CAPITULO SEXTO.
 

 

 

 

I.
 

 

Habían corrido cerca de cuatro meses sin que se reuniera el
quórum constitucional, para que el Congreso colombiano
pudiera abrir sus se­siones: faltaba un senador y el mas cercano
estaba gravemente enfermo en Tunja. Ponsóse pues, en que los
senadores y representantes fueran a dicha ciudad a hacer allí la
instalación, y verificada, regresasen a con­tinuar las sesiones en
esta capital, pues que una vez instaladas las cáma­ras
legislativas, bastaban las dos terceras partes de los miembros
pre­sentes para que así pudiera hacerse. Pero la ley exigía que el
Congreso se reuniera en la capital; ¿cómo allanar este
inconveniente? Las fa­cuItades extraordinarias lo allanaron: el
Vicepresidente en uso de ellas por la delegación que le hizo el
Presidente, expidió un decreto, suspen­diendo para el caso, los
efectos de dicha ley, sin que ninguna objeción se hiciera
por nadie. Véase pues, que el jeneral Santander, los senadores, los
representantes los ciudadanos, entendían las facultades
extraordina­rias como las entendió el Libertador cuando expidió su
decreto al man­char para Venezuela. Así, pudo reunirse el Congreso
en Tunja el día 2 de mayo, emplazándose para continuar sus sesiones
el 12 en Bogotá.

El mismo día 12 que se reunió el Congreso en esta ciudad, su
pri­mer acto fue llamar al Vicepresidente a prestar el juramento
constitu­cional. Denegose este por dos veces, manifestando que
había dirigido su renuncia a Tunja y pedía que se resolviese sobre
ella, pues que se atri­buían a su administración los males que
sufría la patria. El Congreso insistió, y el jeneral Santander tuvo
que obedecer, presentándose a las ocho o mas de la noche en la sala
de las sesiones acompañado de los secretarios del despacho. La
concurrencia a la barra era inmensa y la ansiedad del pueblo
extraordinaria. Puestos de pié los senadores representantes, y
reinando un silencio profundo, prestó el Vicepresidente el
juramento en la forma legal, sin hacer la menor observación en el
sentido dé las que había hecho en sus negativas anteriores, y
pronunció un corto discurso, digno, sin quejas ni alusiones capaces
de herir a nadie, como muchos temíamos lo hiciera: "Renuevo aquí
(dijo) en presencia de la augusta representación nacional la
profesión de mi fe política: sos­tendré la Constitución mientras
que ella sea el código de Colombia; mi corazón será siempre puro y
desinteresado; mi alma será siempre libre; mi voluntad será la del
pueblo colombiano legítimamente expresada; mi obediencia y
sumisión serán de la ley y de las autoridades debidamente
constituidas; mis sacrificios í desvelos serán inalterables
por la independencia y libertad de Colombia." El presidente del
Congreso le contestó en términos honrosos y prudentemente
lisonjeros, cual conve­nía y era bajo muchos puntos de vista justo.
Un, aplauso sincero y jeneral respondió al discurso del presidente
del senado; pero sin la algarabía incivil que ahora se acostumbra,
quizá por el desarrollo que ha teni­do el elemento democrático, y
por los progresos de la juventud en cierto sentido, que le hacen
ver como plausible y muy liberal, el desacato a cuanto hay
de respetable, y a los mayores en edad, dignidad y gobierno.

Una diputación del Congreso, muchos ciudadanos, y los jefes y
ofi­ciales que concurrimos a la barra, acompañamos al
Vicepresidente al palacio, y algunas esperanzas de calma y bonanza
se concibieron, a pesar de que se notaba en el semblante del
jeneral Santander cierta preocupación de inquietud y un ceño de
disgusto que las disminuía.

El 6 de junio se reunieron ambas cámaras en Congreso para
resol­ver sobre las renuncias del Presidente y Vicepresidente de la
República. Dentro y fuera de la sala querían unos que se admitiera
la del Libertador y se negara la del jeneral Santander; otros, que
se admitiese la del se­gundo y se negase la del primero; otros, y
éramos los menos, que se admitiesen ambas, y otros, que eran los
mas, que se negaran la una y la otra. Estos prevalecieron: la
primera que se negó fue la del Libertador; la segunda, pues, era ya
seguro que seria negada por una gran mayoría, y así lo fue. Por
nuestra opinión de admitir ambas renuncias, no hubo mas que cuatro
votos, lo que prueba la minoría en que estaba ya el partido
constitucional, propiamente dicho, dentro y fuera de las
cámaras.

 

 

II.
 

 

Corroborándose las sospechas, fortalecidas por indicies
vehementes, de que los jefes de la 3.ª division venian vendidos al
Gobierno del Perú, se vió el jeneral Santander en la necesidad de
dictar un decreto (21 de mayo) declarando que el Gobierno de
Colombia, deseconocia y desconocería toda desmembración del
territorio de la República; que también desconocía y desconocería
cualquier acto por cl cual se trastornará el orden público en los
departamentos del Sur; que en caso de haberse realizado algún
cambio político en dichos departamentos, prevenía que se
restablecieran luego, al punto, las cosas al estado que
tenían antes del arribo de la 3.ª division.

Al gran mariscal Lamar y a la Municipalidad de Guayaquil
co­municó órdenes perentorias en este sentido, que ni el uno ni la
otra pu­blicaron ni atendieron, diciendo siempre que no habían
recibido contestación del Gobierno a las notas que sobre aquellos
sucesos le habían pasado. Pero, eso si, protestando que se
observaban la Constitución y las leyes. ¡Siempre lo mismo!

Perfeccionada la elección de presidente del Perú en el mariscal
Lamar, partió este jeneral para Lima (24 de julio), y con su
ausencia empeoraron las cosas en Guayaquil, pues su respetabilidad
y su influencia le daban fuerza moral pava impedir los desórdenes
que después ocurrie­ron. Al día siguiente, no mas, de embarcado el
Jeneral, convocó la Municipalidad un comicio popular en el que se
acordó un acta proclamando la federación sin romper la
unidad colombiana, ofreciendo enviar sus diputados a la gran
Convención, cuya convocatoria se daba ya por hecha, salvando el
caso de que la Convención no se reuniera en un año en el cual
quedaba Guayaquil en libertad de constituirse como a bien tuviese.
En el entretanto se reservaba la asamblea el derecho de dic­tar
leyes sobre justicia, policía, hacienda, guerra, etc.

La prensa liberal bogotana era la que atizaba el fuego en
todas partes: un periódico titulado "El Granadino con su nombre no
mas in­dicaba la tendencia del nuevo partido que se había separado
del partido constitucional. "El Conductor," "La Bandera tricolor,"
le ayudaban con todo el frenesí de la pasión mas exagerada; la
parte no oficial de la Gaceta, daba a aquel círculo toda la
respetabilidad de su redactor verdadero; y estos periódicos se
reproducían en su mayor parte en Guayaquil.

En esta capital se estableció otro periódico titulado "El
Ciuda­dano" y se publicaban hojas sueltas en oposición a los antes
mencionados. La prensa de Cartagena, en lo jeneral, también los
combatía; y la guerra de papeles se hacia a muerte contra
toda reputación, contra todo mérito, acriminándose los unos
a los otros con un furor que lle­gaba a la demencia.

Y cuando aquellos principios de aquellos fines, o mejor dicho,
de estos otros principios de mas desastrosos fines, brotaban de lo
hondo del infierno? Colombia llegaba al último grado de esplendor y
respeta­bilidad en la República de las naciones: no solo había sido
reconocida por la Inglaterra y los Estados Unidos, sino por el
imperio del Brasil, la primera potencia de Sur-América; por la
Baviera, por la Holanda, por las ciudades Anseáticas, y por la
Santa Sede, que a pesar de la oposición esforzada del gabinete
español, preconizó los arzobispos y obis­pos presentados por el
gobierno colombiano dando con ello una gran fuerza moral a la
República, la que no se lo ha agradecido.

La Francia de los Borbones, envió también un cónsul jeneral,
ampliamente autorizado, y el pabellón colombiano fue
admitido en sus puertos.

El rey de Inglaterra mandó al Lord Cokburn en calidad de
mi­nistro extraordinario, con la misión de presentar a nombre de S.
M. Y de su gobierno un respetuoso homenaje al ilustre Libertador
de Colombia.

 

¡Cómo entristecen estos recuerdos! - ¡Lo que éramos
entonces?- Qué seamos hoy?......Nada; peor que nada: somos el
ludibrio del universo.

 

                                                  
III.        
                    

 

Hallabase el Libertador en Caracas, regularizando todos los
ramos de la administración pública que la revolución había
perturbado, cuan­do recibió las primeras noticias que le fueron de
esta ciudad, de Panamá de Cartagena, del regreso de la 3.ª division
a Colombia y de sus miras, y luego que se hubo informado de los
pormenores que dejo referidos, de que nada menos se le exigía sino
que se presentase como simple par­ticular ante el Congreso, a
dar cuenta de su conducta en el Perú, su jus­ta indignación
llegó al grado que el hombre mas impasible puede calcular. Me
consta que había escrito a sus amigos que estaba decidido a
insistir en su renuncia, y a no continuar en el mando bajo ningún
pretexto: yo vi la carta que escribió a mi tío, el doctor
Justiniano Gutiérrez, con quien tenia mucha amistad y se
correspondía; supe de la que dirigió al general Soublette, al señor
José Ignacio Paris y al señor Baralt, amigos de su íntima confianza
a quienes no podían querer engañar, ni tenia interés en ello; pero
todo cambió y debió forzosamente cambiar con el gravísimo
acontecimiento de que he hablado. Así, a pesar de que pocos días
antes se excusaba de venir a la capital a encargarse del poder
ejecutivo, según se lo pedían encarecidamente sus amigos y aun el
mismo general Santander, escribió a todos que habían variado
enteramente las circunstancias; y que tratándose de conmover y
desmembrar la República, él se creía obligado como presidente y
como simple ciudadano a impedirlo y a evitar el escarnio de la
leyes. Que tanto marchaba para la capital y que no creería haber
satisfecho sus mas sagrados deberes, hasta no dejar la República
tranquila y en amplitud de poder disponer libremente de sus
destinos.

En consecuencia dispuso en el acto que se embarcara en Porto
cabello para Cartagena una fuerte división; que el general Urdaneta
(Rafael), que estaba en Maracaibo, marchase con otra a la provincia
de Pamplona; que las tropas existentes en Cartagena se preparasen
para moverse; que el general Páez alistase todas las de los cuatro
departamentos de Venezuela,  Orinoco, Maturín, y Zulia, y mil
jinetes apureños, los centauros colombianos, fuerza que debía estar
pronta a marchar cuando se la necesitase. Aquellos departamentos
los puso a las órdenes de dicho general, como jefe superior civil y
militar; y dependientes de su sola autoridad, debiendo el jeneral
Páez entenderse con él directamente por medio del secretario
general, y lo mismo los otros generales. Esta medida era
indispensable en el estado a que había llegado las cosas pues el
general Páez y sus partidarios no se habrían sometido al
vicepresidente. Por otra parte la voz pública acusó de un extremo a
otro de Colombia, al general Santander como autor y promotor del
motín de la 3.ª división y de su regreso a los departamentos del
sur de la república; y esta calumnia, porque calumnia fue, tomó una
consistencia tal que el Libertador murió dándole crédito. El
jeneral Santander se alegró de aquel suceso, pero le sorprendió.
Tan cierto es eso que ni conocía a Bustamante, ni sabia dónde había
servido: en la secretaría de guerra tuvimos que examinar los
registros para buscar su nombre y noticias sobre sus servicios al
expedirle el despacho del coronel efectivo. Al jeneral Santander le
sucedió entonces como recientemente sucedió al presidente Ospina
con las revoluciones del Cauca y Santander en 1859 y 1860 y lo que
sucederá siempre a los altos mandatarios, cuando haya interés en un
partido adversario de desacreditarlos para deshacerse de ellos.
Pero yo trataré de esta acriminación al señor Ospina, mas
detenidamente en su lugar.

Bajo estas impresiones y proponiéndose el Libertador hace frente
a la invasión de aquellas tropas de una manera eficaz y que
asegurarse el éxito; teniendo el deber de hacerlo como presidente
de la República encargado del Poder ejecutivo, en uso de facultades
extraordinarias, natural era que tomase precauciones contra los que
se manifestaban sus enemigos declarados, y a quienes creía
cómplices de los invasores que se proponía combatir. Las facultades
extraordinarias, tales como estaban escritas, lo autorizaban
para ello; y yo creo mas, creo que hubiera podido suspender del
ejercicio de sus funciones al vicepresidente, que suponía culpable,
fundándose en aquella autorización que le daban dichas facultades
para dictar todas las medidas extraordinarias, que fueran
indispensables, cuya necesidad, ya lo he dicho y lo repito, la
dejaba la Constitución  a su solo juicio.

Sin embargo, a pesar de todos aquellos temores y desconfianzas,
no hizo mas que mover las tropas avisándolo por nota oficial al
secretario de guerra, explicando el objeto legítimo con lo que
hacia, y moverse él mismo con dirección a la capital por la vía de
Cartagena.

El diferente modo con que han sido juzgados estos actos
proviene,  en mi concepto, de un error en la forma que se cometió
entonces y fue continuar considerando al Vicepresidente como
encargado del Poder ejecutivo nacional, cuando cesó de estarlo
desde que el Libertador se declaró en ejercicio de dicho poder
constitucionalmente, y solo quedó el Vicepresidente en Bogotá
encargado del gobierno de una parte de la República por
delegación. Siendo esto así, como me parece indudable, es
inexacto que "se agregó con este hecho otro cuarto poder a los tres
que había establecido la Constitución," como se decía en aquella
época y ha repetido recientemente el señor Ezequiel Rojas, pues el
poder ejecutivo era un solo, ejercido por el Presidente, quien
delegó una parte por necesidad, al Vicepresidente como
medida extraordinaria.

 

IV.
 

 

Lord Cokburn se hallaba todavía en Caracas, y habiendo tenido
noticia de la próxima partida del Libertador, puso a su disposición
la fragata de guerra "Druida" que estaba en la rada de la Guaira,
esperándole para volverle a Inglaterra. El Libertador aceptó el
ofrecimiento y en dicho buque se trasladó a Cartagena,
acompañándole el Lord Cokburn, quien en efecto regresó a
Inglaterra, con encargo confidencial del Libertador de excitar al
gobierno de S.M.B. a que promoviera el reconocimiento de la
Independencia por la España; que era lo que el Libertador deseaba
mas ardientemente como complemento glorioso de la obra que con
tantos esfuerzos, peligros y penalidades había llevado a cima, y
para que volvieran a estrecharse antes de su muerte las relaciones
naturales, que deben existir entre los padres y los hijos
emancipados, que la guerra había interrumpido.

El Libertador pensaba que, puesta aparte la cuestión
Independencia, era la España entre todas las naciones
nuestra amiga natural. decía que esos odios engendrados por una
guerra que se había hecho con igual encono y furor en todo
sentido por ambas partes, debían apagarse terminada la
contienda. Y esto es verdad, y así deberá ser.

Yo estoy hondamente penetrado de los mismos sentimientos. Es
absurdo y ridículo estar todavía vociferando contra los españoles,
nosotros que somos sus hijos, de quienes tenemos todo:
civilización, idioma,  costumbres y el mayor de los bienes, la
Religión cristiana.

Se exageran los horrores cometidos en la conquista. Ciertamente
los hubo grandes, atroces; mas a pesar de todo, abriendo los anales
de la historia se verá que desde la mas remota antigüedad hasta
nuestros días, todo conquistador los ha cometido no solo iguales
sino mayores, porque esto es consiguiente al hecho siempre violento
de conquistar y de forzar al pueblo subyugado a la obediencia,
aunque algunas veces la conquista mejore su suerte.

Si se observa sin prevención la de las numerosas tribus
indepen­dientes en los Andaquíes, en Casanare, en las Guayanas, en
la hoya del Amazonas, en la Patagonia, etc. que están hoy como
estaban al tiempo de la conquista ¿podrá negarse que son
infinitamente mas desgracia­dos que jamás lo fueron los indios
sometidos al gobierno español? Por otra parte, la. comparación debe
hacerse con los conquistadores de otras regiones de la América que
no eran españoles. ¿Dónde están los in­dios que en naciones
numerosas poblaban el territorio conquistado por los ingleses y los
franceses y que se llaman hoy Estados Unidos de América?- Están en
los bosques, en los desiertos, obligados por la persecución a huir
abandonando su hogar, y los huesos de sus padres, y los árboles que
dieron sombra a su infancia. La compra que hizo el vene­rable
cuácaro Guillermo Penn de un pedazo de tierra a los inocentes
indios para establecer la colonia de sus austeros correligionarios
persegui­dos, ha sido ejemplo que no se ha seguido y solo ha
servido para escribir apologías y pintar cuadros.

Los franceses conquistaron el Canadá, que después pasó a los
ingleses: ¿dónde están los indios que poblaban aquel vasto y rico
país? -Están en los hielos del Polo ártico entre los Esquimales. -
En. solo Mé­jico en una población de ocho millones de habitantes,
los cinco millones son indios puros. En Chile, en el Perú, en
Bolivia, en el Ecuador, en Guatemala, en las provincias del Río de
la Plata, etc, una gran parte de la población es india. En
Venezuela y entre nosotros ¿no abundan también los indios?- Esto
dice mucho.

En el Paraguay, conquistado por los jesuitas con la imagen
sagrada del hijo de María en la mano y con la dulzura de la
persuasión, lo que no pudieron hacer en treinta años de cometer
crueldades los que primero invadieron el país, las nueve décimas
partes de la población son indios puros y mestizos. Desde la
creación del mundo esta ha sido la única conquista que se ha
ejecutado sin derramar una gota de sangre del pueblo conquistado,
sin cometer la menor violencia y sacrificándose un gran número de
los religiosos catequizadores sin oponer resistencia, u sirviendo
de alimento a los antropófagos que buscaban en las selvas y en los
pantanos, sin interés propio, solo por mejorar su suerte sobre la
tierra y enseñarles el camino del cielo.

Completamente desnudos, hombres y mujeres, abigarrado el cuerpo
y untado de hedionda grasa de animales montaraces, viviendo como
monos en las ramas de los árboles: tales eran aquellos judíos, y
aun hoy lo son así en los inmensos desiertos y cenegales que desde
las márgenes del Orinoco se prolongan hasta las Guayanas, y desde
el sur de Pasto a las riberas del Amazonas; y lo son los Chimilas
en la provincia de Santamarta, y los de las riberas del Casare, y
los de Monte de Oca en los bosques de la Guajira, y los del
centro del Darien, y los de Casanare, etc.

El cristianismo, que es la moral, que es la caridad, que
es la civilización, los llamé hablándoles primero por señas,
cantándoles los himnos que hace mas de tres mil años cantaba David,
y atrayéndose así a fuerza de apostólica paciencia las hordas
antropófagas; fue suavizando sus costumbres feroces y
moralizándolos. Es un hecho reconocido por la his­toria desde
Anfión y Orfeo, desde Moisés y Numa Pompilio, que no se fundan los
imperios ni se civilizan los pueblos salvajes, sino por medio de la
religión, y los jesuitas lo probaron en el Paraguay.

A fuerza de trabajo y de paciencia, los que no fueron
sacrificados u comidos por los salvajes, fundaron con los primemos
indios que catequizaron, caseríos que conforme fueron aumentándose
se llamaron Reduc­ciones, grandes aldeas en las que erigían
iglesias de techo pajizo que iban adornando sucesivamente lo mejor
que se podía, celebrando los ofi­cios divinos en ellas, los que
atraían a los indios por la curiosidad y los fijaban por el
sentimiento.

Lo que han hecho los jesuitas como misioneros en todo el mundo
con religiosa abnegación, sufriendo las mayores penalidades y
espirando los mas en los tormentos, no se podría creer si no
estuviera tan probado. En el Paraguay sus esfuerzos fueren
coronados del mas completo triunfo: formaron una nación.

El Gobierno que establecieron aquellos padres venerables en su
República era mas que patriarcal, pues los antiguos patriarcas,
desde Abraham, Isaac y Jacob tenían siervos: era paternal.

Cada lugar estaba regido por dos misioneros, que mantenían el
or­den y administraban la justicia, lo que en la vida sencilla de
aquellos ca­tecúmenos y cristianos inocentes se hacia sin necesidad
de grillos ni de cadenas, ni de mazmorras como las nuestras que
llamamos cárceles, ni de horcas o guillotinas. Además, esos dos
padres tenían la cura de almas en su aldea, enseñaban la doctrina
cristiana, a sus feligreses, les decían misa diariamente y les
administraban los sacramentos.

En cada aldea había talleres establecidos por los mismos
jesuitas que aprendían los oficios mecánicos para enseñar a los
niños el que estos preferían según su genio o inclinación; y esto
lo han hecho los jesuitas en todas partes.

 

Los indios que rehusaban aprender un oficio, o no tenían
disposición para ello eran incorporados en el gremio de los
agricultores; bien que todos, aun los artesanos, tenían su terreno
acotado para labrar, por­que a cada familia proporcionalmente a su
número y necesidades, se le señalaba una porción de tierra de labor
para que, cultivándola, satisfi­ciese sus necesidades.

había también un campo que se labraba por trabajo personal
subsidiario, cuyos productos se destinaban para los gastos del
culto, para auxilios domiciliarios a las viudas, a les huérfanos y
a los inválidos, y se reservaba algo, en los años pingües para
suplir a los en que las cosechas eran escasas, imitando a Josef en
Egipto, con discernimiento y economía.

Hombres, mujeres y niños oían misa diariamente, al romper el
día; enseguida hacían un ligero desayuno y todos se dirigían luego
a sus respectivas labores y aprendizajes, las mujeres separadas de
los hombres: sabía medida, porque el fuego cerca de la pólvora es
peligroso y los ojos chispean.

Todo, en fin estaba ordenado con una previsión, con un método
tan fácil y sencillo en aquella naciente sociedad, que la
concordia, la amistad, la justicia, la caridad, reinaban en ella de
manera que, "pro­vistos abundantemente de las cosas necesarias a la
vida, gobernados por aquellos mismos hombres que los habían sacado
de la barbarie y a quienes miraban con razón como a unas
divinidades, gozando en su fa­milia y en su patria de los
sentimientos mas dulces de la naturaleza, co­nociendo las ventajas
de la vida civil sin haber salido del desierto, y las maravillas de
la sociedad sin haber perdido las de la soledad; aquellos indios
podían alabarse de que gozaban de una felicidad que no tenia
ejemplar sobre la tierra." ¹

De manera que los jesuitas habían en las selvas primitivas de
esta nuestra América del Sur, cambiado la edad de hierro en la de
oro de la mitología.

¿Qué religión, qué nación, ha hecho jamás cosa que siquiera se
parezca a esto? Los ideales Falansterios del
ultra-socialismo, pueden comparársele? Y este portentoso

 

1 Chateaubriand.

 

 

 

milagro lo hicieron sacerdotes católi­cos españoles. De tan
dulce y tranquila existencia gozaron los indios del Paraguay bajo
el pabellón de Castilla dirigidos por aquellos sacerdotes, desde el
año de 1556, que aparecieron estos padres en el país, hasta el año
de 1766, en que suprimida su compañía y expulsados sus miembros de
los dominios españoles, se declaró el Paraguay parte del virreinato
de Buenos Aires. Y desde el año de 1813, que proclamó su
independen­cia, después de haberse opuesto a su promulgación tres
años, han co­rrido la misma suerte que todos hemos corrido y
estamos corriendo.

Las recomendaciones de la augusta reina de Castilla Isabel la
ca­tólica, sobre el trato blando que debía darse a los indios,
enternecen.

Es verdad que después de su muerte, su esposo el rey don
Fernan­do de Aragón, autorizó los "repartimientos," este es la
distribución que se hicieron los primeros conquistadores de la isla
de Santo Domingo, de los tímidos indios reduciéndolos a la
esclavitud, abuso que después pasó al continente. Pero el rey
Carlos Y (el Emperador Carlos V de Alemania) los declaró libres y
no hubo mas repartimientos. Esto triunfo lo obtuvo el obispo don
Bartolomé de las Casas, célebre como protector de los indios,
ayudado por los religiosos misioneros; pero por una de esas
aberraciones que abundan en la frágil humanidad, el mismo Las Casas
promovió la introducción de esclavos negros de África, en reemplazo
de los esclavos indios, por cuanto los europeos no podían tra­bajar
en los climas cálidos, en los campos y en las minas, y se veía que
un negro era mas fuerte para el trabajo que cuatro indios. La idea
de que siendo esclavos les negros en su país, no se les irrogaba
agravio en comprarlos a los otros feroces negros sus amos que los
vendían, sino que mas bien se les favorecía civilizándolos y
atrayéndolos al cristianismo, fue la razón mas fuerte que se alegó
para proponer la funesta medida con tranquilidad de
conciencia, y la que se tuve para dictarla.

también es verdad que por los mandatarios que venian de Europa
con la idea de enriquecerse, creyendo que toda la tierra era oro en
pol­vo, y las piedras diamantes, se desobedecían los reglamentos de
los re­yes, que favorecían a los indios y se cometían otros abusos
reprobables. Pero el abuso es común en lo jeneral, ya de una
manera, ya de otra. ¿Cómo ha tratado la Inglaterra a los católicos
en Irlanda, hasta su re­ciente, aunque incompleta emancipación?
¿Cómo trata la Rusia a la Polonia? ¿Cómo tratan los Norteamericanos
a los negros y a las razas mezcladas? ¹ ¿Cómo tratan los
musulmanes a los cristianos? ¿Cómo trata en fin, en todas partes el
fuerte al débil?-La gritería se levantó contra los españoles por
los extranjeros, que siempre fueron peores que ellos, y se levantó
por envidia. Nosotros al dar el grito de indepen­dencia nos
excedimos en ella por necesidad, porque ninguna revolución se hace
ni puede hacerse sin excitar el odio de los pueblos contra algu­no
o algunos, pues los pueblos no se mueven por abstracciones teóricas
ni por consideraciones políticas, sino acalorando sus pasiones;
pero conseguido el objeto, la justicia exijo que la verdad se
aclare.

Los reyes de España no siempre podían poner freno a la rapacidad
de los primeros ocupantes del país, a quienes la distancia
protegía; mas a fuerza de energía y perseverancia fueron logrando
que sus reales órdenes en favor de los indios se cumplieran. Es
notable en el sombrío e inexorable Felipe II que los sustrajese de
la jurisdicción de la atroz Inquisición, cuando estableció en estos
países aquel horrible tribunal, borren del claro nombre español,
cuyas hogueras ardían en toda la in­feliz España de aquella época
del oscurantismo, lo que prueba la ten­dencia constante en los
reyes de favorecer a los indios de todas maneras. No los gravaren
sino con una pequeña capitación de un escudo de oro desde que
salían de la adolescencia hasta que llegaban a la senectud. Pero
¡cuántas exenciones no les concedieron en compensación¡ Con solo la
de la contribución de sangre

 

1 Los Estados del Norte de los Estados Unidos anglo-americanos,
bajo la presi­dencia de un caballero ilustrado y filántropo, están
empeñados en una guerra que espanta, con los Estados del Sur por
quitar del poderoso pabellón estrellado de su patria, la negra
mancha que lo ensucia. La esclavitud en aquella República es un
con­trasentido que el mundo civilizado no puede comprender. Proteja
el cielo la causa de la humanidad y de la civilización, dando la
victoria al Gobierno legitimo que la defiende ¿entra los
rebeldes de allá, que como los de mi país, proclaman la soberanía
de los Estados para
oprimir.                                                                                                

 

 

107

los mejoraron Infinitamente sobre todos sus súbditos. hoy es
esta clase humilde e infeliz la preferida para pagar­la, arrancando
a sus individuos con cruel violencia de su pobre hogar s para
llevarlos como corderos al matadero, porque en esta tierra de
igualdad hay mas clases privilegiadas que en las de aristocracia, y
los mas pobres, los mas útiles, son los que llevan todas las cargas
y sufren todos les azotes. El zapato y la casaca son una especie de
ejecutoria que con­cede mas exenciones acá, que las de los hidalgos
en España.

Antes tenían los indios sus tierras propias, hoy no tienen nada.
An­tes no se vió jamás a un indio pedir limosna; hoy forman ellos,
unos sin brazos, otros sin piernas, y sus mujeres harapientas, y
sus hijos desnudos, las cuatro quintas partes de la falange
aterradora de mendigos que inundan nuestras ciudades, nuestras
aldeas, nuestros caminos públicos; quiero decir los despeñaderos,
los atolladeros, los precipicios que llevan este nombre. En fin,
los viejos pueden decir a los jóvenes cuán dichosos eran los indios
en su vida sencilla e inocente de otros tiempos, para que comparen
su suerte de entonces con la de hoy y juzguen.

Los negros son los que tendrían mas razón en quejarse de los
españoles. Pero ellos, como argüía el obispo Las Casas,
gimen bajo la mas cruel esclavitud en su país. Sus
feroces sultanes son. los que los venden a los europeos, y cuando
no pueden venderlos, los matan atormentándoles de manera que
preferían las hogueras de aquella estúpida inquisición, a sufrir la
agonía prolongada con que se regocijan sus opresores; de manera que
sus quejas deberían dirigirse mas bien contra los negros que los
ven­den que no contra los blancos que los compran. Y esa esclavitud
que, para oprobio del género humano, es tan antigua como el hombre,
por el dere­cho de la fuerza; derecho que reconoce la
liberal constitución vigente en mi patria y en el que se
funda el orden de cosas actual en ella; esa esclavi­tud, digo,
existe en toda el Asia, en toda el África, menos en la parte en que
dominan los ingleses y los franceses, en las mas de las Antillas,
en los Estados Unidos de América, en el Brasil y en algunas
de nuestras repúblicas; siendo un hecho reconocido que en el
continente hispanoamericano fueron los esclavos mejor tratados que
en ninguna otra parte, y las leyes les daban derechos y les
dispensaban alguna protección de que no han gozado en las demás
naciones sino en el Brasil. Habría, sin duda, algunos amos
desapiadados que castigasen cruelmente a sus esclavos, pero en lo
jeneral no era así.

El corazón se oprime al considerar cómo trataban los franceses
en, Santo Domingo a sus esclavos, hasta que la desesperación los
lanzó en una revolución horriblemente feroz, dándose ellos mismos
la libertad con el hierro y el fuego; nadando en la sangre de sus
amos; expiación terrible de las crueldades que estos contra la
humanidad cometían. Y el corazón se oprime todavía mas, viendo como
los tratan, hasta ahora, en los Estados Unidos anglo-americanos,
donde el desprecio y bárbaro proceder, no solo con los
esclavos sino con los negros y pardos libres, llega a un grado de
exageración que se necesita verlo y ser un hecho que no admite duda
para creerlo. "La cabaña del tío Tomas," (Oncle Thom's
cabin) da una idea de ello. Es de esperarse que eso varíe si el
Dios de los ejércitos preteje allí las armas del gobierno
legítimo.

Los ingleses antes de emancipar sus esclavos, no los trataban
mejor. Yo he visto en Jamaica sartas de esclavos del uno y del otro
sexo, los más jóvenes y mezclados, tirando por las calles como
bueyes o burros, carretas de basura, encadenados de dos
en dos por él pescuezo; vesti­dos con una camisa de cañamazo, o sea
coleta, sin mangas, la que les lle­gaba hasta los pies; sin poderse
sentar por lo ulcerado de sus carnes, y mostrando en una costra
ensangrentada en la parte trasera de su túnica los efectos del
bárbaro castigo. ¿Y esos castigos se les aplicaban por crí­menes?
No: se les aplicaban por cualquier pequeña falta, o porque no
pudieron cumplir su tarea, o mas bien por alguna rabia caprichosa
de sus amos. ¡Esto hacían los ingleses, que de siglos atrás imponen
penas a los que maltratan las bestias !jamás hicieron nuestros
padres cosas semejantes.

El español fue el único de los conquistadores de estos países
que dio la mano de esposo a la india. El fervor religioso en aquel
siglo, aca­bando la heroica España de terminar una guerra de cerca
de ochocien­tos años con los moros, influyó mucho en esto: el
español procuraba convertir, y mirando como un pecado las
relaciones ilegítimas, por otra parte condenadas por la ley y
perseguidas por la autoridad, se casaba con la india cristiana, y
de esos enlaces santificados por el sacramento, que por el
sacramento, que es el que los hace respetables y asegura la suerte
de la débil mujer, pro­vienen las nueve décimas partes de nuestra
población blanca; así es que el tipo indio se trasluce en olla con
pocas excepciones.

En el furor de destrucción que se ha apoderado de nuestros
liberales, ese sacramento que realza la esposa, que
santifica la madre, deja de serlo para ellos y se convierte en
contrato civil disoluble! Desgracia­dos! no tienen hijas? no tienen
hermanas?

Por el contraste notable que presentaren a los españoles los
grandes cacicazgos de Méjico y el Perú, que llamaron imperios,
comparados con los indios diseminados en el resto del continente y
en las islas, exageraron su civilización relativa. En ambos
imperios, los pueblos embrutecidos, sumisos a los caciques y estos
al Emperador, al Inca, verdaderos siervos, no eran otra cosa que lo
que era en otro tiempo la Europa feudal, con circunstancias
agravantes. En los tales imperios como en todo el continente y en
las islas, los sacrificios humanos a la divinidad eran mas o menos
comunes. Las ciento cincuenta mil calaveras que encontró Her­nan
Cortés en el osario de las víctimas en Méjico, lo que supone un
nú­mero mayor de cráneos pulverizados, prueba la extensión del
supersti­cioso abuso; niños en la primera infancia, esclavos, pero
principalmente prisioneros de guerra, eran inmolados
cruelísimamente en las aras de los monstruosos ídolos, "Mas como si
para baldón de la humanidad no bas­tase el primer crimen, todavía
se le juntaba el de repartir los cadáveres de las víctimas entre
las personas de cuenta, y al pueblo, cuando la abun­dancia lo
consentía, para que servidos en los festines, fueran a un tiempo
regalo, y nefanda participación del infame rito." ¹

Las supersticiones mas absurdas, el fanatismo mas feroz,
aumentaban el sacrificio de víctimas inocentes con una crueldad
tranquila, que entristece el referirla. Cuan-

1 Escosura.

 

 

do moría un magnate, dice la Historia, en­terraban con los
difuntos gran cantidad de oro y plata para los gastos del viaje,
mataban algunos criados que los acompañasen, y sus viudas, que eran
muchas, se inmolaban sobre su sepulcro, como las de los brac­manes
de la India se arrojan a la hoguera. Los príncipes necesitaban gran
sepultura porque se llevaban tras sí la mayor parte de sus
rique­zas y familia.

Cuando Hernán Cortés preguntó a Motezuma, por qué no había
sometido a los Tlascaltecas, le contestó Motezuma: "no tendría
donde hacer prisioneros para los sacrificios:" respuesta que indica
la extensión del país sometido a su dominio.

En el vastísimo cacicazgo de los Incas, comprendía lo que hoy
son las repúblicas del Ecuador, Perú, Bolivia nuestra provincia de
Pasto adorando al sol como primera divinidad, y a la luna y las
estrellas como divinidades secundarias, parecía que su culto fuera
mas puro y menos cruel que el de los pueblos del resto del
continente; pero sin embargo incurrían en la abominación de los
sacrificios humanos.

Tanto el Inca del Perú como el gran cacique de Méjico, o sea el
Emperador, además de soberanos absolutos, en grandes vasallos
feudatarios, caciques de parcialidad, eran jefes de la religión, si
es que tal nom­bre puede darse a las creencias de aquellos pueblos
ignorantísimos, prin­cipalmente las del de Méjico.

Si así eran estos dos imperios, los mas adelantados que en
América encontraren les conquistadores europeos ¿no es
incuestionable que la conquista destruyendo sus supersticiosas
abominaciones, y atrayéndolos a la civilización cristiana, les hizo
un grande e inapreciable bien?

Los españoles nos enseñaron cuanto sabían, y sino nos dieron
libertad política, tampoco la tenían ellos; pero en administración
de justicia, en franquicia y ensanche del poder local de los
municipios, no podemos quejamos de que no se nos concediera lo que
en España tenían, y era un hecho reconocido que mas libertad se
gozaba en sus Americas que en España, si exceptuamos a los
esclavos. ¹

Los pardos y los negros libres ocupaban cierta posición y
gozaban de consideraciones, según su conducta y mérito, de que no
han gozado jamás en ninguna otra de las colonias extranjeras.
Apenas en las iglesias después de la manumisión de les esclavos, es
que empieza a practicarse lo mismo, porque las leyes les han
concedido los derechos políticos y civiles de que gozan en ellas
los demás súbditos británicos; pero la costumbre los segrega de la
sociedad privada de la raza blanca.

El sistema colonial era ciertamente gravoso para la América
española. Los recursos de queja a la metrópoli a tan gran
distancia, daban demasiado poder a las autoridades gubernativas y
judiciales, del que abusaban a

1 Una cosa de la mayor importancia se olvida siempre al hablar
de la conquista, es el estado de atraso del siglo en que se hizo.
No ser cristiano, apostólico romano, era para los españoles no ser
hombre. Para considerar a los indios miembros del género humano
capaces de recibir el bautismo, hubo disertaciones teológicas y se
necesitaron decisiones de la Silla apostólica.

Las crueldades de los moros en la conquista de España
produjeron la represalia con una ferocidad que apenas el espíritu
caballeresco morigeró algún tanto con el tiempo, pero no destruyó.
Esas costumbres, esas ideas, esas preocupaciones trajeron los
con­quistadores a América, y todo lo demás fue consiguiente. Hacer
un cargo a los españo­les por ello, es lo mismo que si se les
hiciera porque no conocían la fuerza del vapor, ni el daguerrotipo,
ni el telégrafo eléctrico. De tres siglos acá la civilización, o lo
que es lo mismo, el espíritu del cristianismo, ha dulcificado las
costumbres, purificado las ideas, entrando en el corazón, haciendo
progresar la humanidad mil quinientas veces mas que en los mil
quinientos años anteriores; por esto nos parece hoy atrocidad lo
que entonces era una cosa corriente que no llamaba la
atención.

En aquellos tiempos quemar a los hombres vivos era una acción
plausible a loe ojos del fanatismo; y esto lo hacían los
protestantes con los católicos; los católicos con los protestantes,
en fin todas las diferentes creencias unas contra  otras. Los
judíos no han dejado de ser vistos como perros, sino de muy poco
tiempo a esta parte y todos creíamos por acá que tenían rabo. Si
ahora se restableciera la Inquisición en España no habría quien se
atreviera, aunque fuera inquisidor, a quemar a nadie vivo, ni
habría pueblo que fuera a gozarse con el espectáculo de un
auto de fe. No hagamos pues, un crimen a estros
antepasados porque eran lo que no podían dejar de ser.

 

 

 

veces, principalmente las primeras. Las restricciones
mercantiles, haciendo difícil el comercio, perjudicaban a la
producción de los frutos de exportación. La España por el derrame
de sus brazos a Amé­rica, por la inconsulta expulsión que hizo
Felipe III de los moros, privándola de un millón de hombres
laboriosos; decaída por consiguiente su agricultura y su industria,
no podía llenar las necesidades de sus colonias con sus productos
nacionales, y aun puede decirse que no podía lle­nar las suyas
propias: tenia pues que comprar al extranjero frutos y mer­cancías
que antes de venir a América daban largos y costosos rodeos para
nacionalizarse en los puertos que gozaban este privilegio en la
Península, y transportarse en buques españoles, a los puertos
habilitados para la importación en la América, lo que era un
gravamen para esta, hacien­do enormemente caro cuanto necesitaban
sus moradores, tanto europeos como criollos e indígenas. Esto
provenía de la ignorancia de los princi­pios mas triviales de la
Economía política, ignorancia que a España misma reducía a la
pobreza por otras medidas igualmente ruinosas. La Inglaterra por su
inmensa producción fabril, por la baratura de sus mercaderías, por
su numerosa marina mercante, que la de guerra protejo, puede
reservarse el comercio exclusivo en sus colonias sin gravarlas. Y
la Inglaterra con mas sabiduría ha facilitado siempre la
importación en ellas de frutos y productos que no tiene.

Esta era una queja justa de la América española, que
la ignorancia y no la malevolencia desatendió.

Los españoles en todo el continente americano que poseyeron han
dejado soberbias ciudades: Cartagena, Bogotá, Medellín, Cali,
Popayán, Méjico, Puebla, Veracruz, Guatemala, Lima, Valparaíso,
Montevideo, Buenos-Aires y muchas otras mas, lo prueban
concluyentemente. ¿Qué han dejado o qué tienen los demás
conquistadores en sus colonias de América? Nada: tablas de pino
pintadas y algunos ladrillos bar­nizados.

En todas partes dejaron también los españoles colegios,
hospitales, hospicios, suntuosas iglesias, edificios espaciosos
para el servicio público, político y municipal, puentes,
fortificaciones de primer orden, etc. ¿Qué queda de todo esto a lo
menos entre nosotros?

Exceptuando unas pocas poblaciones favorecidas por la
naturaleza, todo le demás se va destruyendo, ya por abandono, ya
por el pillaje, como los colegios, hospitales, hospicios; y
lo que se arruina no se reconstruye. Si cayeran los magníficos
puentes construidos sobre los ríos de la sabana, el Bogotá y el
Serrezuela, ¿se volverían a levantar? Si un terremoto destruyera la
bellísima catedral que, con razón, miran los bogotanos con orgullo
¿volvería a edificarse? La perla de Santamarta, su linda aunque
pequeña catedral, reducida a escombros por la guerra civil, ¿se
reedificará?

Al pensar, con pena, en ha catedral de Santamarta, ciudad que me
es querida tanto como mi pobre Cartagena, y que tengo derecho a
esperar que me recuerde con benevolencia, se une ocurre preguntar:
¿qué suerte habrá corrido o correrá en aquel sagrado recinto,
reducido a paredes derruidas, sin techumbre, la urna cineraria que
contenía el corazón de Bolívar QUE YO DEJÉ EN EL? ¿Habrá tenido o
tendrá que sufrir el abandono y el ingrato olvido aquel corazón
reducido a polvo, que tanto sufrió cuando latía?

Yo he combatido a los españoles por obtener la independencia de
mi país, derramé mi sangre combatiéndolos, volvería a combatirlos
por la misma causa si necesario fuera; pero abundando en la idea
del Libertador, ESTO APARTE, la tierra de mis progenitores es la
tierra de  mis simpatías, y sobre todo, quiero ser justo con quien
lo merece, en lo que lo merece. Maldigan en buen hora de los
españoles los parlantes de civis­mo a quienes no debe la patria el
menor sacrificio; los que los combatimos, siguiendo los pasos del
GRANDE HOMBRE, no necesitamos ostentar patriotismo con
palabrerías.

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