PREFACIO


 

Es inevitable que el botánico que estudia los productos de la zona tórrida siente un deseo enorme de ver con sus propios ojos esas tierras de verano perpetuo. El deseo aumenta con los años, pero cada uno que pasa lo liga más a los deberes profesionales y al hogar. En mi caso, las fuerzas centrípetas se desarrollaron menos vigorosamente que las centrifugas, y por eso pude viajar al trópico.

La pobreza de información botánica sobre la Nueva Granada, una región tan rica en plantas, despertó mi interés por esa nación, ya que desde la visita de Humboldt, a principios de este siglo, no se ha publicado ni siquiera el catálogo de un coleccionista.

Tampoco son abundantes o recientes las fuentes de información general sobre esta república. En nuestras bibliotecas se encuentran varias obras sobre Colombia, escritas durante la guerra contra la Madre Patria, que terminó, o más bien se hizo crónica en 1825. Pero no pudo encontrar un solo volumen publicado después de que la Nueva Granada tomó su sitio en el concierto de las naciones, ni respuesta a la inquietud de cuáles son los efectos de treinta años de libertad, en un país al que el despotismo español, mantuvo durante tantos años completamente aislado del mundo. La causa determinante del viaje narrado en este volumen fue precisamente ese vacío de información geográfica.

Así, pues, comencé mi tarea con una idea más clara de los objetivos que de las dificultades de la empresa. La falta de datos confiables se hizo sentir aun antes de iniciar el viaje, lo obstaculizó a cada paso y dificultó todavía más su relato. Las observaciones de otros viajeros, que por alguna razón especial residieron en el país o pasaron por él fugazmente sin conocer nada del idioma y de la idiosincrasia de sus gentes, son generalmente tan erróneas, que quizá me incliné a confiar excesivamente en mis propias observaciones cuando divergían de las de ellos. Además de esas obras, ya bastante viejas, hace poco llegó a mis manos, por feliz accidente, un pequeño volumen titulado “Bogotá en 1886-7”, escrito por J. Steuart y publicado por Harper & Brothers, 82 Cliff Street, 1838. Me lo habían recomendado en Sur América, pero en vano lo busqué en bibliotecas y librerías, y no conozco otra copia en los Estados Unidos.

Ninguna otra nación hispano-americana tiene una proporción tan alta de autores como la Nueva Granada, pero sin embargo, las obras son pocas y de difícil adquisición. El autor consultó el Semanario de la Nueva Granada, publicado en Bogotá en 1810, varios artículos científicos de Boussingault y una publicación del presidente T. C. Mosquera que le permitió conocer el nombre de muchos animales y de algunas plantas. Consultó cuidadosamente la historia de Plaza y a veces hace referencia a la de Acosta. Muy amablemente funcionarios públicos granadinos, tanto en Bogotá como en otras ciudades, le permitieron consultar documentos que tenían en su poder. Es una lástima que ni la Embajada Granadina en los Estados Unidos ni el consulado en Nueva York pudieron proporcionarle información adicional a la que había reunido en el país.

Muchos son los individuos que generosamente contribuyeron a que la obra fuera más exacta, pero los favores recibidos son tantos, que aunque los recuerdo con gratitud no tengo espacio aquí para enumerarlos. A ningún norteamericano debe esta obra más que a ese gran caballero, comerciante y académico que es Alexander I. Cotheal. El señor Julio Arboleda atendió siempre todas nuestras consultas y el señor Escipión García-Herreros contribuyó con valiosas y complejas observaciones sobre derecho civil, y además con un compendio histórico sobre el último intento revolucionario. Ambas contribuciones merecen mejor suerte que la de quedar resumidas en unos pocos párrafos, como necesariamente tiene que suceder en un libro de viajes.

Pero a nadie debe este libro tanto como al señor Rafael Pombo, secretario de la Embajada Granadina, ayuda que no se debió a la amistad con el autor, al que no conocía cuando este fue a buscar información por primera vez, sino al amor que el señor Pombo siente por su patria. Ojalá que su país sepa agradecer y recompensar su fidelidad y cumplimiento del deber, su buena voluntad y celo, porque estos exceden toda capacidad de agradecimiento del autor. Fue una calamidad que el señor Pombo no estuviera en los Estados Unidos cuando se empezó a armar el libro en la imprenta. La ausencia del autor también contribuyó a aumentar los errores de ortografía española que encontrarán los lectores conocedores de este idioma, no obstante la increíble eficiencia de los impresores. Espero que esas fallas no perjudiquen demasiado la utilidad de la obra, porque la mayoría de las palabras mal escritas en el texto aparecen corregidas en el Apéndice. Las traducciones de la frase Dominus vobiscum y de las expresiones Que entre para dentro y Por siempre son tal vez las más importantes de las que no se corrigieron.

Hay, sin embargo, otra clase de errores que ningún corrector de pruebas puede enmendar y cuyo número no se sabrá nunca. Son tantas las apreciaciones equivocadas del viajero y tantos los errores que una vez escritos como verdaderos no se verifican nuevamente, que es imposible pensar que esta obra esté libre de ellos. El lector indulgente los sabrá perdonar.

Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer a los editores la liberalidad con que atendieron todas mis sugerencias e incluso los gastos, los cuales sobrepasaron en mucho los calculados inicialmente. Su generosidad es una de las experiencias más agradables en la larga e incesante tarea que concluye hoy. Si otros viajeros encuentran en esta obra la ayuda que el autor buscó en vano, y si ella contribuye a despertar en el filántropo simpatía por una de las naciones más liberales y libres del mundo, el esfuerzo quedará ampliamente justificado.

Middlebury College, 15 de octubre de 1856.

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