VIII
 

 

El señor Caicedo entró en conversación tranquila conmigo. Yo le informé del estado de efervescencia en que se encontraba nuestro campamento, con el crecido número de fogosos y demagogos que dominaban al general Moreno y tenían en presión al general López; que la rivalidad entre la división Casanare y la mía no se disimulaba ya; que el general López era mas bien un moderador que un general en jefe; pero que entre perder absolutamente su popularidad en su parti­do, o estrellarse con el Gobierno, yo temía que al fin prefiriese lo segundo, porque su posición era verdadera­mente difícil, y hasta cierto punto le forzaba a contem­pIar a su gente para contenerla. "Todo terminará por lo pronto, con la medida que he tomado y que voy a comunicarle; vuélvase usted, porque en estos momentos corre usted peligro aquí, y no diga usted allá nada de lo que ha visto y oído", fue su respuesta.

Yo encontré mi campamento en ebullición. Las suposiciones más absurdas agitaban los círculos de los discutidores, cuando un oficial de la secretaría de guerra, a caballo, a todo galope llegó y entregó un pliego al general López, en que se le prevenía retirarse a la ha­cienda de Techo, sin cuidado alguno, y no dar un paso sin orden del Gobierno; que nombrara jefes y oficiales de su confianza que se hiciesen cargo de los cuerpos de la división Callao para conducirlos en la mañana siguiente a unirse a nuestro ejército, y participándole minuciosamente las medidas dictadas y aceptadas res­pecto de lo demás.

El general López obedeció en el acto, comunicando por conducto del jefe de estado mayor general la orden de prepararse para marchar al punto designado por el Gobierno. Oigamos ahora al general López:

"Yo me ocupaba -dice- en contestar al Vicepresi­dente que todo sería hecho como su excelencia lo pre­venía, cuando el expresado jefe dé estado mayor me par­ticipó que los generales y jefes colocados en sus respec­tivos puestos, decían que de ninguna manera darían un paso atrás, y que por consiguiente, la orden de pernoc­tar en Techo no sería obedecida, pues todos generalmenteprotestaban que allí pasarían la noche en pié, antes que hacer un movimiento retrógrado, fundándose en que esto los desacreditaba; y que por otra parte durante la noche podían ser sacrificados no sólo los jefes que iban a tomar el mando de los cuerpos, sino también los patrio­tas habitantes de la capital, que estaban más comprometidos que nunca por las demostraciones de regocijo que habían hecho a nuestra aproximación. Yo concluí mi no­ta, monté a caballo resuelto a obedecer y hacerme obe­decer, y a viva voz ordené que se emprendiese la con­tramarcha a Techo, so pena de ser tratado como conspi­rador el que se opusiese a mi orden, y previne que se emprendiese la marcha en el orden inverso en que estaban los cuerpos, poniéndome yo a la cabeza con mi estado mayor. La orden fue obedecida en perfecto si­lencio.

Comete error el general López en hablar en térmi­nos tan absolutos de que los "generales, jefes y oficia­les decían que de ninguna manera darían un paso atrás", etc., pues ni yo, ni ninguno de la división Cun­dinamarca lo dijo. Lo demás es cierto en todas sus par­tes. El general López me tranquilizó completamente res­pecto de los temores que yo tenía de que inclinase de­masiado el peso de la balanza hacia su partido. Impuso a todos, con espada en mano, encendido el rostro y voz imperiosa, y se hizo respetar con valor y energía.

Mientras esto pasaba en nuestro campo de Agra­mante, tenía lugar otra escena terrible en la capital. Los jefes y los oficiales, obligados a separarse de sus sol­dados, lo que entre militares se asemeja a separarse de sus familias; el sonrojo que les causaba la expulsión que se les imponía; la separación precipitada e indefinida a que se les obligaba, a muchos de sus esposas e hijos, a otros, de esos amores que en la juventud llenan y em­bellecen la vida; el justo sentimiento que les causaba el abuso que se hacía de su buena fe, cuando fiados en la palabra del alto magistrado de la nación y del general en jefe, solemnemente empeñada, se habían incautamente sometido y jurado obedecerles; todo esto producía en ellos un enojo que llegaba a la desesperación. Unos pi­sotearon sus charreteras, otros rompían sus espadas, y aun algunos soldados hacían pedazos sus fusiles; pero obedecieron. Mucho respeto debía inspirar el Vicepresi­dente, y mucha influencia debía tener Jiménez sobre su tropa cuando esto pudo conseguirse. La última despe­dida de los jefes y oficiales al separarse de sus soldados, fue un momento de crisis: en los cuarteles se lloraba a gritos; las lágrimas surcaban las mejillas de los vete­ranos, y voces alarmantes se oyeron de: "¡al combate, antes morir en el campo de batalla que sufrir esta de­gradación humillante!" -" ¡No, compañeros y amigos! hemos dado nuestra palabra de obedecer y tenemos que cumplirla. ¡Adiós!", exclamaron los jefes y oficiales saliendo en tropel, dejando a sus soldados dando gritos de desesperación. Esto tuvo lugar en la tarde del 13 de mayo.

 

 

lX
 

 

Al día siguiente de la triste escena que acabo de re­ferir, como unos 150 jefes, oficiales, sargentos y cabos venezolanos, pidieron su pasaporte para fuera de la Nueva Granada, y se les concedió. Además sacaron co­mo asistentes unos 200 soldados, todos venezolanos: no había interés en impedir esto; al contrario, se deseaba, y por consiguiente no se hizo la menor objeción. Unos 40 húsares, zambos apureños, montaron a caballo en la noche del 13 al 14 y se fueron sin pasaporte ni licencia de nadie, y se abrieron paso para Venezuela, ayudados más bien que hostilizados por las poblaciones del trán­sito. Muchos otros soldados, granadinos, se salieron de los cuarteles y se fueron para sus casas, auxiliados también por los campesinos de las aldeas por donde pa­saban.

Sin embargo de tantas bajas y de esta cuasi disolu­ción, pudieron salir el 15, a las siete de la mañana, unos 1.200 hombres de la división Callao y de los res­tos de la división Boyacá, a unirse a nuestro ejército, sin uno solo de sus jefes y capitanes, y apenas unos seis u ocho subalternos.

El ejército había regresado de Techo, y nos hallábamos acampados en el mismo paraje de donde nos re­tiramos en la tarde del 13, y se fijó la entrada triunfal para las diez, a fin de dar tiempo para completar los

preparativos para el recibimiento. Ya los balcones y ventanas estaban colgados y llenos de mujeres; los campaneros vigilando en las torres, esperando la señal para los repiques; los muchachos colocados en sus puestos con manojos de cohetes para hacerlos estallar a su tiempo; canastas de flores abundaban en los balco­nes para que las jóvenes se hiciesen ver, al arrojar manotadas sobre los héroes triunfadores; en fin, todo estaba listo, como, se alista para recibir al vencedor, sea el que fuere, cuando sonó la hora señalada. Conforme a las órdenes recibidas formó el ejército en columna cerrada por medios batallones de frente, y la caballería a retaguardia, en toda la ancha calle de San Victorino hasta la alameda. El general López se presentó con su estado mayor, y haciendo la señal de "atención", pronunció una corta arenga, que no todos pudieron oír. De ella apunté en mi memorandum estas nobles palabras:

"¡Soldados, compañeros y amigos! ya está cumplida la obra de nuestra misión gloriosa; ya no nos resta más que realzar con nuestra moderación, con nuestra ciega obediencia al Gobierno y con nuestra sumisión a la ley, el mérito que hemos contraído en los campos de ba­talla".

Dijo dos o tres frases más sobre la gloriosa batalla de Palmira y sobre el ilustre general José María Oban­do, que no merecen la pena de repetirse. Seguidamente hablaron otros, y haciéndose ya cansada la parlería, el tambor de órdenes tocó redoble. Seis mil hombres se pusieron en marcha al estruendo de las músicas, de los tambores, de los cornetas, de los cohetes, de los repiques de campanas y de las aclamaciones, que a veces suelen ser más favorables mientras más temible es el triunfador.

Formados en masa cerrada en la gran plaza de la catedral, se presentó el Vicepresidente a pie con los ministros del despacho, el capitán de su guardia y algunos otros altos funcionarios. Hable ahora el general López, porque quiero que sea él y no yo quien refiera un acto que tengo que reprocharle con toda la severidad que requiere la violación de la palabra solemnemente empeñada; dice así:

 

"Llegado a la plaza principal me presenté con el es­tado mayor al Vicepresidente para felicitarle, a nombre del ejército, pedirle órdenes, y darle cuenta de que iba a proceder a la disolución del batallón Callao en presencia del jefe de la administración, del pueblo y de las tro­pas. En seguida se verificó esta operación solemne en la misma plaza, y dejó de existir el nombre del cuerpo que sirvió de base a la detestable conspiración que en agosto del año pasado derrocó al Gobierno y con él la Constitución del mismo año. La bandera de este batallón fue remitida por mí al Concejo Municipal de Po­payán para que se conservase en su sala como perpetuo recuerdo de que al patriotismo y denuedo de los hijos de ese país, se debió principalmente el restablecimiento de la libertad, y de que habían ellos sabido cumplir su palabra de morir o anonadar la tiranía. Este día es, sin duda alguna, uno de los más faustos de mi vida, y es­pero que la posteridad lo recordará con beneplácito".

Fíjese bien el lector en una circunstancia notable: el general López llega a pedir órdenes al Vicepresidente; no las espera, y le dice: "voy" a disolver el Batallón Ca­llao, aquí a vuestra presencia, a la del pueblo y del ejér­cito", para castigarlo; y sin esperar la respuesta lo hace. ¿Qué facultad tenía el general López para una demasía semejante? Ninguna. La disolución de un cuerpo anti­guo del ejército, que llevaba un nombre que conquistó en el Perú, por sus proezas en el sitio del Callao, veri­ficada a la presencia del jefe del Gobierno, único que podía decretaría en otra forma, fue un abuso de auto­ridad, fue un insulto a ese mismo magistrado, que sintió la ofensa y la devoró en silencio, porque las circunstan­cias le obligaban a ello. La remisión de la bandera del batallón a Popayán, fue una tristísima parodia del en­vío que hizo el Gran Mariscal de Ayacucho al museo de Bogotá de las banderas de Pizarro. ¡Miseria humana!

Hay cosas que deben hacerse, que es útil que se ha­gan, pero que por el, modo como se ejecutan se hacen odiosas. El batallón pudo y debió disolverse, por reso­lución del Gobierno, por cualquiera de los muchos mo­tivos que hacían necesaria la disminución del ejército; pero en el acto de la degradación de aquél cuerpo eje­cutado por el general López, no se tuvo en cuenta esto, sino afrentar a los comprometidos en la revolución del año anterior, que delincuentes o no, estaban ya absuel­tos por el Gobierno supremo y por el mismo general López, en un tratado que el honor de ambos les obligaba a sostener hasta donde era posible, y que en su artículo 2º, como hemos visto, dice así:

"Se consigna a eterno y perpetuo olvido todo lo pa­sudo; y de uno y otro lado se promete guardar la más juiciosa moderación respecto de los acontecimientos, actos y opiniones políticos anteriores, como que, el bien público, la tranquilidad y la concordia son, y deben ser en adelante, la base de toda operación".

Conceder esta gracia estaba en facultades constitucionales del Gobierno, y así nada puede justificar su infracción intencional.

Yo confieso y me complazco en confesar que el ge­neral López prestó en aquellos azarosos días servicios inmensos; que su venida salvó infinidad de dificulta­des; que adquirió títulos por ello a la gratitud nacional y a que la posteridad lo recuerde "con beneplácito"; pero precisamente el acto en que funda esa esperanza, es un borrón, que dejó caer sobre la página de la histo­ria de esos tiempos en que aparece su nombre con jus­ticia altísimamente honrado.

Ese cuerpo, lo mismo que todos los de la división Callao, se había sometido voluntariamente bajo la fe de los tratados; el general López lo tenía allí en medio de su ejército; habla sido llamado para hacer más lúcida la entrada a la capital y dar una muestra pública de la fusión de los partidos. Fue, pues, un acto de deslealtad, un horrible y vergonzoso abuso de la fuerza lo que se hizo con él.

Dije que el general Urdaneta había cumplido con lo prescrito en el convenio licenciando los cuerpos de milicia a su servicio, y que el general López, lejos de verificarlo, había aumentado los suyos. No le hago car­go por ello: era una necesidad imperiosa la de hacerse respetar de la división Casanare y de la división Callao, en cualquier caso posible, y por consiguiente esa infrac­ción del convenio era plausible y a nadie dañaba.

 

 

 

X
 

 

El Vicepresidente, tanto porque creyó cumplida su misión como por el profundo disgusto que le causaban las demasías que no podía evitar, y las ruines censuras de que era víctima por su sistema de gobierno, dio cuenta al Consejo de Estado de todo lo ocurrido, indi­cándole que sería conveniente que él dejara el mando y se nombrase otro ciudadano en su lugar, encareciendo al Consejo no sólo por escrito sino de palabra que así lo hiciese. Esta noticia divulgada en el público causó un terror extraordinario. Los hombres de persecución la aplaudieron, y hacían esfuerzos para que el Consejo aceptase la renuncia y nombrase al general Obando (José Maria), que se aguardaba de un momento a otro, o al general Moreno; pero el Consejo unánimemente negó la renuncia, y con ello restableció la confianza a despecho de los exaltados. Ya estaban desarmados e in­defensos los hombres que podían dar cuidado a los más meticulosos; mas no eran temores los que tenían, era furor de persecución y de venganza.

 

 

XI
 

 

Después de una guerra civil, después de un gran sacudimiento político, en el que un número considera­ble de ciudadanos de todas las clases ha tomado parte, o sea después de una restauración cualquiera, queda la nación dividida en vencedores y vencidos; los primeros altivos los segundos abatidos, devorando amenazadores la humillación del vencimiento. Una conducta concilia­dora, moderada y prudente de parte del poder que sub­rogue al caído, es una necesidad imperiosa para la pro­pia seguridad del vencedor. Si, por el contrario, se pre­tende reducir al vencido a la condición de paría o ilota, el encono se hace eterno, se trasmite de los padres a los hijos, el odio de los partidos se perpetúa y el vencedor no podrá sostenerse sino por la fuerza y la vio­lencia que no afianza ningún poder, a no ser a lo turco. ¿Por qué en todo tiempo se ha olvidado el partido libe­ral entre nosotros de estos principios, cuya exactitud ha probado la historia?

 

En la revolución de 1830 y la contrarrevolución, o sea restauración de 1831, ambos partidos pretendían estar en su derecho; y examinando la cosa con impar­cialidad sería muy difícil fallar cuál de los dos fuera el rebelde. El colombiano, malamente llamado boliviano, había dado una Constitución dictada por un Congreso compuesto de los representantes de todos los pueblos de Colombia y nombrado un Gobierno esencialmente co­lombiano. Creía, pues, ese partido que todo lo que no fuera procurar mantener la integridad nacional hacer observar esa Constitución y respetar ese Gobierno en toda la extensión de la República, eran actos proditorios.

El partido llamado liberal empezó por negar al Con­greso colombiano la legalidad de su misión, la validez de sus actos y la legitimidad de los magistrados qué nom­brase. En algunos puntos ocurrió a las vías de hecho para sostener estos principios. Uno de sus pronombres pretendió desmembrar la Nueva Granada regalando la extensa y rica provincia de Casanare a Venezuela, y se declaró venezolano, haciendo esto antes de saber lo que estatuyera el Congreso, y quiénes serían los magis­trados que nombrara. En fin el partido liberal, por la prensa, por actos oficiales, por representaciones y de varias otras maneras, dijo que se sometía condicional­mente al Gobierno establecido por el Congreso, sólo por consideración a las personas elegidas, lo que era lo mismo que protestar contra la Constitución en virtud de la cual se hizo el nombramiento. Luego, ese partido que a fuerza de suplicas se había sometido con pro­testas y reticencias, logra sojuzgar al Gobierno, insulta al partido colombiano, lo amenaza, lo ofende, y con su intolerancia lo precipita al campo de batalla. Triun­fa éste por el momento, cae el Gobierno establecido en los departamentos del centro; la ley suprema de toda sociedad obligaba a establecer otro, de la única manera que se podía, y se llama al Libertador y fun­dador de la República para que venga a procurar su reintegración. Este bien iba a lograrse: por todas par­tes se movían los pueblos; el triunfo de la causa parecía seguro, cuando Dios dijo: "No quiero".

 

Colombia se hundió en la tumba de Santa Marta, y el partido colombiano quedó aturdido, desconcerta­do, disuelto.

El Gobierno provisorio existente convoca una Con­vención de los representantes de los departamentos del centro que lo obedecían, para devolverles el poder de que se hallaba revestido, y sin embargo de esta pru­dente medida no se quiere esperar.

El departamento del Cauca se había declarado parte integrantes del Estado del Ecuador; una traición militar da a, los caudillos de aquel departamento un triunfo que aumenta sus fuerzas; el Gobierno provisorio se cree en el deber, y lo estaba en efecto, de conservar a la Nueva Granada, tan preciosa joya, prepara un ejército de cuatro mil hombres para conseguirlo, y la guerra mas espantosa amenaza asolar los departamentos del centro. ¿Cuál de los dos partidos es más culpable de las desgracias sufridas y de las dificultades de la situa­ción?

En semejante conflicto la sangre granadina hierve en mis venas, juzgo poder llegar por otros medios al término que el Gobierno se proponía, y me aventuro a dar en la ciudad de la Plata el grito de ¡Paz! La paz se obtiene por una transacción solemne, el partido colombiano confiando en la buena fe de su adversario depone las armas y se somete a lo pactado...

¿ Tenía el partido liberal derecho a considerarse ven­cedor y a tratar al partido colombiano como a rebelde vencido? Todo hombre de honor dirá: ¡no! Y sin em­bargo esto fue lo que hizo.

 

 

XlI
 

 

El Vicepresidente, respetándose a sí mismo, proce­diendo como hombre de Estado y hábil político, resis­tía incontrastable a las exigencias de persecución, que los frenéticos gritones, favoritos del general Moreno, va­liéndose de este mismo general, le hacían, hasta insolen­temente. Repetíanse, pues, en 1831 las escenas de 1830 por los mismos hombres, ahora apoyados en la división Casanare, entonces apoyados en el batallón Boyacá. En 1830 trataron de desconocer al Gobierno si admitía la renuncia de sus ministros; en 1831 le amenazaron ter­minantemente su destitución con vilipendio si no los removía, si no se degradaba violando su palabra tan sagradamente comprometida en Apulo.

Cuatro días después de haber entrado a la capital el Vicepresidente había convocado una Convención de diputados de los departamentos del centro, la que desde su convocatoria se llamó "la Convención Granadina". En el decreto reglamentario para las elecciones se ob­servaron en todas sus partes los principios establecidos por el Congreso de Cúcuta y por el de 1830, fijándose la edad de treinta años para ser diputado. Gritaron por esto los colegiales, y las aulas se agitaron.

Hemos visto que, nombrados los señores Gual, Vélez y general Obando (José María) ministros del Despacho, y hallándose ausentes, dispuso el Vicepresidente que continuasen los señores García del Río, Mendoza y general Pey, ministros del general Urdaneta, hasta que viniesen los nombrados; medida transitoria de muy pocos días que tenía por objeto probar al gran número de los com­prometidos, que el olvido ofrecido en Apulo no fue por parte del jefe del Gobierno una promesa falaz, para desarmarlos. Eran los señores Pey y Mendoza dos ancia­nos, de respetabilidad completa, que no habían tenido la menor parte en los acontecimientos que derrocaron al Gobierno y que se habían prestado a servir bajo la ad­ministración del general Urdaneta, rogados por todos, como una garantía. García del Río había renunciado. Sin embargo, en concepto de los frenéticos, la conserva­ción de esos dos viejos, hijos de Bogotá, por dos o tres semanas en el ministerio, probaba a no dejar duda que el jefe del Gobierno era indigno de la confianza del partido liberal, y que por consiguiente debía prescin­dirse de él y nombrarse un dictador para apoderarse del general Urdaneta y algunos otros y fusilarlos. Que­rían sangre.

Otro de los motivos que se alegaban para acusar unos de débil y otros de sospechoso al Vicepresidente era que algunos de los militares que habían pedido su pasaporte, aún estaban en la ciudad y salían a la calle; como si fuese tan fácil a militares pobres ausentarse de un país en veinticuatro horas, siendo muchos de ellos padres de familia, que tenían que llorar al despedirse la orfandad en que las dejaban, y cuando desarmados y en impotencia de dañar, ningún motivo había para exigir su salida atropelladamente. ¿Qué derecho había para ello? Ninguno: el furor de la venganza. Quizá al­guno me acusará de exagerar los hechos y calificará mi escrito de una diatriba apasionada y calumniosa contra el partido liberal. Si hay quien me haga esta injuria, le ruego que lea con atención, el artículo siguiente:

 

 

XIII
 

 

El general López en sus Memorias dice:

"La entrada de los restauradores en la capital no era todo lo que deseaba el partido republicano, sino también la plena seguridad por la conducta que obser­vara el Gobierno, de que nada había que temer por par­te de los bolivianos, a quienes debía ponerse en incapa­cidad de amenazar la existencia del orden legal. Así es que el celo de los liberales se exaltaba demasiado, vien­do al encargado del Poder Ejecutivo todavía rodeado de las personas que habían figurado en las escenas pasadas, ya al lado del dictador Bolívar, ya al del usurpador Ur­daneta; mientras que los generales, jefes y oficiales qué habían servido a las órdenes de este último, aún se pa­seaban ufanos en la ciudad, no obstante la promesa que se había hecho de que todos ellos saldrían del país in­mediatamente. En consecuencia de esto y de otros mo­tivos que referiré muy luego se calentaban las cabezas de los exaltados, se tenían juntas secretas presididas por el general Moreno, con presencia de la mayor parte de los jefes y oficiales, y de personas muy notables de las otras clases de la sociedad, y en ellas se tramaban planes proditorios y escandalosos. Yo, que era informado pun­tualmente de estas cosas, estaba en guardia continuamente, CONTANDO CON LA FIDELIDAD DE UN BATALLON Y UN ESCUADRON DE LA DIVISION DE CUNDINAMARCA, CUYOS JEFES NO TOMABAN PARTE EN EL COMPLOT; y al mismo tiempo daba cuenta al Vicepresidente de cuanto llegaba á mi noticia, proponiéndole tomar algunas medidas que tranquilizasen los ánimos de los exaltados. El Vicepre­sidente oía mis insinuaciones, y me daba seguridad de que todo se haría sin estrépito y en el tiempo oportuno; que Urdaneta y demás oficiales peligrosos saldrían del país, luego que hubiesen arreglado sus asuntos, para lo cual les había permitido permanecer por el tiempo pu­ramente indispensable, y que el ministerio se cambiaría, lo mismo que el Consejo de Estado, a cuyo efecto estaba haciendo sus combinaciones, de modo que el partido li­beral quedase contento, y el vencido no le atribuyese abuso de autoridad; y últimamente que el general José María Obando, muy próximo ya a la capital, estaba designado para ministro de guerra, y marina, cuyo nombramiento no pedía ser más satisfactorio.

"Con estas seguridades se acallaban un poco los que manifestaban temores que no estaban enteramente desnudos de fundamento; pero no quedaban bien sa­tisfechos a causa de la tardanza en las medidas que esperaban.

"Otras de las prendas de seguridad que el Vicepre­sidente presentó al partido liberal, fue el decreto con­vocando una Convención para constituir el país con libertad, puesto que Venezuela había resistido a la invitación que le hizo el Congreso del 30 de adherirse a la Constitución reincorporándose a Colombia, y puesto que los departamentos del Sur se habían constituido en Estado separado. Pero los descontentos adujeron argu­mentos de este mismo decreto para aumentar su descon­fianza, fundándose: primero, en que siendo demasiada la base de población que se había determinado para cada representante, el país no sería suficientemente represen­tado como lo exigían las circunstancias; y segundo, que habiéndose fijado entre otras cualidades la de tener treinta años por lo menos para ser diputado a la Con­vención, la patria se iba a privar de las luces de muchos ciudadanos que no habían llegado todavía a esa edad, y sin embargo eran de mucho provecho, y merecían ocupar una silla en la constituyente.

"Este conjunto de razones estimuló con más fuerza el fervor de los liberales, en términos que, reunidos en una asamblea muy concurrida y presidida por el general Moreno, se había tomado ya la resolución de echarse sobre Urdaneta y sus oficiales, quién sabe si para sacrifi­carlos, y probablemente (lo que no puedo asegurar) se había deliberado no obedecer más al Gobierno y nom­brar un dictador, hasta la reunión de la Convención, debiendo comenzar éste por modificar el decreto convo­catorio, al contento de los que lo elevarán a ese puesto.

"Yo sé de una manera evidente que se había ofrecido la dictadura al general Obando, y que éste la había rehusado con dignidad.

"Uno de los puntos acordados en aquella junta era el de hacerme comparecer para intimarme su resolución y comprometerme a tomar parte en sus malignas deli­beraciones. Esto sucedía como a las ocho de la noche.

"Después de haber dado orden para que el BATALLON y ESCUADRON de que he hablado, se dispusiesen a recha­zar la fuerza con la fuerza en caso de un tumulto, y ha­ber puesto en noticia del Vicepresidente lo que ocurría, tomé sus instrucciones y me encaminé a la casa de la junta, en donde encontré reunidos casi todos los jefes del ejército, muchos otros ciudadanos de respetabilidad e influencia y el general Moreno presidiendo el acto muy formalmente. Manifesté luego que cediendo a sus deseos me había presentado allí, aunque ignoraba el objeto de esa reunión. El general Moreno tomó la palabra, y des­pués de haberme expresado cuanto he referido, concluyó por decirme que el Vicepresidente no merecía la confianza del ejército y de los demás ciudadanos, porque nada ejecutaba de cuanto prometía; y que en tal extre­mo era necesario tomar por sí las medidas capaces de alejar a los enemigos de la libertad y asegurar la Re­pública hasta ponerla en manos de la Convención. Mu­chos otros sujetos tomaron la palabra en el mismo sen­tido, sin darme tiempo a replicar, y pronunciaron dis­cursos tan sanguinarios, como sediciosos y subversivos del orden. Cuando a repetidas instancias mías se me permitió hablar, lo hice en los términos siguientes o semejantes:

"Señores: yo participo del mismo celo que anima a ustedes para conservar sin temores ni sobresaltos los preciosos bienes que hemos reconquistado; tampoco cedo a ustedes el lugar del patriotismo, pues toda mi vida pa­sada puede presentarse como testimonio de mi amor a la República y a los principios democráticos. Pero difiero de ustedes en cuanto a los medios que debieran adoptarse para la consecución de los fines que ustedes se proponen; y sin investigar qué medidas serán las que se adopten, me basta saber que ellas serían tomadas por ustedes mis­mos, como se ha dicho, para no conformarme con esta idea tan fuera de propósito como escandalosa. ¿Hay aquí un solo patriota que ultrajando al Gobierno legítimo la santidad de las leyes intentara abrogarse facultades que no le han sido otorgadas constitucionalmente, y tomarse en su virtud medidas de hecho para aterrar a nuestros antiguos enemigos? ¿Hay uno solo que qui­siese hollar la Constitución, y con la espada en la mano amenazase las garantías sociales, se sobrepusiese a la autoridad constituida y obrase apasionadamente por el es­téril como vergonzoso deseo de una venganza criminal? Pues digo a ustedes que el que tal pensase no es patrio­ta, no ama el país, no quiere el honor y lustre del ejér­cito libertador. Ningún argumento más fuerte de retor­sión pudiera ofrecerse a nuestros enemigos, ninguna jus­tificación más completa pudiera presentárseles. ¿Por qué es lo que los hemos combatido? ¿Por qué hemos venido hasta esta ciudad trayendo en triunfo el pabellón na­cional? ¿No ha sido porque nuestros adversarios des­preciaron las leyes y derrocaron el Gobierno? ¿ No ha sido por establecer el imperio de esas mismas leyes y reinstalar a ese mismo Gobierno en el puesto que le habían usurpado el despotismo militar y una ambición desenfrenada? ¿Y no es por esta conducta que hoy se cubre de honor y gloria el ejército restaurador? Y obrando en contrario, ¿qué se diría de nosotros? Nada menos se diría sino que nuestras intenciones no habían sido otras que reemplazar a los anteriores mandatarios y gobernar como ellos, a nuestro antojo; que nuestro objeto no había sido restablecer la libertad sino oprimir al pueblo invocándola. Se quejan ustedes de la bondad con que obra el Vicepresidente, y yo convengo en que ella es excesiva; pero al mismo tiempo no desconocerán ustedes, como no desconozco yo, que la conducta del señor Caicedo no encubre ninguna intención siniestra; que ella es el natural producto de un genio siempre in­clinado a obrar el bien y no afligir ni a sus más mortales enemigos; que este mismo genio nos ofrece la fa­cilidad de sacar partido de su contemporización, y que no dudo lo sacaremos sin necesidad de ocurrir a me­dios violentos, que nos harían perder en un instante la suma de reputación que hemos ganado en tantos anos, y nos arrojaría en un océano de calamidades y   deshonra. Yo me comprometo a ser el mediador entre ustedes y el Gobierno, y me atrevo a asegurarles que el Vicepresidente hará todo cuanto le sea posible por hacer, principalmente alejar a los que nos han rendido las ar­mas, porque esta providencia está en los mismos inte­reses de ellos, que no deben querer residir en un lugar donde sí no se consideran amenazados al menos no pue­den desconocer que se les aborrece por su conducta pasada".

"Apenas acabé de hablar, cuando uno y repetidos discursos, aun más amenazantes que los primeros, se pronunciaron por los mismos oradores, protestando "que nada había que esperar del general Caicedo, y que de allí no podían separarse, como no se separarían sin ha­ber deliberado obrar por sí mismos, antes que sus gar­gantas fuesen cortadas por la cuchilla de los enemigos, a quienes patrocinaba el Vicepresidente con desprecio y mengua de los ciudadanos ilustres y beneméritos".

"Yo, que me he colocado intencionalmente al lado del general Moreno, le hablé al oído mientras se desaho­gaban los oradores demagogos, y le hice presente que si no se mantenía fiel a sus juramentos, lo precipitarían los que se llamaban sus amigos y le hacían perder su honor y su crédito; que el Vicepresidente era dócil y no dudaba que tomaría medidas enérgicas en cuanto es­tuviese en sus facultades, y que se suspendiese toda de­liberación en aquella junta hasta obtener la respuesta del Vicepresidente, que yo me encargaba de transmitirle. Como el general Moreno era accesible, logré arrancarle la promesa de que así iba a proponerlo, lo que me tran­quilizó bastante, pues no era poco lo que había conseguido.

"Mas la furia subía de punto, y el calor de los dis­cursos no dejaba esperanza de aquietar los ánimos: "No perdamos el tiempo, se decía; no perdamos el tiem­po inútilmente. Si el general en jefe no apoya nuestros

proyectos si nos da la pena de verlo separar de nuestro lado, discorde en el modo de pensar, que él tome en ho­ra buena su partido, que nosotros tomaremos el que nos corresponde, y en qué ya estamos todos convenidas". El general Moreno callaba, y su silencio me hacía temer un nuevo acto de decepción, o debilidad, que hacía desaparecer la esperanza que yo había concebido de dominar la situación.

"Con tal motivo me exalté y dije "Ustedes se equi­vocan, señores, si creen que pueden ser secundados por todo el ejército, en medidas que no están prescritas por la Constitución y las leyes. LA. DIVISlON CUNDINAMARCA SOSTENDRA AL GOBIERNO CON TODA VOLUNTAD, y yo seré el primero a sacrificarme al lado de muchos de mis compañeros antes pude consentir en un solo acto de rebelión o motín. Y si ustedes se obstinasen en su resolu­ción y a mí no fuese dable obrar de otro modo, ya que la fuerza de mis razones no ha sido bastante para disuadir a ustedes de tan escandalosa misión, tendrán uste­des, no la pena de observarme discorde, sino la satisfac­ción de yerme muerto por mí mismo en esta sala, antes de dar lugar a que se sospechase siquiera que yo había podido tomar alguna parte en favor de sus ilegales de­terminaciones. Este es el único arbitrio que yo encuen­tro para librarme de las sospechas y de la calumnia y dejar bien puesta mi reputación". Al expresarme de este modo y con propósito firme de suicidarme si se despreciaban mis consejos y amonestaciones y se insistía en obrar de su cuenta con desobediencia al Gobierno, sa­qué de mi bolsillo una pistola y la preparé en medio de la sala. El general Moreno se paró precipitadamente y dijo "que en virtud de las seguridades que yo les daba de que el Vicepresidente tomaría medidas más firmes, era de concepto que se adoptasen mis indicaciones y se retirasen todos hasta obtener la respuesta". Esta proposición fue a poyada por muchos, y en medio del susu­rro que producía la general conversación, se redactaron y se me dieron los apuntamientos de lo que se pretendía del Vicepresidente, en todo acordes con cuanto he referido y que conservo.

"Al dar cuenta al Vicepresidente de lo sucedido en la junta y manifestarle el objeto de la comisión, le encarecí que accediese en cuanto fuese compatible con sus facultades y la dignidad de su puesto a las exigencias de los exaltados, para evitar de ese modo males de fu­nesta trascendencia. Me ofreció que esa noche pensaría lo que pudiera hacerse, y aun empezaría a dar algunos pasos sobre la ejecución; todo lo que me comunicaría al día siguiente".

 

 

XIV
 

 

Como se ve, fue aquella una sesión de los jacobinos del tiempo de Robespierre, Marat y Dantón. El general López se mostró en ella honrado y heroico, pues cuan­to se refiere es completamente conforme a lo que en ella pasó, y si se estima en su justo valor el mérito de su noble conducta en aquella ocasión se convendrá en que, como dije antes, "mereció bien de la patria, des­pués del Vicepresidente". Yo fui en el acto informado por otros de lo que pasó en esa noche de oprobio para el partido liberal. Hubo positivo acuerdo de derrocar al Gobierno y nombrar un dictador, y aunque el general López diga, entre paréntesis, "lo que no puedo asegu­rar", dos renglones más abajo lo afirma diciendo: "Yo sé de una manera evidente que se había ofrecido la dictadura al general Obando", lo que no pudo hacerse sin estar así resuelto. Al jefe del Gobierno se le imponían condiciones para obedecerle intimándole que como por lástima se le dejaría que se titulase tal, hasta la reunión de la Convención, pero sin funciones propias, sino ejecutando lo que se le prescribiese. Esto es lo que en sustancia resulta de la exposición del general López.

Me he permitido marcar en bastardilla algunas fra­ses por su extensa significación. "Discursos sanguinarios" dice el general López que se pronunciaron. En efecto no se hablaba como entre guajiros, sino de ven­gar la sangre. Los más mitólogos, por no expresarse en términos tan vulgares, exclamaban alzando los ojos al techo de la casa, y dando muestras de enternecimien­to:

"¡Aplaquemos los manes de las víctimas del 25 de septiembre y del Santuario, haciendo libaciones con la sangre de los traidores!" Y a esto se refería aquel:

 

"No perdamos tiempo, no perdamos tiempo", de que habla el general López.

Todo esto no era malo para los liberales, sino, por el contrario, bueno, muy bueno, muy liberal. Pero ha­bía sido malo, muy malo, imperdonable, que un partido violentamente amenazado pidiera una simple renovación del ministerio que le diese garantías de imparcialidad en el Gobierno, aunque lo hiciera moderadamente mien­tras no se le redujo a la desesperación. Entonces el Gobierno se degradaba, se envilecía accediendo a una petición. Ahora se le pisoteaba y se le forzaba a humi­llarse. Esto queda probado con los hechos.

El señor Restrepo, en su Historia de Colombia, ha­blando sobre estos sucesos, dice:

"Conforme a lo que públicamente se dijo en aquella época, se distinguieron en la mencionada junta los dos hermanos Juan Nepomuceno y Vicente Azuero, por la exageración de sus pretensiones. Este último, que estaba adornado de talentos, de principios republicanos, de vasta lectura, y que hablaba con mucha facilidad, tuvo que defenderse de las opiniones verdaderas o que se le atribuyeron en aquellas juntas. Escandalizó principal­mente a los habitantes de la capital, que el atleta más denodado contra la dictadura de un hombre como Bolívar, la propusiera ahora en cabeza de Obando o Mo­reno...

"El negó que hubiera propuesto un dictador; pero no se demostró contrario a la institución de un ma­gistrado semejante. "Víctima, decía, de los dictadores, soy enemigo de ellos. Pero ¿quién ignora que en los pueblos modelos de la libertad se suspende el acto del habeas corpus, que contiene las garantías individuales, en los casos de grave peligro o de discordia civil?" En estos mismos casos fue que en Colombia se ocurrió a la dictadura que él tanto había improbado.

"Pero en vez de que Azuero sincerara con la expre­sada manifestación su conducta política, causó otro nue­vo escándalo por un ataque brusco, inoportuno e injusto que diera a la Constitución de 1830. Esta era el prin­cipio de unidad y de legitimidad proclamado por los pueblos como la única áncora dé arden y salvación; el Vicepresidente era también obedecido por la mayor parte de las provincias, como emanación legítima de aquel código. Así fue que todos los verdaderos patriotas procuraban aumentar entonces el prestigio de la Cons­titución, que tantos bienes estaba produciendo.

"Sin embargo, Azuero, con el poco tacto político que acostumbraba, y para sostener una hipótesis, es­cribe y publica en toda Colombia que la Constitución no es legítima, porque fue obra del Admirable, convo­cado por el usurpador Bolívar; porque Venezuela y el Ecuador y algunas provincias del centro no la acepta­ron; en fin, porque las bayonetas la echaron abajo el 27 de agosto en El Santuario. De aquí infería que se podían adoptar, sin que hubiese ley que obstara, cuan­tas medidas violentas se propusieran en sus menciona­das juntas. Añadía que tres o cuatro horas eran suficien­tes para acordarlas y salvar así la República..­.

"En medio de este torbellino de pasiones encontradas era bien crítica la situación del Vicepresidente, a quien se combatía en sentidos opuestos. Empero, sostenido por la calma bondadosa de su carácter, y apoyado eficaz­mente por el general López, por los coroneles Posada, Montoya, Acevedo y otros jefes amigos del orden legal, y por la división Cundinamarca, pudo frustrar los anár­quicos proyectos de los exaltados liberales, de la misma manera que había impedido la guerra civil".

La publicación hecha por el doctor Azuero, de que trata el señor Restrepo, prueba todo lo que he dicho sobre los ataques que el partido liberal hizo constante­mente al Congreso y al Gobierno negándoles su legiti­midad, sin perjuicio de proclamarla cuando le era con­veniente, para acusar entonces al partido opuesto de rebelde contra el Gobierno legítimo.

Lo que me importa personalmente en el relato del general López es que fundara su confianza en esa divi­sión Cundinamarca que yo había formado y tenía el honor de mandar, y en ese batallón y ese escuadrón con que tuve el honor más grande todavía de recibir, el primero, y presentar las armas al jefe del Gobierno, sirviéndole de custodia al dictar su decreto de Purifi­cación, y de sostén en esos días de amargura de que habla el general López. Ambos cuerpos estaban ya im­ponentes: el batallón había recibido 300 altas de hombres escogidos por mí el día de la degradación pública del batallón Callao, y el escuadrón contaba unos 180 hombres. Pero verdaderamente el paladín del Gobierno era el general López; yo, quiero decir mi división, no era más que su apoyo.

 

 

XV
 

 

En la tarde del 25 de mayo llegó a la capital el ge­neral José María Obando, a quien todos deseaban: los unos para que sostuviera al Gobierno, los otros para que lo derrocara, según que se adhiriese al general Ló­pez o al general Moreno. Muchos fuimos a encontrarle a gran distancia. A mi me sucedió con Obando lo que al Libertador: me impresionó favorablemente a primera vista, y he conservado siempre esa impresión; después de que se declaró gratuitamente mi enemigo, decía que hacía esfuerzos por aborrecerme y que no podía conse­guirlo; yo nunca los hice por aborrecería a él, ni tam­poco lo habría logrado. En su libro me trata mal; pero como peor lo hace con muchos hombres distinguidos que han honrado, y algunos que viven, honran aún el país, no tengo por qué quejarme de ello. Por mi parte jamás me he ocupado de él para zaherirle por mala voluntad. Cuando lo he hecho o lo hago ha sido y es para juzgarlo como hombre público, porque tengo de­recho perfecto para ello, pues ese es un tributo que los hombres históricos pagan a sus contemporáneos y a la posteridad.

El general Mosquera en su Examen critico lo retrata asi:

"Es un hombre de cinco pies, cinco pulgadas, seis líneas medida francesa, de color blanco un poco man­chado, pelo castaño que tira a colorado, barba poblada, nariz pequeña y las ventanas un poco infladas, ojos pardos, mirar ceñudo. Su cuerpo es regular y bastante bien formado. Es circunspecto para hablar entre gente de instrucción, y decide clásicamente entre personas de poco valer; quiere imitar siempre el carácter andaluz para parecer gracioso, y usa muchas frases de cuartel. Aparenta perfecta moderación y simpatía por algunas personas, particularmente para ofender a otras. Su educación, descuidada en la niñez, no le ha permitido apren­der modales, y en la mesa se conoce bien que muy tarde ha venido a tratar con gente decente. Sabe acomodarse con poco, como que ese ha sido su estado ordinario. Lisonjea todas las pasiones de aquellos a quienes ne­cesita. Miente sin rebozo, y no se cree obligado a pagar servicios, dinero ni favores. Se enternece y llora con facilidad y manda matar riéndose".

El general Mosquera en esta pintura del general Obando, no entra a considerarlo como hombre público, ni a discutir sus hechos, ni a glosar sus actos como tal: pinta al hombre descubriendo en su pincel el tinte de enemigo personal.

El general Obando, joven aún, era de una gallarda presencia, alto, ni grueso ni delgado. Yo no puedo decir cuántos pies, ni cuántas pulgadas, ni cuántas líneas ten­dría, sea de medida francesa o española, porque no lo medí. Su color era en efecto blanco rosado; en la barba, la nariz y lo ojos se acerca el general Mosquera a la exactitud de su descripción; pero lejos de tener el gene­ral Obando un mirar ceñudo, tenía, por el contrario, una mirada dulce y simpática cuando no estaba irrita­do. Ciertamente no era un sabio, pero no era tan igno­rante que no pudiese hablar entre gente de instrucción en una conversación de sociedad en que no se tratase de ciencias o materias filosóficas. Era natural en él algo del andaluz, por el roce que desde muy joven tuvo con los españoles. Ciertamente no tenía uso del mundo, no había viajado, y en la sociedad retraída y huraña en aquellos tiempos, de la clase rica de Popayán, no podía ningún joven aprender modales desembarazados a la par que corteses: eso se habría considerado como desenvol­tura pecaminosa. No sé si tendría los demás defectos que le atribuye el general Mosquera, y en cuanto a que man­dase a matar riéndose, tuve la fortuna de no estar nunca a su lado cuando esto sucedía, si es que sucedía.

Yo viví dos meses con el general Obando en su pro­pia casa en Popayán, le traté con intimidad y le estudié. Hombre de pasiones políticas violentas, de ambición de fama y de posición, astuto, cauteloso, fecundo en ardi­des, con los hábitos que contrajo como guerrillero en los riscos de Popayán y Pasto, era cruel en la guerra;

profesaba quizá como otros el principio de que para dominar a los hombres es preciso tener el valor de ma­tarlos, y el de que en política es permitido todo lo que conduzca a obtener el resultado que se desea, y de aquí sus hechos condenables.

Pero como hombre privado, era el general Obando un hombre modelo. Sin ningún vicio, sobrio, generoso, esposo y padre incomparable, excelente amigo, popular en las masas que sabía atraerse, era el general Obando una mezcla de virtudes que lo hacían querer y de cuali­dades opuestas que lo hacían temer.

Llegado a la capital, se encontró en un mundo extraño para él, que lo aturdió, y en una posición de omni­potencia que lo deslumbró. En el instante conoció que la fuerza estaba en el partido jacobino, y que el Gobier­no bamboleaba, y con la sagacidad de su carácter y de sus hábitos se alió con aquél para dominar a éste, lo que era mejor que dar el escándalo de derribarlo. Desde su primera entrevista con el Vicepresidente conoció éste que había llegado un enemigo más de su sistema de gobier­no, pero no se afectó por ello. Caer con honor más bien que mantenerse en el puesto con mengua de su propia dignidad, fue su resolución constante.

"Al día siguiente -dice Obando en sus Apuntamien­tos para la Historia,- recibí una comunicación para que pasase a tomar posesión del ministerio de guerra y ma­rina, y contesté observando que estaba pendiente, y que ese día habíamos repetido con el general López otra so­licitud pidiendo el enjuiciamiento sobre la acusación que se nos había hecho en tiempo de Urdaneta de ser auto­res del asesinato del general Sucre, y que mientras no se ventilase aquel negocio no debía encargarme del mi­nisterio. El Vicepresidente mandó pasar los antecedentes a la suprema corte marcial previniendo la preferencia en su despacho".

No es cierto que la acusación se hubiese hecho en tiempo del general Urdaneta: hemos visto ya que vino del Ecuador hecha por el jefe a quien como ecuatoria­no estaban sometidos ambos peticionarios, al tiempo que pedían el juicio en Bogotá; que el general Urdaneta encontró sobre la mesa del señor Mosquera la represen­tación en que pedían ser juzgados, etc.

 

Efectivamente hubo representaciones al Poder Ejecu­tivo y documentos pasados a la suprema corte marcial, y el uno y la otra dijeron lo que era consiguiente a la si­tuación "nada resulta contra los acusados".

 

 

XVI
 

 

En la noche del mismo día asistió el general Obando a otra reunión como la que intimó al general López que compareciese a su presencia. Se pronunciaron discursos iguales o peores que los que impresionaron tanto a este general, que amenazó, pistola en mano, con quitarse la vida allí, en medio de la sala. El general Obando los califica en sus Apuntamientos de este modo: "enérgicos y patrióticos discursos, declaraciones patéticas, quejas llenas, de fundamento, fuerza y previsión, me conmo­vieron de tal modo, que me obligaron, a mi pesar, a reconocer aquellas tristes verdades". Y por fin le ofre­cieron la dictadura, sobre cuya proposición dice:

"En este combate de mi convencimiento y mis inclinaciones satisfice a mis compañeros de gloria representándoles que habíamos dirigido los esfuerzos del pueblo y hecho derramar su sangre por restablecer aquello que mas se aproximaba a lo legal; que yo había llamado desde Palmira al señor Caicedo para que como Vicepre­sidente se declarase en ejercicio del Poder Ejecutivo, por la ausencia del Presidente Mosquera; que teniendo la inconsecuencia de desconocer la autoridad de Caicedo y nombrar un dictador, no haríamos otra cosa que bur­lar al pueblo y quedar yo haciendo el papel del general Bolívar después de la ominosa acta de Bogotá, y del ge­neral Urdaneta después de la carnicería del Santuario; que me preservasen de la maldición popular y me de­jasen hacer el oficio que había emprendido desde 1828: el de un general siempre ciudadano. Con estas y otras reflexiones, y ofreciendo que el Gobierno adoptaría la política apropiada a las circunstancias luego que entrara yo a servir la secretaría de guerra, abandonaron el pro­yecto y se entregaron a la confianza que debían tener en mis principios políticos".

Por estas palabras del general Obando se ve que él también negaba la legitimidad del señor Caicedo, lo que

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