La desigualdad en el consumo no era tanta como aparece de este cuadro. El contrabando en la proximidad de las factorías, en donde eran más populares las nociones del cultivo, restablecía en muchas partes la igualdad. En Mariquita, por ejemplo, había un extenso contrabando que se hacía sentir hasta Bogotá los pueblos del sur de Antioquia. Otro tanto sucedía en Pamplona y el Socorro, en los alrededores de la factoría de Girón. El término medio del consumo en todo el país era, pues, de una libra cinco onzas por cabeza, igual al consumo de España, pero apenas la quinta parte del de Holanda, la tercera del de los Estados Unidos y un poco más de la mitad del de Francia. Entre el uso del tabaco y el consumo del café hay alguna relación: el primero parece atraer el consumo del segundo. Holanda es también el primer consumidor de café en el mundo, y le siguen en este orden los Estados Unidos, Alemania e Italia. Entre nosotros, es mi parecer, aunque sin pruebas claras, que el uso del tabaco ha disminuido notablemente en el medio siglo transcurrido desde la abolición del monopolio.

Las ventas para la exportación eran de poca o ninguna importancia hasta 1838. En este año remató el señor Jorge Gutiérrez sesenta mil arrobas de segunda y tercera, al precio de $ 2.10 la arroba del de segunda, y a $ 1.55 el de tercera. En 1839 se hizo otro remate de 112.593 arrobas por vales de deuda consolidada interior, al 5 y al 3 por loo. No he encontrado documento que exprese el precio de estos remates; pero según una cuenta parcial que figura en la Memoria del ramo de tabacos de 1844, parece que fue el de $ 6.25 la arroba de segunda y $ 3.90 el de la de tercera, en los vales expresados. En el año de 1841 fue contratado con los señores Powles, Illingworth & Co. un empréstito de $ 100.000, al 6 por 100 anual de interés, destinado a proveer de fondos a la factoría de Ambalema, y pagadero con tabaco de segunda y tercera, empacado y puesto en Honda, al precio de $ 1.85 la arroba. En julio de 1846 se tomó otro empréstito de $ 152.000 a los señores Patricio Wilson, Juan de Francisco Martín y Schloss Brothers, pagadero en tabaco de plancha, de Girón, al precio de 10.40 quintal. En agosto del mismo año, otro empréstito de $ 48.000, pagadero en tabaco. de segunda, de Ambalema, al precio de $ 7.50 quintal. Y finalmente, en julio de 1847, otro de $ 40.000, con el señor Fernando Nieto, pagadero también en tabaco.  Estas operaciones representan un poco más de 300.000 arrobas que el estanco no pudo producir ni pagar sino muy lentamente, de suerte que en 1850, a la extinción del monopolio, aún se debían $ 129.336 por saldo de capital e intereses, que se pagó con las existencias sobrantes a precio de principal y 50 por 100 de utilidad. Resulta, pues, que la exportación fue de 300.000 arrobas en diez años, o sea 30.000 arrobas por año. Y esta exportación no fue posible, sin embargo, hasta que en el año de 1847 contrató el doctor Florentino González el establecimiento de nuevas factorías en Peñalisa. Flandes, Colombaima, Purificación y San Gil, que dieron sus primeras cosechas en 1849 y 1850: de 1849 para atrás la exportación fue insignificante. El trabaja' del estanco apenas daba en esos años lo suficiente para proveer al consumo interior.

En 1846 se introdujo en la administración de este ramo una modificación importante, debida a la inicia­ción del doctor Ignacio Gutiérrez, entonces director del estanco. Fue la de reemplazar el sistema de cosecheros matriculados, con un contrato de producción en la factoría de Ambalema, celebrado con la entonces poderosa casa de Montoya, Sáenz & Cía. Las operaciones de sembrar y cultivar primero, de sacar y aliñar luego las hojas para obtener en ellas la exudación que les da la elasticidad y aroma agradables, de aplancharlas para hacerlas aptas a envolver el cigarro, etc., se hacían por los cosecheros mismos en grandes tambos sin comodidad, expuestos a la acción del sol y de la lluvia; de suerte que la preparación del tabaco era imperfecta. La casa de Montoya, Sáenz se obligó a ejecutar estas operaciones en edificios construidos al efecto, de suerte que el trabajo de los cosecheros se reducía al cultivo de la planta: la misma casa tomaba luego a su cargo el empaque de la hoja para trans­portarla en largos caminos de montaña, operación muy delicada que se hacía antes por los empleados y peones de la factoría. Además, como estaba en el interés de los contratistas suministrar la mayor cantidad de tabaco, ya para el consumo interior, ora para la exportación, los fondos necesarios para las compras a los cosecheros no podía faltar, y en vez de mantener a éstos con escasez, como sucedía con frecuencia bajo la dependencia del gobierno, se les hacían avances liberales para estimularlos, escogiendo para estos trabajos a los que por su actividad y su inteligencia eran más dignos del crédito que se les dispensaba.

La firma de Montoya, Sáenz & Cía. tenía en Londres una casa dependiente, en la que a la vez hacía compras de efectos extranjeros para importar en el país, y vendía los escasos productos de nuestra exportación, entre ellos, y principalmente al fin, tabaco de Ambalema.

Un año después, en 1847, el doctor Florentino González entre otras reformas trascendentales emprendidas durante los pocos meses en que desempeñó la cartera de hacienda, contrató el establecimiento de nuevas factorías de tabaco, en Purificación, Peñalisa, Flandes, colombaima, San Gil y Ocaña, destinadas a producir tabaco para la exportación, pues ya se veía que el de este país tenía buena acogida en Europa, principalmente en Bremen, entonces ciudad libre y el principal centro de fabricación de cigarros del mundo entero. El cultivo en esas nuevas regiones avivó el deseo de la libertad de las siembras, que año tras de año venía agitándose en los congresos, hasta que al fin encontró satisfacción en el de 1848, sujeta a un im­puesto           de por cada mil matas de sembradura, o sea de $        por cada fanegada de tierra, impuesto que hubiera anulado los efectos de la libertad. Esta, pues, fue consagrada en toda su extensión.

Los efectos de la libertad fueron asombrosos, sobre todo en el circuito de Ambalema. Allí se fundaron inmediatamente varias casas de compra y exportación del artículo. Aparte de la de Montoya, Sáenz & Cía., vinieron las de los señores Posada, Muñoz & Cía., Crosswhaite & Co., Posada Hermanos (Enrique y Wenceslao, según creo), Mauricio Rizo, Samper & Cía., y tal vez otros. La exportación que hasta el año de 1847 había sido insignificante, subió a más de 60.000 arrobas en 1851, pasó de 100.000 en 1852 y en 1864 ya excedió de 600.ooo, pero no todo de tabaco de Ambalema; en las llanuras del Carmen de Bolívar (hay otro Carmen -de Santander- al norte de Ocaña) prendío esta industria de modo inesperado, a tal punto que ya competía con Ambalema, no en calidad, pero sí en la cantidad de la hoja exportada. En Girón, Palmira, San Gil y Ocaña no se desarrolló como se esperaba, probablemente por la dificultad de los transportes al mar. El comercio de Bremen auxilió liberalmente esas. empresas abriendo créditos de consideración a nuestros exportadores.

En Ambalema dieron mejor resultado las tierras sobre que se derramó la erupción del volcán del Ruiz, en 1846, o la inundación de los ríos Lagunilla y Sabandija en el mismo año, determinada por algún derrumbe en la cordillera central. El tabaco escogido de estos lugares se vendía hasta a 3 chelines 6 peniques la libra en Londres, y a precios equivalentes en Bremen.. El precio del tabaco en hoja, sin preparación alguna, que en su principio se pagaba a 90 centavos arroba a los cosecheros, subió sucesivamente, a virtud de la competencia de compradores, a $ 2, 3, 4, y aún .$ 5, de manera que en Ambalema se distribuía en los pagos una suma que no bajaba de $ 50.000 semanales entre los cultivadores. Sin embargo, con excepción de algunos esfuerzos, por la casa de Montoya Sáenz, para mejorar los métodos de cultivo, poco se adelantó en esta condición indispensable para mantener la prosperidad de esas regiones. El precio del tabaco depende de la calidad, aroma, elasticidad, sanidad y color de la hoja, y esto sólo se obtiene con un cuidado especial en renovar las semillas, abonar la tierra, mantenerla en un estado de frescura a propósito para la vegetación, etc. El de la Vuelta de Abajo, en Cuba, que ha llegado a precio de $ 2.50 la libra, y a $ 40 y aún más el precio del ciento de cigarros fabricados con él, sólo se sostiene con el más esmerado cultivo. En Palmira, en donde en los solares de la población se obtiene o se obtenía un tabaco que puede resistir la competencia del mejor de Cuba, o se ha abandonado esta in­dustria o no se obtiene ya de tan excelente calidad como en tiempos anteriores.

Los precios se sostuvieron hasta 1863 y 1864, los años más altos de la producción colombiana, y puede decirse que hasta 1870, cuando dos acontecimientos importantes aceleraron la decadencia. La apertura del Canal de Suez, que empezó a hacer sentir más inmediata la competencia de las islas holandesas de Java y Sumatra, y la organización del imperio alemán que incorporando las ciudades libres de Bremen y Hamburgo, las sometió al régimen aduanero del imperio y a los altos derechos que éste impuso después sobre el tabaco de América. Este último fue el golpe mortal. En el día (1898) no pasan las exportaciones de 40 a 50.000 quintales por año, con precios muy poco satisfactorios.

Resumiendo las causas de la decadencia de esta producción puede reducirse a tres: 1, la repetición de la siembra con las mismas semillas en los mismos terrenos, sin preparación especial del suelo y sin abonos; 2, la competencia del tabaco ,de las islas holandesas de Java y Sumatra, en terrenos nuevos; y 3, los altos derechos impuestos en Alemania al tabaco americano. Es triste considerar que ninguna de las empresas de tabaco, en que tantas ilusiones se formaron en un principio, tuvo resultados satisfactorios. La progresista, inteligente y poderosa casa de Montoya, Sáenz % Cía., las de Posada, Muñoz & Cía., Enrique y Wenceslao Posada, Mauricio Rizo y Fernando Nieto, terminaron en ruina. Las demás abandonaron el campo o se sostienen con poco éxito; esto después de haber desplegado un valor y audacia dignos de mejor suerte. La empresa de los señores Montoya, Sáenz & Cía., pasó luego a las manos de la fuerte casa de Fruhling & Goschen de Londres, la cual tampoco ha podido restablecer los cultivos, y las tierras de este establecimiento están convertidas o convirtiéndose en potreros de pará, y de guinea, vendidas a precios muy inferiores de los que se calculaba ahora cuarenta años. Según oí decir entonces la casa de Fruhling & Goschen había tomado a razón de $ 40.000 de arrendamiento anual las de Chorrillos, del señor Pastor Lezama, y también oí que este señor rehusó $ 40.000 en compras que le fueron ofrecidos por la misma casa. Después de algu­nos años de prosperidad, el señor Lezama murió en la pobreza.

De todas estas ruinas, en ninguna se ostentó con más lujo de crueldad la injusticia de la suerte que en la de los señores Montoya y Sáenz. Don Francisco Montoya se había ocupado siempre de industrias útiles pa­ra el país; en 1839 habían introducido un vapor para la navegación del Magdalena (el Unión) y renovado éste poco tiempo después con el Patrono, buque que navegó también algunos años; en 1846 levantaron a grande altura la siembra de tabaco en el circuito de Ambalema, en las factorías de Ambalema y colombaima; fundaron una casa que mereció respeto y consideración en Londres mismo, y en todas sus negociaciones habían mostrado una honradez, generosidad y amplitud de miras dignas de alto elogio. El señor Montoya era un comerciante hábil, muy caritativo; el señor José María Sáenz, el caballero más cumplido que ha dado Antioquia; el señor Ruperto Restrepo, uno de los negociantes más inteligentes que he conocido y el señor Andrés Montoya, hijo de don Francisco, un trabajador en extremo benévolo y honrado. Hablan allegado una fortuna que pasaba de dos o tres millones de pesos, cuando entre 1853 y 1856 les sobrevino una serie de contratiempos: naufragios, incendios, quiebras de deudores, tan repetidos e inesperados como los de Job, y su pobreza fue soportada por ellos con la misma paciencia y resignación de su predecesor en infortunios.

El desarrollo de las siembras de tabaco trajo consigo efectos buenos unos, de dudosa calificación otros.

El primer resultado bueno fue el alza de los salarios desde la tasa mezquina de $ 0.10 o $ 0.15 por día, a $ 0.50 $ 0.80 y aun $ 1.50 diarios, efecto que se sintió no sólo en los centros productores, sino en un círculo bastante extenso alrededor, si bien con menos vigor. Estos salarios permitían ya comer carne a los trabajadores y condujeron al alza del valor de los ganados y a la fundación de extensas dehesas de pastos artificiales en las orillas del Magdalena, y esto naturalmente a otras industrias, como la del aumento del consumo de efectos extranjeros, la fundación de establecimientos. para el trabajo de la caña de azúcar y otros semejantes.

El segundo resultado fue resolver definitivamente el problema de la navegación por vapor del río Magda­lena. Hasta 1850 era dudoso si había tráfico suficiente para sostener los vapores. Cuando Ambalema empezó a dar más de quince mil cargas de tabaco a la bajada, esa duda desapareció y los vapores vinieron inmediatamente en el número necesario para servir el comercio. Este progreso material, el más importante que hemos realizado de la Independencia a nuestros días, fue re­sultado exclusivo de la abolición del monopolio del tabaco.

Los efectos de dudosa calificación no lo son dc la abolición del monopolio sino del monopolio mismo. Desde que se observó que la producción del tabaco podía llegar a ser una grande industria, las tierras en que podía producirse empezaron a ser materia de especulación y de concentración en pocas manos, de donde resultaron predios inmensos que, para su cultivo requerían capitales de una magnitud que no existía en el país. La casa de Montoya había hecho la adquisición de cuarenta o cincuenta mil fanegadas; una casa inglesa tenía también grandes extensiones, y así otros varios. Estas grandes propiedades que no pueden ser explotadas por el dueño mismo, son un obstáculo para el ejercicio de facultades industriales y el empleo de capitales menores; conducen a la formación de aristocracia territorial dominadora y poco simpática a las ideas y formas republicanas. y a la larga contribuyen a la degradación y envilecimiento de las clases populares. Este vicio tuvo su raíz entre nosotros desde el descubrimiento y conquista de la América Española, porque entonces se repartía la tierra de sus pobladores y dueños, los indígenas, en mercedes y encomiendas de grande extensión, a los conquistadores y a los favoritos de los reyes de España. Por eso se encuentran aún esas grandes propiedades desiertas, u ocupadas por algunas familias miserables que no se atreven a hacer mejora alguna en el terreno por temor de ser inmediatamente expulsadas o de que suba el arrendamiento a una tasa insoportable. Afortunadamente la división de los bienes hereditarios entre todos los hijos va corrigiendo lentamente esa situación.

El segundo efecto fue la decadencia en los métodos de cultivo de la planta. La casa de Montoya Sáenz había introducido, de acuerdo con el último inspector oficial de plantaciones en Ambalema, que lo fue el señor Wenceslao Chaves, un sistema de vigilancia sobre la manera de cultivar, que a la larga hubiera producido buenos efectos. Esta inspección desapareció cuando fue proclamada la libertad de siembras, y abandonados otra vez a sí mismos esos cultivadores ignorantes y rutineros, las plantaciones tornaron al descuido y al abandono de otras épocas, en los momentos precisamente en que agotada la fertilidad natural de la tierra, se requerían cuidados más inteligentes para mantener la fuerza vegetativa. Entonces empezaron a aparecer esas enfermedades de la planta.. que los cosecheros denominaban el amalamiento, el pulgón, y otras que naturalmente influyeron en e! descrédito del articulo en los mercados extranjeros, y en consecuencia la baja de los precios.

En la administración del general Trujillo, en 1878, siendo el que esto escribe secretario del Tesoro, a cuya empleo estaba adscrito el ramo de agricultura, se trató de fundar en Ambalema un establecimiento especial de cultura que sirviese de modelo y de escuela práctica. Al efecto se solicitó la cooperación de la casa de Fruhling & Goschen, la cual se prestó a ofrecer gratuitamente el terreno que fuese necesario y los demás auxilios que estuvieran en su poder. Se encargó al señor Francisco J. Cisneros en uno de sus viajes a Europa que inquiriese la posibilidad de contratar, para dirigir el establecimiento, al conde de Pozos Dulces, agrónomo cubano muy distinguido, expatriado entonces a causa de sus opiniones republicanas o al señor Alvaro Reinoso, otro sabio agrónomo, cubano también, y autor de varias obras sobre cultivos intertropicales, pero era tan exigua la partida votada al efecto. por el congreso, que esta idea no pudo tener resultado práctico alguno. Después, el movimiento de la política dirigido a otras corrientes a causa de la lucha entre las dos fracciones del partido liberal, la radical y la independiente, lucha que llegó al extremo de apelar a las armas en Antioquia y el Cauca, no permitió continuar en estos proyectos. A mi salida del ministerio se pensó en otras cosas.

También hubiera sido de desear que el gobierno. entablase negociaciones con las Régies o compañías. contratistas del estanco en Francia e Italia, que acostumbran comprar en los Estados Unidos y en Cuba algo del tabaco que necesitan para proveer el consumo. de los países respectivos. Yo hice la tentativa en 1871

por conducto de los cónsules de Roma y Londres, señores Nicolás Pardo y Eusebio Otálora, pues no ha­bía agentes diplomáticos acreditados ante estas cortes, pero esa negociación exigía más respetabilidad y conocimientos en nuestros representantes. Nada pudo obtenerse. Nuestro gobierno, lleno de ministros diplomáticos de 188o para acá, en todas las cortes europeas, hubiera podido dar pasos en este sentido, pero parece que nuestra diplomacia estaba ocupada en otros asuntos más graves. Algo de esto se encargó también el señor Valenzuela (Teodoro) durante su misión al Perú, y en 1870 al señor Jorge Isaacs que fue nombrado cónsul en Santiago de Chile. El primero llevaba el encargo de proponer una reciprocidad en la franquicia a nuestro tabaco, en cambio de la que el Perú quisiera para algún artículo de su producción, como la sal, por ejemplo, y algo obtuvo en sus gestiones; pero parece que no se pudo obtener la reciprocidad en nuestro congreso. Con Chile son muy escasas nuestras relaciones comerciales, y aunque los señores Willamson y Acevedo, colombianos que quisieron negociar con ese país, trataron de introducir allí el gusto por nuestro tabaco del Cauca, parece que no pudieron perseverar en el ensayo por la escasez de capital.

Ahora, juzgo que sería tiempo de renovar estas tentativas, pues también empieza a decaer el precio de los tabacos de las colonias holandesas, y acaso los veinticinco años de reposo que tienen ya los terrenos del Alto Magdalena pueden haber reconstituído los elementos que requieren esta hoja aromática. Además, la desorganización que los cultivos han debido sufrir en la isla de Cuba acaso permitirían atraer hacia nuestras tierras algunos buenos cultivadores de esa región, pero Según parece estos asuntos no se juzgan ahora dignos de la atención de los hombres de estado que están en la actualidad dueños del país.

El gran pecado cometido por todos en los días de prosperidad para las riberas del alto Magdalena y de las llanuras del Carmen y Corozal en Bolívar, fue el olvido de establecer instituciones de previsión y de moralidad; cajas de ahorros, hospitales, sociedades de seguros, escuelas y principalmente escuelas rurales en que se enseñase prácticamente no sólo el cultivo de la planta, sino las industrias accesorias llamadas a dar empleo a los nuevos recursos que el alza de los jornales podía proporcionarles. En vez de estas medidas de previsión, lo que vino en pos fueron tiendas de licores, mesas de juego, casas de prostitución, industrias inmorales que tenían por objeto desarrollar instintos salvajes, pasiones embrutecedoras, a favor de las cuales se sacase del bolsillo de los pobres cosecheros el fruto de sus sudores y la flor de sus esperanzas. El espectáculo de las calles de Ambalema en los sábados y los domingos después de repartidos cuarenta o cincuenta mil pesos en pago de tabaco, no tenía igual: eran verdaderas saturnales repetidas cien veces en el año. Cuando la fiebre amarilla se presentó en diciembre de 1856, no había un hospital ni el más pequeño asilo para los enfermos, que morían en las calles sin el más débil consuelo, sin quien pusiese una gota de agua en sus labios resecos como el nolí. Los infelices traficantes en víveres procedentes de las tierras altas fueron las primeras y principales víctimas de la epidemia: los cadáveres eran arrojados al río a servir de pasto a los caimanes y a los peces. Nada podía dar idea de la ausencia de espíritu de solidaridad, del vacío absoluto de la idea religiosa, de la falta completa de nociones del servicio municipal. España no había dejado en sus colonias nada que representase semillas de civilización, nada que afirmase o despertase siquiera la idea de que el gobierno tiene por objeto servir, proteger, mejorar la condición de los gobernados.

La abolición del monopolio produjo, en resumen, el resultado de exportarse en los veinte años corridos de 1850 a 1870, una masa de dos millones de quintales de tabaco, vendidos a un término medio de treinta pesos cada uno, o sea en sesenta millones de pesos. Las utilidades de esta suma recibidas por los cosecheros en la forma de altos salarios, fueron consumidas en licores espirituosos y sus compañeros colaterales. Las de los grandes empresarios de industria, grandes durante los primeros años, se deshicieron en las pérdidas de los últimos y no dejaron nada acumulado, nada que despertase siquiera el recuerdo de los días de prosperidad. Quedaron tan sólo grandes pastales de para y de guinea bastantes para la ceba de 40.000 0 50.000 novillos.

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