Me acogió con gran bondad y le entregué mi informe; al leer el título pareció muy sorprendido y yo le dije que al fundir en un fondo a muy alta temperatura el platino, se obtenía un lingote que probablemente no contenía carbono, pero con seguridad contenía silicio.

"Así que Descotils se equivocó"- me dijo. También le di muy buenas muestras de sal de amoníaco de la mina incendiada de la Ricamiere.

Me preguntó sobre la lámpara de seguridad de Davy que se comenzaba a introducir en las hulleras del Loira. Salió conmigo para ir a la Sorbona después de haberme asegurado que leería mi trabajo y que en caso de juzgarlo favorable, mi informe sería publicado en los "Anales de Química y Física".

Volví a mi casa radiante de la acogida que me dio el ilustre químico. Puedo afirmar que la idea que me formé de él después de mi visita fue muy real: carácter recto, firme, bondadoso, pero frío y que inspiraba poca simpatía. Supe después que había habido dos Gay-Lussac: el de la juventud apasionado por la ciencia y el de la edad madura, a quien las necesidades de su familia habían transformado en un individuo bastante metalizado.

Tenía entonces 42 años, pues había nacido en 1778 en Saint-Léonard; a su salida de la Escuela Politécnica fue discípulo de Berthollet; muy joven todavía se casó con una modistilla a quien matriculó en un pensionado. La señora Gay-Lussac fue una excelente madre de familia.

Antes de salir para Alsacia fui a Picardía para visitar las turberas de piritas y así estudiar la fabricación del sulfato de hierro y del alumbre:
De regreso pasé algunos días en París y partí para Estrasburgo, esta vez en "diligencia", ¡mi primera diligencia!.

La rotura de un eje en Chateau-Thierry nos obligó a pasar la noche en esa ciudad; una vez reparado el daño, llegamos sin inconveniente al destino final.

Visité al señor Dournay uno de los propietarios de las minas de Lobsann. La familia Dournay era lo mas representativo de la sociedad de Estrasburgo. Numerosas reuniones, comidas interminables, montañas de salchichas, gansos y una alegría desbordante; la conversación era una mezcla de alemán y francés; las canciones venían después de las bebidas que eran abundantes; la regla de conducta era la vida exuberante de provincia. La señora Dournay era de Maguncia, agraciada y como característica: ojos penetrantes.

Yo tenía dos cartas para Estrasburgo, una dirigida al señor Hecht, farmaceuta, hombre gordo que fumaba una enorme pipa "para inspirarse" según decía; había sido boticario de Vauquelin y para darse cuenta del ardor que tenían por la ciencia los jóvenes admitidos en el laboratorio, los sometía a una prueba singular: le daba al neófito una substancia muy dura que debía reducir a polvo impalpable en un mortero de ágata; al día siguiente tocaba el polvo y decía: "No está suficientemente fino, continúe" y así todos los días; Hecht aseguraba que ninguno de los jóvenes esperaba el séptimo día para renunciar al estudio de la química.

La otra carta era para el señor Voltz ingeniero jefe de las minas. Había sido condiscípulo del señor Le Boulanger en la Escuela Politécnica y en la escuela de minas de Moutiers. Voltz llegó a ser geólogo muy distinguido, pasó parte de su vida estudiando a Alsacia; observaba bien, redactaba con dificultad y publicaba poco. Dejó material que fue utilizado y para mí se convirtió en un excelente maestro de geología porque lo acompañaba en sus excursiones durante el corto tiempo que permanecí en Lobsann.

Voltz vivía con sus padres muy ancianos, quienes eran los típicos estraburgueses protestantes. Yo fui admitido en la familia, el padre, antiguo propietario de café, era muy bien considerado y fue allí donde conocí a Engelhardt, preparador en la facultad de ciencias de Estrasburgo, muchacho instruido buen dibujante, quien más tarde llevó a cabo con éxito estudios de fósiles del Bajo Rhin. Luego fue director de las Forjas Niederbronn; se casó tontamente, lo que es peor que haberse quedado solo, soportaba únicamente la compañía de su mujer, rara, amanerada, de manera que su inteligencia se fue agotando rápidamente.

En cuanto a Voltz era un trabajador infatigable; nada más divertido que el desdén que mostraba por los sabios de París.  Más alemán que francés, al hablar de los parisienses, nunca dejaba de decir: "esa es la opinión de la tienda de París". Era un republicano muy avanzado, intolerante, poco sociable y puritano en religión. Cuando más tarde lo encontré de inspector general de minas, "la tienda de París" ya no le parecía tan poca cosa, pues lo había nominado para un puesto en la Academia a donde habría entrado si la muerte no se lo hubiese llevado prematuramente. En síntesis, un buen amigo, un hombre seguro con quien yo hablaba con frecuencia.

Salí de Estrasburgo para ir a las minas con el señor Berger, un contador, antiguo comisario de policía de Cassel, hombre simpático que sabía un montón de anécdotas escandalosas. Viajábamos en una carreta con un frío atroz... y nos habríamos congelado si no hubiéramos llegado a Haguenau para la comida.

Llegamos al atardecer a la dirección de las minas, localizada en una casita miserable a media legua del pueblito de Lobsann; allí encontré un anciano de 80 años el señor Rosentrit; los trabajos tenían lugar cerca de la casa, en pleno bosque.

Se explotaba un lignito de muy mala calidad, muy piritoso, en capas poco espesas, dispuestas en bandas negras paralelas en un calcáreo blanco, lleno de conchas marinas, verdadero calcáreo parisiense. En una galería de 1 a 2 metros se atacaban 5 o 6 zonas negras o "cintas". Este lignito se empleaba únicamente para el calentamiento de las calderas de hierro colado en las cuales se hacía hervir la arena bituminosa para extraer el asfalto que sobreaguaba y que era retirado con una espumadera. Después de haber sido escurridas estas espumas en un recipiente, se colocaban en una gran caldera cónica con paredes en ladrillo y fondo de hierro que se calentaba para evaporar el agua y luego de un reposo de dos días, se decantaba el asfalto conocido como "pez mineral".

Este producto no se vendía mucho porque no era bueno para calafatear, con su rápido secamiento; había que encontrarle otras salidas; entonces yo hice ensayos para introducir en Alsacia la industria de la pasta bituminosa que había visto en Seyssel, aprovechando este asfalto de alta consistencia, casi sólido y que, inclusive, se volvía quebradizo en épocas frías. Felizmente descubrí un calcáreo café y bituminoso cuyos ensayos fueron satisfactorios. Se llegó a utilizar el producto en recubrimiento de aceras y en los trabajos de las fortificaciones más tarde su uso se multiplicó considerablemente; en ese entonces, la concesión fue adquirida a un precio fabuloso por una compañía que arruinó a sus accionistas.

Puedo decir que en Lobsann yo vivía bajo tierra; estaba en todo el fervor de mi profesión de minero; allí hice mi primera perforación que resultó muy precisa, es decir, que dos brigadas de obreros que salieron de dos puntos opuestos debían encontrarse la una con la otra perforando la roca, lo que sucedió con menos de un decímetro de diferencia. Este éxito me colocó muy alto en la estimación de los obreros. Con cuánta ansiedad escuchaba dentro del túnel los golpes de las picas de los trabajadores del lado opuesto, con quienes debíamos encontrarnos. En este trabajo, que duró tres meses sucedió un incidente que prueba la superstición de los mineros.

Una noche el contramaestre, un sajón borracho y cazador furtivo me informó que los obreros rehusaban trabajar en el corte porque se oía el martillo del "minerito", un ser que hace el bien y cuya alma errante en los subterráneos avisa a los trabajadores de algún peligro con el golpeteo regular de su martillo. Yo bajé y encontré en efecto, a dos picadores y a dos carretilleros completamente aterrorizados. Se oía un ruido seco, isocrono; avancé hacia el corte y no vi nada, ni oí nada más, pero apenas regresé a donde estaban los obreros que era a cierta distancia, se volvió a oír el martilleo muy claramente. Los mineros corrieron para salir, con la excepción del maestro Ubinger, a quien retuve por el cuello para obligarlo a avanzar conmigo. Descubrimos por fin al "minerito"; era el ruido de gotas de agua que caían regularmente del techo al piso de la galería, donde se encontraba una tabla mal apoyada en el suelo, de manera que la gota producía un ruido bastante fuerte cuando la golpeaba y si mi presencia había hecho huir al "minerito" era porque las gotas me caían encima cuando yo estaba parado sobre la tabla.

Berger, el contabilista, había organizado nuestra manera de vivir: gastábamos poco y vivíamos bien. El aislamiento distaba mucho de ser absoluto; Soultz-sous-Foréts, se encontraba a una legua y las minas de asfalto explotadas en el mismo terreno terciario, estaban a muy poca distancia. El propietario me brindó su amistad. Era el señor Le Bel, quien más tarde sería mi suegro: la familia era numerosa; yo pasaba en Bechel­bronn todo el tiempo libre en la semana y los domingos sin excepción iba en las tardes y con frecuencia pasaba allí la noche. El director de Bechelbronn, el señor Mabru, hombre instruido que procedía de Auvernia, era a la vez cuñado y sobrino del señor Le Bel y poseía una colección de menas muy interesantes; como conocía la geología de Auvernia, con frecuencia hablábamos de volcanes.

Una de las hermanas de Madame Le Bel, la señora Pichet, de Wissembourg, viuda joven y bonita, rubia, pequeña, venía frecuentemente; en síntesis llevábamos una vida muy agradable en Bechelbronn.

Había dos niños: Aquiles, en ese entonces pensionado en Estrasburgo y una niñita, Adela, de 5 a 6 años, medio salvaje, que vivía al aire libre y corría como un muchacho, tostada por el sol, cabellos rubios, faldas de zaraza, mal educada y que no sabía una palabra de francés; así era entonces la personita con quien me casé 13 o 14 años más tarde y que se convirtió en la mujer más graciosa y más dulce que uno se pueda imaginar.

Durante mi corta estadía en Lobsann conocí a muchas personas de quienes he guardado muy buen recuerdo; en primer lugar los de Bury, de Soultz, él un antiguo oficial de artillería del ejército de Italia, ella una caricatura; el abate Barrois que cortejaba a todas la mujeres y un guarda personal que actuaba de la misma manera.

Algunas veces iba a Estrasburgo donde conocí al abate Branthome, profesor de química y decano de la facultad de ciencias, un bretón que supongo provenía de una antigua familia, hombre de mundo y muy original. Lo que se sabía sobre él, que era lo que él contaba puesto que escondía su origen, era que habiéndose visto obligado a emigrar, tuvo, como tantos otros, que soportar dura miseria en Alemania. Me contaba que teñía paja para sobrevivir. Al regresar a Francia en la época de la reconstitución de la universidad, cuando escaseaban los hombres, obtuvo la cátedra de química en Estrasburgo; era un diestro laboratorista, conocía la química de Lavoiser, que enseñaba sin mucho entusiasmo, pues prefería contar anécdotas. Su ayudante en clase o preparador era mi amigo Engelhardt, siempre en las nubes, hablador que comenzaba mil cosas a la vez y nunca terminaba nada. El abate decía su misa en la catedral cada mañana y me permitía trabajar en el laboratorio de la facultad, en donde conocí a Albert de Dietrich (quien me enseñó a bailar vals) y hoy es propietario de las forjas de Niederbronn. También el religioso puso su biblioteca a mi disposición y me prestaba tratados sobre ciencias ocultas -Albert Le Grand- con la condición de que devolviera esas obras al laboratorio sin que Engelhardt se enterara, para que no supiera qué clase de libros me prestaba el sacerdote profesor.

Cuando yo iba a Estrasburgo, al salir por las tardes del laboratorio, Engelhardt me llevaba a beber una cerveza y a comer salchichas en una cervecería donde se reunían estudiantes alemanes en su mayoría. ¡Qué bebedores! ¡Qué fumadores! ¡Qué habladores!.

Engelhardt no hablaba sino de su novia durante la comida: yo lo oía con la boca llena, la mejor forma de oír. De acuerdo con su descripción ella era una gigante, que le llevaba 10 años; después del segundo jarro se enternecía y después del tercero, lloraba. Finalmente se casó y su mujer lo hizo muy feliz, embruteciéndolo.

A pesar de mis obligadas ocupaciones y de mis distracciones, yo no dejaba de aumentar mis conocimientos.

En el pozo Dandré, en medio de la arcilla, tuve la extraordinaria suerte de encontrar un nuevo fósil (una mandíbula) que Cuvier describió y que se encuentra en la colección del museo de Estrasburgo.

Encontré también muy buenos trozos de ámbar amarillo en el lignito y pude desprender madera petrificada de palmera, transformada en lignito, que se encontraba en el calcáreo. En las oficinas de la mina había algunos libros entre otros "la arquitectura hidráulica" de Belidor, libro excelente que estudié detenidamente y que a mi juicio no mejoró con las notas añadidas por Navier en una nueva edición.

La biblioteca que el señor Le Bel puso a mi disposición fue mi gran recurso. Leí lo que pude; muchas obras literarias, viajes e historia; leía de noche en mi cama, funesta costumbre que conservé durante mucho tiempo. En mayo o junio de 1821 me iba de Alsacia, cuando se supo la muerte de Napoleón. Me encontraba en Estrasburgo, fue como una calamidad pública: la señora Dournay lloraba y los campesinos no creían la noticia porque para ellos el emperador ¡no podía morir! En mis conocidos reinaba una tristeza incomprensible y seguramente se habrían vestido de luto si se hubieran atrevido; aumentó el odio que los alsacianos sentían por los borbones. 

Debo decir que me retiraba de Lobsann porque hacía un mes o dos que mi antiguo profesor de Saint-Etienne, el señor Thibaud, me proponía trabajar con él al servicio del bajá en Egipto; me ofrecía 6.000 francos de sueldo y un grado en el ejército egipcio, acorde con dicho sueldo. Mi madre a quien yo informé de la propuesta del señor Thibaud, no me alentaba a aceptarla porque veía todos los peligros imaginables y escribió a mis amigos de Alsacia pidiéndoles que me disuadieran de entrar al servicio del bajá; renuncié a esta aventura sin mucha pena, ya que de acuerdo con las impresiones que me habían dejado mis lecturas sobre viajes, no me gustaba el Oriente.

Estaba escrito que yo no permanecería en Europa: yo deseaba viajar para continuar mis estudios de geología en países lejanos. En ese momento casi todas las posesiones españolas en América del Sur y en México estaban en insurrección contra la madre patria; las guerras del imperio las habían dejado abandonadas a su propia suerte desde hacía años; cuando España fue invadida por los ejércitos franceses, la familia real destronada y en su lugar puesto José en el trono de Madrid, las colonias protestaron y formaron "juntas" con el objeto de administrarse ellas mismas a la espera de la caída del imperio francés y de la restauración de la monarquía española.

Cuando los borbones recuperaron el poder en la península y prometieron una constitución, México, el Perú y la Nueva Granada se sometieron al gobierno real. Fernando VII promulgó la constitución y se apresuró a violarla, los liberales españoles fueron perseguidos y ejecutados como rebeldes, las colonias se sublevaron contra el soberano perjuro y España quiso someterlas: he aquí el origen de la "guerra de la Independencia".

El general Morillo, español, comandó una expedición formidable que llegó a Venezuela, puerto de la Nueva Granada (sic).

Después de muchos éxitos y reveses, de crueldades increíbles cometidas de un lado y de otro, el poder de España fue debilitándose día a día. Bolívar, jefe del nuevo Estado llamado Colombia, que comprendía Venezuela, Nueva Granada y la Audiencia de Quito, creó un ejército con partidarios del pueblo. Las leyes fundamentales de la nueva república fueron proclamadas el 17 de diciembre de 1819 por un congreso reunido en Angostura (Santo Tomás de Angostura) sobre la ribera el Orinoco.

Más adelante, después de nuevas victorias obtenidas por los insurrectos, una Asamblea Constituyente confirmó en julio de 1825 en la ciudad del Rosará (8)   de Cúcuta las leyes promulgadas en Angostura. Fue desde esta última ciudad, a orillas del río Orinoco, cuando casi todo el territorio colombiano estaba todavía en poder de los españoles, que Bolívar envió a Europa a don Antonio Zea en calidad de plenipotenciario, para solicitar el reconocimiento del nuevo Estado, así como ayuda en dinero, para comprar armas, municiones y barcos de guerra.

El cuerpo expedicionario de Morillo había sufrido singularmente, más por las enfermedades de un clima fatal para los europeos, que por los combates.

Antonio Zea tuvo además una misión especial: la de enviar a Colombia jóvenes instruidos para fundar en Santa Fe de Bogotá, la capital, un establecimiento científico, una escuela particularmente destinada a formar ingenieros civiles y militares. Zea era un botánico hábil que amaba las ciencias y Bolívar había vivido en Europa lo suficiente para comprender la ventaja que su país obtendría con una institución semejante.

Con el objeto de reclutar jóvenes instruidos y decididos, el señor Zea se relacionó con un joven peruano nacido en Arequipa, alumno de la escuela de minas de París, el señor Mariano de Rivero.

Creo que fue por intermedio de Voltz que el señor Berthier "mi enemigo" me propuso de parte del señor Zea entrar al servicio de Colombia. Me ofrecían 7.000 francos de sueldo, un grado en el cuerpo de ingenieros equivalente a ese sueldo y mi transporte en un buque de guerra; además, debía suscribir un contrato por cuatro años.

Como yo no conocía sino los volcanes apagados de Auvernia y en los Andes abundaban los activos, no vacilé en lanzarme a la aventura.

Salí para París donde debía permanecer unos meses preparándome para la expedición proyectada.

Antes de mi salida de Alsacia fui cariñosamente despedido por todas mis amistades de ese lugar. La última noche la pasé en Bechelbronn; papá Le Bel estaba muy emocionado cuando me dio el abrazo de despedida y Mabru me acompañó hasta Lobsann; me demoré muy poco en Estrasburgo en donde Voltz me mostró las rocas que debía encontrar en el Nuevo Mundo y que ya conocía por haberlas visto en el Puy-de-Dómme y en el Puy de la Vache.

En Paris me alojé en casa de mi hermana, calle del Roi Doré, en el Marais pero casi todos los días visitaba a mis padres. Como mi partida hacia América no era inmediata, mi llegada a París llenó de felicidad a mi familia. Mi madre comprendió mi resolución y nunca dudó de su éxito.

Estábamos en los primeros días de junio de 1822 y como la expedición debía salir de Francia en octubre, no teníamos mucho tiempo por delante para conseguir los instrumentos y los libros que debíamos llevar y además adquirir las nociones que me hacían falta. Una de mis primeras visitas fue, naturalmente, al ministro de Colombia: firmamos un contrato y recibí 2.000 francos para entrar en campaña.

Zea fue muy amable; era un hombre encorvado, prematuramente envejecido porque había sufrido mucho en los Llanos de Casana* estaba relacionado con el mundo científico y como había logrado un empréstito en Inglaterra, se desquitaba de la miseria por la que había pasado en América en la época en que era un proscrito, un prisionero en tristes circunstancias: en 1815 Zea fue arrestado en Nueva Granada con algunos otros patriotas entre ellos Nariño, traductor de los Derechos del Hombre y fueron enviados a España. Zea, protegido por sus amigos recobró la libertad, se casó con una española y vino a Francia en donde moría de hambre. Viajó a América para reunirse con el general Bolívar con quien compartió la buena y la mala fortuna; fue nombrado vicepresidente del Congreso Constituyente de Angostura; su mujer y su hija permanecieron en París, donde vivieron en una manzarda de la calle Mouffetard, por 4 o 5 años, ganando en trabajos de costura apenas lo indispensable para subsistir.

Cuando conocí a la familia Zea, ocupaban una linda casa en la calle Caumartin, gozaban de gran opulencia, tenían coches, sirvientes de librea y se trataban con el gran mundo; la señora Zea era muy joven todavía y de una rara belleza; mujer excelente, contaba con sencillez sus miserias anteriores. Estaba llena de salud, pero la atendía asiduamente un joven médico mexicano. Algunos años después, se casó con el general de Rigny.

Debido a los asuntos de nuestra expedición, yo pasaba frecuentemente una o dos horas en el salón de los Zea en donde se veía toda clase de especuladores, intrigantes y posiblemente estafadores que habían olido el cofre lleno.

Fue allí donde vi entrar a una mujer elegantemente vestida, bonita, aunque madura y ¡qué bien pintada! Fingía gestos y maneras infantiles. El señor Zea me la presentó: era la esposa de quien debía ser mi jefe, el señor Lanz, coronel de ingenieros, quien residía en Bogotá. Ella se había quedado en Francia y dilapidaba la mitad del sueldo de su marido, siempre con la intención de ir a encontrarlo; ese día acababa de asistir al almuerzo de Alibert, famoso médico del hospital de San Luis, almuerzo del que todavía se conserva el recuerdo, puesto que la mayoría de los invitados pertenecían al mundo de la vida alegre. Cuando supo que yo salía para Colombia ella dijo que sería una buena ocasión para hacer el viaje; como la señora Zea le hiciera la observación de que no era muy joven para protegerla, contestó: -"pero soy yo quien le serviré de chaperón"- desde luego esto era una chanza, porque se encontraba muy bien en París, en donde gozaba de mucho éxito.

Lanz, con quien viví bajo el mismo techo y muy íntimamente, era un hombre excelente, perfectamente educado, antiguo oficial de la marina española, autor con Bethencourt de un tratado llamado "Ensayos sobre la composición de las máquinas, 1808" se había casado en un amoblado de París, con una joven campesina de 16 años, recién llegada de los alrededores de Metz, hermana de la administradora de la casa; el matrimonio tuvo lugar en los primeros días de la revolución. Lanz vivía entonces de preparar a los jóvenes para la Escuela Politécnica; cuando José Bonaparte llegó al trono de España, Lanz fue nombrado prefecto de Córdoba, puesto que ocupó hasta la expulsión de los franceses; regresó a su país con su esposa y aceptó el puesto de director de puentes y calzadas en Buenos Aires; como el dinero no llegaba del Nuevo Mundo, la señora Lanz subió al tablado del teatro y tuvo éxito en los papeles de sirvientilla.

En casa de los Zea también me fue presentado muy modestamente vestido, un anciano que llevaba delantal. "Es el padre de un joven oficial que usted encontrará en América, el teniente coronel Demarquet, uno de los edecanes del Libertador", dijo el ministro, quien le dio al buen hombre noticias de su hijo y le entregó un billete de 1.000 francos que éste le enviaba.  

 

(8)
N.de T. Así en el original (regresar 8)
*
Debe tratarse de los llanos de Casanare. (regresar *) 
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