(continuación capítulo  La vida del hacendado)
 

 

Pero ¿a dónde va esta digresión? En primer lugar, el desayuno ya está listo, y en segundo lugar no tengo ningún derecho a quejarme porque la verdad es que la correa me queda apretada, únicamente los insectos más respetables me han chupado la sangre, y de todas maneras me ha parecido que esos bichos son menos numerosos y más chiquitos que en mi país.

¡Montemos y vámonos ya! Quitémonos las pantuflas, pongámonos los alpargates y los zamarros; asegurémonos bien las espuelas, tomemos la guasca (cuerda de cuero con un lazo en el extremo) y amarrémosla al lado derecho de la montura, haciendo el nudo que nos enseñó Pepe, pongamos el cabestro al otro lado y montemos el caballo. Encontraremos vaqueros peor montados que nosotros, sin cojinetes ni cabestro, sin zamarros ni alpargates, con la espuela en el talón desnudo y los pantalones arremangados para que no se les embarren. Veremos a más de uno con solo sombrero, ruana, pantalones y espuelas, los piesmetidos en estribos de madera o simplemente apoyados en un pedazo de madera suspendido de la montura con una tira de cuero.

El vaquero

A medida que nos acercamos al Guavito unos vaqueros dejan que las yeguas vayan adelante y otros traen yeguas de distintos potreros. Todas entran al corral juntas y sus pasos suenan como la lluvia sobre el techo. El corral tiene adentro un cercado a donde ellas van directamente. Un vaquero a caballo vigila la puerta y los que no están montados a su gusto van a enlazar otro caballo. Esto lo hacen por lo general a pie. El vaquero toma la guasca enrollada con la mano izquierda y el lazo con la derecha. El nudo corredizo o llave no le queda en la mano sino a una tercera parte del círculo formado por el lazo, tal como aparece en el diagrama adjunto, en el que el diámetro más largo de la elipse es de aproximadamente cuatro pies; es decir, que no se debe juzgar su tamaño por el de la mano. El vaquero tiene el lazo en la mano, ya escogido el animal que desea enlazar y espera que se mueva la manada. En el momento que ve aproximar la presa, empieza a volearlo alrededor de la cabeza de forma que el lazo corredizo se mantenga abierto hasta que llegue la ocasión propicia para lanzarlo. Entonces va soltando la guasca con la mano izquierda y dejándola correr por la derecha hasta que sea el momento de jalar duro.

El lazo

Creo que la idea que tenemos de la habilidad en el uso del lazo es exagerada. Aun en el corral se considera un éxito enlazar cinco caballos en diez tiros. Alguien me aseguraba que en cien tiros podría enlazar ochenta o noventa caballos. Pero hizo seis intentos y no enlazó sino uno. Así y todo, el lazo y el látigo, el arco y la escopeta son los cuatro instrumentos con que el hombre mantiene su derecho a gobernar el mundo animal.

Cuando un caballo amansado se da cuenta de que el vaquero lo va a enlazar, intenta mezclarse con los otros y mantenerse lo más próximo posible de la cerca, y cuando el vaquero se le aproxima sale a toda velocidad al otro lado del corral. El vaquero le tira el lazo y en el momento que este le toca el cuello, el caballo se para, tan manso como la niña que atrapan jugando a la gallina ciega. En cambio, cuando un potro se da cuenta de que van a enlazarlo se desespera, y al ser agarrado, corre y se ahoga con el lazo, se encabrita y se tira al suelo, pero todo es en vano. Para poder volver a respirar normalmente y para que terminen los estertores como de moribundo, es necesaria la mano del hombre, de ese hombre al que siempre había tenido pánico.

Los caballos ya están encerrados con trancas de guadua y nos vamos en caravana a traer las vacas que mansas pastan en el llano abierto. Dando un amplio rodeo nos alistamos a acercarnos entre ellas y el bosque. “Examinen las cinchas”, dice Cristóbal, que es quien dirige el grupo. Todos inclinan las cabezas y algunos se desmontan. “¡Listos!”, la columna avanza a galope tendido y pronto una línea de treinta jinetes, a una distancia de tres a diez “rods” entre cada uno, se extiende desde la vacada hasta su posible refugio. Nos acercamos y las vacas, mugiendo, siguen apacible pero rápidamente en la dirección que les señalan los vaqueros.

De pronto una vaca con la cabeza levantada y la cola horizontal y rígida se escapa corriendo hacia el bosque. Dos vaqueros la persiguen y en un momento siente el lazo alrededor de la cabeza. Sigue corriendo hasta donde él se lo permite, después la cabeza no puede avanzar pero el cuerpo se resiste, cae al suelo y se niega a levantarse. Uno de los vaqueros se acerca teniendo cuidado de no hacerse en el círculo del que la guasca templada forma el radio y su compañero el centro. Haciendo girar el extremo de la guasca, la lanza como un rompecabezas sobre la pobre rebelde, que se incorpora, pero no da un paso. El vaquero levanta el pie y le clava la espuela en el lomo. La vaca se apresura a andar y el caballo del vaquero, al sentir que la guasca se afloja, empieza a andar siguiendo los movimientos de la vaca. Esta camina en zig-zag, y forcejea un rato, se enfurece y se pone agresiva con el vaquero que la conduce. Pero entonces el segundo vaquero la enlaza de los cuernos, y cada jinete le impide que ataque al otro. Me contaron que una vaca se encolerizó tanto que cayó muerta de la rabia. Los toros, en cambio, no se ponen nunca tan furiosos.

Entre tanto, la manada, mugiendo y corriendo, entra en el corral y da vueltas y vueltas como si fuera un remolino lleno decuernos. Por último llega la prisionera; pero ¿cómo vamos a hacer para soltarla? El que agarra un lobo por las orejas debe pensar primero cómo le va a ir cuando suelte su presa. Soltar una vaca toma más tiempo que cogerla. Un tercer vaquero le tira el lazo de manera que este quede parte sobre el lomo y parte en el suelo, detrás de la vaca. Si esta no se mueve por su cuenta, el vaquero le agarra la cola y se la jala. Ya sea que la vaca obedezca o resista, termina poniendo las patas sobra la guasca, la cual se puede jalar amarrándola por la mitad del cuerpo, pero lo que hacen es dejarla correr hacia atrás, atándole las patas, y al jalar la guasca la vaca se cae y queda inerme. Vi a un perro arrastrar por las patas, fuera del corral, a una vaca amarrada en esta forma. Ahora los vaqueros pueden acercarse, le quitan los lazos de la cabeza y vuelven a montar. La guasca, ya floja, permite que la vaca ponga las patas adelante y al separarlas se abre el lazo. La vaca se para, vacila un momento y embiste al jinete, quien le hace el quite. El animal menea los cachos de un lado al otro como si estuviera maldiciendo por dentro y corre a reunirse con la manada, la cual aprende así que es dura la suerte de los rebeldes.

El corral exterior tiene dos puertas: un jinete se coloca en una de las entradas, y en la otra, sobre un palo, ponen una ruana. Ya podemos ir en busca del rebaño más salvaje. Cabalgamos hacia el río por un hermoso valle salpicado de grupos de árboles corpulentos y matorrales de acacia espinosa. ¡Silencio! Nos deslizamos por un sendero, girando en torno a un centro invisible. Ahora parte Cristóbal a todo galope, con la cabeza inclinada sobre la crin del caballo. Todos los seguimos y de pronto la manada nos ve gritando y cenándole el paso al refugio en el monte. Unos pocos animales, desesperados, se lanzan a un matorral de espinos que hay detrás de nosotros y el resto galopa en dirección contraria. Una hondonada boscosa se interpone en el camino al corral, y en vez de cruzarla, casi todo el ganado rompe nuestras filas y desaparece en dirección al río; la mayoría de las reses logran huir, menos algunas que enlazan mientras huyen. Los que no han podido capturar ninguna presa, baten los rastrojos, sacan alguna res de su escondite y la enlazan cuando sale corriendo. De esta manera logramos capturar al menos parte del rebaño salvaje, y nos queda la esperanza de hacerlo mejor en la próxima ocasión.

Ahora comienza el trabajo del día. ¿Qué ternero está sin marcar en la oreja? ¿Qué mamón de dos meses no ha sido marcado en el cachete? ¿Qué torete no ha sido herrado de por vida en el anca? Un lazo en la cabeza y otro en las patas. Un fuego encendido junto a la cerca, y ya las marcas de hierro están al rojo. Aquí hay un ternero con una excrecencia. Con el machete hacen una espátula de madera y le sacan cincuenta larvas de todos los tamaños, después de lo cual rellenan la cavidad con la primera sustancia seca, suave y absorbente que encuentran a mano.

Este es un torete furioso con el que no se puede bromear. Pasan la guasca por un palo rematado en dos puntas, la horca, y el animal busca en vano aproximarse al vaquero: cada movimiento que hace lo lleva fatalmente hacia la horca, hasta que la toca con la cabeza y le amarran las patas. ¡Cuidado con él cuando lo suelten! Sin embargo, en los cinco meses que viví en haciendas apenas supe de un caballo herido por un toro. Por fin sueltan las reses que salen mugiendo del corral.

Ahora les llega el turno a los caballos, que son propensos a muchas más enfermedades que el ganado vacuno, valen más por cabeza y además hay que amansarlos. Debido a ello los examinan con más frecuencia y cuidado, y quizá por tal razón no son tan salvajes. Esta clase de vida sería muy peligrosa si no fuera porque el vaquero es tan resistente. Va corriendo a todo galope, el caballo mete la pata en un hoyo cubierto de pasto y el jinete cae en tierra, como si hubiera sido lanzado desde un vagón en marcha. Se pone de pie rápidamente, toma la guasca, y si la vaca que persigue no se ha perdido de vista, continúa la cacería. La cincha se rompe cuando lleva un toro atado a la cabeza de la silla, y el vaquero es capaz de salir ileso. Solamente tuve conocimiento de un accidente serio, con luxación de la articulación del hombro.

Tanto el caballo como el jinete parecen gozar muchísimo en las vaquerías. Es una tarea muy dura para el caballo, que puede lesionarse gravemente antes de mostrar algún signo de flaqueza. Una escena curiosa da fin al rodeo. Un vaquero enlaza un potro cerrero para amansarlo; logra con grandes esfuerzos cambiarle la guasca por una jáquima y ata al potro enfurecido a la cola de su caballo, que marcha del corral a la casa con la dulce resignación de un padre que tiene un hijo disipado.

No me ha tocado ver amansar. El potro rebelde a diferencia del prototipo bípedo, se va volviendo más y más tratable y por último sigue adelante sumisamente. Entonces se le maneja en la misma forma pero con el jinete encima, hasta que comprendiendo que la cabeza no le pertenece, no intenta defender el lomo. Al caballo que utilizan para amansar a un potro lo llaman padrino. Ni los golpes ni el abuso hacen parte del sistema. El amansador vigila cuidadosamente el paso del alumno. En algunos casos le ata una pata de adelante a una de atrás con una cuerda, obligándole así a dar pasos más cortos que los naturales u ordinarios. Otras veces le amarra en las patas bolsas llenas de arena o de balas para obligarlo a que las levante mejor. Lo hace caminar en círculos pequeños o en círculos dobles formando un ocho. No le enseña a trotar ya que no hay carretas de caballos.

El padre de los potros es polígamo y mantiene la familia atajada (sic) y tan sometida que no la deja mezclar con la de sus vecinos. Cuando en una recogida, como se llama el encierro en el corral, se juntan todos, al salir llama a los suyos, y si alguno desobedece, lo busca y lo castiga con los dientes. Rara vez los padrotes pelean entre ellos, aunque me imagino que solo llegan a entenderse tan bien después de una que otra pelea. Únicamente me tocó presenciar una riña entre caballos y el que la empezó fue el de un viajero que entró a un potrero y aparentemente desconoció los acuerdos, tratados y treguas allí vigentes.

Individualmente los caballos aquí no son tan apreciados como deberían serlo en un campo de pastoreo. Por el precio de un buen caballo nuestro podrían comprarse cuarenta de estos, de los cuales, más de la mitad no tendría un precio superior a $ 25 por cabeza. Pero establecer una cría científica requiere más cuidados de los que nadie está dispuesto a dedicarle. Los padrotes no están exentos de prestar servicios de montura y con una excepción los he encontrado tan manejables como cualquier otro caballo. Las señoras los montan y cabalgan pasando cerca de manadas de caballos sin que se presente ningún problema.

Alguna vez un señor me dijo que esa mañana había amanecido con una onza más de oro de la que había esperado tener, y me pidió que, como yanqui tratara de adivinar la razón. Le contesté que seguramente la yegua que él creía que iba a dar un potro había tenido una mula. Acerté. El valor que se le da a esta raza híbrida fomenta la práctica repugnante de enana, cosa que estuvo prohibida en la ley mosaica. El asno es un animal privilegiado en la hacienda. Al propietario le dolería muchísimo cualquier golpe que recibiera la piel suave del animal. El asno va donde le place, entra a la casa, pasa por el comedor a la cocina en busca de maíz o de sal. Si lo encuentra lo toma sin ninguna limitación. En La Paila hay dos burros. Dulce y plácidamente van de potrero en potrero, a veces están en el Medio y otras en el Guavito. Los dos son amigos y en una ocasión que venían de un festín en la cocina me tocó oírles entonar un dúo en el comedor. ¡Pensad en esto aficionados! Vosotros que exagerais una serenata felina al aire libre, en la noche y bajo la ventana cerrada, ¿ qué diríais frente a los rebuznos concertados de dos borricos dentro de la casa?

A algunos padrotes, cabezas de familia, se les somete a una operación cruel: les hacen una incisión en la uretra que corta toda esperanza de tener progenie. A la víctima le dicen retajado y a mí me encanta llamarla sacerdote, para escándalo de los fieles y diversión de los irreverentes. Es notable observar que los burros tienen relaciones cordiales con los pobres retajados y en cambio libran batallas tremendas con los otros caballos. En una de esas peleas un manso “fraile” resultó con la oreja herida, la cual nunca más girará “perezosamente en torno al eje del cráneo” y estará agachada para siempre debido a los mordiscos del padrote.

Un día, al anochecer, tuve el gusto de ver llegar a don Ramón González acompañado de tres hombres que durmieron esa noche en el corredor. Temprano por la mañana ellos y todos los vaqueros disponibles de la hacienda se fueron a caballo y regresaron antes del desayuno, uno por uno, o de dos en dos, trayendo cada cual un torete. Algunos de los hombres estaban tan bien montados y su presa era tan tratable (tratable del latín traho, arrastrar) que un jinete solo podía llevar un toro. Pero por lo general se necesitaba otro hombre para ayudar al que arrastraba al animal. En el caso de los furiosos había necesidad de otra guasca para defender al vaquero del asalto de su presa. Todos estos dúos y tríos se dirigían al corral central, donde media docena de prisioneros daban vueltas malhumorados mientras nosotros desayunábamos. Cuando terminamos, los vaqueros estaban ya reunidos, se aplazó la comida y la redada de los toros prosiguió hasta el anochecer. Algunos tipos mal intencionados soltaron los toros en forma peligrosa, sin tomar las debidas precauciones, y estos embistieron a un caballo que murió al día siguiente. Entonces adoptaron dos formas diferentes para soltarlos. La primera consistía en que después de que el animal entraba al corral, varios hombres, jalando al tiempo de la guasca, lo arrastraban hasta el pie de la cerca y entonces uno de ellos, con solo la cerca entre él y los cuernos del animal, agarraba el lazo y al aflojarse la guasca, lo soltaba y el Bos taurus quedaba libre. La otra forma era todavía más ingeniosa y fácil. Al entrar el toro al corral, lo tumbaban tirándole un lazo a las patas y le enlazaban los cachos de tal manera que pudieran arrastrarlo. Ya dentro le desataban las patas, el toro se incorporaba, jalaban la guasca (contra-guasca) de los cachos para soltarla y si esta se enredaba el toro acababa por quitársela de encima.

Por la noche del segundo día habían capturado treinta y un toros a $ 6,40 cada uno, es decir, más de lo que paga la capellanía de don Ramón; por el resto éste paga a cinco francos cada uno. Como los toros están destinados a ir al matadero en el curso del año, no hay necesidad de marcarlos ni de contramarcarlos. Esto último significa volver a marcarlos, porque así como la segunda negación, en inglés, cancela la primera, la contramarca cancela la marca. Al día siguiente muy de mañana los jinetes van al corral. Todos los animales tienen índoles distintas, aunque estén con hambre y totalmente inconformes con su situación. Hay pocas peleas entre ellos y a medida que se van tranquilizando entran más y más jinetes que rodean a los toros y los hacen concentrar como si estuvieran formando una masa compacta.

Yo también monté a caballo después del desayuno. Algunos de los vaqueros del Medio y otros de don Ramón siguieron concentrando los toros mientras gritaban “Toma, toma”, que es como se les dice a los perros y a otros animales domésticos cuando se les ofrece alguna cosa de comer, y es también la forma de llamar a los toros. Pero no creo que estos sintieran especial atracción por tal llamado.

Finalmente abrieron la tranca, media docena de vaqueros permanecieron dentro del corral y el resto se colocó en dos filas formando un camino en dirección de las márgenes del río La Paíla. Con alguna dificultad lograron sacar todos los toros y hacerlos marchar por el camino guardado por los jinetes. A medida que iban saliendo, nosotros avanzábamos muy despacio gritando “Toma, toma”. Uno de los toros se escapa y tres vaqueros lo persiguen. Al momento lo tiran al suelo, le amarran las patas y solo cuando nosotros llegamos hasta allí con los otros toros, lo vuelven a soltar. Varias veces tuvimos que detenernos por escapadas y capturas semejantes a esta, hasta que don Ramón decidió pacificar un animal especialmente díscolo. Lo amarraron de las patas, él se bajó del caballo y parándose frente al toro le froté pimienta en los ojos. Mientras tanto el caballo, echándose para atrás, jalaba fuertemente la guasca que estaba amarrada a la silla. Si en vez de jalar hubiera dado dos pasos hacia adelante, el toro se habría soltado y enfurecido como estaba por los efectos de la pimienta habría causado una verdadera tragedia. Pero el caballo conocía sus obligaciones y las cumplía. En un principio éramos sesenta y cinco jinetes, algunos temerosos de los cuernos de los toros, pues se necesita un conocimiento profundo de la conducta de estos para que el caballo no sufra en semejante vecindario. Poco a poco, a medida que avanzaba la caravana, se iban dispersando los vaqueros hasta que al fin solo quedaron unos pocos de la hacienda con los de don Ramón.

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