sele la pena de muerte en otra grave y si se encuentran graves motivos de conveniencia pública para que pueda tener lugar la indulgencia del Gobierno.
"El castigo de un delincuente no es precisamente la venganza que la sociedad ejerce en él: tiene por objeto inspirar el horror al delito, aterrar con la pena y retraer por su temor a los que intentasen cometerlo; mas cuando entre el delito y su castigo transcurre el dilata do tiempo de doce años, la gravedad de aquél se ha olvidado, y el castigo del delincuente no inspira sino compasión pues es cosa bien sabida que la pena, para que obtenga sus saludables efectos, es preciso que siga inmediatamente al delito. No haría mérito de esta grave consideración, si sólo ella reclamase la conmutación de que se trata. Acabamos de salir de una época en que la sangre granadina se ha derramado en todas las provincias de la República; la opinión pública se ha pronunciado por la indulgencia del Gobierno; el pueblo mira con horror la efusión de sangre, y el Gobierno sé ha visto precisado a usar extensamente de sus facultades. En tales circunstancias la muerte dc un hombre, cuyo delito casi se había olvidado en la serie de los acontecimientos de que ha sido teatro este país, podría mirarse como cruel: la justicia llevada al exceso deja de serlo. Summum jus summa injuria.
"Morillo ha confesado su delito con todas las señales de un verdadero arrepentimiento: antiguo servidor de la República, ha prestado a la causa del orden, en su última crisis, servicios importantes, y ha recibido una herida defendiendo las instituciones con lealtad y valor; él pudo evadir el juicio, más se ha resignado a sujetarse a él, y sus antiguos méritos y recientes servicios, su lealtad, su comportamiento en estos últimos tiempos, su franca y libre confesión, su resignación y su arrepentimiento, valen algo sin duda para ahorrarle la pena de muerte y permitirle un resto de existencia, que no será muy larga, sin que dejase por esto de purgar su crimen con otra grave pena: su delito no quedaría impune, no se derramaría la sangre de un hombre, tal vez inútilmente, y Morillo, en un establecimiento de trabajos forzados, serviría de escarmiento a los culpables, exhibiría constantemente una prueba de la justicia de los tribunales, del rigor de las leyes y de la clemencia del Gobierno.
"Observemos que Morillo no ha sido el principal autor de este delito, y que él lo ha cometido sirviendo de instrumento y en virtud de las órdenes de un jefe militar. Obando y Sarria viven, se han sustraído a la venganza de las leyes, y no sé si la estricta justicia demande hacerla recaer sobre un militar que ha servido de simple instrumento, y que según aparece de la causa, recibió las órdenes de José María Obando, a quien por las leyes militares estaba sometido, y de quien pudiera temer mucho desobedeciéndolas, tanto más cuanto que para este hecho, según asegura Morillo, invocó Obando la salud de la patria; sobre el único que entre los cómplices de este famoso atentado ha prestado servicios a la República, combatiendo en favor de las instituciones contra Obando, Sarria, Alvarez y Eraso, que todos abrazaron la causa de la rebelión, y finalmente sobre el único que sin negar su culpabilidad ha dado muestras de arrepentimiento.
"Se ha dicho, y esta consideración es de grave peso, que Morillo ha sido sobornado para declarar contra Obando; que se ha pretendido manchar la reputación de éste; que las revelaciones de Morillo no eran sino la trama urdida para perder a Obando y ejercer venganzas contra él. Se ha hecho al Gobierno mismo esta seria imputación. ¿Y cómo sin faltar al castigo del delito, no convendría la existencia del hombre que sería el testimonio vivo e irrefragable de la constancia del delito, de la rectitud del Gobierno, de la justicia de los tribunales, y en su castigo, del cumplimiento de las leyes? ¿Conviene hoy toda la severidad de la justicia? Esta es para mí la cuestión. ¿Conviene que haya severidad contra uno de los cómplices que francamente ha confesado su complicidad, que ha justificado su arrepentimiento y que después del hecho, colocándose bajo la bandera de las instituciones, ha peleado leal y valientemente por la causa nacional, mientras que los autores que enarbolaron el estandarte de la rebelión, y contra quienes combatió, viven y se han evadido del juicio ¿Y en medio de tantas circunstancias, y después del lapso de tantos años, no se encuentra como enervada la acción de la ley? No se trata de la prescripción del delito, no de su impunidad; pero podría conciliarse su castigo con la clemencia que reclaman motivos graves y de conveniencia pública. Es para estos casos que la Constitución ha conferido al Poder Ejecutivo la hermosa atribución de conmutar la pena de muerte por otra grave. Así lo creo, y por tales consideraciones y por las otras razones privadas que he expuesto en el Consejo, y que pesan mucho sobre mi conciencia, mi voto es el de la conmutación de la pena de muerte impuesta al coronel Apolinar Morillo por otra grave, de acuerdo con el supremo tribunal que la ha propuesto.
DOMINGO CAICEDO"
Yo, que considero la pena de muerte como una imperiosa necesidad, por dolorosa que sea, para amparar la sociedad contra los grandes malhechores, y su abolición como una protección a éstos contra aquélla, principalmente entre nosotros, donde para los crímenes atroces no hay más castigo que el mismo que se impone a otros delitos de menor gravedad y trascendencia, yo, digo, no habría vacilado en adherirme al voto del Vicepresidente. En él hay este pensamiento de mucha significación: "Observemos que Morillo no ha sido el principal autor de este delito, y que él lo ha cometido sirviendo de instrumento, y en virtud de las órdenes de un jefe militar Obando y Sarria viven, se han sustraído a la venganza de las leyes, y no sé si la estricta justicia demande hacerla caer sobre un militar que ha servido de simple instrumento, y que según aparece de la causa, recibió las órdenes de José María Obando, a quien por las leyes militares estaba sometido y de quien pudiera temer mucho desobedeciéndolas". En efecto, en estos casos es sumamente peligroso ser depositario de un secreto de tanta magnitud si se rechaza la orden, o sea la proposición que se hace; y pocos hombres entre un riesgo inminente que no es menester demostrar, o aceptar la complicidad en el delito, se resuelven a optar por lo primero. Morillo, que era locuaz, lo manifestaba así en sus conversaciones para justificarse o disculparse.
Esas aseveraciones de que Morillo pudo haberse fugado como los otros acusados, que no lo hizo y se sometió voluntariamente al juicio, y de que se batió y fue herido en defensa del Gobierno y de las instituciones, necesitan aclararse. Morillo no podía fugarse porque no tenía a dónde ir. ¿Iría en busca del general Obando y sus compañeros? Imposible. Para él no había seguridad sino en medio de las tropas del Gobierno. Pudo haberse fugado antes de haber sido preso en Cali y de haber confesado no sólo su culpabilidad, sino todo lo relacionado con ella; pero no sospechó ni podía sospechar que las circunstancias, hechos y precauciones que precedieron a la ejecución del asesinato, fueran aclarados; por consiguiente, creyéndose bajo la protección de un partido fuerte, numeroso, audaz, en el que abundaban los hombres inteligentes, que habían hecho suya la cuestión, y de un hombre poderoso, "fuerte y afortunado", se creía seguro; y ya viejo, pobre, sin recursos, ¿a dónde iba? Descubierto después el delito, y apareciendo él ejecutor del hecho, ni en Nueva Granada, ni en Venezuela, ni en el Ecuador, ni en el Perú, ni en Bolivia, en ninguna parte, en fin, podía prometerse ser amparado, ni siquiera tolerado. Que se hubiera batido con su valor acostumbrado en defensa del cuartel de Popayán, donde se hallaba preso, se comprende perfectamente. Ese cuartel era atacado con furor implacable por las fuerzas del general Obando, y después de la carnicería de la hacienda de García, lo era por Sarria en persona, al frente del grueso de los vencedores en aquella luctuosa y sangrienta jornada; sabía, pues, Morillo que si Sarria rendía el cuartel a la fuerza sería él atravesado de cien lanzadas y hecho picadillo; y por consiguiente fue en su propia defensa y no en la del Gobierno y de las instituciones, que nada le importaban, como se batió para salvar su vida. El cuartel se rindió por capitulación, y a pesar de ella y contra ella fue inmediatamente preso, aherrojado, y en ese estado, a la llegada del general Obando, firmó la carta de retracción que ya hemos visto, y supervigilado fue conducido con los demás presos a La Chanca, donde milagrosamente fue rescatado. Por consiguiente nada de esto podía ser alegado en favor de la conmutación de la pena, sino por error de concepto producido por las apariencias.
Lo que sí es de una fuerza inmensa es el siguiente razonamiento en el voto del Vicepresidente: "Se ha dicho, y esta consideración es de grave peso, que Morillo ha sido sobornado para declarar contra Obando; que se ha pretendido manchar la reputación de éste; que las revelaciones de Morillo, no eran sino la trama urdida para perder a Obando y ejercer venganzas contra él. Se ha hecho al Gobierno mismo esta seria imputación. ¿Y cómo, sin faltar al castigo del delito, no convendría la existencia del hombre, que sería el testimonio vivo e irrefragable de la constancia del delito, de la rectitud del Gobierno, de la justicia de los tribunales, y en su castigo del cumplimiento de las leyes?" Yo repito que por sólo estas razones me habría adherido al voto del Vicepresidente, a pesar de mi modo de pensar en abstracto sobre este principio tan debatido al tratarse de leyes penales. Por lo demás, ya hemos visto que las conmutaciones de la pena de muerte se hacían en esa época a diez o más años de trabajos forzados en Cartagena, o lo que es peor, en Chagres; que este último punto era el preferido por el general Santander en sus decretos de conmutación, como lo hizo por el delito político del conato de revolución, sofocada en 1833, lo que era lo mismo que no conmutar la pena, sino hacerla más lenta y dolorosa. La pena de muerte, comparada con otras graves, es la que menos hace padecer a quien la sufre, y la que más impone y contiene a los que la ven ejecutar, de modo que es la que mejor llena uno de los objetos de la penalidad.
El Presidente, en decreto del 25 del mismo mes, autorizado por el secretario de guerra, general José Acevedo, hizo también un examen razonado del proceso, y tomó en consideración los motivos alegados en mí favor y en contra, y conformándose con el voto de la mayoría del consejo de gobierno, negó la conmutación de la pena.
VII
Examinemos lo que sigue, ahogando toda pasión y sin espíritu de partido, sino con el único objeto de esclarecer la verdad. En ello están interesados el honor de la República y el de tantos hombres respetables que han sido ofendidos atribuyéndoseles miras aviesas en el modo de proceder en esta causa tan tristemente célebre. Este es el único motivo que yo he tenido para ocuparme en ella tan extensamente, no sin disgusto y a las veces arrepentido de haber echado sobre mis hombros un peso que agobia mis fuerzas; pero un deber de conciencia y de honor me obliga a no detenerme, y más a no retroceder.
Morillo fue puesto en capilla y ejecutado con todas las imponentes formalidades que las ordenanzas militares prescribían, como se verá luego. Pero antes debo interrumpir aquí el orden de mi narración para dar a conocer los siguientes documentos:
"República de la Nueva Granada.- Comandancia general del departamento de Cundinamarca y en jefe de la 2ª división.- Número 663
Cuartel general en Bogotá, a 30 de noviembre de 1842
"Al señor Secretario de Estado en el despacho de guerra y marina.
"A las cuatro de la tarde de este día ha sido pasado por las armas en la plaza mayor de esta ciudad el teniente coronel graduado de coronel Apolinar Morillo, en virtud de la sentencia pronunciada por el consejo de guerra de oficiales generales que lo juzgó, y aprobación de ella por su excelencia la suprema corte marcial, por la complicidad que tuvo en el asesinato perpetrado en el gran mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre. Para este acto solemne formaron los cuerpos de la guarnición, compuestos del medio batallón de artillería, batallón número 10, y 2º escuadrón, como también las guardias nacionales de artillería e infantería de Bogotá, cuyos cuerpos formaron con un crecido número de individuos en virtud de la invitación que para el efecto se les hizo. La ejecución se verificó con las formalidades prevenidas en el artículo 8º, tratado 9º, título 10 de las ordenanzas generales del ejército.
"Al pie de la bandera, cuando se leía la sentencia, interrumpió el expresado Morillo, habiendo dicho lo siguiente: "Es de mi deber perdonar al ex-general José María Obando, puesto que fue él el que me impelió y dio orden para cometer el crimen por el que voy a expiar en un patíbulo mi delito: así mismo perdono a aquellas personas que me indujeron a la perpetración del horrendo asesinato del general Sucre, porque estoy en el momento de entregar mi alma al Criador, y no quiero que ella lleve consigo remordimiento alguno".
"En el patíbulo dijo: "Las expresiones que debo exponer en estos instantes, las consigno en el impreso que entrego en manos de mi confesor, y siendo de mi voluntad que se circule, lo encargo al mismo para que lo haga así". Lo que dejo expresado que dijo el finado coronel Morillo, lo oyeron el jefe de estado mayor de la división, general graduado Ramón Espina, el adjunto al estado mayor de la misma, Antonio de Narváez, mis ayudantes de campo, capitán Antonio Herrera, y teniente Diego C. Caro, el sargento mayor Joaquín Berrío, que se hallaba presente como fiscal, y el secretario de La causa, alférez Manuel Corena. También me han informado los mismos señores que he indicado, que en el patíbulo entregó a su confesor un número de impresos, recomendándole que los circulara, por estar en ellos contenidas sus últimas palabras, de cuyos impresos acompaño a vuestra señoría un ejemplar firmado por el mismo Morillo, y certificado por el fiscal de su causa.
"Concluida la ejecución, creí conveniente dirigir la palabra a los cuerpos que formaron, de la manera que vuestra señoría verá por la copia que acompaño.
"Todo lo que tengo la honra de decir a vuestra señoría para conocimiento del Poder Ejecutivo.
"Dios guarde a vuestra señoría
JOAQUIN PARIS"
ALOCUCION DE MORILLO
"A mis conciudadanos, a mis compañeros de armas, a la humanidad entera.
"Dentro de pocos instantes no quedará de mí sino la memoria, lo
único que me sobrevivirá y que quisiera librar de la ignominia con
la sangre que voy a derramar en el patíbulo. Nada deseo ya, nada
más apetezco sino el que mi nombre no sea pronunciado con horror
ni execrado por la posteridad.
"Cometí, es verdad, un delito, pero mi corazón no participó de él; mi acción fue criminal, pero mis sentimientos jamás lo fueron ... Un destino funesto quiso que el ex-general José María Obando, que tenía meditado el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, de acuerdo con otros señores, cuyos nombres no debo expresar en estos momentos, más cuando la opinión pública los señala con el dedo, me escogió por instrumento para entender en aquel crimen perpetrado en un hombre justo, a quien yo respetaba. Acostumbrado a obedecer ciegamente las órdenes superiores, no tuve bastante discernimiento para meditar en la naturaleza y consecuencias de la orden que se me daba, mucho más cuando me rodeaban multitud de circunstancias que impedían evadirme. Bastaba que emanara del comandante general del departamento en donde me hallaba, es decir, de una autoridad legal, de Obando, en quien el supremo Gobierno tenía depositada su confianza, para que yo no pensara más que en obedecer. Si mi voluntad la repugnaba, mi sumisión me compelía a ejecutarla; tanto más, cuanto que al darme la orden que debían conducir a los ejecutores, se hizo valer como resultado de su ejecución la salud de la patria, de esta patria, objeto exclusivo de todas mis afecciones, y en cuyo obsequio había ofrendado desde muy temprano mis haberes, mi sangre y mi vida ... El que me tendió el lazo que hoy me arrastra al suplicio, sabía bien que hablarme de la salud de la patria era privarme de toda reflexión sosegada, y comprometerme sin restricción y sin reserva.
"Mas apenas la víctima había sido inmolada, reconocí que era un crimen execrable en el que se me había complicado, y no un servicio a mi patria: cuando oí la maldición que de todas partes se lanzaba sobre los perpetradores de aquel atentado, entonces vi mis servicios anulados, mi reputación, que tan cuidadosamente había procurado conservar, enteramente destruida, mancillado mi honor militar, tantas veces aplaudido, y ennegrecido con la sangre de un jefe ilustre cuyo valor admiraba y cuyas virtudes me encantaban; entonces conocí en toda su extensión el horror de mi infortunio. El remordimiento emponzoñó mi existencia, sin gozar en adelante un momento de paz. La idea implacable de aquel hecho que me ha perseguido incesantemente, en la noche, en el día, en la vigilia y en el sueño, jamás ni un instante me ha dejado de reposo, y el remordimiento, más penetrante que las balas que atravesaron a la víctima inocente, ha despedazado constantemente mí corazón.
"Yo perdono al ex-general José María Obando el haberme arrastrado al abismo donde me encuentro. Esta acción, cuyo valor solamente puede medirse con la intensidad del largo martirio moral que he sufrido durante doce años, y por el trance final que lo coima, esta acción, digo, será de algún mérito ante el Dios misericordioso, que me espera y en quien confío. Mis días acaban de ser contados, y la eternidad se abre ante mí. En este momento, próximo a comparecer delante del Juez que lee nuestros corazones y que no puede ser engañado, declaro solemnemente que cuanto he expuesto y confesado en mi proceso es la verdad en toda su fuerza; que nada he disfrazado ni alterado: mi boca es el órgano de la verdad, pues hablo a la hora del desengaño, en el momento de la severa realidad, cuando nada tengo que esperar ni temer de los hombres. Mi conducta, desde que se inició el juicio, manifestará al mundo entero mm sinceridad, y que es la verdad pura la que he proferido, y a la que rindo este último homenaje, cuando el mundo desaparece a mis ojos, cuando ya el ánimo no abriga amor, ni odio, temor, ni esperanza. Yo mismo me he presentado; he marchado de pueblo a pueblo cuando así era preciso para adelantar la causa, sin que haya podido intimidarme la certidumbre de la pena merecida que me aguardaba. Tomé las armas en defensa del Gobierno contra Obando mismo, cuando ya se me seguía la causa: fui preso, aherrojado e insultado atrozmente por éste en Popayán, hasta que me llevó a La Chanca, en donde fui rescatado milagrosamente después de haberme arrancado por la violencia en el calabozo donde me sumergió, lleno de prisiones, una carta en que me hacía retractar de lo que había expuesto en su contra en el proceso que se siguió en Pasto, y cuyo documento no me fue posible dejar de dar en aquellos instantes en que se me amenazaba con la muerte; que di por salvar mi vida, y que hoy doy por nulo y de ningún valor ni efecto. Desde entonces había permanecido libre, y libre he venido a esta capital a que se me imponga la pena que voy a sufrir... La conciencia me urgía, mi alma ansiaba por el término de sus sufrimientos, y mi voluntad toda estaba resignada al golpe de la justicia; yo debía satisfacer con mi vida el crimen de que fui instrumento, por haber conducido la orden en que se disponía el asesinato; y no puedo menos de confesar que el Consejo de Guerra, compuesto de compañeros de armas y de algunos amigos personales, la Corte Suprema y el Poder Ejecutivo, han llenado religiosamente su deber.
"¡Conciudadanos queridos, hermanos en patria, leyes y religión! En el nombre del Dios piadoso, delante del cual me veré humillado y confundido, os suplico me perdonéis y no recordéis mi nombre para maldecirIo... No fue la perversidad ni mi ánimo depravado y reflexivo el que me redujo a delinquir. La más triste y deplorable desgracia, rodeada de mil aparatos imponentes, fue la que me precipitó... Compadeceós de mi, en vez de abrumar mi infeliz memoria con baldón. Imitad al Redentor, a ese Dios más agraviado que vosotros, que al ver mi dolor y al oír mi súplica me abre los brazos y me perdona. Alabo y bendigo su providencia, que me manda la muerte en medio de los mayores auxilios; que me ha dado tiempo para arrepentirme y purificarme, y para pediros, partido el corazón, bañado en lágrimas y con el rostro en tierra, mil veces perdón.
"Compañeros de armas, amigos queridos, perdonadme igualmente... Que mi desdichado ejemplo os sirva para reflexionar que vuestra obediencia no es ni debe ser enteramente pasiva y servil; que la razón, las leyes y la justicia universal le han prescrito límites, que no es posible traspasar sin delinquir!....
"Marcho ya para el suplicio... ¡Adiós para siempre!.... ¡Que mis años y el sacrificio del único bien que me restaba, la vida, aplaquen la sombra de Sucre... Satisfaga la justicia y la humanidad! ¡Que a la misericordia de Dios se una la de los hombres! ...
"En la capilla del cuartel de San Agustín, a 28 de noviembre de 1842.
Apolinar Morillo"
"En la ciudad de Bogotá, a 213 de noviembre de mil ochocientos cuarenta y dos, el señor Pedro Rojas, juez parroquial de Santa Bárbara, asociado del presente escribano, pasó al cuartel del batallón número 10, y constituidos en la capilla, estando presentes los señores comandante Lorenzo González, capitán de capilla Baldomero Cabrera, teniente Encarnación Gutiérrez, y jefe de día sargento mayor Antonio del Río; el coronel graduado Apolinar Morillo dictó y firmó el antecedente escrito, expresando ser su voluntad que cuanto antes se imprima y publique, y firma con el señor juez, por ante mí que doy fe.
"El juez Pedro Rojas. - Apolinar Morillo. -Cayo Angel, escribano público.
Apolinar Morillo" ¹
Los sacerdotes que asistieron a Morillo con los auxilios consoladores de la religión en el trance en que se encontraba, fueron el doctor Antonio Herrán, entonces provisor y después arzobispo de esta arquidiócesis, y el doctor Antonio Margallo, varones ambos cuya austeridad y virtudes hacían que fuesen venerados casi como santos.
Era tan alta la respetabilidad del general París, que el mismo general Obando da testimonio en su favor; por consiguiente su manifestación queda autenticada.
Además de los documentos anteriores, certificaron o declararon el general graduado Ramón Espina, el teniente Antonio Narváez, el teniente Diego C. Caro, el capitán Antonio Herrera, el alférez Manuel Corena, el capitán Simón Espejo, el coronel Francisco de P. Diago, el teniente coronel Fernando Campos, el doctor Antonio Margallo, el padre fray Francisco Aguillón, el presbítero Ignacio González, todos conformes,
1 Esta segunda firma aparece autógrafa en el impreso, porque Morillo, para darle mayor autenticidad, firmó varios ejemplares, de los cuales es uno el que se ha remitido a la secretaría |
corroborando las expresiones de Morillo, su conformidad con la
sentencia que consideraba justa, su arrepentimiento, su contrición
fervorosa, que todo el pueblo de Bogotá que concurrió a la plaza a
sentir esa violenta emoción tan deseada de la multitud, le vio
conservar hasta el momento de abrirse para él las puertas de la
eternidad. Todo esto convence de la verdad de los hechos, de una
manera irresistible.
El doctor Herrán tenía la devoción de auxiliar a los reos que sufrían la pena de muerte, y muchos le pedían su asistencia como confesor. El padre Aguillón y el presbítero González fueron espontáneamente a ver a Morillo a la capilla, cosa que también hacían casi siempre aquellos sacerdotes, con el único objeto de prodigar consuelos a los infelices que iban a morir.
Apenas llegaron a Lima las gacetas oficiales de la Nueva Granada, en las que se referían el modo y circunstancias de la ejecución del infeliz Morillo, como los hechos no podían negarse, se ocurrió al medio de publicar un folleto en el que se suponía que Morillo manifestaba aquella conformidad con su suerte y hacia aquellas protestas, porque sabía que no iba a morir, pues la esposa del general Herrán le había ofrecido que sería indultado en el último momento; y que el doctor Herrán, como confesor de Morillo, estaba mezclado en esta intriga.
Cuando yo leí aquel trozo de los Apuntamientos para la Historia del general Obando (aunque ya lo vimos, quiero repetirlo) en que dice: "No soy yo el hombre que haya disfrutado y aprovechándose de los despojos ensangrentados del general asesinado: mi posición política me alejaba enteramente del puesto de su rivalidad: yo no he figurado ni pretendido figurar en el Ecuador, en donde él era primer hombre, ni me he casado con su viuda, ni he podido pretenderlo siendo ya casado, ni he heredado su inmensa fortuna"; cuando yo leí, digo, esta terrible y mortal ofensa hecha al general Isidoro Barriga, consorte de la viuda del mariscal de Ayacucho, creí que ninguno como él había sido, ni podía ser, tan gravemente ultrajado por el general Obando; pero cuando leí la imputación hecha a la esposa del general Herrán, hija del general Mosquera, y al venerable señor doctor Antonio Herrán, he vacilado en decidir cuál de las dos es más cruel: pero nó, a ésta la destruye su inverosimilitud, su propia absurda y maligna gravedad; aquella, aunque no deba ser acogida ligeramente, no deja de impresionar y gravar en el ánimo alguna duda sobre complicidad; duda que se arraiga, aunque se hagan esfuerzos para desecharla.
Morillo sabia que la propuesta, no de indulto, lo que era imposible, sino de conmutación de la pena por otra grave, no había sido aceptada por el Gobierno; que ni una ni otra cosa podía acordarse sin la intervención del Consejo de Gobierno y del Consejo de Estado; que esto requería trámites dilatorios, y que por consiguiente era imposible, de toda imposibilidad, que pudiera dictarse una resolución semejante en la última hora, aun suponiendo tanta perversidad en la esposa y hermano del general Herrán, que así jugasen con la agonía de un desgraciado que tenía ya abiertas las puertas del sepulcro.
Se pretende, además, en dicho folleto, que el doctor llerrán debió de excusarse de asistir a Morillo en sus últimos momentos, por ser hermano del Presidente, como si por esto dejara de ser sacerdote y hubiera de faltar a su deber sacrosanto de acudir a absolver y consolar a un pecador arrepentido en sus últimos momentos. A cada renglón de los escritos del general Obando se encuentra algo que hace creer que no se puede ir más lejos en la recriminación, y sin embargo, a la página siguiente se ve uno sorprendido con otra peor. Mal aconsejado fue el general Obando en adoptar este sistema de defensa.
También se quiso anular la manifestación impresa de Morillo, diciendo que no podía ser obra suya. Morillo ciertamente, ya lo he dicho, no era un literato, pero yo no hallo en su escrito nada que no pudiera ser suyo. Desde que fue preso en Cali y supo el motivo, comprendió que negar su participación en él era imposible e inconducente; se propuso, pues, lo que también he dicho, inspirar conmiseración manifestándose arrepentido, en lo que sin duda no fingía, pues hasta su último momento, en palabras y hechos, apareció sin interrupción como un cristiano contrito que miraba la muerte como su única esperanza de descanso. ¡Infeliz, mucho había sufrido!
Es sabido que la naturaleza en las circunstancias críticas y solemnes de la vida inspira a las gentes más vulgares e ignorantes algunos rasgos de elocuencia que sorprenden, y Morillo, que tenía talento natural y era verboso, no puede ser considerado como un estúpido vulgar. Puede ser, y yo lo creo así, que diera a corregir a alguno su primer manuscrito, porque el amor propio domina al hombre mientras respira y tiene conocimiento de sí mismo; pero el hecho jurídico comprobado, es que en la capilla, en presencia del juez parroquial de Santa Bárbara, señor Pedro Rojas, y del escribano público, señor Cayo Angel, hallándose también presentes el capitán de capilla, señor Baldomero Cabrera, el jefe de día, sargento mayor Antonio del Río, y el comandante Lorenzo González, dictó y firmó el manuscrito y lo mandó imprimir inmediatamente, para entregar los impresos a su confesor, como lo hizo a la última hora, habiendo firmado algunos de éstos, y en alta voz le recomendó que los distribuyera, repitiendo que perdonaba al general Obando, que le había hecho cometer el delito que iba a expiar en el patíbulo.
Llegamos ya al término de este espinoso capítulo, que como un viacrucis he andado. Las tropas están formadas en la plaza de la catedral: amarrado el reo y escoltado por la compañía de guardia de capilla, pálido, los ojos bajos, y llevando el crucifijo en las manos, viene al paso lento de la marcha regular que toca el tambor de la guardia. Le acompañan el señor provisor doctor Herrán y el doctor Margallo, haciéndole las exhortaciones que la religión prescribe; las campanas de las iglesias tocan a agonía, y reinando profundo silencio en la numerosa concurrencia, llega el lúgubre acompañamiento a la plaza. Se lee al reo al pie de la bandera de un batallón la sentencia que lo condena a muerte; allí habla, aunque con voz trémula, y repite que perdona al general Obando para que Dios le perdone a él; el terrible acto de la degradación se ejecuta; es conducido al banquillo; se le vendan los ojos; se le sienta y se le amarra al mismo banquillo; vuelve a repetir allí lo que dijo al pie de la bandera;
su confesor, de rodillas, le echa encima el manto; después de un largo rato viene el jefe de día, toma al confesor por un brazo, le levanta y lo conduce detrás de la escolta que ha de tirar. En aquel momento el clamoreo de las campanas y de los sacerdotes aumenta; el reo en el banquillo repite compungido y a gritos su plegaria a Dios; los cuatro fusiles cuyo plomo le ha de atravesar el pecho se montan; terrible instante para el infeliz que oye el tintín que causan los gatillos al montar... Si a Morillo se hubiera hecho la promesa de salvarlo, ¿no hubiera reclamado que se le engañaba? ¿Y no lo hubiera hecho antes, desde que vio cuán de veras iba a morir? Y ¿cuál fue su última palabra? "He sido muy pecador. ¡Dios mío! perdóname La descarga selló sus labios. El reo dejó caer la cabeza sobre el pecho; y su alma, purificada, voló a presentarse en el tribunal divino, La vindicta pública quedó satisfecha acá en la tierra.
Las campanas doblaron, y los sacerdotes rezaron el solemne De Profundis.
El tambor de órdenes del general redobló, los de los cuerpos repitieron el toque, y la sangre de los espectadores que había refluido al corazón, volvió a circular. El general mandó formar los cuerpos en columna cerrada, por compañías, y les dirigió la siguiente alocución, que circuló impresa el mismo día:
"Soldados: más de doce años hace que se cometió el mayor crimen con que queda manchada la noble historia de la revolución de la independencia de las repúblicas sudamericanas. Sí, más de doce años hace que fue alevosamente asesinado el gran mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre. Sus crueles enemigos habían burlado la pena de la ley; pero no así la de su conciencia, que los ha devorado en silencio. Yo oí decir al mismo Morillo, cuyo cadáver veis ahí, que desde que cometió aquel crimen no había disfrutado un instante de tranquilidad. Sus cómplices han tenido un fin horroroso, y los que aún viven, después de haber bañado en sangre y lágrimas a su patria para sustraerse del condigno castigo, vagan atormentados por sus propios remordimientos, esperando despavoridos el momento en que la ley divina o la humana se cumpía en ellos. Y ciertamente que se ha de cumplir, porque los grandes crímenes jamás quedan impunes, y tarde o temprano cae sobre la cabeza de sus autores el castigo merecido. El coronel Morillo hizo largos servicios a la patria, es verdad; pero todos los borró con su crimen, y ved ahí cuál acaba su existencia el más triste y miserable de los hombres.
"Bogotá, 30 de noviembre de 1842.
JOAQUIN PARIS"
¡Cuán lejos estaba el benemérito general París, al pronunciar estas palabras con la voz firme y sereno continente propios de una conciencia tranquila y una convicción profunda, de imaginar que había de ver con sus ojos al principal de aquellos cómplices cuya suerte creía había de ser la de "vagar atormentados por sus propios remordimientos, esperando despavoridos el momento en que la ley divina o la humana se cumpliese en ellos", sentado bajo el solio de la primera magistratura de la República, elevado hasta allí por todo un partido que haciendo de aquel cómplice su caudillo, su ídolo, su símbolo, sancionaba y prohijaba el sangriento drama de Berruecos!
Empero, aquella elevación momentánea no le salvó del fin desastroso que le esperaba, y pasados algunos años más la palabra profética del general París se cumplió con circunstancias terribles.
Terminada la alocución, las tropas desfilaron por delante del cadáver, del cual la Religión se hizo cargo. La hermandad del Monte de Piedad, guiada por la enseña sacrosanta del Cristo de los mártires, le tomó y condujo al lugar de eterno descanso...
¿Se han comprobado jamás, en ninguna parte del mundo, con el testimonio unánime de tantos hombres honorables y de un pueblo entero, hechos análogos a los que acabo de referir?
Las formalidades que he descrito en la ejecución del coronel Morillo eran las que se practicaban en todas las ejecuciones militares. En las civiles no fordel coronel Morillo eran las que se practicaban en las de 1833, que atrás vimos. A los reos de delitos comunes no los escoltaba sino la guardia de capilla.
En cuanto a los auxilios espirituales de la religión, era todo lo mismo. Imponentes, aterradoras eran todas esas prácticas, para impresionar a los espectadores y contener a los malhechores en el camino del crimen, hasta donde es posible que el hombre pervertido se contenga.
VIII
He concluido la espinosa tarea que me impuse, de examinar concienzudamente las circunstancias del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, que tantos desastres produjo para la patria. No he hecho uso de voces vagas, ni de las noticias verbales que yo pude adquirir: he compilado, examinado y analizado documentos públicos que son propiedad de la historia. Ahora, para complementar mi trabajo y llenar su objeto, ¿debo yo fallar sobre quién o quiénes fueron los responsables del hecho? No, dejo al criterio de mis lectores que juzguen ellos de mi narración, que empecé en mi primer tomo, y que con ímprobo trabajo he concluido. Pero digo terminantemente que los ejecutores del hecho no pudieron venir del Ecuador a Berruecos y desaparecer como por encanto, porque basta conocer el terreno para ver que esto es imposible. Que en el Ecuador pudiera haber habido cómplices más o menos caracterizados, puede ser y puede no ser; pero en el primer acaso, ellos tuvieron que entenderse precisamente con el general Obando, porque por sí, directamente, era imposible, lo repito, que hubieran podido combinar el golpe en el paraje en que se ejecutó, cuando la sola distancia se opone a acoger semejante idea. Es indudable que el general Sucre fue inmolado por miras políticas, en días de ebullición de las pasiones demagógicas, y por un numeroso complot, del que el general Obando fue el instrumento. Esta consideración, creo yo, fue la que lo desesperó viéndose el único responsable del hecho, y salvados a la sombra sus instigadores. En lo que no tiene disculpa el general Obando es en el sistema de defensa que adoptó de denigrar al Gobierno Nacional y a sus más respetables compatriotas, afrentando a la República ante el mundo y la historia. Esto no es lícito jamás.
