jarme. De mis conciudadanos he recibido espléndidos testimonios de aprobación a los principios que han guia­do mi conducta pública en todas ocasiones.

"El segundo hecho consiste en que el comandante del escuadrón de Granaderos montados N. (venezo­lano), saliendo de Pasto en 1823, cuando ocupaba aque­lla ciudad el general Salón, llevaba seis u ocho prisio­neros pastusos, a los cuales echó a ahogar por el Guái­tara en presencia del que habla, que iba allí por aprovechar de la escolta del escuadrón (en circunstan­cias en que el país estaba inundado de guerrillas), por consiguiente sin mando alguno. En la barra estoy vien­do a un ciudadano, el señor Felipe Proafio, que puede dar testimonio de lo que refiero, pues iba allí con el mismo motivo. He dicho lo suficiente para desbaratar un ataque injusto: la cámara y el público decidirán".¹

Un aplauso de la barra hizo justicia al coronel Bo­rrero, porque su defensa personal fue completa. Pero la parte de su discurso que he marcado con letra cursiva, se oyó con desagrado, por inconducente, inoportuna y además injusta en lo que decía con relación a la des­graciada y lamentable muerte del coronel Mariano Paris, y causó en la oposición, dentro y fuera de la cámara, una violenta indignación, lo que vino a aumentar los combustibles que se acumulaban para el incendio que ya. ardía en la República.

El general Santander, sobre quien se fijaron todos los ojos, se levantó de su asiento y salió de la sala inmu­tado, sin proferir una sola palabra.

El hábito del mando da cierta dignidad en el porte y en los modales, que impone; así fue que al día si­guiente (31 de marzo) al verle entrar en la cámara, con paso lento, y saludar a sus amigos con una triste sonrisa, inspiró a todos un compasivo interés.

Instruido, de un decir fácil a la par que conciso y vibrante, se esperaba con ansia oír la respuesta que diera a la ofensa que se le había irrogado el día anterior.

1 Estos hechos crueles eran frecuentes en la guerra de la Independencia, tanto en los realistas como en los republicanos; pero los primeros los empezaron en Venezuela, y los segundos usaron de la represalia, a veces con exceso, como lo prueba el hecho referido.
 
 


El momento llegó, y reinando el más profundo si­lencio, dijo:

"Señor Presidente: no habría vuelto a tomar la pa­labra si los incidentes ocurridos en el curso de la discu­sión no me impelieran a ello; pero no se crea que por esto olvidaré la importancia del puesto que me ha con­fiado la Nación, ni la respetabilidad de esta corporación, ni mi propia dignidad.

"Navegaba el respetable general Jackson por uno de los ríos de los Estados Unidos, y de improviso uno de los pasajeros se acercó a él y le dio una bofetada: el general guardó silencio, y reservó a la opinión pública el hacer justicia al estado inofensivo del paciente y a la alevosía del ofensor".

La alusión no podía ser más clara ni más hiriente. Siguió hablando largo rato sobre el proyecto que se discutía, y volviendo al asunto dijo:

"Aquí terminaría yo mi discurso si el señor secreta­rio de lo interior, al vindicarse de cargos que yo no le he hecho, ni que sabía se le iban a hacer, no hubiera recordado dos acontecimientos ocurridos bajo mi administración. No sé si este recuerdo se haya dirigido sólo a mí, por vía de recriminación, o al diputado que habló anteriormente; de cualquiera manera que sea, no debo guardar silencio. Irregular y muy contraria a la delicada posición de un secretario de Estado, en una cámara legislativa, es la conducta del que se expresa en términos agrios para hacer recriminaciones injustas, ade­más de extemporáneas: los órganos del Gobierno deben ser en el Congreso muy mesurados en sus palabras, pe­sándolas con escrupulosidad, y evitando todo motivo de disgusto. Nunca me aguardaba yo oír en este lugar acusaciones enigmáticas, procedentes de la boca de un secretario de Estado.

"Uno de los historiadores modernos de la revolu­ción de España, a quien se concede juicio e imparcia­lidad en sus escritos, ha consignado una máxima que yo deseara ver esculpida en las puertas de la casa de go­bierno y en la de sus secretarios, por el bien y utilidad que resultaría de ajustarse a ella:

"Los Gobiernos, dice, están obligados, aun por su pro­pio interés, a sostener el decoro y dignidad de los que

les han precedido en el mando; si no, el ajamiento de los unos tiene para los otros consecuencias amargas". ¹

"Peligroso puede ser el precedente que acaba de es­tablecer el señor secretario de lo interior; y quiera Dios que no tenga que llorarlo en lo futuro. ¿Por qué motivo había reservado hasta hoy imputarme culpa en los dos acontecimientos ocurridos el uno a fines de julio de 1833 y el otro en octubre de 1834, ¿No ocupó el señor Borrero un asiento en la cámara de representantes en las sesiones de 1834 y 1835? ¿No era entonces cuando los sucesos estaban recientes, la ocasión más favorable para haber levantado su voz en cumplimiento de un deber sagrado, y promovido una acusación legal? Y pos­teriormente, en 1837, ¿no ocupó una silla en el senado, y le provoqué yo por escrito a que denunciase cualquier crimen en que pudiera yo haber incurrido en la admi­nistración, durante el primer período constitucional? El silencio de entonces ha sido para mi una garantía.

"Muchas veces por la imprenta he explicado las circunstancias que ocurrieron en los dos acontecimientos de que se trata, y hasta ahora vivo en la confianza de que no se me ha desmentido con pruebas en contrario. Lo he dicho, y lo repito ahora solemnemente, que en la muerte del señor París soy entera y absolutamente in­culpable; no tuve necesidad de haber dictado orden al­guna ni aun para su aprehensión. El señor secretario ha dado a entender que en virtud de una orden se ejecutó aquella muerte: supongo que el señor secretario sabrá quién la dio y dónde existe, y esta averiguación procuraré hacerla, por mi parte, de un modo judicial. En el caso de que trato soy tan inocente del hecho como lo fue el general Caicedo, que gobernaba el Estado, cuando fue muerto alevosamente, en San Pablo, el sar­gento mayor Díaz, a quien se conducía en calidad de preso a Cartagena, y cuando fue muerto en Zipaquirá el respetable padre de familia Miguel Santamaría. ¿Quién ha tenido la osadía de imputar al señor Caicedo la eje-

1 Ruego a los vencedores en 1861 que mediten sobre este afo­rismo y recuerden cómo fueron tratados los magistrados legítimos de la administración anterior, desde la calumnia basta el ultraje personal, que llegó al grado más irritante de vileza y crueldad.

 

cución de estos desastres? ¿Y se me puede imputar, a mí, con justicia el de julio de 1833? Nada más tengo que añadir en el particular.

"Ha dicho el señor secretario que se buscaron falsos amigos para enviarlos a asesinar, dentro de su casa, a una persona, y parece que en esto se ha referido a la muerte de Sardá. El señor secretario padece equivoca­ción: no fueron las autoridades las que buscaron amigos falsos para cometer un asesinato; fueron los mismos conspiradores de quienes Sardá era por segunda vez el jefe, los que buscaron cómplices y cooperadores para llevar a cabo la conspiración, y encontraron ciudadanos fieles a su juramento. Muy grande es la diferencia en uno y en otro caso. Que en 1834 se tramaba una nueva conspiración de que Sardá esa el jefe, es tan evidente, que me refiero sólo a la sentencia pronunciada por el tribunal de justicia, compuesto de los señores Manuel del Cantillo, Francisco Morales y Leandro Egea, personas de buena reputación y que nunca podrán merecer los epítetos de jacobinos, demagogos, facciosos y santan­deristas. Nadie ha mandado dar muerte a Sardá donde se le encontrase; lo que se mandó fue aprehenderlo a todo trance, no como a una persona inocente o que de­biera responder en juicio de algún delito, sino como a un reo condenado judicialmente a muerte, que con su fuga la había eludido, y que dirigía una segunda cons­piración. Igual orden se había dado tres días antes para aprehenderlo en cierto paraje, por donde se dijo que debía pasar, y se encargó de cumplirla el mismo general Obando (Antonio>, presente en esta cámara. La muerte ejecutada en el reo fue efecto de imperiosas circunstancias que no pudieron evitarse, porque no había otro medio de satisfacer la vindicta pública. Los cómplices que bus­caron los conspiradores sirvieron para averiguar la certi­dumbre de la trama y el plan de conspiración, y para descubrir dónde estaba escondido el jefe de ella. No es nuevo en la historia moderna aprovecharse de estos me­dios para precaver al Estado de un trastorno ya preme­ditado de antemano por perturbadores o rebeldes; me acuerdo que el célebre historiador Robertson refiere algunos pasajes durante las guerras de Carlos V en Italia. Los hechos que dejo referidos pueden ser testifi­cados por personas de respetabilidad, e invoco entre ellos el testimonio del honorable diputado que está pre­sidiendo la cámara.¹
 

"Muy sensible es haber tenido que entrar en esta li­gera vindicación, tratándose de materia muy diferente, como la de que se ocupa la cámara; pero habría dejado con mi silencio un vacío que la misma cámara no habría aprobado."...

Sobre este particular, yo no quiero añadir una pala­bra más a lo que dejo dicho en mi artículo sobre la conspiración de 1834 y el asesinato del general Sardá, ejecutado por el mismo hombre que acababa de estre­charlo entre sus brazos...

Levantada la sesión, el general Santander salió de la sala visiblemente conmovido, para no volver más a ella. Una enfermedad crónica que hacía algún tiempo le afligía se le agravó, y en la tarde del 6 de mayo pasó a mejor vida, a los cuarenta y ocho años de su edad, exha­lando su último suspiro como un fervoroso cristiano, ca­tólico romano, bajo la bendición del reverendo arzo­bispo doctor Manuel José Mosquera.

Su muerte causó honda sensación: todas sus faltas, o sea sus errores, por graves que se considerasen, fueron olvidados, y sólo se recordaron sus servicios a la Patria desde 1810, como militar y como gobernante civil. La cámara se reunió la misma noche y acordó hacer sin la menor contradicción, la resolución siguiente:

"La cámara de representantes siente un amargo dolor por la muerte del esclarecido general Francisco de Paula Santander, uno de los primeros héroes de la Indepen­dencia de Colombia, primer Vicepresidente constitucio­nal de la misma, primer Presidente constitucional de la Nueva Granada, y actual representante en el Congreso por la provincia de Pamplona.

"El presidente de la cámara nombrará una comisión de doce representantes que asista a sus exequias, y se invitará al senado para que nombre otra comisión con el mismo objeto.

"No habrá sesión el día de su entierro, a fin de que todos puedan asistir a él.

1 Era el señor Manuel María Mallarino.
 
 

 

"Los miembros de esta cámara vestirán luto por ocho días por la muerte de su ilustre colega.

La silla que ocupaba el general Santander en esta cámara se cubrirá y permanecerá cubierta de luto has­ta el día en que expire el período para que fue electo".

Dejemos, pues, a la historia que cumpla su misión, y fuera de eso, pensemos y digamos todos lo que peri-sé y dijo la cámara de representantes de 1840.

 

XII
 

 

Hablando el general Obando de estos deplorables sucesos, dice:

"Era Cuervo (el doctor Rufino Cuervo) gobernador de Bogotá, y en calidad de tal, dio orden para que se trajese vivo o muerto al señor Mariano París, a quien había mandado aprehender fuera de la ciudad. Se ejecutó la muerte, y no fue esto suficiente: hizo que traje­sen hasta la esquina de la casa del mismo París, después de haberle paseado por varias calles, atravesado en un caballo, el cadáver ensangrentado de un padre que de­jaba huérfana una numerosa familia, la cual, ignoran­te del suceso, le aguardaba ansiosa creyendo verle vivo".

Dice también que el doctor Cuervo, cuando vio la horrible impresión que había producido aquel hecho, quitó a sus comisionados, para que no hubiese cons­tancia, las órdenes en cuya virtud se había ejecutado; pero tarde, porque ya las habían visto muchas personas que se guardaba de nombrar "para que no las degolla­se el Gobierno constitucional (sic) por favorecer a uno de sus más célebres cómplices".

Nadá de esto es verdad, pues no hubo tal orden, En mi presencia, pocos momentos antes de salir yo para Zipaquirá, dijo el doctor Cuervo al comandante gene­ral (el general López), que era preciso mandar pren­der al coronel París por una fuerte partida de tropa, pues había denuncio de que reunía gente, que esto de­bía hacerse con precaución, porque "París -dijo-- es valiente, tiene influencia en las antiguas milicias de ca­ballería de la Sabana, de que fue jefe, y si es cierto que tiene gente reunida, combatirá". Yo no supe más hasta mi vuelta de Tunja, y en su lugar dejo dicho có­mo fue muerto el coronel Paris.

 

El general Santander no tuvo en esto la más pe­queña parte, directa ni indirecta, y el doctor Cuervo no tuvo otra que la que he referido; por consiguiente, no hubo que quitar a nadie órdenes que no se dieron, ni mucho menos mandar que trajeran el cadáver como lo trajeron, ni que lo pasearan por las calles y lo lleva­ran cerca de la casa de su familia. Todo esto se hizo bestialmente por la partida que fue a aprehenderlo. Ni tiempo material hubo para que el gobernador Cuervo hubiese dado tales órdenes.

La justísima indignación que causó el hórrido pro­cedimiento, tanto por la ejecución del asesinato como por el modo bárbaro de conducir el cadáver, produjo glosas acriminadoras de palabra y por la prensa, como sucede siempre en semejantes casos: efecto natural de la irritación del momento, y también de la exaltación del espíritu de partido.

Habría sido de desear que el general Obando expre­sara los nombres de esas personas que dice vieron las supuestas órdenes, porque no es lícito usar de enigmas en acusaciones de tal magnitud.

Al doctor Cuervo lo trata en su libro como a to­dos los demás servidores leales del Gobierno, y en al­gunas cosas peor.

Aun cuando el general López o el jefe de estado mayor a quien dio la orden verbal de alistar y mandar sa­lir la partida, hubiera dicho que trajesen al corone] París "vivo o muerto, eso no era dar orden para que lo asesinasen; eso significaba lo que ha significado siempre: "Si hay resistencia, úsese de las armas", y esto es corriente y lícito, porque de otra manera sería inútil mandar gente armada a prender a nadie.

Pero una vez verificada la captura sin resistencia, esa misma orden había surtido sus efectos, y el preso debió ser conducido vivo. Matarlo después de indefenso es un asesinato odioso, y ni el general Santander, ni el doctor Cuervo, ni el general López, ni nadie, dio seme­jante orden. En este malhadado incidente tuvieron la mayor parte el maldito aguardiente y la abominable y nauseabunda chicha. Lo que hay de muy grave es la impunidad del hecho, cuya responsabilidad pesa sobre el comandante general y el auditor de guerra; pero de ella me ocupé en otro lugar.

 

XIII
 

 

La muerte del general Santander hizo al general Obando jefe exclusivo de la oposición revolucionaria, roto el freno con que aquel general lo contenía, y se­mejante predicamento arredraba a cuantos tuvieran la menor intervención en el juicio que se le seguía, y daba a Obando medios y fuerza para hacer frente a las even­tualidades de su situación.

Intrigas de todo género se ponían en juego por los enemigos para hacer al general Herrán sospechoso y para malquistarlo con el Gobierno, y por si esto no fuera bastante para afectarlo, se le atacaba por la pren­sa amiga su conducta complaciente, que se calificaba de débil e indecisa, pues de su lealtad ni el Gobierno ni nadie dudó. El general Obando, por su parte, le estre­chaba con continuas exigencias, de todo se quejaba, cuanto se hacía o se dejaba de hacer lo recibía mal, y sus parciales repetían sus quejas agravándolas. Seme­jante insoportable situación obligó al general Herrán al enunciar su puesto y suplicar al Gobierno lo relevase. La renuncia no fue admitida, y con expresiones satisfac­toriamente honrosas se le forzó a continuar en la soga llanera en que se encontraba colgado.

Un clamor general de la oposición, de un extremo a otro de la República, atribuía todos los males que se sentían a la presencia del general Mosquera en el mi­nisterio; y aun en el Consejo de Estado se trató de ello. Jamás el odio de un partido contra un solo hombre se manifestó tan violento; pero el Gobierno consideró que una destitución o la admisión de una renuncia que apa­reciera forzada lo exponía a tener que hacer frente o que acceder a mayores exigencias. Pensóse, pues, en ar­bitrar un medio de que se separase sin mengua, y la oca­sión no tardó en presentarse: el general Flórez, que veía inquieto prolongarse la guerra en Pasto, y la revolución general, acaudillada por el general Obando, amenazan­do a nuestra República, temió el contagio en la del Ecuador y peligros personales para sí, lo que no era infun­dado, porque el general Obando minaba aquella Repú­blica como conmovía la nuestra. Para precaverse, pues, y tener pretexto para levantar fuerzas, suscitó una nueva negociación sobre deslinde de límites entre las dos Repúblicas, trayendo los del Ecuador, si no hasta el río Mayo, adonde llegaban los del antiguo imperio de los tucas, por lo menos hasta el río Guáitara. Ha sido siem­pre tan popular esta idea en dicha República, que, asién­dose a ella y poniéndola en juego, se puede siempre conseguir el apoyo moral y material del país entero.

Este grave incidente en aquellas circunstancias fa­cilitó la salida del general Mosquera del ministerio, con decoro y utilidad, y el Gobierno lo aprovechó nombrán­dolo 2º jefe e intendente general de la división de ope­raciones en el Cauca. Llegado a Popayán, se ocupó, con la actividad y energía que es preciso reconocerle. en organizar fuerzas, y marchó a Pasto con 800 hom­bree, dejando una guarnición de milicias en Popayán.

Con su llegada a Pasto temió el general Obando que las consideraciones que se tenían con él cesasen. Y cier­tamente, si el general Mosquera hubiera mandado solo. así habría sucedido. ¿Era o nó reo presunto y se ha­llaba o no enjuiciado criminalmente? En e] un caso, todo procedimiento debió cesar; en él otro, debió estar realmente preso, con las seguridades debidas, como cualquiera otro enjuiciado; pero el general Herrán se opuso a ello, por no faltar a lo que ofreció en los Ar­boles. Luego veremos si el general Obando cumplió lo que allí ofreció.

Como era do riguroso procedimiento, se le tomó su confesión, y fue careado con Morillo. En aquella dili­gencia se esforzó en probar la coartada, alegando que, fechado en Buesaco el papel dirigido a Eraso, y no ha­biendo él (Obando) estado el día de su fecha, ni en aquel año en dicho pueblo, ni Morillo tampoco, debió ser escrito en otra época y con otro objeto- Su primer intento en las dos veces que lo examinó fue negarlo, pero al fin lo reconoció como suyo. La coartada que quiso probar sería concluyente si Morillo hubiese dicho que el billete le fue entregado en Buesaco, pero dijo, y sostuvo hasta el fin, que se le dio en Pasto. Fácil es pues, comprender por qué se fechó en Buesaco aquel billete, sin expresar el año.

El fiscal Masutier hizo cargo a Morillo de cómo decía que el general Obando le había entregado aquella carta para Eraso, fechada en Buesaco el 28 de mayo, y que había recibido el mismo día la de Antonio Mariano Alvarez, datada en Pasto el 31 del mismo mes. He aquí a Masutier, tan maltratado por dicho general, pro­curando anular el documento que más le perjudicaba; pe­ro Morillo, sin vacilar, contestó a este cargo que si Oban­do fechó en Buesaco aquel papel, y puso en él otro día diferente, lo hizo maliciosamente, con el objeto de poder­se evadir de los cargos que pudieran hacérsele, en el caso, como el actual, de descubrirse el hecho. Respecto de la carta de; Alvarez, la negativa de éste fue absoluta: "No es mía", dijo. Se llamaron des escribanos a reconocerla; poco dijeron de la letra y de la firma, y en términos ambiguos expresaron que encontraban rasgos o perfiles diferentes a otros; pero cuantos la confrontaron con algunas cartas del mismo Alvarez, encontradas en la pe­taquilla entregada por la mujer de Eraso, no tuvieron duda de su identidad. Sin embargo, el general Obando dice que se la falsificaron.

En el juicio, todo lo que el general Obando dijo fue que pudo haber escrito su carta en los años de 23 a 27, aunque no podía asegurar a qué Eraso la había dirigi­do, porque él se había servido de muchos Erasos; ni me­nos podía decir con qué personas había enviado sus car­tas. Pero en su libro de Lima Apuntamientos para la his­toria, hablando de los medios de que se valió para atraerse a los guerrilleros que aún permanecían en armas, pa­ra lo cual, y a fin de pacificar completamente la provincia de Pasto dice que fue nombrado su gobernador y comandante de armas, se expresa así:

"Sin embargo, quedaban tres partidas de facinero­sos, que aunque pequeñas, cometían asesinatos y ro­bos... Otra recorría la montaña de Berruecos, entre los ríos Mayo y Juanambú, capitaneada por Juan Andrés Noguera y José Eraso; éstos habían asesinado una par­tida de veintiséis soldados en Olaya, a Catalina Viveros en la Cañada, a un señor Rosero en la Alpujarra, a otros vecinos en Taminango, y recientemente en la Cal­dera a unos frailes ordenados, y a un comerciante Ma­nuel Pérez, de Popayán".

Estas cosas han sido el pan cotidiano de aquellas gentes no sólo como guerrilleros realistas en tiempo de la lucha terrible por la independencia, sino en las gue­rras civiles posteriores, hasta la época del gran crimen de 1860 y 1861. Pero sigamos:
 

"Tuve noticia (continúa el general Obando) de que Eraso y Noguera habían discordado por la desigual dis­tribución que se había hecho de las ropas robadas a Pérez en la Caldera, y me aproveché de este incidente para atraer a Eraso, que era el más accesible de los dos, por medio de un indulto particular, que le mandé con el presbítero José Torres, cura de Taminango, recomendándole además que lo exhortase para que se so­metiese a la autoridad; y aunque Eraso no hizo uso de este indulto para presentárseme, con todo fui gradual­mente ganando su confianza, confiriéndole comisiones de poca importancia, creadas sin necesidad e inventadas con el único fin de amansa, aquella fiera, comisiones que concluyeron por llenarle de contento viéndose ya ocupado por el Gobierno y afectuosamente tratado por la primera autoridad de la provincia. En este estado de madurez le propuse que amarrase a Noguera y me lo entregase, mediante una gratificación que se le daría; él me representó que era necesaria una autorización pa­ra hacerse obedecer de las gentes que vivían a orillas del Mayo, y yo, conociendo que mientras existiese la facción de Noguera, era preciso conservar a lo menos el nombre de la línea de operaciones que allí se man­tenía, hice en Eraso el nombramiento informal de co­mandante de la línea del Mayo, para que este docu­mento le sirviese por la autorización que pedía. Nogue­ra, según me informaba Eraso, se guardaba ya mucho de éste por habérsele separado, y hacía casi imposible el golpe que había propuesto darle.

"En una salida que hice sobre Juanambú en mayo de 1826, tomé preso en Buesaco a un indio Juan de Dios Nacíbar, que venia con una bestia cargada de víveres. Su semblante me hizo sospechar que no era de los pre­sentados, y empleando ya las amenazas, ya las prome­sas, me declaró que venía de la hacienda de Sacando­noy, de traer víveres para su familia que mantenía ocul­ta en una montaña. Continué diciéndole que si venía de aquel punto, era forzoso que supiese el paradero de Noguera, y que si no me lo decía todo le iba a fusilar:

fuera la verdad o fuese por salir del paso, me comunicó que en Sacandanoy había oído decir que Noguera ha­bía salido a la Comunidad a vender víveres y a com­prar sal: me dijo que le parecía fácil su aprehensión, empleando para ello paisanos, y me hizo varias oficiosas indicaciones, que me daban bastantes probabilidades de buen suceso. Entonces resolví mandar al mismo Nacíbar para que diera a Eraso los mismos informes verbales que a mí, y le puse una esquelita en términos muy vagos, dirigidos únicamente a que comprendiese que debía dar crédito al indio y acompañarse con él para asegurar el golpe sobre Noguera, sin hacer mención de éste, como convenía, según se ve en la copia siguiente:

"Buesaco, mayo 28.

 

"Mi estimado Eraso: el dador de ésta le advertirá de un negocio importante que es preciso le haga con él. El le dirá a la voz todo, y manos a la obra. Oiga usted todo lo que le diga, y usted dirija el golpe. Suyo,

 

"JOSE MARIA OBANDO"

 

"En el sobre, que por fortuna estaba contenido en la misma pieza de papel, quiso Dios para prepararme de­fensa contra una atroz calumnia que había de asomar la cara trece años después, quiso, digo, que yo emplease estas precisas palabras: "Al comandante de la línea de Mayo, José Eraso".

Y en nota al fin de la hoja dice: "Este es el gran comprobante que mis verdugos han llamado después, orden de Obando para asesinar a Sucre".

Y continúa: "No le hablaba con claridad del asunto sino de este modo misterioso, para el que no estuviese tu los antecedentes, ya porque debiendo desconfiar del indio conductor, fugitivo como andaba, era de temer que fuese a entregar este papel al mismo Noguera; ya porque era posible que sin culpa del conductor fuese interceptado y cayese en manos del referido Noguera en lugar de llegar a las de Eraso: por este mismo temor no nombré a Nacíbar ni a Noguera".

Lo primero que hay que observar en esta larga rela­ción es que el general Obando no pudiese asegurar an­tes a qué Eraso dirigió su billete, "porque él se valió de muchos Erasos", ni menos pudiera decir con qué personas envió sus cartas, y en Lima expresase con tanta minuciosidad cuanto acababa de verse. Y pues que en el sobre se leía: "Al comandante de la línea del Mayo José Eraso", ¿cómo no supo a qué Eraso se dirigió?

 

Dice que Dios, con ese sobrescrito quiso proporcionarle su defensa contra una atroz calumnia que había de aso­mar la cara trece años después, cuando es sabido que desde el instante mismo de haber sido asesinado el gene­ral Sucre se les sindicó a él y al general López como autores principales del hecho. Por tanto si fue calumnia, databa de aquella fecha, y fue tan general y vehemente la acusación que ambos representaron al Presidente se­ñor Joaquín Mosquera, pidiendo que se les juzgase, so­licitud que, encontrada sobre la mesa del Consejo, re­solvió el general Urdaneta, llamándolos a esta capital, como lo vimos en su lugar.

Esas sospechas se fundaron principalmente, ya en el lugar donde fue inmolada la víctima, ya en las signifi­cativas cartas del general Obando al general Flórez; ya en la más expresiva todavía del general Murgueíto, en que le decía de Popayán: "Tenga usted mucho cuidado con ese señor si viene por ahí (por Cali) y haga que venga por esta plaza"; ya en las contradicciones en que incurrió, diciendo a unos que los agresores fueron unos desertores del ejército del Sur, a otros que soldados disfrazados, a otros que cuatro carabineros de la escolta del coronel Guerrero que dejó fuera de Pasto, no se sabe dónde, y a otros que el general fue asesinado por robarlo, de todo lo cual me ocupé con más extensión en mi primer tomo.

Todavía en 1832, cuando la semicampaña que hici­mos sobre Pasto, se llamaba a Eraso "comandante de la línea del Mayo", y como tal mandaba el pelotón 'de la­briegos de la ribera de dicho río que formaba parte de nuestra vanguardia, la que fue derrotada por el capitán Tamayo; luego bien pudo el general Obando titularle así en 1830. Y es de notarse que dicha vanguardia era mandada por Alvarez y Eraso, yendo también en ella Sarria, ya coronel, como agregado, es decir, los tres principalmente sindicados de ejecutores del asesinato.

Lo que no se comprende es cómo el general Obando pudo conferir comisiones y dar un mando, algún tanto importante a un hombre que no hizo uso del indulto que le dirigió para presentársele, lo que significa que se mantenía oculto. También es notable que a un bandido semejante le diera autoridad sobre los vecinos de la ribe­-

ra del río Mayo, que eran muchos y entre ellos algunos padres de familia honrados, y esto sin objeto plausible, o al menos sin el resultado que dice se propuso, pues Eraso nada hizo para prender a Noguera, sino que, por el contrario, fue su corresponsal hasta el momento de haber sido preso, quince años después de la fecha en que el general Obando dice haberle escrito el billete. Por mi parte, declaro que no alcanzo a explicarme estas dudas.

Respecto del indio Nacíbar da Irisarri en su Historia crítica una réplica que quiero extractar para que sea el lector quien juzgue de su valor por sí, y no por lo que yo escriba.. Dice así:

"Observados en primer lugar que, habiéndose orde­nado la cosa de modo que sólo Obando y el indio Nacíbar fuesen sabedores del secreto, se trató de cerrarnos todas las puertas que podían abrírsenos para probar la mentira, principalmente cuando nadie puede hallar a este Nacíbar para preguntarle lo que hubo en el caso. Des­pués de esto observamos que aquel indio, a pesar de no merecer la confianza de Obando, la mereció hasta el punto de darle carta blanca para que se le creyese cuanto quisiera decir en nombre de aquel que desconfiaba, de su fidelidad. Observamos al mismo tiempo que era precioso cometer una imprudencia increíble para que el escri­tor de la carta confiase a un partidario de Noguera el secreto de las medidas que se tomaban contra su caudi­llo, sin estar seguro el que se valía de él de la disposi­ción de aquel infeliz para traicionar a Noguera y sin hacerle acompañar de una persona de entera confianza que hubiera excusado la tontería de fiar la misma carta al hombre sospechoso. Finalmente, observamos que sí por el temor de que Nacibar llevase a Noguera la carta en lugar de llevarla a Eraso, se ponía aquélla en los tér­minos que se ponen las más amplias credenciales, este mismo temor debió haber impedido el confiar aquel documento al hombre sospechoso, porque con él probaría a Noguera lo que Obando no quería que éste entendiese".

Si todo lo que el general Obando recordó en Lima lo hubiera recordado en su confesión, se hubiera podido buscar al indio Nacíbar, aunque nadie le ha oído nom­brar ni antes ni después de carearlo con Eraso, y de este careo algo se hubiera podido deducir. Este olvido cuando contestaba a cargos en su confesión es demasia­do notable y en sana crítica inadmisible, y por eso dice lrisarri:

"¿Y por qué Obando, después de haber pasado años enteros buscando el medio de destruir la prueba de su carta, ha venido a darnos de ella una explicación tan poco satisfactoria?".

Desideria Meléndez, mujer de Eraso, guardó las dos cartas desde que las entregó Morillo, y las guardó con sumo cuidado, por que cifraba en ellas la seguridad de su marido y la suya propia. ¿Es, pues, siquiera verosí­mil que hubiera tenido semejante cuidado con la del general Obando, por quince años, si ella se reducía a encargar a Eraso que prendiese a su compañero Nogue­ra, lo que Eraso no hizo ni intentó? ¿Y es admisible racionalmente que una mujer conturbada sacara esa carta del archivo secreto de Eraso y la entregara al ofi­cial que con ella fue a buscarla por orden de un juez, si no hubiera sido auténtica y si no lo hubiera hecho con el objeto que había declarado?

En cuanto a la carta de Alvarez, quien ya vimos la negó rotundamente, dice Irisarri:

"¿Pero porqué quiso Alvarez negar aquella carta, que en nada podía comprometerle? ¿Qué se deducía de ella, sino que él recomendaba a Morillo como a un viajero que debía pasar por la casa de Eraso? ¿Para qué empeñarse en probar que él no era autor de un papel inocente? Una simple carta de recomendación, como aquélla, se da a cualquier pasajero, y nada más se pue­de probar con ella que un acto de civilidad. ¿ Por qué, pues, el empeño de Alvarez de no querer parecer un hombre servicial? Claro es que él no tenía interés en negar aquella carta, sino que el interés era de Obando, porque habiendo recibido Eraso aquel papel el mismo día que el de Obando, se probaba que no era el año de 26 sino el año de 30 en el que se escribió el fechado en Buesaco; y de aquí es que no fue Alvarez sino el mismo Obando el que intentó probar las coartadas que no pro­bó, y que con su poderoso influjo en Pasto hizo que los escribanos hallasen que la letra y firma de Alvarez no eran como todas las letras que salen de una misma matriz o de una misma fundición".

Sin embargo, ya dije que a los ojos de los demás eran iguales a las del mismo Alvarez, encontradas en la petaquilla presentada por la Meléndez.

Es fácil comprender cuán embarazado y hasta tímido se encontraría Morillo en un careo con un hombre de la oposición del general Obando, y teniendo que responder a preguntas repentinas hechas con arte y que debían sorprenderle. A pesar de ello, siendo increpado por el general Obando de asesino, testigo vil, en un momento de indignación tuvo la energía de contestarle: que él no sabía quién fuese más asesino, sí el que había lleva­do la orden a un facineroso para asesinar a un hombre, o el que con autoridad expidió dicha o cien, tanto no escrito como verbalmente.

El auditor de guerra había sido ya ganado en favor del general Obando, y tanto por esto como por las de­bilidades que se tenían con él, se imponía en el proceso cuando quería, lo que no era pequeña ventaja sobre Mo­rillo; así fue que de improviso le preguntó si el billete se lo había entregado cerrado o abierto, y Morillo con­testó que abierto y que se viese sí tenía señales de pega­dura. El general hizo observar que la carta las tenía de lacre.

lrisarri se extiende en el examen cíe este incidente, único en todo el proceso en que aparece Morillo en con­ adicción u olvidado. Extractaré las principales observa­ciones de Irisarrí; dice así:

"¿Pero esto qué prueba? Prueba que Morillo río ha­bía visto la carta cosida al proceso como la había visto Obando; prueba que Obando había tenido la comodidad que necesitaba para examinar a toda su satisfacción las pruebas que había contra él, y que Morillo hablaba de memoria y de cosas que habían pasado diez años antes: prueba que Morillo recibió la carta abierta y la entregó abierto, y que por esto estaba persuadido de que no de­bía tener señal de pegadura como él dice".

Hace otras observaciones u otras deducciones, y con­tinúe así.

"Pero estas señales no prueban que la vez que estuvo cerrada fue cuando se entregó a Morillo: aquellas seña­les pudieron ponérsele antes o después de agregadas al proceso. ¿Es acaso imposible este hecho, habiéndose des­cuidado un poco el juez instructor, o el secretario o el escribano, el mismo que trató de salvar a Antonio Ma­riano Alvarez, diciendo que no parecía letra de él la que evidentemente no presenta otra cosa sino que es del puño y letra del citado Alvarez?"

La opinión general en Pasto fue que las señales del lacre en la carta se pusieron por el escribano después de cosida en el expediente, pues él funcioné en cl proce­so antes que el general Obando declinara de la juris­dicción civil, y que se tuviera la debilidad indiscutible de consentir en su reclamación. Puede ser; pero más bien es creíble que fue olvido natural de Morillo que, como dice Irisarri, tuvo necesidad de recibir la carta abierta, aunque por una prudente precaución del gene­ral Obando no la cerrase hasta el momento de entregarla.

Una de las coartadas que pretendió probar el gene­ral Obando fue la de que el comandante Alvarez no estaba en Pasto el 31 de mayo (1830), día de la fecha de su carta, pues que desde el 28 había seguido al Guái­tara. Pero esta coartada no está probada, y, por el con­trario, hay una declaración de un ciudadano completa­mente idóneo y digno de crédito, en la que, respondien­do a una pregunta del juez, dice así:

"Que se llama Antonio de la Torre; que su ejercicio es colector de las rentas nacionales de la provincia de Pasto; que conoció de vista, trato y comunicación al Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre; que ha oído decir que fue asesinado en la montaña de Berruecos el día 4 de junio de 1830, viniendo de Bogo­tá para Quito; que en cuanto a saber o tener sospecha de quiénes fueron los autores de este crimen, sólo puede decir que como unos tres o cuatro días antes del asesi­nato pasó a casa del general José María Obando, en donde encontró a éste, al comandante Juan Gregorio Sa­rria, al comandante de armas, que lo era entonces Anto­nio Mariano Alvarez, y a otros señores que estaban reu­nidos en la misma casa conversando de varios asuntos; que a poco rato salió para la calle el que declara, y detrás de él el comandante Alvarez, quien con mucha ins­tancia le pidió dos paquetes de cartuchos, diciendo que los necesitaba en aquel momento y con mucha urgencia, a lo que repuso el declarante que se admiraba siendo él comandante de armas, y teniendo el parque a su dispo­sición, le exigiera con tanta precisión los dos paquetes de cartuchos; que habiéndole vuelto a instar Alvarez al declarante que se los diera, respecto a que era mucha la urgencia con que los necesitaba, tuvo, por último, que acceder a dárselos, como efectivamente se los dio", etc.

Tres o cuatro días antes significan el 30 ó 31 de mayo.

A pesar de todo, el general Obando, contando ya con el auditor de guerra, pidió su excarcelación, por cuanto dijo que habiendo probado que no estuvo en Bue­saco, y que Alvarez no estuvo en Pasto en la fecha de la carta que se suponía escrita por él, siendo apócrifa, debía ponérsele en libertad. El auditor opinó de confor­midad: dictamen que causó una justa sorpresa, por in­fundado; y el jefe militar no se conformó con él y continuó el curso del proceso. A los cinco días de haber resuelto esto, el coronel Lozano murió repentinamente. El general Obando dice que murió atormentado por su conciencia, por la injusticia que habla cometido; el ge­neral Mosquera, que con síntomas de envenenamiento. De remordimientos no podía haberse muerto, pues aun cuando hubiera cometido un error, no era de naturaleza tal que pudiera afligirse nadie hasta morirse. Unos (lías más o menos que el general Obando estuviera en su casa, teniendo en ella una tertulia permanente, saliendo por las noches a pasear y visitar a sus amigos, y en liber­tad completa para organizar una revolución formidable en Nueva Granada y promoverla en el Ecuador, no era motivo ni aun para quitar el sueño por una noche al hombre más timorato. Envenenado no lo creo, porque un había motivo para cometer un nuevo y odioso crimen. Que los tres infelices que con Morillo tiraron sobre el general Sucre, mandados por hombres ante quienes tem­blaban, hubieran sido envenenados por Eraso o Sarria, se comprende, porque podían, bien intencionalmente, bien por alguna indiscreción, hacer revelaciones, circuns­tancia que no concurría con el coronel Lozano. Este murió como mueren tantos repentinamente, y esto es lo cierto.

Por la muerte del coronel Lozano fue nombrado jefe militar de la provincia el honrado y circunspecto te­niente coronel Antonio Cárdenas: otro estallido de quejas por este nombramiento. Ya no se sabía qué hacer; aquello no era un juicio, era una lucha; si no se nombraba algún partidario del general Obando, todo se volvía recriminaciones: resultado necesario de las con­descendencias y contemplaciones que desde el principio se tuvieron con él, y de haberse apropiado su causa un partido entero.

En el acto ocurrió el general Obando a solicitar del nuevo jefe militar la revocatoria de la resolución ante­rior. El comandante Cárdenas, que era tímido para re­solver la más mínima cosa, en un juicio que a todos arre­draba, preguntó al general Mosquera si consultaba al mismo auditor que antes había dictaminado; a lo cual el general Mosquera le contestó que eso sería irregular y que si consideraba fundada la resolución dada por su antecesor, debía sostenerla. En efecto, aunque hubiera variado la persona, la autoridad era la misma. Era evidente que estas solicitudes se hacían para alegar falta de garantías, pues no podía ocultarse a los consejeros del general Obando ni a éste mismo, que en el estado en que la causa se encontraba no había legalmente en qué fundar un decreto de excarcelación. Para sacar una co­pia territorial de la causa para la Suprema Corte Mar­cial, y otra pedida por el general Obando, se emplea­ban cuatro escribientes y porque no alcanzaban a con­cluir, se alzaba el grito por él y por sus parciales: "¡Persecución, falta de garantías, a las armas!"

 

XIV
 

 

Hemos copiado ya la semibiografía que hace el ge­neral Obando de José Eraso, "comandante de la línea del Mayo", a quien bajo este título escribió la carta que en su confesión dijo no sabia a qué Eraso fue dirigida, porque él "se valió de muchos Erasos". Veamos ahora este otro rasgo biográfico:

"El coronel graduado Apolinar Morillo, venezolano, esto es, paisano de Flórez, y que se ha confesado autor o ejecutor de la muerte de Sucre, sirvió en el sur de Co­lombia a órdenes inmediatas de Flórez, aun después de la guerra de Pasto de que he hablado en el capítulo 59 de la parte II, y fue durante ella su instrumento y agen­te en las crueles iniquidades que se cometieron bajo su aciaga gobernación, de lo que he dado una ligera idea en los capítulos 39 y siguientes de la misma parte Carga a cuestas la mala fama que dan estos hechos notorios y los estupros, violencias y otros torpes delitos cometidos entonces (registrados en los cantones de Pasto y Túque­rres, y cuya memoria será igual a la duración de aque­llos pueblos) en una mujer casada y su esposo; el sucio y escandaloso crimen cometido en el pueblo de Cotacachi, por el cual fue procesado; el frío asesinato perpetrado en su propio asistente en Guayabamba; el asesinato del anciano Carlos Galvis, sacristán de la matriz de Pasto; el de más de veinte vecinos presos, a quienes en el pue­blo del Ingenio sacaba de uno a uno a pretexto de po­nerlos en libertad, y matándolos en seguida detrás de la casa con su misma espada; los de Catambuco, en donde bacía apiñar indígenas que atravesaba reunidos para pro­bar hasta cuántos podrían matarse a un tiempo con la longitud de su espada; los de cerca del pueblo de Pipio­tes, en donde hizo lancear a un miserable anciano, con las trémulas manos de su misma esposa, estimulándola con punzadas a las espaldas, hasta que venció su resistencia tomándole las manos, y ejecutando con ella el ase­sinato, sin perdonar por esto a aquella desgraciada a quien en seguida dio también la muerte". Y en otra parte de su libro lo llama "el facineroso Apolinar Mori­llo, puñal afilado de siniestros ambiciosos". Sigue ha­blando de la promulgación de la República del Ecuador en mayo de 1830, al tiempo de la disolución de Colom­bia; sobre el interés que el general Flórez tenía en hacer de ella su patrimonio, de los celos que tenía contra el general Sucre, y continúa:

"En tales circunstancias fue que Morillo obtuvo pasa­porte de Flórez para Venezuela y llegó a Pasto en. los últimos días del mes de mayo, al mismo tiempo que vino la partida de incógnitos carabineros, que condujo del Ecuador el tuerto Guerrero, regresando solo, después de lo cual resultó asesinado el general Sucre el 4 de junio inmediato por una partida de carabineros que regresaron para el Ecuador, habiendo confesado Morillo, con tormento o sin él, con sugestión o sin ella (pues esto importa poco cuando sólo se trata de un cálculo), que él dio la muerte al general. ¹

1 Lo que aparece en letra cursiva en este párrafo lo está así en el libro de que lo he copiado.
 
 

 

Después de esta horrible descripción de Morillo, en la que yo creo ver llevada la hipérbole en la acrimina­ción a un extremo que la hace sospechosa; después de asegurar el general Obando que Morillo vino con pasa­porte del general Flórez para Venezuela, va a vérsele contradecirse a sí mismo en el siguiente documento au­téntico, que se halla al folio 900 del proceso. Dice así:

"José María Obando, general del ejército de la Nueva Granada, en uso de licencia temporal, certifico y juro, bajo mi palabra de honor: que desde fines de 1822 conocí al señor teniente coronel con grado de coronel, Apolinar Morillo, sirviendo en el ejército liber­tador en clase de capitán; que fue uno de los que en las campañas del sur, principalmente en las de Pasto, gozaba de una reputación de conocimientos militares; que en las cuestiones políticas siempre ha permanecido fiel a la causa de la libertad, por cuyas opiniones fue despe­dido, a principios del año de 1830, del Ecuador, por no convenir con los principios de despotismo y arbitra­riedad; que en dicho año, cuando triunfó la rebelión de Rafael Urdaneta, se presentó a prestar servicios en esta plaza para sostener el gobierno legítimo; que fue uno de los oficiales veteranos que ayudaron a organizar las fuerzas que después triunfaron en Palmira, sirviendo con actividad, con honradez y con empeño cuantos destinos se le confiaron, principalmente en la acción de Palmira, donde se condujo como en todas partes, con un valor re­comendable. El coronel Morillo es acreedor a las consi­deraciones del Gobierno de la Nueva Granada, por su constancia en pertenecer a la buena causa, los servicios que ha prestado a la causa del Estado y por ser un antiguo soldado de la independencia. Es cuanto puedo certificar en obsequio de la justicia y de mi deber, para los fines que le puedan convenir.

"Popayán, septiembre 12 de 1833.

"JOSE MARIA OBANDO"

 

El general López también fue expresivo en su certi­ficado que se encuentra en el proceso a continuación del anterior, en el que dice, jurándolo por su palabra de honor, que Morillo fue expulsado del Ecuador por el general Flórez, y que por los buenos informes que se recibieron de él (de Morillo) se le dio servicio en las

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