Sobre el Salto mismo, existe una piedra pulida é inclinada, que uno trepa con facilidad y dejando todo el cuerpo reposando en su declive, asoma la cabeza por el borde. Así, dominábamos el río, el Salto, gran parte de la proyección de la masa de agua, el hondo valle inferior y de nuevo el Funza, serpeando entre las palmas, en las felices regiones de la tierra templada.
Aquel que penetra en los inmensos y silenciosos claustros de San Pedro de Roma , en uno de esos tristes días sin luz en los cielos y sin movimiento en la tierra, siente que se infiltra lentamente en su alma un sentimiento nuevo, por lo menos en su intensidad. El de la nada, el de la pequeñez humana, al lado de la idea grandiosa que aquellos muros colosales, esas cúpulas que parecen contener el espacio, representan sobre el mundo. Puedo hoy asegurar que no hay templo, no hay obra salida de manos de los hombres, ideada por aquellos cerebros que honran la especie, que pueda compararse á uno de estos espectáculos de la naturaleza. Para aquellos que viviendo tristemente alejados del beneficio inefable de la fe, nos refugiamos, en las horas amargas, en el seno de ese sentimiento vago de religiosidad, que en todos nosotros duerme ó sueña, estas sensaciones profundas toman los caracteres de la oración.
¡Qué estupor inmenso! ¡Qué agitación creciente en el fondo del ser moral, mientras el cuerpo se estremece, tiembla y aspira, mudo y angustiado, á separarse de la fascinación del abismo!
Las aguas toman vida; aquel que una vez tan sólo las ha visto venir rugiendo por el declive violento del río, enroscarse sobre sí mismas, caer atormentadas y frenéticas al peldaño gigante y de allí lanzarse al abismo, en medio del estertor que resuena en la montaña y va á herir el oído del viajero que cruza silencioso las cumbres, aquel que ha visto ese cuadro, no lo olvida jamás, aunque vuelva á habitar las llanuras serenas, los campos sonrientes ó las vegas llenas de flores.
Las olas se precipitan unas sobre otras, blancas y vaporosas yá; al caer al vacío, la transformación es completa. Una nube tenue, impalpable, se levanta, el iris la esmalta, brilla un segundo y de nuevo otra nube de diversa forma, caprichosa, cubriendo como un velo los tormentos de la caída, la reemplaza para desaparecer á su vez un instante después.
¡Qué triste palidez en mi palabra! ¡Qué desaliento el de aquel que siente y no alcanza á expresar! Veo el cuadro entero, vivo, palpitante, ahí, delante de mis ojos; retorno con el alma á la sensación del momento, al terror vago que me invadió, á aquel grito de amenaza y ruego con que hice retirar á un niño que se inclinaba curioso á mirar el abismo y que quedó absorto contemplándome, sin comprender ni mi angustia ni el peligro; veo el hondo, hondo valle allá abajo, llega aún á mis oídos el romper de las aguas contra las rocas de la llanura, escena terrible que se desenvuelve misteriosa, sin que el ojo humano jamás la observe, envuelta en la nube diáfana de los vapores irisados; veo las ciclópeas murallas de granito, severas en su inmovilidad, sus florescencias gigantescas, el agua que parece brotar de sus entrañas pletóricas de savia en chorros violentos, como la sangre saltando de una ancha herida... ¡y me revuelvo en la impotencia para pintar ese espectáculo sin igual en esta ínfima porción de lo creado que nos fue dado conocer!
Cuando nos dejámos deslizar por la suave pendiente de la piedra y nos reunimos alrededor del almuerzo que estaba ya preparado allí mismo, nos notámos los rostros pálidos y el respirar fatigoso. Una grave pesadez nos invadía, un deseo imperioso de dejarnos caer al suelo y dormir, dormir largas horas. Es el fenómeno constante después de toda emoción profunda, consejo instintivo de la naturaleza, que exige la reparación de la enorme cantidad de fuerza gastada.
El almuerzo fue sereno, casi severo;, la alegría había desaparecido en su forma bulliciosa y algo como una solemnidad inquieta reinaba en los espíritus. Por momentos, alguno de los compañeros bebía una copa de vino, se levantaba en silencio é iba de nuevo á tenderse sobre la peña y hundirse en la muda contemplación. Así quedé largo rato; las voces humanas que sonaban á mi espalda, apartaban de mí la sensación de soledad que habría sido terrible en ese instante. Creo que pocos hombres sobre la tierra tendrán una atrofia tan absoluta del sistema nervioso, un dominio tan completo sobre su imaginación y una firmeza tal de cabeza, que les permita pasar impasibles una noche, solos, al lado del Salto. Por mi parte, declaro con toda sinceridad que, si tal cosa me pasara, habría un loco más sobre el mundo á la mañana siguiente...
—Desde que los conquistadores pisaron la Sabana. de Bogotá hasta la fecha —decía Roberto Suárez con voz grave— se habrán suicidado en estas inmediaciones no menos de diez mil personas. Entre ese número infinito de causas que hacen la vida imposible, ¡cuántas, radicando en la imaginación, la exaltan, la enloquecen! Y sin embargo, hasta hoy, no se sabe de un solo hombre que dando un grito de orgullo satánico, se haya arrojado desde esa peña al abismo. ¡Al fin, morir así ó partido el cráneo de un balazo, siempre es morir!
Pero cuando se está frente al Salto, viviendo en su atmósfera, contemplando su grandeza soberbia, se comprende que la cantidad de valor necesaria para pegarse un tiro ó hundirse un puñal en el corazón, es un átomo insignificante, al lado de la resolución soberbia é impasible que anima á Manfredo en la cumbre del Jung-Frau y que se desvanecía ante la grandiosa serenidad de la muerte bajo esa forma. Sólo en aquel momento puede comprender la verdad profunda del poema de Byron; el cazador que detiene á Manfredo cuando tiene yá un pie en el vacío, es el instinto miserable del cuerpo, es la debilidad ingénita de nuestra naturaleza, que nos aferra al lodo de la tierra en el instante en que el alma, bajo una inspiración alta y vigorosa, quiere mostrar que no en vano tiene una patria celeste...
No habría á mis ojos héroe mayor en el tiempo y el espacio que aquel que, sereno y consciente, de pie en el borde del abismo, mirara un instante sin vértigo el vacío extendido á sus pies y luégo...
—¿Cuál de ustedes renovaría la hazaña de Bolívar, mis amigos —dijo una voz.
El Libertador, en una de sus visitas al Salto, encontrándose con numerosa comitiva, precisamente frente á frente del punto en que nos hallábamos, pero del lado opuesto del torrente, oyó que uno de los circunstantes decía:
—¿Dónde iría, general, si vinieran los españoles?
—Aquí! —dijo Bolívar, y antes de que pudieran detenerlo, ni aun lanzar un grito, dio un salto y quedó de pie, á pico sobre el abismo, sobre una piedra de dos metros cuadrados, por cuyo costado pasaba, vertiginoso y fascinante, el enorme caudal de agua que medio segundo después cae al vacío.
La piedra se encuentra aún en su mismo sitio; dar un salto hasta ella, desde la orilla opuesta, no requiere por cierto un esfuerzo extraordinario; cualquier hombre que trazara sobre una llanura una senda de un pie de ancho, caminaría por ella sin dificultad; pero colocad una tabla de idéntica dimensión á cien metros de altura y os ruego que ensayéis...
Después de una leve discusión, quedámos todos sinceramente de acuerdo en que, para llevar á cabo ese rasgo se requiere una organización especial, una ausencia de nervios ó un dominio sobre la materia, de que ninguno de los humildes presentes estábamos dotados. (2)
Nos consolámos pensando en que los Bolívares son raros y en que, si ninguno de nosotros lo era, no había motivos plausibles para imponernos la responsabilidad de esa omisión.
La cuestión de la altura del Salto no está aún definitivamente resuelta, tál es la dificultad que hay en medir la distancia que separa el valle inferior del punto en que las aguas abandonan el lecho del río y tál también la autoridad de los hombres de ciencia que han dado cada uno una cifra arbitraria.
La primera dimensión que encuentro consignada es la del buen Obispo Piedrahíta quien, después de narrar la leyenda del Bochica que yá he trascrito según Humboldt, agrega con aquel acento de sinceridad que hace inimitable á nuestro Barco de Centenera, el M. Prud’homme de la Conquista:
El Salto de Tequendama, tan celebrado por una de las maravillas del mundo, que lo hace el río Funza, cayendo de la canal que se forma entre dos peñascos de más de media legua de alto, hasta lo profundo de otras peñas que lo reciben con tan violento curso, que el ruido del golpe se oye á siete leguas de distancia . (3)
¡Cuánta razón tenía Voltaire de criticar en El Dorado las funestas exageraciones de los viajeros de América, que abultaban desde las cascadas hasta los yacimientos de oro, produciendo aquellas decepciones que se traducían en crueldades de todo género sobre el pobre indio! No hay tal media legua de altura, lo que no permitiría la formación del río inferior por la evaporación completa de las aguas. No hay tal ruido que se percibe desde siete leguas, porque en ese caso la proximidad inmediata del Salto haría estallar todo tímpano humano.
Humboldt, que es necesario citar siempre que uno lo encuentre en su camino, dice que el río se precipita á 175 metros de profundidad, agregando, al terminar su descripción:
Acaban de dejarse campos labrados y abundantes en trigo y cebada; míranse por todos lados aralia, alstonia theoformis, begonia y chinchona cord!folia y también encinas y álamos y multitud de plantas que recuerdan por su porte la vegetación europea, y de repente se descubre, desde un sitio elevado, a los pies, puede decirse, un hermoso país donde crecen la palmera, el plátano y la caña de azúcar. Y como el abismo en que se arroja el río Bogotá comunica con las llanuras de la tierra caliente, alguna palmera se adelanta hasta la cascada misma; circunstancia que permite decir á los habitantes de Santafé que la cascada de Tequendama es tan alta que el agua salta de la tierra fría á la caliente. Compréndese fácilmente que una diferencia de altura de 175 metros no es suficiente á influir de una manera sensible en la temperatura del aire.
Hé ahí precisamente lo que no comprendo, ni aun fácilmente, en la aserción del ilustre viajero. Él mismo observa la presencia de palmeras, plátanos y caña de azúcar en el valle inferior y afirma que una que otra palmera avanza hasta el pie del abismo. ¿No son acaso esas plantas esencialmente características de la tierra caliente? ¿No necesitan para crecer, como los loros y guacamayas que revolotean á su alrededor, para vivir, de una temperatura superior de 25 centígrados? Indudablemente que 175 metros de diferencia en la altura, no bastan á determinar esta variación de clima; pero encontrándose el hecho brutal, indiscutible y patente, no hay más recurso que creer en algún error por parte del señor barón en la operación que le dio por resultado la cifra indicada. Pido perdón por esta audacia, tratándose de una opinión del más grande de los naturalistas; pero el sentido común tiene sus exigencias y es necesario satisfacerlas.
El ingeniero D. Domingo Esquiaqui, citado por el Sr. Ortiz, midió la catarata, con la sondaleza y el barómetro y halló que su altura, desde el nivel del río, hasta las piedras que sirven de recipiente á sus aguas, es de 264 varas castellanas ó 792 pies. Tenemos yá una opinión científica que aumenta en un tercio la cifra de Humboldt.
El Sr. Esguerra da la cifra de 139 metros de altura perpendicular. El Sr. Pérez (Felipe) da 146. Ninguno de ellos cita su autoridad.
Se asegura que descendiendo de la Sabana y buscando por San Antonio de Tena la entrada al valle por donde corre el Funza después de su derrumbamiento, es posible llegar al pie de la cascada y contemplarla como ciertos pedazos del Niágara ó de Pissenvache, en Suiza, detrás de la enorme cortina de agua. Formámos el proyecto de hacer esa excursión penosa, pero mucha gente conocedora de la localidad nos hizo desistir de la idea, persuadiéndonos que aquella enorme masa de vapores desprendidos del choque, hacia la tierra tan sumamente permeable y pantanosa, que corríamos riesgo de hundirnos ó en todo caso de no llegar al punto deseado.
Entre las tradiciones del Salto se cuenta aquel rasgo de maravillosa sangre fría del Dr. Cuervo que, atado al extremo de un cable, se hizo descender al abismo por medio de un torno, dizque depositó una botella con un documento á unos sesenta ó setenta metros más abajo del nivel de la catarata y luégo de gozar largo rato el espectáculo soberano de las aguas en medio de su caída, volvió á subir, llegando á la altura sano y salvo. Cuando, á orillas del mismo Salto, me narraron la hazaña, cerré los ojos bajo un secreto terror y sentí algo como antipatía por dicho Sr. Cuervo, á quien no reconozco el derecho de humillar de esa manera á sus semejantes.
Llegó el momento del regreso y emprendimos la vuelta con un cansancio extremo. Las sensaciones intensas que nos habían dominado por algunas horas, el profundo asombro que aún estremecía el alma por instantes, nos dieron una lasitud tál, que al llegar á la hacienda de Tequendama, nos desmontámos y encontrando en un corredor algunas pieles, nos tendimos sobre ellas, quedándonos casi instantáneamente dormidos.
Un tanto reposados, nos pusimos en camino, entrando á Bogotá al caer la tarde. Durante muchos días tuve fijo en el espíritu el cuadro soberano que acababa de contemplar, tan bello , como creo no me será dado ver otro en la tierra.
Otra de las maravillas naturales de Colombia, es el famoso puente de Pandi ó Icononzo. No me fue posible ir á visitarlo, porque se encuentra muy distante de Bogotá. Como el aspecto de esas regiones es casi desconocido entre nosotros, creo que será leída con placer la descripción que de él hace el Barón Gros, hijo del ilustre pintor, en una carta dirigida al geólogo Elie de Beaumont, en 1828, durante una misión diplomática en Colombia.
Héla aquí:
El valle de Icononzo ó de Pandi, pueblo de indígenas, colocado N.S. en una línea perpendicular á la grieta profunda en cuyo fondo corre el río Sumapaz, dista de Bogotá 12 6 15 leguas al S.O. Saliendo (le esta ciudad bien temprano, puede llegarse ó Fusagasugá el mismo día. En este lugar, situado en un valle delicioso, se respira un aire tibio y embalsamado, que hace contraste con la atmósfera fría y penetrante de la planicie alta. De Fusagasugá se va á Mercadillo en seis horas. Éste es el último lugar habitado que se encuentra antes de llegar al puente de piedra, como lo llaman los indios vecinos. Se caminan luégo 25 minutos más de bajada hasta el fondo del barranco, atravesando un trozo de bosque. Entonces se da vista á un puente de palos construído á modo del país con árboles y ramas atravesadas, cubiertas de tierra y cascajo. Extráñase ver aquí una especie de parapeto construído de ambos lados, cuando el viajero ha tenido que pasar altos puentes de madera en todo el camino sobre torrentes impetuosos, sin que se haya juzgado conveniente hacerles baranda alguna. No deja de palpitar el corazón á cada oscilación que el paso de la mula comunica á los puentes, y cuando se reflexiona que una plomada que se dejara caer desde el estribo tocaría en el torrente sin obstáculo alguno. Sorprende, pues, hallar esta baranda, y más no viendo nada porque los arbustos ocultan el precipicio, hasta que se llega á la mitad del puente y que se advierte por entre los brezales un abismo profundísimo, del cual sube un rumor sordo como si lo produjera un torrente lejano. De cuando en cuando aparecen ciertos reflejos azulados, y las hileras de espuma de un blanco dudoso que bajan lentamente, pasan bajo el puente, é indican de esta manera que una corriente de agua negra y profunda desciende de E. á O. por entre los muros perpendiculares de esta enorme quiebra. Si se arrojan algunas piedras como para explorar el abismo, se levanta un ruido disonante, y yá acostumbrada la vista á la oscuridad, se distinguen volando rápidamente sobre las aguas multitud de aves cuyo graznido espantoso se semeja al de los grandes murciélagos, tan comunes en la zona ecuatorial.
Este espectáculo imponente que conmueve el ánimo y le comunica cierto terror, se ofrece al viajero parado sobre el puente vuelto hacia arriba y mirando al E. Aquí el puente natural es perpendicular sobre el abismo entero, aunque invisible bajo el puente de madera, y tiene sobre 5 varas de grueso poco menos. La roca que forma las paredes del abismo se continúa formando el primer arco ó bóveda natural que sirve de fundamento al puente, y constituye una de las maravillas naturales dic esta comarca. Si se vuelve la vista al O. se observa el agua saliendo de una gran profundidad bajo el puente, y aunque el espectáculo no es tan singular, la abertura mayor de las paredes de la grieta procura más luz y permite examinar mejor la configuración de las rocas, que son formadas de lechos alternantes de arenisca ó asperón esquistoso y compacto. Por este lado se puede bajar hasta la parte inferior del segundo puente, formado por un enorme bloque ó canto de arenisca, que al desplomarse quedó atorado entre los dos muros de la grieta, ó es por ventura un fragmento dislocado de la misma capa de piedra que se continúa á su nivel de ambos lados. Este canto es de aspecto cúbico y forma como la llave de la bóveda entre dos cornisas de la roca que se avanza de cada lado. La grieta se prolonga hasta cerca de un cuarto de legua más abajo, pero su altura, que desde el piso del puente hasta el nivel del agua es de 85 metros ó casi cien varas castellanas, va disminuyendo gradualmente y acaba por presentar el aspecto de un torrente caudaloso sembrado de grandes piedras y corriendo por entre un bosque. No fue posible medir con exactitud la profundidad de las aguas bajo el puente, cantidad que varía con las avenidas y según las estaciones de lluvia ó seca, pero por un cálculo aproximado puede decirse que no baja de 6 metros. El largo total de esta maravillosa quiebra, es de una legua, desde el paraje en que el torrente penetra entre las dos paredes perpendiculares que la forman, hasta que sale de la grieta, cuya anchura, por término medio, es de 10 ó 12 metros (30 ó 35 pies). La bóveda natural del puente de piedra superior tiene 25 pies de anchura. Los lechos de roca arenisca que constituyen la grieta están inclinados hacia el S. 10 y 5 al ocaso y por consiguiente se levantan hacia la planicie alta de Bogotá.
Las aves seminocturnas que viven en la grieta subterránea de Pandi parecen ser los guácharos que el Barón de Humboldt vio en el Orinoco, y que existen también en las cavernas del Chaparral, en donde los llaman guaparos y guacapaes. Estos pájaros viven en grutas húmedas, se alimentan con frutas aromáticas y producen una grasa líquida como aceite, que utilizan en otros lugares, como en Caripe. Son una variedad del caprimulgos.
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2 “En 1826, el general Bolívar, entusiasmado con tan magnífica escena, no pudo contenerse y saltó á una piedra, de dos metros cuadrados, que fonDa corno un diente en la horrorosa boca del abismo. A la misma piedra salté yo en una de mis excursiones; pero con esta diferencia, que el Libertador llevaba botas con el tacón herrado y yo tuve la precaución de descalzarrne previamente; yo estaba en la fuerza de mis dieciocho años y esto excusa en parte mi temeridad. Un paso en falso, un resbalón, habrían bastado para que no estuviese contando el cuento. Veces hay en que se me erizan los cabellos al pensar en aquella barbaridad”. (Juan Francisco Ortiz). (regresar a 2)
3 Piedrahíta, Historia general de la Conquista del Nuevo Reino de Granada, Lib. II, cap. 1, pág. 13, edición de 1881. (regresar a 3)