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La segunda la hizo el orfebre José Galaz, de origen español, como el anterior, quien gastó cerca de 7 años (1700 a 1707) en su confección. Tiene 80 cms. de altura y un peso bruto de 8.850.3 gramos incluyendo los soportes internos de hierro. El oro fino que contiene la pieza se calcula en 4.902.60 gramos, equivalente a 157,62 onzas troy. La adornan 1.485 esmeraldas, 1 zafiro, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barrocas, 168 amatistas sin tallar, 1 topacio, 4 amatistas talladas. Esta joya, que fue adquirida por el Banco de la República a la Compañía de Jesús, en 1985, está considerada como una de las más famosas y ricas del mundo de la cristiandad. Otra de las más famosas piezas de orfebrería del siglo XVIII es la custodia de la Catedral de Bogotá, regalo del dadivoso y devoto arzobispo Antonio Alvarez de Quiñones, quien donó todas sus cuantiosas rentas para obras pías durante su mandato espiritual en el Nuevo Reino de Granada y en otras provincias americanas. Fue nombrado arzobispo de Santafé en el año de 1727, después de haber estado en la sede primada de América, la arquidiócesis de Santo Domingo. Dádivas suyas fueron las antiguas casas donde se edificó el Palacio Arzobispal; la capellania de la Ermita de Nuestra Señora de la Peña, la capellanía de la Ermita de Nuestra Señora de Egipto; sumas para la cofradía de Nuestra Señora del Topo, en la Catedral, y para el Convento de La Candelaria. Para dar mayor solemnidad a las festividades de Corpus Christi, ordenó la hechura de una suntuosa custodia, obra que fue confiada a la pericia del conocido orfebre de ese tiempo, Nicolás de Burgos y Aguilera, quien terminó la espléndida joya poco tiempo después de la muerte del piadoso arzobispo. La riqueza de esta reliquia de la Colonia, que se conserva cuidadosamente y con las debidas seguridades en la Basílica bogotana, puede medirse por el certificado firmado por el artista, en el cual especifica las características de su obra: certifico yo Nicolás de Burgos, artista platero de oro, que la custodia que he hecho para la catedral de esta ciudad de Santafé, tiene un mil novecientos cuarenta y cinco (1.945) esmeraldas; como cincuenta y nueve (59) amatistas; un (1) topacio; un (1) jacinto; un (1) granate fino, que todas las piedras componen tres mil trescientas y quince (3.315), y así mismo ochocientos setenta y dos (872) granos de perlas, y pesa de mil ochocientos (1.800) castellanos de oro, que hacen diez y ocho (18) libras. Y para que conste lo firmo a catorce de febrero de mil setecientos treinta y siete años.
Nicolás de Burgos y Aguilera.
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Pero no es sólo en las centurias del XVII y del XVIII el auge de los trabajos de platería y de orfebrería en el Nuevo Reino de Granada. En los protocolos de las notarías del siglo XVI aparecen registrados numerosos nombres de personas que tenían el oficio de plateros de oro y plateros de plata como se denominaban entonces tanto en Santafé como en otras ciudades comarcanas. En tales documentos consta, por ejemplo, que el rico comerciante Luis López Ortiz contrata con Francisco Rodríguez, en 1568, la hechura de una custodia para la iglesia del convento de San Francisco.
Angelina Araujo, a quien la Fundación de Patrimonio Cultural del Banco de la República le encargó la revisión de los protocolos antiguos de la Notarla Primera de Santafé, correspondientes al siglo XVI (1580, 1581, 1582, 1583, 1584), anota la siguientes lista de personas que ya en estos lejanos años de la Colonia se identificaban como pertenecientes a este gremio:
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Plateros de Oro
Carpio, Diego de
Castañeda, Alonso
de Díaz, Diego
Guevara, Diego
de Guillén, Bartolomé
Hernández, Pedro
Herrera, Gonzalo
Martínez, Alonso
Morales, Juan de
Ortiz, Miguel
Otálora, Juan de
Parias, Andrés de
Pérez, Juan
Pinto, Juan
Ramírez de Benavides,
Juan Ramírez, Juan
De los Ríos, Gaspar de
Rivera, Pedro de
Roa, Juan de
Rodríguez, Martín
Sosa, Domingo de
Vásquez, Pedro.
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Custodia de la Catedral de Bogotá
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Y en años anteriores, 1568, se registra un contrato entre Alonso Galvero y Juan Ramírez para que éste último le enseñe el oficio de platero. En 1569 un asiento similar, según el cual Gaspar Núñez, platero, se compromete con Bernardino Fernández, vecino de Pamplona, a enseñar su oficio a un hijo de Sebastián Lorenzo, de 18 años de edad. En el mismo año, Juan Gómez de Lebrija da fianza para que libren de la cárcel que pagaba, por deudas, Diego Hernández, inscrito como platero de oro. En 1570 figura Diego Gutiérrez como platero. En 1571, con el mismo oficio, Luis Destela, Luis García, Pedro Martín y Gaspar Núñez como plateros de oro, lo mismo que Diego Hernández y Andrés Ortiz Godoy se registran con este oficio en 1573. Y de los años anteriores, a partir de 1556 hasta 1568, los nombres de Andrés de Córdoba, Pedro de Herrera, Diego Martín, Pedro Méndez, Baltazar de Mendieta, Mercato Jácome, Diego y Francisco Rodríguez y Baltazar Sánchez, todos registrados como plateros de oro, lo que permite pensar, quizás, que la plata, que sólo empezó a explotarse en las tierras del Nuevo Reino hacia finales del siglo, cuando se reconocieron las minas de Mariquita, era poco trabajada en los talleres santafereños, en tanto que por el mismo tiempo los obradores de platería de Quito, Cuzco, Lima y los de México o Nueva España estaban en pleno apogeo y sus productos alcanzaban a satisfacer las demandas de las ciudades fundadas en esta época en las diversas comarcas centroamericanas y de la zona andina, en lo que influyó no poco el descubrimiento de grandes yacimientos de plata en estas áreas.
Beltrán H., Juan Platero. Natural de Zarauz (Guipúzcoa). Pasó al Nuevo Reino de Granada escribe Fray José Vargas después de haber trabajado en El Escorial, no sabemos si como platero o en otro oficio mecánico. En el colegio de Santa Fe, donde parece que ingresó a la compañía, dejó muchas obras suyas. Por juzgar que en Lima seria más útil, lo trajo al Perú el P. Gonzalo de Lira. Aquí vivió hasta su muerte, en 1637. Fue insigne platero y en Lima labró muchos relicarios y un frontal que es el mejor adorno de la iglesia.
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Hábiles fundidores de metales hubo en Popayán durante los días de la Colonia y de sus talleres salieron multitud de obras con destino a los templos y casas particulares. Aún hoy se funden allí hermosas rejerías que son enviadas a distintos lugares del país y en las cuales se observan las técnicas y motivos antiguos. El cobre y el hierro fueron los materiales más frecuentemente empleados. El origen de esta industria hay que buscarlo en el vecino Reino de Quito, que tanto influyó en el desarrollo artístico y comercial de Popayán durante los siglos XVII y XVIII. Varios centenares de musulmanes conversos se quedaron radicados en Quito, después de sucedidas las guerras entre Pizarros y Almagros, y fueron utilizados por varias órdenes religiosas para las distintas construcciones y en especial para los trabajos decorativos en los templos. Fueron ellos los que trasladaron a América esta industria, en la cual se habían señalado por su extraordinaria habilidad, y en sus talleres se construyeron cañones y fusiles, lámparas, objetos de hierro cincelado, trabajos de cobre y de taracea en maderas de diferentes colores, marfil y carey
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. Bien sabemos nosotros que de Quito llegaron muchos maestros y artesanos que se radicaron en Popayán en esta época, en donde encontraron un halagüeño mercado para sus creaciones, debido al creciente desarrollo de las construcciones religiosas y a la demanda de muebles, herrajes, cuadros, imágenes y demás elementos ornamentales requeridos en los templos, conventos y casas particulares. Popayán sirvió, a su vez, como base para difundir estas técnicas y sus obras hacia las comarcas situadas al norte del Nuevo Reino de Granada, como lo comprueban los relatos históricos sobre el particular. Los acabados productos de la artesanía quiteña terminaron por reemplazar los que se importaban de España, Italia y otros países de Europa.
Anotemos, finalmente, que las primeras piezas de plata que llegaron a las costas de Tierra Firme, arribaron con la expedición de Pedrarias a Santa María la Antigua del Darién, en 1514. Según los asientos del libro de cuentas de la armada que con tan alto costo se organizó entonces, figuran, entre otros muchos, elementos destinados al rancho que servía de iglesia en el asentamiento de Balboa y al cual se le quiso dar desde 1513 el rango de iglesia catedral, en lo que iría a ser la primera diócesis establecida en la América Tierra Firme. En los referidos asientos se incluyen los siguientes objetos, que pueden considerarse como los más antiguos que llegaron a estos contornos del Nuevo Mundo:
Tres cruces de plata mediana
Otra cruz de plata, mayor, que pesa ocho marcos
Seys cruces de metal, pequeñas
Cuatro incensarios de metal
Cinco cálices de plata con sus patenas
Otro cáliz de plata dorado
Unas crismeras de plata
Tres custodias de plata para poner el Sacramento
Seis cetros dorados
Cuatro acetres de metal con sus yzopos
Dos hierros para hostias.
Así llegaron hasta las tierras que hoy son Colombia, hace 476 años, en el siglo XVI, las primeras muestras de los plateros de oro y de los plateros de plata y que doscientos años después, en el XVIII, alcanzarían el esplendor de la orfebrería santafereña.
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(1). Restrepo Posada, José. Ilmo. Antonio Claudio de Quiñones. Hojas de cultura popular colombiana, 20 (1952) s.p. (Regresar a 1)
(2). Vargas. Fray José María, O.P. Arte quiteño colonial, 1944. (Regresar a 2)
(3). Navarro, José Gabriel. La escultura en el Ecuador (Siglos XVI-XVIII). Madrid, 1929. (Regresar a 3)
(4). Santa Teresa, P. Severino de. Historia documentada de la Iglesia en Urabá y el Darién. Bogotá, 1956. (Regresar a 4)
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