IBAGUÉ
 

 

Trapiche — Boquerón — Paso del río Sumapaz — Melgar — Zambullida —Flan de leche — Vadeando el río — Un extranjero a pie despierta la curiosidad de la gente —Prole sin padre conocido — Cruzando el Magdalena —Camino recto y estrecho — El Espinal — La primera culebra que se cruza en mi camino — Desayuno tarde — Despliegue de honradez en el paso del río — Ibagué — Colegios, libros y estudios — El sacerdote y la gallera —La extrema unción, el ataúd y la tumba — Periódico provincial — Legisladores tercos — Tributación — 
La estupidez legislativa no es privilegio de ningún país.


 

En Fusagasugá las bestias no son caras si las contratan personas conocedoras. Pagué 60 y 80 centavos por las que llevé a Pandi durante dos días; $ 1,20 por las que me acompañaron a Bogotá durante una semana; y por las que llevé a Ibagué, en viaje de cinco días y devolviéndolas sin carga, $ 4 por cada viaje. Ibagué está en el límite occidental del valle del Magdalena, y cerca de setenta y cinco millas, en línea recta, al occidente de Fusagasugá. Para llegar a Ibagué hay que descender hasta casi setecientos pies al nivel del mar y pasar por la zona tórrida. ¡Quién sabe cuántas penalidades sufriría debido al calor, y cuántas anacondas, boas, jaguares y pumas tendría que matar! Solo Dios sabe cuántos peligros correría al encontrarme con culebras cascabeles, ladrones, escorpiones, ciempiés y otras criaturas de esa calaña! Pero así y todo decidí enfrentarme a esos peligros a pie, como lo oyen, a pie y contra el consejo de todos los amigos a quienes les hablé del viaje, los cuales insistieron que abandonara el proyecto, asegurándome que me sucederían toda clase de calamidades, y que las fiebres, el calor y el cansancio acabarían conmigo. En fin, ya veremos.

El martes 11 de enero salí temprano de Fusagasugá, en compañía de dos mulas de carga y de un buen peón. Este nollegó a tiempo y la partida temprano fue relativa, porque me levanté a las 4 y solo salimos un poco después de las 10. Había conseguido pan y chocolate para cinco días y un pollo de buen tamaño que me había comprado la querida Alicita. Me mandaron carne, pero se veía tan verde y tenía un olor tan fuerte que la devolví, prefiriendo arreglármelas como pudiera en el camino.

El primer día viajamos por la llanura inclinada en cuyo extremo oriental se encuentra Fusagasugá. A la derecha teníamos el río y más allá una cadena de montañas casi sin estribaciones. A la izquierda corría una quebrada formada por todos los arroyos que había visto al ir a Pandi, y que entonces había creído que iban a desembocar separadamente al Fusagasugá. Mucho más lejos, al sur, se divisaba una serie continua de estribaciones del ramal oriental de los Andes.

Una profunda depresión rompe la llanura y desde allí se sube a La Puerta, la hacienda de don Lucas Escobar. Ya antes había estado en este trapiche, que es uno de los mejores del país. Apenas sé de tres que sean movidos por fuerza hidráulica, y el de Cuní tal vez sea mejor que este. El molino del señor Escobar tiene tres cilindros de hierro horizontales, movidos por una rueda hidráulica, y el jugo de la caña cae directamente en las pailas donde lo cocinan, utilizando como combustible el mismo bagazo de la caña.

Toda la caña de azúcar la traen al trapiche a lomo de mula y como los cañaduzales son inmensos emplean muchísimas bestias. La chimenea, muy alta, está bastante lejos de la casa y el tubo horizontal seca el combustible. Como es tan raro encontrar en esta región a alguien que reciba periódicos, vale la pena mencionar que don Lucas está suscrito al Correo de Ultramar, publicado en París.

La casa de La Puerta está en una meseta muy pintoresca, a cuyos pies se extienden los cañaduzales y se levanta el trapiche. Pero la casa no es bonita, parece más bien un conjunto de chozas. La llanura donde se halla situada se inclina hacia el occidente y el terreno está cubierto de prados y lleno de rocas y bosques. El viaje es tan agradable que me parecía estar pasando por un parque, y la bajada me recordó los caminos anchos y fáciles del descenso moral que tanto nos han enseñado a evitar.

Este descenso, como tantos otros, tuvo un fin inesperado; el camino entró en un bosquecillo y a los pocos pasos me vi rodeado por un abismo. El terreno se había estrechado imperceptiblemente y al frente tenía El Boquerón. Desde Fusagasugá la garganta se veía como una llanura estrecha entre dos cerros, y daba la impresión de que el sitio donde me encontraba estuviera en la llanura. Pero desde aquí veía la garganta a mis pies, estrecha, profunda y sinuosa, dejando apenas el espacio para que corriera el río.

Bajé hasta el río que forman los arroyos que bajan de las estribaciones de la cordillera, lo crucé por un puente de troncos de madera, y pocos metros más adelante llegué al Sumapaz y en el paso del río esperé a que llegaran las mulas. Me imagino que ese punto está a dos o tres leguas del puente natural de Pandi. El río Sumapaz no es tan tranquilo como para merecer ese apelativo; en realidad debe su nombre a la altísima montaña donde nace. Este es el único sitio donde una canoa puede cruzar el Sumapaz. El río es ancho y las aguas rápidas y lo suficientemente profundas como para sobrepasar mi estatura. El río que crucé desemboca en el Sumapaz, y este último en el Fusagasugá, y aunque el Sumapaz es el que tiene el mayor caudal, la dirección de las aguas sigue las del Fusagasugá. El sitio donde se unen los dos ríos se parece al Harper’s Ferry, que quizá es uno de los lugares más románticos de los Estados Unidos.

El paso de un río en la Nueva Granada es asunto muy serio. Hay que descargar las mulas y obligarlas a nadar, lo cual se supone que las cansa muchísimo. El equipaje se coloca en la canoa para pasarlo a la otra orilla, donde se cargan nuevamente las mulas, y claro está que mientras más bestias haya más larga es la demora. Afortunadamente llegamos ya de noche, no tuvimos que volver a cargar todo el equipaje y dormimos tranquilos pensando que ya habíamos pasado el río. En la orilla había dos casas y Roque escogió la más grande para pernoctar. Tan pronto acomodé las mulas, me hizo el chocolate, calenté el pollo y comimos antes de que oscureciera. Había comprado velas y las partió en tres; encendí uno de los pedazos y leí acostado en la hamaca hasta que me dio sueño; dormí más cómodo que en cualquier cama en Nueva York. Para acostarse, la familia y el peón extendieron varios cueros en el suelo de tierra. Los cueros son la cama del campesino granadino, el cual duerme con toda la ropa puesta, y antes de acostarse no practica más devoción que la de persignarse. Me molestó siempre la costumbre que tienen las gentes aquí de fumar después de que se acuestan.

Me desperté con la primera luz del día, me prepararon inmediatamente el chocolate y salí cuando todavía estaba el peón cargando las mulas. Tal como lo había imaginado, nos esperaba todo un ascenso para salir del hoyo donde habíamos pasado la noche, y para mí la subida fue agradable, pero dificilísima para las pobres mulas.

Por último llegamos al sitio desde donde se divisa por última vez a Fusagasugá. A nuestros pies vimos la confluencia de los tres ríos y la estrecha garganta por donde corren hacia el Magdalena. Más allá se veía la llanura inclinada por la que viajé el día anterior y todavía más lejos, las montañas que confinan la Sabana de Bogotá. A la derecha, en la distancia, se divisaban las paredes de la profunda hondonada por donde corre el Sumapaz debajo del Puente de Pandi.

A la izquierda la montaña extensa y recta que forma la margen derecha del Fusagasugá presenta un aspecto muy peculiar: la vegetación, oscura y con la forma que recuerda el techo de una casa, tiene al mismo tiempo pedazos irregulares de terreno aparentemente cubiertos de yerba y de un color verde muy vivo y uniforme, pero sin arbustos. Desde lejos me pareció que la roca es de arenisca roja, pero tenía el color del basalto.

Al frente las estribaciones de las montañas limitaban el paisaje, y al pie de una de ellas se podía ver una llanura alta y muy amplia, tan verde como un prado. Más allá todo era lomas y cerros, lo mismo que a este lado del río, donde únicamente había un vallecito lleno de palmas y helechos de árbol. Precisamente en un rincón de ese valle me detuve en un rancho a desayunar. Allí vivían tres mujeres de apariencia desagradable, una de ellas estaba haciendo cigarros con una mano, mientras que con el otro brazo sostenía un niño que estaba mamando. En el piso de tierra dos niñitas aprendían a caminar, una desnuda y cubierta de mugre, la otra con harapos además del mugre. Por fortuna no necesité comprar nada en ese rancho, y después de comerme el pollo, ayudado por los dos diablitos, seguí mi camino.

Otras tantas vueltas, subidas y bajadas me llevaron al frente del tórrido valle del Magdalena, con su paisaje de montañas, bosques, praderas y quebradas. Imposible intentar describirlo, lo único que puedo decir es que es “maravillosamente hermoso”. Comenzamos a bajar y el día a calentarse, empezando entonces la parte dura de la jornada. La mula que llevaba mi equipaje parecía poseída por el demonio. Hasta entonces había tenido la costumbre de adelantarse, pero cuando nos dejaba atrás se echaba al suelo y el peón tenía que volver a acomodarle las cargas. Pero ahora corría sin parar y casi no podíamos alcanzarla. Pasamos numerosas quebradas teniendo muchas veces que descalzarme para cruzarlas, y en cada una me iba quedando más atrás. El calor iba en aumento, pero finalmente la mula disminuyó el paso y acabé entrando a Melgar delante de ella.

Melgar es una de esas aldeas, centros de mercado, cuya existencia es todo un enigma para la ciencia político-económica. Imagínense una población de bahareque y paja, con una iglesia, una capilla y una plaza, sin trazas de industria y en medio de una llanura inculta. Viéndola empecé a creer en la historia de los dos vivos que se quedaron encerrados en un cuarto y empezaron a cambiarse entre ellos las chaquetas hasta que cada uno le ganó al otro cinco dólares. Yo quería que Melgar sacara algún provecho de mi visita, pero en vano busqué carne, frutas, y huevos. Logré conseguir una naranja, pero tan mala, que únicamente me la comí por pura educación.

La mula recobró toda su energía con el descanso en Melgar. Salió trotando hasta que llegó a una quebrada caudalosa, que corre, como todas las otras, hacia el río, a la derecha. La mula cruzó la quebrada y tranquilamente se echó al borde del agua. Mi Endlicher, un libro de veinte dólares, y las plantas que había recogido en el último mes, fueron las principales víctimas. Nos demoramos mucho para encontrar un sitio bueno donde pasar la noche, pero a las cuatro de la tarde llegamos a una casa muy limpia, donde quité el encerado que cubría el baúl y saqué las cosas para que se secaran al sol poniente.

Antes de llegar a esa casa había comprado ocho huevos y luego mandé comprar una totuma de leche. El mensajero me dijo que habían prometido enviarme otra por la mañana. Como tenía azúcar, cociné al baño de maría un flan, mientras toda la familia me observaba con gran interés. El resto del día lo aproveché bañándome en la quebrada donde se habían mojado mis baúles, y después tuve el gusto de comprobar que el flan había quedado tan bueno que le habría hecho honor al mejor químico, y que la hamaca, como siempre, no dejaba nada que desear.

El amo de la casa tiene varios peones a su servicio, y sin embargo él mismo no lleva ninguna ropa de la cintura para arriba. Le comenté que en su pecho se veía la señal del cristiano: una cruz de vello negro y espeso del diafragma a la cintura.

Al día siguiente salimos tarde porque había llovido toda la noche hasta casi las siete de la mañana y la quebrada había crecido tanto que no se podía pasar. Cociné otro flan, tomé chocolate y emprendí camino. Cerca a la quebrada me detuve en otra casa, me comí el flan, abrí los baúles para secar lo que llevaba adentro y una mujer que pasaba por allí se me acercó y me pidió que le regalara algo como recuerdo. Indudablemente que ella era la última persona en la Nueva Granada que me importaba recordar o que me recordara, pero pensé que lo más prudente era darle gusto y le di una de las vainas más comunes que tenía guardada y a la cual se le había caído el opérculo, pero le expliqué que en mi país se estimaban mucho esas vainas. Esa fue la primera vez que me pidieron un regalo en la Nueva Granada.

Estaba lloviznando y le di treinta centavos a cuatro hombres para que pasaran mi equipaje. La corriente era tan violenta que si me paraba me arrastraba, pero ellos pasaron muy bien las cargas y al anochecer llegué a la orilla del Magdalena.

Esa tarde el camino fue diferente porque bordeaba la base de las montañas. Vi dos plantas que me interesaron; una del orden de la Cinchona, tenía una ramita de flores que no llamarían la atención si no fuera porque las de abajo del racimo tienen el lóbulo del cáliz muy alargado y de color carmesí. Me imagino que es la Calycophylum coccineum, y aunque la he visto cuatro veces no he logrado conservar un buen espécimen de muestra. Los que tengo estaban adornando una antorcha en una procesión nocturna en honor a Santa Bárbara. La otra planta era una Dalechambia del orden de las euforbiáceas, y dentro de lo que parecía ser una flor formada por dos hojas de rosa había una bellota grande, con flores estamníferas a un lado y pistiladas al otro.

Pasé por un sitio donde una vaca estaba comiendo pura arcilla, aparentemente sin ningún contenido salino, pero así y todo se veía que el ganado había estado comiendo el bajío que ya estaba muy disminuido.

Llegué hasta la aldea del Paso de Fusagasugá, llamada así porque el camino al Magdalena cruza allí el Sumapaz. Seguí adelante sin detenerme mientras Roque me seguía media hora después. Había dejado la última casa unos metros atrás cuando unos hombres me siguieron corriendo y gritándome que los esperara. Les pregunté por qué, pero no me contestaron sino cuando me alcanzaron, y entonces un señor muy respetable, sintiéndose obligado a responderme, me dijo que era que les daba miedo que me perdiera. Les manifesté que a mí no me daba el más mínimo temor de extraviarme y que por lo tanto, iba a continuar mi camino. Entonces ellos me asediaron con una descarga de preguntas, que me habría convencido, si es que alguna vez lo hubiera puesto en duda, de que la curiosidad no es privilegio de ningún sexo o país. En realidad me habían seguido porque querían saber de dónde y a dónde iba un extranjero a pie y completamente solo, algo que quizá nunca había visto ninguno de ellos. Les di gusto informándoles sobre mi viaje, y les expliqué además mis intereses, objetivos y proyectos.

Para pasar la noche me detuve en una casa bastante buena, y al lado del portón el peón tuvo que destruir matas de cactus por valor de $ 10 (según cálculos de Dunlap) para que pudieran pasar las mulas cargadas. En la casa vivían dos mujeres solteras con sus respectivos hijitos. Una sirvienta cotuda también tenía el suyo (me imagino que el padre debe ser ciego, pero el lector puede juzgar por sí mismo viendo la ilustración). La sirvienta acostó al niño en una hamaca en el cuarto donde yo dormí y ella se acostó en el suelo.

El pan, el azúcar y el chocolate se empaparon al pasar la quebrada, y toda mi cena consistió en una taza de chocolate, pan y una salchicha. Los niños, llorando por turno, no me dejaron dormir muy bien, y después de tomarme otra taza de chocolate nos encaminamos a la orilla del Magdalena. El río en ese sitio es aproximadamente del ancho del Hudson en Álbany, pero mucho más rápido. La canoa no podía con todo mi equipaje al tiempo, y la demora para cruzar el río fue tanta, que eran casi las diez de la mañana cuando pudimos seguir adelante. Después de esa demora no estaba en ánimo de soportar ninguna otra, y decidí que viajáramos a buen paso sin importar el sol o la lluvia.



Muchacha cotuda

El sol era abrasador. Íbamos hacia el sur, río arriba; a la izquierda teníamos la inmensa llanura bañada por arroyuelos de aguas casi tibias. El camino que bajaba hasta uno de estos era tan estrecho que los baúles que llevaba la mula se atrancaron de manera que la bestia no podía ni avanzar ni retroceder. Roque soltó la mula y la carga se quedó atascada formando un arco sobre el camino. La mula corrió a esconderse cuando Roque quiso cargarla nuevamente. Después del incidente apuramos el paso para recuperar el tiempo perdido, y bajo un sol calcinante, entre la una y dos de la tarde, llegamos al Espinal. Esta es una de las poblaciones más bonitas y limpias que he visto en la Nueva Granada y con tiendas muy buenas. Pero no se imagina uno por qué está situada aquí, en esta llanura desierta y calcinada por el sol.

Sin demorarnos en El Espinal seguimos andando con un calor tremendo. Era el 14 de enero y muy grandes deben ser los poderes de la antracita si es que mis amigos en Norte América lograron calentarse como yo ese día. Hubo un momento en que me dio miedo que las bestias se murieran o se enfermaran por el calor, y decidí, después de que nos cruzamos con otras que habían salido cargadas de Ibagué esa mañana, que lo más seguro para llegar el sábado al fin de la jornada, era disminuir el paso.

Hablando del calor de ese día recuerdo el vestido que yo llevaba. Estoy seguro que no hubiera soportado la caminata de haber tenido botas o zapatos; para semejante viaje no hay nada como los alpargates. Y lo único que llevaba encima era un vestido de algodón azul, parecido a los overoles que lucía cuando tenía dos años, con un cinturón y un sombrero.

Hay una historia divertida de un viajero a quien asaltaron los ladrones en las llanuras mejicanas. Si alguien hubiera intentado robarme se habría llevado un chasco; a ese viajero le dejaron más cosas de las que yo llevaba encima, pues Roque era el encargado de portar mi dinero y pagar las cuentas. Aparte del sombrero, la brújula, la navaja, la correa y los anteojos, las cosas que tenía puestas no valían nuevas más de $ 1,20.

La noche anterior había empezado a cocinar el desayuno. Había comprado unos huevos a medio día, por la noche los batí con azúcar y por la mañana en el embarcadero encontré leche, algo realmente inusitado. Apenas tuve tiempo de cocinar mi flan cuando el peón ya estaba listo para partir. Después de que salimos de Melgar esperé llegar a un sitio agradable para desayunar, y no lo hice sino a las cuatro de la tarde. Un flan después de pasar todo el día sobre el lomo de una mula y a pleno sol no es un plato exquisito, pero tenía hambre y preferí el flan a quedarme sin desayuno, un desayuno bastante retrasado, y con todo, pasarían veintiocho horas antes de sentarnos a cenar.

Después del desayuno vi la primera culebra viva que se cruzaba en mi camino en este país, y yo mismo la maté porque dicen que es de buen agüero matar la primera culebra que se ve en el año; pero antes de cantar mi victoria, es mejor que le dé al lector las medidas de la víctima: tenía seis pulgadas de largo y era un poquito más gruesa que una aguja de tejer. La puse en la lámpara de alcohol para conservarla.

Al anochecer llegué al río Coello, donde encontré un tipo alto y sin más ropa que un pañuelo como taparrabo, que estaba parado en una piedra al frente de una casa, hablando con la dueña. Se ofreció a pasarme el equipaje sobre los hombros, pero parecía tan borracho que sin contestarle bajé al río, y él me siguió, pero como vi una canoa lo dejé seguir. Cuando llegó el peón descubrió que no estaba el barquero autorizado para cruzar el río y yo traté de explicarle que eso no impedía que el dueño de la barca nos pasara gratis, y que si éste no llegaba yo la cogería y remaría hasta el otro lado. Pero como ya era muy tarde y el peón y las mulas estaban muy cansados, decidimos regresar a la casa.

Allí encontré una niña sordomuda, la primera que veía en la Nueva Granada. Ya había mencionado que en el país he visto muy pocos lunáticos, pero imagino que a medida que aumente la educación acrecerán también los enfermos mentales, y quizá también los sordomudos. La gente en la casa se sorprendió mucho al saber que era posible educar a los sordomudos. También había un niño de brazos muy enfermo, tan lejos de toda posible atención médica que no pude menos de pensar que las personas que tanto se burlan de la profesión médica quizá cambiarían de opinión si vieran este caso. Entre la gente de baja extracción social parece como si la gravedad de un niño chiquito no fuera motivo de angustia, y su muerte causa muy poco dolor. Lo que sí es un hecho es que el entierro es toda una fiesta, y lo hacen alegremente, con ritos especiales y dándole el nombre de angelito.

El desayuno que había tomado a las cuatro de la tarde me quitó los deseos de comer otra cosa que no fuera una taza de chocolate y un poco de pan. Por la mañana comí lo mismo, porque no había posibilidad de comprar nada en ese sitio; así que salí con la perspectiva de completar el desayuno en Ibagué. Un muchacho de la casa, para evitar que cometiera el crimen de utilizar la barca sin permiso, ofreció pasarme las cargas por el triple de lo que está autorizado a cobrar el barquero oficial. Le dije al peón que aceptara el trato, y mientras yo crucé en la barca, Roque intentó pasar con las bestias más abajo, pero resultó que el río era muy hondo y tuve que volver nadando para ayudarles. Roque, que no sabía nadar, se aferró de la cola de la mula que iba detrás. Así que pagué el triple y tuve que cruzar a nado el río dos veces.

La llanura del Espinal está limitada al occidente por montañas de arenisca a cuyos pies corre el Coello. Entramos a un recodo de la llanura con el terreno un poco más elevado y lleno de piedras. El sol se estaba ocultando detrás de las montañas cuando llegamos a la orilla del río y subimos por la margen derecha por una cañada bellísima.

A la mañana cruzamos el río y subimos a una llanura estrecha en las montañas hasta el pueblo de Coello. Volvimos a bajar y a subir, interminablemente, pero a mí se me hizo más corto el camino de lo que es en realidad.

Llegamos luego a una enorme llanura en las montañas, seca, con poca yerba, y con tantas piedras que algunos sitios parecen empedrados. Es parecida a la de Fusagasugá, pero más plana y rodeada de montañas de formación geológica completamente diferente. Al sur la limita el Coello, el cual baña dos inmensas llanuras, aunque el viajero solo lo ve correr por un valle que hay entre las dos.

Me detuve en una venta donde no pude conseguir leche, ni pan, ni carne, ni frutas. Me ofrecieron huevos y sal, que no quería, y seguí mi camino. El peón me pidió permiso para quedarse atrás una hora y dejar descansar las mulas. Accedí y llevando un saco para complementar el vestido liviano, subí por un brazo de la llanura limitado por dos montañas y a las cuatro de la tarde descubrí a Ibagué escondido en una meseta entre dos estribaciones de la cordillera central de los Andes. La población está en la margen derecha del Chipalo y a la izquierda del Combeima, que en este sitio desemboca en el Coello, llamado aquí San Juan mientras que más arriba le dicen Toche.  

Los gastos que tuve en este viaje son dignos de mencionarse:

Dos bestias y un peón   $ 12,00
Velas 5
Pan  0,50
Huevos  $ 0,10
Chocolate  11
Leche  5
Pollo  20
Guarapo  11
Pasaje del río para mi y para las cargas  85
Alojamiento y extras  00
Total  $ 13,97

Excluyendo lo que en los Estados Unidos incluiríamos bajo el término de pasajes, el resto de gastos en cuatro días no fue sino de $ 1,12 y no gasté nada en ninguno de los sitios donde pernoctamos. El peón pagó por las mulas en los lugares donde nos detuvimos y compró su propia comida. Además se supone que el peón debe cubrir su paso del río y si acaso la barca ayuda a las bestias a cruzarlo, tiene que cancelar también ese servicio. Lo único que paga el viajero es el paso de las cargas.

Aunque en esos cinco días no vi más que pisos de tierra, y en las pocas mesas apenas los modestos utensilios que yo había llevado; a pesar de que no había camas sino cueros, y de que nunca me sirvieron en tazas, jarros, cubiertos de metal; de que no vi espejos ni periódicos, ni libros ni panfletos, tengo que confesar que ese es uno de los viajes más agradables que he hecho en mi vida. Me alegraba cuando llegaba al pie de un ascenso porque sabía que me esperaban bellos paisajes y climas más frescos, y también me alborozaba al comenzar una bajada porque esta me prometía árboles diferentes y arroyos cantarinos. Al llegar a la llanura anhelaba un caballo que me permitiera cruzarla más rápidamente, pero luego pensaba que entonces habría tenido que esperar más tiempo a las mulas. Pero si me hubiera enfermado o lastimado una pierna, habría podido conseguir fácilmente un caballo en cualquier parte del camino. Y ahora estoy muy orgulloso de haber comprobado que sí soy capaz de caminar en el trópico, no obstante los pronósticos pesimistas de los demás.

Llegué a Ibagué por la tarde del sábado, y desgraciadamente para el señor a quien le llevaba una carta, lo encontré en su casa, donde viven su pequeño hijo que está en el colegio, un empleado y un sirviente. Generalmente él reside en el campo con el resto de la familia. Es posible que si hubiera tenido la familia en Ibagué se habría alegrado de que le llegara visita; y si hubiera estado en la hacienda se habría librado de tener que atenderme. En la casa tenía suficiente espacio para recibirme, pero eso le hubiera causado demasiada molestia y gastos que habría tenido que acreditar únicamente a la pura benevolencia. El cuarto no era ningún gasto y yo hubiera podido comer por fuera, pero eso era algo en lo que no se podía ni pensar, así que mandó al niño a buscarme alojamiento por todas partes. Pero Ibagué ha sufrido dos o tres incendios graves en los últimos años, así que hay escasez de viviendas y el muchacho no pudo encontrar nada.

En medio del dilema, el señor vio pasar un conocido y le grité: “hombre, ¿no sabes de una casa desocupada?” “No”, le contestó el otro. “¿Por qué no me haces el favor de buscarme una para mi amigo?”. “Claro, hombre”, replicó el otro amablemente, y cuando llegaron las bestias ya tenía alojamiento, sitio para comer, y todo lo que tuve que hacer fue vigilar que descargaran el equipaje e ir a comer alrededor de las ocho de la noche.

Me imaginé que iba a estar solo en una casa vacía. En tres pequeñas piezas seguidas encontré la cama corriente, que consiste en un cuero estirado en un armazón de madera, igual a un tambor, lo cual era todo el mobiliario. El cuarto del centro tenía puerta y los otros ventanas iguales a las puertas pero con rejas, para abrirlas sin que nadie pueda entrar. Descargué el equipaje y colgué la hamaca en la sala. Me acosté, convencido de que era el único residente de la casa y dejé la puerta sin llave para que entrara Roque. Por la noche oí pasos y sonidos metálicos como si un fantasma estuviera arrastrando sus cadenas. Pero no era un fantasma sino un tipo que había llegado del campo y entraba al otro apartamento, y a cada paso sonaban las espuelas.

Por la mañana vi que había otros cuartos; en uno había una carpintería, y en otros, la dueña, que tenía tienda, hacia chocolate, pan, etc. Dos o tres cerdos entraban por la puerta principal hacia el patio de atrás siempre que les venía en gana; el zaguán servía de establo al caballo del visitante nocturno, y el animal gozaba de la misma libertad que tenían los cerdos para entrar y salir. Las gallinas salían volando por las ventanas de la sala cuando algo les llamaba la atención en la plaza. Es decir, reinaba la libertad, excepto para un gallo de pelea que estaba amarrado a una piedra en el patio.

Al lugar donde iba a comer también concurrían otras personas, empleados jóvenes que se sentaban por lo general solos. La comida casi nunca era abundante y de ella no quiero ni acordarme; lo único bueno era que me costaba exactamente 40 centavos diarios. Más tarde aparecieron otros dos comensales con los cuales me tocó viajar la semana siguiente.

El mercado en Ibagué es el domingo, pero es menos bueno que el de Fusagasugá, a pesar de que Ibagué es el doble de grande. Las actividades del domingo, además del mercado, son dos misas, peleas de gallos y billar.

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