SABANILLA


 

La Nueva Granada vista por primera vez — Nieves perpetuas — Riohacha — Los indios guajiros — Santa Marta — La desembocadura del Magdalena — Un nativo — Los funcionarios del puerto — El pasajero sin pasaporte — La escuela de Sabanilla — Recaudación de rentas —La rotación de cargos.


 

Vi la Nueva Granada por primera vez el 21 de agosto de 1852. Esta es una fecha segura, amable lector, recuérdala bien, ya que en el resto del libro posiblemente no mencionaré otra. No había llegado el sol al horizonte ni estaba todavía el cielo cubierto de nubes, cuando el capitán anunció tierra firme. No le creí y salí a confirmar una vez más la extraña realidad de que algunos mienten por mentir, cuando la verdad serviría igualmente bien a sus propósitos.

Dudé de mis ojos tanto como de las palabras del capitán, al contemplar el espectáculo que se me presentaba. Una densa masa de blanquísimas nubes amontonadas al sur, unas encima de otras, teñidas de un delicado color rosa, donde quiera que los rayos del sol, todavía oculto para nosotros, las alcanzaban, mientras en hondos vacíos circundantes reinaba todavía la oscuridad de la noche. Busco una nube sin base en la tierra, un promontorio imaginario que desmienta las palabras del capitán, pero no puedo encontrar ninguno y entonces empiezo a creer en su veracidad.

En verdad, es posible que haya tierra a la vista. Indudablemente la veríamos si el horizonte no estuviera nublado, algo que no se puede esperar nunca en el trópico. Dicen que a cincuenta o cien millas de la costa las montañas se elevan a alturas de 24.000 pies y que naturalmente están cubiertas de nieves perpetuas, pero ¿qué relación tiene esto con la escena sobrenatural que tengo frente a mis ojos? Si lo que veo son solamente nubes, entonces es la salida del sol más sublime que haya contemplado jamás; y si es tierra firme, el mismo Homero no se habría atrevido a crear semejante Olimpo para sus dioses.

Una extraña ilusión óptica contribuía a mantener mi incredulidad. Esas moles parecían elevarse a 10 o 15 grados, sobrepasando las nubes que descansaban sobre el mar, en ese punto que llamamos horizonte, es decir, donde el mar, por su convexidad, desaparece de la vista. Saqué un pequeño sextante de mi camarote para medir la altura del pico más alto y solo señaló 3º 12’, lo cual también puse en duda hasta que el cuadrante del capitán lo confirmó.

Pero las nubes no son tan efímeras como el espectáculo matinal que presentan los Andes cubiertos de nieve. Pocas veces este paisaje magnífico se ofrece a la vista de los viajeros, y pronto, demasiado pronto, las nubes lo cubrieron para siempre.

Navegamos luego hacia el occidente, casi paralelamente a la costa, y al sureste, al frente nuestro, estaba la provincia de Río Hacha. Esta tiene muy poca comunicación terrestre con el resto del mundo. Alrededor de la base de las montañas vive una tribu feroz de indios indomables, los guajiros. Los españoles, cuando las armas les fallaban como medio para subyugar a los salvajes, solían recurrir a los misioneros, pero aun ellos fracasaron con los guajiros, quienes obligaban al sacerdote a cargar sobre los hombros las cosas que le habían traído los peones, y así los conducían hasta los límites de su territorio. No obstante, estos mismos indios trataron con gran amabilidad a una señora que naufragó viajando de Maracaibo a Santa Marta, una tal señora Gallego, si mal no recuerdo. Tenía pensado pedirle que me escribiera contándome su aventura y describiéndome el carácter de los guajiros, pero ahora veo que esas cartas nunca llegarán a los ojos del público.

Los guajiros tienen una costumbre curiosa, que creo debe haberse extendido a otras tribus. Entre ellos el tío materno es pariente más cercano que el mismo padre. Como explicó un guajiro: “El hijo de una mujer puede o no ser el hijo de su marido; pero indiscutiblemente el hijo de la hermana, por el lado de la madre, es su sobrino”. Me inclino a pensar que en algunas naciones de indios suramericanos la propiedad y los cetros deben haberse heredado de acuerdo con esta ley, reflejo de desconfianza.

Por fin nos acercamos a la costa y vemos tierra que parece tierra y no ya cielo; es muy desolada, una cadena de montañas desnudas y secas, sin árboles, sin yerba, sin agua y sin habitantes. Me pregunto porqué será que nosotros esperamos encontrar verdor perenne en el trópico, e imaginamos que la vegetación, que aquí no conoce otro descanso que la falta de agua, puede tener la frescura de la que acaba de despojarse del peso de la nieve que la cubrió cuatro meses y que debe apurarse para alcanzar madurez en unos cuantos meses. Esperamos imposibles y el que, como nosotros, se acerca a Santa Marta a finales de la estación seca y trayendo ideas preconcebidas, habrá de sufrir una desilusión.

Doblamos un cabo, miramos hacia el sureste y al fondo de la bahía que sirve de fondeadero, más bien que de puerto, vemos a Santa Marta. La catedral se ve claramente, destacándose entre un grupo de casas, pero fue todo lo que vimos, porque no nos acercamos más.

La naturaleza parece haberle negado al interior de la Nueva Granada una buena salida para el comercio. La gente de Santa Marta piensa que esta costa es de fácil acceso para los que vienen desde Bogotá, pero yo lo dudo mucho. A veces los vapores del Magdalena, que pertenecen a la Compañía de Santa Marta, pasan el banco de arena y el pequeño espacio de mar abierto que es necesario cruzar para llegar al puerto. Aquí dicen que esa maniobra no es peligrosa, pero la verdad es que casi nunca se atreven a realizarla.

El pobre viajero que se dirige a Bogotá y cuya impaciencia lo hace dejar el barco en Santa Marta tiene que seguir varias leguas por tierra y luego tomar una canoa o una pequeña embarcación para cruzar lagunas y canales estrechos, y sentirse afortunado si llega a Remolino. Pero si no encuentra vapor, la alegría será breve. Cuando estuve en Remolino, este se había inundado hacía poco, hecho frecuente según deduje por la existencia de un dique de ocho pulgadas de espesor para proteger la aldea de las aguas del río. Creo que quedarse allí debe ser peor que una estada en una de nuestras cárceles durante los peores días de verano.

Me dicen que Santa Marta no tiene buen puerto. Aunque la bahía está protegida de los vientos del noreste, los barcos prefieren arrastrar anclas más bien que enfrentar las ráfagas que soplan de las montañas que hay detrás de la ciudad. En cuanto a muelles donde un barco pueda atracar para descargar y cargar mercancías, no existen en Sur América.

Al salir de Santa Marta el viajero deja atrás las montañas y siguiendo hacia el occidente, si el tiempo no es muy bueno, pierde completamente de vista la tierra firme. Después de algunas horas aparece a la izquierda un margen de tierra cubierto de arbustos que da la impresión de ser un matorral anegado más bien que playa. Por fin el barco entra en aguas fangosas y navega a través de la desembocadura del Magdalena. El agua dulce, aunque tenga mucho barro, es más liviana que la salada y flota en la superficie, pero aquí se puede observar un extraño fenómeno. La corriente oscura que va extendiéndose en la superficie del mar golpea el costado sur del barco, pero no puede pasar por debajo de la embarcación; en cambio, al costado norte burbujea el agua clara del mar y hasta donde uno puede ver no se mezcla con la dulce.

Es muy escaso ver aguas multicolores. La persona que las haya visto en la desembocadura del Misurí, no las olvida fácilmente, y se pregunta asombrada cómo es posible que durante tanto tiempo se distingan claramente los dos ríos corriendo por el mismo lecho. Las aguas límpidas del Misisipí fluyen tranquilas hacia el sur, cuando súbita y violentamente las ocres del Misurí irrumpen a la manera de un tropel de caballería, en tal forma que la corriente fangosa parece llegar a la mitad del río de un solo golpe. Ambas corrientes hierven sin mezclarse. Desde lejos, en medio del agua cristalina se ve una mancha de fango, como el escuadrón de un ejército enemigo que se hubiera adelantado al resto de los atacantes. Parece como si las aguas límpidas rehusaran retroceder o mezclarse con las turbias, y la resistencia es tal, que se tiene la ilusión de que una fuerza moral interna las mantuviera tan clara y definidamente diferenciadas.

En la desembocadura del Magdalena este fenómeno pasaría inadvertido si no fuera por el barco. Se sabe que hay una corriente que fluye debajo de la otra, pero no podría verse nada si no fuera porque la quilla frena las aguas del río, permitiendo que avancen las del mar, con los mismos matices, los mismos contrastes y las mismas líneas definidas que presentan en el Padre de las Aguas.

Por último se vislumbra entre los árboles un edificio blanco y grande, la aduana de Sabanilla, y ver una construcción, que es por lo menos tan buena como la de un puerto de segunda clase en los Estados Unidos, da al viajero buenas expectativas del país al que va a llegar.

Se iza la bandera de la Unión para llamar a un piloto y al poco rato se aproxima una embarcación. Es muy interesante ver una cara nueva después de un viaje de veinte días; pero ver una de otra nación y raza, en su propio país, e inalterada por largos viajes, es suficiente para despertar el más vivo interés en el que apenas comienza sus andanzas por el exterior. En la embarcación estaban el piloto, su pequeño hijo y un negro. Los dos primeros tenían suficiente ropa y suficiente mugre encima, pero el negro estaba semidesnudo y tenía una expresión estúpida y vacía. No podría clasificar al padre y al hijo en ninguna de las cinco razas del hombre; parecería como si por lo menos la sangre de tres de ellas corriera por sus venas.

Se da la orden y sueltan el ancla. Es todo un acontecimiento para el viajero, cuando después de semanas de haber estado navegando sin ver ningún objeto que le permita observar la distancia recorrida o determinar el punto donde se halla, y cuya noción de espacio ha estado limitada a unos pocos metros, sentir que el barco, durante tanto tiempo un mundo aislado, vuelve a formar parte del ancho mundo. Sí, estamos en una posición fija, y lo que vemos ahora lo veremos mañana en el mismo sitio. Estamos a 200 varas de una playa que se extiende hacia el norte y el sur, al pie de una colina cubierta de bosques no muy tupidos. En la loma, al suroeste, está el edificio de la aduana, de dimensiones pretenciosas, pero desocupado, y más abajo un grupo de cobertizos y un pequeño malecón donde pueden atracar pequeñas embarcaciones, pero no hay un muelle para barcos. Pregunto por la ciudad y me muestran al sur unos techos bajitos de paja en unas pocas hectáreas de tierra plana y baja a dos millas de distancia. Es Sabanilla, la aldea más cercana.

El ancla casi no había alcanzado el fondo del agua cuando llegó otra embarcación, donde venía un grupo más numeroso de funcionarios de salud y empleados de aduana. En contra de todas las predicciones del capitán, me dieron libertad para bajar a tierra cuando quisiera. Durante quince días el capitán no había perdido ocasión de asegurarme que un pelotón de soldados me bajaría del barco, me llevaría a la cárcel, donde tendría que quedarme hasta que aquel estuviera listo para zarpar, y solo entonces me escoltarían nuevamente a bordo. Tan obsesionado estaba el capitán con esta idea, que declaró que nunca volvería a admitir otro pasajero sin antes asegurarse que su pasaporte estaba en regla, y lo primero que informó al funcionario de aduanas, sobre lo que traía el barco, fue: “Un pasajero sin pasaporte”.

Mientras tanto yo forzaba la vista para ver en la playa, por primera vez, la vegetación tropical. Ya había observado, al pasar por la desembocadura del Magdalena, algunos vástagos de plátano y montones de pistia y pontederia que se habían desprendido de las orillas fangosas y bajas del Magdalena; pero la curiosidad estimulada por estas muestras de las maravillas que me esperaban en el trópico no se vio satisfecha, en lo más mínimo, por la vegetación común y corriente que bordeaba las laderas de la colina, al occidente del puerto, el Nisperal.

No se veía más rastro de trabajo humano que el pretencioso edificio y los cobertizos de los empleados de la aduana. La aldea estaba mucho más lejos, y decidido a averiguar cuáles podían ser las ventajas que atrajeran a la población a ese lugar tan alejado del puerto y del movimiento comercial, subí a una embarcación que se dirigía a la deslucida aldea. El pueblo está sobre una ciénaga salada, a unos pocos centímetros sobre la pleamar y consta de casuchas de barro de un solo piso, techadas con ramas de espadaña, planta tifácea. Todas son iguales y constan generalmente de dos cuartos que dan a la calle, pero solo uno tiene puerta a ella. Las ventanas sin vidrio y con rejas que se proyectan un poco hacia afuera, les dan el aspecto sombrío de prisión. Los barrotes de las rejas son lo suficientemente separados para permitir que el dueño pueda sacar la cabeza para ver qué sucede a ambos lados de la calle. A veces, en las esquinas, el transeúnte se golpea la cabeza contra las rejas, pero con mucha menos frecuencia de lo que es de esperar, pues las gentes, conociendo el peligro, tienen el cuidado de evitarlo.

Sabanilla es tan compacta como cualquier pueblo manufacturero de Norte América y mucho más fea por cuanto las chozas de barro y de paja son peores que las de ladrillo y pizarra. En las calles no se encuentra ni un árbol, ni un arbusto, ni una maleza. Por una abertura en una cerca me abalancé a un arbusto florecido, el primer objeto verde al alcance de mis manos. Se trataba de una Laguncularia racemosa, arbusto combretáceo común en las Antillas. Inmediatamente me puse a partir en pedazos su fruto característico, cuyo jugo corrosivo dejó una marca permanente en mi nueva y flamante navaja.

Un poco más adelante vi un papayo —Carica Papaya— “papaw” en inglés, palabra que traduce bien la original, pero que desafortunadamente nosotros la empleamos para referirnos a una planta muy diferente, la Asiminia triloba, que no tiene nada que ver con el verdadero papayo. Este crece a una altura de diez pies, no tiene ramas y las flores, a menudo unisexuales, se desarrollan en racimos al extremo de un tallo casi hueco. El papayo es fácilmente reconocible para el que conozca algo sobre este género. Existen también otras especies, pero si es cierto que algunas de estas plantas tienen la propiedad de ablandar las carnes, aquí no lo saben. Un jamaicano, a quien conocí después, me contó que conocía a un hombre que utilizaba las hojas del papayo para envolver la carne, que así se ablandaba. Me gustaría que esta posible propiedad del papayo se investigara científicamente.

En seguida llamaron mi atención unas cactáceas gigantes en la colina de arena situada detrás de la aldea. Son plantas triangulares y de diez pies de altura. No las he visto florecer, pero una de ellas debe ser la famosa pitahaya grandiflora, o una especie similar, cuyas flores solo se abren de noche.

Da la impresión de que todas las casas y chozas de Sabanilla fueran tabernas o tiendas, y cuando se entra en una de ellas, es curioso ver tantas botellas y ningún tonel. La primera casa a la que entré constaba de un cuarto grande, casi vacío, y era quizá la casa de un empleado de la aduana. En el suelo vi algo que a primera vista me pareció un mico grande, pero que al mirarlo mejor y para mi desconcierto resultó ser un niño desnudo y del color de la tierra donde estaba gateando. En otra casa vi otro espécimen similar, encima de un cuero y meciéndose en una hamaca.

La segunda casa que visité fue formalmente puesta “a mis órdenes”, lo cual quiere decir, simplemente, que uno es bien recibido. Allí vivían una mujer, posiblemente viuda (aquí no se puede saber si una mujer es o no viuda), su hijo, guarda de la aduana, y Joaquín Calvo, médico de la aduana. Amablemente me ofrecieron conseguirme un caballo para que al día siguiente viajara a Barranquilla, distante ocho millas río arriba.

Cuando conversaba con ellos pasaron unos jinetes, con ruanas de colores tan encendidos que me dejaron atónito. Las ruanas de mejor calidad son una especie de chales a rayas, de fibra de algodón y con unos pocos centímetros sin coser en el centro, para meter la cabeza. Nosotros los llamamos ponchos, pero esta es una palabra que no se debe decir en algunas partes del país y que en la costa se utiliza muy poco. Las más pesadas se llaman bayetones y se hacen con dos mantas o franelas dobles y son lo suficientemente gruesos para no dejar pasar el agua. Las ruanas cuestan entre dos y cinco dólares y un buen bayetón, prenda que no le debe faltar al viajero, cuesta alrededor de ocho dólares; cuando es de hule se llama encauchado.

En una casucha de dos piezas, una para la tienda y la otra para la familia, funciona la escuela pública con una docena de muchachos. La ley no permite escuelas mixtas y solo las aldeas grandes pueden darse el lujo de tener dos escuelas públicas; las niñas aprenden lo que pueden en la casa, si bien lo más frecuente es que se queden completamente ignorantes. Ahora que recuerdo a Sabanilla, después de haber conocido otros lugares, pienso que es el pueblo y la escuela más pobres que he conocido en la Nueva Granada. En la escuela vi niños desnudos, cosa no permitida en otros sitios. El maestro era apenas un adolescente y prácticamente no había libros, pero de todas formas es meritorio que un pueblo que ni siquiera tiene iglesia, posea su escuelita.

Regresando a pie al embarcadero de la aduana observé por el camino la Rhizophora llamada aquí mangle. Las raíces se desprenden desde parte del tronco y la fruta permanece en el árbol hasta después de esparcidas las semillas; la radícula, sobrepasando la corteza de la fruta, queda suspendida en el aire, por encima del agua y del barro, donde finalmente se entierra al caerse.

Recogí también la fruta amarga y venenosa del manzanillo, el Hippomane Mancinella. A este y a la camomila los llaman manzanilla, diminutivo de manzana. Posiblemente por el veneno, es fatal dormir debajo de este árbol y no me gustaría dormir a la intemperie en ninguna parte donde hubiera uno cerca. En el mismo sitio se da una planta de la misma clase, la Cnidosculus stimulosa, cuyas espinas casi logran “estimularme” los dedos.

La aduana, repito, es un edificio bonito y blanco, con un plano inclinado que baja al miserable desembarcadero y a donde habría que llevar la mercancía en barcazas, pero nunca ha llegado una sola paca al edificio. Da la impresión de que ninguna de sus piezas ha sido utilizada nunca. Si todo el dinero que se gasté en el edificio se hubiera empleado en construir un muelle para barcos y una buena bodega, se habría impulsado el comercio. Pero otros países también cometen sus disparates; y la debilidad de éste, por lo menos, es construir aduanas donde el costo de recaudar los impuestos es superior a las sumas recaudadas.

El cerro donde está la aduana, si tuviera agua, sería el sitio ideal para una ciudad. A Sabanilla la traen en botes que navegan río arriba hasta donde encuentran agua dulce, sacan un tapón, dejan entrar la que necesitan y regresan con el agua a los tobillos. El abastecimiento de comestibles me pareció todavía más misterioso. Se hablaba de una hacienda a tres millas de distancia, pero personalmente no vi nada que se aproximara siquiera a un cultivo, a no ser el papayo y un cocotero.

Los cobertizos al pie del cerro y cerca del desembarcadero pertenecen a una firma extranjera que los arrienda al Gobierno. En ellos vi al recaudador y al inspector de aduanas examinando las mercancías; tenían las espadas y las pistolas a su lado, sobre una mesa, y los ayudantes rasgaban la envoltura de cada fardo, agujereaban todos los toneles, abrían las cajas y pesaban todas las cosas, líquidas y sólidas por igual, tal como lo ordena la ley. El inspector colocaba las pesas en la balanza y el recaudador anotaba el peso de los artículos. Si el peso de varios fardos resultaba casi igual, los funcionarios disminuían su celo vigilante después de haber esculcado, rasgado y punzado unos cincuenta bultos.

Me imagino que a pesar de todo hay contrabando por Sabanilla, pero creo que su principal obstáculo no son ni los sellos en la escotilla, ni los guardias a bordo, sino más bien la inmensa soledad que rodea al desembarcadero. Sin embargo, es posible que pase contrabando, ya que muchos funcionarios se prestan al soborno. Creo que cambiaron a todos los empleados del puerto durante nuestra corta estada, y el recaudador saliente me pidió que le diera un certificado en el sentido de que no lo había visto borracho cuando había venido a bordo, lo cual hice con mucho gusto.

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