EL VAPOR DEL MAGDALENA


 

La navegación en el Magdalena — El Barranquilla — La desembocadura del Cauca — Una pasajera pierde el barco — Casas — Los bogas y sus mujeres — Las hormigas del Banco — Un cura también acucioso —Puerto Nacional — La fecundidad de los ichtyophagi — San Pablo —Oportunidad para practicar la medicina — Tomar agua y agua para tomar — Geografía de la región — Geógrafo perdido en el monte — Encallado en un banco de arena.


 

La navegación en el Magdalena tuvo una infancia prolongada. Bolívar anuló arbitrariamente el primer contrato que daba el monopolio de la navegación al señor Elbers; éste lo recuperó años después, pero lo volvió a perder por incumplimiento del contrato. Desde entonces la navegación por el Magdalena ha estado abierta a la libre competencia y hasta hace poco los vapores pertenecían a dos compañías. La de Santa Marta, en asocio del gobierno, cuyos barcos, siempre que pasaba la canoa del correo lo recogían y lo llevaban a su destino. La compañía rival, de Barranquilla y de Cartagena, tenía otra línea de vapores sin ninguna ayuda oficial. Ambas empresas fracasaron y es muy posible que la inglesa actual corra la misma suerte porque introdujo barcos totalmente inadecuados para la navegación en el río y los administra tan mal como solo puede hacerlo una compañía que maneja todos los negocios desde el exterior.

Sin embargo, la empresa tendría éxito si se pusiera en buenas manos. El pasaje de Barranquilla a Honda vale $ 96 y el regreso $ 24. Hay suficiente carga para muchos barcos, a $19 la tonelada aguas arriba y a $ 16 aguas abajo.

Para el viajero detenido en un pueblo tan pobre y aburridor como Calamar, que ni siquiera tiene vegetación interesante, nada puede ser más agradable que ver aproximarse el barco que estaba esperando. Los pilluelos desnudos y de piel amarillenta, jaspeada de mugre, gritan; "¡Vapor!", las mujeres alistan las botellas y los amos de la creación que, como siempre, estaban en posición horizontal, se incorporan lentamente y caminan hacia la orilla.

Me tocó viajar en el Barranquilla bajo las órdenes del Capitán Chapman, perito en veleros de alta mar, pero poco experto en navegación fluvial. Los barcos del Magdalena, como los del Misisipí, tienen un solo piso destinado a los pasajeros; la cubierta es para los mecánicos, los fogoneros y los bogas. Estos últimos son magníficos marineros y su jefe es el contramaestre. El del Barranquilla se llamaba Pedro, hablaba un poquito de inglés y era una extraña mezcla de salvaje y hombre civilizado. El pasajero entra en contacto con Pedro inmediatamente, porque este es quien se encarga del equipaje e insiste en ponerlo en la bodega, pero, como favor especial, el Capitán Chapman rescató el mío de sus garras y mandó subirlo al camarote.

Es mejor que el viajero sepa antes de embarcarse lo que le puede pasar a su equipaje. Prácticamente nada de lo que se tenga en el baúl justifica el esfuerzo de bajar a buscarlo a la bodega, que cuando mucho, tiene un tronco con muescas que sirve de escalera, y si hay mucho equipaje —todo pasajero tiene derecho a dos cargas, es decir, a cuatro baúles— lo más posible es encontrar el propio completamente sepultado bajo otro equipaje o los baúles desperdigados por toda la bodega, porque de vez en cuando algún desafortunado pasajero, sudando en ese horno oscuro y húmedo, iluminado por una luz mortecina, desordena todo tratando de encontrar un baúl perdido. Es terrible tener que bajar a la bodega a buscar algo. Al final el viajero, bañado en sudor y a punto de desmayarse, resuelve prescindir de lo indispensable antes que seguir en ese infierno.

El Manzanares tiene un camarote en cubierta para las señoras, donde viajan ellas solas, pero toman las comidas en el comedor con los caballeros que las acompañan. El Barranquilla tiene un pequeño espacio triangular en la popa que llaman el camarote para señoras. Es estrechísimo, pero sirve a sus propósitos por ser tan pocas las señoras que viajan. Con nosotros iban dos niñas con su sirvienta y esta durmió en el camarote principal. No hay literas porque impedirían la circulación del aire; en su lugar, dan catres y la persona a quien no le guste dormir sin sábanas y sin cobijas, las debe traer. Cuando viajan muchos pasajeros siempre se presenta una rebatiña para conseguir los mejores puestos, y si el capitán no toma cartas en el asunto el camarote se llena de camas atravesadas por todas partes desde las seis, a pesar de que se supone que nadie tiene derecho a colocar ninguna cama antes de las ocho. Yo le puse toldillo a mi hamaca y dormí muy bien. El toldillo para hamaca es una gran bolsa invertida con dos mangas para las cuerdas.

En el vapor todo el mundo madruga. Primero se dobla la ropa de cama y se guarda en algún sitio donde esté más o menos segura, luego un ayudante quita los catres y después viene la hora del aseo personal, aunque los granadinos no parecen darse ninguna prisa para hacerlo y muchas veces lo pasan por alto. Es difícil conseguir agua y todavía más una toalla que aquí llaman paño de mano, y que, generalmente la hacen de tela para sábanas y bordada de rojo en ambos extremos.

Después ofrecen un anisado, que pronuncian anisau porque en las palabras que terminan en ado omiten la d y unen las dos vocales en un diptongo, como el ou del inglés thou. Según me informaron, el anisado es una especie de ron destilado de la semilla del Anethum Foeniculum, cuyo nombre vulgar es anís. En el Magdalena se toma mucho y reemplaza al chocolate, que es muy difícil de preparar a bordo a esta hora; pero también dan café, que es un sustituto mucho mejor.

El desayuno lo sirven alrededor de las diez en un espacio cubierto pero muy estrecho y abierto a los lados, que está entre el camarote y la cabina del capitán. Además de otros manjares nos dieron galletas de soda y mantequilla, y personas que apenas sí conocían a esta de nombre se la servían ávidamente con una cuchara. En toda la Nueva Granada utilizan la palabra mantequilla, diminutivo de manteca, que es el nombre correcto, pero que aquí se refiere exclusivamente a la grasa de cerdo. En el barco nos dieron varias clases de estofado; de res, de chivo, de pollo, etc., pero ninguna legumbre; solamente arroz y muy de vez en cuando plátanos. En cambio, a los bogas no les dan ni arroz ni pan, sino plátanos todo el tiempo.

Es muy interesante ver a los bogas preparar su comida: directamente de la res cortan la carne en tiras y las frotan con sal para después dejarlas secar colgadas de una estaca. La carne preparada así se llama tasajo y verla amontonada es suficiente para darle náuseas a cualquiera. Cocinan el tasajo cortado en pedazos, en una olla grande de hierro puesta sobre tres piedras o tulpas colocadas en cubierta. Este es el fogón común del campesino, pero claro está que a bordo hay que armarlo sobre una caja llena de tierra. Al agua en que se cocina la carne le echan pedazos de plátano verde y la dejan hervir hasta que amenaza derramarse. El resultado es un caldo de apariencia repugnante que sirven en una caparazón de tortuga y que devoran utilizando las manos y cucharas de palo, hasta que raspan el fondo de ella. Apenas una cena de antropófagos me daría más asco, y sin embargo, uno de los pasajeros me comentó que prefería esa comida a la que nos daban a nosotros.

Los ribereños comen mucho pescado, pero en el barco no lo sirven nunca, por barato. En el río solo los plátanos cuestan menos. En contra de la opinión del doctor Mussey, aquí existe la creencia de que comer pescado aumenta la fecundidad. El capitán me mostró un pasajero de Remolino que tiene veinte hijos en la misma mujer y toda la apariencia de poder aumentar su progenie todavía mucho más. Según el capitán, esa fecundidad se debe a los hábitos alimenticios de la familia que vive de comer pescado.

Pero aún no he descrito todo el barco. La cabina del capitán es un cuartico con dos alacenas, situada entre la chimenea y el espacio destinado a comedor. En este último caben veinte personas, pero muy pocas veces viajan tantos pasajeros. Alrededor de la chimenea hay un gran espacio abierto y luego está la cabina del piloto, al cual se le selecciona entre los bogas por el conocimiento que tiene del río, pero éste es tan ineficiente, que el capitán y el mecánico se dividen sus responsabilidades. El mecánico está siempre alerta para detener los motores o para devolver sin esperar las órdenes del piloto. Al frente de la timonera hay un espacio amplio cubierto con un toldo que sirve de estadero a los pasajeros. El piloto se molesta porque estos le tapan la vista y a su vez los molesta gritándoles todo el tiempo que cambien de sitio.

El mecánico tiene la cabina en cubierta. El del Barranquilla se llamaba Salt y era hombre muy superior al que uno esperaría encontrar en ese puesto. En otro barco en que viajé, cuando se detenía, teníamos el gusto de sentarnos a la mesa con un mecánico americano, un piloto inglés y su ayudante irlandés, y con un negro bien parecido que ocupaba algún cargo en el barco. El capitán no puede considerarse superior a los mecánicos cuando éstos ganan salarios semejantes y tienen conocimientos iguales a los de él. Las compañías cometen el error de contratar capitanes por el solo hecho de haber sido buenos oficiales de barcos mercantes en alta mar, pero sin experiencia en navegación fluvial y que nunca han visto los rápidos de un río.

El almuerzo es la repetición del desayuno. Es precipitado juzgar la educación general de un pueblo basándose en las maneras de los comensales de un vapor, especialmente cuando, como en este caso, hay tantos países representados. He visto gente comer como cerdos en barcos que navegan en aguas occidentales, pero nunca había encontrado peor servicio. Richard el camarero es un negro jamaicano de muy buena voluntad, pero tenía dos ayudantes indios completamente estúpidos. Es supremamente difícil conseguir buenos meseros. Los que me tocaron a mí casi no entendían español, y tampoco podían hacerse entender. Oí a un pasajero regañar a uno de ellos y le pregunté la causa; me conté que le había pedido un cuchillo y que cuando se lo traía, lo vio rascándose el brazo con él. Se quejó y entonces el tipo lo limpió en el pantalón.

La falta de variedad de la flora en las orillas del río recuerda el paisaje —o la falta de paisaje— del bajo Misisipí. Pero no creo que en este último el nivel del agua sea tan bajo para permitir ver riberas tan altas como las que se observan aquí. Tengo la impresión de que el Misisipí es muchísimo más profundo que el Magdalena, más ancho y más sinuoso, pero, si mi memoria no falla después de tantos años, las aguas del bajo Misisipí y las del Magdalena son del mismo color. El barco se detiene muy poco, casi únicamente a cargar leña, así que las otras paradas son acontecimientos dignos de relatar.

El miércoles el barco salió de Barranquilla y pasé la noche en Remolino, puerto para los barcos de Santa Marta. Nos dijeron que la distancia entre Barranquilla y Remolino es de seis leguas, según mis cálculos son veintiuna millas y todavía menos si son leguas nuevas. La explicación que nos dieron para justificar el hecho de que esta primera jornada hubiera sido tan corta fue la demora ocasionada por la dificultad de maniobrar el barco en el estrecho brazo del río donde está el puerto. El jueves, antes de llegar a Calamar, habíamos recorrido ocho leguas y media, es decir, unas veintiocho millas.

El barco se detiene una vez al día a cargar leña en depósitos de la compañía. Un agente vendedor de leña que viajaba con nosotros resolvió desempeñar por su cuenta tantas de las funciones del oficinista del barco que por mucho tiempo creí que el empleado era el pasajero.

El viernes nos detuvimos en una pequeña aldea donde funciona la cabeza del distrito en una especie de granero, con techo de paja, y en vez de paredes, palos para dejar entrar la luz y el aire e impedir que entren animales del tamaño de un cerdo o más grandes; pero como no tiene puerta, los barrotes no cumplen su función. Dentro de esta especie de cárcel vi una madre con más hijos que el famoso John Rodgers: se trataba de una marrana estirada en un piso lleno de polvo negro, gruñendo y satisfecha con su suerte. ¡Afortunada la prisión que solo es testigo de escenas tan felices! Claro está que cuando detienen a un animal bípedo, apresan su aparato locomotor entre dos troncos, el cepo. En esta forma, así como el hombre a quien le faltan “el pulgar y el índice de la mano derecha” no puede votar, al que ha perdido las dos piernas y mientras no inventen otro sistema, no lo pueden encarcelar. Un grupo multicolor de gentes de ambos sexos, de todas las edades y en diversos grados de desnudez, se reunió en la playa para mirarnos. Entre ellos escogí para dibujar a la mujer y al hijo de un cortador de fustete, porque me parecieron el ejemplo más favorable. La mujer lleva dos canastos repletos de tagua y desafío al lector para que intente imitar el garbo con que lo hace. El vestido sin mangas apenas cubre lo que ella considera necesario. Se llama camisón, aumentativo de camisa, porque es dos veces más largo; la camisa necesitaría otra prenda. Lafamilia del cortador de fustete para compensar su tamaño. El dibujo sería más fiel pero menos bello si hubiera dado el color natural a los cuerpos y matizado la piel del niño con las manchas que la naturaleza y los accidentes del día habían dejado marcadas.

Uno de los pasajeros me mostró una plantación de árboles de cacao. En realidad es sorprendente lo poco que las siembras de plátano y de caña interrumpen la interminable extensión de la selva. Dicen que cuando el hombre blanco trajo su maldición al Nuevo Mundo, las riberas del Magdalena eran un solo pueblo desde Sabanilla a Honda, pero la codicia del conquistador exterminó a los que hasta entonces habían sido sus felices habitantes.

La familia del cortador de fustete

El sábado por la mañana otro pasajero me señaló lo que yo hubiera tomado por un brazo del río rodeando una isla; pero aunque tenía el mismo color que el Magdalena, en la superficie flotaban muestras de vegetación que no habíamos visto en las aguas del Magdalena. Era el río Cauca, que después de luchar dura y prolongadamente contra las rocas, se tranquiliza y adquiere el mismo talante reposado del Magdalena y del Misisipí.

El sábado a medio día llegamos al extremo de una isla que queda frente a Mompós, antiguamente escrito Mompox, que según los mapas está a cuarenta leguas y media de Barranquilla; anduvimos pues 148 millas en cuatro días, porque ese día no avanzamos más, y restando uno para tener en cuenta los tropiezos y las paradas, tenemos un promedio de 50 millas diarias.  

Mompós es considerado como el lugar más caliente del río. Atrás se siente todavía la influencia de las brisas del mar, y más adelante la altura disminuye el calor, pero en Mompós las influencias que restringen la fuerza del sol son mínimas. La población tiene aproximadamente los mismos habitantes que Barranquilla, pero es muy diferente, porque es ciudad muy antigua y religiosa. Hay bastantes iglesias y en condiciones mucho mejores que la iglesia de Barranquilla parecida a un granero solitario. Las escuelas, en cambio, no son tan buenas como las iglesias, aunque el domingo, día en que salimos, iban a inaugurar una escuela para niñas de clase alta. Conocí el cementerio, que es uno de los mejores de la Nueva Granada. Al frente tiene una reja de hierro de fabricación granadina, que Bolívar admiraba mucho. Sobre el portón hay una inscripción que dice: “Aquí confina la vida con la eternidad”. Adentro, como en todo cementerio, hay una capillita especialmente sencilla. Las mejores tumbas son bóvedas de ladrillo, parecidas a hornos rústicos y empotradas en la pared; algunas están bellamente realzadas con torres diminutas. También hay monumentos sobre el piso, sin mayor mérito artístico.

Mompós está situado en una isla y es ciudad de joyeros y de bogas. Tal vez el origen de su grandeza lo debe a la insularidad que la hace accesible por canoa a las comarcas cercanas. El desembarcadero de vapores está al final de la ciudad, en el extremo de una isla deshabitada. Más abajo, al frente de la parte vieja de la ciudad, se encuentra el muelle para las embarcaciones ordinarias que traen víveres a la plaza de mercado que está al pie, en un espacio abierto, pero con un muro de tres pies de altura al lado del río, cuya finalidad no alcanzo a comprender. Me asusta la idea de acometer la tarea de describir los mercados de la Nueva Granada, así que del de Mompós solo mencionaré que allí conocí el fruto del Anacardium occidentale o anacardo, árbol inmenso llamado aquí caracolí. La fruta es una nuez acorazonada cuya corteza produce un liquido lechoso y corrosivo y el tallo de la nuez se engruesa hasta tomar la forma de una pera, pero más larga y pequeña y de sabor amargo, astringente y desagradable.

En Mompós tuve la oportunidad de presenciar una escena de lo más emocionante. Una dama francesa viajaba en el vapor Nueva Granada para reunirse con su esposo en Bogotá. Al mismo tiempo una familia francesa bajaba en el Manzanares rumbo a “la belle France”. La señora pasó al Manzanares para conversar con sus amigos, ya que los dos barcos atracaron uno al lado del otro toda la noche. Por la mañana siguieron conversando y antes de que ninguno de ellos se diera cuenta zarpó el Nueva Granada, y cuando lo vieron ya iba tan lejos que ni valía la pena gritar. Pobre mujer. No tenía ni una capota que ponerse ni un dólar en el bolsillo. Le aconsejaron que decidiera entre dos posibilidades: la primera, tomar una canoa y seguir al Nueva Granada, aunque no había mucha posibilidad de que lo alcanzara; y la otra, que parecía más factible, conseguir un caballo y hacer travesía en línea recta, cortando la cuna del río para alcanzar el barco más arriba. Lo malo era que no se encontraba ningún caballo por parte alguna. Centenares de personas estaban angustiadas con el problema de la señora, entre ellas yo. No era más que una mujer desconocida, una extranjera, una pasajera que había dejado el barco. En nuestro país posiblemente la gente en el muelle estaría muerta de la risa, pero aquí todos estaban preocupados; en la media hora siguiente no se habló de otra cosa y todo el mundo miraba río arriba. De repente la muchedumbre estalló en un “viva” espontáneo al ver aparecer al Nueva Granada doblando la curva al extremo de la isla. El episodio hace honor a los momposinos, ya sea que se lo acepte como testimonio en favor de la naturaleza humana en general, la cual tiene tantos rasgos amables comunes a todos los animales gregarios, o que se le considere como prueba favorable al granadino en particular.

En Mompós comimos por última vez unos panes de más de un pie de diámetro y de un cuarto de pulgada de grueso, blancos, tiernos pero muy insípidos. Se llaman cazabe y se hacen con el almidón extraído de la raíz venenosa de la mandioca o Manihot utilissima, arbusto euforbiáceo. La raíz también la sirven partida y cocinada y en esta forma la llaman yuca. Esta última no debe confundirse con la Yucca de la familia de las liliáceas, hierba o arbusto herbáceo que crece muy lentamente y solo en un año alcanza la madurez. La mandioca florece muy de vez en cuando y nunca he visto arrancar las raíces pero se utilizan como sustituto de la harina, rallándolas primero y lavándolas luego en agua fría.

Quedé sorprendido al visitar los jardines en Mompós y encontrar tantas plantas éonocidas. La más común es la Balsamina, que crece también en nuestros jardines, Impatiens Balsamina; vi una adelfa florecida y cargada de frutos y una enredadera que no conocía, el Polygonum, que aquí le dicen Bellísima y tiene cáliz petaloide permanente. Sería magnífica adquisición para nuestros jardines. Los jardines que conocí estaban en los patios de casas de dos pisos y la mayoría de las plantas sembradas en ollas colocadas alrededor del patio. Como fueron las primeras casas particulares que visité, vale la pena que las describa. La casa claustrada es la que solo tiene una gran puerta a la calle llamada portón; el corredor que conduce de este a la puerta interna es el zaguán, enladrillado o a veces empedrado con piedras pequeñas, entremezcladas con vértebras de res o de cerdo, formando figuras. El zaguán conduce a una esquina del espacio cuadrangular, sin techo, que está en medio de la casa y que en la Biblia se llama atrio. Aquí le dicen patio y está rodeado en los cuatro costados por el corredor. El pretil es la balaustrada que separa el corredor del patio. Las habitaciones dan generalmente al corredor y solo las del frente no tienen ventanas al patio. En las casas de dos pisos las escaleras son de ladrillo con el borde del peldaño en madera, y están situadas en uno de los extremos del corredor. Las piezas del piso bajo, con puerta a la calle, se utilizan como tiendas o se arriendan a gente pobre; en este caso, se aíslan del patio. Estas familias no tienen fuera del cuarto más espacio vital que la calle y se convierten en un estorbo para la vecindad.¡Pobres! El decoro es un lujo que está fuera de su alcance.

No hay casas de más de dos pisos; la casa baja es la más común y la más cómoda cuando no es húmeda, pero la gente prefiere la alta porque es de apariencia más ostentosa. Existe otra diferencia radical entre las casas de techo de paja y las de techo de teja. Las primeras son indudablemente más frescas pero corren el peligro de incendiarse y si no se repara el techo continuamente, se pudre y deja pasar el agua cuando llueve. Tejas, el plural de teja, se puede escribir texas. Los techos de paja derivan su nombre de los españoles. En España efectivamente la paja se hacía con tallos de yerba, pero aquí se utilizan por lo general, las hojas de una planta de las pandanáceas, la Carludovica palmata, llamada vulgarmente iraca, jipijapa y nacuma. Los sombreros Panamá los hacen con las hojas verdes de esta planta después de deshilacharlas muy finamente y de meterlas en agua hirviendo para que las tiras adquieran forma cilíndrica.

Hacer un sombrero toma en general una semana y su precio y calidad dependen de la habilidad del trenzador. El precio promedio es de ochenta centavos, pero los más finos se venden en $ 50 y hasta en $ 100. Por metonimia, deberíamos llamar en inglés a los sombreros de esta clase thatch (paja) más bien que tile (teja), que es como comúnmente los conocemos. Los dueños de las siembras venden en la mata las hojas de iraca, las cuales crecen desde abajo en pecíolos lisos de ocho pies de largo y se parecen mucho a las hojas de la palma. En cambio, la flor tiene un notable parecido a la espiga del maíz. Prácticamente no hay tierra caliente en la Nueva Granada donde no se dé esta planta tan útil.

Salimos de Mompós el domingo a las ocho, y no a las seis, como estaba programado. La tripulación tiene a veces que salir en busca de pasajeros descuidados o retrasados para que el barco no los deje. Estas demoras sorprenden, divierten y molestan. El barco remolcó un champán, embarcación plana con techo abovedado de paja y tripulación de bogas. Las mujeres vinieron a despedirlos y mientras estaban sentadas en la playa me sorprendió el hecho de que todas llevaran faldas azules. Después me di cuenta de que ese es el color que usan preferentemente las clases pobres en la Nueva Granada, no sé si por gusto o por la abundancia de añil en el país. Las mujeres parecían tristes, quizá habían bailado toda la noche e ido a misa por la mañana y ahora despedían a los hombres, cuyos últimos cuartillos habían ayudado a gastar y volvían al río a fin de conseguir más dinero para despilfarrar después en la misma forma.

Antes de que se introdujera la navegación a vapor era imposible contratar bogas en el bajo Magdalena que navegaran más arriba de Mompós, ni ninguno en el alto Magdalena que descendiera más allá de esta ciudad; así que todos los champanes tenían que demorarse aquí hasta que con mucha dificultad conseguían nueva tripulación. En la misma isla está Margarita, el sitio más paradisíaco que ha visto en la Nueva Granada. Las casas no están agrupadas sino situadas a lo largo del lado occidental de la calle paralela al río y escondidas entre naranjales. La iglesia está en la mitad de esa larga sucesión de casitas rústicas. Completaban la belleza de la escena niñitos reunidos en grupos a la orilla del río, hijos de Adán y Eva en todas las etapas de desnudez, desde la anterior a la hoja de parra hasta aquella en que pintores pudibundos intentan ocultarla. Margarita está a quince millas de Mompós y el distrito tiene 1.827 habitantes.

Avanzamos otras treinta millas sin pasar un solo caserío o pueblo que mereciera ese nombre, pero vimos una cantidad increíble de niños bajo los árboles de las orillas. Por la tarde llegamos a El Banco, cincuenta millas adelante de Mompós y nos detuvimos para cargar lelia. Vi las ruinas de una iglesia sin terminar, enorme, sin piso e invadida por la maleza; parecía un monumento a la ambición y quizá marcaba la declinación del poder de la Iglesia Romana.

En El Banco observé algo muy curioso, un larguísimo desfile de hormigas, cada una cargando un pedacito de hoja en la boca. En realidad esta descripción es demasiado desteñida: lo que vi fue una trocha en la hierba, de unas seis pulgadas de ancho, tan trajinada como podría estarlo un sendero de ovejas en Cumberland. El caminito estaba atestado de viajeras acuciosas, unas viniendo de casa, otras regresando con un pedazo de hoja de media pulgada cuadrada. Seguí la trocha para conocer el hormiguero y fue muy curioso ver cómo el camino pasaba por debajo de troncos, piedras y breñales hasta internarse en el monte. Caminé mucho tiempo pero tuve que renunciar a encontrar el hormiguero. A estas hormigas las llaman arrieras —el masculino de esta palabra designa al hombre que conduce bestias de un lugar a otro— y son una peste terrible. Existe la creencia de que los animales que se alimentan de hormigas rechazan esta especie debido a que tienen cuatro antenas fuertes y muy agudas. Las arrieras pueden transportar, cada una, un grano de maíz, y estoy seguro de que una colonia hace desaparecer cargas enteras. ¡Pobre del naranjo que ellas decidan atacar! La mejor y tal vez la única defensa posible, es rodearlo de agua. Algunas personas llegan hasta rodear con una quebrada la casa amenazada por las arrieras, pero otros simplemente caen en la desesperación ante semejantes invasiones domiciliarias que violan abiertamente la Constitución del 48, pero contra las cuales no hay arquitectura ni medida que valga.

Una vez estaba sentado por la tarde en una casa cerca a Tuluá, cuando me pareció ver algo blancuzco que se movía por el suelo; fui a investigar de qué se trataba y vi un riachuelo de arroz que nacía en una tinaja que estaba debajo de la cama; cada arriera llevaba un grano de arroz, por lo cual mucho antes del amanecer habrían desocupado la tinaja porque estas diligentes ladronas trabajan noche y día, sin parar ni siquiera los domingos. La única esperanza de salvar el arroz fue colgar el botijo del techo con una cuerda de cerda haciéndole el nudo que los marineros llaman lazo de perfecto amor. Pero el botijo se cayó, se quebró y las hormigas se llevaron todo. Lo que realmente me sorprende es que un enemigo tan invencible no cause más estragos a su alrededor.

Observé una fila de arrieras que cruzaba un sendero y, claro, muchas morían aplastadas bajo los pies de los amos de la creación, quedando la carga abandonada porque ninguna hormiga recoge la que llevaba otra. Descubrí también que si se les quitan las antenas pierden el sentido de orientación. No sé si es por el olfato o por otro sentido que se orientan, pero en todo caso no es por el de la vista. Hice el ensayo de borrarles el camino con un poquito de grasa de chocolate, tan pequeño que no era obstáculo insalvable para las patas y apenas tan extendido como la longitud del cuerpo de una de ellas. A cada lado de la grasa se acumularon centenares y estaban completamente perdidas, aunque casi se podían tocar con las antenas. Por fin, alguna émula de Colón dio el ejemplo: por donde ella cruzó, cruzaron todas y se restableció el camino.

Pero volvamos al barco. “¿Ve ese joven tan buen mozo recostado al pilar?”, me preguntó uno de los compañeros de viaje.

Miré y vi un hombre joven con una especie de corbatín que aquí llaman sotacuello (alzacuello) y que consiste en un paralelogramo de unas dos pulgadas de ancho, casi siempre de tela de estambre y más apropiado para una escarapela que para cualquier otra cosa. Esta prenda y la tonsura, círculo cuidadosamente afeitado en la coronilla y del tamaño de la moneda de un dólar, indican el oficio sagrado del que las luce.

“Bien, continuó mi amigo, ese es el cura del Banco y, con todo lo joven que es, me cuentan que tiene doce hijos reconocidos”.

Otro amigo que pasó por El Banco algún tiempo después mencionó por casualidad que le había tocado ver el bautizo del último hijo del cura.

Pero que la incredulidad no sobresalte al lector, ni que se niegue por repugnancia o compasión a oír la explicación natural de este fenómeno. Hay que recordar, en primer lugar, que aquí esta conducta no se considera crimen vergonzoso en un hombre soltero, sea éste sacerdote o laico. En segundo lugar, la perspectiva de un matrimonio virtuoso es la principal protección de la virtud en ambos sexos. Cierto día, conversando de este tema con un hombre inteligente lo hice reír de buena gana al contarle la historia del hombre que cumplió ochenta años sin haber salido nunca de Bagdad, su ciudad natal. El Califa, que deseaba tener la prueba de la tranquilidad de su reino inscrita sobre una tumba, le prohibió bajo pena de muerte salir de la ciudad. Al día siguiente, muy temprano, mandó a preguntar por el octogenario, pero éste había escapado durante la noche. Por lo general, el joven aspirante al sacerdocio no es ningún novicio en libertinaje, pero aun cuando lo fuera, el solo voto de castidad sería suficiente garantía de que pronto dejaría de ser casto.

Pero quizá la causa del mal radica más en el confesonario que en el celibato. El sacerdote debe conocer los pecados de sus feligreses en pensamiento y en obras. Cuando sospecha que alguna pecadora, por timidez, calla lo que debiera confesar, tiene el deber de interrogarla y ella de contestarle. Mientras el pastor protestante no puede dar el primer paso hacia una familiaridad indebida sin apartarse de sus deberes profesionales, el sacerdote católico puede prácticamente arruinar un alma confiada a su ministerio, antes de que él mismo se haya dado cuenta de la naturaleza de sus propias intenciones.

Comentarios (0) | Comente | Comparta