Las excursiones a las minas presentaban mucho interés. Los trabajos del cerro de La Candela se encuentran a media legua al oeste de la población; es una acumulación considerable de bloques desprendidos de sienita porfídica más o menos alterada atravesadas por delgadas venas de arcilla y de óxido de hierro hidratado (paco) de donde se extraen notables cantidades de oro lavándolas después de haberlas triturado. No se pueden considerar de aluvión las minas de La Candela; están formadas por un amontonamiento de bloques que se explotan de la misma manera que si la roca hubiese permanecido en su puesto. Esos fragmentos aislados cubren un espacio muy extenso; algunas veces esas minas ambulantes son de una riqueza excepcional; me mostraron a un viejo negro, ocupado en rajar leña, quien en muy corto tiempo había retirado 4.000 piastras de oro al explotar un bloque de roca y que había despilfarrado todo en fiestas de iglesia.
En 1819 la superficie de la montaña de La Candela se deslizó muy lentamente hacia el Este; cada día bajaba un poco y me mostraron un árbol plantado en ese suelo móvil que había recorrido de esta manera una distancia de 80 metros. Ese deslizamiento duró 3 meses durante la estación de lluvias. La sequía devolvió la estabilidad, o más bien el terreno encontró algún obstáculo que detuvo la caída.
La mina del Zancudo se halla a una legua al norte de Titiribí y mucho más abajo. Allí encontré mineros ocupados en hacer descender, con la ayuda de una caída de agua, algunos bloques con el fin de desnudar un esquisto anfibólico, casi vertical, que encajaba un filón o depósito de arcilla, en apariencia estratificado, formado por arcilla amarillo azufre con venas de óxido de hierro.
Los pacos que hice moler y lavar en mi presencia, rindieron una satisfactoria cantidad de oro. En el esquisto descubrí varios afloramientos de un mineral gris metálico, probablemente plata antimónica.
Después de haber subido durante casi una hora desde la mina del Zancudo, llegamos a Otramina, sobre un aluvión de guijarros de cuarzo y de arcilla rojiza que reposaba sobre el esquisto anfibólico en descomposición que entonces tenía el aspecto de una arcilla verde. Allí se vuelven a encontrar los mismos yacimientos de arcilla amarilla y de pacos del pie de la montaña. Había varias galerías bastante profundas: me dejé resbalar dentro de una de ellas, la más extensa, y tuve que reconocer el hecho curioso de que en esos trabajos no se puede decir que se camina, sino que se arrastra a la manera de una serpiente, sobre la roca descompuesta con el aluvión como techo; las galerías están dirigidas hacia una delgada capa de arcilla aurífera muy rica, que se extiende en la superficie de la roca in situ.
Muy cerca de Titiribí en los parajes de Otramina, abundan las venas de paco con una dirección general este-oeste, encajadas en la roca alterada. Este paco se reemplaza con la pirita, la blenda, donde la roca está inalterada: una sienita porfídica perfectamente caracterizada; el cuarzo es muy común en algunos filones.
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Yo había necesitado seis días en el examen de los yacimientos auríferos. De Titiribí bajé al Cauca en tres horas, a paso de mula. Debíamos embarcarnos en ese río hacia Antioquia. Don Sinforoso García había hecho construir una gran balsa, en guadua, lo que no dejaba de ser peligroso. A mediodía llegamos a la boca del torrente de Amagá, cuya altitud encontré de 588 metros y la temperatura de 31,5°. El curso del río era de una rapidez aterradora; el sitio era de un pintoresco sombrío: una masa enorme de agua se precipitaba por una garganta de 100 metros de ancho, no había playa para arrimar en caso de naufragio y un rugido continuo obligaba a hablarse al oído. El río está furioso, quitémonos nuestro calzado y pongámonos calzones de baño, dijo Walker.
A las dos subimos a la balsa y nos sentamos allí con los pies en el agua. Tan pronto se cortó la amarra, la embarcación salió como flecha; esta situación era novedosa y deliciosa para mí; nuestro balsero tomaba los remolinos para cortar la velocidad de la bajada. Felizmente pasamos sobre los dos escollos que temíamos en esta navegación desenfrenada; ni siquiera tuvimos tiempo de ver los bancos de Mocua y la Cara de Perro, debido a la altura de las aguas. A las cinco habíamos salido de la estrecha garganta y con la corriente ya menos rápida, pudimos ver a la izquierda la población de Anzá; a las seis la balsa se detuvo en una playa de la hacienda de Abejuco, en donde fuimos bien acogidos por la propietaria, la señora Juliana, quien explotaba la mina de Oro de Qiuna; al día siguiente tomamos la balsa a las ocho, con el río más pacífico; dos veces encontramos islas de pedruscos que atravesamos a pie, con el agua a la rodilla, mientras la embarcación las bordeaba.
Lo que más nos hacía sufrir eran los ardores del sol y teníamos que mojar frecuentemente nuestros sombreros para aminorar el efecto de la insolación. El valle se ensanchaba más y más y a las tres nos detuvimos en el Paso Real de Antioquia; el barómetro indicaba una altitud de 538 metros, con temperatura de 29,7°. Habíamos navegado durante ocho horas; no tengo ninguna noción de la distancia que pudimos recorrer; veo solamente al comparar las altitudes hasta el paso de Antioquia, que la caída del Cauca es de 128 metros; por debajo del Paso Real el río deja de ser navegable, aún para balsas. Cerca del río Espíritu Santo, pocas aguas abajo de Paso Real, se encuentran las cataratas de Juan García y más lejos, la espantosa garganta de Orobajo, en donde el ancho del Cauca se reduce a 15 o 20 metros.
Después de haber permanecido a la sombra de una gigantesca ceiba donde hice la observación barométrica a 3 metros por encima del río, fuimos a pie a la capital de la provincia. Antioquia es una población monótona que no tiene ninguna animación porque en el curso de la semana sus numerosos habitantes están en sus haciendas. No conocí sino al señor Eugenio Martínez, a quien yo estaba recomendado; era un pobre hombre de tez amarilla, minado por una enfermedad del hígado, quien tenía a su lado, como contraste, a una robusta y hermosa mujer, la salud personificada.
Tras algunos días de reposo, inicié la exploración de las minas indicadas en mis instrucciones. Comencé por Buriticá, pequeño villorio de 1.200 almas, situado 4 leguas al norte. Llegué cuando festejaban a San Antonio, un santo a quien veneraban y cuya estatua se hallaba en la iglesia; su tamaño iba a causar un desaguisado pues era muy difícil moverlo por lo cual se les ocurrió hacer un santo de menor volumen, portátil, en realidad una versión reducida de la primera estatua que pudiera ser llevada por los caminos menos practicables y así llegar hasta donde los mineros que reclamaban su intercesión. Sucedió que pronto nadie más le hizo caso al grandote y pesado que pasó de moda. Especialmente los indios no querían volver a oír de él diciendo que el santo chiquito sabía más que el santón.
Al oeste de Buriticá, en el alto de San Antonio, entré a una galería perforada sobre un filón vertical encajado en una clase de roca que hasta entonces no había encontrado: una especie de jaspe de un hermoso gris y suficientemente duro para producir chispas al ser golpeado. Esta roca, en relación con la sienita porfídica y el esquisto anfibólico, domina en la región y la volví a encontrar en los trabajos de la mina de Solimán que se encuentra encima de la de San Antonio. Allí estaban atacando un filón o más bien, una vena de 1 a 2cm. de espesor, formada de carbonato de magnesia y de carbonato de calcio blanco cristalino, en los cuales se distinguía la pirita y el oro a simple vista. Esta vena debe ser muy rica si se tiene en cuenta el hecho de que en el momento en que cortaba una muestra destinada a mi colección, nuestros guías se disputaban los fragmentos que caían al suelo.
En la mina de Morrogacho vi el jaspe y el esquisto anfibólico que seguí hasta Cañasgordas, caserío de 300 almas (altitud 1.420 metros, temperatura 16°) de donde subí al alto de Toyo (altitud 2.550 metros), punto notable porque pertenece a la divisoria de la Cordillera Occidental, donde se separan las aguas que van al Cauca y por consiguiente al Magdalena, de aquellas que van al Atrato por el Río Sucio.
Los numerosos trabajos de Buriticá y de los alrededores se encuentran en las rocas que he descrito y que difieren sensiblemente de la sienita porfídica. Allí se explota, por galerías poco desarrolladas y a cielo abierto, una multitud de vetas de arcilla amarilla que contienen sulfuros metálicos, pacos y oro que está muy diseminado, pero que es necesario reconocer; todas las quebradas los arrastran. Después de las lluvias se ven por todas partes mujeres ocupadas en lavar las arenas y yo he observado que allí donde los ríos arrastran oro, nadie implora la caridad de nadie: el pobre le pide limosna al río.
De Antioquia, después de haber atravesado el río en el Paso Real, fui a Medellín en tres jornadas, por el camino de Sopetrán y San Jerónimo, poblaciones de alguna importancia. De San Jerónimo (altitud 653 metros) subí al alto del Boquerón (altitud 2.556 metros); en camino vi el depósito arenáceo con yacimientos de lignitos y aguas saladas; llegué después de haber soportado una dolorosa insolación. Como no me había hecho anunciar, encontré algunas dificultades para alojarme, pero por fin lo hice en un conveniente primer piso. Por la noche, a pesar de mi fatiga, tomé una altura meridiana de Acharna y obtuve una latitud norte de 6° 14 52 y una longitud al oeste de Bogotá de 1° 26, era el 3 de diciembre y el cometa brillaba en todo su esplendor.
Medellín es una ciudad encantadora colocada cerca de un río que atraviesa un valle muy bien cultivado. Su altitud es de 1.547 metros y durante mi permanencia la temperatura promedio ha sido de 22,4° y el higrómetro se ha mantenido, por lo general entre 70° y 80°, una sola vez lo vi marcar una sequía excepcional, 30°. La población llegaba entonces a 14.800 almas, el comercio es importante y por todas partes se observa una animación de la cual carece la capital de la provincia. Mis relaciones con los habitantes principales se establecieron muy pronto. Exactamente al frente a la casa que yo ocupaba, teníamos excelentes vecinos: la familia Vélez. Después de las inspecciones y los trabajos, pasábamos allí nuestras noches. Se tomaba chocolate y se fumaba, casi sin interrupción, hasta las 11 o 12 de la noche. Cuando el humo se despejaba, leíamos en voz alta las comedias de Moratin y tuve un gran éxito en el papel de soldado, el asistente de un oficial muy bien representado por Walker; si no me equivoco era la pieza titulada El sí de las niñas. La señora Vélez era muy alegre a pesar de su edad y tenía para nosotros muchas atenciones. Su hija mayor, Rosita, era la criatura más encantadora que yo haya jamás encontrado, había sido abandonada por su marido, un ruso. Su hermana Eleonora había cautivado seriamente al capitán Walker y las tres señoras fumaban con una gracia inigualable.
Comencé mis exploraciones por la salina de Guaca, en previsión de tener que montar una fábrica de amalgamación para el tratamiento de los minerales de plata y me preocupé de los medios de conseguir sal marina. El sitio de Guaca se encuentra a 6 leguas al sur de Medellín y se pasa al alto de las Cruces sobre la sienita porfidica. La fuente salada sale de areniscas, especie de pudinga en la cual se reconocen algunas delgadas capas de lignitos; se recoge en un pozo de dos varas de profundidad y de dos varas y media de diámetro, cuya capacidad es de 4.460 litros y se llena en 7 horas; el agua se evapora casi totalmente en calderas de cobre. La sal se pone a gotear en conos de barro invertidos para purgarla, es decir, para dejar salir el agua-madre muy solicitada para curar los cotos; este líquido se vende bajo el nombre de aceite de sal a causa de su viscosidad y su eficacia se debe al yodo que contiene.
El conglomerado tiene tan poco espesor en Guaca que se debía pensar que el agua salada no hace sino atravesarlo. En efecto, al elevarse por encima de la estrecha garganta en donde se encuentra la salina, se ve la superposición del depósito arenáceo sobre la sienita porfidica; es allí en donde se capta el agua salada de la salina de Matasano. Por lo demás, Antioquia presenta numerosas salinas análogas a las de Guaca. En una memoria que dirigí al ministro de guerra en 1830, constaté un hecho inesperado y que se hallaba en contradicción con las ideas aprendidas en geología: la sal que se consume en la provincia provenía de fuentes saladas que manaban de rocas cristalinas, del granito, del neis, de los esquistos micáceos, de la sienita, de los grünstein porfídicos y como también lo reconocí más tarde, de la traquita y de la dolerita.
Estas salinas singulares son útiles no solamente por la sal que producen sino también por las propiedades que poseen contra el coto, algo muy valioso puesto que en toda la cadena de los Andes, el hombre sufre generalmente de esta enfermedad, cuya consecuencia inmediata es el cretinismo, a pesar de todo lo que se haya dicho sobre esto. En las localidades en donde se usa la sal que proviene de rocas cristalinas, esta horrorosa deformidad es desconocida. Además de lo anterior observé que los cotudos dejan de serlo al permanecer algunos meses en la Provincia de Antioquia, en donde no se consume sino sal yodífera.
El análisis del agua-madre de la salina de Guaca dio los siguientes resultados, por 100 gramos:
Cloruro de sodio |
19,9564 |
Cloruro de magnesio |
1,9360 |
Clorhidrato de amoniaco |
0,0787 |
Bromuro de magnesio |
0,3556 |
Yoduro de magnesio |
0,3556 |
Sulfato de potasio |
7,5324 |
Sulfato de cal |
0,2966 |
Sulfato de soda |
0,0257 |
Magnesia en exceso |
0,3000 |
Litina |
rastros |
30,4914 |
En el trabajo que publiqué sobre las salinas yodíferas de los Andes destaqué la analogía del agua-madre de Guaca con el agua del Mar Muerto o lago Asfaltita.
De Medellín me dirigí a los yacimientos auríferos de Santa Rosa de Osos, siguiendo el curso del río hasta la cuesta de Niquía. Durante el camino me llamó la atención la abundancia de rocas ferruginosas que no vi in situ sino en conglomerados muy voluminosos que formaban el fondo de la cuenca donde está localizada la ciudad. Muchas de las rocas tienen todos los caracteres de hierro cromado y las usan para construir las partes bajas y las esquinas de las casas. La propiedad que yo habitaba tenía un portal ornamentado con columnas hechas con el mineral cromífero. De todas maneras estos materiales se colocan en donde es necesaria una gran resistencia ya que la piedra que usan normalmente en la construcción es un esquisto talcoso, fácil de labrar.
Cerca de la población de San Pedro (altitud 2.288 metros) en donde pasé la noche, se explotaban en la sienita alterada, filones de cuarzo que encerraban paco y laminillas de oro.
En la casa donde pasé la noche me mostraron dos mellizas de un parecido perfecto; imposible distinguir una de otra. Los mellizos son muy frecuentes en la Provincia de Antioquia: una mujer acababa de dar a luz a tres niños. La fecundidad es grande en esta provincia y frecuentemente se ven de 10 a 12 niños en una familia. El señor José Antonio Gaviria tenía 23 hijos y yo me preguntaba por qué este caballero se sentía tan orgulloso de su progenitura. Se atribuye esta fecundidad al consumo del maíz y de los frijoles en la alimentación.
Al habitante de Antioquia se le designa con el nombre de maicero. Las maiceras son bonitas y tienen la reputación de ser esposas virtuosas y excelentes madres; las madres son buenas en todas partes, pero en cuanto a la virtud, no quiero pronunciarme...
Antes de entrar a Santa Rosa vi cerca de un río un cono formado por una roca que no había sufrido la profunda alteración que presenta el terreno circundante*. La ciudad cuenta con 3.000 habitantes y su altura es más o menos la de San Pedro: 2.621 metros; temperatura 14° a 15°, latitud norte 6°26; longitud oeste de Bogotá 1°16. Esta población tiene la misma altitud de Bogotá, pero se afirma que hace más frío en Santa Rosa, debido a que se encuentra en un altiplano aislado y sin abrigo. Al no estar dominada por montañas, el horizonte es muy amplio y también la radiación es muy fuerte, suficiente para congelar pequeños charcos de agua durante la noche. Al salir el sol con tiempo tranquilo, algunas veces queda uno envuelto en una nube congelada, una caída de escarchas, según dicen los habitantes.
Los trabajos de los mineros en los alrededores de Santa Rosa han ocasionado profundos y peligrosos escarpes. La roca dominante es la misma que se observa desde San Pedro: una sienita cuyo feldespato ha sido transformado en caolín. El anfibol ha sufrido un cambio similar, es caolín anfibólico. La extensión de los trabajos se debe a una modificación en la constitución de la sienita, pues la roca modificada al perder su cohesión, se presta fácilmente al ataque del agua o del hierro. Así se pone al descubierto una retícula o venas de piritas y de pacos que se entregan al lavado cuando se dirigen a un canal. Esto es exactamente el yacimiento de vetas auríferas de Titiribí.
El oro obtenido del lavado final en la batea, está mezclado con hierro, titanio, rubí, con hierro oligisto y con galena; me mostraron algunos granos de platino dentro del oro en polvo que yo mismo vi retirar. Por primera vez se pudo verificar un yacimiento de este metal vagabundo, que hasta ahora no se había encontrado sino en las arenas de aluvión. El oro que sale de los filones de la roca alterada de Santa Rosa, encierra platino en una mínima proporción; sin embargo suficiente para que en los lingotes fundidos dieran resultados de este metal al ser analizados por la administración de moneda.
El platino que se encuentra mezclado con el oro de Santa Rosa se presenta en laminillas desgastadas sobre los bordes, tal como se les recoge en las arenas del Chocó, lo que tiende a demostrar que estas laminillas han sido rodadas por el agua. Lo mismo podría decirse del polvo de oro que suministran los filones, pues es raro que los granos se encuentren en cristales, pues generalmente no difieren en nada, por su aspecto, del oro que viene de los aluviones. Se puede suponer que los filones han sido rellenados por su parte alta con materias que anteriormente han sido arrastradas y rodadas en agua, lo que explicaría la estructura particular de los granos y de las laminillas de los metales preciosos que allí se encuentran. No olvidemos, sin embargo, que el oro en granos que parecen estar gastados en la superficie, va acompañado de oro en cristales que en verdad no han sido sometidos a ninguna acción mecánica.
Las minas de los alrededores, de las cuales visité 2 bastante productivas, La Trinidad y El Guacamayo, se encuentran exactamente en las mismas condiciones geológicas que las de Santa Rosa. En general se consideran tres capas: el lignito de la arena cuárcica es negro reluciente y algunas veces tiene la apariencia de la resma copal. Conseguí un fragmento que pesa un kilogramo y encontré que tiene la misma composición del succino (ámbar amarillo). En opinión de los mineros, el lignito proviene de la madera de encina, lo cual es muy posible ya que allí se encuentran bellotas carbonizadas.
En la iglesia de la Trinidad me mostraron un San Antonio más poderoso que todos los demás del mismo nombre, un verdadero monigote de madera que se alquila por 4 o 5 piastras semanales a los mineros que tengan necesidad de su intercesión para obtener la lluvia sin la cual no hay trabajo en las minas.
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Yo me hospedaba en casa de una señora de edad a quien una tremenda pena había menguado la mente. Su casa era sencillamente amoblada y de una limpieza irreprochable y me recibió con viva satisfacción. Mi cama era suntuosa, adornada de cortinas magníficas, pero sin colchón y a la cabecera había un lindo crucifijo de marfil, exquisitamente trabajado. Esta señora asistía a mis comidas de pie y me decía siempre, en los mismos términos: mi hijo tiene su edad y está en el ejército del Perú, pero hace 3 años que no me escribe, sin duda porque debe llegar de un momento a otro; yo lo espero todos los días y también ruego a Dios para que apresure su regreso. Don Juan, Ud. es católico y yo tengo una bonita capilla en donde rezo; Ud. debe venir alguna vez a rezar conmigo. Yo no me atreví a rehusar: el oratorio se encontraba en una pieza retirada.
La señora me hizo arrodillar; ¡pobre mujer, con cuánto ardor rezaba! A pesar del recogimiento que las conveniencias me imponían, me costó mucho trabajo no reír cuando me di cuenta de que sobre el altar, en el sitio principal, había un grotesco cascanueces de Nuremberg que representaba a un hulano con una chaqueta amarilla, su gran gorro de pelo y una larga cola que funcionaba como palanca. Este objeto que me recordó a Alsacia, probablemente fue traído a la Nueva Granada por mineros alemanes. Cuando dejaba a la buena señora, ella me deslizó en la mano dos onzas de oro y me dijo: es para mi hijo, sé que Ud. va al sur y no puede dejar de encontrarlo. No quise tomar el oro y le prometí entregar la misma suma a su hijo, a quien siempre esperaba y nunca volvería a ver, pues supe más tarde que había sido muerto en Bolivia.
Al regresar a Medellín hice algunas excursiones por los alrededores para completar mis observaciones. Cerca de Río Negro vi un pozo salino en un esquisto talcoso y otro en la sienita. Cerca de El Cuarzo en donde el capitán Walker estaba instalado en la casa cural, hay algunas explotaciones productivas.
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Se trata de El Peñol de Entrerríos (Regresar a *) |


