CAPÍTULO XII
 

 

El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.
 

 

La arenisca de la meseta de la Cordillera Oriental presenta dos accidentes de terreno que ya he descrito: El “Hueco del Aire” cerca de Vélez y el puente natural de Icononzo entre Melgar y Pandi. No me queda por describir sino la incomparable caída del río Bogotá, en Funza de los muiscas, el Salto de Tequendama. Desde la capilla Guadalupe, de donde la vista alcanza a todo el llano de Bogotá, llama la atención al sur oeste, una permanente columna de vapor que se eleva por encima de la grande y admirable cascada del Tequendama que se encuentra a 3 leguas de Bogotá y un poco al sur del pueblo de Soacha.

Humboldt ha dicho: “El Salto de Tequendama debe su aspecto imponente a la relación de su altura y de la masa de agua que se precipita. El río Bogotá, después de haber regado el pantano de Funza, cubierto de bellas plantas acuáticas, se angosta y vuelve a su lecho cerca de Canoas. Allí tiene todavía 45 metros de ancho. En la época de las grandes sequías me ha parecido, suponiendo al río cortado por un plan perpendicular, que la masa de agua presenta una sección de 700 a 780 pies cuadrados (74 a 82,50 metros cuadrados). El gran muro de roca, cuyas paredes baña la cascada y que por su blancura y la regularidad de sus capas horizontales recuerda el calcáreo jurásico; los reflejos de la luz que se rompe en la nube de vapor que flota sin cesar por encima de la catarata; la división al infinito de esta masa vaporosa que vuelve a caer en perlas húmedas y deja detrás de sí algo como una cola de corneta; el ruido de la cascada parecido al rugir del trueno y repetido por los ecos de las montañas; la oscuridad del abismo; el contraste entre los robles que arriba recuerdan la vegetación de Europa y las plantas tropicales que crecen al pie de la cascada, todo se reúne para dar a esta escena indescriptible un carácter individual y grandioso. Solamente cuando el río Bogotá está crecido, es cuando se precipita perpendicularmente y de un solo salto, sin ser detenido por las asperezas de la roca. Al contrario, cuando las aguas están bajas, y así es como las he visto, el espectáculo es más animado. Sobre la roca existen dos salientes: la una a 10 metros y la otra a 60 metros; éstas producen una sucesión de cascadas, debajo de las cuales todo se pierde en un mar de espuma y de vapor”.

No se podría añadir sino algunos detalles a esta página trazada por uno de los grandes pintores de la naturaleza. Efectivamente, cerca de la mina de Canoas, el río Bogotá pierde su placidez y toma el aspecto de un torrente. Se dirige hacia una cadena de colinas que limitan la meseta al sur oeste y en donde existe algo así como una brecha o un canal que tiene únicamente doce metros de ancho y por el cual las aguas se precipitan.

Humboldt ha llamado la atención sobre el hecho de que si esta salida se cerrase, no cabría ninguna duda de que a pesar de la evaporación, el insignificante pantano de Funza se transformaría en lago alpino. De acuerdo con las observaciones barométricas, el fondo del canal es 183 metros más bajo que el río Bogotá en la sabana, en el Puente del Común.

   Río en el Puente del Común             2.605 metros
   Altura del Salto de Tequendama        2.422     "
   Diferencia                                       183     "

Las riberas en la garganta del Tequendama se embellecen con una abundante vegetación arborescente: beffarias resinosas, urcuas, melastomasy aralias. El terreno es de arenisca en capas poco espesas y casi horizontales como en el puente de Icononzo, que está a 7 u 8 leguas de distancia y cuya fisura no deja de tener analogía con el abismo de paredes verticales donde cae el río Bogotá.

Siguiendo un estrecho sendero se llega sin dificultad a un sitio horizontal, un tanto por debajo del principio y sobre el costado occidental de la caída. Se encuentra uno sobre un muro de arenisca cortado verticalmente, al borde del precipicio. Una cavidad tallada en la roca y en la cual se puede entrar hasta la cintura, permite mirar sin peligro la cascada, en toda su extensión vertical. Dos o tres árboles que se encuentran sobre ese terreno y de los cuales uno se puede sostener, dan una seguridad suficiente para lanzar un vistazo hacia el abismo. Conocí una sola persona a quien tendré ocasión de nombrar, que tuvo la suficiente audacia para permanecer de pie sin ningún soporte, al borde de la roca sin sentir vértigo.

Todas las veces que visité el Tequendama, fue durante la estación lluviosa y por lo tanto no había sino una sola cascada. Se distinguía una capa de agua continua, hasta una cierta profundidad en donde comenzaba a diluirse y hacia el final de la caída ya no se veía el líquido y se podía creer que era un alud de copos de nieve.

Instalado en mi cavidad me extasiaba, pues me imaginaba que la cascada hablaba, amenazaba, se peleaba, rugía con ecos prolongados y formidables. Por efecto de la agitación del aire esas voces infernales se modificaban tomando las más curiosas entonaciones. En dos oportunidades mis compañeros se vieron obligados a arrancarme de mi observatorio en donde me sostenía de alguna manera suspendido por encima del caos.

En la posición que ocupaba, muy poco por encima del tramo superior, se encuentra uno mejor colocado para juzgar el efecto de la catarata, que sobre algún otro punto más elevado. Allí, como lo he podido constatar, no se ve sino una niebla espesa de donde sale un ruido formidable y es que, sobre el Tequendama, existe siempre esta alta columna de agua pulverizada que, a pesar de la distancia, se ve desde las montañas de Bogotá, la cual vuelve a caer en gotas extremadamente tenues. Así, cuando el Sol en el levante alcanza la altura de 40° a 45°, aparecen arcos irisados concéntricos.

Las tentativas hechas para llegar al pie de la cascada bajando por la quebrada de Povara, no han resultado y no ha sido posible encontrar un sitio desde donde uno pueda abarcar todo el conjunto. Humboldt y Boulin pensaban haber llegado de 40 a 60 metros abajo de la caída, pero la corriente de agua era de tal violencia que fue imposible remontarla. Las observaciones barométricas hechas por esos viajeros, comparadas con las que se hicieron en la cima, han dado los resultados más erróneos para calcular la altura de la caída. Una piedra que dejé caer desde el sitio donde me había colocado, tomó en promedio, 5,7 segundos para llegar al fondo.

                Caldas había encontrado      6
                Humboldt                          6 

La medida de la profundidad por medio de la caída de un cuerpo sólido, en las condiciones en las cuales nosotros la observábamos, no podía ser exacta. El único resultado aceptable es el obtenido por el barón Gros y Joaquín Acosta por medio de una plomada, perfectamente instalada. Obtuvieron como altura de la cascada 146 metros, cifra que por una coincidencia singular es, precisamente, la altura de la más elevada de las pirámides de Egipto.

Como se ve, estamos lejos de la de una legua dada por algunos turistas extraños a la ciencia. Como lo ha dicho Bouguer con la autoridad de un hombre que ha practicado la geodesia en los Andes, se debe ser muy cuidadoso con el empleo de la palabra “legua” cuando se trata de altura.

El río Bogotá corre, después de su caída, de 20 a 25 kilómetros antes de entrar en el río Magdalena.

Sobre una saliente de una roca del Tequendama se puede ver, según me lo han asegurado, una botella y se afirma que fui yo quien la colocó en ese sitio, evidentemente, inaccesible. He tratado de defenderme de esta proeza, pero persisten en atribuirme el milagro. Decididamente es la “botella del comandante don Juan”. Ahora es una leyenda.

La bella pintura del barón Gros y una excelente fotografía que poseo, están lejos de dar una idea del fenómeno que se puede admirar en el Tequendama. A esas reproducciones, de una exactitud incontestable, falta lo que produce la emoción: la vitalidad, el movimiento, inclusive diría yo que la palabra: el agua está inmóvil y muda.

Jamás había visto yo la cascada en época de sequía, cuando cae en dos o tres saltos, así que acepté con entusiasmo la invitación que me hicieron algunos amigos de unírmeles para un paseo al Tequendama.

Estábamos en pleno verano, tiempo seco, y la cita fue por la mañana a las 8 en la calle de la Carrera, delante de la casa de Illingworth. A la hora indicada me puse en camino y alcancé a ver de lejos un grupo de jinetes que iban adelante y entre ellos, para mi sorpresa, un oficial superior. Sin embargo, de acuerdo con lo convenido, todos debíamos estar en traje civil. Cuando me acerqué para saludar al coronel, él maniobró de manera de esconder su rostro, de lo cual resultó una escena de equitación bastante curiosa por algunos momentos; luego mirándome soltó la risa y vi que el oficial era una mujer muy bonita, a pesar de su enorme mostacho: Manuelita, la amante titular de Bolívar. 

Nos dirigimos hacia Soacha acompañados de una mula cargada de vinos y de comestibles. El tiempo era espléndido, una de esas mañanas vigorizantes, como solamente se ven en las mesetas de las cordilleras. Los caballos piafaban y tascaban el freno hasta el momento de partir; entonces hubo un galope fantástico (y pensar que he corrido así). Nos acercábamos a la loma de Canoas cuando el coronel Manuelita tuvo una caída, que nos aterró: él —o ella— salió de la silla y fue a caer a seis pasos de su caballo. Aturdida por el golpe quedó sin movimiento, pero felizmente el doctor Cheyne, un espléndido escocés iba con nosotros; al desabotonar el uniforme del coronel le dije al doctor: —“¡Haga una exploración, ya que Ud. tiene conocimientos de los seres!” —“Mala lengua”, dijo Manuelita. Terminado el examen se vio que no había pasado nada grave: una muy ligera luxación del hombro izquierdo. La coronela, a quien yo le había quitado los mostachos, subió de nuevo a la silla sin dificultad y yendo al paso llegamos a Canoas, en donde dejamos los caballos para seguir por el estrecho sendero que llega al sitio desde donde se ve la cascada. Aquí tuvo lugar una seria discusión: Propuse admirar, en primer término, la caída de agua y almorzar en seguida; Illingworth opinaba lo mismo, pero la coronela propuso el almuerzo inmediato y en seguida, en un mantel puesto sobre la hierba, se sirvieron los alimentos más delicados y vinos más exquisitos, entre los cuales descollaba el champaña.

El camino había desarrollado el apetito y se devoró y bebió en exceso. La coronela, muy comunicativa, daba muestras de una loca alegría y yo me decía a mí mismo, para no entristecer la reunión: -“Somos 8 personas y es de temer que por lo menos uno de nosotros caiga al abismo”. Un misionero inglés improvisaba versos sin sentido sobre el infierno, el paraíso y el fin del mundo; dos irlandeses más que ebrios, se durmieron y procedieron a roncar como para insultar la bella naturaleza; yo los observaba cuando vi a Manuelita, de pie, al borde del precipicio, haciendo gestos muy peligrosos; lo que ella decía no se oía por el ruido del Tequendama. De inmediato me lancé hacia ella y tomándola por el cuello del vestido, quise colocarla en mi observatorio, cosa imposible pues la lucha se convertía en algo arriesgado; entonces me dejé resbalar dentro de la cavidad desde donde así fuertemente su pierna, mientras que el doctor Cheyne, quien comprendió el peligro que corría esta loca y bebida mujer, se prendió a un árbol mientras enrollaba a su brazo izquierdo las largas y magníficas trenzas de la imprudente que parecía resuelta a saltar al vacío.

Así pasamos Cheyne y yo un terrible cuarto de hora, hasta que al fin, con intervención de los amigos, se pudo llevar a la joven a un sitio seguro. Una vez reunidos, resolvimos regresar; los dos irlandeses roncaban todavía y les vertí agua en la espalda; se despertaron sobresaltados, convencidos de que habían caído a la cascada. Antes de partir lanzamos las botellas vacías al Tequendama; puede que alguna de ellas cayera, sin romperse, sobre una saliente roca cubierta de musgo: ¿seña ese el origen de la leyenda de “la botella del comandante don Juan?”

Regresamos a Bogotá al trote, tranquilamente y bien cansados. A la caída del Sol entrábamos a la ciudad. Por la tarde los excursionistas del Tequendama estábamos reunidos en los salones de Manuelita, quien lucía fresca y adornados sus cabellos con flores naturales. Estuvo encantadora y amable con cada uno de nosotros; habló del salto con entusiasmo: “Allá volveremos y pronto”, decía. ¡Qué persona tan extraordinaria Manuelita! Qué de debilidades, de ligerezas, de valor y devoción a sus amigos. Se podría decir de ella: “es un amigo seguro, pero una amante infiel”.

Quiero intentar trazar dejando correr mi pluma, el recuento de su vida excéntrica. Las informaciones más singulares las recibí de ella misma o de sus íntimos. Nunca intentó esconder la ligereza de sus actos; éramos sus confesores y la adorábamos. Bolívar la idolatraba y la celaba al exceso. 

 

Manuelita Sáenz
 

Manuelita no confesaba su edad. Cuando la conocí parecía tener de 29 a 30 años; estaba entonces en todo el esplendor de su belleza no muy clásica: bella mujer, ligeramente rolliza, de ojos pardos, mirada indecisa, tez blanca y sonrosada y cabellos negros. Su manera de ser era bien incomprensible; tan pronto lucía como una gran señora, o como una “ñapanga” cualquiera; bailaba con igual perfección el minuet o la “cachuca” (el cancán). Su conversación no tenía ningún interés, cuando se salía de los adornos galantes; era burlona, pero carecía de gracia; ceceaba ligeramente con intención, como lo hacen las señoras del Ecuador. Tenía un secreto atractivo para hacerse adorar y el doctor Cheyne decía de ella: “¡es una mujer de una conformación singular!”; jamás le pude hacer explicar cómo estaba conformada.

Manuelita Sáenz nació a principios del siglo en Quito donde su padre mantenía un comercio importante con España. En su primera juventud lo acompañaba en sus viajes por la costa del Perú, de Guayaquil a Lima, en donde debió ser una especie de reina durante un corto periodo. A los 17 años entró como interna a un convento en donde aprendió las labores de aguja y los bordados en oro y plata que son motivo de admiración para los extranjeros, luego le enseñaron la preparación de helados, sorbetes y confituras. Las religiosas instruían a sus discípulas en la lectura y la escritura, únicos conocimientos que posee una joven de buena sociedad. Las damas suramericanas, gracias a su vivacidad y a sus perfecciones naturales, son a pesar de eso mujeres agradables, pero absolutamente privadas de instrucción. En mi época no leían jamás, ni siquiera malos libros, aun cuando, sin duda, existían raras excepciones.

Un joven oficial, Delhuyart, raptó a Manuelita Sáenz del convento; éste era hijo del químico a quien se le debe el descubrimiento del tungsteno y que como ingeniero al servicio de España, había sido enviado a América. Manuelita jamás hablaba de su fuga del convento; ¿fue abandonada por su raptor y reintegrada a su familia? Esto lo ignoro. Se la encuentra de nuevo en Lima, hacia el principio de la invasión de las tropas libertadoras del Perú, comandadas por Bolívar. Estaba entonces casada con un médico inglés muy respetable a quien dejó para vivir con el Libertador, en ese entonces en el pináculo de su gloria y con todo el poder dictatorial.

La conducta del Libertador fue universalmente censurada. El marido reclamaba a su mujer en los términos más fervientes: a nadie le preocupó y si no me equivoco, recibió orden de salir del Perú. De todas maneras la opinión pública se pronunció en tal forma contra este abuso de poder, que Bolívar resolvió enviar a Manuelita a la Nueva Granada, a Bogotá, en donde la conocí. En Lima Manuelita había sido de una inconsecuencia increíble; se convirtió en una Mesalina y los edecanes me contaron cosas insólitas: el único que las ignoraba era el general Bolívar. Los amantes, cuando están bien enamorados, son tan ciegos como los maridos. Una noche hacia las 11 ella iba hacia palacio, en donde el Libertador la esperaba con impaciencia; se le ocurrió pasar por el cuerpo de guardia en donde se encontraba un piquete de soldados a las órdenes de un joven teniente; la loca comenzó a bromear con los soldados, incluyendo al tambor; pronto el general fue el más feliz de los hombres. Usualmente era de noche cuando Manuelita iba donde el general; en una ocasión llegó inesperadamente y encontró en la cama de Bolívar un magnífico zarcillo de diamantes. Sucedió entonces una escena indescriptible: Manuelita, furiosa, quería arrancarle los ojos al Libertador; en ese entonces era una mujer vigorosa y estrechó tan fuertemente a su infiel que el pobre grande hombre se vio obligado a pedir socorro. A dos edecanes les costó trabajo arrancarlo de las garras de la tigresa, mientras él no cesaba de decirle: “Manuelita, tú te pierdes”. 

Las uñas, por cierto muy bonitas, habían hecho tales estragos en la cara del infeliz, que tuvo que permanecer en su cuarto durante 8 días, debido a una gripa, como lo decía el estado mayor. Pero durante esos 8 días el herido recibió los cuidados más solícitos, los más enternecedores, de su querida gata.

Manuelita había terminado por hacerle creer al general todo lo que ella que ¡júzguese si no! En el curso de una conversación íntima con sus oficiales, Bolívar llegó a sostener que jamás había podido constatar que Manuelita satisfaciera algunas necesidades que siente toda la humanidad; como ellos se manifestaran incrédulos, él añadió que tenía pruebas sobre lo que había dicho. En el curso de una navegación en el Océano Pacífico, Manuelita aceptó dejarse encerrar en una cabina que era vigilada con atención; un guardia permanecía en la puerta; la observación duró 8 días durante los cuales la prisionera no hizo ninguna emisión. Se puede pensar que sucede con frecuencia a personas embarcadas que no pueden ir al excusado por 8, 10 o 15 días y éste es un hecho conocido de los marinos; sin embargo prefiero admitir que Manuelita usó la superchería:

Hay que saber que ella nunca se separaba de una joven esclava, mulata de pelo lanoso y ensortijado, hermosa mujer siempre vestida de soldado, excepto en las circunstancias que contaré más adelante. Ella era la sombra de su ama; tal vez también, pero esta es una suposición, la amante de su ama, de acuerdo con un vicio muy común en el Perú, del cual fui testigo ocular con algunos camaradas, con quienes nos habíamos cotizado para asistir a la ceremonia impura, pero muy divertida, de una tertulia. Además no hacíamos gala de una moralidad muy severa. La mulata no tenía ningún interés en hacerse pasar por un ángel; encerrada con Manuelita en el camarote podía salir y entrar libremente. Se puede adivinar el resto. Bolívar se había convertido en el Libertador del Perú. La batalla de Ayacucho, ganada por Sucre, había destruido las fuerzas españolas; este militar nombrado gran mariscal de Ayacucho, fue hecho presidente vitalicio del nuevo estado fundado en el Alto Perú (Bolivia).

El Libertador en el colmo de la gloria, iba a ver llegar, cosa que se encuentra dentro del orden natural, la época de las decepciones. La ejecución del conde de Torretagle, acusado de haber conspirado en favor de la madre patria, trajo un cambio en los sentimientos de la población peruana, en lo que se relacionara con el ejército colombiano. Las damas de Lima corrompían a los oficiales libertadores. El ocio de las tropas mal disciplinadas hizo nacer la insurrección. Varios escuadrones se rebelaron contra la autoridad de Sucre. En Lima, toda una división se levantó, los jefes fueron encarcelados por sus soldados y, en una palabra, apenas Bolívar dejó la ciudad, un ejército peruano se levantó contra el ejército colombiano que los había liberado; se organizaron guerrillas en el Ecuador, en la Provincia de Pasto.

El Libertador había previsto estos movimientos y habiendo decidido regresar a Bogotá antes de que estallaran, despachó a su querida Manuelita al Ecuador, quien al desembarcar en Guayaquil partió hacia Quito acompañada de una escolta de 4 granaderos escogidos por ella misma, entre los mejor parecidos del escuadrón; marcharon en jornadas cortas, sin otra sirvienta que su mulata y en cinco días llegó a su ciudad natal. Una indiscreción del brigadier hizo que se conocieran los incidentes eróticos del camino.

Después de haber pasado un tiempo con su familia, Manuelita emprendió viaje hacia la Nueva Granada en compañía de mi amigo el coronel Demarquet, quien siempre afirmó haber sido un compañero platónico.

Manuelita se estableció en Bogotá en una encantadora residencia y recibía casi a diario noticias de su amigo a quien las circunstancias retenían en el Perú. Fue en Bogotá en donde la conocí y de quien contaré las excentricidades lo mismo que su valor y la devoción por sus amigos. 

Manuelita siempre estaba visible; en la mañana llevaba una bata de cama que tenía su atractivo; sus brazos, generalmente desnudos que se guardaba muy bien de disimular; bordaba mostrando los más lindos dedos del mundo; hablaba poco, fumaba con gracia y su manera era modesta. Daba y recibía noticias; durante el día salía vestida de oficial y en la noche sobrevenía la metamorfosis, gracias, creo yo, a la influencia de unos vasos de vino de Oporto que le gustaba mucho; usaba colorete y sus cabellos siempre estaban artísticamente arreglados; tenía mucha vida, era alegre sin mucha gracia y a veces usaba expresiones bastante arriesgadas.

Como todas las favoritas de los personajes políticos, atraía a los cortesanos y su amabilidad y generosidad no tenían límites. Imprudente en exceso, cometía los actos más vituperables por el solo placer de cometerlos. Un día, cabalgando por las calles de Bogotá, vio a un soldado que llevaba la consigna de acción en una nota colocada, como de costumbre, en la extremidad de su fusil; lanzarse al galope sobre el pobre infante, quitarle al paso la nota y leerla, fue asunto de un instante. El soldado disparó sobre ella y regresó sobre sus pasos para devolver el santo y seña. ¡Un acto de locura!

Ella adoraba los animales y era dueña de un osezno insorportable que tenía el privilegio de circular por toda la casa. Al feo animal le gustaba jugar con los visitantes; si se le acariciaba arañaba las manos o se prendía de las piernas, de donde era difícil retirarlo. Una mañana hice una visita a Manuelita y como no se había levantado todavía, tuve que entrar a la alcoba y vi una escena aterradora: el oso estaba tendido sobre su ama, con sus horribles garras posadas sobre sus senos. Al verme entrar, Manuelita me dijo con gran calma: —“Don Juan, vaya a la cocina y traiga un jarro de leche que colocará al pie de la cama: este diablo de oso no quiere dejarme”. La leche llegó, el animal dejó lentamente a su víctima y bajó para beber; después llamé a un hombre, quien me ayudó a encadenarlo y llevarlo al patio a pesar de sus gruñidos. Algunos días después lo hice ejecutar. Fue un inglés, Coxe, quien lo hizo.

— "Vea Ud. decía Manuelita, mostrándome sus pechos, no estoy herida”.

Se contaban escenas increíbles que sucedían donde Manuelita y en las cuales, la mulata soldado, tenía el papel principal. Esta mulata, el álter ego de su ama, era un ser singular, una comedianta, una imitadora de primera magnitud, que habría tenido gran éxito en el teatro. Tenía una facultad de imitación increíble; su rostro era impasible; como actriz o como actor, exponía las cosas más divertidas, con una seriedad imperturbable. La oí imitar a un monje predicando la Pasión; ¡nada más risible! Durante cerca de una hora nos tuvo bajo el encanto de su elocuencia, de su gesto y de las perfectas entonaciones de su voz.

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