CAPÍTULO VII
 

 

Meseta de Bogotá - Constitución geológica - Sal gema - Salinas -Carbón - Minas de esmeraldas.
 



La meseta de Bogotá sobre la cual se había desarrollado la civilización muisca, detenida por la llegada de los europeos, tiene, como ya lo he dicho, una superficie cercana a las 40 leguas cuadradas.

El terreno que domina, consiste en depósitos de areniscas y calizas que cubren una extensión de la cadena de los Andes y sus ramificaciones.

De las montañas del litoral de Venezuela, formadas de granito, de neis, de esquistos micáceos y esquistos arcillosos* se llega, avanzando hacia el Sur, a la Cordillera Oriental. En Quibor, Barquisimeto, es en donde aparecen las rocas estratificadas, arenáceas y calcáreas, que reposan sobre un esquisto azul fuertemente carburado que tiene el aspecto de pizarra y en el cual están diseminadas estaurolitas y maclas que forman la figura de una cruzy por lo mismo son un objeto de veneración para los indios. El esquisto, que recuerda la grauvaca, suprayace neis y esquisto micáceo granatífero. Se puede seguir la caliza, la arenisca con indicios de carbón, hasta el pie de la Sierra Nevada de Mérida, en donde se vuelven a encontrar las rocas del litoral.

Después de haber atravesado el punto culminante del páramo de Mucuchíes, de una altitud de 4.241 metros, se vuelven

a encontrar las rocas cristalinas que se habían visto durante la ascensión, luego los terrenos estratificados que no se dejan sino en la explanada de Bogotá, a menos que sea para atravesar ocasionalmente zonas de poca extensión, donde aparecen los esquistos, los neis y el granito. La arenisca toma entonces una gran extensión y forma poderosos macizos que van hacia el sur, hasta el valle del río Magdalena; al oriente las areniscas las calizas y los esquistos carburado** cubren las pendientes orientales y constituyen el suelo de los llanos del Meta y de Casiquiare (1).

La idea que hace nacer la exploración de la Cordillera Oriental es la de que las capas arenáceas, más o menos inclinadas, algunas veces plegadas y aun falladas, fueron levantadas por movimientos del granito, de los neis y del esquisto micáceo y ocupan las pendientes y el fondo de los valles que fueron formados por el levantamiento.

Al occidente de la meseta de Bogotá, se puede ver un esquisto muy carburado cuyos asentamientos casi verticales se prolongan de Villeta a Carachi. Allí se ha explotado cobre en piritas y es probable, como lo demostraré pronto, que dicho esquisto encierre el yacimiento de las esmeraldas de Muzo. Al oriente se reconoce el mismo esquisto en el páramo de Sumapaz.

Si se considera la configuración de la meseta, el curso del río Funza y de las lagunas, se concluye que la meseta de Bogotá es el fondo de un lago desecado por la rotura de las rocas que formaban el límite sur, precisamente en donde se admira hoy la increíble cascada del Tequendama.

En el Valle de Fucha, en el sitio llamado el Campo de los Gigantes, al excavar a poca profundidad, se descubren osamentas de mastodontes y de elefantes. En Zipaquirá, una gran cantidad de sal gema reposa sobre un esquisto carburado que tiene capas de hierro espático.

Las areniscas consisten ordinariamente en granos de cuarzo aglomerados. Su estructura, con frecuencia esquistosa, es entonces divisible en placas delgadas, llenas de laminillas de mica; frecuentemente la arenisca, totalmente silícea, se encuentra en espesas capas con guijarros de cuarzo blanco, como la arenisca de los Vosgos o también con tintes variados que van del amarillo al rojo, fuertemente micácea que podría confundirse con areniscas abigarradas.

La caliza, que tiene la apariencia de una marga carburada y de lías, alterna, sin duda, con las areniscas en una estratificación concordante. Las conchas fósiles abundan en algunas capas de caliza, más raras en las areniscas; cerca de Duitama se descubren restos de tallos.

Una característica propia de las dos rocas, es la de encontrarse en estratos que raramente pasan de un metro de espesor. Ha sido realmente imposible asignar una posición independiente a una u otra de esas rocas sedimentarias, aun cuando cerca de su punto de superposición, su contacto con los terrenos más antiguos parezca estar más desarrollado que la arenisca. En el esquisto arcilloso, como el de Villeta o de Carachi, sobre terreno estratificado, no es raro encontrar concreciones elipsoides de calcáreo con conchas, del cual se han retirado amonitas bien conservadas, enterradas en la masa esquistosa.

Las características minerológicas no son suficientes para asignar, dentro de la serie geológica, el lugar que ocupa un terreno sedimentario. Para clasificar una formación es necesario recurrir a la paleontología. Gracias a los fósiles traídos por Humboldt de las regiones equinocciales y a la colección quetuve la buena suerte de formar, es como Buch y Alcide d’Orbigny pudieron discutir la edad de los depósitos arenáceos y calcáreos que dominan en la cordillera de los Andes.

Resultó de esta discusión que los calcáreos y las areniscas pertenecen a la parte inferior del grupo cretáceo, al calcáreo neocomiense y al Quadersandstein. Cerca de Bogotá, Sogamoso, Zipaquirá, Carachi, Las Palmas, Socorro y Duitama, las conchas que se encuentran en las areniscas pertenecen al Quadersandstein (2).

El carbón de Canoas y el de los alrededores de Zipaquirá, no pertenecen al terreno carbonífero propiamente dicho. Allí no se encuentran indicios de helechos ni de Licopodiáceas ni de coníferas, sino impresiones de hojas de dicotiledoneas, que de acuerdo con Buch recuerdan las hojas de Credneria, tan comunes en las areniscas inferiores de Blackenbury.

La enorme masa de sal gema de Zipaquirá parece haber sido depositada después de la formación del calcáreo y al igual que la sal de Wieliczka, representa el terreno terciario.

Resultaría así que, de acuerdo con la naturaleza de los fósiles cuyos restos están diseminados en el terreno estratificado, la Cordillera Oriental de los Andes fue levantada no solamente después del depósito de la formación cretácea, sino aún después del antiguo aluvión donde se hallan sepultadas las osamentas de los grandes paquidermos.

Ahora describiré las riquezas minerales explotadas por los muiscas antes de la conquista y cuyas obras aún hoy se encuentran en plena actividad: la sal de Zipaquirá, las salinas de Nemocón y de Chita y las esmeraldas de Muzo. El oro que circulaba en la meseta de Bogotá venía de los territorios vecinos, especialmente de los lavaderos de Girón. Como visité varias veces todos estos yacimientos, no seguiré un orden cronológico, sino que agruparé, en un capítulo único, las observaciones recogidas en épocas diferentes.

1.  Sal gema - Salinas

La sal gema es una fuente importante de rentas para el estado de la Nueva Granada. La explotación practicada bajo los muiscas continuó y se desarrolló después de la conquista. El villorrio indígena se transformó en una ciudad de 5.000 o 6.000 habitantes ocupados en el trabajo de las minas y en el comercio de la sal.

En 1825 se produjeron varios desórdenes en Zipaquirá, a consecuencia de las tentativas llevadas a cabo por la autoridad, de terminar con los fraudes y negocios turbios que cometía la población impunemente, con gran detrimento de los intereses del fisco; para mantener el orden se envió un pelotón de soldados, el cual fue desarmado y uno de sus componentes asesinado.

Fue entonces cuando me enviaron allí con el objeto de pacificarlos y castigados, si fuera necesario. Me había precedido una compañía de artillería y aproveché esta misión para completar mis estudios sobre los yacimientos de sal gema.

Zipaquirá se encuentra a 7 u 8 leguas al norte de Bogotá, de donde salí el 14 de junio montado sobre un excelente caballo gris que debía recorrer la distancia en cerca de tres horas; había enviado adelante un peón indio para llevar mi barómetro y a las 4 de la tarde cuando me encontraba a las puertas de la población, llamó mi atención un tumulto en la puerta de una venta de chicha; mi sorpresa fue mayúscula y diré también que mi dolor al ver a mi indio rodeado de una docena de borrachos contra quienes luchaba a golpes de barómetro; cuando intervine, mi hombre golpeó con tal fuerza a su enemigo, que el platón del instrumento se zafó, lo que dio como resultado una lluvia de mercurio que puso en fuga a toda la banda, asustadade tan singular aspersión. ¡Un bello barómetro de Fortin acoplado al barómetro del observatorio de París, había quedado fuera de servicio!

Bajé del caballo en casa del administrador de las salinas y se calmó la efervescencia popular al leer un bando por el cual se anunciaba que serían fusilados aquellos que no se retiraran a sus hogares. Una encuesta sobre la muerte del soldado dio como resultado que había sido masacrado por mujeres, por lo cual no se adelantó ningún procedimiento judicial puesto que habríamos tenido que castigar a casi todas las ciudadanas salineras.

La sal gema, como si estuviese envuelta en una arcilla negra, se hallaba sobre una arenisca cuyos estratos se hunden 40º en dirección NNO. La superposición es evidente en el lecho del Río Negro; en la arcilla negra se pueden ver concreciones deprimidas de un calcáreo gris oscuro, fétido; piritas cúbicas, cal fibrosa sulfatada, anhidra y azufre en pedazos transparentes.

La acumulación de sal tiene una altura de 350 metros, comprendido el espesor de la arcilla que la cubre que es de cerca de 20 metros. La explotación tiene lugar a cielo abierto, en graderías. En su parte inferior la sal es de una gran pureza y de estructura fibrosa; hacia arriba, esta manchada por la arcilla. Esta masa salina no está estratificada.

La sal de roca, en bruto, se vende a 5 reales la arroba; la mayor parte se purifica y se transforma en bloques para ser entregada a los consumidores. Con este objeto la sal gema se disuelve en grandes recipientes hasta que el agua esté saturada y entonces se evapora el agua salada dentro de pequeñas marmitas de barro de fondo hemisférico, con diámetro máximo de 18 pulgadas en la boca. Estas marmitas llamadas cazuelas, fabricadas por los indígenas, están dispuestas en grandes cantidades sobre el techo, muy bajo, de los hornos calentados con leña. Primero se llenan las cazuelas con agua saturada y a medida que el líquido disminuye por evaporación, se le reemplaza. Las indias son las encargadas de verter el agua salada continuamente en los recipientes, por medio de una calabaza (totuma) hecha de crescencia, fijada en el extremo de una larga vara. La operación termina cuando las cazuelas están llenas de sal sólida en parte calcinada, porque el fondo de los recipientes expuestos directamente a la acción del fuego, llega a la incandescencia. Después del enfriamiento se rompen las cazuelas para retirar un bloque más o menos hemisférico, de una sal de gran dureza (sal cocida). Esta sal se vendía a 6 reales la arroba.

Si se dispone de un número suficiente de obreros, la evaporación se lleva a cabo en 48 horas (dos días). El enfriamiento del horno y su desmontada, necesitan también dos días. Al contrario, el montaje dura tres días; así que, ordinariamente, pasan de 5 a 6 días entre el principio y el fin de una operación.

El proceso de evaporación es el mismo que usaban los muiscas; cuando visité a Zipaquirá, los españoles no lo habían cambiado.

La sal cocida que sale de las cazuelas tiene una propiedad que aprecian mucho los compradores y es la de que, en razón de su fuerte cohesión, resiste la acción disolvente del agua, de mejor manera que la sal en roca y aún mejor que la sal granulada. Además es fácil de transportar en mula: cuatro bloques constituyen una carga que puede ser expuesta a la lluvia y al agua de los torrentes que se deben atravesar, sin sufrir ningún daño.

Durante mi permanencia allí, el número de cazuelas colocadas sobre un horno fue así:

Máximum
319
Mínimum 
111
Promedio 
264

De cada cazuela se retiran, en promedio, 3,6 arrobas de sal cocida con un valor de 21,6 reales. Un montaje de 264 cazuelas produce entonces 950,4 arrobas de sal que valen 712 piastras, 6 reales.

Además de la sal cocida se retira del horno después de desmontarlo, la sal que proviene de la ruptura de los recipientes llamada la chirgua. La sal mezclada con las cenizas del horno es el salitre, producto que se vende a bajos precios fomo combustible se queman los tercios de leña que los indios (limadores) buscan en los bosques vecinos. La carga se paga a 2 reales y el peso no debe pasar de las dos arrobas.

Por una cochada de 263 cazuelas que produjo (promedio) 1.003 arrobas de sal, se consumieron 985 cargas de leña que representaban un valor de 246 piastras, 2 reales y por 32 piastras, 7 reales de cazuelas, cada cazuela se pagó a razón de 1 real a los indios alfareros. La mano de obra de una cochada es de 44 piastras, 4 reales. Así que para la producción de 1.003 arrobas de sal cocida que resultan de una cochada, sin contar el valor de la sal gema utilizada para saturar el agua evaporada y los gastos de administración, se gastaría lo siguiente:

Piastras    
Reales
Mano de obra
44
4
Cazuelas 
32
7
Combustible
246 
2
323
5
1.000 arrobas de sal valen
752
2
A deducir: gastos 
323
-3
-
-
Utilidad
328 
3

He aquí el resultado de la venta llevada a cabo en Zipaquirá durante el mes de mayo de 1825:

Arrobas  
Piastras
Reales
Sal virgen (en roca)
5.587
3.491 
7
Sal cocida     
17.399     
13.049
4
Chirgua y salitre     
172 
21
-
-
-
-
Total
24.078
16.562
3

Si se admite que esa cifra sea 1/12 de la producción anual, lo que es posible, saldría anualmente de Zipaquirá:

Sal cocida   
208.788 arrobas
Sal virgen
67.044 arrobas

Como la producción generalmente es inferior a la demanda, la administración recibirá por ese concepto 198.744 piastras; la utilidad más elevada se debe sin duda, a la venta de sal gema, cuya extracción cuesta muy poco.

El fraude que se quería evitar se efectuaba sobre la sal en roca; en las requisas ordenadas por la autoridad se encontraron grandes cantidades de sal, escondidas en casi todas las habitaciones.

Antes de la Conquista los muiscas, desprovistos de instrumentos de hierro, no podían acometer la excavación para retirar la sal de roca: se limitaban a evaporar el agua cuando ya estaba saturada. Eran las fuentes saladas las que explotaban, especialmente las de Nemocón.

Todavía hoy esta salina es propiedad de los indígenas. La población de Nemocón se halla a dos leguas y media al nordeste de Zipaquirá. La arcilla negra que encierra la sal gema contiene piritas y yeso; reposa sobre los estratos de areniscas más o menos coloreadas, poco espesas, con una inclinación de 450 al SSO. He visto pedazos de calcáreo negro con conchas fósiles en esta arcilla salífera, cosa que no había notado en Zipaquira.

El pozo que suministra agua salada con contenido de 0,24 de sal está cavado en la arcilla; se entra por una escalera que tiene 3.965 m de diámetro y de 3.550 m de profundidad. La capacidad es de 45,16 mts. De ninguna manera los muiscas utilizaban pozos tan grandes. La distribución se hacia de la siguiente manera: un indio tenía derecho únicamente al agua que se captara en un día y una noche; cada uno llevaba a su choza el agua que le había sido asignada, con el objeto de evaporarla.

El gobierno administra actualmente la salina de Nemocón y reconoce el derecho de propiedad de los indios, a quienes paga la mitad de las utilidades.

En 1781, cuando el estado substituyó a los indígenas, se presentó un levantamiento; los indígenas incendiaron la casa de la administración y fue necesario hacer venir tropas de Bogotá para apaciguar la sedición; buena cantidad de muiscas fueron masacrados y algunas de sus cabezas fueron enviadas al virrey (3).

En la hacienda de Suzate, cerca de Nemocón, yo vi 3 hermosas capas de carbón en la arenisca con estratos casi verticales de 1.525 metros de espesor intercaladas en las areniscas. Existen capas esquistosas con impresiones vegetales. Este carbón es el que se utiliza en las salinas.

En Zipaquirá la vista está limitada por una montaña bastante elevada que tuve que pasar para llegar a Pacho, con el objeto de reconocer lo que había más allá del terreno salífero. Al llegar al punto más alto se baja a Pacho. Al NNO de la ciudad se explotaba una capa de hierro espático de más de 1 metro de espesor, en un esquisto parecido al de Villeta que soportaba la arenisca y la caliza. En cada una de esas rocas estratificadas recogí muestras de fósiles que pertenecían al terreno neocomiano, entre otros, la trigonia alaeformis.

Una fuente salada de extraordinaria abundancia nace alrededor de 40 leguas de Zipaquirá. sobre la vertiente oriental de la cordillera y desaparece en los llanos de Casanare y de Mesa. Una línea que partiera de Zipaquirá en dirección NE encontraría los tres yacimientos salíferos más importantes de la Nueva Granada: Zipaquirá, Nemocón y Chita.

Al atravesar la cordillera desde Sátiva hasta los alrededores de Pore, pude estudiar la situación geológica de las salinas de Chita.

En Capitanejo se abandona la ruta que va a Pamplona para seguir a ENE y de Sátiva se baja al valle del Chicamocha para subir nuevamente a Jericó.

Cerca de Cheva la arenisca con huellas de dicotiledóneas alterna con la caliza con conchas; en Chita (altitud 2.410 metros) las capas calcáreas y arenáceas están singularmente perturbadas. Al llegar al páramo, en donde se forma la línea de división de las aguas que van a los llanos y las que bajan al Chicamocha, a la altitud de 3.681 metros, la arenisca, muy silícea, toma un aspecto lustroso.

Al bajar del páramo a la bella cascada de Rucubeche (altitud 1.923 metros) se encuentra una arenisca muy esquistosa que constituye la roca de las Salinas de Chita, gran pueblo de 300 familias que se encuentran al fondo de un cañón muy angosto por donde corre el río Casanare.

Gracias al comercio de la sal se encuentra un movimiento y una animación que rara vez se observan en la América española. Salinas se encuentra a 2 leguas de Pore, capital de los llanos.

Las aguas saladas manan en la orilla izquierda del torrente, de manera que son inabordables durante las crecientes. Emergen de un esquisto negro carburado y de una arenisca de granos finos, llena de partículas de mica.

Cerca de Las Salinas, la roca alcanza un gran desarrollo: los estratos, casi verticales, tienen una dirección NS con una particularidad y es que las aguas son calientes; su temperatura es de 44º. Se conocen varias fuentes saladas que manan de esquistos y solamente las más abundantes han sido utilizadas. El agua, de acuerdo con los informes de la administración, contendría 0,25 de sustancias salinas.

La evaporación se lleva a cabo en cazuelas, tal como lo he relatado de las de Zipaquirá y estos recipientes cuestan 8 reales, debido a la escasez de la arcilla que se usa para fabricarlas. La madera es muy abundante y se paga a razón de 1 real la carga de 4 arrobas. Se dice que para obtener una carga de sal cocida se consumen 10 de combustible. Anualmente se obtienen 10.000 cargas de sal de 10 arrobas cada una.

El producto es muy inferior al de Zipaquirá, donde se obtienen 209.000 arrobas de sal cocida y donde además se entregan al comercio 67.000 arrobas de sal virgen. Además, en Chita, la producción está limitada por la demanda, puesto que no hay duda de que se podría producir mucha más sal. Las salinas de Chita no son, como las de Zipaquirá, de arcilla negra y no se conoce la sal gema.

El agua saturada de sal mana de un esquisto que hace parte del Quadersandstein si se juzga por los fósiles que se encuentran; posiblemente también el calcáreo neocomiano que no se ve en el valle, pero que puede encontrarse en relación con las areniscas esquistosas; además las aguas saladas son calientes y manan a una altitud menor: 1.460 metros.

De las salinas llegamos al camino de Pamplona, pasando nuevamente por el páramo. Cerca de un laguito, el barómetro mostró una altitud de 3.596 metros; el aspecto del pequeño lago es muy pintoresco, debido a la abundancia de plantas lanudas de Espeletias de las cuales está rodeado. Por reflexión,el agua parecía negra aun cuando fuera incolora y límpida; el termómetro marcó 8,3º.

De Chita bajamos a lo largo de un torrente (altitud 2.566 metros) para subir en seguida al alto de Cusugui (altitud 3.362 metros). Todavía seguíamos sobre la arenisca en la que se notaba el cuarzo negro de la lidita, cuyos estratos son plegados. La superficie de las capas de arenisca ofrece la apariencia de huellas raíces de ramas del grosor de un brazo; yo no creo que sean fósiles, sino más bien una disposición particular, un accidente que ya había tenido la oportunidad de observar en las cercanías de Capitanejo, en donde la roca es poco inclinada.

Del alto de Cusugui se baja al estrecho y fértil valle de La Uvita. Antes de llegar a Soatá se nota perfectamente la estratificación concordante de la caliza con conchas y de la arenisca folilífera.

En Soatá tomamos la ruta que conduce a Capitanejo y de allí a Pamplona y luego a la Sierra de Mérida.

2.   Minas de esmeraldas de Muzo

Muzo se encuentra en la extremidad norte de la explanada de Bogotá. A la llegada de los europeos, sus habitantes y el Zaque de Tunja se encontraban en constante hostilidad; fueron vencidos después de una fuerte resistencia, cuando los españoles tuvieron como auxiliares a los terribles perros, terror de los indígenas.

De Zipaquirá salí para visitar las ruinas de Muzo. En camino a las salinas había atravesado el río Bogotá en una balsa, pues la creciente hacía que el vado fuera impracticable. Al atravesar la población de Chía me llamó la atención la abundancia de los manzanos y la belleza de sus productos. Esta fruta es tal vez la única traída de Europa que llega a una madurez aceptable en las frías mesetas de los Andes.

Después de haber atravesado el páramo de Tausa, llegué a Ubaté, población de gran tamaño, construida en un llano amplio y fértil, lugar de un antiguo lago.

Al día siguiente, que era domingo, asistí a una misa que me pareció muy divertida porque durante el servicio algunos indios, coronados de flores y teniéndose de la mano, danzaban al son del oboe y del tambor; ésta es una costumbre pagana que el clero ha creído su deber conservar, o más bien, tolerar. En la iglesia vi un crucifijo de gran reputación: por la tarde lo sacaron en gran procesión con antorchas, y por la noche hubo un descabellado fandango en la casa cural.

El pueblo de Fúquene se encuentra a 2 leguas al norte de Ubaté, construido a buena distancia de un lago de 4 leguas cuadradas; su profundidad no pasa de los 3 metros.

En la época de sequía las fiebres palúdicas son frecuentes en los alrededores del lago.

Llegué a Simijaca (altitud 2.883 metros) pasando por Susa y la Boca del Monte, límite septentrional de la Meseta de Bogotá. De este lugar se baja hacia la región cálida. Páramos en Maripí (altitud 1.304 metros) y llegamos al río Minero (altitud 506 metros) y al Paso de Guaso. Después de un recorrido de 16 leguas hacia el norte el río Minero se reúne con el río Horto que desemboca en el Magdalena.

A partir de Maripí marchamos sobre un esquisto negro de granos finos muy hojoso: una grauvaca. El río Minero es un torrente de gran rapidez; se le atraviesa sobre un puente formado por una especie de hamaca, construida en bejucos, cuyas extremidades están amarradas a grandes árboles. Al caminar sobre este puente en oscilación perpetua, se siente una extraña sensación. Nuestras mulas pudieron pasar de un lado a otro con bastante peligro. Las pobre bestias se resistían y una vez entre el agua, era tal la fuerza de las corrientes, que las hacía voltear varias veces antes de poder estabilizarse.

Al salir del río se sube por una rampa muy inclinada, para llegar a Muzo.

Padecimos mucho con el calor insoportable y la insolación, pasando por un camino tallado en una roca negra tan caliente que apenas se podía tocar. Nos hospedamos en casa del alcalde Ignacio Morales, administrador de las minas, que eran explotadas antiguamente para el rey de España y que se encontraban abandonadas en ese entonces.

Muzo fue una ciudad importante en donde se encontraban hasta 12 caballeros cruzados de la Orden de Santa Isabel la Católica. Cuando la visité no era sino minas, en las cuales vivían, aquí y allá, algunos miserables palúdicos. De su antiguo esplendor ya no queda sino una Virgen muy venerada, vestida con gran riqueza; la imagen es muy bella, vestida en terciopelo azul con franjas de oro, la frente ceñida con una corona de oro y alrededor del cuello un collar de perlas finas de un tamaño considerable; el sacristán que nos la mostraba, llamó nuestra atención a la perfecta conservación de la Señora y nos dijo:

“vean ustedes que no envejece; su tinte permanece con vida, miren sus bellos ojos negros, su vestido se mantiene nuevo a pesar de que lo lleva hace más de un siglo; las termitas (comején) que nada perdonan puesto que destruyen hasta nuestras casas, la han respetado; ¡es un milagro! y su cuerpo, como lo van a ver, es incorruptible”. Después de hacer la señal de la cruz, levantó la falda y lo que vimos fueron dos soportes de madera de 3 decímetros que los insectos no habían tocado porque estaban hechos en madera de cedro, bases sólidas sobre las que reposaba la imagen.

“Es una verdadera virgen, continuó con entusiasmo, mucho más de la que pueden mostrar en Chiquinquirá, una cualquiera...” y volteándose hacia mi, dijo: “no más virgen que Ud. mi querido oficial, una intrigante que se encontraron nadie sabe donde, ni cómo. La nuestra vino de Castilla y es pura e inmaculada".

Sin duda era risible oír a este buen hombre elogiar su “nuestra señora” su fetiche, pero ¿quién de nosotros, aun entre los más instruidos, no tiene fetiche?.

Esto me recuerda que en Alsacia el cura párroco de Haguenau, sacó una estupenda pieza de encaje que una de sus ricas feligresas, enviaba al peregrinaje de Marienthal. El cura decía con encanto infantil: “Cómo va a gozar la Virgen cuando reciba estos bellos encajes”; como se ve, el eclesiástico de Haguenau era tan ingenuo como el pobre sacristán de Muzo; por lo demás, toda la convicción es respetable, por su sinceridad.

Las minas se encuentran a dos horas de Muzo, hacia el Sur. Me fue imposible entrar a los trabajos abandonados; la galería descendiente de San Antonio, abierta en el esquisto negro de Villeta, estaba inundada. Las paredes de la mina estaban recubiertas de eflorecencias de sulfato de calcio y de magnesia, debido a la alteración de las piritas y de las concreciones calcáreas. En el esquisto se veía el calcáreo espático de un blanco lechoso el cual generalmente conforma la gama de esmeraldas.

A la entrada del subterráneo se podían ver estalactitas ferruginosas; una espesa vegetación arborescente que se ha desarrollado desde el abandono de las minas, impedía un más amplio reconocimiento.

Después de esta excursión fuimos a cenar más abajo de la mina de San Antonio. Yo estaba sentado sobre un banco, fuera de la vivienda, junto a 3 niños a quienes, naturalmente, inspiraba una viva curiosidad, cuando a unos pasos de nosotros cruzó reptando lentamente, una enorme serpiente de 3 metros

de largo, y unos 15centímetros de diámetro; mientras levantaba su horrible cabeza para mirarnos le apunté y cuando le iba a descargar munición gruesa, los niños desviaron la carabina y me dijeron: “No la mate, por amor de Dios, es una amiga que devora las alimañas de la casa; sin ella nos habrían acabado las ratas y las hormigas”. Ellos la conocían y no se asustaron cuando la vieron a su lado; era una culebra cazadora de un blanco lívido, de ojos rojizos y... la dejé pasar.

Los indios no abrían galerías en el esquisto, sino más bien trincheras sobre las afloraciones de filones que sus chuzos de madera lograban cortar. Procedían a la explotación por medio de ataques a toda la montaña, creando, por así decirlo, escombros dentro de los cuales buscaban las esmeraldas.

Los españoles adoptaron y siguieron durante mucho tiempo este procedimiento que no se aplica generalmente sino a los aluviones auríferos; en los alrededores de Muzo se ven los escombros, enormes cantidades de restos de rocas, acumulados en la parte baja de los cerros. Por medio del agua se disgregaba la roca esquistosa y con ese objeto se traía, con frecuencia de grandes distancias, un riachuelo que vertía en un recipiente excavado en lo alto de la montaña. El agua, que se dirigía con fuerza sobre el esquisto, lo labraba y los hombres ayudaban a la destrucción, raspando con sus chuzos, la roca poco adherente sobre la que se hacía el trabajo y las esmeraldas se encontraban en los restos acumulados en la parte baja.

Las mejores gemas, las que los españoles le quitaron al Zipa de Tunja, habían sido encontradas entre los restos producidos por la acción del agua o por la disgregación natural de la roca esquistosa, fácilmente alterable, debido a su poca cohesión. Con frecuencia se encuentran pequeñas esmeraldas en la tierra de cultivo de los alrededores y no es raro que se descubra alguna en la molleja de las gallinas.

El producto en esmeraldas fue considerable durante el primer período de la administración española; sin abandonar la explotación por medio del agua, se abrieron trabajos subterráneos; fue así como se constató que las esmeraldas se encontraban especialmente en las vetas de calcáreo espático que, por cierto, eran muy irregulares. Sin embargo, el esquisto negro muy carburado también las contiene y el señor de Senarmont hizo una curiosa observación: en la roca esquistosa existen esmeraldas microscópicas.

Tuve la oportunidad de conocer lo que el gobierno español había obtenido de la explotación de las minas de Muzo: varios especímenes de esmeraldas de gran volumen se conservan en el museo de Madrid; cada una de ellas era pesada, descrita y registrada; Morales, el administrador actual, les llevó la cuenta exacta durante más de 25 años.

El yacimiento de esmeraldas es realmente lo que los mineros castellanos y americanos llaman “topes”, palabra que se podría traducir por “encuentro accidental”. Durante meses el trabajo es improductivo y de pronto uno cae sobre uno o varios nidos de la preciosa piedra que posee todas las cualidades que se desean. Frecuentemente también se retiran esmeraldas morillones en fragmentos irregulares, llenas de grietas, sin transparencia y que no tienen ningún valor. Tengo a mi disposición más de 1 kilogramo de ellas.

La verdadera esmeralda está formada por cristales implantados generalmente en una greda de espato calcáreo*; al encontrarla es frágil y conviene guardarla durante algún tiempo antes de entregarla al tallador; es como si tuviera agua intercalada, llamada “agua de cantera".

La revolución que surgió en la Nueva Granada impidió continuar con la subvención acordada para explotar esas minas que, por cierto, se habían vuelto poco productivas. El gobierno republicano entregó a contrato las dichas minas a uno de nuestros amigos, el señor Joseph París, quien allí se arruinó.

Durante 10 o 12 años las búsquedas no muy activas no dieron ningún resultado, cuando un día se encontró un “tope” de una riqueza excepcional. De la miseria, el señor París pasó súbitamente a la riqueza y aun cuando tuvo la imprudencia de ofrecer simultáneamente en el mercado muchas esmeraldas de magnífica agua, logró sumas importantes. Entre sus manos vi un cristal irreprochable que había ofrecido al museo de San Petersburgo por 20.000 francos. La venta no tuvo lugar, pero París siguió el consejo que le había dado un hábil joyero: dividió la magnífica piedra en varios pedazos, vendidos por un total de 25.000 francos.

Añadiré que París, después de haber ganado millones murió pobre, cosa que generalmente sucede a quienes se enriquecen con los “topes”; todos los mineros que he conocido eran jugadores incorregibles y siempre ha sido así en el Nuevo Mundo, desde la conquista. He visto en el Chocó a propietarios de lavaderos que van a una sola carta una apuesta de algunos kilogramos de polvo de oro.

Al dejar a Muzo bajamos al valle del Minero, el cual atravesamos para subir en seguida al Alto del Pan (altitud 1.058 m). De allí pasamos al Alto de Casurú (altitud 1.223 m) antes de llegar al pueblecito de Maripí, en donde pernoctamos.

Por el camino vimos tres serpientes que acababan de matar; tenían 2 metros de largo; los reptiles son muy numerosos en esta región caliente y húmeda.

Siempre habíamos marchado sobre el esquisto negro, prolongación del esquisto de Villeta. La distancia de esta localidad a las minas es de 12 leguas en línea recta, dirigiéndose al NNE.

Una observación hecha al azar me indicó que las dos rocas son idénticas: en una oportunidad yo subía del valle del Magdalena hacia Facatativá, situada sobre la explanada de Bogotá cuando, cerca de Villeta, al atravesar un riachuelo, vi entre el agua una piedra de bello color verde; bajar de la mula y recoger el fragmento que me llamó la atención, fue asunto de un instante. Así me convertí en el propietario de una bella esmeralda, originaria sin ninguna duda del esquisto que el torrente había arrastrado.

Este esquisto está caracterizado por yacimientos de cobre y de hierro espático y sigue mucho más adelante, hacia el Norte. Por todas partes soporta el terreno arenáceo y el calcáreo neocomiano.

De Maripí nos dirigimos a Chiquinquirá atravesando, por segunda vez, el Alto de la Boca de Monte. Estamos sobre la meseta de Bogotá, a una altitud de 2.600 m.

Chiquinquirá posee un templo, casi una catedral, que aloja a una virgen, objeto de la veneración del país. Es una virgen para “hacer de todo”. Los peregrinos llegan de todas partes para adorarla. Su imagen está adornada con esmeraldas de gran valor. Sin duda es la más rica “Nuestra Señora” que se conozca. El piso de la iglesia estaba cubierto de pequeños cirios que prenden los devotos. Una clerecía numerosa, muy alegre y muy hospitalaria, es apenas suficiente para decir las misas de a peso (4), lo que constituye una renta importante. Los enfermos afluyen para suplicar su curación a la madona. Nada tan curioso como ese foco de superstición.

Antes de regresar a Bogotá quise visitar la Provincia de Socorro, para dedicarme a estudiar los terrenos estratificados, especialmente las capas ricas en fósiles en consecuencia, tomé la ruta que sale de Chiquinquirá hacia el Norte y a seis leguas encontré a Puente Real, localidad muy poco importante (altitud 1.680 m) y llegué a Vélez, donde me instalé durante algunos días (altitud 2.198 m).

Durante el trayecto observé abundantes yacimientos de una caliza azulosa, llena de conchas, que se ven como concreciones en la arenisca y al aumentar de volumen verdaderas capas calcáreas. Vélez está pavimentado con caliza y se puede decir, sin exagerar, que el piso sobre el cual se camina, es una admirable colección de fósiles; es una población muy animada, en donde se fabrican confituras de guayaba** y también el “masato” preparado con germen de maíz endulzado con jugo de caña concentrado como jarabe, lo que produce una pasta que disuelta en agua da una bebida que contiene suficiente alcohol para producir embriaguez. Se envía mucho masato a Bogotá.

A 3 horas de marcha al norte de Vélez nos mostraron un accidente geológico muy curioso: el Hoyo del Aire, o más bien el hoyo del viento, que es un pozo, más o menos circular en las capas de caliza, muy profundo y cuyas paredes son verticales. Al fondo, la vegetación arborescente, es casi un jardín. Al arrojar una piedra vimos elevar una banda de pericos que se escaparon describiendo una elipse. Se asegura que este pozo natural tiene 132 varas de profundidad (5). Acostado boca abajo pude arrastrarme hacia el borde sin sentir vértigo y dejé caer un gran fragmento de calcáreo que necesitó 5segundos con 5 décimos para llegar al fondo, así que la profundidad calculada con esa experiencia, sería de 148 m. La abertura del pozo se halla sobre una pendiente poco inclinada y el experimento de la caída de la piedra se hizo sobre la parte más baja del terreno. Me pareció reconocer en el fondo de esta enorme cavidad, un principio de galería lo que me hizo suponer que existe una comunicación con un valle inferior; el hecho es que debe haber una salida por donde se escapan las aguas lluvias, ya que el terreno de abajo jamás se inunda, aun en la estación húmeda. 

El nombre de “Hoyo del Aire” se le dio a este pozo porque se asegura que de tiempo en tiempo sale por allí un viento impetuoso. Nosotros encontramos el aire absolutamente calmado y entre la gente que nos acompañaba, no encontramos testigos de ese fenómeno. En los alrededores se conocen otros “hoyos” pero ninguno se acerca a las dimensiones del que habíamos visitado. La disposición regular, casi horizontal, de los estratos que forman la pared del pozo natural, permite suponer que la cavidad es el resultado de un hundimiento instantáneo y la vegetación que cubre su fondo no permite constatar si ha habido alguna acumulación de escombros. Lo más extraordinario de esta rara y profunda depresión de un terreno estratificado, es la nitidez de las paredes: ninguna extremidad forma saliente alguna; por lo demás, las rocas de los alrededores de Vélez son muy cavernosas. Los indígenas depositaban sus muertos en grandes espacios subterráneos, en donde todavía hoy se pueden encontrar muchas vasijas de barro con esqueletos.

Vélez se halla a 4 leguas al norte del Socorro, capital de la provincia del mismo nombre. Es una ciudad densamente poblada, centro de una industria importante: la fabricación de la tela de algodón. Las mujeres se pasan la vida hilando con un hueso y en casi todas las casas se encuentra un telar. Estas telas burdas, pero muy sólidas, están teñidas algunas veces con color azul, proveniente del añil que se cultiva en la región. Estas telas crudas o teñidas son enviadas a grandes distancias, inclusive hasta el Perú.

En el Socorro se cultiva también la caña para extraer el azúcar para elaborar el aguardiente anisado, bebida muy apreciada.

El río Suárez atraviesa la Provincia del Socorro y antes de desembocar en el Magdalena, toma el nombre de Chicamocha; corre paralelamente a muy poca distancia del río Opón, el cual remontó la expedición de Jiménez de Quesada para entrar a territorio de los muiscas.

San Gil y Girón son poblaciones muy interesantes. Por todas partes se encuentran areniscas y la caliza con conchas, cuya alternación es algunas veces evidente y otras dudosa. Lo que según creo cierto, es que admitiendo la intercalación de la caliza y de la arenisca, esta última roca adquiere, sobre todo en cuanto a espesor, una amplitud que no presenta la caliza, principalmente en Ubaté, al norte de Bogotá.

Al admitir el próspero estado de la bella Provincia del Socorro, se experimenta un sentimiento penoso: tal vez es la región de los Andes en donde hay más cotudos; cotos de dimensiones formidables y esto en todas las clases de la sociedad.

Se debe tener en cuenta que antes de la Conquista, estos habitantes de la Provincia del Socorro eran los que llevaban a la Meseta de Bogotá, donde vivían los muiscas, objetos de lujo como las esmeraldas de Muzo, vestidos de algodón del Socorro, el oro de Girón y de Bucaramanga, a cambio de sal de Zipaquirá y Nemocón.

 

 

*
En el lenguaje geológico actual se usarían los términos arcillolitas o shales. (regresar *)
**
Estos últimos se denominan ahora arcillolitas negras o shales negros, caracterizados por su alto contenido en materia orgánica. (regresar **).
(1)
Vista de las capas tomada del agua. Obispo. "Diario" Tomo I; aspecto de las capas en el sitio Cueva de la iglesia "Diario", Tomo II pág. 79 (regresar 1)
(2)
Hamites degenhgardotti — Trigonia alaeformis — Exogia Bousstngaultii, Exogia Couloni. En el calcáreo: especies descritas por D’Orbigny: Ammonites Boussingaultii— A. Dumasianos— A. Santaferinus— Rostellaria Boussingaultii— R. angulosa — R. americana — Cardium cotombianum — Tellina bogotina — Trigonia Boussingaultii. T. abrupta— Cuculea dilatada— C. Tocayinnensis— Ostrea abrupta. (regresar 2)
(3)
 N. del T. 1781, año de la revolución de los Comuneros. (regresar 3)
(4)
Peso o piastra de 10 reales igual a 5 francos. Ver anuario de la oficina de Longitudes.(regresar 4)
(5)
La vara de Castilla tiene 0835 m, lo que daría 110 m(regresar 5)
* 
En la nomenclatura usada actualmente en mineralogía, se hablaría de espato de Islandia, variedad bien cristalizada de calcita.(regresar *)
**
Se trata del famoso bocadillo veleño.(regresar **)
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