CAPÍTULO XIV
 

 

Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.  
 

Las cordilleras se desprenden del nudo que forman los Andes cerca del volcán de Pasto de Popayán. El río Cauca corre entre esas dos cadenas hasta Mompós, donde entra en el río de la Magdalena, del cual es el principal afluente. Las comunicaciones entre el valle del Magdalena y el del Cauca, son difíciles debido a la altura de la Cordillera Central que hay que franquear por senderos abiertos en espesas selvas.

Se conocen tres pasos en estas montañas: primero el paso de Guanacas, que sale del pueblo de Guanacas y llega a Popayán. Por esta vía viajan las mercancías enviadas de Bogotá al alto Cauca. Los transpones se hacen a lomo de mula, pero el paso del Páramo de Guanacas, cuya altitud es grande, no deja de tener peligros si consideramos las osamentas de mulas que se hallan en el camino; segundo, los pasos del Quindío, de Ibagué a Cartago, son los más frecuentados, pero los transportes se hacen a lomo de hombre, casi siempre entre la selva y al bajar hacia el Cauca, se atraviesan pantanos impracticables para las bestias de carga; tercero, más al norte se encuentra el páramo de Herveo, el cual siguen los cargueros que van de Mariquita a la Vega de Supía. Esta era una vía de comunicación más o menos abandonada cuando la industria minera, que se desarrolló nuevamente en Supía, la hizo renacer; cuarto, se introducen también, hacia el Valle del Cauca, mercancías que vienen de Europa que son transportadas por el río Magdalena hasta el río Nare y deben remontarlo hasta cerca de la población de Marinilla, depósito de donde se despacha a Medellín y a Antioquia. Este paso no es comparable a los de Guanacas, del Quindío y de Herveo, pues es una comunicación por agua, que termina en la pendiente de la Cordillera Central.

He atravesado varias veces esta cordillera, cuya vertiente oriental había estudiado durante mis excursiones por el Valle del Magdalena entre Honda y Neiva y con ocasión de mi ascensión al volcán del Tolima, cuando me fue posible estudiar su constitución geológica hasta una altura considerable.

De todas maneras fue en 1827 cuando pasé por primera vez del Magdalena al Cauca con la misión de examinar el estado de la explotación de oro en el distrito de La Vega de Supía, para dar mi opinión sobre los precios que pedían varios propietarios de minas a una poderosa compañía inglesa que se había formado en Londres con el objeto de explotar las riquezas de la Nueva Granada. Debía relacionarme con el notario (escribano) encargado de las adquisiciones. El doctor Roulin, en caso de que yo aprobase las transacciones, se uniría conmigo en compañía de un oficial de minas, el señor R. Walker, para ejecutar el plano del distrito. Yo era, en realidad, el comisario designado por el ministro para conciliar los intereses del Estado con los de la Colombian Mining Company.

Al terminar mi misión en Supía debería ir a la Provincia de Antioquia para recoger las informaciones relativas a las minas de oro que allí se explotaban. Recibí la orden de pasar por el páramo de Herveo con el fin de estudiar la posibilidad de hacer llegar a Supía, por ese paso, todo el material que sería enviado desde Inglaterra con un grupo de mineros de Cornualles. Las remesas desembarcarían en Santa Marta y tendrían que remontar el Magdalena hasta Honda, donde se encontraba un depósito que abastecía las minas de plata de Santa Ana, lugar en el que se habían iniciado trabajos importantes. De Honda a Mariquita el transporte se haría con mulas; más allá no se podrían volver a utilizar sino cargueros, que no acarreaban más de 4 arrobas.

Son claras las dificultades para cruzar la cordillera con masas de un peso considerable y que no siempre se podían repartir en cargas de 3 a 4 arrobas.

Me detuve en Mariquita para organizar la expedición: un mestizo inteligente de apellido Vargas, fue escogido como guía (vaquiano). Conocía perfectamente la selva en donde debíamos pasar varios días sin encontrar ninguna vivienda. Se prepararon las provisiones, la carne de res en tiras, a medio secar, tortas de maíz, arroz, chocolate y ron. Walker debía acompañarme y 5 o 6 cargueros, miserables cotudos llevaban mi equipaje, reducido lo más posible. En línea recta no teníamos más de 20 leguas para llegar al Valle del Cauca, pero la marcha iba a ser tan lenta como fatigante. El 15 de julio de 1825 pasamos la noche en Bocaneme, infeliz caserío situado a dos horas de Mariquita. El 16 pude seguir a caballo hasta Guadualejo, en donde permanecí con el objeto de repartir la carga entre los cargueros. Necesité 6 horas para llegar a El Sitio donde pasé el día 17. El 18 a las 9:30 de la mañana, tomamos el camino de la selva. Vargas, el guía, abría una trocha a través de la maleza; a mediodía llegamos a Los Frailes y bebimos suficiente agua del torrente, pues no la volveríamos a encontrar sino hasta el lugar de campamento. Habíamos subido considerablemente y el barómetro indicaba una altitud de 2.140 metros y una temperatura de 21°.

Después de un descanso de dos horas subimos al alto del Aguacatal (altitud 2.590 metros) a donde llegamos a las tres; bajamos entonces hasta un riachuelo de nombre Cruz Gorda, en donde establecimos nuestro vivaque a 2.133 metros. Eran las 5; durante esta jornada habíamos caminado hacia el Oeste. El fuego fue encendido para cocinar; abrigados bajo un techo improvisado con grandes hojas de bijao, habríamos pasado una buena noche si los insectos no nos hubieran atormentado terriblemente. El 19 a las 7, después de haber tomado chocolate, subimos al alto de Cruz Gorda (2.164 metros) para bajar en seguida al lecho del río Perillo, a donde llegamos a las diez (altitud 1.530 metros) muy fatigados, extenuados porque habíamos tenido que atravesar un terreno cubierto de árboles caídos. Varias veces he encontrado en esos árboles derribados sin comprender por qué están así. Frecuentemente caen rayos pero sus efectos son muy limitados y sólo se pueden explicar estos trastornos por el viento, aun cuando no ejerza su violencia sino sobre un punto limitado, de lo cual tuve pruebas algunos años más tarde cuando atravesaba el páramo de Herveo para llegar a Mariquita. Fue en 1829 cuando sobrevino un tremendo huracán, llovían ramas de los árboles y por lo menos durante un cuarto de hora corrí un verdadero peligro porque no había dónde abrigarse; durante algún tiempo caminamos difícilmente sobre los restos que cubrían la tierra.

El río Perillo viene de las nieves del páramo del Ruiz y se une cerca de allí al río Guarinó que cae al Magdalena. Nos pusimos en marcha a mediodía y para salir del profundo lecho del Perillo tuvimos que agarramos de las raíces de los árboles porque la pendiente era muy fuerte. Después de esta gimnasia llegamos a la una al alto de Loaiza (altitud 1.733 metros) que atravesamos en dos horas. Al salir del torrente del Loaiza tuvimos que luchar contra un obstáculo singular: las hojas secas sobre las cuales escasamente podíamos paramos, pues hacían el terreno muy resbaloso; cuando la pendiente era muy fuerte, teníamos que quitarnos las botas para poder avanzar. A las cuatro llegamos al alto del Chuscal (altitud 2.372 metros). El guía nos hizo bajar un tanto para establecer el vivaque cerca de un riachuelo. Pasamos la noche sin dormir, devorados por un pequeño insecto llamado chinche garrapata. El 20 a las ocho dejamos el vivaque en donde habíamos sido tan cruelmente atormentados y a las diez volvimos a encontrar el río Loaiza o Guarínó, el cual atravesamos varias veces; en definitiva, al subir seguíamos el curso de este río que corre sobre neis.

Sobre una playa, la Playa-larga, donde nos detuvimos, vimos un grueso árbol de una altura prodigiosa, vacío en su interior. En la parte inferior del tronco había una abertura que parecía una chimenea y al mirarla por dentro vimos que estaba carbonizada. Nuestros cargueros prendieron fuego y el humo salía por la parte alta; probablemente había habido un incendio espontáneo o bien ocasionado por un rayo. La marcha iba muy lentamente debido a la vegetación extraordinariamente vigorosa de las riberas del río. A la una pasamos la quebrada Negra en donde se encuentra una caliza granulada. A las tres la fatiga nos obligó a pernoctar sobre la ribera del Guarinó de Las Letras (altitud 2.066 metros). La roca era una caliza verdosa de gran tenacidad. Para escapar a los insectos resolví, a pesar de la temperatura relativamente baja (13°) acostarme en mi hamaca, en donde dormí mal, debido al frío y a la lluvia.

El 21 a las ocho dejamos Las Letras y a las nueve y cuarto, siempre subiendo el curso del Guarinó, nos encontramos en el alto del Escobalito (2.335 metros, temperatura 15). A la una llegamos a la quebrada del Salado donde encontramos una fuente un tanto salada que salía de un depósito calcáreo. El sitio es de los más pintorescos: un bosque de palmas de cera (ceroxylon andícola) mezcladas con bellos cedros. Dejamos el lecho del Guarinó para subir al alto de los Cajones, que nuestros cargueros nombraron muy poco delicadamente, como de los cagajones, porque por una circunstancia curiosa, toda la expedición tuvo que satisfacer allí unas ciertas necesidades (altitud 2.789 metros, temperatura 18°).

Desde el alto pudimos gozar de una vista extensa, de la que estábamos privados desde que bordeábamos el Guarinó, en donde apenas se podía ver el Sol a través de las hojas. Bajamos a la quebrada de las Dantas, así llamada por la abundancia de estos animales y de allí llegamos a los Plancitos de Guarinó, donde nos detuvimos (altitud 2.600 metros, temperatura 9,5°). Por la noche el frío nos hizo sufrir y allí vi viejos cedros que entraban en combustión espontáneamente ¿Cuál será la causa de esto? ¿El rayo? Es poco posible por la sencilla razón de que las copas de los árboles están intactas, pues el fuego se declara en la parte baja, en el interior del tronco.  

El día 22 salimos de los Plancitos a las ocho y pasamos el Guarinó sobre un puente formado por un árbol que tenía todavía sus ramas, lo que lo hacía muy incómodo; después de haber bordeado el río, nos detuvimos en los Pantanos a las 9:30 (altitud 2.988 metros, temperatura 13°). Habíamos llegado a las fuentes del Guarinó. De este sitio una pendiente suave lleva al páramo de Herveo, donde abrí el barómetro: a las 2 encontré que estábamos a 3.160 metros sobre el nivel del mar; llovía y que la temperatura era de 14,5°. 

En 1829, precisamente en este mismo punto, el barómetro indicaba: altitud 2.174 y la temperatura del aire 14°, con viento muy fuerte.

Nos encontrábamos en el punto culminante del camino de Herveo, la línea de separación de las aguas: el río Guarinó que iba al Magdalena y el río Poso que iba al Cauca. Nos alojamos en una infeliz cabaña, hecha de troncos de robles, especie de chalet que nos pareció un palacio. La noche fue muy fría; por la mañana el termómetro, al aire libre, marcaba 6°. Sin embargo, el viento soplaba con fuerza, circunstancia que se había opuesto al enfriamiento nocturno. Una mujer habitaba la cabaña, pobre manca, cuya mano se había triturado entre los molinos de un trapiche. Vivía sola en el páramo para vigilar el ganado que traían a cebar de las regiones calientes. Como toda persona que vive en el aislamiento, esta pobre mujer hablaba excesivamente cuando se la visitaba y tan alto que difícilmente se podía soportar su conversación. Esto también sucede a las personas que viven al aire libre. En la casa pudimos reconfortamos con carne fresca, un excelente queso, papas y leche. El ganado que se encontraba en los pastizales de Herveo era un hato muy bueno, que engordaba rápidamente no sólo por la abundancia y calidad del forraje, sino también por la ausencia de los insectos y la profunda tranquilidad de que gozaba en esas soledades. Nunca lo habría creído antes de haberlo visto: el menor ruido o la aparición de un objeto nuevo, llamaba la atención a estos vacunos. 

Fue así como para subir de la cabaña al páramo, con el objeto de tomar las alturas del sol para fijar la latitud y determinar las variaciones de la aguja imantada, seguimos Walker y yo un repliegue del terreno; al llegar a la explanada la encontramos ocupada por unas 1.500 reses, acostadas en la misma actitud; tan pronto nos vieron, todas las cabezas se voltearon hacia nosotros con una precisión de reloj. Ligero regresamos al repliegue del terreno y un cuarto de hora después intentamos una segunda ascensión e inmediatamente las 1.500 cabezas de volvieron de nuevo hacia nosotros. Permanecimos inmóviles para ver si éramos simplemente un objeto de curiosidad; pero entonces los animales más cercanos a nosotros se levantaron agitando la cola y mugiendo amenazadoramente: consideramos que íbamos a ser atacados y que era prudente regresar a nuestro refugio; los mugidos cesaron tan pronto hubimos desaparecido y procedimos a hacer nuestras observaciones tranquilamente.

Las alturas del Sol, tomadas fuera del meridiano, dieron 5° 23’ de latitud norte y por el transcurso del tiempo, obtuvimos 1,5° al oeste de Bogotá. Pasamos el resto del día en la cabaña, a la espera de los caballos que se había enviado a buscar. El 23 a las tres monté a caballo, feliz de no tener que andar más a pie; desde la salida de Guadualejo yo estaba sufriendo de una erupción en las piernas: grandes pústulas blancas habían hecho que la marcha fuera muy dolorosa. Más tarde el doctor Roulin reconoció que me había vacunado fuertemente un caballo gris, cerca del cual yo había dormido en Mariquita y que tenía las “aguas”. En el caballo, como en la vaca, las pústulas variolosas se desarrollan espontáneamente.

Llegamos al sitio del Cabuyal a las cinco, alrededor de 3 leguas al oeste del páramo: es una pequeña estancia donde pasamos la noche (altitud 2.377 metros, temperatura 17°); dormí mal sobre un banco hecho de troncos de roble y a cada hora tenía que voltearme por la dureza de la cama. El 24 llegamos al Cedrito, en cinco horas de marcha a lo más; allí fuimos muy bien acogidos por una familia de agricultores; el propietario había tenido la atención de fabricamos una “mesa” pues esperaba nuestra llegada. Por la noche tomé una altura doble del Alpha del Centauro. Al atravesar un torrente volví a ver el neis y el esquisto (altitud del Cedrito 2.000 metros, temperatura 19°). El 25, habiendo podido cambiar los malos caballos que teníamos por mulas y después de una jornada muy fatigante debido a las asperezas del camino, nos alojamos en una habitación situada cerca del alto del Tambor (altitud 1.862 metros, temperatura 21°). Una altura meridiana tomada de Vega de la Lira dio para la latitud norte 5° 26’. El cronómetro nos colocaba a 1°18’30” al oeste de Bogotá.

Mi equipaje no había llegado pues los cargueros no habían podido seguirme y Walker se quedó esperándolo. El 26 bajé solo al Cauca; a mediodía me encontraba en el paso de Velásquez (altitud 754 metros, temperatura 31,1°). El curso del río es excesivamente rápido y peligroso para pasarlo en canoa. Hice un trato con el “pasero”, quien cortó algunas guaduas y con ellas hizo una balsa sólidamente amarrada con bejucos y en menos de 2 horas la embarcación estaba lista y me condujo, con la velocidad de una flecha, a la ribera opuesta. El río está fuertemente encañonado y para salir de la playa en donde habíamos desembarcado tenía que subir un talud de guijarros movedizos, con una inclinación de 40. La subida no era posible, sino por los escalones que uno mismo formaba al hundir el pie en el terreno sin firmeza; para ascender 14 metros tuve que ensayar varias veces, porque cuando estaba a punto de llegar a la cima, el piso se derrumbaba y volvía a encontrarme en el punto de partida. En el paso de Velásquez el río corre en dirección NE; el Sol brillaba con fuerza y la tierra, de color negro, estaba tan caliente que no se podía tocar con la mano. Al fin logré subir, pero me encontraba tan rendido que temí una congestión; lentamente llegué, muriendo de sed, a la barraca en donde vivía el pasero; felizmente había allí aguardiente para hacer “grogs” y no sé cuántos bebí; después de ello, me tendí en mi hamaca, sudando copiosamente y dormí de un jalón hasta el día siguiente.

El 27 a las ocho salí para La Vega, a donde llegué a la una; en camino vi la Salina de El Peñol. La Vega es una calle, a lo largo del lecho del río Supía, bordeada de construcciones cubiertas de hojas de palmera. Es un sitio miserable; me alojé en casa de una viuda respetable, doña Margarita, con quien más tarde trabé más amplio conocimiento y de quien contaré más adelante una historia singular. Una altura meridiana de Vega de la Lira dio 5°27’56” para latitud norte (altitud 1.225 metros, temperatura 23°). El 28 pasé la noche en Quiebralomo y el 29 me instalé en la población, o más bien la misión de Río Sucio de Engurumí | * , centro de mis observaciones.

La altura de las estrellas mostraba que a partir de Mariquita no había cambiado sensiblemente la latitud y que por consiguiente habíamos caminado constantemente hacia el Oeste. Casi siempre permanecimos sobre los neises y los esquistos micáceos. Aquí reuní las latitudes observadas durante la travesía de la cordillera desde Honda, sobre el Magdalena hasta el Cauca en el paso de Velásquez (Cuadro No. 1).

En relación con las altitudes coloqué las diferencias que fueron observadas entre dos sitios. Para la diferencia de nivel de los dos ríos se encuentran 519 metros, precisamente la que fue deducida a la altitud de los dos sitios extremos. Esto es probablemente una coincidencia que se debe a la casualidad, pero no es menor prueba de la posibilidad de hacer una nivelación suficientemente exacta entre dos puntos alejados entre sí, con la ayuda del barómetro.

Así el río Cauca, en el paso de Velásquez, estaría a 539 metros por encima del Magdalena. Los dos ríos nacen más o menos en el mismo punto y como se unen a unas 85 leguas de recorrido, (a 20 leguas por grado), se puede apreciar la rapidez del Cauca, por lo cual no es navegable. Para llegar a Mompós, con poca elevación por encima del océano, su caída es de 519 metros, mientras que el de la Magdalena no pasa de los 215 metros.

Yo había gastado 12 días para ir de Mariquita a La Vega, acampando 7 veces en la selva.

Río Sucio, en donde me proponía centralizar las operaciones, se encuentra sobre la vertiente oriental de la Cordillera Occidental y la localidad era conveniente en relación con el clima bastante húmedo debido a la proximidad de la selva.  

 

Cuadro No. 1  
 

 

Latitudes y alturas de Mariquita al río Cauca
 

 

Fecha (1825)   Lugares recorridos Altitud Asc. Desc.
15 de julio   Honda    235  
    Mariquita   548 313
  Pernoctar Bocaneme    908  300
    Palenque 1.194  286  "
    Boca del Monte  1.294  100   "
16-17 Pernoctar Guadualejo 1.756 462   "
    Las Partidas 1.970 214   "
18   Los Frailes 2.140 166   "
    Alto del Aguacatal 2.590 450   "
19 Vivaque Cruz Gorda 2.164   " 426
    Río Perillo 1.530   " 634
    Alto de Loaiza 2.099 569   "
    Río Guarinó o Loaiza  1.733    " 366
  Vivaque Alto del Chuscal 2.372 639   "
20   Río Guaninó de las Letras 2.066    " 306
21   Alto de  Escobalito 2.335 269   "
    Alto de los Cajones 2.789 454   "
22    Plancitos de Guarinó 2.600   " 189
  Vivaque Los Pantanos 2.988 388   "
23   Páramo de Herveo 3.167 179   "
    Río Posito  2.651  516   "
    Alto de las Brujas 2.982 331   "
  Vivaque El Cabuyal  2.377   " 605
    Alto del Roble  2.608 231   "
    Curubital  2.131 477   "
24   Torrente del Cedrito  1.809  192   "
    El Cedrito 2.001 192   "
    Chamberí 1.992   "   9
    Alto del Perro 2.384 392   "
    Quebrada del Palo 1.734   " 605
25 Vivaque Alto del Tambor 1.862  128   "
26     Río Cauca  754   " 1.108
      6.127 5.608  

 

Ascenso:      6.127     Encontré: La altitud del Río Magdalena en Honda es de  235m
Descenso:    5.608      La altitud del Río Cauca en Velásquez                        754 m

Diferencia       519      Diferencia de niveles                                               519 m.

 

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