CAPITULO XXV

 

El 12 de marzo partí para Popayán, y en el tránsito me ocurrió el siguiente suceso. Al llegar al pueblo de Mercaderes encontré allí una de las columnas que marchaban a retaguardia del ejército dictatorial, comandada por el coronel Adárraga. Este jefe me llamó a su casa con el objeto de tomar algún descanso, y en ella estaban muchos oficiales, entre ellos el capitán Mauricio Hogan, que después de una conversación sobre los últimos sucesos me dijo con un tono desdeñoso: "Ustedes sólo han podido triunfar de jefes y soldados reclutas; jamás habrían vencido un batallón veterano de los del antiguo ejército de Colombia". Yo le contesté: "Se equivoca usted si nos ha creído tan débiles y tan ineptos que no fuéramos capaces de triunfar de los mejores cuerpos de Colombia; pero aún hay tiempo de probar individualmente que cada uno de nosotros tiene el honor necesario para medirse con cualquiera de los oficiales veteranos. Por mi parte, puede usted contar con que no sé sufrir el más pequeño denuesto, y que ciño una espada con la cual sabré siempre sostener mi reputación y mi palabra. El coronel Adárraga se acercó a Hogan, le ordenó que no replicase porque era una imprudencia tratar de ofenderme con sus toscas expresiones en aquellas circunstancias. Yo monté a caballo, acompañado de solo un asistente, y partí para Popayán, en donde fui bien recibido y considerado por todo el mundo.

El general Córdoba, que desde Berruecos me había hecho algunas indicaciones disimuladas, por medio de apretones de mano, de no estar satisfecho en el partido del Dictador, llegó a esa ciudad como dos meses después, y me confirmó en mis ideas. Su primer cuidado fue saber qué pensaba yo respecto de las cosas políticas, e infundirme una gran desconfianza relativa al general Bolívar, persuadiéndome que éste persistía en su antiguo proyecto de dominar sin rienda alguna, y no había que contar con libertad; que para conquistar ésta era preciso una nueva revolución, para la cual contaba con muchas provincias, principalmente con la de Antioquia; pero que era preciso empezar el movimiento en Popayán, y extenderlo a todo el Cauca; que él se hallaba resuelto a ponerse a la cabeza de la revolución, y que yo sería su segundo, etc. Mi respuesta fue la siguiente: "General, lástima es que usted no hubiera pensado esto mismo a fines del año pasado, pues todo se habría entonces conseguido a medida de sus deseos. Usted era el único general, y su hermano Salvador el único jefe en toda Colombia que nos hubieran impuesto respeto en el departamento del Cauca después del triunfo de La Ladera, porque a sus cualidades militares reunían la de conocer el país y sus habitantes. Yo provoqué a usted muchas veces para f que se entendiese conmigo, y aun le aseguré que el general Obando y yo nos pondríamos a sus órdenes; pero usted no quiso oírme, y nos hostilizó hasta el término de haberme obligado a retirar a Pasto y hecho frustrar todos nuestros proyectos. ¿Qué hubieran podido contra nosotros todos los otros generales de Colombia, una vez penetrados en el territorio del Patía, acosados por nuestras guerrillas, por el clima y por la falta de toda clase de recursos? Habrían tenido que sucumbir, y sus soldados hubieran engrosado nuestras filas, y contribuido a llevar el pabellón de la libertad a todos los ángulos de la república en donde él no tremolase entonces. ¡Cuántos males se hubieran evitado, cuántos bienes se hubieran producido y cuánta gloria habríamos reportado!

"Sin embargo, yo aplaudo los sentimientos que usted abriga, y su resolución de combatir la dictadura hasta el restablecimiento de la libertad; pero en cuanto al fondo del proyecto, permítame usted que le dé mi opinión con toda franqueza, pues no estoy enteramente , de acuerdo con él.

"Usted sabe que a principios del año entrante debe reunirse en Bogotá un Congreso Constituyente que ha sido convocado por el general Bolívar para hacer una Constitución basada sobre los mismos principios republicanos que la de Cúcuta, y que en virtud de esta promesa, tantas veces repetida por Bolívar, es como nosotros consentimos en el tratado de La Cañada. Usted sabe que los pueblos de Pasto, Patía, Popayán y Caloto, que nos han seguido en el movimiento contra la dictadura, están persuadidos de esa circunstancia, y que nuestros soldados han ofrecido solemnemente respetar el tratado mientras él lo sea por parte de las autoridades dictatoriales. Usted sabe que hasta hoy estas autoridades lo han respetado con religiosidad, y no nos han dado motivo para hacer la más pequeña reclamación. Usted sabe que, siendo condicional nuestra pasiva sumisión a esas autoridades, o por mejor decir, estando convenidos en guardar una especie de neutralidad hasta que se nos dé la nueva Constitución, en el concepto de que no se nos ha de faltar a ninguna de las cláusulas del tratado, nosotros no debemos, entre tanto, obrar contra el actual orden de cosas. Yo he dado mi palabra de ser consecuente a los compromisos que se contrajeron en el Juanambú con el Dictador, y nunca me será lícito perjurarme. Sí el Congreso Constituyente no nos diese la Constitución liberal, que reclama la opinión; si el Dictador se opusiese a la reunión del Congreso que él mismo ha convocado; o si de cualquiera manera se nos faltase a las seguridades que se nos han dado a todos los comprometidos en la pasada revolución, usted puede contar con mi cooperación para combatir la tiranía hasta el restablecimiento de la libertad, y puede contar igualmente con que estos pueblos oirán mi voz y se levantarán en masa para reconquistar sus derechos, puesto que por el mismo hecho quedarían disueltos los lazos que hoy nos ligan hasta cierto punto a la autoridad de Bolívar".

El general Córdoba, que me había oído atentamente, me replicó de esta manera: "Usted tiene mucha razón en cuanto a no querer faltar a su palabra; pero este exceso de delicadeza no me parece muy patriótico, porque se pierde la mejor ocasión de destruir la dictadura. Empeñado el general Bolívar en la cuestión peruana, no puede actualmente distraer del Sur los mejores cuerpos del ejército que tiene a su lado; y estando el centro de Colombia casi desguarnecido, es seguro que sin mucha dificultad ocuparemos la capital, dispondremos de su considerable depósito de armas y municiones, y cuando el Dictador se mueva contra nosotros, ya podremos disponer de un ejército numeroso, con el cual le venceremos en una batalla. Venezuela se desmembrará de Colombia, sin duda alguna, y entonces se podrá constituir la nación con la Nueva Granada y el Sur. El plan es infalible.

"Por otra parte, es preciso que usted considere que Bolívar no consentirá jamás en que se dé una Constitución liberal, ni tolerará que otro mande en el país, mientras él viva y tenga medios para oponerse a los que le contraríen. Yo le conozco más que usted y sé hasta dónde alcanzan sus miras proditorias. Si en estos momentos no lo echamos abajo, después será imposible, porque él se dará arbitrios para ganarse a unos y para poner a otros en estado de que no le hagan daño. Usted, Obando y yo, y cuantos jefes no sean de su confianza, seremos sacrificados a su ambición, y entonces ¿quién se le opone? ¿Serán los editores de la Bandera Tricolor? Usted sabe que no es gente de arrostrar peligros, ni de acometer una empresa grandiosa, porque los abogados no sirven para nada bueno..."

Yo me esforcé en persuadirlo de que el pueblo de Colombia no consentiría en verse gobernado por la dictadura después del término designado para la reunión del Congreso Constituyente, y que si Bolívar se ofuscaba hasta tal punto que desconociendo sus verdaderos intereses y acabando de oscurecer su gloria quisiese gobernar como déspota, yo estaba cierto que esa era la ocasión para echarlo a tierra, porque se justificaba la rebelión, para que él mismo me había autorizado en semejante caso, y que entonces no se podría engañar al pueblo y luego corromperlo, como sucedió cuando la Convención de Ocaña; que levantado el pueblo para reclamar sus derechos, en vano se le opondría el ejército; pues que éste no podría resistir ni a los conatos que en todos los ángulos de Colombia se harían para derrocar el despotismo; que entonces era más glorioso para él (el general Córdoba) capitanear la revolución, porque había motivos justos para hacerla, como los hubo para la que habíamos hecho en Popayán en octubre pasado, mientras que en aquellos momentos se atribuiría a traición, a temeridad o a locura cualquier movimiento; que éste no podría generalizarse, ni siquiera ser eficazmente secundado, mientras se conservase la esperanza de una buena Constitución que debía dar el próximo Congreso; y últimamente insistí en que yo no faltaría a mi palabra sino en uno de los casos que le había expresado, porque así conciliaba mi reputación con mi patriotismo y mis deberes.

Varias fueron las conferencias que casi diariamente tenía el general Córdoba conmigo a este mismo propósito, hasta que me expresó que "estaba de acuerdo con mi modo de pensar, y que en tal concepto, todo se prepararía para obrar a mediados del año de 1830, si así lo exigía el bien de la patria; que siendo él probablemente nombrado representante al Congreso Constituyente, se excusaría con cualquier pretexto, y que se mantendría en la provincia de Antioquia, en donde creía hallarse seguro; que yo no debía moverme de Popayán, pero que tomara todas las precauciones necesarias, porque se me podía asechar y asesinar, y que muestro fin debía dirigirse a conservar la opinión contra la dictadura, y, si era posible, ganar con prudencia algunos prosélitos más, de los que pudieran ser útiles; que, entre tanto, nos corresponderíamos con mucha frecuencia, para lo cual combinaríamos una cifra y quedaríamos acordes en los demás medios para hacer llegar recíprocamente nuestras cartas con la seguridad debida". Estos fueron todos mis comprometimientos con el general Córdoba, y hasta el día en que él salió de Popayán para Antioquia, que fue a mediados de agosto, me protestó que no se separaría ni un punto de lo convenido.

Durante la permanencia del general Córdoba en Popayán, trató de atraer a los jefes y oficiales que allí existían pertenecientes a los cuerpos liberales que se habían disuelto en Pasto en virtud del tratado de La Cañada, revelándoles su proyecto y proponiéndoles ascensos si le seguían en su intento. Aquellos se consultaban constantemente conmigo, y recibían mis consejos, en todo acordes con lo que había convenido con Córdoba, de suerte que, hablándole como le hablaron en el mismo sentido que yo, jamás dudé que ese general se desviase un solo paso de la senda que habíamos trazado, pues debía convencerse de que no era la oportunidad para emprender una revolución.

Mas la ardiente imaginación de ese desventurado general y su deseo de abatir el poderoso dominio de Bolívar, le hicieron olvidar muy pronto las reglas de prudencia que debiera observar, y apenas pisó el territorio del Valle del Cauca empezó a propalar sin disimulo alguno las ideas de la rebelión que proyectaba y a predicar con escándalo la necesidad de hacer la guerra a la dictadura y la ninguna esperanza de restaurar la libertad si no se ocurría a este medio. Para dar más fuerza a sus raciocinios e inspirar más confianza a esos habitantes, les decía "que yo era su segundo en la ejecución del plan meditado, y que en tal concepto yo debía en esos días dar el grito poniéndome a la cabeza de todo hombre capaz de llevar armas en los cantones de Popayán, Almaguer y provincia de Pasto; que él (el general Córdoba) secundaría inmediatamente este pronunciamiento, y que aseguraba que dentro de tres o cuatro meses se habría coronado su empresa del mejor suceso, después de dos batallas y algunas escaramuzas con las tropas dictatoriales, en cuyas funciones saldría sin duda vencedor". Como es de inferirse, los partidarios de Bolívar, desde Quilichao hasta Cartago, hicieron inmediatamente las denuncias de cuanto Córdoba decía, y a mÍ mismo me escribieron algunos de mis corresponsales refiriéndome las expresiones de ese general y preguntándome qué había en el particular.

Sabedoras las autoridades de Popayán de los proyectos del general Córdoba, se alarmaron, y el comandante general, coronel Escolástico Andrade, me llamó a su casa para decirme lo que se le había denunciado, manifestándome que yo estaba comprometido en el asunto, según lo aseguraba Córdoba, y para preguntarme en privado lo que yo supiese sobre el particular. Mi respuesta se contrajo a lo siguiente: "¿Cree usted, coronel, que en estas circunstancias yo sería tan ligero que me inmiscuyese en una revolución tan extemporánea? ¿Cree usted que después de haber abandonado nuestras fuertes posiciones del Juanambú, y diseminado nuestros soldados, sería yo tan imbécil para meterme en una asonada? ¿Cree usted que estando mi palabra comprometida pública y solemnemente de cumplir y hacer cumplir el tratado de La Cañada, mientras él sea observado por las autoridades y agentes del general Bolívar, yo sería capaz de faltar a ella? ¿Cree usted que antes de saber el resultado del Congreso Constituyente, sería oportuno conmover al país, que vive actualmente de la esperanza de obtener una Constitución, liberal? ¿Cree usted que en estos momentos yo podría contar con prosélitos para secundar una revolución, después de haber contribuido eficazmente a que los que habían tomado antes las armas contra la dictadura se retirasen a sus casas a vivir tranquilos y esperar en ellas las buenas instituciones cuyo deseo nos estimuló a tomarlas y desafiar entonces el poder colosal del Dictador? Yo protesto a usted que hasta mayo del año venidero me mantendré tranquilo esperando la Constitución que se me ha ofrecido; pero si ella no fuese tan liberal como yo la deseo y como los pueblos la anhelan, mis comprometimientos cesarán entonces, y yo tomaré el partido que crea más conveniente, hasta el de abandonar a Colombia, si viese que no hay ya arbitrio posible para restaurar la libertad. Entre tanto, me mantendré como hasta ahora, porque así lo creo necesario a mi reputación".

Estas reflexiones convencieron al coronel Andrade y a otros jefes que estaban a su lado, entre ellos el coronel Florencio Ximénez, y aunque me llamó otras veces para significarme que todos los días se repetían las denuncias contra el general Córdoba, y que de ellas resultaba que yo era su principal agente, siempre le hacían fuerza mis observaciones, y fuera porque ellas le convencieran, o porque tuviese algún temor del pueblo, no obstante que la guarnición era respetable, nunca el comandante general obró contra mí, como era de recelarse. Yo no temía ya de las autoridades del Cauca, sino del general Bolívar que se hallaba en Guayaquil, o del Consejo de Ministros que mandaba a su nombre en Bogotá; pero mi estrella, que no me abandonaba en los casos más críticos, vino también en mi auxilio esta vez, bien que si se me hubiera perseguido como cómplice del general Córdoba, habría sido con la mayor injusticia.

Lejos de haber propendido yo a este prematuro proyecto, ya he dicho que lo contrarié con todas mis fuerzas, y que me jactaba de haber oído del general Córdoba que no obraría sino conforme a mis intenciones; es decir, cuando llegase el caso. Pero no fue esto todo lo que hice para disuadir al fogoso Córdoba de la temeridad de su intento: tan luego como recibí los primeros avisos del modo como ese general iba expresándose en el Cauca, no me quedó duda de que yo había sido engañado en mis esperanzas, y con este motivo supliqué al señor Escalante, hijo de Antioquia, entonces comerciante en Popayán, que hiciese a la patria, al general Córdoba y a mí, el servicio importante de marchar cerca de aquél con el objeto de manifestarle todo lo que se sabía de su conducta en el Cauca y decirle, además de esto, que si se separaba del plan que habíamos trazado, no contase con cooperación alguna de mi parte, ni de las provincias de Popayán y Pasto, aconsejándole, al mismo tiempo, no emprendiese por entonces nada, y, si era posible, se ocultase hasta ver el resultado del Congreso Constituyente. A este mismo efecto le dirigí con el propio sujeto una esquela. Escalante no vaciló en aceptar esta comisión, y, abandonando sus intereses, marchó inmediatamente, y cuando llegó a Rionegro de Antioquia, y anunció al general Córdoba el objeto de su misión, éste le respondió, según se me ha dicho: "Ya es tarde, la revolución está hecha, y es necesario hacerla marchar"; y colocó a Escalante entre sus oficiales.

Paso ahora a referir cómo vino mi fortuna a librarme de una persecución, que quién sabe hasta dónde habría alcanzado. Cuando menos lo esperaba, y antes que el general Bolívar, o su Consejo de Ministros, hubiera sabido la conducta del general Córdoba, recibí del primero un nombramiento de gobernador de la provincia" de Neiva, por renuncia que había hecho el general Domingo Caicedo, y al mismo tiempo una carta en que me instaba a que aceptase el destino; ambas piezas de 15 de agosto de 1829 en Guayaquil. En el momento que recibí este nombramiento me presenté a las autoridades, anunciándoles que lo aceptaba solamente porque, marchando a Neiva, no podría ya recelarse de mí como cooperador a la revolución del general Córdoba, y me puse en marcha luego para no dar tiempo a que el Consejo de Ministros expidiese órdenes a fin que no se me diese posesión del empleo en atención a lo que de mí se decía, y que talvez tratase esa autoridad de ponerme en prisión, y cuando menos hacerme seguir un juicio, que habría terminado por declararme culpable, por más inocente que yo fuera, pues así convenía a sus intereses. Mis sospechas no eran infundadas, como voy a probarlo.

 

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