Aseguraban, pero estoy convencido de que esto no era cierto, que en una escena de la Pasión habían crucificado a un mico. La verdad es que tenían la tendencia de burlarse de las cosas sagradas, afición muy imprudente e indecente.

Estos espectáculos no se efectuaban sino en las reuniones íntimas; así la mulata tomaba los vestidos de su sexo como el de ñapanga de Quito, ejecutaba las danzas más lascivas para nuestra gran satisfacción; entre otras, un paso cuyo nombre he olvidado: la bailarina giraba sobre sí misma con gran rapidez, se detenía y se agachaba con su falda llena de aire, haciendo lo que los niños llaman “un queso” y seguía bajando hasta el suelo y al levantarse se alejaba dando vueltas de nuevo, pero en el sitio en donde había caído, se podía uno dar cuenta de que había hecho contacto con el piso. Esto arrancaba aplausos unánimes y era de una obscenidad asquerosa. Pronto la bailarina volvía vestida con su uniforme militar, tan sería que parecía que no era ella quien hubiese hecho esa escandalosa representación.

Jamás se conoció un amante de la mulata y creo que nunca amó con amor sino a Manuelita. En cuanto a Manuelita, yo no le conocí en Bogotá sino dos enamorados ostensibles: el doctor Cheyne y un joven inglés de apellido Wills; ¡ningún otro!

¡Y nuestro querido Libertador escribía a mi amigo Illingworth pidiéndole que la vigilara bien y le diera buenos consejos! 

Manuelita llevaba la excentricidad hasta la locura. Yendo de Bogotá hacia el valle del Magdalena, llegué una tarde a Guaduas; el coronel Acosta, en cuya casa me iba a hospedar, vino a mí llorando para decirme que Manuelita se moría, que se había hecho morder por una serpiente de las más venenosas. ¿Sería un suicidio? ¿Quería ella morir como Cleopatra? Fui a verla y la encontré tendida sobre un canapé, con el brazo derecho hinchado hasta el hombro. ¡Qué bella estaba Manuelita mientras me explicaba que había querido darse cuenta si el veneno de la serpiente que me mostró, era tan fuerte como se decía! Inmediatamente después de la mordedura se hizo que tomase bebidas alcohólicas calientes que es el remedio empleado por las gentes del país. Prescribí un ponche basándome en la opinión anterior muy acreditada en América del Sur, la cual asegura que la borrachera impide la acción del veneno; luego se le aplicaron cataplasmas en el brazo y Manuelita se durmió; al día siguiente estaba bien. La dejé persuadido de que había atentado contra sus días. ¿Por qué?.

¡La buena Manuelita era una de las mujeres livianas más curiosa! Una tarde pasé por su casa para recibir una carta de recomendación que me había prometido, dirigida a su hermano, el general Sáenz, quien residía en el Ecuador, a donde yo debía viajar. Se acababa de levantar de la mesa y me recibió en un pequeño salón y en el curso de la conversación elogió la habilidad de sus compatriotas quiteñas para el bordado y como prueba se empeñó en mostrarme una camisa artísticamente trabajada. Entonces, sin más ni más y con la mayor naturalidad, tomó la camisa que tenía puesta y la levantó de manera que yo pudiese examinar la obra de sus amigas. ¡Desde luego fui obligado a ver algo más que la tela bordada! y ella me dijo:

—“Mire, don Juan, ¡cómo están hechas!”
—“Pero, hechas en torno”, contesté yo haciendo alusión a sus piernas.

La situación se estaba convirtiendo en un problema para mi pudor, cuando me sacó de peligro la entrada de Wills, a quien ella dijo, sin desconcertarse:

—“Muestro a don Juan bordados de Quito”. 

Tiempo después, durante una cena en casa de Poncelet, Mago contaba esta historia al edecán de Luis Felipe, general Baudrad, añadiendo: “¡Esto no se inventa!” Lo que tal vez quería decir era que la prueba de la veracidad se encontraba en lo extraordinario del suceso.

Manuelita aborrecía el matrimonio y sin embargo tenía la manía de casar a las personas, como diciéndoles: —“ ¡El himeneo no obliga a nada, es una pasión de placer!” Especialmente yo fui uno de los escogidos para ser sus víctimas: hay que saber que en ese entonces en la América española, el matrimonio era un acto puramente religioso. Era suficiente que en presencia de un sacerdote, los futuros declararan que deseaban ser unidos; recibían la bendición y ahí terminaba todo. Se casaban en cualquier parte: en la calle, en el baile y así muchos de mis camaradas quedaron casados entre dos vasos de ponche, entre otros el coronel Demarquet, quien después se mordía los dedos, aunque su mujer fuera bella, encantadora y procedente de una familia muy honorable.

Una noche había tertulia en casa de Pepe París, quien se había convertido en hombre acaudalado explotando las minas de esmeraldas. Su hija era una persona deliciosa, muy bajita, 1,50 metros y realmente había una afinidad entre ella y yo. Manuelita participaba en la reunión y al filo de la media noche, cuando todos estábamos un tanto sobreexcitados, un amigo inglés se acercó para decirme al oído: —“Don Juan, tenga cuidado, hay un cura que va a hacer su aparición”. Entonces, sin que nadie se diera cuenta, procedí a retirarme discretamente.

A pocos días de esto, me encontré con ni novia Manuelita —precisamente el mismo nombre de la favorita— y le planteé claramente la propuesta de matrimonio, con la condición de que tendría que vivir en Europa. Manuelita no tenía inconveniente en pasar una temporada en Francia; pero me declaró francamente que no le gustaría establecerse allá. La dejé, después de haberle besado su mano en miniatura; mi asistente me esperaba en la puerta de la casa; salté a caballo y salí para el Magdalena. No volví a ver a la pequeña y graciosa Manuelita París.

Dejo las excentricidades, las inconsecuencias y lo que se podría llamar actos de locura de la otra Manuelita, para mostrar el valor y la abnegación de que era capaz.

Ella había dado pruebas de su valor militar; al lado del general Sucre, asistió lanza en mano, a la batalla de Ayacucho, último encuentro que tuvo lugar entre americanos y españoles, en donde recogió, a manera de trofeo, los estupendos mostachos de los que se hizo hacer postizos.

Se puede decir que tenía entrenamiento, de lo cual no cabe duda, pero Manuelita, como se va a ver, estaba dotada de gran valor, de sangre fría y de una calma increíbles, en las circunstancias más peligrosas.

Tan pronto el general Bolívar dejó el Perú, qué ilusoriamente creía pacificado y organizado, comenzaron los movimientos de insurrección que estallaron desde Bolivia hasta Lima. La tercera división auxiliar se levantó contra sus jefes y se puso bajo las órdenes de generales peruanos que surgían como hongos, héroes de un día, desaparecidos al siguiente. Es un hecho histórico que a los libertadores primero se les aclama y después se les detesta. El reconocimiento y la gratitud no existen en política por una sencilla razón: un pueblo que no conquista por sí mismo su libertad, se encuentra a la merced de aquellos que lo han liberado. ¿Qué se podía esperar en el Perú del ejército libertador, soldadesca indisciplinada y corrompida? Durante un año, 1827 a 1828, no hubo sino revoluciones locales desde Guayaquil hasta Caracas. Bolívar cosechaba lo que habíamos sembrado. Con el militarismo solamente se funda la opresión. Jamás, dígase lo que se diga, este hombre eminente o más bien, perseverante, se preocupó por organizar el país. No era capaz de hacerlo; no comprendió que después de la expulsión del ejército español, su misión había sido cumplida, que debía retirarse y dejar a otros el cuidado de establecer un gobierno civil. 

Las clases inferiores, como siempre, permanecían indiferentes a todas las agitaciones, solamente las padecían; se les arruinaba con exacciones incesantes, pero en lo que se podría llamar como las clases pensantes, si no esclarecidas, se había formado una viva reacción contra el gobierno militar bajo el cual se vivía desde hacía casi 15 años. Venezuela, la Nueva Granada y el Ecuador, unidos en una causa común como era la separación de las colonias españolas de la madre patria, querían constituirse en estados diferentes. A un gobierno central le quedaba difícil administrar una extensión tan considerable.

De acuerdo con la ley llegó la época de la revisión de la Constitución de Cúcuta. La convención se reunió en Ocaña, pero fue disuelta inmediatamente por el partido militar.

Un congreso improvisado en Bogotá proclamó a Bolívar dictador supremo y naturalmente llegaron las adhesiones de todos los puntos del territorio. El dictador subió al poder el 24 de junio de 1828; promulgó algunas medidas financieras que no tuvieron éxito, pues las arcas del estado estaba vacías; llovieron los decretos, las proclamas y las declaraciones patrióticas. A pesar de los memoriales aprobatorios de las poblaciones, no podía desconocerse que se manifestaba, por todas partes, una especie de fermentación silenciosa contra lo que llamaban y no sin razón, el despotismo de Bolívar. Guayaquil, Quito y Caracas ya no obedecían a las órdenes que emanaban de Bogotá; de hecho, el gobierno central ya no existía. Había partidarios levantados en favor de España en las costas, en los llanos de Venezuela y en la Provincia de los Pastos. A pesar de lo que dijeran las autoridades, se estaba en la más completa anarquía; en Bogotá el partido monárquico conspiraba activamente, se llevaban a cabo reuniones nocturnas en casa de los hombres más importantes; nadie se escondía, la policía lo sabía y no hacían nada; hay que decirlo, se temía a los conspiradores, quienes, después de todo conspiraban en favor de la libertad, ésta era su excusa y su fuerza; aun cuando en realidad entre muchos de ellos hubiera más ambición que patriotismo.

La sociedad más activa era la de los jóvenes que se reunían para estudiar; muchos eran profesionales o alumnos del Colegio de San Bartolomé; su objetivo secreto era el de expulsar al gobierno del Libertador. Se supo después que este movimiento estaba dirigido por un viejo francés, Argagnil, uno de los |sans culottes de Marsella en 1793, por otro francés muy exaltado, Auguste Horment y por un oficial venezolano, el comandante Pedro Carujo. La sociedad había decidido al principio que la revolución estallaría el 28 de octubre en el curso de una fiesta que se le ofrecería a Bolívar para celebrar el día de San Simón. Diversas circunstancias les impidieron actuar.

Las sociedades secretas son generalmente traicionadas por la imprudencia de sus afiliados; esto fue lo que sucedió el 25 de septiembre. Un oficial, Francisco Salazar, informó a la policía que un tal Benedicto Triana le había propuesto participar en una conspiración que tenía por objeto asesinar al Libertador. Triana fue inmediatamente detenido e interrogado, pero no se le encontró nada comprometedor y no se tomó ninguna medida. Sin embargo, los conjurados creyendo haber sido descubiertos, se reunieron al atardecer en casa de uno de ellos, Luis Vargas Tejada; se convino en actuar sin demora, los papeles fueron distribuidos: se contaba con el jefe del estado mayor, Ramón Guerra, con el comandante de las baterías de artillería, Rudesindo Silva, con varios oficiales y algunos estudiantes. Los comandantes Carujo, Horment, Sulaivar y el teniente López, fueron encargados de atacar el palacio y de asesinar a Bolívar. A media noche, encabezando un piquete de artilleros seguido de conjurados, Canijo sorprendió al oficial de guardia, degolló a los centinelas y penetró en el palacio, después de haber hecho prisioneros a los hombres de turno. Un joven edecán, Ibarra, trató de detenerlos y fue derribado después de ser gravemente herido. Bolívar habitaba un entre suelo y los conjurados quisieron entrar allí, golpearon con fuerza y cuando iban a tumbar la puerta apareció Manuelita.

—“¿Qué desean ustedes?” les preguntó con gran calma.
—“¡A Bolívar!”
—“No está aquí, pueden buscarlo”.

Se buscó en vano porque ella, al escuchar el ruido, adivinó una conspiración e inmediatamente, con ayuda de una sábana atada a una ventana que daba sobre la calle, había hecho escapar al Libertador. Puede juzgarse cuál fue la sorpresa de los conjurados.

—“Pero dónde está el general?”
—“Está acostado”.
—“Llévenos a donde él esté”.
—“Bien, pero con una condición: que no lo matarán”.
—“Lo prometemos”.
—“Entonces síganme".

Manuelita, a la cabeza de estos hombres enfurecidos hasta la demencia, los hizo recorrer todos los pisos del palacio: se subió se bajó y al fin se regresó al punto de salida. La impaciencia de los conjurados era extrema: de pronto, Manuelita se volteó hacia la horda furiosa y les dijo: —“Usé una estratagema para ganar tiempo. Ya Bolívar está fuera de peligro; lo he hecho escapar por esta ventana. ¡Ahora mátenme!”, añadió cruzando los brazos sobre su pecho. La tumbaron, la maltrataron y uno de los conspiradores la golpeó en la cabeza con su bota; 10 puñales se levantaron sobre ella que no dejaba de gritarles: —“¡Pero mátenme, cobardes, maten a una mujer!”. 

Tiempo después todavía se veía sobre la frente de Manuelita el rastro del golpe que le habían dado. 

Los conspiradores salieron de palacio desesperados de que su víctima se hubiera escapado, gritando “el tirano ha muerto”. Al salir encontraron al coronel Ferguson, edecán de servicio, quien se dirigía a su puesto: Canijo lo mató de un tiro de pistola. El “tirano”, una vez en la calle, corrió a esconderse en los pliegues del terreno, por donde corre un riachuelo, mientras se terminaba el drama que casi le cuesta la vida. Existía en Bogotá el batallón Vargas, cuyo cuartel Silva atacó sin éxito, con una batería de artillería. Los soldados dispararon desde las ventanas sobre los artilleros, tomaron los cañones y logrando una salida, persiguieron a los atacantes en todas direcciones. El general se puso a la cabeza de las tropas que permanecían fieles y lanzó, en persecución de los revoltosos, a los granaderos montados, quienes hicieron numerosos prisioneros. Sucedió lo que se puede observar en todos los golpes sorpresivos y es que los indecisos —que eran numerosos— se pronunciaron por los vencedores. Yo conocí a varios que se condujeron en esa forma, entre otros, al vicepresidente de la república general Santander.

En el curso de esta escena nocturna hubo mucha agitación; los bravos aparecieron cuando el peligro había pasado y cada uno hacía valer los servicios que había prestado, según aseguraba. Pero se puede afirmar que a quien se debió el éxito fue al batallón Vargas y especialmente a su comandante, el coronel Whitle, excelente y valeroso oficial cuyo triste fin tendré que contar más adelante.

Mientras se desarrollaban los sucesos que acabo de narrar, el Libertador había pasado 3 horas en el río San Francisco, dentro de la más viva inquietud. Cuando cesó el fuego ignoraba por completo el resultado de la conspiración. Sus amigos, después de la victoria, no sabían qué suerte había corrido; fue por casualidad que una de las patrullas del batallón Vargas pasó cerca del sitio en donde estaba escondido y oyó a los soldados que por medio de sus gritos de alegría informaban la derrota de los conjurados. Bolívar pudo entonces reunirse con sus amigos en la plaza de la Catedral; de allí, después de haber recorrido la ciudad, entró triunfante al palacio de donde, algunas horas antes, había salido lastimosamente por una ventana.

Los conspiradores perseguidos por la tropa y por el pueblo, fueron detenidos casi todos y el general Santander fue llevado a prisión al día siguiente, aun cuando no hubiese cooperado activamente en la revuelta.

Bolívar se afectó profundamente con los sucesos del 25 de septiembre y puede decirse que aun cuando escapó de milagro, fue realmente asesinado porque a partir de esa fecha su salud declinó muy rápidamente.

Un tribunal extraordinario formado por 4 oficiales superiores y 4 jueces civiles, procedió a juzgar a los prisioneros. Horment, Sulaivar, el comandante Silva y los tenientes Galindo y López fueron condenados y fusilados el 30 de septiembre. Se instituyó otro tribunal puramente militar presidido por el general Urdaneta, con la asesoría de mi amigo el coronel Barriga. El 2 de octubre se pronunció una sentencia de muerte contra el coronel Guerra y el general Padilla. Algunos días después —el 14— fueron pasados por las armas un joven muy instruido Pedro Celestino Azuero, profesor de filosofía en el Colegio de San Bartolomé y algunos artilleros. El miserable Garujo, asesino de Ferguson, escapó al suplicio, gracias a las revelaciones que hizo; varios de los conspiradores escaparon de la muerte porque huyeron o porque les fue conmutada la pena. González, cuya familia conocí, desapareció en los llanos y jamás, desde entonces se volvió a oír hablar de él. El proceso de Santander despertó un gran interés. El general no había tomado parte ostensible en el atentado del 25 de septiembre. De todas maneras el consejo de guerra lo condenó a ser pasado por las armas, pero el consejo de ministros opinó que era preferible conmutar esta pena por la del destierro. Algunos años después de estos sucesos, Bolívar había muerto y Santander regresaba a Colombia como presidente. Yo tuve la oportunidad de almorzar con él en Santa Marta, cuando yo regresaba a Francia. Se han discutido los motivos que tuvieron los conjurados para atentar contra la vida del Libertador y se creyó ver en este atentado la mano de España. Nada menos probable. Los conspiradores eran simplemente unos exaltados ambiciosos. En lo que se refiere a Horment, el cónsul general de Francia, el señor Martigny, me ha asegurado que en los papeles que él examinó después de la ejecución de este infeliz, no encontró sino cartas de familia, entre otras una muy afectuosa de su madre, dándole el consejo de no mezclarse en política.

Esa fue la conspiración del 25 de septiembre en la cual Manuelita mostró un gran corazón, audacia y una rara presencia de espíritu. Nada tan divertido como su relato de la fuga del general:

—“Figúrese que quería defenderse. ¡Dios mío! era divertido verlo en camisa y espada en mano. Don Quijote en persona; ¡si no lo hubiese hecho saltar por la ventana, habría sido hombre muerto!”.

¡Pobre Manuelita! Hacia el fin de su carrera, habiendo desaparecido ya Bolívar, cayó en la miseria. Un amigo la encontró en Paita, sobre la costa del Perú, vendiendo cigarros, siempre alegre, afable y lo que nada habría hecho prever en la época de su grandeza con una obesidad extraordinaria.

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