Juzgo que el congreso de 1857 fue el teatro en que sus triunfos oratorios llegaron al cenit. En Ríonegro había algo de forzado en sus opiniones, algo que no era su convicción propia la que se producía, algo que su conciencia no aprobaba. Muy celebrado fue entre sus partidarios de entonces el discurso que pronunció en la discusión sobre asuntos eclesiásticos, en favor de las proposiciones violentas del general Mosquera, discurso que yo no pude oír; pero fue publicado por la prensa y así pude verlo. Su composición es ampulosa, sus argumentos de poco valor, sus vuelos oratorios un poco comunes y de mal gusto; pero la elocución o parte exterior sí debió de ser magnífica, como lo era en las grandes ocasiones la manera del orador. Era de estatura mediana, cuerpo algo inclinado a la obesidad, voz Argentina, vibrante y agradable, expresión clara, concepción vigorosa y lógica irresistible cuando defendía buenas causas y las sostenía con sincera convicción. A veces adornaba su peroración con arranques poéticos no siempre muy felices, pero a propósito para herir la imaginación de un auditorio poco escogido. Como orador forense, sus conocimientos en la jurisprudencia española, vigente hasta 1860, y sus facultades naturales, le daban un puesto casi sin rival: como tribuno popular, su aplomo perfecto, afluencia torrentosa de palabras apasionadas y voz resonante le creaban una reputación superior: como orador parlamentario le faltaba algo de distinción en sus actitudes y expresiones coléricas. Sus condiscípulos y amigos deplorábamos sinceramente que en vez de consagrar sus talentos y dotes singulares a la defensa de la causa popular, de los oprimidos, de los débiles, hubiese preferido la de los planes ambiciosos de un caudillo militar.

El doctor Ramón Gómez era el segundo ayudante del general Mosquera en la guerra parlamentaria. El doctor Gómez es más conocido como jefe y fundador del círculo sapista y como abogado que como orador. En este último carácter poseía cualidades indudables: audacia, afluencia de palabras, cierta tendencia poética, poco parnasiana a la verdad, pero que halagaba el gusto de las masas, y talento indudable. En cambio, su aspecto justificaba el apodo de sapo que traía desde el colegio, pues era bajo de cuerpo, rechoncho y de ademanes poco distinguidos: su voz era chillona en los tonos altos y la reputación adquirida en asuntos eleccionarios no daba autoridad a su palabra. Habiendo pasado del grupo de los gólgotas al menos simpático de defensor de los planes mosqueristas, no tenían sus palabras el aura de simpatía entre sus oyentes que necesita el orador.

El señor Pascual Bravo era muy joven y aparecía por primera vez en la arena política: fue muy corta pero ruidosa su carrera y merece por ello mención especial. Poco le conocí, pues a pocos días de figurar en las bancas de la convención, el general Mosquera descubrió en él admirables cualidades para secundario en sus propósitos: actividad, energía y disposición complaciente para ejecutar sin vacilación las órdenes y líneas de conducta que se le comunicasen; lo cual, auxiliado por talentos poco comunes, era suficiente a juicio de aquel caudillo para levantar a un joven desconocido al puesto eminente de jefe federal del estado de Antioquia, puesto para el cual lo hizo designar en la asamblea. Era bajo de cuerpo, cenceño, moreno de color, grandes ojos muy expresivos, facciones regulares: silencioso y reservado en su trato habitual, mirada triste como si presintiese su próximo fin y en su carrera posterior dio pruebas de gran valor persona! y de decisión de carácter. Desgraciadamente entró con demasiado fervor en las ideas y prácticas del general Mosquera, persiguió implacablemente las ideas conservadoras sobre todo en materias religiosas, levantó en su contra una reacción furiosa que dio por resultado movimientos armados que en poco más de un mes pusieron al partido conservador en posesión del estado: de suerte que perdió el gobierno y junto con él la vida en el combate de Cascajo, cerca de Marinilla. Como orador no tuvo tiempo de hacerse conocer bien. Tenía la primera timidez de los atletas en esta arena,  se encontraba delante de reputaciones ya formadas y no tenía aún posesión del campo. Tenía, sin embargo, expresión fácil, aire simpático y discreción en sus palabras. Hubiera podido ser una figura distinguida en la política colombiana.

El señor Antonio Leocadio Guzmán venía precedido de una gran reputación de orador y escritor en Venezuela, su patria nativa, en donde fue conocido durante el período Guzmán Blanco, con el nombre de El Ilustre Prócer: llegó a Bogotá desterrado en 1860, durante la presidencia del señor Mariano Ospina, en circunstancias poco propicias para la fama de sus antiguos trabajos políticos y mucho menos para sus actuales opiniones; permaneció callado y oscuro hasta el 18 de julio de 1861, pero a la entrada del general Mosquera a Bogotá, inmediatamente se constituyó en público sostenedor de éste, a cuyo efecto fundó El Colombiano, periódico ocupado en hacer alabanza de aquél y de todos sus actos, fuesen los que fuesen. Ganole poca respetabilidad esta conducta, y cuando, elegido a la convención por el estado del Cauca concurrió a Rionegro, le faltaba esa primera condición en el hombre público que quiere ejercer alguna influencia en las deliberaciones. Pasaba ya de los sesenta y cinco años, su estatura era elevada, sonora y clara su voz, fácil la emisión de sus pensamientos y se conocía su costumbre de hablar en público por sus actitudes desembarazadas y la libertad de su frase culta y educada a las exigencias de una asamblea numerosa. Parecía consagrado principalmente a la idea de reconstitución de la Gran Colombia, a la cual se mostraba muy adicto y en cuyo sostenimiento se empeñaba, decía, como representante de los pueblos de Venezuela, si bien no volvió a ocuparse en ese asunto cuando regresó a Caracas en el mismo año. Fuese porque no era muy conocedor del movimiento de las ideas en Nueva Granada, o porque sus escasas relaciones con los miembros de la convención no le permitiesen animarse del calor suficiente para dar amplitud a sus discursos, no dejó aquí la reputación de estadista ni la de grande orador que siempre guardó en su propio país.

El general Vicente Gutiérrez de Piñeres, descendíen te de una familia distinguida de Cartagena, más notable aún por la decisión con que toda ella se consagró a la causa de la independencia desde 1810, era un resto venerable de la grande epopeya colombiana: escapado muy joven de Cartagena con gran parte de su familia en 1815, cuando los sitiados resolvieron dejar sus hogares llenos de cadáveres y salir a playas extranjeras en frágiles embarcaciones al través de la escuadra española, había recibido en Los Cayos la protección generosa de Petión junto con Bolívar y otros ilustres patriotas, ganado su divisa de teniente en Carabobo, la charretera de capitán en el campo de Ayacucho y participado, ora vencedor, ya vencido, de todas las angustiosas peripecias de 1825 a 1862. Pocas personas he conocido de tan agradable conversación, espiritual charla y amena sociabilidad. Aunque inseparable amigo y defensor de las ideas del general Mosquera, en una ocasión se apartó de los propósitos de su jefe de partido, cuando secundando éste un proyecto del doctor Rafael Núñez sobre traslación de la capital de la república a Panamá, sostuvo los derechos de Bogotá en un discurso admirable.

"Se nos propone, concluyó, que abandonemos los hogares en que se ciernen todavía las almas de los fundadores de la república, de las víctimas sacrificadas por la ferocidad española en esa ciudad consagrada por tantos ilustres recuerdos, pues yo contestaré lo que aquellos nobles indios que, invitados por los conquistadores a abandonar sus antiguos lares a los nuevos amos de la tierra y emigrar a otras regiones: "Iremos al cementerio y preguntaremos a los restos de nuestros padres si quieren levantarse de sus tumbas y seguirnos en esta nueva peregrinación, y si ellos levantaren su losa y quisieren acompañarnos, entonces si podremos prestarnos al destierro a que se nos invita."

Aunque cartagenero de nacimiento, era ya el general Gutiérrez de Piñeres raizal bogotano por adopción.

Entre los sostenedores de los sanos principios de la república, era el doctor Francisco Javier Zaldúa el más respetado por sus años, su saber y la austeridad de sus convicciones y de su conducta privada. A él se le escogió como presidente de la convención en sus dos primeros meses, como representante del carácter enteramente civil que debía tener esta corporación y del espíritu moderado, legal y conciliador que se quería dar a los actos de insurrección triunfante en la guerra civil de casi tres años. Por sus achaques y las ocupaciones de su empleo no podía tomar y no tomó parte frecuente en los debates, pero cuando lo hacía, sus palabras eran muy respetadas y oídas con mucha atención. De procerosa estatura, facciones serias y acentuadas, no poco de magisterio en sus actitudes y sus frases, no eran largos ni amenizados con expresiones poéticas sus discursos, pero sí concluyentes y decisivos. Ya he presentado de este personaje un corto boceto y tendré ocasión de volver a hablar de él después.

El doctor Justo Arosemena, escogido para presidir la convención en el último mes de sus sesiones, era oriundo de Panamá y pertenecía a una familia notable por los talentos de casi todos sus numerosos miembros. Aunque establecido en Bogotá con un destino importante durante la primera administración del general Mosquera (1845 a 1849), no sé si la situación geográfica de Panamá en medio de dos grandes mares y en contacto frecuente con las dos Américas, con Europa y aun con Asia, o alguna inclinación particular de su organismo, lo decidían a viajar constantemente a otros países, de suerte que en su vida, de cerca de ochenta años, puede asegurarse que no vivió treinta en su patria. Ya en el Perú, ya en Chile, en los Estados Unidos en Europa, unas veces como agente diplomático, otras como simple viajero, parecía descender de algún antecesor siempre desterrado, como el Dante, de sus hogares patrios, para quien la expatriación convertida en costumbre, había llegado a ser una necesidad. Nunca, sin embargo, perdía de vista a su patria, pues en el extranjero vivía preparando proyectos importantes para ella. En 1854 presentó a la cámara de representantes el primer proyecto de código civil. El primer código de comercio vigente en este país en reemplazo de las ordenanzas de Bilbao, es obra suya. En el estado de Panamá, del que fue primer presidente en 1855 y 1856, presentó y logró la adopción de los códigos que allí rigieron hasta 1886. El fue el primer autor de las constituciones federales que desde 1855 hasta 1858 cambiaron al sistema federal la organización unitaria de la república. Y si en mis informes no estoy engañado, tuvo una parte importante en la ley sobre separación de la Iglesia y el Estado y en la de matrimonio civil de 1853. Era un espíritu inquieto, amigo de las innovaciones, y no de las reformas parciales sino de los cambios esenciales.  El primer paso a la federación entre nosotros fue el de la erección del estado de Panamá, propuesto por él en las sesiones del congreso de Ibagué, durante la lucha contra la dictadura de Melo, y aprobado definitivamente en 1855.   Tal vez era Panamá la sección que menos condiciones reunía en la república para entrar en ese camino, pues allí la administración municipal había sido completamente nula durante la colonia, y en la ciudad de Panamá, en donde el régimen militar debió de ser riguroso mientras el tránsito de los tesoros de Méjico y el Perú se hacía por los galeones que venían todos los años a Portobelo, debió de quedar completamente abandonado, cuando, abierto el tráfico por el estrecho de Magallanes, la navegación tomó esa nueva ruta para evitar el peligro de los bucaneros establecidos en las islas de la vecindad de Jamaica y del golfo de Méjico. A pesar de todo, el doctor Arosemena sostuvo con mucho calor la idea federal, y a la verdad ella es la única que ha podido introducir movimiento y costumbres de gobierno propio en esas regiones lejanas y semiabandonadas de la administración central.

Era el doctor Arosemena de estatura mediana, de facciones muy regulares y aspecto meditativo y sereno: hablaba lentamente al contrario de su sobrino el doctor Pablo, tan popular en nuestros congresos; callado ordinariamente y muy discreto en sus palabras. Su oratoria era razonadora, fría nunca apasionada. Su espíritu filosófico consideraba siempre las cuestiones por lados nuevos, tranquilos. Nunca se le conoció exaltación ni apasionamiento. Era un diputado de mucha importancia en todas las corporaciones a que perteneció: su filiación verdadera era la de los gólgotas, a pesar de tener con el núcleo de éstos muy pocas relaciones personales.

El doctor Lorenzo María Lleras era un veterano en la política desde 1831: periodista ministerial durante la administración del general Santander (1832 a 1837), oposicionista durante la del doctor Márquez, en 1845 fundó el célebre establecimiento de educación conocido con el nombre de Colegio del Espíritu Santo, sin disputa el mejor que se ha visto en Bogotá, por las buenas condiciones del local, la absoluta consagración del director, la abundancia de material escolar y la feliz elección de los diversos profesores. La enseñanza de idiomas extranjeros era tan cabal como puede desearse. sin que esa predilección perjudicase a la de otras materias. Quizá la educación literaria sobresalía entre todos los ramos que allí se profesaban, tendencia o debilidad que se ha notado en algunos colegios fundados después, como los de los señores José Joaquín. Ortiz, Ricardo Carrasquilla y otros. A pesar de la popularidad que adquirió su empresa, distó mucho de ser productiva para el empresario, y en 1853 la política volvió a atraerlo a su torbellino, en calidad de secretario de relaciones exteriores en la administración del general Obando. Sabido es el fin inexplicable y desastrado de esa presidencia, en cuyas ruinas cayó envuelto también el doctor Lleras. En 1861 vuelve a figurar como miembro del consejo de plenipotenciarios, en donde prestó servicio ya coadyuvando a las medidas importantes del período de dictadura que necesariamente siguió al triunfo de la revolución, ora haciendo oposición a los actos de violencia a que tan propenso era el dictador. Elegido miembro de la convención por el círculo que desde un principio y a favor de la desorganización de esos días se había apoderado del régimen electoral, círculo que pretendió incluirlo en sus filas, en Rionegro se mostró independiente de esas influencias. Poseía un talento claro, pero más escritor que orador, no sobresalió en ese palenque, en donde en pueblos nuevos como el nuestro, se requiere más imaginación que juicio, más pasión que verdad, para salir avante en la lid. No era orador ciertamente, los hábitos literarios del escritor se convertían en un freno que contenía el paso al orador, tenía cierta tendencia a la declamación teatral, y las costumbres del profesor daban algún carácter dogmático a sus palabras. Era de mediana estatura, cabellera abundante, facciones regulares, voz sonora y aspecto risueño algo inclinado a la chanza jovial. Como creo haberlo dicho fue el autor del artículo de la constitución que redujo a dos años el período presidencial:  modificación destinada a salvar los inconvenientes del período del general Mosquera que se veía venir, pero que hizo accesible ese puesto elevado a ambiciones de políticos de segundo orden, y aumentó las intrigas y agitaciones de las épocas eleccionarias. Fuera del general Mosquera y del señor Antonio Leocadio Guzmán, era el diputado de más edad en la convención. No llegaba a los 60 años; pero en lo general los miembros de ésta no pasaban de los 40.

De este número era Camilo A. Echeverri, diputado antioqueño de no más de treinta a treinta y dos años. Había hecho sus primeros estudios con gran lucimiento en Bogotá, completándolos después en Londres. Poseía los idiomas inglés y francés, bastante las matemáticas, la física, algo de química y en materias políticas y sociales tenía conocimientos notables. Hablase distinguido, muy joven aún, en la escuela republicana, en donde dio principio a su práctica en la discusión de las asambleas. El ejercicio de la profesión de abogado quedó reducido por él a la parte criminal delante del jurado en donde hizo defensas ruidosas y desplegó grandes cualidades de lógica, conocimiento del corazón humano y a las veces elocuencia verdadera. En Rionegro se incorporó en el círculo de la diputación de Santander, la que con el doctor José Araújo, de Bolívar, el doctor Núñez, de Panamá (éste en los primeros días de las sesiones) y el autor de estas líneas, de Cundinamarca, formaban el núcleo de oposición a las ideas del general Mosquera. Allí pronunció algunos discursos muy notables, por su fogosidad, espíritu filosófico, argumentación vigorosa y verbosidad abundante. Desgraciadamente tenía en su organización un exceso de vitalidad (defecto algo común en la juventud antioqueña) que lo arrastraba por caminos variados sin detenerlo en alguna ocupación especial, lo que no daba seriedad suficiente a su carácter. Era poeta, escritor, orador, jurista, filósofo, ingeniero, y solía entregarse a la corriente de la vida bohemia más de lo que consentía la situación del país y el puesto que ocupaba en la política. Pudo llegar a ser un hombre de Estado de primera fuerza, pero no lo permitió la laxitud de sus costumbres. Tenía estatura regular, cuerpo bien conformado, fisonomía espiritual que se prestaba a las manifestaciones más diversas, para lo que un ligero defecto en la conformación de los ojos concurría más bien que servía de obstáculo. Era calvo, de voz llena y de conversación muy animada: gozaba de muchas simpatías; pero no inspiraba respeto.

Aquileo Parra empezaba a ser conocido fuera del Estado de Santander, en donde había principiado su carrera política en 1854 combatiendo la dictadura de Melo. Nacido (1825) en la pobreza y levantándose por esfuerzos propios en compañía de sus hermanos, haciendo frecuentes viajes desde Vélez hasta las ferias de Tacasuan, Magangué y Mompós en el Estado de Bolívar por la vía del río Carare, entonces más difícil que hoy y amenazada por los indios, logró al fin echar las bases de una pequeña fortuna que le dio independencia y posición social. Su carácter amable y benévolo, recto en sus procederes, firme en sus resoluciones y una inteligencia clara en que presidía el buen sentido, llamaron la atención hacia él: de los puestos municipales fue levantándose sucesivamente hasta las bancas de la cámara de representantes en las que tomó asiento en 1859. Conocílo entonces por introducción de nuestro común amigo Vicente Herrera, quien ya tenía de él una idea elevada, e inspiróme su presencia una estimación no desmentida en el curso de ya casi cuarenta años. Sus modales sencillos, modestos y su fisonomía compuesta de rasgos armónicos perfectamente acentuados, revelaban lo que puede llamarse un hombre en toda la extensión de la palabra. Frente alta, mirada firme sombreada por dos cejas bien arqueadas, ancho de hombros, de brazos largos, mano nerviosa y pies bien asentados en el suelo al caminar, revelan una persona que tuvo una fuerte lucha por la vida y un organismo más formado a la acción que al pensamiento contemplativo a revelarse en los hechos con preferencia a los discursos. Así, Parra no fue un orador en Rionegro notable por la elegancia o la pasión de sus dictámenes, pero sí por el aplomo y el buen juicio de sus ideas.

Felipe Zapata es de naturaleza muy diversa. Pequeño de cuerpo, de cabeza grande, en la que sobresalen dos ojos notables por. su prominencia, sencillo y casi descuidado en su porte, lento en sus movimientos, todo revela en él al pensador, al hombre estudioso pero no al hombre de acción. En efecto, Zapata es todo cerebro con poco músculo, y si de él pueden esperarse elucubraciones completas, obras intelectuales distinguidas, lo demás no entra en la jurisdicción de sus posibilidades. Su talento es grande, no menos grande su memoria pero es muy pequeña la tercera de las potencias en su alma. Escribe con estilo sencillo, claro y bien explicados todos los pormenores como cosas que comprende claramente; pero le gusta poco hablar, si bien cuando lo hace, lo hace perfectamente. No tiene ambición alguna, lo que es muy sensible en un hombre que sería capaz de muchas cosas: al contrario de los que no son capaces sino de muy pocas o ninguna, que todo lo ambicionan. Desde 1877 se ha retirado completamente de la rueda política en la que hace falta su presencia.

Antonio Ferro, procedente de dos familias notables de Boyacá, las de Ferro y Márquez, ambas pertenecientes a las ideas conservadoras, había sentido la simpatía benévola de las ideas liberales, profesado sus doctrinas y enroládose en las filas del partido que las defiende. Sus talentos, buenos estudios, conocimiento del francés y el inglés, fisonomía distinguida, alta estatura y modales cultos, le habían conquistado un puesto superior entre sus compatriotas boyacenses. El general Mosquera lo había nombrado gobernador de Boyacá, después del 18 de julio de 1861, empleo que desempeñó con lucimiento durante algunos meses, peto en el cual no coincidieron sus ideas con las del jefe vencedor que ejercía la dictadura revolucionaria, por lo cual pronto hubo de retirarse. En la Convención de Rionegro fue uno de los adalides notables de la oposición al general Mosquera por su energía y firmeza. Habla viajado por los Estados Unidos, presenciado en Washington las discusiones del congreso y formado su escuela oratoria en los modelos de aquel país; es decir, en una manera menos literaria y elegante que la de los países latinos, pero más consagrada a la elucidación serena de las cuestiones, en una forma seca, algo difusa y poco inclinada al sentimentalismo. Su admiración y simpatía personal por el general Santos Gutiérrez lo llevó a separarse del programa liberal que deseaba inaugurar una administración civil después de la guerra encarnizada de 1860 a 1863, y encabezó la fracción que presentaba la candidatura presidencial de aquel jefe en competencia con la del doctor Murillo, a pesar de que el general Mosquera también aspiraba a ser elegido y la división de sus contrarios podía darle una ocasión favorable para hacerse elegir. Optó luego por la carrera diplomática y aceptó en 1864 la legación al Ecuador que le ofreció cl presidente Murillo.

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Desde que, dejando en Remolino la difícil navegación del río Nare, empezamos a penetrar en tierra de Antioquia, nos llamó la atención el carácter arrugado del suelo. La cordillera central extiende sus ramificaciones en todo el espacio comprendido entre el Magdalena y el Cauca, y en las abruptas pendientes de ese suelo montañoso se encuentra establecida la población antioqueña, en climas que varían desde 12 hasta 24 grados centígrados de temperatura media, predominando el de 16 a 20 grados y en alturas de 1.400 a 2.500 metros sobre el nivel del mar. Los valles y las mesas intermedias son angostos y de poca extensión; la tierra, con excepción de los valles, es poco fértil y la capa arable fácilmente arrastrada por las lluvias a los niveles inferiores. Quizá esto explica el estado poco notable de la agricultura, en el cual no se encuentra producción de azúcar, ni de trigo, ni buenos pastos, ni crías de ganados de razas mejoradas. La alimentación ordinaria está reducida a maíz, frijoles, carne de cerdo y panela.

En cambio, se encuentra una población robusta, sana, activa y trabajadora. Quizá la esterilidad del suelo no provocó a la raza conquistadora a fundar esos grandes feudos, que en el Cauca, Tolima, Cundinamarca y Boyacá, son en el día un grande obstáculo a la buena distribución de la riqueza; y por esa razón la propiedad raíz está mejor repartida y las clases pobres gozan de una comodidad e independencia que sólo es igualada en el Estado de Santander, principalmente en los cantones del Socorro y San Gil. En todas las casas del camino, aun en las de más pobre apariencia, halla el pasajero claro de mazamorra, gallinas, leche fresca, y no se encuentran esas chozas sucias, rodeadas de rastrojo y fangales, que son tan comunes en Cundinamarca y Boyacá, ni tan desprovistas como las del Tolima. En Medellín y en Rionegro llamónos la atención el buen aspecto de los caseríos, sumamente aseados, la abundancia de jardines y flores bien cultivados, y en Medellín, principalmente, abundancia de agua potable y casas cómodas de bellísima apariencia, rodeadas de huertas y jardines como talvez no se ven en ninguna otra parte de la república. En Rionegro encontramos una acogida hospitalaria, familias de buena sociedad y atenciones de que guardamos un recuerdo agradecido. Las clases pobres, entre quienes, a nuestra llegada, la simpatía general se inclinaba al general Mosquera y a sus partidarios, cambiaron en breve, y en los últimos días de las sesiones nos eran favorables en su mayoría.

FIN

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