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CAPITULO IX
LA SOCIEDAD
Cordialidad-La primera
comidaLa juventudSu corte intelectualEl cachaco bogotanoLas casas por fuera y por
dentroLa vida socialLas mujeres americanasLas bogotanasDonde el
Sr. SuárezLa músicaLas señoritas de Caicedo Rojas y de TancoEl bambucoCarácter
del puebloEl duelo en AméricaEncuentros á mano armadaLances de
muerteVirilidadRicardo Becerra y Carlos HolguínUna respuesta de
HolguínResumen.
Para el viajero en general, nada es
más difícil que vivir la vida de la sociedad en cuyo seno se encuentra. Cuántos
de nosotros hemos visitado la Europa entera (no hablo de aquellos á quienes una posición
excepcional facilita todo) sin conocer, de los países que recorríamos, más que los
teatros, los hoteles y el mundo equivoco de las calles! Así son también las ideas que se
forman. algunas veces son los escritores del país mismo) los encargados de pintar la
sociedad con los colores más repugnantes. ¿Quién se resolvería á llevar su familia á
Francia, si los cuadros sociales del PotBouille de Zola fueran exactos, si la bourgeoisie francesa fuera el modelo de
podredumbre que pinta, vilipendiado y calumniando á su patria?
En América las puertas se abren con
más facilidad.
A los dos ó tres días
de mi llegada, después de haber sido visitado por un gran número de caballeros y cuando
volvía de la afectuosa recepción oficial, donde se me había ensanchado el corazón ante
la manifestación de viva simpatía por mi país, me encontré con una atenta invitación
á comer del Sr. D. Carlos Sáenz. Fue en esa
primera é inolvidable comida donde empecé á conocer lo que era la sociedad bogotana.
Pocos momentos más difíciles y más gratos al mismo tiempo.
La reunión
era selecta y cada uno, en su
amabilidad y alegría, se esforzaba en
darme la bienvenida. Estaba allí
bien representada la juventud de Colombia en aquellos
hombres cultos, de una corrección social perfecta, de maneras sueltas y elegantes.
El corte intelectual del bogotano
joven es característico. Desde luego, una viveza de inteligencia sorprendente, eléctrica
én su rapidez de percepción. A más, sólidamente ilustrados, sobre todo con aquel
barniz incomparable que da el cultivo de las letras y el amor á las artes. Flotando
siempre en las ideas extremas del partido á que pertenecen, nada más curioso que las
discusiones humorísticas que se traban entre ellos sobre política. Las divisiones de
partido, terribles, salvajes durante la lucha, se disipan al día siguiente y no salvan
nunca los límites de la vida social. Y las cosas que se dicen y la manera como un
conservador me presentaba á un radical, su amigo intimo, que le
oía plácidamente decir iniquidades,
para, á su vez, pintarme los godos á través
de sus pasiones. El esprit
chíspea en
la conversación; una mesa es un fuego de artificio constante; el chiste, la ocurrencia,
la observación fina, la cuarteta improvisada, la décima escrita al dorso del menu, el aplastamiento de un tipo en una frase, la
maravillosa facilidad de palabra no tienen
igual en ninguna otra agrupación americana. El bogotano es esencialmente escéptico;
capaz de todos los entusiasmos, tiene cierto desdén de hombre de mundo por la
declamación patriotera de media calle. A un colombiano pur
sang se le crispan los nervios cuando
se traba ante él una discusión sobre próceres, sobre
si Bolívar hizo esto ó si Santander aquello, si Ricaurte en San Mateo, etc., cuando se
cae, en fin, en el erterno dada americano, de la
independencia, del yugo español. Tiene sobre eso frases excelentes. Una noche, después
de una cena en un baile, acompañé a una señora que no había tenido inactivo el
tenedor, á su asiento, donde se acomodó con voluptuosidad, saboreando una exquisita taza
de café.
"Se encuentra usted bien,
señora?Perfectamente; para eso pelearon nuestros padres! " La réplica es
bogotana pura.
El fondo de escepticismo abraza
también las cuestiones religiosas; raro
es el
bogotano del buen mundo que
se lance en una
declamación contra
los frailes, etc. Tienen la epidermis intelectual
nerviosa y cualquier rasgo de mal gusto los irrita. Pero al mismo tiempo hiperbólicos,
exagerados, extremos en todo. Tienen una antipatia? El infeliz que a veces no
sospecha haberla inspirado, es un pillo, un canalla, un ladrón, un asesino,
un..."
el diccionario entero de denuestos. Yá sé lo quiere decir,
habría dicho P.L. Courrier: es que tenemos opiniones diferentes.
Lo que los españoles y
nosotros
llamamos calavera, se llama cachaco en Bogotá. El cachaco es el calavera de buen tono, alegre,
decidor, con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar una ronda infernal á diez
esfinges egipcias, organizador de las cuadrillas de á caballo en la plaza, el día
nacional, dispuesto á hacer trepar su caballo á un balcón para alcanzar una sonrisa,
jugador de altura, dejando hasta el último peso en una mesa de juego, a propósito de una
rifa, pronto á tomarse á tiros con el que lo busque, bravo hasta la temeridad y que concluye generalmente, después de uno ó dos
viajes á Europa, desencantado de la vida, en alguna hacienda de la Sabana, de donde sólo
hace raras apariciones en Bogotá. El cachaco es
el tipo simpático, popular, bien nacido (como en todas las repúblicas, hay allí mucha
preocupación de casta), con su ligero tinte de soberbia, mano y corazón abiertos. Pero
el cachaco se va; yá los de la generación
actual reconocen estar muy
lejos de la cachaquería clásica del tiempo de sus padres,
pero se consuelan pensando que las generaciones que vienen tras ellos valen mucho menos.
La vida social es muy activa
respecto á fiestas. Viene por ráfagas. De pronto, sin razón ostensible, cinco o seis
familias fijan su día de recepción, donde se baila, se conversa, se pasan noches
deliciosas. De tiempo en tiempo un gran baile, tan lujoso y brillante como en cualquier
capital europea o entre nosotros. Mis primeras impresiones al aceptar invitaciones de ese
género ó pagar visitas, fueron realmente curiosas. Llegaba al frente de una casa, de
pobre y triste aspecto, en una calle mal empedrada, por cuyo centro corre el eterno caño; salvado el umbral, qué transformación!
Miraba aquel mobiliario lujoso, los espesos tapices, el piano de cola Ehrard ó Chickering
y sobre todo los inmensos espejos, de lujosos marcos dorados, que cubrían las paredes, y
pensaba en el camino de Honda á Bogotá, en los indios portadores, en la carga abandonada
en la montaña, bajo la intemperie y la lluvia, en los golpes
a que estaban expuestos
todos esos objetos tan frágiles. En Bogotá, para obtener un espejo, si bien se pide un
marco, hay que encargar cuatro lunas, de las que sólo una llega sana. Se comprende hasta
dónde deben haberse desenvuelto las necesidades de comodidad por la cultura social, para
que las familias se resuelvan á los sacrificios que instalaciones semejantes imponen.
En las reuniones, una cordialidad,
una aisance de buen tono inimitables. Se baila
bien, con esa gracia de las mujeres americanas que no tiene igual en el mundo; las mujeres
bailan mejor que los hombres. Me recordaban la limeña,
flexible como una palmera, con sus ojos
resplandecientes y su ondulación enloquecedora. Cuando la reunión es íntima, una linda
criatura toma un tiple (especie de guitarra,
pero más penetrante), tres ó cuatro la rodean para hacer la segunda voz y como un
murmullo impregnado de quejidos se levanta la triste melodía de un bambuco.
Se comprende fácilmente que los
jóvenes se resistan a conformarse con la privación de esas fiestas tan gratas. Cuando
llega una época de calma (que viene y se va sin saber por qué, puesto
que las estaciones del
año se suceden insensiblemente, sin variación notable en la temperatura), qué
combinaciones de genio para determinar á un patricio reacio a abrir sus salones! La
intriga se arma en la Calle de Florián, preguntando á éste y á aquél, si están
invitados á la tertulia en casa de X.
..y cuando llega la hora del altozano toda la cachaquería no habla de otra
cosa. Al fin, la especie llega á oídos de la víctima elegida, que, si es hombre de buen
gusto, sonrie e invita.
Cuando
la maquinaria no da resultado, entra á funcionar
la gruesa artillería y se organiza un asalto.
Se elige una casa de confianza, se pasa la
voz entre díez ó doce familias y todo e! mundo cae de visita, á una misma hora, por
casualidad. Mientras la dueña de casa se toma la cabeza entre las manos, éste ha abierto
el piano, aquéllos han apartado la mesa del centro, uno, trepado en una silla, se ocupa
en encender las velas de la araña superior, bien pronto suena un valse, la animación
cunde y cuando el dueño de casa vuelve de su partida de tresillo en casa de Silva ó el Jockey, se le sale al encuentro agradeciéndole
la amable fiesta que ha dado sin saberlo. En los últimos tiempos se ha introducirlo una
ligera reforma al sistema de asaltos: se avisa un par de horas antes al propietario ó á
la señora de la casa designada, no para darle tiempo de defenderse, sino por pura
cuestión de sibaritismo: es para que el champaña esté helado y los sandwichs frescos.
¡ Cómo comprendo hoy que el
extranjero se enloquezca con nuestras mujeres americanas, del Caribe al Plata! Es un sér
distinto á la mujer europea; reúnen todo, el
aire
elegante y distinguido de la francesa, el cuerpo modelado á la griega de la hija de Nueva
York ó de Viena, la gracia española, el vigor de alma italiano, las líneas correctas de
una fisonomía inglesa
... Pero tienen la
indecible movilidad de espíritu que les es propia, esa música en la voz que embriaga,
los acentos pro
fundos inspirados por la pasión y,
cuando aman, se dan, se dan, con el olvido del pasado, con la non curanza suprema del porvenir, absorbidas,
confundidas en el amor soberbio que las exalta! ¡Qué agitación misteriosa, intensa,
debe hacer latir como una ola el corazón del alemán que se siente entrelazado por dos
brazos que hablan en su presión suave, en su contacto tibio y estremecido! Todo lo que ha
soñado bajo la influencia de un lieder
de Heine, cuanto ha podido vislumbrar en el
mundo delicioso que crea la imaginación, bañada el alma de una melodía de Mendelssohn,
lo ve palpitante ante sus ojos, irradiando la santa voluptuosidad que atrae los cuerpos en
la tierra, bajo la ley constante del amor!
...
Estas condiciones que nos distinguen
entre la raza humana y que el día en que la América ocupe su sitio definitivo en la
tierra, brillarán ante el mundo, la altivez, el desprendimiento, el valor, la planta
firme para alcanzar la abnegación, el desprecio profundo de las cosas bajas y rastreras,
todo nos viene de la mujer americana, todo nos lo ha dado en germen la madre, todo lo
desarrolla la mujer querida con la pureza serena de su mirada. No le habléis de dinero,
no pretendáis ofuscarla con el brillo vano de la posición; buscad el camino del alma si
queréis llegar á ella, sed digno, generoso y bravo.. . Sólo así se llega á la puerta
del templo, pero cuando ésta se abre, ce
rrad los ojos y pedid la muerte en ese
instante, porque habéis respirado una atmósfera sobrehurnana, porque todo lo demás que
la vida os guarde, será raquítico ante ese recuerdo!...
Las mujeres bogotanas no
desmerecen por cierto de sus hermanas de América. Son generalmente pequeñas, muy bien
formadas, atrayentes por la pureza de su color y sobre todo, para uno de nosotros, por el
encanto irresistible de la manera de hablar. Tienen una música cadenciosa en la voz,
menos pronunciada que la que se observa en nuestras provincias del Norte. El idioma, por
otra parte, tan distinto del nuéstro en sus giros y locuciones, produce en aquellos
labios frescos una impresión indecible. Hay entre ellas tipos de belleza completos, pero
en la colectividad, es la gracia la condición primordial, el suave fuego de los ojos, la
elegante ondulación de la cabeza, el movimiento, el entrain
continuo, que convierte una pequeña sala en un foco de vida y animación.
Casi todas las familias principales
han viajado y al entrar á un salón y contemplar las toilettes
que
parecen salidas la vispera del reputado taller de una modista de París, nadie creería
que se encontraba en la cumbre de un cerro perdido en las entrañas de la América.
No me olvidaré nunca de aquellas
deliciosas
comidas
en casa de D. Diego Suárez, cuyo hogar hospitalario me fue abierb con tánto cariño.
Nunca éramos menos de quince ó veinte y desde el primer plato, la mesa era una arena
para el espíritu de los concurrentes. ¡Qué animación! Cómo se cruzaban las
ocurrencias más originales é inesperadas! También, cómo esperar que en Bogotá
encontraría una obra maestra como la bodega del Sr. Suárez! Los vinos, elegidos por él
en Europa, habían triplicado de valor en su larga travesía y cuando los degustábamos,
sentíamos que aquel chisporroteo del espíritu nos impidiera entregarnos á
esa grave tarea con la seriedad necesaria. Pero
¿cómo hacer? Los postres servidos, todo el mundo saltaba por dejar la mesa. Cuando
llegábamos al salón, una joven estaba yá sentada al piano (cuál de ellas no es
música?), los balcones abiertos nos invitaban a
gozar de la caída de una de esas tardes frescas y serenas de la Sabana, los grupos se
organizaban, llegaba el momento de las charlas íntimas y deliciosas y cuando las sombras
venían, comenzaba la sauteríe improvisada, el bambuco en coro, la buena música, todos los
encantos sociales, en una atmósfera delicada de cordialidad y buen tono.
Y los recibos
donde
(1)
Vengoechea,
Restrepo, Tanco, Koppel, Soffia, Mier, Samper, etc!
He dicho yá la afición
inmensa que hay en Bogotá por la música. No hay casi una niña que no toque bien el
piano y recuerdo entre ellas, dos de las naturalezas más profundamente artísticas que he
encontrado en mí vida. En cualquier parte del mundo habrían llamado la atención. Una de
ellas, la Srita de Caicedo Rojas, tiene la intuición maravillosa de los grandes maestros.
La intuición, porque nunca ha
salido de Bogotá y no ha podido, por consiguiente, asimilarse la tradición de los
conservatorios europeos respecto á la interpretación de los clásicos. Es indudable; se
necesita nacer con un organismo musical para distinguir en los tintes del estilo las obras
de los poetas clásicos del sonido. Con qué solemne
majestad traducía á Beethoven! Qué
ligereza elegante y delicada adquiría su mano para bordar sobre el teclado uno de esos
tejidos aéreos de Mozart, tan tenues como los hilos invisibles con que dirigía su carro
la reina Mab ! Solloza á Schubert, canta y sueña con Mendelssohn, brilla y gime con
Chopin, vibra y arrebata con Rubinstein, conservando siempre, arriba de todo, el carácter
expresivo de su personalidad. ¿ Me perdonará estas líneas, la suave y modesta criatura,
á quien debo un momento inolvidable?
¿ Me perdonará la Srita. Teresa
Tanco, mi simpática compañera del Magdalena, si le repito en estas páginas lo que
tántas veces leyó en mis ojos,
esto es, que tienen razón los
bogotanos de estar orgullosos de ella por su espíritu, la altura de su carácter y su
talento musical incomparable? Sentada al piano, moviendo el arco de su violín, haciendo
gemir un oboe ó las cuerdas del arpa ó el tiple, cantando bambucos con
su voz delicada y justa, componiendo trozos como el Alba, que es una perla, siempre está en la región
superior del arte.
No conoce la poesía sencilla é
íntima de nuestra naturaleza americana aquel que no ha oído cantar á dúo un bambuco colombiano á
las señoritas Tanco.
El bambuco es el triste
de nuestra campiña, pero mas musical, más artístico. La misma melodía primitiva,
el mismo acento de tristeza y queja, porque la música, en todas las regiones sociales, es
el eterno consolador de las amarguras humanas. A ella acuden las sociedades cultas para
alcanzar un reflejo de ese ideal que va muriendo bajo el pie de hierro del positivo
actual, á ella el habitante de los campos y las montañas para traducir las penas que
turban su corazón simple, pero corazón de hombre.
Trascribo al fin dos
bambucos
(2).
Como se verá,
el verso en sí mismo no vale nada; es la música
que lo
acompaña, la expresión con que se dice, lo que constituye todo su mérito. Tal triste,
oído
una noche en un pobre rancho de nuestros campos con profunda emoción, no resiste á la
tentativa de trasladarlo á una orquesta como motivo de sinfonía.
Los ensayos que se han hecho en
ese sentido, no han dado nunca resultado. . .
Como se ve, son simples cantares
populares, ecos melancólicos y tristes, como si ese tinte del espíritu fuera el único
rasgo que identifica a la especie humana bajo todos los climas y en todas las latitudes.
Repito, una vez más, que el encanto está en la música y en la suavidad de la expresión
al cantarla.
Es muy frecuente, por las noches,
oír, en los sitios de los suburbios donde el
pueblo se reúne, bambucos en coro cantados con voces toscas, pero con un acento de
tristeza que hace soñar. Si no fuera la influencia terrible de la chicha, que yá he mencionado, el pueblo
colombiano, hablo de la masa proletaria y errante, con su maravillosa predis
posición artística, se
elevaría rápidamente en la escala de la civilización. Como raza indígena, la considero
superior no sólo á la nuéstra, que es la primera en barbarie y atrofia intelectual
(3)
, sino también
á la del Perú, que no tiene los instintos de dignidad que caracterizan á la colombiana.
El valor
de los indios de Colombia, sobre todo de aquellos que viven en regiones
montañosas, pues el clima terrible de la tierra caliente enerva á los que nacen y se
forman en esa atmósfera de fuego, es hoy
tradicional en aquella parte de América. En la guerra de la Independencia, como como en
las largas y cruentas luchas civiles que se han sucedido hasta 1876, cada batalla ha sido
una hecatómbe. En una de las últimas, después de un día entero de batallar, con las
mortíferas armas modernas, la victoria quedó indecisa y perdió cada uno de los
ejércitos, más del 50
por 100 de su
efectivo.
Tengo la seguridad de que si alguna
vez, la independencia de Colombia es amenazada ó su honor ulltrajado, podrá
contar para defenderse con un ejército de más de cien mil hombres, bravo, paciente y
entusiasta.
De todos los países de la América
del Sud, sólo en las regiónes que
baña el Plata
se ha desevuelto y
reina soberana la institución social del duelo. En Chile y el Perú son tan raros los
encuentros individuales, que se citan y recuerdan los pocos que han tenido lugar. ¿ Es la
influencia de la sociabilidad fráncesa que, haciéndose sentir entre nosotros por medio
de su literatura corriente, ha hecho persistir en nuestros hábitos la manía del duelo?
¿ Responde acaso esa práctica á una vaga presión etnográfi
ca, si puedo expresarme
así, puesto que la vemos imperar en nuestros campos, convertida en una
ley ineludible para
el gaucho? Tenemos, es cierto,
la sangre ardiente,
el punto de honor de una susceptibilidad á veces excesiva, la vanidad del valor llevada
á la altura de la pasión, pero sería ridículo
pretender que esos caracteres no
distinguen también á los demás pueblos americanos.
En Colombia el duelo, aunque más frecuente que en
Chile y el Perú, no es común. En cambio reina desgraciadamente una costumbre que
los mismos colombianos califican de salvaje. A pesar de toda mí simpatía y cariño por
ellos, no puedo desmentirlos.
Un hombre insultado en su honor ó en
su re
putación,
hace lealmente decir á su enemigo que se arme, porque lo atacará donde lo encuentre.
Ahora bien, en Bogotá, la gente de cienta clase social (porque es desgraciadamente entre
lo alto del mundo que tienen lugar esas escenas deplorables) sólo se encuentra durante el
día en las calles de Florián ó Real y por la mañana y en la tarde en el altozano. Yo mismo he presenciado, en la
primera de las calles
mencionadas, á las cuatro de la tarde, hora en que se agrupa allí una numerosa
concurrencía, un encuentro de este género entre dos hombres pertenecientes á la más
alta sociedad bogotana. Revólver en mano, separados sólo por el caño, se atacaron con violencia, disparando uno
sobre el otro casi todas las balas de su arma. ¿Cómo no se hirieron? La excitación
natural, el movimiento recíproco lo explican suficientemente. Lo que me llamó la
atención, fue que ninguno de los circunstantes (la mayor parte de los cuales, la verdad
sea dicha, tomaron una prudente y precipitada retirada) no saliera con un balazo en el
cuerpo. Los proyectiles se habían enterrado, á altura de hombre, en las dos paredes
opuestas á los combatientes, que concluyeron por venir á las manos, siendo entonces
separados por algunas personas.
Por desgracia, raro es el incidente
de ese género que se termina de una manera tan feliz. Más de un joven brillante, más de
un hombre de mérito ha muerto en uno de esos combates, leales, es cierto, en que no hay
jamás traición ni sorpresa, pero, lo repito, no por eso menos salvajes. No citaré
ninguno de esos casos; pero ¿quien no recuerda en Bogotá la historia terrible de aquél
anciano que, habiendo ofendido involuntariamente á un hombre joven y de pasiones
profundas, le pidió públicamente perdón, se arrodilló á los pies del arzobispo para
que éste evitara el
encuentro á que su adversario lo incitaba de una manera implacable, hizo, en una palabra,
cuanto es dado hacer á un hombre para aplacar á otro? Todo fue inútil y un día el
anciano se vio atacado bajo el portal de una iglesia; marchó recto á su enemigo,
sufriendo el fuego
continuo de su revólver, llegó junto á él, lo tendió de un balazo
y luégo le enterró una daga en
el corazón hasta la empuñadura..
.. No lancéis la primera piedra contra ese hombre de cabellos blancos, débil, creyente y
devoto, que se había humillado, hundido la frente entre el polvo á los pies de su
adversario y que había vivido la vida amarga y angustiosa del peligro á todas horas y en
todos los momentos! Ese anciano vive aún, legítimamente rodeado del respeto colectivo,
pero sus labios no han vuelto a sonreir.
Y aquel joven deslumbrante, que en un
encuentro, tal vez suscitado por él, muere entre los brazos de una mujer abnegada, que
quiere defenderlo con su cuerpo contra los golpes de su matador implacable?... Y el matador, poco después cae en una
plaza pública bajo las primeras balas de un motín insignificante.
..
Sí, bárbara, esa tradición de otros
tiempos, persistiendo como un fenómeno en nuestros días, dentro de la cultura de nuestra
atmósfera social; bárbara, pero que revela la virilidad de ese pueblo. Nada más vulgar
y común que el valor necesario para un duelo; pero esa expectativa de todos los
instantes, esa sobrexcitación continua de los sentidos, olfateando, como la bestia, un
peligro en cada sombra, un enemigo en cada hombre que avanza, requiere una firmeza moral
inquebrantable.
Hay también los duelos famosos, entre
otros el de Ricardo Becerra y Carlos Holguín, dos de las cabezas más brillantes y de los
corazones más
generosos que tiene
Colombia; la política los llevó
al terreno,
la sangre corrió. . . . pero el rencor no
penetró en esas almas tan hechas para comprenderse. Holguín, jefe de una de las
secciones mas importantes del partido conservador, acaba de representar á su país en
varias cortes europeas, con dignidad, brillo y talento. Será siempre un timbre de honor
para el gobierno del Dr. Núñez haber destruído la barrera de la intransigencia
política, llamando á los altos puestos diplomáticos á con
servadores de la talla de
Holguín... Verdad es,
y esto sea dicho aquí entre nosotros, que Holguín fue uno de los cachacos más queridos de Bogotá, que le ha
conservado siempre el viejo cariño. Tiene un espíritu y una sangre fría incomparables.
Después de la revolución de 1876, los conservadores, cuyas propiedades había soportado
todo el peso de la dura ley de la
guerra,
quedaron vencidos, agobiados, más aún, achatados. Una tarde, Holguín se paseaba
melancólicamente en Bogotá, cuando del seno de un grupo liberal salió el grito de
Abajo los conservadores! Holguín se dio vuelta tranquilamente y encarándose
con el gritón,
le dijo con su acento
más culto: Tendría usted la amabilidad de
indicarme como es posible colocarnos más abajo aún
de lo que estamos? Los rieurs se pusieron
de
su
lado y siguió plácidamente su camino.
Resumiendo, una sociedad culta,
iteligente,
instruída y característica. He dicho antes que Colombia se ha refugiado en
las alturas, huyendo de
la penosa
vida de las costas, indemnizándose,
por una cultura intelectual incomparable, de la falta completa de progresos materiales. Es
por cierto curioso llegar sobre una mula, por sendas primitivas en la montaña, durmiendo
en posadas de la Edad Media, á una ciudad de refinado gusto literario, de exquisita
civilidad social y donde se habla de los últimos progresos de la ciencia como en el
seno de una academia
europea. No se figuran por cierto en España, cuando sus hombres de letras
más distinguidos
aplauden sin reserva los grandes trabajos de un Caro ó de un Cuervo, que sus autores
viven en la región del cóndor, ni en las entrañas la América, á veces y
por largos días, sin comunicación con el mundo civilizado...
El extranjero vive mal en Bogotá, sobre todo
cuando su permanencia es transitoria. Los hoteles son deplorables y no pueden ser de otra
manera. Bogotá no es punto de tránsito para ninguna parte. El que llega allí, es porque
viene á Bogotá y los que á Bogotá van, no son tan numerosos que puedan sostener una
buen establecimiento de ese género.
Pero cómo
se allanan las dificultades
materiales de la vida en el serio de aquella cultura simpática y
hospitalaria! Cómo os abren los brazos y el
corazón a aquellos hombres inteligentes, varoniles
y despreocupados! He pasado
seis meses en Bogotá; no sé si una vez más volveré á remontar el Magdalena y á
cruzar los Andes al monótono paso de la mula; pero si el destino me reserva esa
nueva peregrinación, siempre veré con júbilo los puntos de la ruta que conduce á la
ciudad querida, cuyo recuerdo está iluminado por la gratitud de mi alma!
CONTINUAR
INDICE
(1)
Locución común á toda la América
española, excepto en el Plata, y que reemplaza nuestro antigramatical en lo de.
(regresar a 1)
(2)
Debo
la trasncripción de
estos dos bambucos, que es
imposible encontrar
escritos en Colombia, á la
amabilidad y al talento de la Srta. Teresa Tanco.
(regresar a 2)
(3)
Me refiero al indio puro.
(regresar
a 3)
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