Jiménez, me
habló con franqueza, manifestándome que tanto él como sus
oficiales querían irse para Cartagena, porque en esta capital no
había seguridad para los militares venezolanos, calificados de
extranjeros, serviles, bolivianos; que para poner a cubierto mi
responsabilidad, aparentaría él usar de la fuerza para obligarme a
proporcionarle buques y raciones para el viaje; que si ellos se
encontraran en las circunstancias del batallón Granaderos no
temerían venir, porque harían lo que aquel cuerpo hizo, pues ya
para los militares venezolanos no quedaba otro recurso que irse a
Venezuela, si no había esperanza de restaurar a Colombia; lo que
sabría el en Cartagena, donde había muchas tropas, donde mandaba el
general Montilla, y donde quizá encontraría al Libertador.
Muchas veces se hace daño por obrar bien y cumplir uno con su
deber. Si el Callao hubiera seguido a Cartagena, se
hubiera evitado, un gran desastre, al que pronto llegaremos, y me
habría yo evitado, tomando parte en él, la única falta política que
he cometido en mi vida. Yo hice este daño persuadiendo a Jiménez a
continuar su marcha en obedecimiento a lo mandado por el Gobierno;
le hice ver la gravedad del paso que pretendía dar, las
consecuencias que podía tener para él y para el cuerpo; la
improbación que le darían el Libertador, si aún estaba en
Cartagena, y el mismo general Montilla, que no querría aceptar la
responsabilidad de semejante acto de insubordinación. El coronel
Jiménez se convenció, y el batallón entró en silencio a Bogotá sin
vivas ni mueras, ni cintas, ni música, ni cohetes, ni
acompañamiento.
IV
El Libertador se hallaba cada día más enfermo en el Pie de la
Popa, una parroquia fuera de los muros de la plaza, más fresca que
lo es el recinto de la ciudad, aunque no tanto como Turbaco. En
otro tiempo todas las gentes acomodadas de Cartagena tenían su casa
de campo en dicha parroquia, situada al Pie de la Popa, cerro
aislado de 590 pies de elevación, en cuya cumbre se venera la
imagen de nuestra Señora de la Candelaria, en una bellísima
iglesita del convento de agustinos descalzos, la que aún existe.
Esta Virgen era la de la devoción de todos los pueblos inmediatos:
era la Chiquinquirá de las provincias de la Costa. Su fiesta, que
se celebra el 2 de febrero, tenía fama en toda la Nueva Granada, y
quedando ya tan pocos que puedan hablar de ella como testigos de
vista, quiero, describiéndola, dar algún descanso a mi
imaginación, atribulada con los sucesos políticos que he referido y
los que voy a referir en los siguientes capítulos, y darlo también
al lector para que me siga sin fastidiarse.
Desde el primer día de la novena se trasladaban a dicha
parroquia las familias que tenían casa allí, llevando a sus
amigas, bien a pasar la temporada, bien a pasar un día. El gasto de
los dueños era considerable, pero el sudor del esclavo daba para
todo, y derramando el Gobierno más dinero en Cartagena que en el
resto del virreinato, se podía sin grandes esfuerzos
adquirirlo.
A pesar de haber más de una milla desde la ciudad a la cumbre
del cerro y de ser en extremo pendiente la subida de la cuesta, era
innumerable la concurrencia a la misa solemne que se celebraba a
las nueve de la mañana. Los más regresaban a la ciudad para volver
a la noche a las diversiones del pie del cerro; pero muchas
familias permanecían arriba, durante la temporada, en unas
hospederías cómodas y espaciosas que tenía el convento para
alquilar con este objeto, y muchas más en sus casas de abajo.
Tanto en la planicie de la cumbre del cerro como en la parroquia
de su pie, numerosas mesas de juego, rodeadas del jornalero del
menestral, del marinero y de muchos caballeros de zapato, servían
de sumidero al sudor del pobre y al oro del rico, regocijando al
estafador que los recogía en boliches, pasadieces, bisbises,
roletines y otras invenciones de la infame ciencia del garito.
Costumbre inmoral y desastrosa que no sólo allá y en aquel tiempo,
sino en todos los pueblos de Nueva Granada y hasta ahora se
practica. Ni el escándalo de fomentar este vicio, bajo la idea de
una fiesta religiosa, ni la ruina de las familias, ni los
desórdenes de todo género que el juego produce, ni la prohibición
de las antiguas leyes de los juegos de suerte y azar, ni la mengua
de la dignidad y de la decencia que el roce con cierta clase de
gente causa, ni nada, en fin, puede destruirla; y menos ahora en
que la avaricia y la desmoralización general han inducido a que
las nuevas leyes la protejan.
Una gran sala de baile, construida para ese solo objeto, se
llenaba todas las noches, alternativamente, sin invitación nominal.
Era sabido y conocido lo siguiente: Baile primero: de señoras,
estos es, de blancas puras, llamadas blancas de Castilla. Baile
segundo: de pardas en las que se comprendían las mezclas
acaneladas de las razas primitivas. Baile tercero: de negras,
libres. Pero se entiende que eran los hombres y las mujeres de
las respectivas clases, que ocupaban cierta posición social
relativa, y que podían vestirse bien, los que concurrían al baile.
Terminada la serie, volvía a empezar, y así sucesivamente hasta el
día de la Virgen, que concluían las grandes fiestas. Al
siguiente se retiraban las familias a la ciudad, quedando sólo
algunos restos de aficionados tenaces, en corto número, hasta el
domingo de carnestolendas, que regresaban todos a las de carnaval,
que en Cartagena por aquel tiempo competía con el de Venecia. Y
era de notarse que la alternación en los bailes se hacía
con el mayor orden, sin que el amor propio de los de segunda y de
tercera clase se resintiese, a lo que contribuía mucho el que todos
se hiciesen en la misma sala. En la sociedad humana, la costumbre
es ley, es todo.
Los blancos, que monopolizan el título de caballeros,
como las blancas el de señoras, tenían por la costumbre el
privilegio de bailar en los tres bailes; los pardos, en el de su
clase y en el de las negras; los negros sólo en el de éstas. Y
tampoco había en ello inconvenientes: la costumbre por un lado, y
por otro la más prudente urbanidad los evitaban. Cuando las clases
superiores, que siempre las habrá en la sociedad humana, no hacen
sentir con altivez su superioridad humillando a las inferiores,
éstas no se enconan y se someten voluntariamente a lo que su
posición exige. La aristocracia inglesa sabe y practica esto con
provecho.
Para la gente pobre, libres y esclavos, pardos, negros,
labradores, carboneros, carreteros, pescadores, etc., de pie
descalzo, no había salón de baile, ni ellos habrían podido soportar
la cortesanía y circunspección que más o menos rígidas se guardan
en las reuniones de personas de alguna educación, de todos los
colores y razas. Ellos, prefiriendo la libertad natural de su
clase, bailaban a cielo descubierto al son del atronador tambor
africano, que se toca, esto es, que se golpea con las manos sobre
el parche, y hombres y mujeres en gran rueda, pareados, pero
sueltos sin darse las manos, dando vueltas alrededor de los
tamborileros; las mujeres, enflorada la cabeza con profusión,
lustroso el pelo a fuerza de sebo, y empapadas en agua de azahar,
acompañaban a su galán en la rueda, balanceándose en cadencias muy
erguidas, mientras el hombre, ya haciendo piruetas, dando brincos,
ya luciendo su destreza en la cabriola, todo al compás, procurando
caer en gracia a la melindrosa negrita o zambita, su pareja. Como
una docena de mujeres agrupadas junto a los tamborileros los
acompañaban en sus redobles, cantando y tocando palmadas, capaces
de hinchar en diez minutos las manos de cualesquiera otras que no
fueran ellas. Músicos, quiero decir manoteadores del tambor,
cantarinas, danzantes y bailarinas, cuando se cansaban, eran
relevados, sin etiqueta, por otros y por otras; y por rareza la
rueda dejaba de dar vueltas, ni dos o tres tambores dejaban de
aturdir en toda la noche.
Era lujo y galantería en el bailarín dar a su pareja dos o tres
velas de sebo, y un pañuelo de rabo de gallo o de muselina
de guardilla para cogerlas, las que encendidas todas llevaba la
ninfa en la mano, muy ufana, y era riguroso requisito el dejar
arder el pañuelo cuando la luz de las antorchas llegaba a quemarlo,
hasta que amenazando arder la mano e incendiar el vestido, se
arrojaban fuera de la rueda cabos de vela y pañuelo, que los
espectadores, brincando sobre ellos, se apresuraban a apagar para
no asfixiarse.
Por rústico y democrático que fuera este baile número 4 me
parece todavía más aceptable que los que usa ahora la culta
sociedad. Yo no puedo soportar la vista de un hombre enlazando con
su brazo la cintura de una joven delicada y modesta, como enlaza el
boa del Indostán a su víctima, y dándole un tirón atraerla sobre su
pecho, obligando a la pobre muchacha a volver la cara sobre el
hombro de su opresor para evitar que, sin querer, se encuentren las
bocas de ambos, lo que si alguna vez pudiera no desagradaría, las
más le disgustará, pues la mujer es elegida, no elige, y
frecuentemente hace un sacrificio al dejarse levantar de su asiento
por un importuno repulsivo; y luego el brusco doncel arrebataría en
volandas dando brincos, atropellando a las parejas, y a los dos
minutos tener que pararse jadeantes ambos, sin poder respirar ni
pronunciar una palabra, los rostros encendidos como si les
hubieran dado de bofetadas, bañados en sudor y todo el
cuerpo temblándoles. Hasta los nombres de esos bailes, polacos,
suecos, noruegos, que no se bailan por allá sino cuando el
termómetro de Fahrenheit baja de cero, hasta los nombres, digo, de
esos bailes excitantes nos parecen de áspero sonido para nuestros
oídos.
Los indios también tomaban parte en la fiesta a manera de
zampoña. En la gaita de los indios, a diferencia del
currulao de los negros, los hombres y mujeres, de dos en
dos, se daban las manos en rueda, teniendo a los gaiteros en el
centro, y ya se enfrentaban las parejas, ya se soltaban, ya
volvían a asirse, golpeando a compás el suelo con los pies,
balanceándose en cadencia y en silencio, sin brincos ni cabriolas y
sin el bullicioso canto africano, notándose hasta en el baile la
diferencia de las dos razas. El indio, en todo, hasta en la alegría
manifiesta cierta tristeza; el negro se ríe a grandes carcajadas;
el indio apenas se sonríe; el negro, cuando canta, cuando baila, se
olvida hasta de la esclavitud; el indio, que casi nunca canta y que
cuando lo hace parece que suspira, hasta bailando demuestra que
recuerda y echa menos su antigua salvaje independencia y la
libertad de los bosques, y en su semblante triste y en su aspecto
humilde, y en su mirar reservado indica que protesta contra su
suerte y que dice sin decirlo: "vosotros, blancos y negros, y los
hijos de vuestra mezcla, sois intrusos aquí, sois usurpadores de
mi propiedad, no tenéis derecho a la tierra que pisáis, que es
mía". Y esto es verdad. Pero el negro puede contestarle: -"Yo no
vine aquí por mi gusto; me trajeron como esclavo". ¡Esclavo! ¡qué
palabra!... ¡Sí! ¡la independencia es un bien por mal que
estemos!
Estos bailes se conservan todavía aunque con algunas
variaciones. El currulao de los negros, que ahora llaman
mapalé, fraterniza con la gaita de los indios; las dos
castas menos antagonistas ya, se reunen frecuentemente para bailar
confundidas, acompañando los gaiteros y a los tamborileros. En
lugar de velas de sebo, dan los danzantes a su sílfide, de dos
hasta cuatro esteáricas, que entonces no había, y el
pañuelo ha de ser de seda, que, como antaño, se deja quemar. Antes
estos bailes no se usaban sino en las fiestas de alguna de las
advocaciones de la VIRGEN, y en la del santo patrono de cada
pueblo, sólo en su pueblo; en la del carnaval, y en alguna que otra
notable. Ahora no hay en las provincias de la costa, arrabal de
ciudad, ni villa, ni aldea, ni caserío donde no empiece la zambra
desde las siete de la noche del sábado y dure hasta el amanecer del
lunes, constituyendo el juego y el aguardiente la principal
diversión; así es que los jornaleros y menestrales, malbaratando en
esas dos noches y en el día intermedio cuanto ganaran en la semana,
quedan postrados de cansancio, sus trabajos suspendidos el lunes y
muchas veces el martes, y sus familias y ellos mismos sufriendo
hambre y contrayendo deudas. La necesidad los obliga a trabajar
dos o tres días de la semana, para el sábado siguiente volver a la
misma criminal disipación. Así es que toda empresa de campo en que
haya de trabajarse con jornaleros es perdida, porque nunca puede
contarse con ellos en los momentos más necesarios, y reconvenirlos
es expuesto.
El sentimiento religioso y el respeto que se tenía a la ley y a
la autoridad hacían antes que estas diversiones populares fueran
inocentes, sin que se vieran en ellas riñas, homicidios ni
desórdenes de ninguna clase. En estos tiempos, como más liberales,
todo ha cambiado. En las licenciosas orgías de ahora, sin contar
los pecados de que hoy no se hace caso, ocurren frecuentemente
colisiones sangrientas, en las que hay heridos y muertos, las que
principalmente tienen origen en las mesas de juego y que la
embriaguez agrava. La desmoralización en este sentido parece
irremediable, pues se ha generalizado tanto, que habría peligro
para la autoridad en pretender corregirla. Algunos pueblos se han
hecho notables por sus excesos en esas plebeyas bacanales: el de
San Onofre, en la provincia de Cartagena, tiene fama, pues casi no
hay semana en que no suceda alguna desgracia, y poco menos puede
decirse de los demás, tanto en las orillas del Atlántico como del
Pacífico, y los de las riberas del bajo Magdalena, del Sinú y del
Atrato. El vil y cobarde machete, que en la guerra jamás combate,
jamás vence, sino que asesina cruelmente al vencido por el fusil o
el rifle, ha cambiado su nombre: ya no se llama machete
sino peinilla, y descuartizar, un hombre o cortarle la
cabeza se llama peinarlo. Las cantarinas del currulao o sea
mapalé, celebran en su canto impío las proezas de los
peluqueros y las agonías de las víctimas, y cuando alguna
estrofa impresiona a los danzantes, gritan éstos entusiasmados:
¡Viva la libertad!
En los bailes de primera, segunda y tercera clase, en el primero
tocando la música del regimiento Fijo de Cartagena, en el
segundo la del regimiento de Milicias blancas, en el
tercero, la del regimiento de Milicias pardas, se rompía el
baile con el serio y grave minué por el personaje de más
importancia en cada clase y por la dama de más campanillas, blanca,
parda o negra. Después seguían otros dos o tres minués o minuetes,
que de ambos modos se decía, bailados por gente de alto coturno;
con la diferencia de que el primero lo bailaba sola, ocupando toda
la sala, la pareja privilegiada, por respeto a la categoría, y los
otros podían bailarlos tres o cuatro parejas, eso sí, sin
confundirse. En el entretanto los jóvenes del uno y del otro sexo
se desesperaban con tan larga y cansada etiqueta, en la que según
la importancia de los minueteros se guardaba más o menos
silencio. Pero al sonar el golpe del bombo y el registro del
clarinete anunciando la elegante animada contradanza española en la
que bailan todos con todas, un grito de alegría lanzado por pechos
juveniles, volvía el contento y la vida a la mayoría, que bostezaba
y se dormía con el acompasado minué de las cuarentonas y de los
sexagenarios. A la contradanza seguía el valse, que aunque de
origen germánico se había españolizado adaptándolo a nuestro clima
de fuego, y así sucesivamente. De media noche para adelante
alternaban con la contradanza y el valse algunos bailes de la
tierra, que aunque alegres y vivarachos, no podían inquietar
por su pimpollo a la madre más arisca y regañona, pues los buenos
modales, la decencia y la cortesanía no se olvidaban en ningún
caso, ni aun en las últimas clases, que tendían siempre a imitar a
las primeras.
Además de las tres categorías de los bailes de salón, de la
cuarta de tambores y de la quinta de gaita, había una numerosa,
acomodada, por lo regular bien educada, llamada blancas de la
tierra, con sus correspondientes blancos de la misma clase,
médicos, boticarios, pintores, plateros, etc. A esta clase
pertenecía la aristocracia del mostrador, o sean los mercaderes.
Ella también proveía el seminario y de ella se formaban casi todos
los curas, pero los canónigos y los obispos habían de ser
blancos de Castilla. Las blancas de la tierra, no teniendo
entrada en el baile de primera, mirando con altivez el de segunda
y con desprecio el de tercera, se reunían en sus casas y bailaban
con los hombres de su clase y con los blancos de Castilla, con
música de cuerda, más armoniosa y agradable para bailar que la de
viento. Y lo singular es que las blancas de Castilla, que resistían
admitir en su categoría las blancas de la tierra, por respetables
que fueran, bailaban con ellas en sus propias casas recíprocamente
y se trataban como amigas fuera de éstos tres casos: en las
procesiones; en los paseos en carruaje; en lo bailes de
ostentación. Parecerá que ni el orgullo ni la vanidad pudieran
inventar más subdivisiones de rango, pues aún había otra clase, y
en verdad muy interesante: componíanse de cuarteronas, color entre
el nácar y la canela; de ojos de lucero chispeando fuego y amor y
dentadura esmaltada cual hileras de perlas panameñas, sólo un grado
inferior a las blancas de la tierra, casi pobres, las más
cigarreras, costureras, modistas, bordadoras, etc, de traje modesto
de zaraza o muselina y calzarlo de rasete. Estas, con los mozos de
su clase, decentemente vestidos, bailaban sin otra música que la
de una o dos arpas cartageneras que las mismas muchachas tocaban, y
aún tocan, maravillosamente, y la de una o dos flautas de
aficionados que las acompañaban. Los blancos de Castilla y los
blancos de la tierra se desertaban furtivamente a bailar con ellas,
dejando sus salas desiertas y muchas veces se necesitaba enviar
comisionados a buscarlos, a reserva de la correspondiente
reprimenda por semejante descortesía, la que no impedía la
reincidencia al menor descuido. Mas para honra de la época debo
decir que el mismo Catón el Censor no habría podido encontrar en
aquella animada alegría de todas las clases, un solo pecado
que pasara de venial.
Todas estas divisiones y subdivisiones insensatas, inventadas
por el orgullo humano, desaparecen rápidamente entre nosotros: el
equilibrio natural y legitimó va estableciéndose, y los enlaces
matrimoniales, más que otra cosa, lo prueban. Pero la mala fe
tiende a empujar la sociedad al extremo contrario, lo que quizá es
peor que lo primero, porque precipita al desorden, degrada la
dignidad y mata todos los estímulos de honroso y decente
comportamiento para merecer y obtener una posición en la
sociedad.
Como en las casas no cabía la muchedumbre que concurría a las
fiestas, las ramadas y los toldos, a manera de tiendas de campaña,
llenaban la falta y aumentaban la animación y la alegría, con la
franqueza y cordialidad campestres.
Numerosas cantinas, restaurantes, bodegones de menor cuantía,
botillerías, confiterías, más o menos abastecidas satisfacían las
necesidades o los gustos de los concurrentes que no tenían casa
provista y aun los de aquellos que la tenían. En ese tiempo no se
sabía en Cartagena ni en todo el virreinato que hubiera en el mundo
cerveza, vino de Champaña, de Burdeos, del Rin, ni sidra de
Normandía, ni ginebra de Holanda; pero en cambio sobraban el
vigoroso vino tinto catalán, el seco de Málaga, que llamaban "de
celebrar", el San Lúcar, el Jerez y otros vinos generosos
españoles, a moderado precio. El brandy no se conocía,
porque no se usaban las palabras inglesas hablando castellano; pero
había superior aguardiente de uva puro, anisado del país,
mistelas, rosolis y otros licores dulces de rosa, de piña, de
naranja para los que podían pagar un real, una peseta, un peso, y
excelente y suculento guarapo de caña clarificado, para los que
sólo podían pagar un cuartillo o medio cuartillo. Desgraciadamente
para la humanidad, los licores embriagantes no faltan en ninguna
parte ni en ninguna fiesta, cuando no son unos, otros, y cada día
su consumo aumenta en todas las clases, con ruina y mengua
de las familias, con degradación del hombre, con escándalo y
desmoralización de la sociedad. Da tristeza el decirlo, pero más
triste es que sea verdad.
El crepúsculo de la mañana, que allá con resplandor creciente va
iluminando el espacio infinito, dos horas antes de que el sol se
muestre sobre el horizonte, empujaba a todos al descanso; y el
silencio sucedía al bullicio, y el sueño, imagen de la muerte, a
la agitación de la vida, para cuatro horas después hallarse en
disposición, unos de oír misa en el alto, y todos de rezar la
novena, si no en la iglesia, en sus casas, ramadas o toldos.
En algunas casas principales había oratorios en los vastos
corredores del frente, en los que se decía misa y se rezaba la
novena a la hora en que se hacía en la iglesia del cerro, siendo
admitidos sin distinción cuántos cabían en el corredor, blancos y
negros, amos y esclavos; y esto facilitaba a todos cumplir el
deber religioso, con fervor sincero, sin que el placer de los
sentidos lo hiciera olvidar nunca. El cristianismo, declarando a
todos los hombres hijos de un mismo Dios, los ha declarada
iguales; pero solo en los templos católicos y en los augustos actos
de la religión católica se ve la igualdad.
Llegaba por fin el gran día de la purificación de la MADRE POR
EXCELENCIA, BENDITA ENTRE TODAS LAS MUJERES. Coches,
faetones, berlinas, quitrines y hasta las carretas se ponían en
movimiento desde las cinco de la mañana, llevando gente de todas
las categorías y de todos los colores, de la ciudad al Pie de la
Popa.
El lujo que se ostentaba en ese día solemne asombraría hoy: en
hombres y mujeres el terciopelo, el tisú, el brocado, la sarga
aborlonada, el tafetán doble eran lo corriente. Yo alcancé en los
magnates el calzón corto, la casaca redonda y el chaleco largo,
todo de seda y bordado de oro o plata, las medias de seda, los
zapatos con grandes hebillas de oro, un reloj en cada faltriquera
del chaleco, con sendas cadenas de oro, de las que pendían racimos
de llaves de cornerina, sellos y otros dijes. Alcancé en las
matronas la rica basquiña de seda, el tontillo, que no era otra
cosa que la crinolina de hoy, la camisa "pechona" de fina batista
guarnecida de triple arandela de riquísimos encajes de Flandes,
faja de galón de oro de dos pulgadas de ancho ciñendo la cintura,
abrochada con hebilla de oro esmaltado o cincelado, y babuchas de
lama de oro o de plata.
Los jóvenes empezaban a usar la reforma introducida por la
revolución francesa en el vestido: pantalón largo, zapatos con
lazos de cinta en lugar de hebillas; pero era de rigor en viejos y
jóvenes el alfiler de brillantes en el pecho, y una gran sortija
con un grueso solitario, u otra piedra preciosa.
En el vestido de las jóvenes también empezaban a introducirse
alteraciones sustanciales: traje largo, estrecho, talle alto y
manga corta "a la María Luisa" (reina de España), bien de rica
batista bordada, bien de seda, relegando la crinolina, o sea el
tontillo, a las viejas. Pero los peinetones y peinetitas, con
listones de oro, los tembleques de perlas, los grandes zarcillos de
oro y piedras preciosas o gruesas perlas que les rasgaban las
orejas; las pesadas cadenas de oro a la filigrana, dándoles dos o
tres vueltas en el cuello, con un gran medallón del mismo rico
metal con la imagen en pintura de alguna virgen o de algún santo,
los dedos de las manos cuajados de sortijas de brillantes,
esmeraldas, rubíes, topados; los brazales de oro, con su roseta de
perlas, el rico pañuelo de batista en una mano, el abanico de
plumas o de cabritilla en la otra, eran adornos comunes a las
matronas y a las jóvenes.
Y no se piense que este lujo oriental estaba reservado a
la clase privilegiada: lo usaban igualmente los de las otras que
podían, pues en ellas había también ricos, y ninguna ley suntuaria
se lo prohibía. Entonces, como antes, como ahora, tener o no tener
ha establecido en la sociedad humana una diferencia entre las
diferencias, y hasta cierto punto tener iguala a los que
tienen, y no tener iguala a los que no tienen. Sólo la
espada y el sombrero de tres picos con la escarapela encarnada
estaban reservados para los grandes personajes en los días de
ceremonia.
En todas las clases los que no tenían con qué usar piedras
preciosas, que era la pasión dominante, heredada de antiguo de los
moros, las usaban falsas de imitación, al oro lo reemplazaba la
plata dorada, a la perla fina la falsa, y así de lo demás. En las
últimas clases, cuyo vestido era con poca diferencia el de hoy, el
esmerado aseo suplía el lujo de las primeras. En las tierras
calientes el baño es un placer que no tiene equivalente en las
tierras frías; es pues el aseo una necesidad que se llena con
gusto, y el baño facilita llevar siempre limpia la ropa, aun a
aquellos que, como nuestros soldados, la lavan por sí mismos.
Llegamos a la fiesta del GRAN DIA. Por lo regular
pontificaba en ella el obispo, con asistencia de los cabildos
secular y eclesiástico y de las autoridades, siendo quizá la más
solemne de las de Cartagena, en donde lo eran todas, bien que la
pequeñez del templo no permitía que asistiesen a ella en su
interior la centésima parte de los concurrentes.
La procesión por la tarde completaba la imponente función. Al
presentarse las andas de la Virgen en la puerta del templo, el sol
declinando al poniente hacía brillar el riquísimo rayo de plata
dorada incrustado de piedras preciosas, que rodeaba la sagrada
pintura, y en el instante todas las cabezas se descubrían,
inclinándose reverentes sobre el pecho, y veintiún cañonazos de la
plaza saludaban a la imagen de la Rosa mística. Refugio de los
pecadores, Reina de los ángeles.
El estampido sonoro del cañón de calibre de a 24, que por largo
rato retumbaba; el humo del incienso de veinte incensarios que, en
fragantes y blancas columnas lentamente se levantaba y esparcía, y
principalmente los cánticos sagrados que acompañaban una música
melodiosa de capilla, embelesaban el alma, y llevaban el
sentimiento religioso, con ternura inefable, con fe y esperanza,
derecho al corazón, "porque el canto nos viene de los ángeles y el
manantial de los conciertos está en el cielo".
La música militar cerraba detrás de las autoridades la
majestuosa pompa, dándole mayor auge y solemnidad.
Siendo el espacio en la planicie de la cumbre del cerro
sumamente estrecho y corto para permitir el movimiento de la
numerosa concurrencia, la procesión marchaba con la mayor lentitud,
sobre una alfombra de flores y hojas olorosas, llegando a la cruz
telegráfica de la vigía al mismo tiempo que el sol desaparecía
como si se sumergiera en el mar, que desde allí se domina en la
mitad de la circunferencia. El que no haya visto el mar no tiene
idea de lo grandioso, de lo inmenso, de lo infinito. Para mí,
lejos del mar no hay vida, y ruego a Dios me conceda morir oyendo
su ronco bramido.
En aquel punto mil voces fervorosas entonaban algunos
versículos de la novena, y al decir "MARIA se venera en la
cumbre de los montes, y los navegantes se regocijan con viento en
popa", viéndose al mismo tiempo el sublime espectáculo de las olas
estrellándose en la playa, y retrocediendo para volver a
estrellarse, sin traspasar el límite que les señaló el dedo del
Omnipotente, conmovían hondamente el ánimo, y la imaginación
volaba sobre la superficie de las aguas en busca del navegante en
conflictos, y todos los ojos se volvían a la imagen de
MARIA, implorando a la reina del cielo socorriese al pobre
marinero, que tantos trabajos y peligros pasa para
conseguir un escaso alimento, llevando a otros la abundancia y la
riqueza.
Seguían diariamente las fiestas de iglesia de los gremios de
mercaderes, de artesanos, de la matrícula de marina, de las
maestranzas, etc., hasta el domingo de carnaval, último día, que
tocaba a los negros bozales. Entonces los había en gran número, a
los que se agregaban algunos de los ya nacidos en el país, todos
esclavos.
Siempre tuvieron ellos en la ciudad y las haciendas sus cabildos
de mandingas, caravalíes, congos, etc., cada uno con su rey, su
reina y sus príncipes, porque en Africa hay aristocracia, aunque
salvaje, y el negro tiene el instinto y la tradición de la
monarquía absoluta: Cristóbal y Zoulouque en Haití lo han
probado.
En ese día, imitando con alegría las costumbres y vestidos de su
patria, recuerdos siempre gratos a todos los hombres, embrazando
grandes escudos de madera forrados en papel de colores, llevando
delantales de cuero de tigre; en la cabeza una especie de rodete
de cartón guarnecido de plumas de colores vivos; la cara, el
pecho, los brazos y las piernas pintados de labores rojas, y
empuñando espadas y sables desenvainados, salían de la ciudad a las
ocho de la mañana, y bajo el fuego abrasador del sol en una
latitud de diez grados y al nivel del mar, iban cantando, bailando,
dando brincos y haciendo contorsiones al són de tambores,
panderetas con cascabeles, y golpeando platillos y almireces de
cobre; y con semejante estruendo y tan terrible agitación,
algunos, haciendo tiros con escopetas y carabinas por todo el
camino, llegaban a la Popa bailados en sudor, pero sin cansarse.
Las mujeres no iban vestidas a la africana, esto es, no iban casi
desnudas; sus amas se esmeraban en adornarlas con sus propias
alhajas, porque hasta en esto entraba la emulación y la
competencia. Las reinas de cada cabildo marchaban erguidas,
deslumbrantes de pedrería y galones de oro, con la corona de reina
guarnecida de diamantes, de esmeraldas, de perlas, y negra bozal
se veía que con la riqueza que llevaba encima habrían podido
libertarse ella y su familia, y que pasadas las fiestas volvía
triste y abatida a sufrir el agudo dolor moral y las penalidades
físicas de la esclavitud.
Sólo el rey y la reina podían llevar paraguas, como un
privilegio exclusivo de la majestad real. Las princesas y las
damas de la corte, no pudiendo llevar sombreros, se cargaban la
cabeza de guirnaldas y ramos dé flores, tanto por alivio como por
adorno.
Aquellos eran días de casi libertad para los esclavos. Siendo
ellos protegidos por la veneración que se tenía a la MUJER
escogida por Dios para "consuelo de los afligidos", sus
amos les daban solaz y holganza, y no habrían podido hacer lo
contrario aunque hubieran querido, porque la costumbre y la
opinión los obligaba a ello, y la autoridad misma lo exigía.
Oída la misa solemne a las doce del día, bajaban todos llenos de
contento y de unción religiosa, con la misma agitación con que
habían subido, y entraban en la ciudad como a las tres de la tarde,
hora en que el calor terrible, sofocante, llega en Cartagena a su
mayor intensidad; y las reinas y las princesas se apresuraban a
devolver a sus amas las valiosas alhajas de su adorno, temblando
de haber perdido alguna, lo que no sucedió jamás. Desde aquel
momento hombres y mujeres quedaban completamente libres para
divertirse en sus cabildos hasta las seis de la mañana del
miércoles, que oían misa en San Diego, en el altar de San Benito el
negro, en la que el sacerdote les imprimía en la frente la cruz de
ceniza con que la religión católica recuerda a todos los hombres,
blancos y negros, amos y esclavos, ricos y pobres, opresores y
oprimidos, que no son mas que polvo, y que en polvo se han de
convertir, sumergiéndose con su orgullo, con su
vanidad, en el seno de la sepultura.
En aquellas espaciosas casas de campo, en aquellas risueñas
quintas del Pie de la Popa, del Espinal, de Manga, que rodeaban a
Cartagena, teniendo todas su huerta y su jardín abundaban los
árboles frutales y las flores; y los efluvios olorosos del azahar,
de la azucena, del jazmín de España, del jazmín de la tierra, de la
mosqueta, del lirio, embalsamaban el aire templado, que los
cartageneros, saliendo del abrasador recinto de nuestras
magníficas murallas, aspirábamos con ansia, lo que era uno de los
mayores goces de la temporada.
Estos recuerdos de mí infancia y de mi primera juventud me
parecen un sueño. ¿Cuántos de los millares de hombres y mujeres que
vieron lo que yo refiero y que vi yo vivirán hoy? Bien pocos serán,
porque no a todos les es concedido, como a mí, gozar y sufrir
sesenta y seis años sobre la tierra. Y yo que he pasado tantos
trabajos; yo, que he recorrido los mares luchando con la tempestad;
yo, que me he encontrado en tantos combates, siempre vencedor, una
sola vez vencido; yo, que he recibido tres balazos en mi cuerpo;
yo, que he visto al cólera precipitar a la eternidad, en cinco
semanas, más de la tercera parte de mis compatriotas en la ínclita
ciudad en que absorbí el primer aliento de la vida, yo existo!
¡Gracias Dios mío!
