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CAPITULO XIV
EL CANAL DE PANAMA
Corinto, Suez y PanamáLas
viejas rutasImportancia geográfica de PanamáResultados económicos del Canal
Dificultades de su ejecuciónLa mortalidadEl clima Europeos,
chinos y nativos Fuerzas mecánicas ¿Se hará el Canal?La oposición
norteamericana---M. Blaine. Qué representa?El tratado ClaytonBulwer-La
cuestión de la garantíaOpinión de ColombiaLa doctrina MonroeQué
significa en la actualidad Las ideas de Europa- Cuál debe ser la política
sudamericanaEficacia de las garantíasLa garantía colectiva de la
AméricaNuestro interés-Conclusión- El principal comercio de
PanamáLos plátanosCifra enormeEl porvenir.
Una simple mirada á la
carta geográfica de la tierra ha hecho nacer en el espíritu de los hombres la idea de
corregir ciertos caprichos de la naturaleza en el momento de la formación geológica del
mundo. Los itsmos de Corinto, de Suez y de Panamá, han sido sucesivamente en el tiempo y
el espacío, objetos de preocupación para todos aquellos que buscaban los medios de
aumentar el bienestar de la raza humana. Los griegos, con sus ideas religiosas que los
impulsaban á la personificación de todos los elementos, consideraban un sacrilegio el
solo intento de modificar los aspectos del mundo conocido, y Esquilo atribuye el desastre
de Jerjes á la venganza
divina, por la altiva manera con que el monarca persa trató al Helesponto. Los romanos,
poco navegadores, ni aun fijaron su mirada en el istmo de Suez, porque sus legiones
estaban habituadas á recorrer la tierra entera con su paso marcial.
Ha sido necesario el portentoso
desenvolvimiento comercial del mundo de Occidente, para que el sueño de abrir rutas
marítimas nuevas y econónicas se convirtiera en realidad. La vieja vía terrestre que
conducía al Oriente, fue abandonada cuando Vasco de Gama dobló el Cabo de las
Tempestades, y á su vez el itinerario del ilustre portugués cedió el paso al que trazó
el ingenio moderno tan admirablemente personificado en el Gran Francés, como
se ha llamado á M. de Lesseps. Lo que impone respeto en la obra de este hombre, no es la
concepción de la idea, que corría hacía yá muchos años en el campo intelectual. Es la
perseverancia para habituar el espíritu público á encarar una empresa de tal magnitud
con serenidad, con las vistas positivas de un negocio fácil y rápido; es la tenacidad de
su lucha contra Inglaterra, la eterna rémora de todos los progresos que, en la engañosa
estrechez de su mirada egoísta, cree ver en ellos comprometidos sus intereses. La
experiencia de Suez se ha embotado contra la implacable resistencia británica y dentro de
diez años se leerá con indecible asombro el libro que acaba de publicarse,
en el que los hombres
más notables de Inglaterra declaran un peligro para su independencia la perforación del
túnel de la Mancha! Tal así vemos hoy el artículo sarcástico del Times, burlándose de Stephenson que pretendía
recorrer con su locomotora una distancia de veinte millas por hora!
El Istmo de Panamá es uno de esos
puntos geográficos que, como Constantinopla, están llamados á una importancia de todos
los tiempos. Punto céntrico de dos continentes, paso obligado para el comercio de Europa
con cinco o seis naciones americanas, natural es que haya llamado la atención del gran
perforador. Los americanos, construyendo el ferrocarril que lo atraviesa y estableciendo
las tarifas más leoninas que se conocen en la tierra
(1)
creyeron innecesaria la excavación del Canal, que, dignos hijos de los ingleses, nunca
miraron con buenos ojos. La perseverancia de Lesseps triunfó una vez más y la nueva ruta
recibió su trazo elemental.
¿Cuál será el resultado
económico del Canal de Panamá? Desde luego, la aproximación, por la baratura del
transporte, de todas las tierras que baña el Pacífico, desde el Estrecho de Berhing
hasta Chile mismo, con
los grandes centros euroropeos. La ruta de Magallanes será abandonada por la misma é
idéntica causa que se abandonó la de Vasco de Gama, y la importancia comercial de ese
estrecho que ha estado á punto de encender la guerra en el extremo Sud de la América,
habrá desaparecido por completo.
Aun en el día, el comercio entero
del Perú y el movimiento de pasajeros, se hace por Panamá, á pesar de las incomodidades
y retardos del trasborde y la enormidad del flete del ferrocarril istmeño. Los chilenos
mismos suelen preferir esa vía, que les evita los rudos mares del Sud y el cansancio de
esa navegación monótona, mientras la ruta del Norte presenta mares tranquilos y las
frecuentes escalas que aligeran la pesadez del viaje. Una vez abierto el Canal, raro
será, pues, el buque que vaya á buscar el Estrecho de Magallanes para entrar al
Pacifico. Para los chilenos y tal vez para los peruanos, sólo un camino luchará con
ventaja contra la vía de Panamá; será el ferrocarril que una á Buenos Aires con Chile.
Esa será la ruta obligada de la mayor parte de los americanos del Pacífico, en tránsito
para Europa, porque será mas corta, más rápida y más agradable.
Ahora bien, ¿se hará el Canal, con
el presupuesto sancionado y en el tiempo indicado en el programa de M. de Lesseps? Avanzo
con profunda convicción mi opinión negativa. No se trata aquí, y M. de
Lesseps empieza á
comprenderlo yá, de una obra como la de Suez. Falta el Khedive, faltan los centenares de miles de fellahs, que morían en la tarea, como sus
antepasados de ahora cuarenta siglos en la construcción de las pirámides que quedan
fijas sobre las arenas como monumentos de esas insensatas hecatombes humanas.
El pasajero que cruza hoy el canal
de Suez bostezando ante el monótono paisaje de arenas y palos de telégrafo, no piensa
nunca, y hace bien, porque no hay motivo para agitarse la sangre en un sentimentalismo
retrospectivo, en la cantidad de cadáveres que quedaron tendidos á lo largo de esos
áridos malecones. Eran fellahs, esclavos sin
voz ni derecho, y nadie habló de ellos.
Pero en Panamá no hay jedives ni fellahs y las condiciones generales de salubridad
son aún inferiores á las de Suez. Basta conocer el nombre de algunos puntos del trayecto
del Istmo, nombres que vienen de la conquista, como el de Mata cristianos,
para darse cuenta del ameno clima de esas localidades. No resiste el europeo á ese sol
abrasador que inflama el cráneo, no puede luchar contra la emanación que exhala la
tierra removida, tierra húmeda, pantanosa, lacustre. ¿Cuántos han muerto hasta hoy de
los que fueron contratados, desde el comienzo de la empresa? No lo busquéis en las
estadísticas oficiales, que ocultan esas cosas, sin duda para no turbar la digestión de
los accio
nistas
europeos. Buscadlo en las cruces de los cementerios, en las fosas comunes repletas, y
formaos una idea de la cantidad de bajas en ese pequeño ejército de trabajadores,
recordando que muchos ingenieros, con el principal á la cabeza, gente toda cuya higiene
personal les servia de preservativo, han sido de los primeros en caer bajo las fiebres del
Istmo.
Se ha detenido yá la corriente de
europeos, y un momento se ha pensado en los chinos. Pero como estos son más hábiles que
fuertes, y como, á pesar de chinos, son mortales, creo que se ha desistido de ese
proyecto. Hay además una razón económica; en todas esas grandes empresas, el dinero de
los peones, en sus tres cuartas partes, reingresa á la caja, por conducto de las cantinas
numerosas y provisiones de todo género que se establecen sobre el terreno. Los chinos no
consumen nada, lo que los hace por cierto poco simpáticos á la empresa.
Por fin, se ha echado mano de los nativos, esto
es, de los que estando habituados al clima, podrían resistirlo, y se ha contratado un
gran número de panameños, samarios, cartageneros, costarriquenses, buscando reclutas
hasta en las Antillas próximas. Pero toda esa gante sin necesidades, habituada á vivir
un día con un plátano, no es ni fuerte, ni laboriosa, ni se somete á la disciplina
militar indispensable en compañías de esa magnitud.
Falto de hombres, M. de Lesseps
apeló á la industria y contrató la construcción en los Estados Unidos, de enormes
máquinas de excavación, cuyos dientes de fierro debía reemplazar el brazo humano. Es
necesario ver trabajar esos monstruos para saber hasta dónde puede llegar la potencia
mecánica. El Ingeniero constructor del motor fijo que daba movimiento á las infinitas
poleas de la Exposición Universal de Filadelfia, decía que si tuviera un punto fuera del
mundo para colocar su máquina, sacaría á la tierra de su órbita.
Tenía razón, como la tenía
Arquímedes.
Pero no hay máquina que pueda
luchar contra las lluvias torrenciales que en Panamá se suceden casi sin interrupción
durante nueve meses del año. Abierto un foso, en cualquier punto de la línea, cavado
hasta tres y cuatro metros de profundidad, viene un aguacero, lo colma y derrumba dentro
la tierra laboriosamente extraída un momento antes.
Es inútil pensar en agotarlo,
porque cinco minuntos después estará de nuevo lleno. Viene el sol al día siguiente,
abrasador, inflamado, se remueve el barro para continuar los trabajos y los miasmas del
etéreos inficionan la atmósfera.
¿ Se hará el Canal? Sin duda
alguna, porque no es una obra imposible, y los recursos con que hoy cuenta la industria
humana son inagotables. Pero en vista de las dificultades que he apuntado y que
me es permitido creer no
se tuvieron en vista al plantear los lineamientos generales de la obra, me es lícito
pensar, de acuerdo con todas las personas que han visitado los trabajos observando
imparcialmente, que el canal no estará abierto al comercio universal antes de diez años
y después de haber consumido algo más del doble de la suma presupuesta (seiscientos
millones de francos).
No veo sino á M. de Lesseps capaz
de llevar á cabo la empresa que tan dignamente coronará su vida. Quiera el cielo
prolongar los días del ilustre anciano para su gloria propia y el beneficio del mundo
entero.
Son conocidas las dificultades
suscitadas por los Estados Unidos á la empresa del Canal de Panamá, los ardientes
debates á que esta cuestión dio origen en el Congreso de Washington y la idea, un
momento acariciada, de proteger con todo el poder de la gran nación, el proyecto rival de
practicar el canal interoceánico á través de Nicaragua. La entereza y tenacidad de M.
de Lesseps triunfaron una vez más contra el nuevo inconveniente, pero los Estados Unidos,
lejos de declararse vencidos, reanimaron la cuestión bajo la forma diplomática, tocando
el papel primordial en el memorable debate que en el momento de escribir esta líneas aún
no se ha agotado, á M. Blaine, cuyo rápido paso por el Gobierno de la Unión ha
marcado una huella tan
profunda, y cuya reputación, después de la caída, ha sido desgarrada tan sin piedad por
sus adversarios. Para éstos, M. Blaine no ha sido más que un político aventurero é
impuro, que ha pretendido variar la corriente de la vida internacional, que durante un
siglo había conducido sin tropiezo la nave de la Unión. Los asuntos del Pacífico, el
engaño inexcusable de un pueblo en agonía que tiende sus brazos desesperados á una
promesa falaz; los misterios de la Peruvian Guano
Company, la palinodia vergonzosa de los Sres. Trescott y Blaine, en Santiago de Chile,
han suministrado no escasos elementos de acusación contra el primer ministro del
Presidente Garfield. Paréceme, sin embargo, que si un extranjero imparcial estudia un
poco el pueblo americano actual, encontrará que es muy pasible que el juicio del momento
sobre M. Blaine no sea corroborado por la opinión pública dentro de diez años. Es
innegable que hay hoy en los Estados Unidos una corriente de poderosa reacción contra la
política de aislamiento, que ha sido la base del sistema americano y tal vez de su
prosperidad. Sueños y ambiciones patrióticas de un lado, vistas profundas sobre el
porvenir, del otro, y en el centro la ponderación siempre grave de intereses mezquinos,
de lucro rápido y fácil, han determinado la iniciación de la propaganda de que M.
Blaine se hizo eco en el Gobierno. Una nación compacta
de más de cincuenta millones de
almas, con elementos de riqueza, ingenio, cultura, iguales por lo menos á las primeras
naciones de Europa, no puede ni debe permanecer indiferente á la política europea.
Por lo pronto, los asuntos todos de
la América deben ser de su exclusivo resorte, ejerciendo la legítima hegemonía á que
su importancia le da derecho. Desde el cabo de Hornos á los limites del Canadá, no debe
existir otra influencia que la de los Estados Unidos, ni escucharse otra voz que la que se
levante en Washington.
Tal es la idea fundamental que
pronto dará vida y servirá de lábaro a un partido, á cuyo frete no dudo ver aún á M.
Blaine, á pesar del estruendo de su caída. Y tal es la influencia que ejerce sobre el
espiritu colectivo, que á ella se debe el último recrudecimiento de la doctrina dc
Monroe que en estos momentos sostiene M. Frelinghysen con igual perseverancia que su
antecesor. El debate iniciado entre Lord Granville y M. Blaine se continúa en el
día, sin que se vea hasta ahora probabilidad de que ninguna de las dos partes ceda.
No historiaré el tratado Clayton
Bulwer, conocido por todos los que en estas cuestiones se interesan; recordaré
solamente que fue una transacción, un modus
vivendi, mejor dicho, que permitiera extenderse las influencias inglesa y ameri
cana en las Antillas y
las costas de CentroAmérica, de una manera paralela queno diera lugar á
conflictos.
Pero si los americanos encontraban
cómodo el tratado cuando se trataba de factorías insignificantes ó islotes diminutos,
no juzgaron lo mismo respecto al futuro Canal de Panamá y denunciaron listamente el
tratado, reclamando la garantía exclusiva de la libre navegación y neutralidad del Istmo
para sí mismos. Los ingleses, como es natural, rechazaron la denuncia y propusieron, en
vez de esa garantía exclusiva, la de todas las potencias de Europa, en unión con los
Estados Unidos. Tal es la cuestión; volúmenes de notas se han cambiado, sin que aún se
note un paso positivo.
Entretanto, ¿cuál es la opiníon
de Colombia, que al fin y al cabo, teniendo la soberanía territorial y la jurisdicción
directa, paréceme que puede reclamar algún derecho á ser oída? Desde luego, es bueno
recordar que Colombia ha tenido más de una vez que interponer reclamos serios contra los
avances de los Estados Unidos en las costas atlánticas del Istmo. A veces ha necesitado
gritar muy fuerte para ser oída en Europa y sólo así los americanos han largado la
presa de que perentoriamente, con el derecho del león, se habían apoderado, saltándo
sobre el tratado Clayton-Bulwer mismo. Pero un Ministro colombiano de paso para Europa,
pues ni aun en Washington estaba
acreditado, tuvo la ocurrencia de
firmar con el Gabinete americano, un protocolo por el cual Colombia declaraba satisfacerse
y preferir la garantía exclusiva de los Estados Unidos. Esa convención fue solemnemente
desaprobada en Bogotá; pero Colombia comprendiendo á mi juicio bien, sus conveniencias, tira son épingle du jeu, y dejó frente á
frente á Inglaterra y á la Unión, manifestando, por lo demás, merced á la voz de su
prensa y á la palabra de sus oradores en el Congreso, sus simpatías indudables por
la garantía unida, propuesta por Inglaterra.
En el fondo, la doctrina Monroe no
es sino una opinión, un desideratum, el anhelo
de un pueblo, que formula así sus intereses generales. Pero de ahí, á convertir esa
opinión en principio de derecho público, hay distancia y mucha. A más de que los
principios de derecho, no sólo en nuestro siglo, si no en todos los tiempos, han influido
muy débilmente en la solución de las cuestiones de hecho, los americanos ni aun pueden
pretender que la doctrina Monroe sea admitida por el consenso universal. Lejos de eso;
desde que el Presidente que le dio su nombre, hasta el actual, ninguno la ha formulado,
con sus variantes en el tiempo, sin que Inglaterra y en muchos casos Europa haya dejado de
protestar. El pobre Monroe ha hecho muchas veces el papel del lobo! el lobo! de la
fábula, pero como los americanos
jamás mostraron la garra, ni cuando
la expedición de Méjico, ni cuando el bombardeo de Valparaíso, en el que las balas
españolas pasaban casi sobre buques que llevaban la bandera estrellada, nadie cree yá en
ese espantajo.
Inglaterra contesta que teniendo
indiscutibles intereses en el Pacífico, y que siendo el Canal de Panamá una ruta para la
India, es natural que quiera tornar su parte en la garantía. Entonces reclamo mi
parte también, contestan los Estados Unidos, en la garantía del canal de Suez.
Inglaterra sonríe... é insiste.
Es seguro que la intención de M.
Blaine, al convocar el Congreso Americano que debía reunirse en Washington en Noviembre
de 1882, con el pretexto de buscar medios para evitar la guerra entre las naciones
americanas (sic), era simplemente echar sobre el
tapete la cuestión dc la garantía del Istmo y tal vez, ante la perseverancia de
Inglaterra que no cede, proponer en lugar de su garantía exclusiva, la de todos los
Estados que componen ambas Américas. ¿Qué actitud aconsejaba á éstas la inteligencia
clara de sus intereses? ¿Qué habría dicho la Europa á semejante proposición?
Vamos por partes. Noto que salgo por
un momento del tono general de este libro de impresiones, en el que sólo he querido
conisignar lo que he visto y sentido en paises casi desconocidos para
nosotros. Pero como la
cuestíón, en primer lugar, refiriéndose á Colombia, entra en mi cuadro, y toca por
otra parte,no yá á un interés del momento, sino á la marcha constante de la política
americana, no creo inoportuno consigar aquí las ideas que un estudio detenido me permite
considerar como las sanas y convenientes para todos.
América para los
americanos ; é ahí la fórmula precisa y clara de Monroe. Si por ella se
entiende que Europa debe renunciar para siempre á todo predominio político en las
regiones que se emanciparon de las coronas británica, española y portuguesa, respetando
eternamente no sólo la fe de los tratados públicos sino también la voluntad libremente
manifestada de los pueblos americanos, si es ese el alcance de la doctrina, estamos
perfectamente de acuerdo y ningún hombre nacido en nuestro mundo dejará de repetir con
igual convicción que Monroe: America for the americans. Pero.... ¿se
trata de eso? ¿Piensa hoy seriamente algún gobierno europeo en reivindicar sus viejos títulos coloniales, pasa
por la imaginación de algún estadista español, por más visionario que sea, la
reconstrucción de los antiguos virreinatos y capitanías generales de la América?
¿Puede la Gran Bretaña acariciar
la idea de
volver á atraer las colonias emancipadas en 1776?
Portugal, un pigmeo,
absorber al Brasil, gigante á
su lado? Seamos sinceros y prácticos
reposando
en
la convicción de que no sólo la independencia americana es un hecho y un derecho, sino
que
nadie
tiene la idea de atentar contra las cosas consumadas. España se reorganiza y aun tiene
mucho que hacer para recuperar una sombra de su importancia en el siglo xvi. Francia
desgarrada, fijos sus ojos en el Rhin, mantiene á duras penas sus posesiones del Africa..
. . y sus mismos límites europeos. Inglaterra mira crecer con zozobra la India,
desenvolver el Canadá y avanzar sordamente la democracia; que considera una amenaza de
disolución. Alemania se forma, endurece sus cimientos, trata de homogenizarse, mientras
Austria, perdido su viejo prestigio europeo, comprende bajo la experiencia de la
desgracia, que la verdadera ruta de su grandeza es hacia Oriente, á la cabecera del
hombre enfermo. Portugal!.
Seamos serios, lo repito; nadie
atenta á la independencia de Aménica, y para los más desatinados aventureros ó ilusos,
está vivo aún el recuerdo de Maximiliano, que pagó con su vida una concepción absurda
y un negocio indigno, impropio de su espíritu caballeresco. Puede la América inflamarse
en una guerra continental, comprometiendo graves intereses europeos como los que tánto
han sufrido en la inacabable guerra del Pacífico; Europa no desprenderá un soldado de
sus cuadros ni un buque de su reserva. Pasaron los tiempos de la intervención
anglofrancesa en
el Plata ó en Méjico, y Europa
podría, y esta vez con razón, variar la fórmula de Monroe, repitiendo: Europe for
the europeans!
¿Qué significado actual, real,
positivo, tiene hoy, pues, la famosa doctrina? Simplemente éste:
la influencia norteamericana en vez de
la influencia europea, el comercio americano en vez del europeo, la industria americana en
vez de la de Europa. ¿Es ese un deseo legítimo? indudablemente, pero es una simple
aspiración nacional, egoísta en su patriotismo, exclusiva en su ambición, pero
que no está revestida, como antes dije, de los caracteres de un principio de justicia, de
derecho natural, que sea capaz de imponerse á la América entera. Que dentro de cinco
años el desenvolvimiento pasmoso de la República Argentina, su industria desbordante,
los inagotables recursos de su suelo, inspiren á nuestros hombres de Estado la
resurrección de la doctrina Monroe en beneficio del pueblo argentino, nada más natura!.
Pero ¿qué contestarán entonces las nacionalidades americanas que no hayan alcanzado su
grado de progreso, más aún, que la geografía coloque fuera de la orbita de influencia
argentina? Precisamente lo que debemos contestar hoy á los Estados Unidos franca y
abiertamente, sea en la
mesa de un Congreso americano, sea por la discreta voz de las
cancillerías y eso no sólo nosotros, sino todos los países desde Panamá á
Buenos Aires: No debemos, no queremos, no nos conviene romper con Europa en
beneficio de una teoría sin sentido político en el momento actual; de Europa nos viene
la vida intelectual y la vida material. Ella y sólo ella puebla nuestros desiertos,
Compra y consume nuestros productos, reemplaza las deficiencias de nuestra industria, nos
presta su dinero, su genio y su ciencia, es, en una palabra, el artífice de nuestro
progreso. En cambio, ¿qué recibimos de ustedes, señores? La jurisprudencia
institucional, que en medio de sus ventajas, nos trae la fuente de todos nuestros
conflictos internacionales, porque imitamos sin discernimiento y el mal resultado, que
allí se pierde bajo la imponente ponderación de la masa, nos desequilibra y nos arroja
en sendas funestas. ¿ Respecto á industria? Maderas de pino y balas de algodón. Venid
á comprar nuestras lanas y nuestros cueros, vendednos á precios más bajos que Europa,
tejidos y artefactos, abridnos vuestros mercados monetarios, ayudadnos á hacer
ferrocarriles y canales, estableced, en una palabra, el intercambio comercial é
intelectual que hoy mantenemos con el Viejo Mundo, desbancádlo, qué diablo! bajo las
leyes que rigen la economía de las naciones, y entonces. . . . oh! entonces no
tendríamos, ni ustedes ni nosotros, la necesidad de desgañitarnos gritando:
América for the amenicans, sino que la fórmula sería un hecho
indestructible por la
fuerza misma de las cosas. Tales son las ideas que impone la más
ligera observación de nuestro estado actual; la más leve desviación sólo podrá ser
momentánea y el retorno á la buena vía costará tal vez á nuestros hermanos de Méjico
(vecinos, sin embargo) no pocos sacrificios.
Ahora bien, ¿cuál debe ser nuestra
actitud sudamericana respecto á la cuestión de la garantía del Canal de Panamá? Se
desprende claramente de las premisas anteriores, la preferencia indiscutible de la
garantía colectiva de Eturopa y América sobre la garantía exclusiva de la Unión. Debo
declarar, sin merecer á mi juicio el reproche de escéptico, que fundo hoy poca
importancia en esta cuestión de garantías, tratados que se lleva el viento cuando hincha
la vela de los intereses. Y en ese rumbo de positivismo marcha hoy el espíritu humano;
los publicistas gritan, pero Europa se encoge de hombros cuando Wolseley echa mano del
canal de Suez y en obsequio de una operación militar interrumpe el tránsito, no á la
bandera insurreccional de Arabí, sino al comercio universal. Echar mano y luégo cambiar
notas, hé ahí toda la política. ¿ Es la buena, es la moral, es la justa? No lo sé,
pero es la única que da resultados y por lo tanto todo hombre de Estado, gimiendo por la
depravación de las ideas, la seguirá siempre que ame á su patria, tenga el corazón
bien puesto y vea un poco claro.
Con todas las garantías de la
tierra ó con la suya propia, los Estados Unidos, en el momento preciso, han de apoderarse
del Canal de Panamá. Lo devolverán sin duda; sí, después de la paz y de mucho cambio
de notas.
La importancia de la cuestión para
los países sudamericanos radica por consiguiente en rechazar indirectamnemite, por medio
de su adhesión á la garantía colectiva, toda solidaridad con la doctrina de Monroe, tal
cual la entienden y practican los americanos. No habría razón, ni justicia, ni sentido
común, en seguir estúpidamente á los Estados Unidos que pretenden dictar una nueva bula
de Alejandro vi, dividiendo los dos mundos en provecho propio. Nuestro porvenir está en
Eunopa y con ella debemos estrechar cada día nuestras relaciones, confundir, si es
posible, nuestra vida con la suya, más aún, aspirar sus ideas de orden, de
conservación, de pureza administrativa que han de fecundar nuestra democracia
vigorosa....
Me he preguntado qué contestaría
Inglaterra si los Estados Unidos le propusieran la sustitución de su garantía exclusiva
por la garantía colectiva de todos los países de ambas Américas. Se reiría
simplemente; ¿qué podríamos hacer nosotros en el caso probable de que á nuestro enorme
aliado se le ocurriese hacer lo que se le diera la gana?
La verdadera política sudamericana,
pues, en el caso de la convocación del Congreso proyecta
do por los Estados Unidos, ó en toda
ocasión propicia, es manifestar firmemente sus deseos de no apartarse de Europa, tratando
al mismo tiempo de insinuarse en el concierto general, reclamando un modesto asiento en
toda conferencia en que de intereses americanos se trate. El conde de Cavour metió quince
mil hombres por una rendija en Crimea y luégo los maniobró tan bien que hizo la unidad
italiana. Nuestros nacientes paises no tienien hoy un propósito tan vital que perseguir;
pero los resultados de una aproximación general y las ventajas de marchar en la misma
línea de las grandes naciones, tan sólo sea una vez, pueden ser de incalculable
importancia.
..
Pido ahora perdón por estas últimas
páginas; pero como el fin de la jornada se acerca y pronto vamos á separarnos, cuento
con que serán leídas con aquella paciencia, llena de vagas esperanzas, con que se oye el
último párrafo de un fastidioso que tiene el sombrero en una mano y la otra en el
picaporte.
Cuando me dirigí al Alene, que debía partir á la mañana siguiente,
encontré un sin numero de hombres y mujeres descargando cerca de cincuenta vagones que
una locomotora acababa de dejar al costado del vapor, al que transportaban el contenido.
¿Sabéis lo que era? plátanos! Jamás he visto una cantidad semejante de bananos.
Millares, millones de racimos se apilaban en las vastas bodegas de tres vapores que
cargaban simultáneamente. Ha tomado tal desenvolvimiento esa industria en el Istmo, que
se han fundado compañias de vapores exclusivamente destinadas al tranporte de plátanos.
Mas tarde, en Nueva York, me expliqué ese consumo extraordinario. Las calles están
plagadas de vendedores de frutas y raro es el yanqui que al pasar no compra un par de
bananos, que pela bravamente con los dientes y engulle sin disminuír su paso gimnástico.
Ha llegado hasta tal punto la cosa, que ha sido necesario un edicto de policía penando
con una fuerte multa á los que arrojan cáscaras de banano en la calle, suministrando
así pretexto á más de un desgraciado para romperse la crisma.
Ahora, ¿sabéis á cuánto ha
ascendido el valor de la exportación de plátanos por el puerto de Colón en el año de
1881? A un millón doscientos mil pesos fuertes,esto es, seis millones de francos ó sea
treinta millones de pesos moneda corriente argentina. Doy la cifra en varios tipos
monetarios para que su enormidad no se atribuya á error. Os figuráis la pirámide de
racimos de plátanos que se necesita, pagados á ínfimo precio, para alcanzar esa suma? Y
sin embargo, uno de los más fuertes exportadores, el iniciador de la idea, cuenta doblar
la exportación en dos años más, habituando al banano toda la región cetra de los
Estados Unidos, que aún no ha mordido la blanda
fruta. Es bueno advertir que el plátano de Panamá, que es el mejor del mundo, se da todo
el año. Pero como al principio las plantas existentes estaban lejos de bastar á las
necesidades de la exportación, los propietarios han contrataclo inmensos plantíos y en
el día no se ven sino bananeros repletos de frutas ál o largo del ferrocarril de Colón
á Panamá. El plátano se embarca verde, empieza á dorarse á los cuatro ó cinco días y llega en completa sazon a Nueva York, donde pronto desaparece ante el
formidable consumo.
Si como se espera los cincuenta
millones de habitantes de los Estados Unidos se habitúan á comer bananos en la
proporción en que hoy lo hacen los neoyorquinos y en general la gente del litoral, el
porvenir de Panamá está asegurado dejando la savia tropical trepar gozosa á la planta
é hinchar el dorado fruto, puede convertirse ese Estado en el más rico de Colombia.
INDICE
1
La
línea de Colón á Panamá tiene setenta y cinco kilómetros, y el pasaje de primera
clase cuesta 5 libras esterlinas, oro! La empresa del Canal se ha visto obligada á
adquirir la mayor parte de las acciones de la vía férrea, lo que le ha permitido imponer
una rebaja de un 80 por
100 para el transporte de los
materiales de excavación y del personal.
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