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4. El altar
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Expositorio
Anónimo, siglo XVIII.
Mueble de madera forrado
en plata repujada
141 x 100 x 74 cms.
Arquidiócesis de Popayán.
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El sitio más importante de los templos será sin duda el altar. En torno a él se celebran las ceremonias litúrgicas, particularmente la misa. Originalmente fue una mesa de piedra que contenía las reliquias de un santo. El término se configura con las dos palabras latinas alta: elevado, y ara: piedra del sacrificio. De allí que los altares se colocasen en un estrado al cual se accedía por tres escalones que tenían una simbología muy precisa: la fe, la esperanza y la caridad.
El altar sufrirá transformaciones a través de la historia. Desde la mesa del cénaculo utilizado por Cristo y los apóstoles a las mesas trípodes de las catacumbas, los sarcófagos y las mesas de madera de los retablos de las épocas recientes. De ser altar sepulcro sólo conservará la tradición de colocar en el centro de la mesa una piedra cuadrada con reliquias que tomará el nombre de Ara.
Fue costumbre desde el siglo IV elevar sobre el altar un baldaquino o ciborio sostenido por cuatro columnas y su forma va a ser más o menos mantenida hasta el período gótico. El más famoso conocido hasta hoy es el de la iglesia de San Pedro en Roma, construido por Bernini.
El altar tenía que estar cubierto con tres manteles de lino y su parte anterior, si no era trabajada artísticamente, debía estar cubierta con un frontal o antipendio, generalmente del color de la liturgia del día y con representaciones de carácter simbólico alusivas a la eucaristía.
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Candelabros
Anónimo, siglo XVIII.
Plata fundida
101 x 33 cms.
Arquidiócesis de Popayán.
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El presbiterio de antes del Concilio Vaticano II tenía una balaustrada que lo separaba de la nave destinada a los fieles. Era el comulgatorio y por lo regular se cubría también con un mantel de lino blanco. Frente a él se arrodillaban los fieles a recibir la comunión que la suministraba el sacerdote mientras un acólito sostenía debajo de la barbilla del comulgante una bandejita llamada la patena.
Los altares en un principio albergaban las reliquias de los santos, como se dijo antes. Hacia el siglo XI empezaron a construirse con este fin unos cuadros o arquetas, pintadas o esculpidas, detrás de los altares que se decoraban con imágenes de Cristo o de la Virgen María. Este mueble dará origen a los retablos, de retro: detrás y tábula: mesa.
Los retablos con el tiempo adquieren monumental grandiosidad y llegan a adquirir más importancia que la mesa del altar. Desde finales del Gótico, en el siglo XV y sobre todo en el arte de la Contrarreforma, estos retablos llegan a ser verdaderas piezas arquitectónicas, especialmente en Italia, en España y en las colonias americanas. En ellos se distribuirán las imágenes dentro de nichos repartidos en calles verticales y superpuestos en cuerpos horizontales.
El retablo, después del siglo XVII, sirvió también para alojar el sagrario o tabernáculo que está destinado a guardar las formas eucarísticas. Generalmente es una especie de cofre con llave, ricamente trabajado en madera o metales preciosos, y que estaba decorado o forrado en tela en su interior. Se recubría por la parte anterior con un velo llamado conopeo (cortina en griego) que podía ser de color blanco o del color litúrgico del día. Los había trabajados ricamente en oro y plata. Esta cortina era un signo que denotaba la presencia eucarística dentro del sagrario.
Antes, en los siglos IV al VII, la reserva eucarística se depositaba en vasos colgados del baldaquino o dosel del altar, o también se colocaba sobre columnas eucarísticas o en un nicho abierto en el muro. Esta costumbre fue retomada después del concilio. Sobre el sagrario la única imagen permitida era la cruz.
Otra pieza de uso posterior, introducida en el siglo XVIII, fue el expositorio o sitio para la exposición eucarística. Fue adosado a los retablos, encima del altar mayor. Adquirió cierta monumentalidad con el tiempo y llegó a ser pieza de ingeniosos artificios. Los había giratorios y con puertas corredizas. Su interior fue decorado con pinturas y cortinas ricamente trabajadas. En él se colocaban las custodias u ostensorios para las ceremonias en las cuales debía ser adorada la eucaristía.
Las custodias, verdaderas joyas por su magnífica orfebrería, sirven para colocar la forma eucarística dentro de dos anillos de oro protegidos con cristal y llamados viril. A su vez, dentro del viril se encuentra la lúnula o pequeña media luna cuya función es sujetar la hostia y evitar su contacto con el vidrio.
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Sillón
Anónimo, siglo XVIII.
Mueble de madera
y plata repujada
117 x 151 x 68 cms.
Arquidiócesis de Popayán.
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El origen de las custodias no va más allá del siglo XIV. Aparecen primero en Alemania. Adoptan inicialmente la forma de catedrales góticas y las hubo de tamaño monumental como la que actualmente se conserva en la catedral de Toledo (España).
Después adoptan la forma de un sol radiante y sus decoraciones serán cada vez más complejas y ricas. El sol estaba sostenido por un pie que tenía una manzana o nudo para agarrarla y una peana.
El altar debía ser iluminado con velas y lámparas. Sobre la mesa se colocaban las velas insertas en candelabros de metal o de madera. El número de velas fluctuaba de acuerdo con la categoría de la misa. Si era misa rezada tenía dos velas. Si la misa rezada era celebrada por un obispo, cuatro. En la misa mayor debían ser seis y si era una misa pontifical, siete, colocando la séptima detrás del crucifijo. El número siete podía simbolizar los siete dones del Espíritu Santo, los siete arcángeles del Apocalipsis o los siete candelabros de la Antigua Ley.
La costumbre de poner velas en el altar solo fue introducida a partir del siglo XII y se generalizó en el siglo XV. Las velas tenían que ser de cera de abejas por ser asta emblema del cuerpo de Cristo.
Desde el siglo XIII, también se acostumbró colocar frente al sagrario una lámpara que podía estar suspendida o apoyada en una base. Era obligatorio mantenerla ardiendo y que consumiera aceite de oliva.
Para las procesiones se utilizaban también ceras encendidas para flanquear la cruz procesional , que debía presidir el acto. Todas tres se montaban sobre unas varas altas formando conjuntos de orfebrería, generalmente en plata. Eran portadas por tres acólitos y recibían el nombre de cruz alta y ciriales.
En otras épocas el altar era adornado con relicarios o imágenes de santos. Después del siglo XVI se colocaron flores, que podían ser naturales o artificiales. A partir del siglo XVIII se colocaron también como adorno placas de plata labrada con representaciones de querubines, denominadas manolas.
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Bandeja y vinajeras
Anónimo, siglo XVIII.
Plata fundida y cincelada
15 x 26 x 19 cms.
Arquidiócesis de Popayán.
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Hasta el año 1963, cuando se dejó de decir la misa dándole la espalda al pueblo, se acostumbraba colocar sobre el altar tres cuadros recostados en el banco del retablo. Uno en el medio y los otros dos a cada lado. En ellos se encontraban ciertas preces y fórmulas en latín con el fin de facilitar al sacerdote la recitación. El nombre de estos cuadros es las Sacras y aparecen en el siglo XV. En las misas pontificales eran sustituidos por un libro llamado Canon.
Otra pieza importante del altar es el atril que podía ser de plata o madera. Empezó a usarse desde el siglo XV y servía para colocar en ellos los libros litúrgicos. Era usual cubrirlos con velos de tela con el color de la liturgia correspondiente. Antes los libros se colocaban sobre almohadillas forradas en telas finas, costumbre que se implantó nuevamente después del Concilio, por lo cual los atriles cayeron en desuso.
Como mesa auxiliar se utilizó en el presbiterio la credencia. Se encontraba cerca del altar y servía para colocar en ella los objetos necesarios para las ceremonias.
En otras épocas estas credencias fueron de varios pisos, como alacenas, y se trabajaron de acuerdo al gusto de la época.
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