Tertulias y puros.
Las tertulias de Quito eran cenas improvisadas, que tenían lugar en alguna casa, dentro de una habitación mal iluminada por algunas velas; las conversaciones eran parciales y a veces se oían historias muy divertidas. Estas recepciones, en algunas ocasiones, eran reemplazadas por un «puro”, verdadera orgía, especie de bacanal, en donde las damas de la alta sociedad que generalmente bebían solamente agua, caían en una semiborrachera. Esta fiesta desordenada, el “puro”, tiene lugar en circunstancias determinadas: un suceso favorable e inesperado, un cambio de domicilio, el estreno de una casa. Pero para comprender sus fases hay que saber cómo está organizada la vida de la familia en las grandes propiedades del Ecuador. Se vive con los productos de las tierras cultivadas; los indios que ocupan estas tierras dan como canje una cierta renta. El indio es libre desde la Conquista, pero permanece en el suelo donde ha nacido; los lazos no han sido rotos con el antiguo dueño, así que toda una familia quechua se establece en la casa de Quito: ellos son los “guacicamas”, no se les ve, están disimulados en los pisos bajos, pero ellos conocen a quiénes pueden dejar entrar e intervienen cuando se presenta un desconocido.
Durante una cena muy animada se habían servido refrescos en el salón y se habían colocado colchones sobre el piso de las habitaciones vecinas. Al levantarnos de la mesa se comenzó a bailar boleros desenfrenados: Catita vestida de oficial, bailó sobre la cuerda floja, simple cordón mantenido a poca altura por encima del piso, por dos manos que la sostenían rígidamente y con un balancín ejecutó las evoluciones más excéntricas; el alcohol la había desbocado. Después de este baile vino el molet-molet que consistía en danzar alrededor de una botella de marrasquino que se colocaba en el suelo, haciendo los pasos más fantásticos: aquel que tumbara la botella estaba obligado a tomar, como castigo, un vaso de licor. Caí en la cuenta que todos los bailarines sufrían el mismo castigo y fui el único que no hizo caer la botella y me pareció que la sobreexcitación general llegaba a un diapasón bastante elevado; pensé en retirarme aun cuando me proponían descansar si me encontraba fatigado. Tuve que batallar con los “guasicamas” para salir pero los indios, sabiendo que yo no hacía chistes, terminaron por abrirme la puerta, en contra de la consigna que les había sido dada. Pronto estaba en el arzobispado, inocentemente tendido sobre la cama del buen padre Lasso. En la casa de Catita, el “puro” llegó a proporciones monstruosas: era una mezcla tremenda, ya no se reconocían los sexos, tal como me lo contó una mulata que había asistido a la fiesta. Yo temía mucho esas agitaciones nocturnas, así que una noche de carnaval fui asaltado en mi respetable domicilio, por una banda de enmascarados que dirigía Catita. No contesté y como temía que tumbaran la puerta, estaba dispuesto a abrirla cuando una mestiza me dijo: “don Juan, no se mueva, ya se irán”, lo cual sucedió efectivamente.
Estas damas cuando se hallan bajo la influencia de un poco de alcohol, toman actitudes singulares, de lo que resultan escenas bastante divertidas. He aquí una: habíamos cenado donde la señora de Valdivieso y no se cómo se habló de un recién nacido; esto fue el preludio de una extraña comedia; yo leía un diario cuando me distrajeron unos gritos provocados por un agudo dolor y ¿qué vi? A Catita, extendida en un canapé, haciendo esfuerzos para dar a luz y ¿qué parió? Una guitarra que fue envuelta en pañales; un monje franciscano, maestro de música de la familia, entonó un salmo y se procedió al bautizo: esta escena era ¡escandalosa, inmoral, pero divertida!.
He aquí otra, cuyo final habría podido ser fatal: yo asistía a una gran comida oficial en casa del general Flórez; entre los adornos de la mesa se veía una Venus hecha en hielo por algunas religiosas; la estatuilla casualmente quedó enfrente de mí. Por efectos del calor se cubrió de gotas, parecía que transpirase, y pronto el agua acabó por correr en buena cantidad y me vi obligado a recibirla en un vaso que yo vaciaba; esa fue mi ocupación continua, con gran satisfacción de mis vecinos. Al salir del palacio del general, vi al coronel Dast, quien volvía de Guayaquil, seguido de una mula cargada de cajas de vino y se detuvo para invitarnos a ir a su casa y probar su champaña; éramos 607 oficiales extranjeros, entre ellos el mayor Marchese, médico que venía de Bolivia, también iba con nosotros un joven comerciante inglés, cuyo nombre yo ignoraba, lo llamábamos Breguet, a causa de una llave de reloj que llevaba y, además, dos camaradas, los coroneles Demarquet y Klinget. Se comprenderá cómo probamos el vino de Dast: ¡a vasos llenos! Yo me manejé con cuidado y esto sin ningún trabajo pues daba mi copa al joven amigo Breguet, quien tendido sobre un canapé, bebía con entusiasmo el vaso que yo le acercaba a los labios, había perdido el sentido y dormía a pesar del ruido; en un momento de calma Marchese propuso decir quién de entre nosotros había tenido mejor éxito con las mujeres, cada uno contó su historia, siempre la misma, más o menos: todo el mundo ha tenido buena suerte, incluyendo los jorobados. El médico me reprochó no haber cortejado a una india de Paita, todavía amable, a pesar de sus 125 años, pobre vieja que recogía con lástima y de quien hablaré más tarde. Luego vino el asunto de Dast y Catita de Valdivieso, cuyas peripecias yo conocía por habérmelas contado la pecadora: ella había ido a la catedral para hablar con su confesor, pero el buen sacerdote decía misa en ese momento y tuvo que esperarlo en la sacristía en donde Dast la encontró; me es imposible contar todo lo que siguió. Al día siguiente Catita se confesó y por toda penitencia hubo de leer ¡una plegaria! Dast fue proclamado por Marchese el rey de los conquistadores, se brindó a su salud y yo daba y daba más champaña a mi amigo Breguet, de quien pensaba que moriría. Ni muchos menos; por la mañana lo encontré fresco como una rosa, aun cuando un poco nervioso.
Como sucede frecuentemente entre militares bebidos, hubo palabras inoportunas y provocaciones y se evitó un duelo por un luto de familia.
Desde mi estancia en Pomasqui, Catita y yo éramos los mejores amigos del mundo: una relación platónica. Felices de estar juntos, la señora Valdivieso hacía todo lo que podía para serme agradable: era una penitente cuyos pecadillos yo conocía; tenía sus caprichos y sus exigencias y con frecuencia me invitaba a permanecer con ella.
La hermana de un coronel amigo mío, iba a ingresar a un noviciado y yo debía ir a la fiesta que se ofrecía en el convento, como despedida de la joven al mundo que iba a dejar: al mediodía una mestiza y una mulata vinieron a recordarme que su ama, Catita, quería verme esa noche de todas maneras; yo no entendía el por qué de esta insistencia, ya que ella no ignoraba que yo tenía un compromiso. A las 8 de la noche fui al convento: los asistentes resplandecían y no vi a la señora Valdivieso en el primer momento; cuánta sorpresa tuve al verla vestida en forma brillante y singular: traje de terciopelo azul cielo, corpiño y adornos de lo mismo en negro, una corbata roja, todo guarnecido ricamente en bordados de plata. Al darme la mano, Catita me dijo en voz baja: “¡su uniforme!” Fue una curiosa idea, un capricho.
El 21 de septiembre a las 7 de la mañana salí de Quito. Poco tiempo antes hubo un temblor de tierra. Algunos de los adioses fueron emocionantes; Catita me abrazó en silencio, pues éramos y seguimos siendo, los mejores amigos. Con gran alegría seguí recibiendo sus cartas en Europa, las cuales expresaban con una exquisita fineza de estilo, los sentimientos más afectuosos. La mestiza estaba inconsolable: es muy notable el extremo apego que demuestran con frecuencia las castas inferiores, pues, en Guayaquil recibí una carta que la joven quechua había hecho escribir por un monje, donde decía que sentía no tener la pluma de San Agustín para expresarme cuán infeliz se sentía desde mi partida.
Mi equipaje iba adelante; a las 5:30 llegamos a la hacienda de Callo (altitud 3.160 metros, temperatura del aire 13,3°). Nos alojamos entre las ruinas de un tambo, asilo para viajeros, construido antes de la Conquista. Las piedras de traquita negra tienen una superficie convexa y están yuxtapuestas sin cemento; en los muros existen cavidades y sobre las paredes salientes para colocar o suspender objetos. Tuvimos una buena comida, pero infortunadamente por la noche nos asaltó una legión de grandes piojos blancos.
23 de septiembre. Al día siguiente a las 7 me puse en camino con Hall y un negro que llevaba el barómetro. Tenía la esperanza de medir la temperatura de la nieve del Cotopaxi. Vista a distancia, la montaña tiene la forma de un cono perfecto; es un pan de azúcar de nieve. Hall y yo estábamos a caballo, pero nuestro guía no conocía el terreno puesto que los quechuas no pasan sino rara vez el límite de los glaciares. El cielo se descubrió y nos dimos cuenta de que nos hallábamos al pie del volcán; ante nosotros había una hondonada muy profunda y después de haber inspeccionado a fondo el sitio, encontramos conveniente ensayar el ascenso siguiendo una cuchilla llamada La Plancha. La pendiente era rápida y a las 11 llegamos a la nieve; la subida se hizo más difícil, pero felizmente no hubo necesidad de cortar escalones en el hielo. Nos cubrimos la cara con máscaras que llevaban anteojos de vidrio de colores, para no sufrir los accidentes que habíamos padecido en el Antisana. Continuamos avanzando sobre la nieve, muy lentamente, porque la inclinación era muy fuerte; ocasionalmente nos encontrábamos con pequeños espacios de rocas; los esfuerzos que hacíamos para subir una pendiente tan pronunciada a la altitud en que nos hallábamos, convertían la ascensión en algo muy penoso. Escasamente caminábamos 5 o 6 pasos y teníamos que sentarnos. La respiración era difícil durante la marcha, un viento violento añadía más dificultades; la pendiente era abrupta y ya no encontrábamos un sitio horizontal; la nieve era más y más blanda y la fatiga era tan violenta que varias veces, después de haber dado algunos pasos, nos veíamos forzados a acostarnos para reposar; la sed era ardiente, aumentada por el calor del Sol y recurrí a un medio que ya había usado en una circunstancia análoga: chupé hielo.
La intensidad del sonido había disminuido considerablemente a la altura donde habíamos llegado y a las 2, a muy corta distancia, no se podían distinguir las palabras y cerca del punto más elevado del Cotopaxi, allí donde se encuentra una roca cortada a pico y la inclinación casi no permitía mantenerse en pie, la pendiente de la nieve presentaba un peligro inminente; se puede juzgar por el hecho de que los bastones que habíamos puesto cerca de nosotros, tratando de protegerlos de una caída, resbalaron de pronto con una rapidez vertiginosa y se perdieron en el abismo. Hall y yo intercambiamos una mirada muy expresiva, sin decir una palabra; comprendíamos nuestra situación. Mi negro, quien se había detenido un poco más abajo que nosotros, sintió vértigo, parecía borracho y sus pies estaban absolutamente dormidos: le habría sido imposible subir algunos pasos más y tuve que ir hacia él para buscar el barómetro. En una atmósfera tan rarificada se piensa dos veces para bajar y tener que volver a subir. Ascendíamos muy lentamente, descansando a cada paso. A las 3 llegamos un poco por debajo de la roca que parece coronar el volcán; la nieve estaba tan blanda que me hundía hasta la cintura y corría el riesgo, si continuaba, de que me tapase y me ahogara; se percibía un olor muy pronunciado de ácido sulfuroso y sentí no poder bajar dentro del cráter. Abatí el barómetro que indicaba una altitud de 5.716 metros, con una temperatura del aire de +2,1°. Cavé en la nieve un hueco de un pie de profundidad en donde coloqué un termómetro que después de 15 minutos marcaba 0°, la temperatura del hielo fundido. En una hora bajamos a lo que nos había demandado tanto tiempo para subir; a las 4:15 estábamos en el límite inferior de la nieve, a una altura de 4.804 metros, temperatura del aire +6,6°. A las 4:30 llegamos al sitio donde habíamos dejado las mulas y después de un rápido refrigerio tomado al pie del volcán, regresamos a Callo, a donde llegamos a las 7:30.
El día siguiente lo utilicé para hacer un estudio del terreno;reconocía una inmensa acumulación de pequeños fragmentos de traquita en Impiopongo. Al acercarse al volcán se encuentran pedazos de roca que parecen haber sido proyectados; es una traquita negra y compacta y el suelo está cubierto de escombros de traquita pumicea. Al lado de una pequeña laguna examiné atentamente los enormes bloques diseminados sobre el terreno, los “rumipambas” que una tradición errónea atribuye a una erupción de 1746, pues La Condamine los había visto antes de esa fecha. El señor Visse midió varios de esos bloques, los que probablemente provienen del Cotopaxi; el más grande tenía 904 metros cúbicos; en las cercanías de la población de Mulato cantó 54, con volúmenes que variaban entre 84 y 405 metros cúbicos. No son morrenas que hayan sido arrastradas por la marcha de los glaciares, como lo sugiere Visse, y su enorme peso no permite suponer que hayan sido lanzados por una acción volcánica; la conjetura más probable es la de que esos bloques provienen de los picos de las cadenas de montañas y que se han desprendido debido a un levantamiento.
25 de septiembre. Salimos de Callo a las 9; a las 10 dejamos a la izquierda a Mulato y tomamos el camino de Latacunga, a donde llegamos a las 2. Todo el fondo de la cuenca de esta ciudad es de traquita que pasa a pómez; todas las casas están construidas con esta piedra porosa y están provistas de terrazas. Era sorprendente ver a los albañiles subir escaleras llevando bloques de gran volumen.
Latacunga (altitud 2.860 metros, temperatura promedio 15,6°) fue una ciudad importante antes de ser destruida por el gran temblor de tierra de 1764; ya no es sino un montón de ruinas. La catedral de los jesuitas era un cerro de escombros; las paredes parecían haber sido volteadas por la explosión de alguna mina. Al este de la ciudad se encuentra la fuente de Timbug-poyo (temperatura 17,8°); a mediodía se veían diferentes nevados:
Tunguragua al SE
Buminave al NE
Cotopaxi al NE
Corazón al NO
Ilinisa al NO
La Condamine habla de la laguna de Quilatoa en el relato histórico de su viaje al Ecuador; de tiempo en tiempo lanzaba llamas, según se decía y se producían detonaciones. No se necesitaba más para interesar al académico, quien en 1738 estaba allí para llevar a cabo una expedición a la laguna. El observó en ese pequeño lago circular de un diámetro de 200 toesas que el agua se mantenía a 20 toesas por debajo del nivel de la orilla. En 1831 visité también a Quilatoa que se puede comparar con un cráter cuyo fondo contendría agua. La altitud es de 3.920 metros y se halla en la región fría, rodeado de pastizales; 500 metros más abajo, está el aprisco de Piliputzin; al este la cordillera está cubierta de selvas inexploradas. Los datos que me dieron los pastores hicieron desaparecer todo el prestigio que se le atribuía al lago: jamás se habían visto llamas, ni tampoco se habían oído detonaciones, nada había cambiado desde la excursión de La Condamine; era la misma escena con un siglo de diferencia: ovejas, un pastor y un académico francés.
El 27 de septiembre a las 6:30 de la tarde llegamos a la hacienda de Piliputzin (altitud 3.380 metros) allí se nos había preparado una cena de circunstancia: cordero y locro. Salimos el 28, siguiendo el valle del río Toache, llamado Guanguage por los indios (altitud 3.115 metros). El camino es mucho mejor que el que habíamos tomado antes. Salimos del páramo y después de haber dejado el Yana-urcu (montaña negra) a nuestra izquierda, llegamos muy fatigados a Pujili ya las 6 a la Latacunga. Al día siguiente fuimos a San Felipe en donde se encuentran las explotaciones de piedra pómez utilizada para la construcción; allí recogí gran cantidad de muestras, algunas de las cuales han sido analizadas por el señor Joseph Boussingault.
En la ciudad y en las cercanías de Latacunga se forman, espontáneamente, grandes cantidades de nitro, siempre donde haya presencia de materias vegetales o animales; allí instalé para servicio del estado, una fábrica de pólvora negra, cuyo consumo es considerable aun en tiempo de paz, debido a la fabricación de fuegos artificiales que se usan en las ceremonias religiosas.
El 30 salimos de Latacunga para Ambato, pasando por San Miguel, donde llegamos a la 1:30 (altitud 2.786 metros). Atravesamos el río Tacunga y llegamos a Ambato (altitud 2.680 metros, temperatura promedio 16,1°).
1o. de diciembre. Al día siguiente llegamos a las 3 a Pelilco (altitud 2.540 metros, temperatura promedio 15,5°). El 2, muy temprano, fuimos a visitar La Moja, que describiré más tarde. El 3 a las 10 salimos de Pelilco y nos dirigimos a Baños. Se me había dicho que encontraría cerca de Tunguravilla, una cavidad de donde salía un gas que mataba a los animales. Hall y yo llegamos allí a mediodía y nos presentamos al cura para obtener algunas informaciones: el buen monje nos miró sorprendido y juzgando que, de acuerdo con nuestros uniformes, éramos incapaces de interesarnos en ese fenómeno, nos volteó la espalda; mi compañero se sintió profundamente humillado sin embargo nos dirigimos hacia el sitio indicado y encontramos que debajo de un tronco de árbol que se veía, acostado y casi enterrado, existía una pequeña cavidad de donde sale ácido carbónico, lo que pude comprobar, porque había algunos pájaros muertos en el suelo y se apagaban los cuerpos en combustión y nos costaba trabajo mantener quietos a los caballos. Ese gas es perfectamente inodoro, característica que lo distingue del que sale en el Tolima, en el Quindío y que contiene ácido sulfhídrico. A las 2:30 pasamos el pintoresco puente de Cusua, sobre el profundo valle del río Achambo, en donde vimos una linda caída de agua. Este puente está formado por dos troncos botados a gran altura a través del lecho y unidos con guaduas para formar el piso; tiene cerca de 14 metros de largo por 1,50 de ancho. Su altitud es de 2.146 metros (temperatura promedio 21,1°). La caída de agua se encuentra un poco más arriba y debe tener de 25 a 30 metros de altura, corre con un ruido ensordecedor y lleva un volumen de agua superior al del río Bogotá.
Continuamos por la orilla izquierda del torrente y llegamos al miserable sitio de los Baños (altitud 1.910 metros, temperatura promedio 16,7°). El 3 la lluvia nos impidió salir antes de las 3 de la tarde para ir a visitar el puente y el salto de Agozán, a donde llegamos a las 4, después de haber seguido el curso del río Achambo. Este puente es más peligroso que el del Cusua y se halla a más de 60 a 67 metros de altura y la base de la caída está cubierta de vapores; a las 4 regresamos a Baños, en donde visitamos la fuente termal cuya temperatura es de 50°. El gas que sale de allí está formado de ácido carbónico mezclado con algunas centésimas de aire.
El 4 salimos a las 10 y una hora más tarde estábamos al pie de Tunguragua, allí donde en otros tiempos hubo un derrumbe considerable. Siguiendo nuestra marcha llegamos al caserío de Puela (altitud 1.418 metros). Para llegar allí se atraviesan los restos de traquitas que rodean la base del Tunguragua y se alcanza a ver la cima cubierta de nieve, cuya altura es de 5.200 metros y hubiera subido si mis cálculos no me hubieran hecho presumir que duraría varios días de ascenso. El alcalde de Puela no estaba de acuerdo conmigo y me aseguraba que llegaría a las nieves en pocas horas. Hizo llamar a un cargador de hielo, indio idiota que escasamente hablaba español, para que fuera mi guía; sin tener en cuenta la distancia que me separaba del volcán, yo tenía la certidumbre de que era necesario subir una vertical de cerca de 4.000 metros y sin embargo ensayé la exploración.
A las 8 del día salí de Puela y a las 10 llegué a una selva. El vigor de la vegetación probaba que estábamos muy por debajo del nivel inferior de las nieves; le dije entonces al indio que había que regresar a la aldea y él trató de hacerme comprender que debíamos seguir subiendo. Yo insistí y desapareció gritando: “subir, hielo”. Una media hora después volvió con nieve: el cretino tenía razón; estábamos a una altura de 3.660 metros y la nieve había caído del Tunguragua en una cavidad del Grandisagua, formando una gran cúpula de donde corría agua a 4,4°. La masa de nieve tenía un espesor de 6 a 7 metros, sobre una extensión de 1 kilómetro y terminaba al pie de un muro formado por bloques de roca que no pudimos escalar. El barómetro indicaba una altura de 4.080 metros. El Tunguragua se halla en actividad desde tiempos inmemorables. Una de sus erupciones más notables tuvo lugar en 1677(?). En 1669 violentas sacudidas destruyeron casi todas las casas de Latacunga y mataron a 12.000 de sus habitantes. Las nieves reunidas en el Grandisagua recuerdan exactamente los glaciares de los Alpes y de los Pirineos, con la diferencia de que debido a la igualdad de la temperatura, éste es estático y no se mueve como los europeos, siguiendo las líneas de pendiente y empujando las morrenas hacia adelante. Marchando hacia el Sur pasamos por el valle de Pecipe, en donde es notable el gran puente colgante, obra de los incas. A las 3 atravesamos el río Blanco que baja del Condorato y a las 8 llegamos a Riobamba Nueva, en donde yo tenía interés en demorarme para estudiar los grandes fenómenos volcánicos que han tenido lugar en el Ecuador y tomar algunas disposiciones para la ascensión al Chimborazo.
Riobamba Nueva había sido la residencia de los soberanos antes de la Conquista; los incas habían construido allí un palacio y un templo del sol; se asegura que la población pasaba de 20.000 habitantes.
El 4 de febrero de 1795 a las 7:45 de la mañana tembló la tierra y la ciudad fue destruida completamente. De acuerdo con un documento oficial, hubo 12.763 víctimas entre las cuales se contaron 48 sacerdotes y religiosas. En ese mismo momento también se derrumbaba el pico de Zicalpa y acontecía un hecho curioso algunas millas al sur, a 2.540 metros de altitud: durante varios días la fuente de Pelilco arrojó lodo que cayó al río Patate, arrastrando de paso varias viviendas. Durante el siglo XVI, cerca del ecuador, los Andes fueron fuertemente sacudidos; el 27 de octubre de 1660, de acuerdo con Burton, Quito estuvo en gran peligro hacia las 8 de la mañana se oían fuertes traquidos, salían llamas del Rucu Pichincha y una lluvia de cenizas caía sobre la ciudad; el suelo se movió durante varias horas y por las calles se debía caminar con luces que no iluminaban sino los objetos vecinos; los pájaros, sofocados, caían al suelo.
El 15 de agosto de 1768 la tierra se agitó: a la 1 de la mañana se oyó en Quito un ruido sordo, las campanas tañían y después de los primeros instantes de estupor, la población se precipitó fuera de las casas; las iglesias de San Agustín y la de Santa Clara sufrieron daños; se supo que Imbabura había sido destruida y entonces la emigración fue general. Se calcula en 9.000 o 10.000 el número de muertos.
En los Andes se tiene la idea deque el suelo no vuelve a oscilar cuando ha habido una sacudida, pero como lo ha dicho Humboldt, en la ciudad de Riobamba que fue construida en 1798 sobre el llano de Tapia, se contradice esta opinión popular.
Tremendas sacudidas, traquidos y el ruido del trueno subterráneo se sucedían uno tras otro y esto fue suficiente para acabar con la confianza que en un principio se tuvo para reconstruir la ciudad.
