CAPITULO XXVI
AÑO DE 1852
Censo de población.Nuevas tentativas de Flores, el traidor. Complicidad en ellas del gobierno peruano.Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
En los últimos días de 1851 se levantó el censo de población de las 31 provincias en que estaba dividida la república y se obtuvo el resultado siguiente:
Provincias. | Hombres. | Mujeres. | Totales. |
Bogotá | 153.303 | 164.048 | 317.351 |
Totales | 1.086.705 | 1153.349 | 2.240.054 |
Resulta de este cuadro que la población femenina excedía en 66.644 a la masculina, o sea, en un 6% por 100, pero este exceso era de 13 3/4 por 100 en Panamá; de más de 10 por 100 en las provincias de Santander, Neiva, Ocaña, Mompós, Riohacha y Buenaventura; que los dos sexos estaban equilibrados en Antioquia y Córdoba y que sólo en Valledupar, Chocó y Barbacoas había más hombres que mujeres; pero sólo en muy cortos números. Las ciudades atraen siempre, a causa de las necesidades del servicio doméstico, mayor número de mujeres. Los trabajos agrícolas y los de minería piden más hombres.
La proporción entre solteros y casados, en la edad de diez y seis o más años, era la siguiente:
Solteros. | Casados. | Proporción % | |
Túquerres | 9.384 | 13.722 | 14 61/5 |
PROPORCION CONTRARIA
Bogotá | 88.742 | 83.554 | 94 |
661.654 | 538.518 | 123 |
Término medio 123 solteros por 100 casados.
Estas diferencias enormes entre 146 casados por loo solteros en Túquerres, comparados con el guarismo de 22 casados por 100 solteros en Valledupar, no implica mayor o menor frecuencia de relaciones sexuales, ni mayor o menor grado de moralidad, ni siquiera más o menos espíritu religioso, sino mayor o menor sumisión de las poblaciones a la influencia del clero católico. Muy grande la influencia del clero en las poblaciones de las montañas, es mucho menor en las llanuras y en las costas marítimas o fluviales; pero la moralidad de ellos, en lo que se refiere al respeto a la vida y a la propiedad de los hombres, es poco más o menos igual. Sería muy fácil comparar las relaciones de criminalidad entre unos y otros grupos para observar que en este particular no hay diferencia notable.
Las tres secciones en que, geográficamente, puede considerarse dividida la república, a saber: centro y norte, compuesta de los antiguos Estados, hoy llamados departamentos del Tolima, Cundinamarca, Boyacá y Santander; oeste, a que pertenecen los de Antioquia y el Cauca, y costa, comprendiendo los de Bolivar, Magdalena, Panamá tenían la población siguiente:
Centro y norte................. 1.288.739
Oeste................................ 563.731
Costa................................ 388.079
Estas divisiones se comprueban con hechos prácticos. La batalla de Boyacá conquistó la independencia de los cuatro Estados del centro. Las fuerzas que sacaron Córdoba y Maza de Antioquia, libertaron en Tenerife y la Ciénaga a toda la costa, con la ayuda, eso sí, de las infanterías venezolanas que Montilla y Carreño introdujeron por Rióhacha desde Coro y Trujillo.
Bomboná, en fin, aseguró la libertad de las provincias del sur, o sea del Estado del Cauca.
Sólo había en 1851 una población extranjera de 1527 personas, de las cuales 1.211 eran hombres y 316 mujeres, de las siguientes procedencias:
Venezolanos, 563 (en la frontera de Cúcuta).
Británicos, 253.
Franceses, 166.
Americanos del norte, 171 (casi todos en Panamá).
Holandeses, 89 (de curazao (?) en Riohacha)
Espanoles, 71.
Ecuatorianos, 51 (en la frontera de Túquerres).
Alemanes, 47.
El resto, de otras procedencias en números insignificantes.
Los lugares en que residían eran:
Santander (principalmente en Cúcuta, casi todos venezolanos) 456.
Panamá (casi todos norteamericanos) 377.
Bogotá (ingleses y franceses, 6 alemanes) 157.
Mariquita (principalmente en Ambalema) 70.
Riohacha (de Curazao (?) 110.
El resto diseminado en números insignificantes.
La población de los conventos alcanzaba a 1.166 personas repartidas en 32 establecimientos, 16 de frailes, con 385 habitantes, y 16 de monjas, con 781; pero los profesos eran solamente 156 hombres y 309 mujeres. Los demás eran legos y sirvientes.
El censo de 1825 daba un guarismo de ............ 1.228.259
Comparado con el de 1851.............................. 2.240.054
Resulta un aumento de población en veinticinco años, de 1.911.795, o sea de 81 por 100.
El periodo de duplicación seria, pues, de veintiocho anos solamente progresión que parece imposible, pues casi ni en los Estados Unidos se ha visto, a pesar de la inmensa inmigración que allá se recibe. Esto hace juzgar que ni en el censo de 1825 ni en el de 1851 puede tenerse completa confianza.
El censo de 1835 dio 1.680.038 habitantes, y un aumento en ocho años de 457.779. El de 1843 dio 1.943.145, o sea Un crecimiento de la población en igual período, de sólo 257107.
Dando el de 1851, es decir, en un período de ocho años también, 2.240.054 y un aumento de 296.798, se puede notar la irregularidad de los de 1825 y 1835.
En el de 1851 dio la ciudad de Bogotá, 29.649, y en mi concepto el recuento de los habitantes se hizo con toda la diligencia posible, a pesar de las críticas de los santafereños raizales, que no podían conformarse con que la antigua capital del Virreinato no tuviese 60.000 habitantes a lo menos. Fui miembro de una junta que examinó los datos recogidos, y juzgo que, si hubo errór por omisiones, éstas no pasaron de algunos centenares de pobladores.
NUEVA TENTATIVA DE FLORES, EL TRAIDOR
Después que en 1846 desbarató el gobierno inglés la expedición con que, de acuerdo con el gobierno español, proyectaba establecer en el Ecuador una monarquía para el duque de Rianzares, hijo de la viuda de Fernando VII, había vivido el traidor buscando cómplices para sus planes. Primero había venido a Caracas, en donde el general Páez, entonces presidente de la república, movido seguramente por el espíritu de compañerismo, le recibió con honor inmerecido. Después, en 1848, pasó a Panamá, en donde no se le tributaran respetos de ninguna clase, pero se le permitió vivir cerca del Ecuador procurando reunir y reorganizar a sus antiguos partidarios. En ese año, sin, embargo, el doctor Manuel Murillo presentó en el Congreso un proyecto de alta Policía Nacional, en el cual, entre otras cosas, se prohibía residir en la república a los individuos que hubiesen maquinado en el extranjero contra la independencia de algún Estado hispanoamericano, o para trastornar el sistema político que éste hubiese adoptado para su gobierno. Apenas elevado este proyecto a la categoría de ley, en abril del mismo año, él traidor buscó refugio en Costa Rica y otros de los Estados de Centro América. Su permanencia en Caracas y Panamá dio, sin embargo, lugar para que se sospechase que había encontrado complicidad para su plan de trastornar las instituciones republicanas en la América antes española, en los generales Páez y Mosquera, presidentes entonces de las dos repúblicas de Venezuela y Nueva Granada: sospecha que publicó un periódico de Quito, y a la cual no faltaba cierta verosimilitud al recordar que el general Páez habla propuesto una vez al general Bolívar que se erigiese en monarca de los países libertados, y que el general Mosquera había sido en 1826, uno de los primeros pronunciados en favor de la dictadura vitalicia y absoluta del célebre caudillo. Como se ha referido ya en otra parte de este libro, la reimpresión de ese periódico quiteño en Bogotá por la América y El Aviso, dio lugar a los escándalos del 13 de junio de 1848.
Ni el general Páez ni el general Mosquera dieron ejemplo de firmeza en sus opiniones republicanas durante su vida. El primero no recibió alguna educación sino cuando ya sus hazañas los habían colocado en una posición eminente, y se decía por las personas que lo conocieron a fondo, que sus ideas eran el eco de las personas que lo rodeaban el doctor Miguel Peña en 1826 y 1827, cuya maléfica influencia le llevó a ser el primero que rompiese la integridad de la Gran Colombia; el segundo pertenecía a una familia aristocrática relacionada en España con altos personajes sostenedores de la tiranía absoluta de Fernando VII; pero la versatilidad de sus Opiniones políticas hizo de él una figura difícil de caracterizar verdaderamente por la historia. La imputación aludida es uno de esos misterios que acaso nunca se podrán aclarar.
La presencia del general Flores en Panamá, no había sido estéril para sus planes. Los jefes de la insurrección que lo derrocó de la presidencia en 1845, 0lmedo y Novoa, por uno de esos cambios tan frecuentes en los hombres de Estado hispanoamericanos se habían convertido al floreanismo, hablan llamado al servicio activo en el ejército a los jefes y oficiales sumisos a Flores y se preparaba el señor Novoa, que era entoncespresidente del Ecuador, para llamar nuevamente a este renegado, cuando fue sorprendido en 1851, por una insurrección acaudillada por el general Urbina en sentido contrario Triunfante este movimiento, los proyectos de reacción monárquica quedaron, suspendidos por algún tiempo.
Sin duda esta reacción contaba con fuertes apoyos. en España, pues el hecho es que, pasados algunos meses, Flores aparece en Chile comprando vapores armados en guerra, entre ellos dos, con los pomposos. nombres de un chileno ilustre en los fastos republicanos: El Almirante Blanco y el otro El Chile, sin duda con el propósito de hacer creer que la poderosa república del sur del Pacífico, apoyaba sus planes. Al propio tiempo hacia allí enganches de chilenos y alemanes, con el objeto ostensible de fundar colonias agrícolas en California. Según parece la reina Cristina fue indemnizada del tesoro español por los gastos incurridos en la proyectada expedición de 1846, y con estos recursos el agente Flores recibía auxilios para la de 1852, en la cual debieron. invertirse sumas de mucha consideración. Compuesta de dos vapores armados en guerra, y de varios transportes, llevaba, según se dice en los boletines ecuatorianos, de ese año, más de 800 enganchados, y el gobierno peruano, presidido entonces. por el general Echenique, le suministró a su paso por el Callao armas y municiones con tan poca cautela, que, tanto la legación ecuatoriana en Lima, como la prensa de esa capital, lo denunciaron resueltamente como una complicidad indudable del gobierno peruano en esa empresa filibustera. La actitud de la opinión del pueblo del Perú, las reclamaciones de la legación ecuatoriana y la disposición firme del gobierno granadino, hubieron de hacer cambiar la política del gabinete de Lima. Dos ministros de Estado acusados de ser los autores principales de esa complicidad fueron reemplazados inmediatamente: los señores José Joaquín Osma, de relaciones exteriores, y el general Mendiburo, de hacienda. El primero se dirigió a España, en donde fue llamado desde entonces marqués de La Puente, en donde aún existe, y el segundo parece que fue a representar en Inglaterra a la república del Perú.
El gobierno granadino seguía atentamente la marcha de esos planes proditorios por medio de su representante en el Ecuador, el doctor Manuel Ancizar, quien en esta tarea desplegó una actividad y un tacto admirables. El señor Plata, secretario de relaciones exteriores, había procurado entenderse con los países de Suramérica que podían estar interesados en el asunto. El gobierno de Venezuela, presidido por el general José Gregorio Monagas, animado de un espíritu fraternal, había solicitado del congreso facultades para hacer causa común con la Nueva Granada en el caso de que este país entrase en guerra con los enemigos de las instituciones republicanas. En Bolivia fue obligado un agente de Flores, que se dijo era el coronel granadino Manuel Ibáñez, a desembarcar 80 ó 90 engancha dos que tenía listos para llevar del Puerto de Cobija. El gobierno de Chile, cuya conducta pareció sospechosa en un principio, interpelado por nuestra cancillería, improbó los planes de Flores como los de un aventurero, a quien no se hubiera permitido recoger enganchados, si hubiera podido sospecharse el objeto con que lo hacía. Entre Pasto y Túquerres mantuvo el gobierno granadino desde 1851, una división del ejército fuerte de 2.000 a 2.500 hombres a las órdenes del general Manuel Maria Franco, lista para entrar en el Ecuador en cumplimiento del pacto de alianza de 1832 entre los dos países. Además, la opinión granadina contraria a los planes de Flores era tan entusiasta y resuelta que la llevaba hasta luchar con el Perú en el caso de que, como parecía, el gobierno de este país quisiese Intervenir de algún modo en favor de Flores. El general Tomás Herrán, siempre patriota y dispuesto a ofrendar su vida a la libertad americana, se había trasladado también a Guayaquil para seguir más de cerca el curso de la expedición.
Esta no tardó en a parecer. Después de salir del Callao, tocando en los puertos peruanos de Ancón, Lambayeque, Isla de Lobos y Tumbez, fondeó en la isla ecuatoriana de Puná en la desembocadura del Guayas, a ocho o diez leguas de Guayaquil, el día 7 de abril de 1852. Ahí pensaba encontrar pronunciamientos en su favor, tanto en la población de la ciudad como en las de las provincias adyacentes de Cuenca y Loja; pero su expectativa resultó engañosa: en dondequiera halló enemigos en lugar de simpatías. Los paisanos desarmados sorprendían las avanzadas de los invasores; los campesinos se negaban a venderle y ocultaban sus víveres; la guarnición de la ciudad recibía avisos oportunos de todos los movimientos hostiles, y, para colmo de infortunios, los mismos enganchados chilenos y peruanos empezaron primero a desertarse, y después a pasarse con sus armas y municiones a la guarnición ecuatoriana.
Esta carecía de fuerzas navales que oponer a los invasores, de suerte que su tarea era puramente defensiva, reducida a privar de víveres y alojamiento a los floreanos. En una o dos tentativas de ataque a la ciudad, fueron éstos rechazados con pérdidas sensibles. El buque de la flotilla que servía para guardar el parque, voló en 3 de julio causando la muerte de más de 50 hombres de la tripulación, y en fin, el mismo vapor Chile con 160 hombres, se pasó a los defensores de la plaza.
El gobierno peruano mismo, después de haber simpatizado en un principio con los planes de la expedición, envió a Guayaquil un buque de guerra con un agente diplomático a bordo (el general Destúa) a proponer al gobierno ecuatoriano que concediese, en cambio del retiro de, las fuerzas invasoras, una fuerte pensión a Flores y a su familia; proposición que, lo mismo que el ofrecimiento de las tuerzas navales del Perú para coadyuvar a la derrota de los floreanos, rechazó con dignidad el general Urbina.
La expedición, en fin, después de cien días de tentativas ineficaces, de robar el cacao de las grandes plantaciones de las orillas del Guayas, lo mismo que el ganado y los víveres de los campesinos de esos contornos, se retiró con el vapor Almirante. Blanco y cuatro buques de vela, llegando a Paita, en donde los buques fueron desarmados, y expelidos del. territorio peruano los extranjeros enganchados que iban a bordo, que ya no pasaban de 150. El general Flores había tomado pasaje en un vapor inglés y se dirigía a Valparaíso.
Así, iba a decir, terminó, la influencia desgraciada de ese legado funesto de la escuela boliviana en el Ecuador, pero tendrá que corregir el tiempo del verbo, pues todavía algunos años después reaparece ese mismo nombre como Instrumento de discordia y de efusión de sangre americana. ¿Qué títulos tenía ese hombre, que no era ecuatoriano para querer imponerse sobre ese desgraciado país al que habla oprimido desde 1880 hasta 1845? No eran los de la guerra de la independencia suponiendo que los servicios a la causa de la libertad pudieran darle derecho para esclavizar a los libertos pues su nombre no suena en Guachi ni en Yaguachi, en Bomboná ni en Pichincha, al lado de los de Sucre, Córdova y Bolívar. Lo al sonar por vez primera en un discurso del general Eusebio Borrero, en la cámara de representantes de 1840, en que este orador recordaba, la política sangrienta adoptada por el coronel Flores en 1828, encargado temporalmente de Pacificar la provincia de Pasto, todavía adicta a la causa del rey. Suena por primera vez con distinción en el combate de Saraguro, no ya en defensa de la causa de América, sino en la primera de las guerras civiles a que la ambición del general Bolívar dio origen entre Colombia y el Perú, combate en el cual el ejército peruano, mandado por un colombiano, mostró una debilidad fácil de explicar al verse enfrentado con los vencedores de Junín y Ayacucho.
Fue este el momento que precedió a la grandeza futura de Flores. Nombrado comandante en jefe del ejército de ocupación del Ecuador a tiempo que el general Sucre, que desempeñaba este destino, se ausentaba a Bogotá a tomar asiento en el Congreso Admirable, formó el pensamiento de dominar él solo esa sección de Colombia, así como Páez había tomado para sí a Venezuela. El congreso constituyente convocado por Bolívar para que ratificara la dictadura vitalicia asumida por él desde 1828, había rehusado, no sólo confirmar ese título, sino reelegirle para la presidencia de Colombia, y nombrado en lugar suyo al señor Joaquín Mosquera; habían encallado los esfuerzos hechos por los comisionados del congreso para obtener la reintegración de Venezuela; Bolívar se retiraba para el extranjero, pero anunciaba su disposición de regresar a ponerse al frente de las fuerzas que apoyaran la nueva dictadura que se proclamase. La disolución de Colombia parecía un hecho consumado. Se dice que el general Sucre delante de esta situación, había ofrecido restablecer la unidad nacional con el concurso de 14.000 bayonetas que podía reunir entre Popayán y Quito, para donde se dirigía con este designio. En estos momentos fue asesinado en la montaña de Berruecos (30 de junio). Faltando el general Sucre sólo el general Flores podía aspirar a la dominación del Ecuador, tarea a que éste se dedicó inmediatamente, queriendo incorporar a la nueva nacionalidad las provincias de Túquerres y Pasto hasta el Juanambú. Con un gran ejército que tenía a sus órdenes, compuesto en su mayor parte de oficiales venezolanos adictos a su persona, fácil le fue encontrar partidarios serviles en el Ecuador, y halagando las ideas de supremacía del clero católico y el interés de los grandes propietarios territoriales dueños de rebaños de indígenas allá mirados. entonces como meras bestias de labor, tampoco le fue difícil pasar como el garante más sólido de la religión del orden y de la propiedad. Flores era pues un heredero directo de los conquistadores españoles, y el Ecuador continuó siendo, con el nombre irrisorio dc república, una mera colonia de conquistadores anónimos. El movimiento de la guerra de independencia intensa en Venezuela y la Nueva Granada, apenas se había sentido ligeramente en aquella sección, la primera, sin embargo, en dar el grito de libertad en 1809; pero esa insurrección fue inmediatamente ahogada en la sangre de sus primeros apóstoles. El paso de tropas colombianas de 1821 a 1829, habla, eso sí, sembrado algunas semillas republicanas que en 1835 aparecieron en una revolución popular sin jefes ni elementos capaces de resistir duros combates; de suerte que fue vencida en Miñarica, en donde el vencedor logró ahogar en la sangre de los vencidos, derramada con lujo de crueldad, los gérmenes de nuevas resistencias. En la guerra civil granadina de 1840 a 1842, Flores quiso congraciarse con los elementos conservadores de nuestro país, y prestó un concurso decidido para vencer al general Obando en Huilquipamba; pero en 1845, a pesar del apoyo moral que le dio el general Mosquera, entonces presidente, quien obtuvo autorización del congreso de ese año para declarar la guerra a la revolución triunfante en el Ecuador, aquel tiranuelo fue arrojado del país y fue a ofrecer su espada en España a la reina Cristina para levantar un trono al duque de Rianzares en el suelo que no había ayudado a independizar, pero sí intentado mantener siempre en la esclavitud.
A punto fijo no se conoce el origen de Juan José Flotes. Unos caballeros venezolanos, nativos de la provincia de Apure que vivieron en Bogotá por los años de 1848 a 1852, me aseguraron que en esa región se le reputaba hijo de Remigio Ramos, el célebre guerrillero español, compañero de Boyes, que incendió a Barinas en 1812 y se pasó a las tropas independientes en 1821. Indudablemente descendía de una familia militar acostumbrada a todas las peripecias de una vida aventurera. Valiente, ágil, jinete consumado, provisto de un carácter con apariencias de cordialidad Y franqueza, que le ganaban simpatías fáciles, pero en la realidad astuto, disimulado y lleno de ambición, la anarquía de esos tiempos le abrió campo a la realización de sus deseos. Ignorante en lo absoluto de la ciencia del gobierno de las ideas que el pensamiento revolucionario de los próceres quería introducir en el pueblo, pudo fundar un gobierno personal una arbitrariedad con visos de orden, sin elementos de duración, que pronto se hundió en la guerra civil. La pauta trazada en los quince años de su dominación, ha sido un legado fatal para el Ecuador. Sus sucesores se han enredado Con frecuencia en las huellas de esos primeros años, a pesar de su deseo, a veces, de entrar en un camino distinto. Olmedo, Novoa, Urbina, tributos liberales en su origen, acabaron por entrar en las sendas de lo que se ha llamado autoritarismo, según el cual la libertad individual debe ser nada o muy poco y la autoridad de los funcionarios todo; sistema planteado entre nosotros, primero por el general Bolívar y recientemente por los señores Núñez y Caro.
a | Cantones en Bucaramanga, Girón y Piedecuesta. |
