ESTAS MEMORIAS
Admirables y sorprendentes, sin duda, nos parecen estas Memorias del J. B. Boussingault, que el Banco de la República entrega a los lectores en traducción limpia y escrupulosa de don Alexander Koppel de León. Hasta donde se sabe, es la primera vez que se edita completo en castellano este texto, pues ya en Venezuela se había traducido y publicado tiempo atrás la parte pertinente a ese país. Cosa, en realidad, inexplicable. Esta manera de fraccionar con miras particulares los libros de los viajeros, no sólo desvirtúa la finalidad ampliamente divulgadora de unas observaciones personales y de unos hallazgos científicos que a todo el mundo interesan, sino que reduce arbitrariamente, por falsas consideraciones nacionalistas, el valor histórico de un legado cultural que pertenece por igual a todas las gentes y, obviamente, a todos los países que, por razones naturales francamente comprensibles, se interesan en los varios asuntos de que se ocuparon estos viajeros. |
|No es pequeña, sino, antes bien, bastante nutrida, la nómina de los viajeros extranjeros que en el curso de nuestra era republicana, desde los días iniciales de la Independencia y por todo el siglo pasado, recorrieron estos territorios y dieron su testimonio al mundo de cuanto en ellos encontraron digno de estudio y admiración, en los campos de la naturaleza física y humana que tuvieron oportunidad de explorar. Infortunadamente, no pocos de esos textos, compendios verdaderos, muchas veces, de ciencia y sabiduría, se hallan aún inéditos | |en nuestro idioma, sin nada que lo justifique. Reiteradamente se ha deplorado este desinterés por la divulgación a nivel nacional y popular de los libros de los viajeros, pues no hay, entre quienes han tenido la satisfacción de estudiarlos y conocerlos, nadie que no los considere excepcionalmente útiles para la investigación histórica, social, económica y política del continente americano, y en nuestro caso particular, del Nuevo Reino de Granada, hoy Colombia. |
|Tierra privilegiada la nuestra. Tierra de ensueño, fuerza, violencia y misterio, en cuyos ríos, mares, llanos y montes se concentró de súbito para el europeo del Descubrimiento y de la conquista, todo el enigma, todo el horror y la seducción con que las mentes medievales del viejo mundo revestían el fabuloso espejismo del Asia, en los tiempos, precisamente, en que se le ocurrió a Cristóbal Colón buscar un camino más corto para llegar a la India. Y buscarlo a sabiendas de que “las comarcas ecuatoriales eran inhabitables por su sequedad y altísima temperatura, y que al sur del Cabo Bojador, situado en la costa africana, no lejos de las canarias se extendía el terrible Mar Tenebroso, en el cual las aguas hirvientes del trópico y las frías procedentes del polo, producían espesa niebla de vapores que, al mezclarse con la arena del desierto acarreada por los vientos, formaba una masa impenetrable |".
¿Detrás de esa masa, si por ventura algún día dejaba de ser impenetrable, qué iba a encontrar quien prodigiosamente la transpusiera? Asia, según la anota O’Gorman, despertaba en la Europa medieval “la más intensa curiosidad científica y religiosa por la variedad, riqueza y extravagancia de su flora y fauna, por su antropología teratológica, por las civilizaciones que albergaba, por la fantástica opulencia de sus palacios y ciudades, por los tesoros y poderío de sus señores y potentados; y porque Asia, cuna de la humanidad y escenario de la | época primaveral del hombre, mostraba la huella de cuando Dios, como una deidad homérica, intervenía, visible y tangible, en lo historia. Allá en el lejano oriente inaccesible, donde el mundo vio la luz primera, se localizaban las temibles tierras de Gog y Magog, el Ofir fabuloso de donde procedían los tesoros de Salomón; la milagrosa sepultura de Tomás Apóstol, el asiento y corte del Gran Kan y del Rey-Sacerdote, y allí, sobre todo, el paraíso terrenal, fuente de los ríos del mundo, deslumbrante y prohibida joya de la naturaleza, cuya ubicación constituía el más obsesionante problema para el viajero y para el geógrafo |".
|¿En qué se parecía esa visión asiática del europeo, a la realidad de ese mundo que puso al descubierto Cristóbal Colón? El interrogante, con todo lo sorprendente y espectacular que parezca, bien puede ser resuelto, para nuestro intento, de una manera simple y sencilla: salvo lo pertinente a Tomás Apóstol, al Gran Kan y al Rey-Sacerdote, todo lo demás corresponde en América, en riqueza y en belleza, a cuanto pueda encomiarse del Oriente fabuloso. Una tierra virgen, sellada y guardada en sí misma, con fauna y flora sorprendentes, con sistemas hidrográficas y orográficos no imaginables, y con unos depósitos minerales como el propio Oriente no pudo poseerlos más abundantes. Y sobre todo, su población nativa, y sus dinastías, y sus reyes, y sus sacerdotes, y sus templos, y sus dioses y sus prácticas religiosas, y su prodigioso arte de la orfebrería, y |la estatuaria, y la cerámica, y los tejidos, y cien cosas más que los antropólogos y etnólogos sacan a diario a la luz para pasmo de estudiosos e investigadores del viejo mundo.
Correspondió a los Cronistas de Indias, tanto como a los propios descubridores y conquistadores, divulgar inicialmente, ante la asombrada audiencia europea, las maravillas sin cuento de que se hallaba rebosante esta tierra. La expectativa que el inesperado hallazgo colombino produjo en Europa desató, como se sabe, todo un colosal torbellino de ambiciones y pasiones, individuales y nacionales, que iban desde la aventura personal en busca codiciosa de riquezas y poder, hasta el control por los Estados en pugna del comercio de ultramar, con el dominio violento de las rutas oceánicas. La nación descubridora, España, se erigió desde el principio, mediante una extraña combinación de fuerza, violencia, heroísmo, apostolado y sacrificio, en la soberana absoluta del Nuevo Mundo, excepto el Brasil; y con la posesiva porfía de que supo hacer ostentación por tres largos siglos, sometió a su voluntad estos dominios, al propio tiempo que los marcaba con el sello indeleble, pero venturoso, de su religión y de su idioma. |
|Los pobladores naturales de América, sorprendidos en la mitad de su noche por los implacables invasores, cayeron en postración progresiva, a tiempo que se avanzaba en el vasallaje de los espíritus, y se suplantaba con un pecaminoso mestizaje la pureza primigenia de la raza, y se destronaban los dioses tutelares, y se destruían los imperios, y se desarticulaban las sociedades indígenas, y se envilecía el trabajo esclavizándolo, y se arruinaba la vida, y se entronizaba, al parecer ya para siempre, el lívido espectro de la violencia. El americano indígena que sobrevivió a esa empresa colonial de sangre y espíritu, que España protagonizó del propio modo como lo hubiera hecho cualquiera otra nación de su mismo ámbito histórico y cultural, se refugió al final en su soledad, y guarecido en sus selvas y montañas, y enajenado del mundo bajo cerrojo en sus míseros poblados, dejó pasar con indiferencia los días, al propio tiempo altanero y humillado. El español, a su turno, desempeñaba como le parecía su papel de señor dominador. El gobierno le era asignado a |él, |como una |derivación un tanto sacrílega del derecho divino de los reyes. Era el supremo dispensador de los bienes y los males, que repartía, es justo reconocerlo, tan equitativamente como podía permitírselo su sentido personal y particular de la justicia. Hasta que se llegó, por estos caminos y por tales procedimientos, a configurar lo que eufemísticamente se denomina La Colonia.
|Un período histórico como éste, de sus características políticas, sociales, económicas, humanas y religiosas, no es posible encontrarlo en ningún tiempo pasado, ni podrá repetirse tampoco en la interminable sucesión de los siglos que están por venir. ¿Pero, qué fue realmente la Colonia? ¿Qué representa en el orden del espíritu, para unos pueblos que vivieron en su vasallaje? Si bajo su imperio se vivía una forma inequívoca de esclavitud, ¿de qué modo pudo entonces América refluir ventajosamente sobre Europa, hasta lograr removerla de sus bases milenarias?.
Ninguna investigación, en efecto ha podido darle al hombre de hoy la visión plena, en extensión y profundidad, de lo que fue La Colonia. Los historiadores, filósofos, ensayistas, analistas y antropólogos que lo han intentado, apenas nos dan la vislumbre de unos sucesos superficiales, de fácil y obvia comprensión, que refunden y entremezclan arbitrariamente lo religioso, lo económico y lo fantástico. Y esos sucesos, que por lo general figuran en los manuales escolares de alguna importancia, ¿serán acaso, todo lo que puede investigarse y saberse de cuanto fue y representa en el pasado y en el presente ese dilatado período de nuestra historia? Si América es como se presume universalmente, la reserva del mundo en todos los órdenes es apenas natural que se indague, para afianzar consciente y racionalmente esa presunción, todo lo que este continente guarda, todo lo que recata y encubre en la tierra y en el mar, todo lo que representan sus ríos y sus cordilleras, | sus llanuras ilímites, sus páramos, precipitaciones y desiertos. Y sobre todo el hombre, el hombre de América, el de esta América meridional que fundió en una raza, aún no determinada científicamente, las diversas corrientes étnicas que afluyeron a su suelo.
La América colonial subsistió, en sus primordiales características, salvo, naturalmente, las formas de gobierno que adoptó a partir de las guerras de independencia, hasta bien adelantado el siglo XIX. Aún hoy día, ya para finalizar el siglo XX, no sorprende encontrar en ciertas regiones de América, de la América india y mestiza, retazos muy definidos de la vida y las costumbres de los pobladores del tiempo inmediatamente siguiente al Descubrimiento. Y subsisten esos rasgos todavía porque la pobreza del indígena, que es; en parte, consecuencia innegable de su propia idiosincrasia, se ve agravada por una organización social que cuando no la repudia abiertamente, la mantiene sigilosamente en el olvido. Ir hacia dentro de esa fenomenal maraña que es América, que es la vida en América, la de ayer sobre todo, pero también en muchos aspectos la de hoy, es enfrentarse a unas realidades naturales, humanas e históricas, que cuesta trabajo compaginar con las de un mundo como el europeo, cuya civilización, cultura y progreso han rendido sin medida los espléndidos frutos de una evolución varias veces milenaria.
Llegar hasta estas tierras recién rescatadas providencialmente del fondo del mar tenebroso, y proyectarlas en lo que son, o en lo que se presume que son, a través de una conciencia esmeradamente educada para una vida de altos comprometimientos intelectuales, es casi un imposible moral por la incompatibilidad de términos y valores que una confrontación semejante plantea. De un lado se viene de la más antigua y encumbrada tradición humanística, con creencias y convicciones históricas lúcidamente arraigadas en la conciencia individual y colectiva, y del otro se está en un mundo recién creado, asombroso y desconocido, sin raíces fácilmente identificables, con unas formas de sociedad y de vida que, comparativamente con las europeas de ese tiempo, hacen pensar en la primera edad del hombre, superada apenas ligeramente la etapa de las comunidades migratorias.
Si se desea, en verdad, tomar conciencia clara de tales fenómenos y circunstancias, es necesario acudir en demanda de auxilio a las dos grandes fuentes de información que existen a nuestro alcance: una son los relatos de los Cronistas de Indias de los siglos XVI y XVII, y otra, las revelaciones y descubrimientos científicos de los viajeros extranjeros de los siglos XVIII y XIX. Entre las dos modalidades de observación, recuento y estudio se percibe, como factor convergente y coadyuvante, un mismo propósito de desvelar y sacar a luz cuanto en ese proceso de conquista y colonización tenía que ver, primero, con la conducta de los dos pueblos en pugna el invasor y el invadido, y, segundo, en cuanto ofrecía la naturaleza a la exploración científica y a la codicia y goce de las riquezas. No cabe duda de que, desde el punto de vista humano e histórico, la obra de los cronistas es mucho más representativa de la dignidad y libertad del hombre, en este caso del indígena, que la de los mismos viajeros, cuyas miras iban por otros rumbos en procura de satisfacer otros intereses. Tal vez valga recordar, para dejar sentado en qué consiste primordialmente esa diferencia, que si los cronistas eran, en buen número, gentes de Iglesia, o, al menos, aventureros de buena ley, con miras, casi siempre, a la satisfacción de elevados empeños apostólicos y misionales, —Bartolomé de las Casas, Juan de Castellanos, Fernández de Oviedo, Cieza de León, José de Acosta, Pedro Aguado, Pedro Simón, Lucas | Fernández de Piedrahita, entre otros muchos—, los viajeros eran, a su vez, hombres de estudio, de serias disciplinas intelectuales, encaminados casi todos a indagar científicamente la naturaleza de cuanto en sus diversas formas les ofrecía la tierra americana. Basta, pues, una pequeña reflexión para entender esa diferencia, siendo preciso advertir, sin embargo, que ni los científicos se mostraron indiferentes ante los fenómenos religiosos, políticos o sociales, ni los cronistas ante lo que era propio de la naturaleza física, y en particular de la minería, la fauna y la flora. Todos a una, cronistas y viajeros, se esmeraron, además, por conocer a fondo la tradición, formación y cultura de los pueblos aborígenes, y de ese empeño se encuentran admirables demostraciones en sus libros.
Si se repasan las bibliografías que se han editado en Colombia y sobre todo las muy sobresalientes de Gabriel Giraldo Jaramillo, se advertirá cómo el número de los viajeros es bastante considerable. Los hubo de distintas nacionalidades: | ingleses, alemanes, holandeses, suecos, franceses, etc., etc. La sola mención de algunos nombres franceses permite formar una idea de lo que significa en su conjunto este grupo de observadores extranjeros del pasado siglo, y los estudios con que favorecieron los avances de la ciencia en el conocimiento del mundo americano.
|André, Edouard, — |“L ‘Amérique Equinoxiale”. —Le Tour du Monde. —París 1877-1878-1879. |
|Boussingault, Jean Baptiste. — |"Mémoires". |París. 1892. |
|Brettes, Comte Joseph de. — |“Chez les indiens du Nord de la Colombie. |Six ans d’explorations”. Le Tour du Monde. París. -1898.
|Brisson, Jorge. — |“Exploración en el alto Chocó". Bogotá, 1895. Casanare. Bogotá. 1896. Viajes por Colombia. Bogotá, |1899. |
Candelier, H. “Riohacha et les indiens goajires”. París. 1893. |
C |revaux, j. |et Le |j |anne. — |“Voyage d’exploration á travers la Nouvelle Grenade et le Venezuela". |Le Tour du Monde. París. 1882. |
|Daux, F. G. — |Quelques Semaines en Colombie. —Le Havre. | |-1885. |
|D’Espagnat, Pierre. — |“Souvenirs de la Nouvelle Grenade”. | |-París. -1909. |
|Enault, Louis. —“ |L |‘Amérique C’entrale et | |Méridionale “. |París. | |-1867. |
|Etienne, C. P. — |“La Nouvelle Grenade. Aperçu Genéral sur la Colombie et Récits de voyages en Amérique”. París. 1828. |
|Gabriac, Comte de. — |“Promenades á travers de L ‘Amérique du Sud, Nouvelle Grenade, Ecuateur, Perou, Brasil. París. 1868. |
|Gauthier, Leon. —“Fragments du | |Journal de Voyage d’un peintre en Amérique Latine”. -(1848-1855). |
|Kandenole, M. de. — |“L ‘Odysée de Jean Languille. Voyage d’exploratíon á travers la Colombie et le Venezuela “. |—Abbevi |ll |e. -1898. |
|Lafond, Gabriel. —“Voyages dans L´ |Amérique Espagnole pendant les guerres de l’independence”. —París. -1844. |
|Le Moyne, A. — |“Voyages et séjour |s |dans |l |‘A mérique du Sud | |-París. 1880. |
|Mellet, | |Ju |l |ien. — |“Voyage dans |l |‘ | |Amérique | |Méridionale, a l’interzeur de la Cóte Ferme et aux |il |es de Cuba et de | |Jamaique, depuis 1808 j |u |squ’ | |en 1919 |" |. París. 1923. |
Mollien, Gaspar Theodore. “Voyage dans la République de Colombie”. París. 1824. |
Reclus, Elisée.“Vovage á la Sierra Nevada de Sainte Marthe. Paysages de la nature tropicale”. —París. -1861. |
|Roullín, Françoís Desiré |“Histoire Naturelle et Souvenirs de Voyage”, París. |
|Saffray, Dr. Charles. |“Voyage a la Nouvelle Grenade. 1869”. Le Tour du Monde. París. 1872-1873.
Saint Gautier, Soeur Marie.“Voyages en colombie, de Novembre 1890 á Janvier 1892”. — París. 1895. |
|Ternaux, Henry. |“Essai sur l’ancien Cundinamarca” |París. 1842. |
Wiener Charles. — "Amazone et Cordilléres”. Le Tour du Monde, París. 1883. |
|“Con los viajeros del siglo pasado —dice Eduardo Acevedo Latorre—, nació la geografía descriptiva, en la que fueron maestros los franceses. Geógrafos y geólogos, botánicos y naturalistas recorrieron muchos kilómetros haciendo acopio de informaciones y experiencias que luego presentaron en la amena y rica literatura de viajes que no es otra cosa que geografía de la más pura calidad”. Y en otro aparte de la Presentación de la Geografía Pintoresca de Colombia dice Acevedo: “A comienzos del siglo XIX apenas si se había logrado conocer la tierra en su configuración y grandes lineamientos, mas faltaba mucho por investigar en el interior de los continentes. Se ignoraba el nacimiento de los grandes ríos se desconocía el rumbo y altura de los grandes ramales orográficos, nada se sabía de las gentes primitivas que poblaban recónditos y apartados lugares y apenas si se había iniciado el estudio de la flora, la fauna y las riquezas minerales. Fue así como en el siglo pasado los viajeros, haciendo un tanto de lado la simple aventura, se lanzaron por todos los caminos del | | | |mundo con el afán científico de explorar tierras desconocidas y escudriñar todo aquello que había permanecido ignorado y oculto”.
Puede que no sea verdad para todos los gustos, pero sí lo es para innumerables lectores de los libros de viajes, que el escrito por Jean Baptiste Boussingault, que ahora se publica completo en su versión castellana, es de los más amenos, objetivos y útiles. Incurriríamos en indudable descortesía con los lectores si nos anticipásemos en estos ligeros comentarios a reseñar su contenido, cuando sabemos que por la variedad de temas y reflexiones que contiene, su conocimiento debe quedar reservado a quien tome esta obra en sus manos y recorra, atenta y provechosamente, sus páginas. Procediendo así, el lector descubrirá, en admirable sucesión, todos los episodios que dieron razón y ocasión a Boussingault para elaborar con tanta aplicación y picardía su obra. Sin que falten los apuntes humorísticos, ni las anécdotas galantes y caballerescas. Recuérdese que el notable viajero andaba por los veinte años cuando desembarcó en América, y que estas Memorias fueron redactadas ya en la senectud, si bien sobre apuntes puntualísimamente tomados en esos doce años de peregrinaje, día por día.
|No deja de ser curioso, por lo tanto, que el señor Boussingault abra la caja de sus recuerdos trayendo a cuento escenas de violencia de los días de la Revolución francesa y de la instauración, después, del imperio napoleónico. Su vida, hasta los veinte años, coincidió totalmente con la epopeya descomunal y gloriosa del corso, cada uno de cuyos episodios él vivió en París, directamente, o los conoció por referencias fidedignas. Es fácil presumir la honda sensación que hubo de experimentar este joven al hacer, ya en América, la confrontación de lo que fueron aquellos hechos sangrientos y heróicos del viejo mundo, con los que se cumplían ahora en América |, |en Colombia particularmente, durante los años, también sangrientos y heróicos, de la lucha por la Independencia. Napoleón y Bolívar, ante los ojos de un aprendiz de sabio, que fue testigo presencial de lo que uno y otro hicieron en pos de sus destinos, |¡ |ya por la gloria de Francia, ya por la libertad de América! |.
Las penalidades que hubo de soportar el joven Boussingault en su recorrido por Venezuela, Ecuador y Colombia, fueron de tal naturaleza, que no es fácil entender cómo pudo sobrellevarlas tan denodadamente, ni cómo, a pesar de ellas, vivió y convivió en este medio duro y hostil por algo más de diez años. Y adviértase si se quiere dar la debida importancia a este hecho que Boussingault no fue un viajero de salón, un contertulio remilgado de cenáculos parlanchines y cortesanos, sino un investigador de campo, que va a la naturaleza a escrutarla personalmente, y que, como suele expresarlo el vulgo, reposa la cabeza en cualquier parte donde le coja la noche. Todo lo que equivale en estas Memorias a indagación científica y testimonio humano fue allegado así, a la intemperie, en los más variados y contrastados climas y en las regiones de más peligroso acceso.
Pero también gozó, es cierto, de un discreto y estimulante prestigio entre las gentes de sociedad, y no fueron pocas las damas y damiselas que pusieron en él los ojos como en una presa seductora, vivamente apetecida. Boussingault pasaba de largo, complacido y desdeñoso, por entre estas acuciosas admiradoras, y solamente se supo de una de ellas que logró romper esa coraza de gentil indiferencia con que defendía su libertad personal. Se trata de Manuelita París. Boussingault relata, a propósito de ella y del cerco que por entonces ponían las muchachas bogotanas a los jóvenes en propincuidad nupcial, esta anécdota: “Una noche había tertulia en casa de | Pepe París, quien se había convertido en hombre acaudalado explotando las minas de esmeraldas. Su hija era una persona deliciosa, muy bajita, 1,50 metros y realmente había una afinidad entre ella y yo. Manuelita participaba en la reunión y al filo de la media noche, cuando todos estábamos un tanto sobreexcitados, un amigo inglés se acercó para decirme al oído: “Don Juan, tenga cuidado, hay un cura que va a hacer su aparición”. |Entonces, sin que nadie se diera cuenta, procedí a retirarme discretamente”.
|“A pocos días de esto, me encontré con mi novia Manuelita | |—precisamente el mismo nombre de la favorita— y le planteé claramente la propuesta de matrimonio, con la condición de que tendría que vivir en Europa. Manuelita no tenía inconveniente en pasar una temporada en Francia, pero me declaró francamente que no le gustaría establecerse allá. La dejé, después de haberle besado la mano en miniatura; mi asistente me esperaba en la puerta de la casa; salté a caballo y salí para el Magdalena. No volví a ver a la pequeña y graciosa Manuelita París |".
|Sólo resistiéndola muy fuertemente, no cedemos a la tentación de referir algunas de las muchas anécdotas de que está tapizado este libro. El lector tendrá el agrado de saborearlas directa y personalmente, lo mismo las que tienen que ver con las damas de alta alcurnia, y citamos entre ellas, caprichosamente, a la simpar Manuelita Sáenz, que con las de clases más humildes, pero que no son sin embargo, menos seductoras y atrevidas que aquellas. Y también las anécdotas que tienen que ver con las gentes del gobierno civiles o militares, y con los clérigos, y con las personas de aquí y de allá que dieron siempre ocasión o motivo a un comentario picante, a un chismorreo de antesala o alcoba. Y están las opiniones que expresa sobre Bolívar, Páez, Santander, Flórez, Sucre, Obando y López, y cien individuos más del ancho mundo de la sociedad, |el gobierno y la política. Boussingault no tiene ningún reato en consignar en su libro el elogio o la diatriba que escuchó sobre ellos a los amigos o los enemigos, o que a él directamente le inspiraron.
|Es especialmente desenfadado al referirse a Santander o a Obando, haciendo eco, desde luego, a las fuertes críticas de que habían sido objeto en diferentes y muy conocidas circunstancias de su actividad pública . |Algunas veces las fórmula Boussingault tomándolas de su propio huerto, y resultan ser las más ofensivas. Pero entiéndase que esto lo hacía el joven francés a título apenas de entretención y pasatiempo, como un ocasional chismorreo de tertulia, sin ánimo político preconcebido, pues a pesar de semejantes referencias a personajes de esa categoría, en ningún momento asumió posiciones en favor o en contra de jefes o partidos políticos. Fue, en esto, de una indiferencia perfecta. |
|Francisco Antonio Zea no dejó de recibir también algunos dardos, a la postre inofensivos. Lo presenta, en electo, como los colombianos de esos días lo imaginaban, viviendo fastuosamente en Europa, a expensas, decían, de los réditos del famoso empréstito. Se divulgaban consejas que lo presentaban como un Fúcar como un manirroto impenitente. ¿Por qué aparece este insigne y vilipendiado compatriota nuestro haciendo acto de presencia en las Memorias de Boussingault, y de modo tan destacado? El propio autor nos lo dice. “Después de éxitos y reveses, de crueldades increíbles cometidas de un lado y del otro, el poder de España fue debilitándose día a día. Bolívar, jefe del nuevo Estado llamado Colombia, que comprendía Venezuela, Nueva Granada y la Audiencia de Quito, creó un ejército con gentes del pueblo...”. |Fue de Angostura, en donde se proclamaron las leyes fundamentales de la nueva república, en diciembre de 1819, de donde Bolívar “envió a | |Europa —dice Boussingault— don Antonio Zea, en calidad de plenipotenciario, para solicitar el reconocimiento d |e |l nuevo Estado, así como ayuda en dinero para comprar armas, municiones y barcos de guerra |".
|Zea tuvo además una misión especial: “la de enviar a Colombia jóvenes instruidos para fundar en Santa Fe de Bogotá, la capital, un establecimiento científico, escuela, particularmente destinada a formar ingenieros civiles y militares... Zea era un botánico hábil que amaba las ciencias, y Bolívar había vivido en Europa lo suficiente para comprender la ventaja que su país obtendría con una institución semejante... Con el objeto de reclutar jóvenes instruidos y decididos, el señor Zea se relacionó con un joven peruano nacido en Arequipa, alumno de la Escuela de Minas de París, el señor Mariano de Rivero... Creo que fue por intermedio de Voltz que el señor Berthier, “mi enemigo”, propuso mi nombre al señor Zea, para entrar al servicio de Colombia. Me ofrecían 7.000 francos de sueldo, un grado equivalente a ese sueldo y mi transporte en un buque de guerra, además, debía suscribir un contrato por cuatro años”.
|Don Francisco Antonio Zea entra así a figurar en estas Memorias, como directo promotor del viaje a América del joven Boussingault. Zea protagoniza una de las biografías más apasionantes del tiempo de la Independencia, no tanto por el papel que desempeñó en ella como político, legislador y gobernante, sino por su desempeño en Europa a raíz de grandes conflictos en que se vio comprometido en tiempos del Pacificador Pablo Morillo. No viene al caso evocar ahora los episodios de esa dramática y admirable existencia, pues se conocen muy notables textos que la divulgan profusa y fidelísimamente. El Zea que cabe recordar en estos momentos es el que conoció en París el joven Boussingault, sin que entremos a divagar sobre si el personaje que nos presenta el a |utor | | |corresponde o no a la realidad histórica y si se ajusta a la verdad del hombre. “Una de mis primeras visitas —dice—fue, naturalmente, al ministro de Colombia: firmamos un contrato y recibí 2.000 francos". |
|“Zea fue muy amable: era un hombre encorvado, prematuramente envejecido porque había sufrido mucho en los llanos de Casanare; estaba relacionado con el mundo científico, y como había logrado un empréstito en Inglaterra, se desquitaba de la miseria por |l |a que había pasado en América en la época en que era un proscrito, un prisionero en tristes circunstancias: en 1815 Zea fue arrestado en Nueva Granada con algunos otros patriotas, entre ellos Nariño, el traductor de los Derechos del Hombre y fueron enviados a España. Zea, protegido por sus amigos, recobró la libertad, se casó con una española y se vino a Francia, donde moría de hambre. Viajó a América para reunirse con el general Bolívar, con quien compartió la buena y la mala fortuna; fue nombrado vicepresidente del Congreso Constituyente de Angostura; su mujer y su hija permanecieron en París, en donde vivieron en una manzarda de la calle Mouffetard por |4 ó 5 | años, ganando en trabajos de costura apenas lo indispensable para subsistir”.
|“Cuando conocí a la familia Zea, ocupaban una linda casa en la calle Cau-Martin, gozaban de gran opulencia, tenían coches, sirvientes de librea y se trataban con el gran mundo; la señora Zea era muy joven todavía y de una rara belleza; mujer excelente, contaba con sencillez sus miserias anteriores; estaba llena de salud, pero la atendía asiduamente un joven médico mexicano. Algunos años después, se casó con el general de Rigny. Debido a los asuntos de nuestra expedición, yo |pasaba frecuentemente una o dos horas en el salón de los Zea, donde se veía toda clase de especuladores, intrigantes y posiblemente estafadores que habían olido el cofre lleno”. |
|Esta semblanza de Zea nos lo presenta como un pródigo inconsciente, entregado a una vida de opulencia y molicie, entre halagos y complacencias. La realidad de esa vida no parece que se ajuste a tal modelo. Pero, sin embargo, es cierto que no faltaron, en Europa y en Colombia, las voces de protesta, algunas veces indignadas, de envidiosos y malquerientes que lo acusaban de dilapidar en el desempeño de su misión sumas desproporcionadas, y lo injuriaban con la suspicacia de que para poder actuar impunemente y a sus anchas en este sentido, se abstenga de enviar al gobierno, con la periodicidad necesaria, los informes fiscales a que estaba obligado. Imputación calumniosa. Roberto Botero Saldarriaga dice, en su biografía del granadino, que éste “comunicaba regularmente a su gobierno el curso de sus gestiones, su manera de pensar sobre todos aquellos temas que pudieran revestir algún interés para la nación que representaba. Desgraciadamente la correspondencia se perdía", y trae a cuento la explicación dada al gobierno por Zea, en el sentido de que “eso provenía de la notoria infidelidad de la administración de las postas de París". |Y cita además Botero Saldarriaga a Stefan Zweig, quien en su biografía de María Antonieta recuerda que “el hurto postal era considerado en aquellos tiempos el medio genial de la diplomacia |".
|En todo caso, si Zea no era un dilapidador irresponsable, tampoco parece que fuera un exagerado y celoso guardián de los dineros del empréstito, sin que se pueda pensar que los distraía en exclusivo y personal beneficio. Lo que Zea entendía muy bien es que el decoro del país que representaba, exigía que su vocero en Europa no viviera ni se comportara como un mendigo. Un día le escribió a Bolívar: “Es verdad que esto exige muchos gastos, pero no hay otro modo de conseguir las cosas que no se hacen por amor a Dios “. |Y viene bien a cuento, a | |este propósito, el recuerdo de Level de Goda en su libro Nuevas Memorias?, referente a la llegada de Zea a Madrid, el 6 de junio de 1821: “Bien luego llegó Zea con bastante lucimiento, en su primoroso coche de lujo, acabado de hacer en París, con preciosos jeroglíficos alusivos, llevando su postillón y dos laca |yos |vestidos muy decentemente, con finos hopos de plumas en el sombrero, y vistosos penachos los caballos que tanto lucieron en la entrada |".
De todas suertes, y gracias a la mediación de Zea, emprende Boussingault su interesante aventura por tierras de Colombia, con sólo veinte años de edad y un acervo de conocimientos científicos que le permitieron lanzarse a explorar los misterios y riquezas de esta vasta porción del nuevo mundo. El relato que de ello hace Boussingault es, para nuestro gusto, de un atractivo excepcional, por la forma como recoge y presenta en él todo tipo de informaciones, observaciones y reflexiones. El viajero Boussingault, protegido muy afectuoso del barón de Humboldt, tenía muy bien formado, a pesar de su juventud, su criterio científico sobre los experimentos que debía realizar en el curso de estas páginas se advierte la minuciosidad y responsabilidad con que supo hacerlo, siempre en circunstancias notoriamente adversas. |
Concluimos en este punto la tarea, grata como pocas, de escribir algunas apreciaciones en relación con el libro de Boussingault. Somos conscientes de no haber formulado sino muy ligeras generalidades, pero al hacerlo así hemos tenido en cuenta la circunstancia de que una obra de tan rico contenido como esta, necesita largo tiempo para comprenderse y estudiarse en su totalidad. Cosa que, para nuestra satisfacción, nos proponemos hacer sin otra mira que la de satisfacer privadamente nuestro gusto. |
Jaime Duarte French
