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CAPÍTULO X
EL SALTO DE TEQUENDAMA
La partida Los
compañeros Los caballos de la Sabana El traje de viaje Rosa
Soacha La hacienda de San Benito Una noche toledana La leyenda del
Tequendama El mito chibcha- Humboldt El brazo de Nenquetheba El río
Funza Formación del Salto La hacienda de Cincha Paisajes La
cascada vista de frente Impresión serena En busca de otro ascpecto
Cara á cara con el Salto El torrente Impresión violenta La muerte bajo
esa faz La hazaña de Bolívar La altura del Salto Una opinión
del-Humboldt Discusión El Salto al pie El Dr. Cuervo Regreso
El puente de Icononzo Descripción del Barón Gros.
Al fin llegó el día tan
deseado del paseo clásico de la Sabana, la visita al Salto de Tequendama, la maravilla
natural más estupenda que es posible encontrar en la corteza de la tierra. Desde que he
puesto el pie en la altiplanicie andina, sueño con la catarata y cuando al cansado paso
de mi mula, llegué á aquel punto admirable que se llama el Alto del Roble, desde el cual vi desenvolverse á
mis ojos atónitos la inmensa Sabana, parecióme oír yá del Tequendama el
retemblar profundo.
Ha llegado el momento de
ponernos en marcha; el día está claro y sereno, lo que nos promete una atmósfera
transparente al borde del Salto. A las tres de la tarde, la caravana se pone en
movimiento. Somos ocho amigos, sanos, contentos, jóvenes y respirando alegremente el aire
de los campos, viendo la vida en esos momentos color de rosa, bajo la impresión de la
profunda cordialidad que impera y ante la perspectiva
de las hondas emociones del día
siguiente. Son Emilio Pardo, tan culto, alegre y simpático; Eugenio Umaña, el señor
feudal del Tequendama, en una de cuyas haciendas vamos á dormir, caballeresco, con todos
los refinamientos de la vida europea por la que suspira sin cesar, músico consumado;
Emilio del Perojo, Encargado de Negocios de España, jinete, decidor, listo á toda
empresa, con un cuerpo de hierro contra el que se embota la fatiga; Roberto Suárez,
varonil, utópico, trepado eternamente en los extremos, exagerado, pintoresco en sus
arranques, incapaz de concebir la vida bajo su chata y positiva monotonía, apasionado,
inteligente é instruído; Carlos Sáenz, poeta de una galanura exquisita y de una
facilidad vertiginosa, chispeante, sereno, igual en el carácter como un cielo sin nubes;
Julio Mallarino, hijo del dignísimo hombre de Estado que fue Presidente de Colombia,
espiritual, hábil, emprendedor, literato en sus ratos perdidos; Martín García Mérou,
meditando su oda obligada al Salto y por fin, yo, en uno de los mejores instantes de mi
espíritu, nadando en la conciencia de un bienestar profundo, con buenas cartas de mi
tierra recibidas en el momento de partir y con la tranquilidad que comunican los pequeños
éxitos de la vida.
Volábamos sobre la tendida
sabana, gozando de aquella indecible fruición física que se siente cuando se corre por
los campos sobre un caballo de fuego y sangre, estremeciéndose al menor ademán que
adivina en el jinete, la boca llena de espuma, el cuello encorvado y pidiendo libertad
para correr, volar, saltar en el espacio como un pájaro.
No he montado en mi vida
un animal más noble y generoso que aquel bayo soberbio que mi amigo J. M. de Francisco
tuvo la amabilidad de enviarme á la puerta de mi casa, aperado á la orejón, como si dijéramos á la gaucha. Verdad
que el caballo de la Sabana de Bogotá es una especialidad; todos ellos son de paso y es imposible formarse una idea de la
comodidad de aquel andar sereno, cuya suavidad de movimientos no se pierde ni aun en los
instantes de mayor agitación del animal. No tienen aquel ridículo braceo de los caballos chilenos, tan contrario á
la naturaleza; pero su brío elegante es incomparable. Encorvan la cabeza, levantan el
pecho, pisan con sus férreos cascos con una firmeza que parte la piedra y fatigan el
brazo del jinete que tiene que llevarlos con la rienda rígida. La espuela ó el látigo
es inútil; basta una ligera inclinación del cuerpo para que el animal salte y, como
dicen nuestros paisanos, pida rienda. Y así marchan días enteros; después de un
violento viaje de dieciséis leguas, con sus carreras, saltos, etc., he entrado á Bogotá
con los brazos muertos y casi sin poder contener mi caballo, que, embriagándose con el
resonar de sus cascos herrados sobre las piedras, aumentaba su brío, saltaba el arroyo
como en un circo y daba muestras inequívocas de tener veleidades de treparse á los
balcones. Todos los animales que montábamos eran por el estilo; en el camino llano que va
á Soacha, sólo una nube de polvo revelaba nuestra presencia. Volábamos por él y los
caballos, excitándose mutuamente, tascaban frenéticos los frenos y cuando algún jinete
los precipitaba contra una pared baja de adobes ó contra un foso, salvaban el obstáculo
con indecible elegancia.
El traje que llevábamos
es también digno de mención, porque es el que usa todo colombiano en viaje. En la
cabeza, el enorme sombrero suaza, de paja, de
anchas alas que protegen contra el sol y de elevada copa que mantiene fresco el cráneo.
Al cuello, un amplio pañuelo de seda que abriga la garganta contra la fría atmósfera de
la Sabana al caer la noche; luégo, nuestro poncho, la ruana colombiana, de paño azul é impermeable,
corta, llegando por ambos lados sólo hasta la cintura. Por fin, los zamarros nacionales, indispensables, sin los cuales
nadie monta, que yo creía antes de ensayarlos, el aparato más inútil que los hombres
hubieran inventado para mortificación propia, opinión sobre la que, más tarde, hice
enmienda honorable. Los zamarros son dos piernas
de pantalón, de media vara de ancho, cerradas á lo largo, pero abiertas en su punto de
juntura, de manera que sólo protejan las extremidades. Cayendo sobre el pie, metido en el
estribo morisco que semeja un escarpín, dan al jinete un aire elegante y seguro sobre la
silla. Son generalmente de caoutchouc, pero
los orejones verdaderos, la gente de campo, los
usan de cuero de vaca con pelo, simplemente sobado
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.
Si se tiene en cuenta que en aquellas regiones los aguaceros torrenciales persisten las
tres cuartas partes del año, se comprenderá que estas precauciones son indispensables
para los viajes en la montaña, en climas en donde una mojadura puede costar la vida.
Pronto estuvimos en Bosa,
distrito del Departamento de Bogotá, antiquísimo pueblo chibcha, que fue el cuartel
general de Gonzalo Jiménez de Quesada, antes de la fundación de Bogotá y lugar de
recreo del Virrey Solís, que podía allí dar rienda suelta á su pasión por la caza de
patos.
Una hora más tarde
cruzábamos bulliciosamente las muertas calles de la triste aldea de Soacha, de dos mil
quinientos habitantes y con un metro de elevación sobre el nivel del mar por habitante.
En las inmediaciones de Soacha y á 2.660 metros de elevación dice Humboldt que encontró
huesos de
mastodonte. ¡Deben esos restos de un mundo desvanecido haber reposado allí
muchos millares de años antes de ser hollados por la planta del viajero alemán!
Los visitantes comunes del
Salto hacen noche en Soacha, para madrugar al día siguiente y llegar á la catarata antes
que las nieblas la hagan invisible. Pero nosotros íbamos con el señor de la comarca,
pues la región del Tequendama pertenece á la familia Umaña, por concesión del rey de
España, otorgada hace doscientos y tántos años. Nos dirigíamos á una de las numerosas
haciendas en que está subdividida, la de San
Benito, á la que llegámos cuando la noche caía y el viento fresco de la Sabana
abierta empezaba á hacernos bendecir los zamarros y la ruana cariñosa. Allí nos
esperaba una verdadera sorpresa, en mesa luculiana que nos presentó el anfitrión, con un
menu digno del Café Anglais y unos vinos,
especialmente un oporto feudal, que habría hecho honor á las bodegas de Rothschild.
Allí pasámos la noche, es
decir, allí la pasaron los que, como Pardo, Perojo y yo tuvimos la buena idea de dar un
largo paseo después de comer. Mientras tendidos en el declive de una parva, hablábamos
de la patria ausente y contemplábamos la Sabana, débilmente iluminada por la claridad de
la noche y las cimas caprichosas de las pequeñas montañas que la limitan, llegaban á
nuestros oídos ruidos confusos desde el interior de la casa, rumor de duro batallar,
gritos de victoria, imprecaciones, himnos. Cuando dos horas más tarde entrámos en
demanda de nuestros lechos, los campos de la Moskowa, de Eylau ó de Sedán eran idilios
al lado del cuadro que se nos ofreció á la vista. Aún recuerdo una almohada que era un
poema. Como aquellos sables que en el furor del combate se convierten en tirabuzones, la
almohada, abierta de par en par, dejaba escapar la lana por anchas heridas, mientras que
un débil pedazo de funda procuraba retenerla en su forma prístina. Mesas derribadas,
sillas desvencijadas, botines solitarios en medio del cuarto y en los rincones, sobre los
revueltos lechos, los combatientes inertes, exhaustos. El cuarto diplomático había sido respetado y ganámos
nuestras camas con la sensación deliciosa del peligro evitado.
Como al amanecer debemos
ponernos en camino del Salto, ha llegado el momento de explicar su formación, buscando
previamente su fe de bautismo, su filiación en la teogonía chibcha. La imaginación de
los americanos primitivos, que ha creado las leyendas originarias de Méjico y el Perú,
tiene que brillar también en estas alturas, donde la proximidad de los cielos debe
haberle comunicado mayor intensidad y esplendor.
No fatigaré exponiendo aquí
toda la mitología chibcha, raza principal de las que poblaban las alturas de lo que hoy
se llama Colombia, cuando en 1535 llegaban por tres rumbos distintos los conquistadores
españoles. Entre éstos, Quesada, el más notable, recogió las principales leyendas y
aunque desgraciadamente su manuscrito se perdió, los historiadores primitivos del Nuevo
Reino de Granada las han conservado salvándolas del olvido.
Humboldt, refiriéndose á las
tradiciones religiosas de los indios, respecto al origen del Salto de Tequendama, dice
así:
Según ellas, en los más
remotos tiempos, antes que la Luna acompañase á
la Tierra, los habitantes de la meseta de Bogotá vivían como bárbaros, desnudos y sin
agricultura, ni leyes, ni culto alguno, según la mitología de los indios muiscas ó
moscas. De improviso se aparece entre ellos un anciano que venía de las llanuras situadas
al Este de la Cordillera de Chingaza, cuya barba larga y espesa le hacía de raza distinta
de la de los indígenas. Conocíase á este anciano por los tres nombres de Bochica, Nenquetheba y Zuhé y asernejábase á Manco Capac. Enseñó á
los hombres el modo de vestirse, á construir cabañas, á cultivar la tierra y reunirse
en sociedad; acompañábale una mujer á quien también la tradición da tres nombres: Chía, Yubecahiguaya y Huitaca. De rara belleza, aunque de una excesiva
malignidad, contrarió esta mujer á su esposo en cuanto él emprendía para favorecer la
dicha de los hombres. A su arte mágico se debe el crecimiento del río Funza, cuyas aguas
inundaron todo el valle de Bogotá, pereciendo con este diluvio la mayoría de los
habitantes de los que se salvaron unos pocos sobre la cima de las montañas cercanas.
Irritado el anciano, arrojó á la hermosa Huitaca lejos de la Tierra; convirtióse en
Luna entonces, comenzando á iluminar nuestro planeta durante la noche. Bochica después,
movido á piedad de la situación de los hombres dispersos por las montañas, rompió con
mano potente las rocas que cerraban el Valle por el lado de Canoas y Tequendama, haciendo
que por esta abertura corrieran las aguas del lago de Funza, reuniendo nuevamente á los
pueblos en el Valle de Bogotá. Construyó ciudades, introdujo el culto del Sol y nombró
dos jefes á quienes confirió el poder eclesiástico y secular, retirándose luégo, bajo
el nombre de Idacanzas, al Valle Santo de Iraca
cerca de Tunja, donde vivió en los ejercicios de la más austera penitencia por espacio
de 2.000 años.
Es necesario haber visto
aquella solución de la montaña, por donde el Funza penetra bullicioso y violento,
aquellas rocas enormes, sus pendidas sobre el camino, como si hubieran sido demasiado
pesadas para el brazo de los titanes en su lucha con los dioses, para apreciar el mito
chibcha en todo su valor. Hay allí algo como el rastro de una voluntad inteligente y la
tutela eterna y profunda de la naturaleza sobre el hombre, tiene que haber sido
personificada por el indio cándido en la fuerza sobrehumana de uno de esos personajes que
aparecen en el albor de las teogonías indígenas como emanaciones directas de la
divinidad.
La mañana está bellísima y
el aire fresco y puro de los campos exalta la energía de los animales que nos llevan á
escape por la Sabana. Pronto llegámos á la hacienda de Tequendama, situada al pie del cerro, en una
posición sumamente pintoresca. Pasámos sin detenernos, entrámos á las gargantas y
pronto costeámos el Funza, que como el hilo de la virgen griega, nos guía por entre
aquel laberinto de rocas, piedras sueltas ciclópeas, desfiladeros y riscos.
El río Funza ó Bogotá se
forma en la sabana del mismo nombre de las vertientes de las montañas y toma pronto
caudal con la infinidad de afluentes que arrojan en él sus aguas. Después de haber
atravesado las aldeas de Fontihón y Zipaquirá, tiene, al acercarse á Canoas, una
anchura de 44 metros. Pero á medida que se aproxima al Salto, se va encajonando y por lo
tanto su ancho se reduce hasta 12 y 10 metros. Desde que abandona la Sabana, corre por un
violento plano inclinado, estrellándose contra las rocas y guijarros que le salen al
camino como para detenerlo y advertirle que á corta distancia está el temido
despeñadero. El río parece enfurecerse, aumenta su rapidez, brama, bate las riberas y de
pronto la inmensa mole se enrosca sobre sí misma y se precipita furiosa en el vacío,
cayendo á la profundidad de un llano que se extiende á lo lejos, á 200 metros
del
cauce primitivo. Tál es la formación del Salto de Tequendama.
Luégo de haber seguido el río
por espacio de media hora, gozando de los panoramas más variados
y grandiosos que pueden
soñarse, nos apartámos de la senda y comenzámos átrepar la montaña. El ruido de la
cascada, que empezábamos yá á oír distintamente, se fue debilitando poco á poco. No
había duda de que nos alejábamos del Salto. Era simplemente una nueva galantería de
Umaña que quería mostrarnos la maravilla, primero bajo su aspecto puramente artístico,
idealmente bello, para más tarde llevarnos al punto donde ese sentimiento de suave
armonía que despierta el cuadro incomparable, cediera el paso á la profunda impresión
de terror que invade el alma, la sacude, se fija allí y persiste por largo tiempo. ¡Oh ,
por largo tiempo! Han pasado algunos meses desde que mis ojos y mi espíritu contemplaron
aquel espectáculo estupendo y aún, durante la noche, suelo despertarme sobresaltado, con
la sensación del vértigo, creyéndome despeñado al profundo abismo...
De improviso apareció, en una
altura, la poética hacienda de Cincha, desde la
que se percibe una vista hermosísima. A la izquierda, la curiosa altiplanicie llamada La Mesa, que se levanta sobre la tierra caliente. A
la derecha, Canoas, con las faldas de sus
cerros, verdes y lisas, donde se corre el venado soberbio y abundante allí. Abajo, San
Antonio de Tena, medio perdido entre las sombras de la llanura y las luminosas ondas
solares. Todo esto, contemplado por entre la abertura de un bosque y al borde de un
precipicio, donde el caballo se detiene estremecido, prepara el alma dignamente para las
poderosas sensaciones que le esperan.
Empezámos el descénso por
sendas imposibles y en medio de la vigorosa vegetación de la tierra fría, pues
respirámos una atmósfera de trece grados centígrados. Pronto dejámos los caballos y
continuámos á pie, guiados por entre la maleza, las lianas y los parásitos que
obstruyen el paso, por dos ó tres muchachos de la hacienda que van saltando sobre las
rocas gregarias y los troncos enormes tendidos en el suelo, con tánta soltura y elegancia
como las cabras del Tyrol.
Así marchámos un cuarto
de hora, yá conmovidos por un ruido profundo, solemne, imponente, que suena á la
distancia. Es un himno grave y monótono, algo como el coro de titanes impotentes al pie
de la roca de Prometeo, levantando sus cantos de dolor para consolar el alma del
vencido...
Prepare el alma,
amigo!
Quedámos extáticos,
inmóviles, y la palabra, humilde ante la idea, se refugió en el silencio. Silencio
imprescindible, fecundo, porque á su amparo el espíritu tiende sus alas calladas y
vuela, vuela, lejos de la tierra, lejos de los mundos, á esas regiones vagas y
desconocidas, que se atraviesan sin conciencia y de las que se retorna sin recuerdo.
¿Cómo pintar el cuadro
que teníamos delante?
¿Cómo dar la sensación
de aquella grandeza sin igual sobre la tierra? ¡Oh! ¡Cuántas veces he estado á punto
de romper estas páginas pálidas y frías, en las que no puedo, en las que no sé
traducir este mundo de sentimientos levantados bajo la evocación de ese espectáculo á
que los hombres no estamos habituados!
Figuraos un inmenso
semicírculo casi completo, cuyos dos lados reposan sobre la cuerda formada por la línea
de la cascada. Nos encontrábamos en el vértice opuesto, á mucha distancia por
consiguiente. Las paredes graníticas, de una altura de 180 metros, están cortadas á
pico y ostentan mil colores diferentes, por la variedad de capas que el ojo descubre á la
simple vista. De sus intersticios, brotan chorros de agua formados por vertientes
naturales y por la condensación de la enorme masa de vapores que se desprenden del Salto
y arrancan árboles de diversas clases creciendo sobre el abismo con tranquila serenidad.
En la altura, pinos y robles, las plantas todas de la región andina: en el fondo, allá
en el valle que se descubre entre el vértigo, la lujosa vegetación de los trópicos, la
savia generosa de la tierra caliente, la palmera, la caña y revoloteando en los aires que
miramos desde lo alto, como el águila las nubes, bandadas de loros y guacamayas que
juguetean entre los vapores irisados, salen, desaparecen y dan la nota de las regiones
cálidas al que los mira desde las regiones frías. Figuraos que desde la cumbre del
Mont-Blanc tendéis la mirada buscando la eterna mar de hielo, como un sudario de las
aguas muertas y que veis de pronto surgir un valle tropical, riente, lujoso, lascivo,
frente á frente á aquella naturaleza severa, rígida é imperturbable.
Quitad de allí el Salto si
queréis, suprimid el mito, dejad en reposo el brazo potente de Nenquetheba: siempre
aquellas murallas profundas y rectas, aquel abismo abierto, insaciable en el vértigo que
causa, siempre aquella llanura que la mirada contempla y que el espíritu persiste en
creer una ficción, siempre ese espectáculo será uno de los más bellos creados por Dios
sobre la cáscara de la tierra.
Ahora, apartad los ojos
de cuanto os rodea: y mirad al frente, con fuerza, con avidez, para grabar esa visión y
poder evocarla en lo futuro. La mañana, clara y luminosa, nos ha sido propicia y el sol,
elevándose soberano en un cielo sin nubes, derrama sus capas de oro sobre la región de
los que en otro tiempo lo adoraron. Las temibles nieblas del Salto se disipan ante él y
las brumas cándidas se tornasolan en los infinitos cambiantes de un iris vívido y
esplendoroso. Las aguas del Salto caen á lo lejos, desde la altura en que nos
encontrámos, hasta el valle que se extiende en la profundidad, en una ancha cinta de una
blancura inmaculada, impalpable. Todo es vapor y espuma, nítida, nívea. Hay una armonía
celeste en la pureza del color, en la elegancia suprema de los copos que juguetean un
instante ante los reflejos dorados del sol y se disuelven luégo en un vapor tenue,
transparente, que se eleva en los aires, acoge el iris en su seno y se disipa como un
sueño en las alturas. Por fin, de la nube que
se forma al chocar las espumas en el fondo, se ve salir alegre y sonriente, como gozoso de
la aventura, el río que empieza á fecundar, en su paso caprichoso, tierras para él
desconocidas, en medio de la templada atmósfera que suaviza la crudeza de sus aguas.
Nada de espanto ni de ese
profundo sobrecogimiento que causan los espectáculos de una grave intensidad; nada de
bullicio en el alma tampoco, como el que se levanta ante un cuadro de las llanuras
lombardas. Una sensación armoniosa, la impresión de la belleza pura. No es posible
apartar los ojos de la blanca franja que lleva disueltos los mil colores del prisma; una
calma deliciosa, una quieta suavidad que aferra al punto, que hace olvidar de todo. La
óptica produce aquí un fenómeno puramente musical, la atracción, el olvido de las
cosas inmediatas de la vida, el tenue empuje hacia las fantasías interminables. El ruido
mismo, sordo y sereno, acompaña, con su nota profunda y velada, el himno interior. Es
entonces que se ama la luz, los cielos, los campos, los aspectos todos de la naturaleza. Y
por una reacción generosa é inconsciente, se piensa en aquellos que viven en la eterna
sombra, sin más poesía en el alma que la que allí se condensa en el sueño íntimo, sin
estos momentos que serenan, sin esos cuadros que ensanchan la inteligencia y al pasar
fugitivos en su grandeza, ante el espíritu tendido y ávido, le comunican algo de su
esencia.
Así permanecimos largo
rato sin cambiar más palabras que las necesarias para indicarnos un nuevo aspecto del
paisaje, cuando sonó la voz tranquila de Umaña, invitándonos á desprendernos del
cuadro, porque el día avanzaba y nos faltaba aún ver
el Salto.
Pero no es posible,
amigo, encontrar un punto de mira más propio que éste, le dije con el acento suave
del que pide un instante mas.
Usted ha visto un
panorama maravilloso; pero le falta aún la vista íntima, cara á cara con el torrente,
la visita que hicieron Bolívar, Humboldt, Gros, Zea, Caldas, uno de los Napoleones y en
el remoto pasado, Gonzalo Jiménez de Quesada y los conquistadores atónitos.
Nos pusimos en marcha,
trepando á pie la misma senda que con tánta dificultad habíamos descendido. Una vez
montados, recorrimos de nuevo el camino hecho, pero en vez de subir á Cincha, bajámos nuevamente por una senda más
abrupta aún que la anterior. La vegetación era formidable, como la de todo el suelo que
avecina al Salto, fecundado eternamente por la enorme cantidad de vapores que se
desprenden de la cascada, se condensan en el aire y caen en forma de finísima é
impalpable lluvia. El ruido era atronador; la nota grave y solemne de que he hablado
antes, había desaparecido en las vibraciones de un alarido salvaje y profundo, el quejido
de las aguas atormentadas, el chocar violento contra las peñas y el grito de angustia al
abandonar el álveo y precipitarse en el vacío. Marchábamos con el corazón agitado,
abriéndonos paso por entre los troncos tendidos, verdaderas barreras de un metro de
altura que nos era forzoso trepar. No habituado aún el oído al rumor colosal, las
palabras cambiadas eran perdidas.
De improviso caímos en
una pequeña explanada y dimos un grito: las aguas del Salto nos salpicaban el rostro.
Estábamos al lado de la caída, en su seno mismo, envueltos en los leves vapores que
subían del abismo, frente á frente al río tumultuoso que rugía. La abertura de la
cascada, formando
la cuerda que uniría los dos extremos de la inmensa herradura ó
semicírculo de que antes hablé, tiene una extensión de veinte metros. Las aguas del
río se encajonan, en su mayor parte, en un canal de cuatro ó cinco metros, practicado en
el centro y por él se precipitan sobre un escalón de todo el ancho de la catarata, á
cinco ó seis metros más abajo, donde rebota con una violencia indecible y cae al abismo
profundo con un fragor horrible.
CONTINUAR
INDICE
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Los elegantes dc Bogotanos los
usan de cuero de león.
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