Los muchachos de París que eran enviados al ejército eran malos soldados. Un soldado sin instrucción, no es un soldado. En cuanto a la paz, no se volvió a hablar de ese asunto.
El emperador había ordenado fortificar a París: ¡síntoma inquietante! Y singulares fortificaciones las que yo vi comenzar: empalizadas y otros obstáculos fueron levantados y los viejos soldados sonreían viendo tan débiles defensas, pero había que fortificar la ciudad, antes de la hecatombe.
Los hombres sensatos estaban persuadidos de que la ciudad no resistiría, puesto que contaba con una guarnición insuficiente y unos 1.000 hombres de la guardia nacional, de los cuales muchos no estaban armados porque faltaban los fusiles.
A pesar de todos los éxitos y de los brillantes combates librados en Champagne, el enemigo se acercaba a la capital. A poco los campesinos de los alrededores llegaron con sus pertenencias: acampaban por todas partes como gitanos; la agitación era extrema; la emperatriz, “la austriaca”, como la llamaban, había partido y París estaba bloqueado.
El 30 de marzo (fecha que no se podría olvidar) se oyó el cañón desde temprano. Las tropas de Marmont y de Mortier estaban combatiendo contra los rusos y los austriacos; los habitantes temían ser tomados por asalto; el espanto y el horror eran extremos; cada uno escondía lo que consideraba más precioso, que a menudo no era gran cosa. Con mi padre enterramos en el sótano nuestra platería y las joyas. Mi hermana y sus amigas fueron recluidas en una pequeña alcoba de nuestra casa, la número 18, que daba sobre la callejuela Saint-Severin. Se reforzaron las ventanas con colchones y también escondimos nuestro pobre reloj de péndulo que había sido mi admiración durante tanto tiempo.
Se combatía: mi primo Vaudet, quien se convirtió más tarde en mi cuñado, era fusilero en su compañía de la guardia nacional establecida en el cementerio del Pere Lachaise. Los alumnos de la Escuela Politécnica servían en la artillería instalada sobre las Buttes-Chaumont y los alumnos de Alfort combatían en el puente de Charenton.
¡Por mi parte, yo recorría la ciudad para conseguir noticias y eran tristes las que llevaba a casa!.
En la calle del distrito Saint-Martin vi entrar heridos franceses: un infante apoyado en dos civiles se arrastraba difícilmente, sosteniendo con sus manos buena parte de sus intestinos; supe que un ventrílocuo conocido de todo París y que me divertía cuando me llevaban a su teatro, Fitz-James, acababa de morir; era un fusilero de la guardia nacional. Grupos de obreros pedían armas cuando una parte de la guardia nacional no tenía sino lanzas. Los oficiales del estado mayor parecían aturdidos; se decía que el rey José era un incapaz y un tonto y añadían que nos habían traicionado: los franceses siempre dicen eso cuando han sido derrotados. Los agentes de policía y los soplones regaban la noticia de que el emperador llegaría en 2 o 3 días y que el enemigo sería aplastado.
El 30 de marzo la ciudad capituló y el 31 tuvo lugar la entrada de los coaligados.
Ese día yo estaba en el |Quai-des-Orfévres; había gran cantidad de gente en la alcaldía. Por primera vez vi un oficial ruso que pasó a caballo; en seguida llegó un oficial francés que le apuntó con una pistola a la cara, lo detuvo y lo llevó a la plaza de Greve; el ruso había llegado antes de la hora asignada para la capitulación. El ejército enemigo debía entrar por los distritos de Saint-Martin y Saint-Denis para seguir por los bulevares.
En estos días agitados pasaba mucho tiempo fuera de casa para poder ver lo más posible. Llevaba por la mañana, al salir de casa, una provisión suficiente de pan y queso, para no tener que regresar sino a la tarde; me apostaba en el sector de Saint-Martin, en donde se reunía una multitud de obreros y de burgueses que parecían calmados y cuyos rostros reflejaban tristeza.
“Ya vienen, ya vienen...” y apareció un brillante y numeroso estado mayor a cuya cabeza marchaban el emperador Alejandro, el rey de Prusia y el príncipe Schwartzenberg, representante del emperador de Austria. Yo no me fijé en los grandes personajes, mi atención estaba toda puesta en los soldados, la magnífica caballería y una interminable columna de infantería. Todos tenían un brazalete blanco y en la gorra un ramo de boj; se dijo que por el sector de Saint-Martin entraron 25.000 hombres y lo mismo por el de Saint-Denis y que desfilaron con mucho orden al frente de una población triste y silenciosa.
Se supo que los acontecimientos fueron distintos: cuando las columnas enemigas llegaron a los bulevares y se dirigieron hacia los Campos Elíseos, donde Alejandro debía pasarles revista, hubo manifestaciones monárquicas a los gritos de “¡viva Alejandro!” y los balcones estaban repletos de bellas damas que agitaban sus pañuelos y lanzaban ramos de flores a los oficiales extranjeros.
En nuestro miserable barrio, a mi regreso, encontré como era de esperarse, una apatía completa; parecía que este grave y triste suceso no tenía nada que ver con los pobres. Al llegar a mi casa rendí mi informe, mientras comía lo que mi buena madre había tenido el cuidado de calentar; todos estaban inquietos y mi tía Duhamel, la estratega de la familia decía: "ves que tenía razón, París no podía resistir”.
Confieso que dormí perfectamente, cansado como estaba por mi permanencia en el lugar de los acontecimientos. Los pobres ignorábamos lo que sucedía en las altas esferas políticas y veníamos a enterarnos por las proclamas. En primer lugar: proclama de los soberanos para tranquilizar al pueblo. Establecimiento de un gobierno provisional, encabezado por Talleyrand-Périgord; el Senado, por unanimidad de sus miembros presentes, declara a Napoleón insubsistente.
También se hablaba del regreso de los Borbones y se decía que Napoleón reunía su ejército en Fontainebleau para preparar su marcha sobre París.
Era un espectáculo extraño para los parisienses ver los vivaques de los soldados extranjeros; los rusos pasaban las camisas grasosas por encima de la llama de sus cocinas, para matar los piojos. De acuerdo con los términos de la capitulación, las tropas francesas tuvieron que abandonar la ciudad con excepción de los veteranos, los inválidos y la guardia nacional. Al día siguiente de la entrada de los coaligados, los muchachos de mi barrio salimos de las fortificaciones por un boquete, a la barrera Saint-Martin o de la Villette, en donde vimos varios soldados franceses que habían sido muertos y que yacían de cara contra el suelo. Muchos de nosotros esculcamos las cartucheras de estos infelices para sacar las balas; los cañones estaban dirigidos hacia todos los puntos de la ciudad, pero la circulación de los habitantes era por lo demás enteramente libre.
El día de la entrada de Alejandro, un grupo de monárquicos trató en vano de tumbar la estatua de Napoleón erigida sobre la columna de Austerlitz. Se veían gentes que llevaban la escarapela blanca; se hablaba de la marcha del emperador desde Fontainebleau sobre París a la cabeza de 80.000 hombres; luego corrió el rumor de que el duque de Raguse había traicionado, puesto que había entregado a los enemigos el cuerpo del ejército que comandaba en Essonne. Napoleón no llegó y muy pronto se supo de su abdicación; por tanto, había cesado de reinar, lo que causó gran júbilo en el partido monárquico, puesto que aseguraba el regreso de los Borbones. En nuestro barrio el regocijo fue para las madres de familia, cosa comprensible, ya que comparaban a Napoleón con un ogro que devoraba a los niños. Durante su prosperidad, Bonaparte inspiraba terror, se le temía; jamás es amado quien inspira miedo.
Los eventos se sucedieron con una increíble rapidez: el emperador tomó el camino de la Isla de Elba y se supo que el Senado había establecido a los Borbones. Se publicó una nueva Constitución, Luis VIII fue reconocido como rey de Francia y el conde de Artois fue nombrado por el Senado teniente general del reino. Los mariscales, los generales y el ejército adoptaron la escarapela blanca y también la usaban muchos civiles. Puedo afirmar que frecuentemente hubo peleas entre los partidarios de uno y otro bando, sobre todo en los distritos que lamentaban la caída del régimen. De resto, hay que confesar que por todas partes se sentía un cierto bienestar; los precios del azúcar y del café habían disminuido considerablemente: recuerdo que bajo el imperio, a consecuencia de bloqueo continental, el azúcar se vendía a 6 francos el kilo y se le reemplazaba por el jarabe de uva. La industria del azúcar de remolacha estaba incipiente y además el producto era muy caro, pues los fabricantes no tenían ningún interés en entregarlo a bajo precio.
El trabajo renacía; numerosos soldados habían regresado a sus hogares; los extranjeros gastaban mucho dinero y como decían las buenas gentes, se comenzaba a respirar.
Sin embargo, los Borbones no eran simpáticos y ya se veía al clero tomar una actitud que más tarde tuvo consecuencias. Bajo el imperio casi todos los eclesiásticos usaban el vestido de paisano y cuando un sacerdote se atrevía a salir en sotana, los pelafustanes lo abucheaban. Cuántas veces oí en las calles el grito de: “abajo el bonete”. El seminario de San Sulpicio era particularmente odiado por el bajo pueblo porque, durante la revolución la cleresía fue perseguida y también porque los seminaristas evitaban la conscripción. En días de paseos los alumnos de los liceos se encontraban con los de San Sulpicio, lo cual daba lugar a demostraciones hostiles. Los muchachos gritaban: “cuac, cuac, abajo los cuervos”; yo también grité con ellos.
Mi familia no era de firmes ideas políticas: mi tía Duhamel me explicaba a su manera lo que eran los Borbones: “gentes que habían peleado contra Francia y que regresaban con nuestros enemigos”. En las clases populares la idea republicana no era sostenida sino por los antiguos jacobinos. Las gentes de bien le temían más aún al terror de la época de la revolución que al imperio y como sucede siempre cuando un pueblo es desgraciado y oprimido, cuando hay un cambio de gobierno renace la esperanza, que no era compartida por el viejo Nicolle, el artista distinguido de quien ya he hablado; él era un republicano sincero que jamás se separó de su arte y soportó resignadamente grandes miserias, pero, aun cuando tenía el presentimiento de que la paz le traería trabajo, no podía soportar la restauración a que asistíamos; él me decía: “verá lo que va a suceder: vamos a ser dominados por los nobles y por los sacerdotes, será la peor tiranía pero los Borbones no permanecerán; esto es imposible, verá cómo van a terminar”.
Los emigrados regresaban a Francia, los |ci-devant | | (4) | como se les llamaba. Muchos de ellos vivían oscuramente en los barrios pobres, ejerciendo para subsistir, modestas funciones de maestros de escuela o de empleadillos; salieron entonces de sus escondrijos y volvieron a tomar sus títulos. Al fin se anunció la llegada de Luis XVIII, Luis “el deseado”, quien hizo su entrada el 3 de mayo. Asistí con la compañía de la guardia nacional en la que mi padre era “sargento”. El uniforme de esta guardia recordaba el de la guardia imperial: guerrera azul con solapas blancas y ese día estaba de gran parada: pantalón, solapas y polainas blancas, que subían por encima de la rodilla. Yo había pulido los botones de metal blanco con el instrumento que los soldados llaman “paciencia”, había blanqueado las solapas, lustrado las correas y bruñido las armas pues yo era un experto en estos menesteres, gracias a los veteranos, con quienes había vivido. En esta época vivía en las fincas de la guardia nacional buena cantidad de antiguos militares que habían servido en el ejército como oficiales, suboficiales y soldados formando excelentes cuadros.
Vestido con mi uniforme de colegial, con una pequeña cartuchera y una carabina como fornitura, me coloqué en las filas. La guardia de civiles debía formar la calle de honor al paso del cortejo; nuestra compañía fue colocada abajo del |Pont-Neuf, del lado del muelle, ocupando el costado derecho. Los curiosos eran numerosos, nunca faltan al paso de un soberano, no importa dónde éste vaya: a las Tullerías o al cadalso.
La familia real salió de Saint-Ouen, de donde se dirigió hacia la catedral. Después de la ceremonia religiosa, el cortejo siguió el muelle hasta |Pont-Neuf, en donde presentamos armas y pronto vi pasar, en un coche descubierto tirado por ocho caballos, al rey y ala duquesa de Angulema, sentados al fondo; en el asiento de adelante los dos príncipes de Condé; el conde de Artois y el duque de Berry seguían a caballo. Los únicos que se pudieron reconocer de inmediato eran el rey y la duquesa; después me contaron quiénes eran los demás.
El rey, muy gordo, moreno, con el rostro radiante de satisfacción vestía una levita azul con charreteras; ella vestía como las inglesas que se veían en París hacía unos días, parecía muy emocionada y triste. En seguida venía la guardia nacional a caballo y algo que producía una gran sensación, compañías enteras de guardia imperial a pie, con la escarapela blanca en los gorros. Se oían gritos de “viva el rey”, pero tan pronto apareció la guardia, lo que más se oía era “viva la vieja guardia”. Estas buenas gentes habían escoltado al rey desde Compiegne; marchaban en silencio y puedo asegurar que su actitud era de melancolía, parecían humillados. Después del paso del cortejo la compañía regresó a su barrio, habiéndose disgregado sobre el puente Saint-Michel. Corrió el rumor de que la duquesa de Angulema se había desmayado al ver las Tullerías.
Estábamos en plena Restauración: vimos surgir una gran cantidad de cosas nuevas. En primer lugar, llegaron los emigrados, personajes pintorescos que conservaban la manera de vestir anterior a la revolución, al par de sus ideas. Se veían uniformes del antiguo régimen llevados por viejos gentiles-hombres que pronto fueron apodados “los voltígeros de Luis XIV”. En seguida se organizó la casa militar del rey, su guardia personal, los mosqueteros negros y grises, los 100 suizos, soldados-oficiales cubiertos de oro y de plata y los guardias de la puerta de palacio.
El esplendor de estas tropas era muy criticado, pues contrastaba con la miseria de los pobres oficiales del ejército. La Restauración iba de prisa; los numerosos partidarios del gobierno caído comenzaban a agitarse y casi todos se encontraban en París. Todos los días había disputas y duelos entre los oficiales licenciados del ejército real. La juventud de las escuelas recientemente hacía manifestaciones hostiles al nuevo régimen; a medida que el año avanzaba, la oposición se generalizaba; muchos de los empleados que habían pertenecido a los países conquistados morían de hambre y al primer sentimiento de bienestar nacido de la paz, había sucedido una inquietud general.
Los clérigos, constreñidos durante largo tiempo, adquirieron una extrema arrogancia y por la primera vez oí hablar de los jesuitas, a quienes yo creía totalmente desaparecidos. Pero, decía el viejo Nicolle: “Los jesuitas no mueren jamás”.
Los protestantes eran muy mal vistos, con gran pesar de mi madre que pertenecía a esta religión, de la confesión de Augsburgo.
Los establecimientos de instrucción pública, los cursos de las facultades y del Jardín de Plantas estaban abiertos y extraordinariamente concurridos, sobre todo por los jóvenes, cuyos estudios habían sido interrumpidos por la guerra. Se libraban verdaderas batallas para lograr entrada a los anfiteatros en donde dictaban clases Gay-Lussac, Thénard Biot, Villemain, Guizot. Cuántas veces, aunque muy joven, hice fila para entrar a los salones de clase.
A finales de 1814 seguí los cursos con gran asiduidad; iba con frecuencia a ayudar a mi viejo camarada de pensionado Loubry, de quien ya he hablado, al laboratorio del |College de France. Recuerdo que un día, mientras yo me encontraba con Loubry, Thénard, profesor de química en este establecimiento entró, me tomó amigablemente por el cabello y me dijo: “¿Qué hace usted aquí, tan joven? Para demostrarle cuán útil era, comencé a soplar un fuelle que alimentaba un horno atravesado por un cañón de fusil, en donde Thénard y Gay-Lussac preparaban el potasio. A pesar de su caricia capilar, Thénard se negó, un año después, a recibirme como uno de sus alumnos preparadores, aun cuando mi institutor Mr. R..., su compatriota, me hubiese recomendado y de que estuviese informado de mi precaria situación económica. 10 o 15 años más tarde, convertido yo en su colega en el Instituto le recordaba esta anécdota que él no había olvidado y me decía: “¡ah! ¡Si lo hubiera sabido!.
No fui admitido en el laboratorio de Thénard y creo que esto fue bueno para mí; a pesar del rechazo un poco duro (por la forma) del maestro, continué asistiendo a sus lecciones y frecuentaba su laboratorio gracias a mi camarada de clase.
Un día no encontré a Loubry en el |College de France, inquieto, corrí a buscarlo en la miserable casa donde vivía en la calle Saint Jacques; lo encontré acostado sobre un jergón, con algunos frascos de remedios a su alcance sobre una mesa coja, en el pequeño cuarto oscuro que le habían asignado como habitación y que tenía una ventana que daba sobre un patio infecto; estaba solo, sin conocimiento, con la cara enrojecida y los labios negros. Ensayé inútilmente de hacerlo volver en sí y su tía, quien entró algunos instantes después, me hizo salir por mi bien; la pobre mujer me dijo llorando quesu sobrino tenía tifo y que no se salvaría.
Es una triste condición de la pobreza, el estar obligado a limitar los cuidados que se le pueden dar a un ser querido; mientras que su muchacho se moría, las dos madres estaban obligadas a seguir trabajando para atender sus necesidades, comprar las medicinas para el pobre enfermo y pagar las visitas del médico. El muchacho se restableció y tan pronto pudo caminar, lo fui a buscar para llevarlo de paseo al Jardín de Luxemburgo. El tifo, traído por los ejércitos en 1814, causó grandes estragos en la población de París.
La cleresía se tomó insoportable para los parisienses. Su arrogancia aumentaba cada día. Las beatas del barrio señalaban a mi madre como una herética y a mí también, ya que yo no era ni católico, ni protestante y he permanecido dentro de esta neutralidad. Sin embargo, para salvar las apariencias, me hicieron hacer primera comunión en |Notre Dame, aun cuando había fracasado en mi examen de catecismo.
El abate La Bouderie me preguntó: “¿qué es Dios?” Me fue imposible contestar y confieso que hoy tampoco podría responder.
El viejo Nicolle entró un día muy inquieto, con una estupenda pintura, que acababa de terminar, porque trabajaba mucho desde que había paz y me dijo: “mire dónde nos lleva el clero! Sin duda ha leído en el diario que mañana tendrá lugar la procesión de los votos de Luis XVIII. Toda la familia asistirá con un cirio en la mano. Esta procesión se efectuará en toda Francia. Es un voto por medio del cual Luis XVIII colocó al país bajo la protección de la Virgen para agradecerle la preñez de la reina Ana de Austria”.
Al día siguiente, 15 de agosto, fui al |Quai des Orfévres a ver pasar la procesión que se dirigía a |Notre Dame; efectivamente, los príncipes, así como todos los grandes personajes iban con un cirio en la mano y puedo afirmar que el pueblo sonreía y se mofaba; un muchacho preguntó: “ay por qué no está ahí el rey?” “Bien sabes que no tiene pies” le contestó un señor. Por la tarde, día en que se festejaba el aniversario del emperador, hubo gente que puso velas en sus ventanas.
El clero continuaba más intolerante y perseguidor. Prueba de ello fue cuando el cura de Saint-Roch rehusó la entrada a la iglesia del cadáver de la señorita Raucourt, una célebre actriz; se formó un escándalo y el pueblo amotinado tumbó las puertas del templo.
En política, la reacción aumentaba. El proceso Exelmans tuvo lugar; este señor estaba acusado de traición por una carta dirigida a Murat. Sin embargo, fue absuelto por el consejo de guerra. La altanería de los guardias personales no tenía límites y era excesivamente hiriente para los oficiales del ejército. La nobleza, especialmente en provincia, mostraba el mayor desprecio por las clases burguesas y hasta se hablaba de restituir
los bienes nacionales a sus antiguos propietarios. Todo presagiaba una tempestad: los príncipes de la familia real eran especialmente impopulares dentro del ejército.La noticia de que Napoleón se había escapado de la isla de Elba y que había desembarcado en Cannes el 1o. de marzo, cayó como un trueno. La estupefacción era general. Lo que era pavor para unos, era alegría para otros. Los monarquistas estaban consternados: las noticias alarmantes para el gobierno se sucedían una sobre otra con una rapidez difícil de explicar en una época de comunicaciones lentas.
Se supo que el coronel La Bedoyere, comandante del 7o. batallón en Grenoble, había aclamado a Napoleón en vez de combatirlo. En Lyon, las tropas enviadas contra él, le hacían escolta a los gritos de “viva el emperador”.
El 19 de marzo Napoleón llegaba a Fontainebleau. ¡Espanto en el palacio de las Tullerías! Movimiento de carros con gentes que se iban. A las 11 de la noche el rey y su familia partieron para Saint-Denis, a donde los guardias personales habían sido enviados para acompañarlos. Por todo París corrían las noticias de que el emperador haría su entrada al día siguiente, 20 de marzo.
Ese día temprano, partí con mis provisiones y una botella de agua y vino hacia la plaza del Carrusel en donde me instalé a la espera de ver entrar a Napoleón a las Tullerías. Yo iba por curiosidad, puesto que no tenía interés en ningún partido; los sucesos valían la pena de ser vistos y no le era dado a todo el mundo presenciarlos; además, tenía que contarle a mi madre lo que hubiera visto, ya que ella no creía sino en las noticias que yo le llevaba. Cuando llegué al Carrusel, la plaza estaba llena de gente, especialmente de obreros, a juzgar por sus vestidos. Había también oficiales a medio sueldo, fácilmente reconocibles por su aspecto militar y sus uniformes raídos.
La gente hablaba mucho y con animación. Las rejas de las Tullerías estaban cerradas y la guardia nacional atendía el castillo. En el patio iban y venían los soldados y de pronto vimos salir una larga columna de humo sobre los tejados: los bomberos de servicio se pusieron en movimiento: era un incendio ocasionado en la chimenea por una gran cantidad de papeles quemados por orden de las gentes de la casa del rey.
El populacho del cual yo formaba parte de pronto se agitó. Nos empujaban en un punto: era un escuadrón de coraceros con la pistola en la mano, que se dirigía marchando al compás hacia el palacio. Después de conferenciar su comandante con un oficial de la guardia nacional, se abrió la reja y el escuadrón entró en el patio, donde tomó posiciones. En ese momento la gente gritaba entusiasmada “viva el emperador”; un señor cerca de quien yo me encontraba, gritó: “viva el rey” y recibió un tremendo puñetazo en la espalda, propinado por un ayudante de panadería.
Todo el día estuvo llena la plaza del Carrusel; se veían los oficiales que entraban y salían, pero el emperador no llegaba. Al día siguiente se supo que había evitado entrar por los barrios populosos para llegar a las Tullerías; que hubo una recepción allí durante la noche, que se nombraron algunos ministros, que el mariscal Ney, que había prometido a Luis VIII llevarle a Napoleón en una jaula de hierro, se había pronunciado por el emperador, con todo su ejército que probablemente lo había impulsado a ello.
Lo que más llamó la atención de los curiosos en la plaza del Carrusel, fueron los soldados de la vieja guardia: 800 hombres que habían acompañado a Napoleón desde la isla de Elba.
Todos estaban sucios, casi descalzos, con los uniformes remendados y los gorros de pelos rojizos, completamente calvos.
Se hablaba de la constitución liberal que el emperador debía dar a la nación, pero el “acto adicional” como se le llamaba, nos importaba poco. Los que creían en el liberalismo de Napoleón eran muy escasos: lo que más preocupaba eran los nuevos enrolamientos de tropas, la llamada a los antiguos militares, la movilización de la guardia nacional en toda Francia y un movimiento popular “la federación” que se extendió por París. Los “federados” eran casi todos gentes de los barrios periféricos; su uniforme era azul con cuello amarillo; sin embargo, la mayor parte no tenía ni uniforme, ni fusil y cuando el emperador les pasó revista, parecían una recogida de mendigos; se les miraba mal en la burguesía; más tarde se convirtieron en tiradores de la guardia nacional, para la defensa de la capital.
El 1o. de mayo tuvo lugar en el Campo de Marte la promulgación del “acto adicional” a la constitución del imperio: era la reunión de los delegados de todos los cuerpos del Estado. Napoleón se hizo presente, vestido de emperador con la horrible gorra de terciopelo. Yo vi pasar el brillante cortejo y lo vi también regresar al Eliseo. La ceremonia duró largo tiempo y a la distancia que me encontraba, no oía sino los cañonazos. De estas solemnidades, generalmente, el pueblo no ve sino el desfile del cortejo y asiste por curiosidad. La verdad fue que en nuestro barrio o no se habló, o se habló muy poco de esta ceremonia que se consideró como un gran paso a la libertad. La clase baja estaba muy alarmada con la perspectiva de la guerra, pues se sabía que el congreso de Viena había declarado a nuestro emperador fuera de la ley y que jamás trataría con ese gobierno.
Después de la instalación del cuerpo legislativo, el emperador partió para la guerra. De ese momento en adelante los sucesos se desarrollaron con una aterradora rapidez: la victoria en Ligny, de los franceses sobre el ejército de Blücher, la batalla de Waterloo y su final desastroso; la pérdida de esta batalla fue atribuida a Ney y a Grouchy, que no supieron detener a los prusianos para evitar que se unieran a los ingleses. Los que huían de Waterloo se reunieron en Laon donde llegó el ejército de Grouchy. La consternación se adueñó de París donde nuestra derrota fue conocida en la noche del 20 al 21 de junio.
Napoleón llegó el 21 de junio al Eliseo y una muchedumbre rodeó el palacio manifestándole su simpatía al grito de “viva el emperador” cuando salió al jardín. Yo hacía parte de esa gente y vi por última vez al emperador paseando a grandes zancadas, con las manos en la espalda.
El 28 de junio hubo gran terror porque se oyeron los cañones prusianos y algunos días después tuvo lugar la capitulación de París: las tropas francesas debían retirarse detrás del Loira.
El 8 de julio Luis XVIII regresó a las Tullerías; de ese día en adelante no se vieron sino banderas y escarapelas blancas. La población, especialmente la burguesía, parecía ser monárquica; el domingo siguiente al 8 de julio yo estaba en el jardín de las Tullerías, en donde se bailaba y se cantaban rondas:
“¡Devolvednos a nuestro padre de Gand,
devolvednos nuestro padre!”
La borrachera era general y también se bailaba en las calles adyacentes y en los boulevares, pero no en el distrito SaintAntoine.
Las tropas enemigas fueron acuarteladas en París y temporalmente se hospedaron en casas de particulares. Nosotros recibimos ocho soldados prusianos que el acomodador de nuestra calle envió a mi padre. Estos hombres eran bastante insolentes y muy exigentes y mi pobre madre debía ir de unos a otros para servirles de intérprete.
Muy pronto se supo la salida del emperador, de su viaje en el “Bellérophon” y de su traslado a la isla de Santa Helena; el bajo pueblo se mostraba bastante indiferente a todo lo que sucedía, solamente donde los antiguos militares, los que habían servido bajo la República, se discutía o más bien se disputaba, sobre los últimos acontecimientos de la guerra; la gran reacción monárquica iba a comenzar.
El asesinato del mariscal Brune en Avignon y la ejecución de los hermanos Faucher en París, fueron conocidos prontamente. El general La Bédoyere fue juzgado y fusilado en la llanura de Grenelle; La Valette, juzgado y condenado a muerte por los tribunales, fue salvado por su mujer, acompañada de su hija, la víspera de la ejecución.
La señora de la Valette iba todos los días a la prisión de la |Conciergerie en una silla de manos, como todavía se veían en París, y cenaba con su esposo. Esa tarde yo estaba en donde mi amigo Benoist, hijo del archivero del estado civil que vivía en un entrepiso que daba sobre el patio del palacio de justicia y de donde se alcanzaba a ver la reja de la cárcel. Vimos bajar de la silla a la señora de la Valette y a su hija y seguimos en la ventana a la espera de su partida. Todo el mundo sabía que su marido sería guillotinado al día siguiente. Caímos en la cuenta de que los dos cargueros de la silla se alejaban para entrar a un expendio de vinos; solamente quedó un sirviente. Poco después la señora de la Valette, o más bien la Valette vestido de mujer salió apoyado en el brazo de su hija. Volvieron los cargueros y la silla dejó la plaza del palacio y tomó la calle du Harlay que daba sobre el muelle.
El resto es bien conocido: la Valette encontró un coche que lo esperaba y se alejó dejando a su hija en la silla. Tan pronto se conoció su fuga, los guardias corrieron tras la silla y no hallaron dentro sino a la niña. El prófugo permaneció durante tres semanas en un cuarto de la casa del duque de Richelieu, quien no tenía idea de la situación y al fin pudo salir de París, disfrazado de oficial inglés y en compañía de tres oficiales de esa nacionalidad, entre ellos el mayor general Wilson, y logró ganar la frontera belga. El hijo del general Wilson fue uno de mis camaradas en América, en donde sirvió como edecán del “Libertador” Bolívar.
La evasión de la Valette fue causa de satisfacción general en las masas, impresión que no se disimulaba y se admiraba el valor de la esposa; los monárquicos aseguraban que el rey había dado órdenes para que el condenado pudiese escapar. Nada de esto: se podía juzgar que era al contrario, por la manera como la policía hacía sus requisas. El pueblo, mi pueblo, las gentes pobres de nuestro barrio no conocían a la Valette, pero la restauración comenzaba a inspirar un sentimiento de repugnancia.
Poco después de este acontecimiento tuvo lugar el juicio del mariscal Ney, su condena y su ejecución en la calle del Observatorio por un pelotón de “mis” veteranos: algunos de ellos me afirmaron que el pelotón estaba formado por "chouans" | | (5) es decir, guardias personales vestidos con el uniforme de los veteranos. Se ha comprobado que los soldados que cuidaban tanto al mariscal Ney como a la Valette, en la |Conciergerie, eran guardias personales que usaban el uniforme de granaderos de la vieja guardia. La muerte de Ney causó grande indignación entre mi pueblo: recordábamos su reputación militar y su valor en Mont-Saint-Jean; se decía que Wellington, todopoderoso en ese entonces, habría podido salvarlo al interpretar a favor de él uno de los artículos de la capitulación de París. No hizo nada de esto, al contrario estableció, cosa que probablemente era verdad, que el dicho artículo no cobijaba al mariscal.
La víspera de la ejecución era tal la emoción que el gobierno temía un movimiento popular. El hecho fue que durante la noche y al amanecer una gran multitud se reunió en la llanura de Grenelle en donde se creía que sería la ejecución. Esta situación fue la que obligó al gobierno a llevar a cabo el fusilamiento cerca del Observatorio, entre las 8 y las 9 de la mañana. Ney, después de haber recusado la comisión de los mariscales designada para juzgarlo, fue remitido a la Cámara de los Pares; después de la condena se votó la pena. Fue triste ver entre el gran número de Pares que votaron a favor de la muerte, los nombres de hombres de ciencia tan importantes como Berthollet y Laplace; también firmó Morel Vindé, miembro de la Academia de Ciencias, aun cuando no muy notable.
La ejecución de Ney tuvo lugar en diciembre de 1815; los cursos escolares estaban en plena actividad; por ese entonces yo estaba en el liceo y había que oír a los alumnos hablando pestes de Berthollet y de Laplace, a quienes llamaban miserables. Por lo demás Laplace era un hombre sin carácter: contaba Arago que cuando llevaron a la Academia, durante los cien días, registro sobre el cual cada miembro debía emitir un voto sobre el acto adicional, registro que constaba de dos columnas, una para las adhesiones y otra para los rechazos, Laplace firmó de manera que su nombre pareciera a caballo sobre las dos columnas, de manera que fuese imposible saber si había aprobado o no el acto adicional.
| (4) | N. de T. Ci-devant: apodo que se daba a los nobles en la época de la revolución.(regresar 4) |
| (5) | N. de T. "Chouans”: insurgentes de Bretaña, durante la revolución.(regresar 5) |
