A mediodía encontré en la iglesia 23° y la altitud siendo de 1.060 metros, creo que es el límite de temperatura en que el hombre puede vivir en total desnudez. En el Chocó el aire es generalmente poco agitado y ésta es una condición favorable, ya que el viento es una causa poderosa de enfriamiento. Más arriba, en las cordilleras, cuando la temperatura promedio y constante se mantiene cerca a los 20, el indio lleva algunos vestidos de algodón, como una camiseta y un poncho, un pantalón y una especie de mantilla enrollada al cuerpo, desde la cintura hasta las rodillas. En las altas montañas de Ecuador, el poncho está tejido de lana de llama para los pobres y de vicuña para los ricos. En la altitud y temperatura de Chami, en épocas húmedas, por la noche vi a los indios acostarse muy cerca unos de otros y al despertar se notaban como entumidos.  

Siempre sentía un vivo placer de encontrarme con los chamis; con frecuencia grupos de estos indios se instalaban en mi casa cuando me encontraba en Río Sucio de Engurumí; todos me conocían y a mí me gustaba observarlos porque representaban el estado en que fueron encontrados los indígenas cuando se presentó la invasión de América por los españoles. No habían cambiado de costumbres porque, felizmente para ellos, habían escapado gracias a su aislamiento, de ser conquistados primero por los grandes civilizadores de los Andes, los incas y luego por los europeos. Los chamis viven en familias o clanes que hablan lenguas diferentes, aun cuando las poblaciones se hallen con frecuencia, muy cerca unas de otras. Esos clanes estaban muy extendidos sobre toda la superficie de América meridional y en realidad no hay sino que mirar el mapa de Venezuela, trazado por el coronel Codazzi y el de la Nueva Granada, del coronel Acosta, para estar seguro de ello. Se habían establecido particularmente en la pendiente de las cordilleras, en las tierras calientes y templadas, en las selvas que atravesaban los grandes ríos. La civilización indígena, en la parte meridional del Nuevo Continente, se había desarrollado, sobre todo, en las altas mesetas, de climas suaves, por ejemplo de incas, desde el Lago de Titicaca hasta Quito y por los zaques de Tunja en la Cordillera Oriental. En realidad esta civilización era una conquista, pues consistía en apoderarse de las tribus independientes, contra su voluntad. Se buscaban estas pequeñas poblaciones diseminadas, para recogerlas, someterlas a un poder absoluto y con ellas formar verdaderos falansterios que en el Perú han suscitado la admiración, no sé por qué, del ilustre historiador Prescott.

El hombre cuya existencia ha sido mejorada no podría estar satisfecho si se le entraba su libertad. Este es el caso de las familias indias que eran arrancadas a sus costumbres para mezclarlas con una población extranjera. Estos infelices, a quienes se trataba de civilizar, es decir de hacer trabajar en común para un jefe que debían respetar y adorar como a una divinidad, añoraban siempre la familia, el clan, la tribu. La prueba está en que cuando los ejércitos españoles tumbaron el imperio tan poderoso y extenso de los incas y más tarde el poder del Zaque de Cundinamarca, los indios esclavizados se apresuraron a regresar a las selvas y a las pendientes de las cordilleras, cuando lo pudieron hacer. El indio ya catequizado y que permaneció bajo el dominio de los misioneros, aprovechaba todas las ocasiones de escapar a la autoridad bajo la cual había quedado después de la caída de sus jefes.

En un informe secreto dirigido al gobierno español, don Antonio Ulloa, uno de los oficiales adscritos a los trabajos de los académicos franceses que medían el meridiano terrestre en el Ecuador, dice que todos los quechuas de un pueblo importante de los alrededores de Riobamba, huyeron llevando con ellos a su misionero a quien querían mucho y le trataron con tanto afecto, que él no quiso dejarlos a pesar de las órdenes reiteradas del arzobispo de Quito.  

Bajo el imperio teocrático de los incas, lo mismo que bajo el reino de los zaques de Tunja, el indio trabajaba en común para la realeza, para la clerecía y un poco para sí mismo; se le empleaba en los grandes trabajos públicos que todavía hoy producen admiración: la vía abierta de Quito a Cusco, los canales de irrigación, la institución de los chasquis, correos pedestres que llevaban las noticias con una increíble velocidad y los monumentos grandiosos que han resistido la dura mano del tiempo. La subsistencia del indio estaba asegurada; no tenía ninguna preocupación: había reservas y almacenes de víveres y de vestidos que permitían proveer todas las necesidades de la vida. A primera vista, uno queda encantado del bienestar que debían sentir las poblaciones sometidas a tal régimen, pero el individuo perdía toda iniciativa, el sentimiento más vivo y más útil de la humanidad; el hombre se embrutecía y vivía como la abeja en la colmena o como la hormiga en el hormiguero. Las masas actuaban bajo el impulso de una inteligencia única y superior que emanaba de una aristocracia ante la cual tenían que prosternarse y obedecer. Sin duda el indio no tenía qué temer ni el hambre, ni el frío, lo cual era suficiente para el bruto, pero insuficiente para el hombre, aun cuando no está muy lejos del estado salvaje. Es verdad que al indio lo alimentaban con el maíz que él cultivaba, pero no comía nada más; se le racionaba como al ganado, al cual reemplazaba en las regiones en donde no existían los animales de trabajo. 

La carne ya no formaba parte de su alimentación; aun cuando tenía todo lo que era necesario, nada era propio, ni siquiera su persona; no se pertenecía a sí mismo y se le incorporaba en una masa que se enviaba bien a la guerra, o bien a las canteras del estado. Los mitamayeros, así se llamaban y todavía se conocen así en Quito, los indios que fueron violentamente transportados por orden de los incas sobre las mesetas elevadas, no dejaban de lamentar amargamente la falta que les hacía la región de donde habían sido arrancados tan bruscamente. Allá eran los dueños y gozaba de libertad, cultivaban el maíz y tanto la caza como la pesca les procuraba los medios de variar su alimentación; no estaban reducidos a un alimento único, lo que seguramente produce un pésimo efecto sobre la inteligencia. Así que el indio de las selvas era más inteligente y más diestro, por el solo hecho de que tenía que preocuparse de los medios de asegurar su existencia.

La raza cobriza, como todas las demás, teme ser coaccionada, aun cuando ello contribuya a su bienestar; yo he vivido suficiente tiempo en las misiones para saber que esta raza no soporta, sin ser obligada a ello, ni siquiera a la autoridad eclesiástica. No creo que jamás se haya obtenido un buen cristiano de un indio; las ceremonias religiosas los divierten, nada más. Mi excelente amigo el padre Bonafonte, el viejo y venerable misionero, estaba persuadido de ello; me contaba que su sacristán, nacido en Chami robaba el vino destinado a la misa, rindiéndolo con agua, lo que lo hacía avinagrar y riendo me decía: —“Ese bandido me ha hecho pasar más de una vez el Cuerpo de Cristo a la vinagreta”. El indio, cuando el clima le permite vivir desnudo, detesta vestirse; he aquí una prueba: yo tenía una carta de recomendación del padre Bonafonte para el señor Novoa, un blanco establecido en Chami; este hombre se había casado con la hija del cacique, quien había aportado como dote algunas libras de oro en polvo. Novoa estaba ausente cuando me presenté en su casa y su mujer me recibió desnuda, tendida sobre su cama; era una mujer gorda, deformada por la obesidad, se levantó y me acogió sin el menor embarazo y pensando que yo debía estar sorprendido de ver a la esposa de un caballero blanco sin otro vestido que la “pampilla”, me dijo que no se encontraba cómoda, sino desnuda, la única manera que convenía a una india; ella hablaba bastante bien el castellano, aun cuando con un acento gutural muy pronunciado y abriendo un cajón, sacó un surtido de vestidos, de medias, de camisas y de zapatos para probarme que gracias a la generosidad de su marido, los medios para vestirse correctamente no le faltaban; llamó luego a sus hijos, un niño y una niña, quienes se hallaban vestidos a la europea; la escena era divertida: la señora Novoa me ofreció un cigarro y siguió hablando con ciertos conocimientos; el señor Novoa llegó durante esta conversación, leyó la carta que le entregué y me ofreció sus servicios. Era un individuo seco como un leño y hacía contraste impresionante con su compañera que estaba tan bien provista de carne y de grasa.

Las indias chami, en su juventud, son esbeltas, bien proporcionadas, con senos que miran al cielo, como bonitas estatuas y se mantienen así, mientras no les venga la menstruación, ya que inmediatamente después engordan muy rápidamente; están en el apogeo de su belleza cuando van a convertirse en mujeres; la obesidad se vuelve a veces excesiva, sin que hayan tenido un contacto regular con los hombres, porque esa relación todas las han tenido antes de la edad de la pubertad. Esto tiene de singular que aun cuando engorden el abdomen no les crece, de manera que su obesidad no tiene nada de deforme; la señora Novoa era un ejemplo. El chami es bajito, como todas las razas que viven en las cordilleras. Yo no he encontrado adulto de más de 1,70 m y menos de 1,50 de altura y su configuración es más fina que la de los muiscas de la meseta de Bogotá. No sé si pueda decirse que los chamis se casan; cuando una pareja ha vivido unida, el cura exige que haya matrimonio, a lo que los interesados se someten, con mucho entusiasmo, si se tiene en cuenta que la ceremonia es una fiesta seguida de una borrachera.

He aquí algunas palabras chami, recogidas por mí de la boca de un cacique:

sol
pieza
luna
edoco
estrellas
caincain
fuego
tíbucha
tierra
yerro
agua 
baniga
aire 
naun
hombre 
ambera
mujer 
nuena
niño
guarra
tigre
ibama
serpiente
tama
rana
basó
pescado
retá
pájaro
ipanachaqué
dolor
ipana
paíz
pe
banano
parta
trueno
ba
calabaza 
salm
hablar
bedea
vivir
trua
morir 
binsuna
río
do
casa
te

     Este idioma no es desagradable al oído y el indio lo habla rápidamente con voz suave; el sistema de numeración es sencillo: se cuenta hasta 5, que es la cantidad de los dedos de una mano. Yo he visto pocos indios ancianos, pero ninguno con canas. Sus medicinas provienen del reino vegetal: cada médico (curandero) tiene la reputación de ser brujo; es lo que sucede en todo el Chocó, en donde los negros, especialmente, son consultados en casos graves como mordeduras de serpien­tes, muy frecuentes en esas selvas pantanosas; el remedio que aplican en esta circunstancia es la hoja de una planta descrita por el botánico Mutis, “el guaco”; se aplica en cataplasma sobre la herida y también se hace beber la infusión, pues es un poderoso sudorífico. Los curanderos son muy charlatanes y cuando no pueden ir de inmediato cerca del enfermo, envían su “montera” que es un gorro, para que con él se cubra la herida hasta su llegada.

El chami, o como se le dice pomposamente en la misión, la nación Chami, habría escapado, lo mismo que todos los chocós, a la absorción de los incas, cuya marcha hacia el Norte no pasó del río Mayo, cerca de Popayán; los castellanos del Perú detuvieron a los Hijos del Sol.

Las poblaciones diseminadas sobre la pendiente de la Cordillera Occidental conservaron su independencia, pero el destino de la raza americana era el de pertenecer a los más audaces: allí, como en todas partes, una minoría dominaba a una mayoría indiferente; el indio conquistado se transformaba en el esclavo del conquistador y es curioso ver la invasión española frenar la ambición de los jefes que surgían en la montaña. En definitiva, por todas partes las poblaciones indias estaban en permanente estado de guerra, ofensiva o defensiva, que no cesó sino al llegar la potente dominación extranjera. Fue así como los chocós escaparon de la esclavitud.

En la Vega me encontraba frecuentemente con esos indios; llegaban a mi casa como a su misión; cuántas veces al llegar a mi vivienda encontré a un grupo de chamis instalados en mi cocina, comiéndose su harina de maíz tostado, preparando un pescado, asando un mono y habiendo dejado sus flechas sobre mi escritorio. Luego se iban, después de haberme pedido un pedazo de sal que causaba su delicia. Nunca noté que tuvieran curiosidad y cuando quería proporcionarles un gran placer, disparaba mi fusil. Yo tenía una gran satisfacción cuando me encontraba en presencia de esta gente sencilla; de su trato me han quedado recuerdos imborrables. Con frecuencia, en el seno de nuestra sociedad vigilada, en los salones al lado del emperador, en medio de personajes agitados por toda clase de ambiciones, mezclado con los cortesanos que hacían gala de un lujo desenfrenado, se me aparecían mentalmente mis buenos chamis; los veía de caza, de pesca o asistiendo sin provecho alguno a las instrucciones religiosas de su misionero y siempre me preguntaba quiénes serían los realmente felices, silos poderosos o los humildes de la humanidad.

Cuando a uno no le falta espíritu de observación y de sensibilidad y se complace en el trato de estos hombres sencillos, se le encuentra atractivo a su existencia y así, para mi amigo, el botánico Goudot, un poeta latente, era el colmo de la felicidad.

En París vi a un hombre rico, de buena familia, quien después de haber vivido varios años en el valle de las Amazonas, regresó al gran río porque la sociedad europea le era intolerable.

A menos de haber nacido con una propensión determinada por la vida contemplativa, se puede examinar si la felicidad que procura el aislamiento en esas regiones salvajes no se debería al gusto del amor físico, el único que es allí tan fácil de satisfacer y si a la edad madura esta existencia tendría todavía algún atractivo. Sin embargo yo he conocido misioneros, quienes después de haber envejecido en las misiones del Orinoco y del Meta, no sentían ningún deseo de regresar a España; tal vez por lo que en su misión gozaban de la libertad más absoluta, les atemorizaba caer de nuevo bajo el yugo de la regla y de la disciplina del convento.  

Prescindiendo de las necesidades superfluas desarrolladas por una civilización avanzada, tales como la ambición, el lujo, la necesidad de hacer hablar de sí mismo y de dejar una reputación adquirida por la inteligencia y el trabajo, lo que sería, de acuerdo con Humboldt, el presentimiento de la inmortalidad del alma, por intuición se reconoce que en todas partes el móvil de la actividad del hombre está determinado por la necesidad de proveer tanto a su subsistencia como a la de su familia. Veamos lo que sucede en una gran ciudad: se va, se viene, se lucha por los negocios y se hacen los oficios más penosos... Los que se agitan en ese torbellino, con frecuencia no tienen más objetivo que el de proveer a sus necesidades; el trabajo ince­sante es una de las condiciones de la humanidad. 

El indio de los grandes ríos, de las selvas y de los llanos pasa todo su tiempo cazando y pescando con un ardor increíble; se detiene, se duerme cuando está satisfecho y si a su despertar regresa a su febril actividad es porque tiene hambre.

Cuando un ser que pertenece a nuestra civilización se encuentra mezclado a esta existencia, hasta cierto punto animal, obligatoriamente contrae sus hábitos y se convierte en pescador, mientras sienta hambre, pero muy pronto notará el vacío intelectual en que se halla; entonces mirará hacia el mundo donde nació y que dejó en un momento de obnubilación y en ese momento la más espléndida naturaleza no le será suficiente; la sensualidad perderá fuerza y se aburrirá de una existencia sin placeres, sin pasiones y sin sucesos.

Poco me queda por contar sobre los chamis; el cura y el caballero Novoa los ocupaban como cargueros, pero los indios no tomaban sino cargas livianas: una damajuana de vino de España, algunas telas, carne salada que buscaba en Quibdó y se les pagaba miserablemente con cinturones, vidriería, piedras falsas y algunos adornos de baratija. Si no se les pagaba mucho, hay que reconocer que evitaban fatigarse y nunca marchaban sin sus flechas y sus elementos de cacería y pesca y se detenían en donde encontraba oportunidad de practicarlas. Rara vez hay más de un niño en la casa de un chami, sin embargo nunca he oído que las mujeres abortaran, como tampoco se constató en el Orinoco. Estos indios no parecen tener propensión al acto sexual y así me lo aseguraba una señora de Río Sucio, Ana de Chaves, ama de llaves del cura y supongo que debía saber algo sobre el tema, porque los indios a quienes con frecuencia ofrecía hospitalidad, dormían con un sueño profundo al pie de su cama.

¡Un personaje original era la señora Manuelita! Tenía en ese entonces unos 25 años y su hija, a quien ella sustraía sobre todo a las miradas de los extranjeros, tenía por padre a mi buen amigo el cura Bonafonte, como lo indicaban sus ojos azules. Manuelita era de un trato agradable, bien formada, bailaba con gracia y a la perfección el bolero, el fandango y, en una palabra, era apetitosa: tenía un corazón de oro y se prodigaba para aliviar las enfermedades; más de una vez ella me hizo beber sus famosas infusiones sudoríficas de las que los indios tenían el secreto, cuando yo estaba resfriado al regreso de mis excursiones; ella se prendó locamente de uno de mis oficiales, quien estaba “amañado” con una mujer blanca, una niña de 16 años, fresca como una rosa, que él había importado para su uso, como estaba permitido entre nosotros. El teniente se dio cuenta de las piruetas de Manuelita para atraparlo y le hizo una propuesta amigable: —“Con gusto, pues yo lo deseo a usted, pero si se lo doy (2) es con la condición de que apar­taremos la muchacha del medio”, dijo ella, lo que literalmente significaba “despacharemos a la muchacha”—, pero en boca de doña Manuelita esta frase tenía un sentido criminal y quería decir: “mataremos a quien está de por medio”. El joven oficial rechazó con indignación semejante propuesta, al contestar lacónicamente: “Eso no”. Así, pues, no sucedió nada de lo que deseaba Manuelita.

El homicidio por celos no es raro en estas regiones; no sé si ya haya contado una tentativa de envenenamiento con “soliman” (sublimado corrosivo) que una mano femenina había introducido en una taza de chocolate, destinada a un habitante de Cartago. En el estado social del país los crímenes de esa clase quedan sin castigo. Los indígenas y los negros conocen cantidad de vegetales con propiedades tóxicas muy enérgicas; los muiscas usaban un cocimiento del fruto de la datura arbórea para producir, de acuerdo con la dosis, borrachera, idiotismo o demencia. También se producía ceguera con el jugo de las plantas de la familia de las estrignas, el cual también introducido en pequeñísimas cantidades en la circulación sanguínea, ocasionaba la muerte.

El 9 de marzo dejé el pueblo de los chamis, después de haber dado un buen abrazo al cura, a su “amañada” y a su hija, jovencita que me había seguido como mi sombra y que era de una indiscreción inocente bastante molesta; allí dejé de recuerdo un catalejo que había servido a mi tío el coronel de dragones, durante la expedición de Egipto.

Me puse en camino a pie, a las 9, con un solo zapato; bajamos en media hora hasta el río Chami, (altitud 901 metros, temperatura 22,2°); en seguida subimos hasta el Asomadero (altitud 1.242 metros, temperatura 22,2°). En el estrecho valle del río Chami el esquisto constituye todo el macizo principal de la cordillera. De allí continúa la pendiente poco sensible hasta el alto del Paramillo, a donde llegamos a mediodía (altitud 2.285 metros, temperatura 17,2° Esquistos que buzan al este; es la cuchilla de una ramificación que separa las aguas que van al río Chami y al río San Juan de las que se dirigen al Oquía.

En el esquisto alterado del alto del Paramillo vi afloramiento de mena de manganeso, más allá se puede ver una roca granulosa no estratificada que encierra algunos cristales, un grünstein. Más allá esta roca adquiere una apariencia decididamente porfidica con cristales del anfibol. Almorzamos en las orillas de una quebrada “La Robada” y llegamos al tambo de Oquía; eran las 2 (altitud 1.858 metros y la temperatura 18,8°). A las 2 y media pasamos el río Oquía (altitud 1.592, tempera­tura 20°); sienita porfídica.

El valle de Oquía se abre al sur; el río se une al Guática y forma el Sepinga; la unión tiene lugar un poco antes del pueblo de Anserma viejo. Pasamos la noche en la tumba de un indio y sentí frío, aunque al salir el Sol el termómetro marcaba 13,9° y es que el organismo se vuelve muy sensible a las caídas de temperatura después de una corta estancia en una región caliente.

El 10 de marzo a las 7 seguimos a algunos indios que nos llevaron por un sendero abierto en la espesa selva hasta Guática; a las 10 habíamos llegado al alto de Quebradagrande (altitud 2.209 metros, temperatura 20°). A mediodía habíamos bajado al río El Salado, en donde se explota agua salada que sale de un pórfido parecido al del Río Sucio; después de haber pasado y repasado El Salado, llegamos a las 2 al río Guática (altitud 1.608 metros, temperatura 25,5°) grünstein porfidico. El valle del Guática se abre al SSO. Entramos a la población de Guática, después de un ascenso muy penoso para mí, puesto que seguía descalzo de un pie; los indios estaban ausentes y yo tomé posesión de la casa del cura; las nubes me impidieron medir una altura meridiana de Canopus (altitud 1.971 metros, temperatura 18,3°).

El 7 de mayo (3) a las 7 nos dirigimos hacia Río Sucio, pasando por la selva de El Oro. Este camino es más corto que el que va por el Quindío; desde esta población localicé a Ansermaviejo, exactamente al sur magnético.    

Pasé por Hora  Altitud Temp.
El Alto de Guática 7:30  2.175 metros 18,3°
Alto de Miomis 8:00 2.285 metros  18,2°
Quebrada del Oro 12:00 2.136 metros 19,4°
Las Cruces 2:00 2.311 metros 19,5°
Tusaja  2:30 2.307 metros 19,1°

Llegamos a Río Sucio de Engurumí a las 4; mi cocinera, la mulata Petronila, me había preparado mi habitación. La pobre mujer se sentó a llorar al ver mi estado y lo que más le entristecía era que un caballero blanco como el comandante don Juan, hubiese llegado descalzo, como cualquier esclavo; la buena mujer me lavó de la cabeza a los pies y luego me acostó, después de haberme servido una comida.  

 

(2)
 En español en el original.  (Regresar a 2)
(3)
  N. del T. Aquí encuentro un error de fechas. (Regresar a 3)

 

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