Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.
El Libertador
Simón Bolívar era un hombre con estatura por debajo del promedio, con una cabeza un poco desproporcionada para su tamaño, pero muy enérgico; tenía ojos pardos de mirada viva, cabellos negros, tez morena clara, brazos demasiado largos, miembros delgados y una gran agilidad en sus movimientos.
El general estaba entonces en todo el esplendor de su fama y su poder era casi ilimitado. De ordinario llevaba una levita que recordaba el uniforme que más quería Napoleón, el de granadero de la guardia imperial. El emperador era el ideal de Bolívar y con los franceses hablaba de él con mucho agrado y conocía perfectamente la historia. Recuerdo que en el curso de una visita oficial, yo tenía un bastón de comandante —los oficiales superiores usaban uno— fabricado en carey y cuya empuñadura era un busto de Napoleón. Durante toda la conversación Bolívar no dejó de mirar mi bastón, al punto que me pareció mi deber ofrecérselo. No recuerdo si lo aceptó; es probable, porque desde entonces no lo tengo.
Bolívar era expansivo, bondadoso con sus inferiores, generoso en exceso, vivía de una manera muy sencilla y sobria; le gustaban las mujeres y era buscado por el bello sexo como sucede con los hombres que tienen poder. En su juventud había sido casado y enviudó sin descendencia y tal vez debido a esta última circunstancia fue por lo que rechazó todas las propuestas que le fueron hechas para llevarlo al trono.
Cuando los asuntos políticos no lo ensombrecían era alegre, reía a carcajadas y era un buen conversador; con sus íntimos usaba un tono burlón, muy poco agradable para su interlocutor. Sin embargo tenía un espíritu fino, de excelente educación, pero muy susceptible y de gran vanidad. Sus arrebatos eran algunas veces grotescos y de mal tono; de todas maneras la tempestad duraba poco y rápidamente recuperaba la posesión de su amable carácter.
He aquí dos ejemplos, uno de su vivacidad y el otro de su vanidad:
Su zapatero, viejo militar francés, no dejaba de hablarle de las campañas del imperio, mientras le probaba las botas, añadiendo este estribillo: —“¡Ah ese sí era un general, ese Napoleón!” lo que repitió tantas veces que Bolívar le administró una patada en salva sea la parte, mientras le decía: —“¡Y yo qué soy, entonces?”.
Un día llegué a Ibagué para entregar un pliego al Libertador, quien regresaba del Perú bastante descontento. Me invitó a cenar y aun cuando yo era el de menor graduación, me hizo sentar junto a él. Estábamos en la casa cural; Pepe París, el amigo íntimo del general que asistía a la comida de Bolívar, mientras servía la sopa dijo en francés, idioma que hablaba muy correctamente: —“¡Señores, al rancho!” La conversación fue muy alegre y con deseo de hacerle la corte, le dije: “general, recibí de Francia un diario, Le Globe, en donde hay un artículo muy elogioso para Vuestra Excelencia” y a continuación pensé para mí: —“Va a quedar encantado el general”. ¡Cómo no! Tomó un rostro amenazante y me apostrofó con cólera: —“¿Pero cómo encuentra Ud. un artículo que me es favorable en un diario y no lo ha traducido? Sin duda que si me hubiera atacado, si hubiera criticado mis actos, la traducción no se habría hecho esperar...” y continuó con ese mismo tono. Entonces me dije a mí mismo: —“¡Bien hecho!, ¡esto te enseñará a hacerte el cortesano!”.
Felizmente, Pepe París intervino para sacarme de problemas al decir: —“General, se traducirá el artículo”. Esto fue un calmante que surtió efecto instantáneamente. El poderoso no me guardó ningún resentimiento porque mientras tomábamos café, Bolívar se acercó a mí y me informó que deseaba establecer una escuela militar en Bogotá, donde se le daría una buena instrucción científica a los jóvenes oficiales y que me nombraría director. Acepté reconocido, con la intención de no encargarme de una misión tan difícil, e hice bien. Solicité y obtuve el permiso para terminar la exploración del volcán del Tolima y no regresé a Bogotá. No era muy sensible a los honores y estaba resuelto a regresar a Francia.
Cuando el Libertador salió para Bogotá, dejó a Ibagué seguido de una numerosa cabalgata. Un cierto doctor, personaje importante de la provincia, iba al lado del general y éste lo acosaba a preguntas: —“¿A quién pertenecen estos pastizales?” A tal persona, respondía el doctor. —¿Y estos cultivos de caña de azúcar? ¿Y estos campos de añil, de trigo y de maíz?”
—“A fulano de tal y a tal otro,” replicaba el doctor, indicando el nombre del propietario, sin vacilar.
Me acerqué a mi doctor tan bien informado y le pregunté:
—“¿Pero usted ha dirigido el catastro de la región?” —“Si yo no conozco a nadie; es que, vea Ud., cuando un personaje le hace a uno preguntas, siempre se debe contestar sin la menor vacilación; ¡que esto le sirva de lección!”.
Cuando salíamos de la ciudad, los niños de la escuela, alineados a lo largo de la calle principal, lanzaban aclamaciones frenéticas de: “¡Viva el Libertador!”, al infinito. El general saludaba sonriente.
Entonces le dije a don Francisco, el maestro de 14 escuela, quien hacía parte del cortejo: “¡sus alumnos son cálidos patriotas!” —“En absoluto; ¡no ha visto Ud. el hombre que está colocado detrás de ellos para soltarles unos cuantos fuetazos cuando no gritan con suficiente fuerza! El medio es infalible; y yo lo uso cada vez que hay que hacer la demostración; por ejemplo, cuando recibimos la visita de un alto obispo o de un gobernador”.
La cabalgata se detuvo entre el Chipalo y el Piedras. Fue el momento de los adioses. Cuando me acerqué respetuosamente a Bolívar para hacerle un saludo militar, me dio un abrazo y me dijo: —“Hasta pronto”. Su fisonomía ya llevaba la marca de la enfermedad y yo supe, en ese momento, que no lo volvería a ver. Algunos meses después murió víctima de la tisis.
El Libertador había sufrido mucho. Se había desgastado por su prodigiosa actividad. Llegado al apogeo de la gloria que ambicionaba, su nombre fue popular en los dos mundos; había sustraído a la América meridional de la dominación española. Poseía una gran fortuna al principio de su carrera, pero murió pobre; sin embargo había tenido 15 años de ilusiones: ¡es mucho en el curso de una existencia!.
Bolívar conocía a Europa, había vivido en la corte de España durante su juventud y se había relacionado con hombres eminentes: puedo citar a Gay-Lussac, Humboldt y Buch entre los sabios. En América, a pesar de su poder, no podía evitar hacer comparaciones cuando tenía en cuenta a los que lo rodeaban y que eran llamados su ejército y su estado mayor. Sus éxitos contra las tropas españolas y sus proclamas enfáticas tuvieron, durante cierto tiempo, una gran resonancia en el mundo liberal: emanaban de un poderoso dictador. El prestigio fue inmenso durante corto tiempo y cuando miraba a su alrededor notaba la falta de recursos, aun la pobreza. Su palacio era una pobre casa y sus soldados harapientos. Su vanidad sufría y jamás tuvo la fuerza de aceptar su verdadera y gloriosa situación: un inteligente jefe de guerrillas.
Visto a distancia, aparecía rodeado de una aureola que se esfumaba a medida que se acercaban a su persona. El lo sabía y es por eso por lo que eludía, mientras le fuera posible, el contacto con el mundo diplomático; prefería permanecer invisible y aquí está la prueba. En Francia, el gobierno de los Borbones se había mostrado constantemente hostil a la insurrección de las colonias españolas; sin embargo, fue arrastrado por el movimiento que se acentuaba cada vez más en favor de la independencia americana; el reconocimiento de las nuevas repúblicas por los Estados Unidos, Inglaterra y Holanda, las ventajas que de ello resultaban para el comercio de ésas naciones, determinaron que Francia enviara un comisario real a Colombia, acreditado ante el Libertador.
El comisario enviado fue el señor Besson, acompañado del duque de Montebello. Llegaron a Bogotá cuando Bolívar se encontraba en el Sur, en Quito creo, a donde el señor Besson le escribió pidiéndole permiso de llegar al cuartel general para presentarle las cartas que lo acreditaban. La respuesta se hizo esperar. Luego Bolívar dio a entender que iba a llegar a Bogotá; se veía claramente que no le interesaba recibir la visita del enviado francés. Yo veía al señor Besson y al duque de Montebello en la casa del cónsul general de Francia, señor de Martigny. Los diplomáticos estaban incómodos al ver el poco interés que el Libertador mostraba en relación con ellos y no comprendían nada. El ministro los había recibido con la mayor deferencia y el jefe del estado parecía muy poco preocupado de su misión.
Obtuve la clave del enigma gracias a Pepe París, quien como nunca había aceptado ninguna posición oficial, permanecía como amigo íntimo y confidente de Bolívar: éste le había contado, a propósito del incidente, cómo le sería de humillante recibir en su triste y mezquino cuartel general a los enviados franceses, uno de los cuales era el hijo del mariscal Lannes, una de las glorias del gran imperio. Como se puede ver, el motivo era su amor propio.
Los comisarios se devolvieron a Europa sin haber obtenido una audiencia del Libertador, ni haber logrado autorización para llegar hasta él, como lo habían esperado.
Yo había encontrado en casa del duque de Montebello a uno de mis condiscípulos del Liceo Imperial; habíamos estado juntos en sexto año en clase del profesor Couenne, un antiguo dragón a quien una bala había quitado una parte de su nalga derecha; el buen hombre tenía una nalga de algodón, una especie de relleno. Era costumbre, muy humillante además, que si un alumno había cometido una falta ligera, se le arrodillase cerca de la silla del maestro; el paciente, mientras el profesor peroraba, se divertía enterrando alfileres en la nalga de algodón; pero sucedió que uno de los chicos habiendo sido castigado, se equivocó de lado y enterró un alfiler en la nalga verdadera; juzguen lo que sucedió!.
El general Harrison
Viejo servidor de Estados Unidos, ministro plenipotenciario ante el gobierno de Colombia; movimientos angulosos, poca educación, afectaba opiniones demagógicas extremas. Creo que había sido, o lo fue después, presidente de la Unión. En las más altas reuniones llevaba una corbata negra; por su situación invitaba a sus recepciones a las americanas de la clase obrera, buenas personas que tenían mejores maneras que su embajador. En el curso de una gran cena ofrecida, creo, con ocasión de la Batalla de Boyacá, alguien ofreció un brindis “a la memoria de dos ilustres libertadores de América, Bolívar y Washington”. Era bien visto asociar los dos nombres a pesar del poco parecido en el carácter de quienes lo llevaban. El viejo general Harrison se enfadó y agitando su vaso añadió groseramente y con mala intención: —“Washington muerto vale más que Bolívar vivo”. La verdad es que la comparación de los dos héroes sería desventajosa para Bolívar.
La colonia anglo-americana era muy hostil al Libertador y después de un fuerte altercado, el ministro de relaciones exteriores invitó a Harrison a retirarse de Bogotá.
—“No saldré sino por la fuerza”, replicó el viejo general y se quedó. Poco tiempo después fue llamado por su gobierno.
El señor Robinson
Seudónimo de un personaje original, monje franciscano de Caracas, quien fue el preceptor de Bolívar. Al principio de la revolución botó la sotana y pasó a Europa; no se volvió a oír hablar de él; no era sino un monje de menos.
Un buen día Robinson apareció súbitamente en Bogotá en busca de su antiguo discípulo, quien infortunadamente para el ex-monje, estaba en Lima. Robinson llegaba a los 60 años y tenía una mujer joven, bonita y buena muchacha, que había sido lavadora de ropa fina y con quien se había casado en París. Habían traído de Europa un pequeño alambique para fabricar licores de mesa que ella manejaba y éste fue el motivo que me procuró la oportunidad de conocerla a ella y a su marido, un hombre todavía fuerte, de figura culta, que vestía una levita negra, desgastada, lo que indicaba un cierto estado de pobreza. Robinson, o si se prefiere el franciscano Antonio, poseía una gran instrucción; había vivido en Francia, Inglaterra y Rusia como profesor de idiomas. Una causa de su pobreza era su necesidad de desplazarse continuamente; hablaba bien y sobre todos los temas. Se había ocupado en aplicar las ciencias a la industria; me gustaba mucho encontrarlo y supe con placer que Bolívar lo había hecho nombrar comisario de guerra en el ejército libertador del Perú. Robinson salió para Lima con su mujer y su alambique; por desgracia la muchacha parisiense contrajo fiebres al bajar el Magdalena y murió en Cartagena.
El Libertador acogió bondadosamente a su antiguo profesor y viéndolo viudo lo nombró obispo de Chiapa, en Bolivia. Algunos oficiales amigos míos quienes lo encontraron en su obispado, me aseguraron que era un pastor excelente y venerado.
El cónsul americano en Santa Marta, asesinado en mi cama, con mi sable
Esta fue una siniestra aventura que siguió a la expedición de los llanos emprendida para fijar la posición del río Meta en el Orinoco. Llegué a Bogotá moribundo y el excelente coronel José María Lanz con el objeto de que recibiera cuidados, me hizo instalar en una pieza de la casa que él habitaba, donde la señora Gertrudis en el sector de San Victorino, calle de San Juan de Dios, cerca de la plaza. Después de mi restablecimiento conservé mi habitación que era de una sencillez primitiva; por todo mobiliario una cama, cuya base consistía en un cuero de res y un delgado colchón de lana, una silla y una mesa y, colgado del muro al alcance de la mano, mi sable desenfundado.
Me hallaba fuera unas dos semanas con el objeto de inspeccionar un polvorín, cuando llegó a Bogotá el cónsul americano. Lans le sugirió ocupar mi apartamento durante mi ausencia; una mañana la señora Gertrudis, al no verlo salir de su habitación se inquietó y entró allí y cuál no sería su espanto al ver al cónsul tendido sobre mi cama, cubierto de sangre, con la cabeza casi enteramente separada del tronco, ¡y mi sable ensangrentado en el piso! Yo habitaba el segundo piso, a poca altura del suelo y había una ventana que daba a un corral, la cual se encontró abierta y por ahí se introdujo el asesino en mi cuarto; huellas de pasos demostraban que había entrado y salido después. No sé por qué motivo se sospechó primero de un monje de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios; luego se adquirió la certeza de que el cónsul había sido asesinado por un coronel inglés, al servicio de Colombia, llamado Pedro Grant, uno de esos desechos de la sociedad que siempre llegan a todo país donde haya problemas políticos.
Pedro Grant era un buen soldado, pero de muy mala reputación. Fue juzgado y condenado a muerte por un consejo de guerra: tuvo la suerte de poder huir de la cárcel. A mi regreso todo estaba en orden: mi sable muy limpio y puesto en el lugar acostumbrado.
Una batalla contra los monjes
Yo iba con frecuencia a la misma hora y por la misma razón a presentar mis saludos a una bonita dama que vivía a espaldas de la Iglesia de San Agustín y pasaba necesariamente por frente al convento del mismo nombre.
Me había fijado que un monje joven permanecía en una ventana y jamás dejaba de escupir cuando yo pasaba, con la evidente intención de destinarme el proyectil. Varias veces había fallado, pero al fin el escupitajo del imbécil cayó sobre mi charretera. Se pueden imaginar mi furia. Quise entrar en el convento pero el hermano portero me lo impidió y cerró tan bien su puerta que tuve que retirarme. Me quejé a la autoridad eclesiástica, la cual no hizo sino sonreír de mi historia y al general comandante, quien me rogó no tener en cuenta el insulto de un infeliz monje. Hice mal en no seguir su consejo. Mi excusa es que tenía 22 años y que se hablaba demasiado del escupitajo que me había enviado el discípulo de San Agustín.
Pero algún tiempo después, al salir de la casa de mi amigo Illingworth, calle de la Carrera, en el momento en que pasaban ante la puerta una docena de monjes de blanco y negro, caí sobre ellos a puñetazos y se dispersaron en un instante.
El asunto hizo ruido al punto de que tuve que irme a una hacienda situada a 10 leguas de Bogotá para dar tiempo de que se calmaran las susceptibilidades clericales. ¡Lo que agravaba mi situación era que había dado con monjes que no pertenecían a la orden de los Agustinos!.
Es el único disgusto que yo haya tenido con religiosos. He vivido siempre en los mejores términos con ellos; me gusta su compañía y en el curso de mis expediciones, cuando me era posible escoger mi paradero, me instalaba en un convento o en una casa cural.
Un duelo entre el cónsul general de Holanda y el comandante Miranda
Había un baile en la presidencia con motivo de la San Simón, fiesta del Libertador; la reina de la noche era la señora de Roulin, a pesar de sus 28 años. Ese rango era debido a la elegancia de su atavío, a su hermosura, a su amabilidad, a sus ojos verdes, al magnífico turbante colocado sobre sus cabellos negros y al hecho de ser una bailarina incansable.
La reina estaba sentada y hablaba con sus admiradores, cuando el cónsul general de Holanda la invitó para un vals. La señora de Roulin dejó sobre su poltrona su abanico y un frasco de perfume y se lanzó en el torbellino. Valsaba de manera admirable, a pesar de ser bretona.
Como el asiento había quedado vacante, el joven comandante Miranda creyó que lo podía ocupar durante el vals, y como era miope, al sentarse hizo caer el frasco de perfume. La señora Roulin, acompañada a su puesto por su pareja, manifestó su fuerte pesar cuando vio el trasco roto; Miranda se excusó lo mejor posible, prometiendo reparar su torpeza. El incidente hubiera terminado allí si el cónsul no le hubiera hablado en términos inconvenientes al joven comandante, quien le replicó.
Al día siguiente, se batieron en duelo.
El cónsul de Holanda empezaba a tener el pelo gris. De baja estatura, rechoncho, con por lo menos 45 años, casado, padre de 6 hijos, tenía reputación de duelista, y servía en la marina.
Miranda, jefe de escuadrón en Colombia, era uno de los hijos del general Miranda, quien había servido en los ejércitos de la república francesa y había pasado al enemigo con Dumouriez. Tenía yo buena amistad con el hermano mayor del comandante, imberbe aún, pues no tenía más de 20 años.
El encuentro debía ser con pistola a quince pasos. La cita fue en la Capucinería, a una milla de la ciudad, precisamente el convento donde se me había propuesto fabricar falsas reliquias.
Los dos campeones colocados en sus lugares, en presencia del Dr. Roulin y de los testigos, la señal fue dada por el coronel Johnson, que llamábamos Abelardo porque una bala lo había privado de ciertas partes esenciales de su anatomía. Golpeó tres veces sus manos. Los dos disparos fueron simultáneos. El cónsul cayó muerto; la bala le había entrado precisamente entre ambos ojos. Dejó una viuda y seis huérfanos.
Miranda quedó ileso; era la primera vez que se batía en duelo. Se dejó al desgraciado cónsul en manos del doctor, y montando a caballo, los testigos salieron lejos a buscar un asilo, porque los duelos eran prohibidos y era por lo tanto prudente mantenerse apartados durante algún tiempo.
El cónsul holandés era un compañero alegre, un marinero que apostaba fuertes sumas cuando la ocasión se presentaba, en forma por cierto muy interesada, tal como se puede juzgar: se estaba jugando con fuertes apuestas en casa del señor Illingworth; la mesa estaba cubierta por el dinero de las apuestas. A las 11 de la noche ocurrió un sismo fuerte. Todo el mundo huyó, el cónsul como los demás; pero fue el único que recogió su oro antes de salir del salón.
El comandante Miranda también tuvo un fin triste. Seis meses más tarde su escuadrón de lanceros se rebeló; fue masacrado por sus soldados, unos malvados casi todos llaneros. El ejército entraba en la vía de la indisciplina; comenzaba a matar a sus oficiales.
El general Santander
Yo he conservado un recuerdo poco agradable del general Santander. Era vicepresidente de la República cuando llegué a Bogotá. Buen mozo, con una figura interesante, ojos un poco oblicuos que demostraban su sangre india, de finos modales, instruido y muy trabajador. Había servido con distinción durante la guerra, de la Independencia, de la cual había participado en todas las campañas, tanto en los llanos como en las cordilleras. Era un buen jefe de estado mayor en toda la extensión de la palabra. Se cuestionaba su valor, injustamente tal vez, puesto que se decía que en lo más álgido de la batalla de Boyacá, fue obligado a retirarse a una casa, atacado por un cólico nefrítico, habiendo salido cuando ya todo había terminado. A pesar de la maledicencia, este cólico no había sido simulado; sufría de ellos frecuentemente y a su muerte se le encontraron varios cálculos urinarios en la vejiga.
Santander terminó por conspirar contra Bolívar. Se exiló y regresó a América cuando yo iba a embarcarme para Nueva York. Almorcé con él en su casa en Santa Marta y me dio noticias de mis amigos de París: de Brongniart, de Humboldt, de Arago, etc.
