(continuación capítulo  Cruzando las montañas del Quindío ) 

 

 

El sillero no es hombre de contextura muy atlética. Desnudo de la cintura para arriba, lleva bien arremangados los pantalones, en especial cuando hay mucho barro. Todo su equipo consiste en una rústica silla de guadua, con un pedazo de tela blanca de algodón para proteger al viajero hasta donde se pueda del sol y de la lluvia. La silla se amarra al cuerpo del sillero por medio de dos correas que le cruzan el pecho y otra que le pasa por la frente. El pasajero tiene que permanecer completamente quieto, porque si el sillero se resbala o tropieza, cualquier movimiento del pasajero lo hará caer inevitablemente. Por tanto es mucho mejor y más seguro viajar dormido. La primera vez que vi los silleros iban por un camino tan terriblemente escarpado, que estoy seguro que una señora norteamericana yendo por él, se desmontaría y seguiría a pie por consideración al caballo. Y aquí algunas veces se demuestran sentimientos semejantes. Una señora me contó que la primera vez que se vio obligada a utilizar ese sistema de transporte, se negó en un principio, pero no teniendo otra alternativa dadas sus condiciones físicas, tuvo que acceder llorando amargamente. El coronel Hamilton, embajador británico, llegó a Ibagué descalzo, con los pies sangrando y acompañado por dos silleros a quienes pagó generosamente pero que nunca utilizó. Nuestras dos amigas tomaron las cosas con mucha más naturalidad. La señora se durmió en seguida y la señorita se puso a leer tranquilamente.


Silleros en el Quindío

 

Una bajada increíble, seguida por una subida moderada, nos llevaron a Gallego, donde habíamos pensado llegar anoche, pero después de ver el sitio, me alegré de no haber pernoctado allí. Es un tambo abierto, un simple techo sobre cuatro palos sin un pedazo de muro ni protección lateral o cualquier clase de comodidad para el viajero. Y el paisaje es lúgubre porque no hay más vegetación que palmas de cera, Ceroxylon andicola. Los tallos altos y delgados (que en Nova Genera de Humboldt aparecen demasiado bajos) se elevan por todas partes. Los troncos cilíndricos tienen de doce a quince pulgadas de diámetro, son tan derechos como el fuste de una columna, crecen a una altura de aproximadamente cincuenta pies y están coronados por un penacho de hojas enormes. El tronco, que como el de todas las palmas no tiene corteza, está cubierto por una capa bastante gruesa de cera, o más bien de resma, según se cree. Sería buen negocio recogerla y venderla, ya que gran parte de la cera que se utiliza en las iglesias es importada y cuando se vende en forma de cirios es carísima, casi a $3,00 la libra.

Nueve meses después de que estuvimos sentados aquí, comiendo dulce y tomando agua, pasé otra vez pero en circunstancias muy diferentes y el sitio estaba muy cambiado. Los presidiarios le habían levantado paredes al tambo y habían construido dos chozas y un cobertizo. Todavía quedaba un hombre en una de las chozas y esa noche cuando llegué caía una lluvia lenta y helada que hacía el paisaje todavía más lúgubre. Venía herido y sangrante y con dificultad logré apearme. La última comida la había hecho por la mañana del día anterior y me había mantenido vivo con un poco de chocolate y pan, pero ni siquiera eso me había servido de gran cosa, pues por la mañana había mordido imprudentemente una baya que resultó tener un sabor tan desagradable que me hizo vomitar lo poco que había comido una hora antes. Había creído que se trataba de una pasiflora pero resultó ser una cucurbitácea.

Esa vez venía del occidente y antes de llegar al punto más alto del Quindío empezó a lloviznar, por lo cual para que no se mojara la montura me monté en el caballo. Las manos las tenía llenas de plantas que había cogido y encima llevaba el encauchado que es todo un estorbo en una emergencia. Iba en un caballo grande y torpe y por un camino escarpadísimo. Hacía un momento que había escampado y estábamos en la última subida.

En diez minutos habríamos dejado atrás el valle del Cauca, cuando se cayó el caballo. Salté para que éste se incorporara más fácilmente e intenté caer en un montón de arbustos que había en el camino, pero me di cuenta demasiado tarde que donde iba a caer era en los matorrales que crecían en un despeñadero. Entonces me agarré de la montura en el preciso momento en que el caballo se levantaba, lo jalé y por un instante vi al animal patas arriba y encima de mí. No me explico cómo no me aplastó. Sorprendido lo vi caer hasta el pedazo de camino por donde acabábamos de pasar, es decir, rodó de un quingo al otro.

Miré a ver qué había sucedido. La montura estaba entera, la bolsa con naranjas y el paquete con las plantas sanas y salvas. Solamente se habían dañado las últimas que había recogido y esas las boté. Pero en el momento en que iba a subir otra vez al caballo me di cuenta que tenía herida la pierna, y no me monté por miedo de desmayarme del dolor. Le entregué el caballo y el encauchado al peón y caminé muerto del dolor media hora. El accidente sucedió al medio día, y por la noche, en medio de la lluvia, llegué al tambo de Gallego, donde el terreno plano es insuficiente para que quepan las dos chozas. Pernocté en una que queda quince pies más alta que el tambo y a una distancia de unos veinte pies. Los caminos estaban cubiertos de barro y era casi imposible caminar sin resbalarse. 

Afortunadamente el hombre que vivía en esas soledades había matado un oso negro y nos vendió carne, y como los sirvientes no tenían con qué dañarla, tuve una cena deliciosa alrededor de las ocho y a pesar del dolor y de la sangre que todavía escurría por la pierna. Después, con gran dificultad, logré conseguir agua para lavar la herida, la vendé con un pañuelo de seda, puse las plantas tan difícilmente conseguidas en papel, guindé la hamaca y hacia las diez ya estaba dormido. Cuarenta y ocho horas después del accidente llegué a Ibagué, me quité el pañuelo, conseguí agua tibia y lavé la arena de la herida enconada. Si por desgracia me hubiera quebrado una pierna, no habría podido conseguir atención médica en menos de una semana ni avanzando ni retrocediendo en el camino. Pero este episodio estaba todavía muy lejos; ahora estábamos sentados en el piso comiendo mermelada y tomando agua, que entonces me pareció tan deliciosa y fresca y luego encontraría tan helada.

En otro sitio, en un contadero, vi un monumento como la lápida de una tumba que debió haber costado muchísimo traer hasta aquí. Tenía una inscripción de la que no entendí sino una sola palabra, el honroso nombre de Caldas, el cual me recordó al siempre lamentado sabio granadino. El monumento se erigió en honor de la misa que celebró en este sitio un obispo Fulano de Tal hace varios siglos, según cuenta el señor Caldas, quien mientras descansaba en el lugar, escribió su nombre en el monumento por falta de algo mejor para hacer.

Más adelante pasamos por muchas fuentes cuyas aguas corren hasta el Tochecito que todo el tiempo teníamos a la izquierda, y luego vino el gran descenso hasta el río. A todo lo largo del camino crece una enredadera cucurbitácea con un fruto de consistencia elástica. Por fin llegamos al fondo y estoy seguro que desde Toche hasta este sitio se hubiera podido construir un camino más corto, sin tantas subidas y bajadas y lo suficientemente plano para que pudieran transitar carretas. Además, quizá costaría menos de lo que el gobierno gastará en el camino actual cuando vengan a repararlo los hombres del presidio. Cruzamos a la margen derecha del Tochecito que aquí apenas es un arroyo y comenzamos el gran ascenso.

Para combatir el tedio del camino me puse a traducir al español el Excelsior de Longfellow, y le pedí a un señor que no tenía ni idea de la diferencia que hay entre la b y la vque me explicara la diferencia entre la bandera y lavandera, el pobre terminó agotado y me parece que fue una mala jugada mía ponerlo en todo ese trabajo.

Cerca a la cima está el tambo de Yerbabuena, llamado así por la abundancia de Mentha piperita que crece en el lugar. Nos detuvimos en Volcancito, un tambo rodeado de postes que era el mejor que había en todas las montañas. Por el techo se colaba la luz, las paredes dejaban soplar el viento libremente y el piso era de tierra floja. Como llegamos temprano tuve tiempo de darme gusto recogiendo diferentes especies de Fuchsias, de Begonias y de otras plantas tropicales, así como un Epilobium que me recordó mi país.

Una cosa es el clima de Volcancito por la mañana y otra por la noche. Al atardecer se me empezaron a helar los pies ytuve que cambiar los alpargates por medias y pantuflas que eran mi única alternativa, porque en esos días no habíamos abierto baúles. Por primera vez desde que llegué a Sur América me pareció que el agua estaba demasiado fría al lavarme los pies. Empecé a prepararme para la noche, primero me puse una franela gruesísima, después la camisa de dormir, una camisa de lana y encima una chaqueta gruesa de cazador. A mi mitad inferior, por donde la sangre había circulado tan bien desde que salí de Ibagué, la dejé a merced de un par de calzoncillos de franela y unos pantalones de corduroy. Estas fueron las medidas extraordinarias que tomé, las ordinarias las empecé inmediatamente después de la cena. En Ibagué, donde hay noches frías, había estudiado el arte de dormir abrigado en una hamaca y como ni siquiera en la Nueva Granada se conoce bien este arte, lo describiré a espacio. Primero tomé dos cobijas gruesas por una punta, doblándolas juntas y poniéndolas en una estera en el suelo. Después las puse a través de los pies de la hamaca y luego me subí con ayuda porque estaba muy alta. Después tomé las cobijas por el extremo por donde las había cogido antes y las jalé para cobijarme. Luego metí los bordes de las cobijas dentro de la hamaca. Hasta aquí no hay misterio, es lo que hace todo el mundo, pero debajo lo único que hay es la tela de algodón de la hamaca y se necesita algo que proteja la retaguardia, y es ahora cuando entra en juego mi secreto. Primero me deslizo del centro de la hamaca hacia atrás, es decir hacia la cabecera, y pongo los extremos de la cobija debajo de mí, en tal forma que se crucen, empezando por los pies y terminando en los hombros, donde la operación es difícil, pero se puede llevar a cabo resbalando el cuerpo hacia abajo. Después solo resta situarse diagonalmente en la hamaca, de manera que la cabeza y los pies queden menos elevados. Recuérdese que todo esto debe hacerse estando sostenido por una cuerda floja.

Todo el mundo tenía frío. Consideré que era el momento de que llegara un Mark Tapley que nos hiciera reír y le pedí al señor que nos contara un cuento, a lo cual él accedió gustoso. Contó uno que me mostró un aspecto nuevo de un idioma en el que no existen palabras indecentes, o que si las tiene, no hay peligro de que las utilicen. Afortunadamente para mí, sabía que el carácter de todos los presentes estaba por encima de cualquier sospecha, así que el cuento que podría situarse en la Inglaterra de Carlos II no me asustó, simplemente me sorprendió. Del relato me intrigó otro aspecto, no sé si desde el punto de vista etnológico o psicológico. Quizá porque había oído otra versión del mismo en inglés y cuando tenía diez años. ¿Cómo saberlo con seguridad?       ¿ Podría algún miembro de la Percy Society informarme si existe algún cuento de hace siglos sobre dos personas que pasan la noche en un árbol y tiran una mesa o una puerta que cae en la cabeza de unos ladrones que se estaban repartiendo el botín? Si es así, los cuentos infantiles deben ser mas viejos y más conocidos de lo que yo pensaba, y este cuento tan tonto debe conocerse en toda Europa occidental y en las dos Américas.

Desafortunadamente para mí me había acomodado demasiado bien en la hamaca y un calorcito agradable empezó a extenderse por todo el cuerpo, ablandándome el corazón. Me puse a observar en qué condiciones se encontraban los demás. La señorita estaba muerta de frío y sin posibilidades de dormir en toda la noche. Entonces me pregunté: “¿Puedo darme el lujo de prescindir de la cobija más delgada?”, y mi blando corazón contestó: “Para una joven y amable dama, a quien estimo y quien está sufriendo el frío más intenso que ha conocido en su vida, sí puedo prescindir de ella”. Pero luego me di cuenta de que, como la última pluma que le quebró el lomo al camello, esa era la cobija que necesitaba yo para protegerme del frío y no pude pegar los ojos en toda la noche. Ensayé una posición nueva volviéndome sobre el lado derecho, al derecho de la hamaca y cobijándome con el otro pedazo de hamaca. Quedé como un enorme folículo, o hablando en términos zoológicos como un bivalvo, manteniendo cerrado el caparazón con las manos, con la rodilla y con la cabeza que tenía recostada en el borde doblado de la valva superior. El método falló y cuando ya era demasiado tarde para dormir, recogí la hamaca y la cobija, las junté a la manta de uno de los señores que estaba tratando de dormir en el suelo, y me acosté a su lado para descongelarme.

Por la mañana vi el chal de la señorita en la cama del joven abogado que se había acostado a sus pies. También ella tenía corazón y en un momento en que su mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha, le prestó el chal antes de que yo le prestara a ella mi cobija. Este descubrimiento me hizo reír de buena gana y hasta hoy en día la sola mención de Volcancito parece causarle a la señorita una impresión muy especial.

El desayuno que tomamos antes de partir fue escaso y rápido. Estábamos en el límite del páramo donde a veces el suelo se cubre de nieve hasta por una semana. En estas alturas le puede ocurrir algo muy extraño al viajero, el cual sin sufrir demasiado por el frío pierde de pronto toda energía y finalmente la vida. A esto lo llaman emparamarse, algunos de mis amigos han estado en peligro de que les suceda y en dos o tres ocasiones yo he tenido que cuidarme de correr esa suerte. Pero ese día no había nada que temer, hasta volví a ponerme el vestido liviano y tuvimos un día muy agradable. Pasamos muchos arroyos que fluyen todos hacia la izquierda y en la orilla de uno encontré un magnífico ejemplar de “cola de caballo” de cinco o seis pies de altura. Desafortunadamente no guardé una muestra, porque me aseguraron que en el valle encontraría otros igualmente grandes y también por la dificultad de guardar las muestras en estos caminos solitarios.

En una o dos horas llegamos a la sierra divisoria y seguimos por ella durante un rato. Al empezar a bajar, el camino se vuelve pésimo, aunque no es nada malo en comparación con esas zanjas semi-subterráneas por las que viajó Cochrane a caballo y por las que el gordo Hamilton caminó, sin que la cabeza le llegara nunca al nivel del terreno. Esos callejones bordeaban el camino como trampas de mula o a veces se abrían a un lado como si fueran la entrada de una mina abandonada. Si a Hamilton y a Cochrane les hubiera gustado exagerar, no habrían tenido necesidad de hacerlo al describir esos callejones. Este fue el escenario de la catástrofe que sufriría meses más tarde y que ya les relaté, y también de una historia, quizá verdadera, de un oficial español que tenía derecho a utilizar silleros gratis. Alguna vez el español resolvió usar en el sillero unas de esas horrorosas espuelas para mulas y el pobre indio, aguijoneado más allá de toda paciencia, lanzó al bruto al precipicio. El español se mató en la caída y el indio huyó al monte y no regresó nunca.

Las señoras que en la última parte del ascenso después de Toche no habían utilizado mucho las sillas, ahora se instalaron cómodamente en ellas casi todo el día. La señora se quedó dormida, la señorita se puso a leer y los silleros caminaban como si llevaran la silla vacía. Nadie parecía ser consciente de que por ese camino uno podría desnucarse.

A las dos llegamos a Barcinal, la primera casa que encontramos desde que salimos de Toche y la sexta que hay en setenta y dos horas de camino. Allí vivía una familia antioqueña que nos dio mazamorra. La mazamorra es el plato favorito de los habitantes de esa apartada provincia. La hacen de maíz pilado y hervido y le añaden leche al servirla. A mí me gustan los antioqueños y las antioqueñas, así como sus sombreros (1), pero lo que no me gustaría sería tomar mazamorra con mucha frecuencia.

Entre Barcinal y Toche que están a dos días de distancia no hay un sitio bueno para pernoctar. A fin de remediar esta solución lo mejor sería construir un camino que pudiera transitarse aun en mal tiempo. Si la segunda noche hubiéramos seguido hasta Gallego, es posible que habríamos llegado a Barcinal al día siguiente, ahorrándonos la mala noche de Volcancito.

Por un camino escarpado y malo bajamos a Boquía en las márgenes del Quindío. Boquía es cabeza de un distrito de la provincia del Cauca. La población tiene algunas casas relativamente buenas y una aceptable posada; están comenzando a construir la iglesia, hay un molino de trigo que vi funcionar y un puente cubierto sobre uno de los brazos del Quindío. Algunas veces los viajeros pueden aprovisionarse en Boquía. Después de pasar el Quindío que en este sitio es un río bastante grande, de casi dos pies de profundidad, nos esperaba un ascenso por un camino hermoso y luego otro tan empinado que las señoras tuvieron que recurrir nuevamente a las sillas. Finalmente llegamos a El Roble, donde nos detuvimos, precisamente a tiempo de evitar la lluvia, que sorprendió a los arrieros antes de que hubieran terminado de levantar la tienda. El Roble no es tan alto como Volcancito y esa noche la pasamos como cristianos, comiendo sentados a la mesa, durmiendo en una casa, y para la señorita hubo hasta cuarto aparte, nominalmente, porque no había seguridad de que no se le entrara nadie.

Salimos de El Roble el viernes por la mañana, y una bajada suave de tres millas nos llevó hasta la casa de otra familia antioqueña, en Portachuela, sitio agradable para descansar. Aquí probé las arepas y descubrí que son iguales a los Johnny-cakes que habían rechazado en Nueva Inglaterra y a los hoe-cakes, al pan de maíz y corn-dodgers de Illinois.

Más adelante nos detuvimos en un contadero llamado Lagunetas desde donde mandamos a los peones a que nos trajeran agua. Me imagino que, como su nombre lo indica, la encontraron en huecos y lagunas. Viajando hacia el occidente, recomiendo tomar agua en este sitio o traerla desde Portachuela.

De Lagunetas en adelante la lluvia había dejado el camino muy liso. Este último era almohadillado y las bestias metían las patas profundamente en el barro en esas gradas para mulas. Desgraciadamente yo hice lo mismo en una ocasión y la pierna se me hundió hasta la rodilla con no poco detrimento para mi apariencia personal. Pronto me adelanté y perdí de vista a mis amigos. En todo el día lo único que encontré para beber fue un poco de leche, ni una gota de agua. En el camino me alcanzó un hombre que se proponía ir de Boquía a Cartago en día y medio, mientras que nosotros haremos ese trayecto en dos o tres días. El tipo se había asegurado una punta de la ruana en un bolsillo del que salía la cabeza de un pollo vivo que le llevaba de regalo a una señora de Cartago.

Alrededor de las dos llegué a La Balsa donde había proyectado darme un buen baño en el río, pero al llegar encontré que no había río y francamente que no puedo explicarme cuál puede ser el origen de tal nombre. Casi no encuentro agua para lavarme los pies. Esperé una o dos horas al resto de la comitiva y cuando llegó decidimos que ese día no viajaríamos más.

Desde que se deja a Ibagué, La Balsa es el único sitio que merece llevar un nombre. Se dice que la población del distrito es de 199 y la de Boquía 198, pero la población de ambas está diseminada en más de 100 millas cuadradas. No me explico la razón de la existencia de una población en este lugar; lo que sí sé es que para nosotros fue bueno llegar a ella. En La Balsa hice el gran descubrimiento de que sí me gustan los plátanos cocinados. Son tan pocas las veces que los dejan madurar, que no sabía cómo sabían maduros. Este es el primer lugar que he visto donde se cultiva en abundancia. Los llevan a vender a Cartago. A uno de los caballos que conducían de cabestro le dieron de comida un racimo de plátanos verdes.

Almorzamos sentados en el suelo y como iba a llover no pude recoger plantas; en cambio conocí el zancudo, que de allí en adelante sería compañía constante y nada agradable, y que al examinarlo detenidamente vi que simplemente es un mosquito. En todo el viaje de Honda hasta aquí no había visto ninguno, y aun en este sitio son tan escasos que solo oí volar dos o tres.

El sábado por la mañana ya estaba con deseos de que terminara el viaje, en especial porque habían empezado las lluvias. Me puse el encauchado y aunque hubiera podido cabalgar todo el día, preferí continuar firme en mis dos pies, cosa que no pudo hacer el sillero de la señora quien dejó caer su preciosa carga cuatro veces en la mañana. Yo estaba conversando con ella cuando se cayó la primera vez y la acompañé hasta que se volvió a subir en la silla, que se había quebrado y había que arreglarla. Mientras tanto el sillero descargó la señora en un tronco enorme de tres pies de diámetro. Había que protegerla de la lluvia y lo único que había a mano era la punta de mi encauchado. Debimos haber presentado un cuadro muy divertido, pero no había espectadores que se rieran de la representación.

La señorita estuvo más afortunada y no se cayó ni una vez cruzando la montaña. En una ocasión el sillero que la llevaba se resbaló más de una yarda, pero ella es menos miedosa que su hermana y no se movió; en cambio, dos silleros se cayeron con la señora.

Más abajo de la desembocadura del Quindío en el río La Vieja, se cruza este último en Piedra de Moler. Cada uno de nosotros pagó un impuesto de 80 centavos a la provincia del Cauca. En realidad no es peaje porque el gobierno de esta no lo invierte en carreteras. Con la excepción de un pedazo de territorio al occidente del Cauca, donde la vía que va a lo largo del río pertenece a la provincia, el resto de los caminos son nacionales y muy rara vez la provincia o la nación gastan algo en su mantenimiento. En nueve meses que permanecí en el Cauca solo recuerdo haber visto construir un puente peatonal y nuncavi que se invirtiera ningún dinero o se trabajara en el sostenimiento de caminos.

Esta vez no nos demoramos mucho en el paso del río. Nos detuvimos un momento a ver cruzar las bestias a nado, cosa que es muy interesante, y fuimos luego a la casa del barquero, donde comimos huevos y plátanos asados antes de continuar el camino, dejando que el equipaje nos siguiera en dos tandas. Había escampado pero amenazaba lluvia, así que consideré prudente conservar mis instrumentos de defensa contra el mal tiempo. Solo nos restaba subir y bajar una loma inmensa, porque Cartago queda a orillas del río La Vieja.

En la subida vi la Heliconia Bihai, una hierba cannácea, cuyas hojas servían de abrigo al viajero antes de que se construyeran los tambos. Las hojas tienen esa forma característica de la canna de nuestros jardines y de la mata de plátano, y de uno a dos pies de largo; son blancuzcas por debajo y para hacer el techo de un rancho las cuelgan de un nudo en el peciolo de las cuerdas horizontales que pasan por los palos del techo. Antes todos los peones y cargueros tenían que llevar su porción de Bihai cuando viajaban al oriente, y el caminante dormía durante casi quince días bajo ese techo transportable.

Desde la cima tuve por primera vez una vista panorámica del valle del Cauca. Este no es completamente plano sino ondulado, como dicen en el Oeste, y el color verde vivo es maravilloso después de las llanuras secas de Ibagué y El Espinal. No creo que haya un espectáculo más hermoso que esta vista del valle del Cauca, rodeado todavía por las ásperas montañas del Quindío, mientras que en la distancia se divisan las de Caldas, que posiblemente no cruzaré nunca. La escena sería todavía más bella si se viera el Cauca, pero como la margen derecha está cubierta de pantanos y bosque, el río no se ve sino entrando en el valle. El día anterior, poco después de salir de Lagunetas, habíamos divisado el valle por entre un claro de los árboles.

Poco después de tener ante nuestros ojos el valle, terminaron las funciones de los silleros y en el primer charco que encontramos, los hombres arreglaron su apariencia personal lo mejor que pudieron para entrar a Cartago. Sacaron camisas de donde las traían guardadas, se pusieron sombrero y una ruana sobre el sencillo vestido, quedando ataviados como cualquier campesino granadino.

Finalmente llegamos al valle, pero no puedo decir en qué punto el suelo se vuelve aluvial; creo inclusive que esa línea sea muy difícil de determinar porque los dos suelos son parecidísimos. Tampoco puedo decir cuánto costó el viaje exactamente. Las bestias $ 5,20 cada una, incluyendo el servicio del peón; los gastos de subsistencia quizá hayan sido la mitad de esa suma, pero no llevamos las cuentas separadamente. Es posible que el costo haya sido menor de lo que en promedio cuesta cruzar el Quindío, en especial si no se incluyen las pérdidas por robo. A mí se me perdieron una hachuela de doble filo que se guardaba dentro del mismo mango, una toalla diferente a la del cuento, y como es natural, todas las cuerdas y lazos de los que pudieron echar mano los peones.
 

1.
 Los sombreros “panamᔠfabricados en Antioquia se exportaban a las Antillas y al sur de los Estados Unidos. Constituyeron quizá los únicos artículos manufacturados que Antioquia exportó en el siglo XIX. Véase Roger Brew, El desarrollo económico de Antioquia desde la independencia hasta 1920. Publicaciones del Banco de la República, Bogotá, 1977. (N. de la T.). (regresar 1)

 

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