CAPITULO III
EL 7 DE MARZO
Las aspiraciones liberales.El candidato liberal.Minoría evidente de las opiniones conservadoras.La reunión del congreso. Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto. Los escrutinios en el congresoLa elección del general López.
Las cuestiones que agitaban los ánimos, y cuya solución se buscaba en el sufragio popular, eran las siguientes:
En primer lugar, relativas a reformas eclesiásticas. Una gran masa de opinión quería luchar contra la influencia y los abusos del clero católico la supresión del diezmo, la abolición del fuero eclesiástico y la expulsión de los jesuitas eran ideas que circulaban en la atmósfera: la primera y última, formuladas en proyectos de ley, venían discutiéndose en las cámaras desde 1846.
La extinción definitiva de la esclavitud empezaba a ser deseada con impaciencia; y esa promesa de los. primeros próceres de la independencia en 1811, realizada apenas a medias en 1821, se quería ver llevada a su término, a pesar de las resistencias que a ello oponían los grandes propietarios del Cauca y los mineros de las regiones montañosas de Antioquia y la costa del Chocó.
El monopolio del tabaco era mirado ya con horror. En general era mirada esa renta como un obstáculo inmenso al desarrollo de la agricultura y del comercio del país; pero ella constituía la principal entrada del tesoro público, y la gente tímida, los que vivían de sueldos y pensiones, los pocos favorecidos con los contratos de producción y transporte de este artículo, veían con temor la aproximación del momento en que las dificultades fiscales podían privarles de las rentas de que estaban en posesión.
El espíritu de las libertades municipales, nulo en tiempo de la Colonia, despertado con el ejemplo de los Estados Unidos, vivificado con el movimiento federal de 1810, animado por las concesiones sucesivas que en 1824, 1832, 1834 y 1848 había obtenido, deseaba con avidez una libertad de acción mayor todavía, principalmente en las provincias del norte, en Antioquia y en las ciudades de la Costa.
En último lugar, se deseaba un cambio en el grupo de hombres que disponían del poder y de la influencia del gobierno desde 1837 hasta entonces y reducido a los que en 1828 habían favorecido los planes del gobierno militar, en 1832 a 1837 hecho oposición al general Santander, y en 1841 a 1846 perseguido implacablemente al general Obando, figura que, como luego o veremos, gozaba de una simpatía especial y a quien se consideraba víctima de los odios de la familia dominante en el país.
Con relación a estos puntos, el doctor Gori no habla manifestado opiniones decididamente contrarias al deseo popular; el doctor Cuervo sí, y era reputado como la personificación más completa del sistema que aspiraba a conservar sin cambio el actual orden de cosas; el doctor Ospina había dejado recuerdos dolorosos de la época de 1842 a 1845 en que el espíritu de partido se había exhibido con más dureza; el general Borrero no suscitaba grandes desconfianzas, pero tampocodespertaba simpatías notables; la reputación del doctor González no se habla extendido aún lo suficiente para ponerlo al frente del gobierno, y era reputado más bien como un personaje del porvenir que corno cl hombre de la situación; el general Barriga, en fin, no despertaba antipatías, mas tampoco esas simpatías generales que constituyen la popularidad. Así, los votos de los novecientos sesenta y siete electores, de entre mil setecientos dos 1, representantes de dos millones de habitantes de la Nueva Granada, según el censo de 1843, que habían votado por candidatos conservadores o no representantes del partido liberal, se habían dividido así:
Doctor José Joaquín Gori ......384
Doctor Rufino Cuervo ...........304
Doctor Mariano Ospina ........81
General Joaquín M. Barriga ...74
Doctor Florentino González ...72
General Eusebio Borrero........52
Estos votos procedían de los siguientes centros de población:
| Gon. | Cuervo | Ospina | Barriga | Ganillu | Borrero | |
| Antioquía | 19 | 0 | 70 | 0 | 7 | 45 |
| Bolívar | 85 | 18 | 0 | 7 | 29 | 0 |
| Boyacá | 63 | 110 | 0 | 13 | 3 | 0 |
| Cauca | 48 | 74 | 2 | 1 | 5 | 7 |
| Cundinamarca | 95 | 27 | 8 | 4 | 6 | 0 |
| Magdalena | 13 | 20 | 0 | 0 | 2 | 0 |
| Panamá | 15 | 22 | 0 | 44 | 2 | 0 |
| Santander | 20 | 31 | 0 | 4 | 18 | 0 |
| Tolima | 26 | 2 | 1 | 1 | 0 | 0 |
De este cuadro puede deducirse que ninguno de los candidatos conservadores tenía popularidad en todo el país sino tan sólo en los lugares de su nacimiento o en aquellos en que había vivido largos años. Es decir, ninguno de ellos contaba con la opinión y el respeto de una masa considerable de sus conciudadanos.
El general José Hilario López había sido adoptado como único candidato del partido liberal.
Su vida toda, desde la edad de trece años en que sentó plaza como soldado en la causa independiente, había sido la de un héroe de la antigüedad. Sentenciado a muerte por los españoles, levantado del banquillo y devuelto a las prisiones, habiendo tomado parte en todos los hechos gloriosos de la epopeya colombiana, desde la batalla de Palacé-bajo, la primera de todas, hasta la rendición de Puerto Cabello, la última. En 1823 regresó a la provincia de su nacimiento (Popayán), y como segundo jefe del invicto Córdoba hizo sobre Pasto una campaña que éste, competente como nadie en materia de milicia y serenidad juzgaba la más difícil y peligrosa de toda su vida militar. Defensor de la Constitución de Cúcuta, conculcada en Bogotá por un motín militar el 13 de junio de 1828, batió, en unión del general José María Obando, al general Tomás C. de Mosquera que sostenía la dictadura del general Bolívar, en las provincias del sur. En unión del mismo jefe derrotó en Palmira, en 1831, a Muguerza, sostenedor de la dictadura de Urdaneta.
Ocupando una posición prominente entre los restauradores de la causa constitucional en 1831 y 1832, en momentos de fuerte exacerbación política entre los vencedores, él había impedido las persecuciones y medidas violentas tan comunes en estos momentos, inspirado por su moderación, la más ventajosa idea de su carácter.
Resto venerable de los grandes lidiadores de la independencias otros igualmente beneméritos bajo este aspectos podían encontrarse para colocar en el alto puesto de la presidencia, en señal de agradecimiento a sus sacrificios, como Vélez, Ortega, París, Antonio Obando, José María Mantilla, ninguno sin embargo como López en la eminencia de sus servicios a la causa republicana y en su fidelidad a la defensa de las libertades públicas. El había servido en puestos encumbrados durante las administraciones de Santander y de Márquez; merecido el honor de ser enviado a defender nuestras costas cuando los conflictos ocasionados por los cónsules inglés y francés Rusell y Barrot pusieron en peligro la seguridad de nuestras ciudades del Atlántico. Cuando se temió que la expedición española llamada por Flores el traidor pudiese atacar el Istmo de Panamá, López fue el escogido por la administración Mosquera para ese puesto de honor y peligro. El había arreglado de un modo decoroso las amenazantes reclamaciones francesas conducidas en 1834 por el almirante Mackau y en 1835 puesto término a las reclamaciones inglesas. Había establecido nuestras relaciones con la Santa Sede en 1841 y 1842, y era quizás el único de nuestros jefes militares que no había participado de la efusión inútil de sangre granadina durante el vértigo infausto de esos tres años. Vivía tranquilo, retirado de la política, en faenas campestres en un rincón del departamento del Tolima, cuando fue a buscarlo la voz de un gran P; unísono en esta vez, pues sus antiguos jefes habían desaparecido ya de la escena del mundo: José Félix Restrepo en 1832, Santander en 1840, Miguel Uribe Restrepo en 1842, Vicente Azuero en 1843 y Francisco Soto en 1846. Diego Fernando Gómez tenía en la Corte Suprema un asiento en que era difícil reemplazarlo.
Sus virtudes privadas no eran inferiores. Sencillo en sus costumbres y sus maneras, afectuoso en sus relaciones domésticas, desinteresado y probo siempre, era una figura digna de representar la idea republicana. Sus talentos no eran a la verdad de primer orden ni su instrucción tan esmerada como fuera de desear en un hombre de estado, pero sí lo suficientes para el cumplimiento de sus deberes con el auxilio de sus secretarios y el consejo de sus amigos. El general López había obtenido en las asambleas electorales un número de votos casi igual al de todos sus competidores reunidos, mas no la mayoría absoluta requerida por la constitución para formar elección popular. Tocaba, pues, al congreso perfeccionarla, y esta circunstancia determinaba una crisis peligrosa para la paz pública. La elección de senadores y representantes podía no haber sido consecuente con las opiniones del candidato presidencial en mayoría, y en este caso el veredicto del sufragio popular pudiera ser anulado. Un sentimiento de angustiosa desconfianza se extendió por todo el país.
Cada uno de los partidos creía tener mayoría en el seno de las cámaras: el fiel de la balanza, sin embargo, estaba en manos de diputados favorables al nombre del doctor Gori. Se sabia o se calculaba que los votos de los miembros del congreso que habían favorecido con sus simpatías a los señores Cuervo, Ospina, González, Barriga y Borrero, votarían unidos por el primero de éstos; pero los liberales esperaban el concurso de los partidarios del doctor Gori, y los conservadores juzgaban que algunos de éstos se unirían al Doctor Cuervo. La ansiedad general había atraído mucha gente a presenciar el desenlace de la elección, principalmente de las provincias inmediatas a la capital.
Las fuerzas contendientes en el orden moral y en el físico eran muy diferentes. La idea conservadora estaba apoyada en primer lugar por las autoridades civiles, desempeñadas por personas adictas al doctor Cuervo; por la influencia eclesiástica, de la que su representante principal, el señor arzobispo Mosquera, era amigo muy adicto de aquél; y últimamente por la guarnición de Bogotá, compuesta del batallón 5°, mandado por el coronel Rafael Mendoza 2 y el comandante José D. Ucrós (?), y el regimiento de caballería, a órdenes del coronel Pedro P. Frías, y un cuerpo de artillería de cuyo jefe no hago recuerdo. El total de esta fuerza pasaba de ochocientos hombres.
El elemento liberal se componía de la opinión general que, en sus ocho décimas partes por lo menos, deseaba un cambio de las ideas políticas del gobierno; de los estudiantes de los colegios casi unánimemente favorables a la candidatura del general López, y de la Sociedad democrática de artesanos, fundada en 1846, cuyo personal no pasaba de doscientos miembros y tenían sus sesiones públicas en una casa pequeña de la calle 12, tres cuadras arriba de la calle del Comercio. A ella pertenecía yo y concurría con frecuencia a sus sesiones, a las que no asistían ordinariamente más de cincuenta o sesenta personas. Esta sociedad resolvió organizarse en un batallón, aunque sin armas algunas y al efecto nombró, como primero y segundo jefes a los comandantes Antonio Echeverría y Valerio Andrade. Yo era capitán de una de las cuatro compañías, y no recuerdo haber ejecutado nunca ninguna función militar. Esa organización fue un acto inconsciente, en previsión de acontecimientos que se juzgaban distantes.
El congreso se reunió el día 19 de marzo, y eligió presidente del senado al señor Juan Clímaco Ordóñez, a quien se juzgaba decidido por la candidatura Gori; la cámara de representantes nombró para presidirla al Doctor Mariano Ospina, adicto partidario del doctor Cuervo; nombramientos que no mostraban con claridad cuál sería el éxito de la elección de presidente de la república. En esta duda, la mayoría cuervista de la cámara de representantes expulsó de su seno, el día 2, a uno de los lopistas conocidos, al doctor Camilo Manrique. No sé que razones se alegaran para este acto; pocos días después de la elección la cámara volvió sobre sus pasos y, revocando esa resolución, tomó a admitirlo. Esa expulsión, que se consideró obra de mero espíritu de partido, irritó las pasiones, más no tuvo consecuencia alguna. El 6 empezaron los escrutinios de los registros electorales, en medio de una concurrencia que no bajaba de tres mil personas, las nueve décimas de las cuales pertenecían a la opinión liberal.
En el centro de la nave principal de la iglesia de Santo Domingo, en donde estas escenas tenían lugar, los ochenta y cuatro miembros del congreso formaban dos círculos concéntricos, fuera de los cuales, dejando un grande espacio vacío, se habían levantado unas barreras de tablas que no permitían a los concurrentes ver ni oír lo que pasaba en la sesión. Los de fuera empujaban a los más inmediatos a las tablas, y a este empuje una de ellas cedió y cayó con estrépito sobre el suelo: por el hueco empezó a introducirse el concurso exterior hasta rodear completamente a los miembros del congreso. En este momento el doctor Mariano Ospina juzgando esta interrupción involuntaria como un ataque al congreso, saltó exaltado de su asiento pidiendo al presidente de la corporación que llamase en su auxilio la fuerza armada. El señor Ordoñez contestó con serenidad que si el pueblo respetaba la representación nacional se retiraría voluntariamente del local, y ordenó a las barras que despejasen el salón. El numeroso concurso obedeció sin vacilar, y la tranquilidad quedó restablecida. Después de una corta discusión el congreso dispuso que las barreras de tablas fuersen quitadas y se permitiese la entrada al público, con lo cual la sesión terminó en calma sin haberse concluido el escrutinio.
Continuó éste el día 7 a las diez y media de la mañana en medio de la misma concurrencia pero entretanto se hablan tomado medidas de precaución para inspirar confianza a los más tímidos. A sesenta varas del convento de Santo Domingo estaba situado el cuartel de artillería, y en la plazoleta que entonces había al frente de la puerta del cuartel estaban colocados los artilleros con seis u ocho cañones cargados y mechas encendidas: a doscientas varas de distancia estaba formado el regimiento de caballería en la plaza de San Francisco, y en la plazuela de San Agustín estaba listo el batallón 5°. El gobernador de la provincia de Bogotá, señor Urbano Pradilla, persona conocida por su energía y la firmeza de sus opiniones conservadoras, y el jefe político del cantón, capitán Pedro Gutiérrez Lee, seguidos de cornetas de órdenes, recorrían incesantemente todos los ámbitos de la iglesia. Se dijo entonces que el patio principal del convento, comunicado por una gran puerta con la nave del costado norte, había dos compañías de infantería; pero yo no puedo aseverarlo, porque ni las vi ni recuerdo haber hablado con persona que las viera.
Concluido el escrutinio de los registros, iba a procederse a la votación, cuando un representante anunció que en la barra se encontraba el señor José Gregorio Piedrahita, representante suplente por la provincia del Cauca, que venía a ocupar su puesto por excusa del doctor Francisco F. Martínez, diputado principal. El señor Manuel Vélez Barrientos, diputado cuervista, se anticipó a otro liberal con la proposición de que suspendiera la sesión del congreso mientras se reunía la cámara de representantes a dar posesión al señor Piedrahita. Este señor prest4 la promesa reglamentaria y tomó asiento en el congreso: era un voto más para el general López.
La votación empezó entonces, dando el resultado de treinta y siete votos por cada uno de los señores López y Cuervo, y diez por el doctor Gori. La segunda votación debía contraerse a los dos primeros, y el elemento gorista iba a decidir la elección. El presidente del congreso, señor Ordóñez, anunció entonces que no habría elección sino cuando uno de los candidatos obtuviese cuarenta y tres votos, mayoría absoluta de los miembros presentes y que no se agregarían votos en blanco al que tuviese mayor número hasta la tercera votación, pues habían tenido igual número de votos los dos candidatos a quienes debía contraerse.
A pesar de esta advertencia, cuando el segundo acto electoral dio cuarenta y dos al doctor Cuervo, sólo cuarenta al general López, dos en blanco, la mayoría de la barra liberal, que seguramente no había alcanzado a oír las palabras del presidente del congreso, creyó elegido al doctor Cuervo y se retiraba despecha. Esa salida brusca introdujo alguna confusión, y ,voces al orden, al orden, el cual, al efecto, pronto se restableció. En la tercera prueba ocurrió uno de esos cambios que sólo puede atribuirse a esas atracciones morales que indudablemente tienen lugar en las grandes reuniones de hombres cuando la comunicación de unas con otras voluntades forman al fin una sola corriente gobernada por el impulso del sentimiento de la mayoría. El partido gorista. que sólo dio tres votos al general López en la segunda votación, le dio cinco en la tercera y redujo de cinco votos al doctor Cuervo a sólo tres, quedando dos en blanco. Así pues, en esta tercera votación los números quedaron así:
General López ........ 42
Doctor Cuervo ....... 40
En blanco .............. 2
Este resultado produjo una reacción del desaliento a la esperanza entre los liberales, que se expresó por ruidosos aplausos y bravos. El presidente del congreso ordenó entonces despejar las barras, lo que fue obedecido inmediatamente sin oposición alguna.
Un furioso aguacero reinaba en esos momentos; pero no fue obstáculo para que la multitud se mantuviese, como se mantuvo, en la segunda calle del comercio, ansiosa de saber el éxito final y expresando su agitación natural en vivas a la libertad, al general López y al general Obando. El gobernador de la provincia aconsejaba prescindir de esos gritos, y algunos diputados liberales le secundaban en este intento, excepto el general Mantilla, antiguo lidiador de la independencia, muy popular en esta ciudad, quien recomendando también a sus amigos mucha moderación, agregaba en voz baja: pero que no falte el gritico.
Las puertas del templo de Santo Domingo estaban abiertas, y al través de ellas llegaban a la multitud los. ecos de una agitada discusión en el recinto del congreso: nadie, sin embargo, penetró al interior. Se sabe que allí había llegado la violencia del debate hasta el extremo de que un diputado conservador, en medio de su discurso, puso un par de pistolas sobre el pupitre anunciando que en caso de ser atacado el congreso llevaría compañeros liberales al otro mundo.
Un año antes el 24 de enero de 1848 había ocurrido en Caracas una colisión entre la guardia organizada por la cámara de representantes para su defensa durante la acusación que se discutía contra el presidente de la república, general Monagas (José Tadeo), por una parte; y los partidarios de éste, por la otra en la cual la cámara fue atacada, dos diputados muertos y algunos heridos. A pesar de la diferencia de circunstancias pues aquí el presidente, las autoridades locales y la fuerza armada, lejos de ser una amenaza, como en Caracas, eran una garantía para los diputados conservadores éstos estaban evidentemente bajo la obsesión de ese recuerdo. Además, el espíritu de partido aunque susceptible en ocasiones de mostrar una violencia exagerada por una ley de reacción, como todos los movimientos del alma no sostenidos por una convicción verdadera están sujetos a desfallecimientos súbitos. Eso parece haber ocurrido en ese día memorable. La cuarta votación, sin barras alrededor, sin presión inmediata, apareció así:
General López............. 45 votos, mayoría absoluta.
Doctor Cuervo............. 37 votos.
En blanco.................... 2 Votos.
Entre los ocho votantes agregados ahora al nombre del general López, sólo son conocidos los siguientes:
El señor Mariano Ospina, jefe del partido conservador, quien arrastrado por el ímpetu singular de su pasión y no por un sentimiento de debilidad, a que nunca fue propenso, escribía su papeleta en estos términos: Voto por López para que no sea asesinado el congreso.
El senador por Casanare, señor Antonio Benítez, quien lo dio a entender claramente en la sesión del congreso del 12 de marzo.
Los diputados doctor Jorge Gutiérrez de Lara, por Antioquia, doctor Senén Benedetti, por Cartagena, y Pablo Arosemena, incorporados casi inmediatamente en las filas liberales.
Los tres restantes se juzgó haber sido: el coronel Braulio Henao, el doctor Juan Clímaco Ordóñez y el seño............ bien que respecto de este último no hay seguridad en la conjetura.
Casi todos los votos dados al doctor Cuervo en el último acto fueron firmados.
A las cinco de la tarde salió el gobernador de la provincia, señor Pradilla (Urbano), anunciando que ya se podía entrar en el recinto del congreso: la multitud se precipitó ansiosa, y al saber el resultado se produjo un alborozo general, como nunca he vuelto a verlo en el curso de mi vida. Los diputados liberales y aun no pocos conservadores eran abrazados por la multitud: las disposiciones que se juzgaban de odio homicida se habían tornado en sentimientos de benevolencia y de paz. Muchos conservadores fueron acompañados a sus casas por los artesanos liberales, y de allí salió una procesión de más de dos mil personas a dar parte de la elección al presidente de la república.
El general Mosquera no estaba en la residencia presidencial. Al saber el resultado de la segunda votación, interpretada como un triunfo de la candidatura de Cuervo, había salido a felicitar a éste, cuya casa distaba apenas poco más de cien metros, y permaneció con él largo rato ignorante de lo que seguía ocurriendo en Santo Domingo. Cuando a las cinco de la tarde regresaba solo al palacio de San Carlos, lo sorprendió la multitud que viniendo por las calles de San Bartolomé y de la espalda de la Catedral se formaba en la esquina: al verlo la gente que formaba la agrupación, dando vivas al general López, al congreso y al general Mosquera, corrió hacia él y le anunció lo que acababa de pasar.
Cómo exclamó con sorpresa, me habían dicho que el doctor Cuervo era el elegido.
Habiéndole explicado lo ocurrido uno de los presentes, que, si no me engañan mis recuerdos, fue el doctor Rafael Eliseo-Santander, viéndose solo en medio de una multitud inmensa, ejecutó una de las evoluciones propias de su carácter.
¡Viva el presidente elegido por el congreso! ¡Viva el general López, presidente de la república! exclamó en voz llena y arrojando su sombrero a lo alto.
El gentío contestó con aplausos y vivas al general Mosquera, quien entonces ya no fue dueño de su emoción. En lugar de entrar a palacio cruzó hacia el norte, y de la esquina de la Catedral subió a la casa que había tomado para su residencia particular, frente a la iglesia de La Enseñanza, casa que acababa de reedificar el señor José María Calvo. Una vez allí, seguido siempre por el gentío, salió al balcón y peroró al público diciendo que sus sentimientos siempre habían sido republicanos y liberales y que la aristocracia era para él una cosa sucia. Desde entonces se comprendió que la elección del general López era un hecho consumado y que no debería temerse acción alguna oficial que la pusiese en peligro.
¿Fue esta ausencia del general Mosquera de la casa presidencial y la sorpresa con que recibió la noticia de la elección del candidato liberal, una de las causas que contribuyeron a la manera pacífica con que se efectuó la evolución del 7 de marzo?...
En publicaciones conservadoras posteriores a este día, se dijo con insistencia que sobre los diputados se habla obrado con intimidación producida por una barra armada de puñales. Los puñales del 7 de marzo llegaron a ser una frase proverbial; pero ninguna de las personas que se suponían así intimadas llegó a afirmar que hubiese sido amenazada, y antes, al contrario, el señor Mariano Ospina declaró públicamente, en la sesión del congreso tenida cinco días después, que los que en un momento de conflicto habían rodeado el dosel de la presidencia del congreso eran amigos suyos, movidos por el deseo de protegerlo. Por lo demás, esta aserción es del todo inverosímil en un acto vigilado directamente por el gobernador y el jefe político, acompañados indudablemente de policía secreta, que no hubieran vacilado en reprimir, llamando en caso necesario la fuerza armada en su auxilio, cualquiera manifestación de esta clase.
El señor José Eusebio Caro, en un artículo publicado en La Civilización, más de un año después, explica los sucesos de aquel día como el resultado de una conspiración preparada con el objeto de producir intimidación sobre el congreso. En apoyo de esa teoría no alega prueba alguna ni dice, ni aun siquiera da a entender, quiénes fueron los autores o ejecutores del plan. Los que en esos días aparecían como jefes del partido liberal eran los señores doctores Ezequiel Rojas y Francisco J. Zaldúa, el general José María Mantilla y los señores Ricardo Vanegas y José María Vergara Tenorio, redactores de La América y El Aviso, únicos periódicos liberales de esos días. El señor Alfonso Acevedo, que en el Libertad y Orden habla hecho una oposición vigorosa a la administración del general Mosquera, era partidario de la candidatura del doctor Gori, parecía retirado de toda participación en los sucesos políticos algunos meses hacía, y por lo demás, el recuerdo todavía fresco de sus actos de persecución contra los liberales en los años de 1841 a 1844, no lo autorizaban para entrar en esas maniobras. Los doctores Rojas y Zaldúa, consagrados a asiduas tareas forenses, nunca mostraron carácter a propósito para jefes revolucionarios, y los señores Vanegas y Vergara no cesaban de predicar ideas de moderación y de paz en sus periódicos. El general Mantilla era un anciano sexagenario, todavía fuerte en las luchas parlamentarias con sus armas poderosas de burla e ironía, pero los años habían gastado ya la actividad militar que treinta o cuarenta años antes había desplegado en la guerra de la Independencia. El general Antonio Obando, otro resto venerable de los grandes días, estaba ocupado únicamente en faenas campestres en un campo que poseía cerca de La Mesa, y nunca se le vela en Bogotá. No había en esos momentos un hombre de guerra ni capaz de entrar en el juego de las conspiraciones. Yo fui testigo de esos sucesos ocurridos ahora cuarenta y ocho años: aunque muy joven, el nombre de mi padre me habla dado alguna introducción en la política, era amigo personal de los redactores de periódicos, pertenecía a la sociedad democrática y nunca tuve la más pequeña noticia de tales conspiraciones. En el acta de la sesión del congreso del 7 de marzo, escrita por el secretario del senado, señor Ignacio Gutiérrez Vergara, se habían introducido algunas frases dirigidas a inspirar ideas de tumulto y amenazas; pero interpelado el autor de ella para que dijese cuáles eran los hechos a que hacía alusión, tuvo que confesar que todo se había reducido a un trueno de voces sin significado alguno especial, y se vio obligado, en consecuencia, a reformar los términos del acta. En la discusión de ella, el señor Lino de Pombo, amigo íntimo y adicto partidario del doctor Cuervo, dijo con su habitual buena fe, que por su parte no había sentido coacción alguna y que había firmado en libertad todos sus votos. El senador Benítez expresó con candor que su voto era uno de los que en los tres últimos escrutinios habla formado la mayoría, no porque hubiera sentido temor alguno, sino porque había comprendido que la opinión pública deseaba con ansia un cambio en los principios del gobierno. El mismo señor Caro (José Eusebio) da en la publicación arriba mencionada la clave de los sucesos del 7 de marzo. Después de referir los hechos que durante las dos últimas administraciones conservadoras, pero principalmente en la del general Mosquera, habían producido desprestigio por una parte y división intestina por otra en las banderas conservadoras, concluye: Fraccionado así el partido conservador, por culpa de sus prohombres, quedó debilitado y casi disuelto. Sus fracciones se combatían entre sí en algunas partes con un ardor casi igual al que animaba contra ellas a los rojos. ¿Qué firmeza podía esperarse, en un momento que veían de peligro, de hombres dominados por el desaliento y faltos de fe?
1 | A razón de uno por cada mil habitantes |
2 | Desde 1850 en adelante este jefe perteneció a las filas liberales; pero desde 1840 hasta entonces había servido con decisión a los gobiernos conservadores. |
