CAPITULO XVI

TINTOREAS

 

En este capítulo se organizan los datos sobre las plantas que los indígenas americanos cultivaban como fuente de sustancias colorantes, tanto para sus telas, fibras, adornos, decoración de objetos de menaje y de ritual, como para su propio cuerpo, a fuer de cosmético, protección de la piel o defensa mágica. Plantas silvestres también fueron aprovechadas, de acuerdo con la abundancia o recurrencia de especies tintóreas en cada región; pero por ese mismo carácter no tienen cabida en la presente investigación, y se estudiarán en el volumen dedicado a los recursos naturales.

Algunas otras tintóreas que pudieron ser cultivadas por grupos indígenas en circunstancias particulares de tiempo y lugar, perdieron esa categoría, merced a la tendencia que se ha llamado la reducción numérica de las plantas cultivadas. En dicha reducción tuvo mucho que ver, primero, la acción de religiosos y misioneros católicos, que hicieron todo lo posible por apartar a los indígenas americanos de la costumbre de pintarse el cuerpo (y de allí el empeño en que se vistieran); y luego, la adopción por los europeos de sólo aquellas plantas de tinte que podían convenir a su gusto, o mejor, a sus intereses económicos, industriales y comerciales.

Si es verdad que la percepción del color y de sus matices y la habilidad de denominarlos, aumentan en proporción a la capacidad técnica para producirlos, prepararlos y fijarlos (Wallace, 1878, 245-248; Kober, 1932, 115; André, J., 1949, 399), no cabe duda de que los amerindios en general estaban en este particular tan adelantados por lo menos como los griegos y romanos de la antigüedad, de cuya cultura muchos en América se creen sucesores directos, con desprecio de la herencia indígena. Si los pueblos del Mediterráneo oriental supieron extraer el pigmento de los moluscos Purpura haemastoma L., Murex brandaris L. etc., para teñir la lana y otros objetos, no menos hábiles en esto fueron los pueblos americanos del Pacífico, desde el Perú hasta Méjico (véase obra sobre recursos naturales. Además, de vegetales obtuvieron una serie bastante grande de pigmentos, por medio de técnicas a veces complicadas. Hay que reconocer que si Bixa orellana tiene un colorante fácilmente aislable por ser evidente en los granos maduros, se necesitó investigación experimental para extraer el tinte negro a partir del fruto verde de Genipa, y --sobre todo --los pigmentos de la chica y del jiquilite que, no siendo visibles en las hojas en estado natural, no pudieron ser detectados y aislados sino mediante operaciones más o menos intrincadas.

Todo lo que se diga sobre la percepción y el sentido del color entre los indígenas americanos, por la falta de estudios adecuados y bien conducidos, alargaría innecesariamente esta introducción.

 

Consideraciones sobre la pintura corporal

Es un hecho comprobado que --con pocas excepciones --los pueblos amerindios en la faja intertropical, usaban pintura corporal o facial. Aunque pudo haber y las hubo en sectores muy redu cidos, tribus que aprovecharon otras sustancias colorantes obtenidas localmente, minerales o vegetales, lo más generalizado dondequiera fue el empleo de Bixa orellana para las tonalidades roja y amarilla, y de Genipa spp. para el negro, o mejor, azul negruzco. Ambas especies estaban difundidas y cultivadas en toda el área intertropical a fines del siglo XV. Una tercera especie, que suministra pigmento rojo, Arrabídea chica, tenía una difusión puramente ecuatorial y más latamente, suramericana. En líneas generales, las dos especies mencionadas en primer lugar se usaban para el cuerpo; la última, preferentemente para la cara, a causa de ser más escasa. Las tres pudieron tener origen en la porción equinoccial americana, difundiéndose por agencia humana, hacia el sur y hacia el norte.

La pintura corporal a base de las tres especies mencionadas se originó en las tierras cálidas, cuyos habitantes vivían desnudos o casi. No es posible, con las escasas evidencias disponibles, de terminar si el, carácter puramente cosmético o de adorno precedió o siguió al uso de la pintura corporal como un revestimiento de la piel con fines defensivos o propiciatorios de carácter mágico, o si tales finalidades fueron simultáneas; o, finalmente, si careció de cualquiera de las motivaciones que una mentalidad como la nuestra pudiera elaborar, y tuvo otras que no podemos siquiera suponer.

Al hacer el estudio del algodón en el capítulo precedente, se destacó el hecho de que muchas tribus americanas, habiendo conocido y usado esa fibra para diversos fines, poco la aprovecha ron para obtener vestidos que resguardaran el cuerpo de la intemperie (Humboldt, 1941, III, 359). La pintura corporal reemplazaba en cierto modo al vestido, cosa que algunos misioneros entendieron bien (Du Tertre, 1958, II, 368; Gilii, 1965, II, 66). Uno lo expresa exactamente, cuando dice a propósito del achiote: "árbol el más estimado de todas aquellas naciones [del Orinoco], porque todas se visten de él a su modo"; y relata una anécdota que refleja muy a las claras la equivalencia que la untura tenía entre los indios con el ves fide (Gumilla, 1955, 358; 89-90; 93), lo que no impidió que éste y otros religiosos se empeñaran en hacer vestir a los indígenas, aunque hubo diversas apreciaciones sobre el asunto (Gilii, 19ó5, Ii, 160). Tal asimilación de pintura a vestido la notaron varios naturalistas: Wallace entre los nativos del Vaupés, con el aditamento de que los diseños hechos en la piel, son por lo general los mismos usados para canoas, bancos y ajuar doméstico (Wallace 1939, 379; 629); y otro entre los jíbaros del Pastaza (Spruce, 1908, II, 116-117). Este punto de vista es aceptado por los investigadores contemporáneos (Andrade, 1926, 180-181; Imbelloni: Pardal, 1937? 18; 95-100; Pérez de Barradas, 1950, I, 373, 375; Salas, 1960, 61).

Pero el mecanismo que indujo a los aborígenes americanos a pintarse eI cuerpo o partes de él, con cualquiera de los pigmentos mencionados o con otros, no es tan sencillo. Oviedo, describiendo el achiote, observa: "e aun tiene un bien o sirve a los indios en esto: que cuando están así pintados, aunque los hieran, como es la pintura colorada e de la color que le sale la sangre, no desmayan tanto como los que no están pintados de aquella color roja o sanguina; y ellos atribúyenlo a la virtud de la vija, e no es sino por ser así de color sanguina, con la cual no paresce tanto la sangre, como se paresce en otro indio que no esté embijado" (Oviedo y Valdés, 1959, I, 253). A pesar de esta explicación simplista, el carácter mágico se aprecia en las distintas maneras dé usar los colorantes, según las condiciones de tiempo y lugar y aun el sexo de las personas; pues no todos se pintaban de una manera ni en todas las ocasiones. Esto se ampliará cuando se trate de cada especie en particular. Que no era solo adorno, resalta del hecho de que los jíbaros pintan también a sus perros en ciertas ocasiones (Karsten, 1935, 428).

El achiote y la chica no se usaron solos, sino por lo común adicionados con un aceite solvente o con una o varias resinas que modificaran la textura, o comunicaran a la pasta cierto olor, agradable para unos, repulsivo para otros. A algunas de estas sustancias --como el aceite de Carapa guyanensís Aubl. --se les ha atribuido un marcado efecto repelente de insectos hematófagos (mosquitos, jejenes, arenillas etc.), tan abundantes en las regiones ecuatoriales, donde constituyen una rémora para el hombre (Du Tertre, 1958, II, 369; Abbad, 1959, 23). Aunque esto se ha puesto en duda (Humboldt, 1941, III, 356-357; Karsten, op. cit., 40), en realidad no se han hecho sobre el particular investigaciones experimentales, y está comprobado que existen sustancias vegetales, en particular aceites esenciales como el de la citronela, que son repelentes para los insectos.

Puede pensarse que la virtual inmunización que estas sustancias colorantes, incluido el jugo de la Genipa, le transmitieron a la piel del indígena para resistir sin daño aparente la vida en selvas y pajonales y la picadura de insectos, jugó en la cultura material de aquél un papel tan importante, como podría serlo la protección de fuerzas espirituales o anímicas, que él creyó estaba asociada a la aplicación de tal o cual colorante. Al tener que renunciar a dicha práctica, cosa que se hizo con mucha resistencia, a pesar de la presión constante y la compulsión de los misioneros, el indio pudo quedar más expuesto a los agentes contagiosos aportados por los blancos. Esta circunstancia ha pasado por alto a los historiadores de la medicina en los países americanos.

De no menor entidad son los efectos químico-físicos y fisiológicos derivados del uso de pintura corporal. Está comprobada científicamente por experiencias de laboratorio la acción del achiote para defender la piel de la excesiva radiación solar (véase adeIante). Podrían ser también verdaderos los efectos constrictores de la piel y calmantes del dolor muscular y del cansancio producido por largas caminatas, atribuidos al jugo de la jagua, aunque no se han hecho pruebas sobre esto.

 

PAPILIONÁCEAS

 

184 --Indigofera suffruticosa Mill..

Indigofera spp..

Choh, en maya (Roys, 1931, 321).

Jiquilite, del náhuatl xiah-quilitl (Robalo, 3a ed., 306-307; 414-415; 419); xiahquilitl pitzahuac, "añir de hojas sutiles"; mintli, la planta, y mohuitli, tlecohuilli, el pigmento (Ximénez, 1888, Méx., 90; 51).

Llangua, en quechua (3. de la Espada, 1897, IV, lxiv); quizá derivado de llanthúchay, sombrear (Lira, 1945, 573). En yameo, yangua (Espinosa Pérez, 1955, I, 316; 446). No se sabe cuál prestó a cuál.

Caa-hobí-mí, en guaraní (USNH: C.A.M. Lindman, A-2063. 1893 (Museo Estocolmo): "in ripa arenosa flavi R. Paraguay, prope oppidum Villa Concepción").

Añir, añil.

Las últimas dos o tres generaciones humanas que han vivido en América equinoccial, han perdido el recuerdo de que el añil fue planta de cultivo, en cuyo beneficio se invirtieron muchos ca pitales y mano de obra, y que alcanzó predicamento comercial y valor económico difíciles de apreciar ahora en toda su magnitud. Esta yerba plantea a los economistas y proyectistas americanos un ejemplo aleccionador de que no se puede depender indefinidamente de Ios monopolios naturales o artificiales, pues temprano 0 tarde la ciencia hallará sustitutos para los productos más valiosos y apetecidos.

Lo mismo que el palo brasil, el añil se importaba a la península ibérica como materia tintórea desde el Asia tropical, comercio que se incrementó cuando los portugueses se apoderaron de la India (Orta, 1891, II, 86). Fue, pues, de la mayor significación el hallazgo de la planta en el Nuevo Mundo, pues esto permitió a Europa occidental proveerse de una sustancia colorante azul, más barata que el pastel o plasto (Isatis tinctoria L., Crucíferas), cultivado durante la Edad Media en Amiens y Languedoc (Pirenne, 1961, 116) y después un poco también en España (Herrera, G.A., 1818, I, 218-221).

 

Méjico.

En Méjico el uso del añil parece ser prehispánico (Dressler: BML, 1953-54, XVI, 6: 135).

Como cultivo comercial bajo conducción europea, el del añil empezó en Méjico en el último cuarto del siglo XVI (Gómez de Cervantes (1599), 1944, 182), aunque simultáneamente se mantu vo como planta espontánea (Hernández, 1943, II, 474-475; Ximénez, 1888, Méx., 90-91). Procedentes de la Nueva España, se embarcaron en la flota que en 1589 regresó a la península ibérica, 25.263 arrobas, que valían a un peso cada una (Acosta, 1940, 290; -----, 1954, 118). En la primera mitad del siglo siguiente se criaba en Yucatán (Vázquez de Espinosa, 1948, 115).

Perdió importancia a fines del período colonial, cuando la extracción y el beneficio quedaron a cargo de los "poquiteros" o labradores en pequeño, de Ios pueblos de Niltepeque, Sanatepeque y Tapanatepeque (Moziño, 1826, 10).

 

Centro América.

Aunque se ha afirmado que poco antes de 1581 se descubrió y empezó cc beneficiarse el añil en Guatemala (Capa, 1890, VI, 45), eI hallazgo fue anterior. En cédula expedida en Valladolid el 27 de noviembre de 1553, se pide a la Audiencia de los Confines que envíe a España "tintas para teñir, las que alfa ay" y muestras de telas teñidas (Arch. Nal. Guat., AI, 23-10026-1511-200; 398). En otra cédula, también de Valladolid, de 14 de junio de 1553, a la Audiencia de Guatemala, se ordena examinar cierta yerba usada por los indígenas para teñir de azul la lana y eI algodón; inforrnar cómo es; si equivale al pastel usado en Francia para teñir el paño azul; remitir muestras de tela teñida con ella y cierta cantidad de la yerba, con una relación extensa y el parecer del presidente y oidores (Campo y Rivas, 1803, 43-44 nota; Moziño, op. cit., 91).

La principal zona añilera estaba en la capitanía general de Guatemala, que incluía Chiapas, Guatemala propia (Vargas Machuca, 1599, 165; Ordóñez de Ceballos, i 947, B. A., 130), El Sal vador (Vázquez de Espinosa, op. cit., 207; 219; Fernández, 1907, X, 194), Honduras y --marginalmente --Nicaragua y Costa Rica. En la primera de dichas provincias, el valle del Mescalapa, donde están ubicadas las ciudades mejicanas de Tuxtla y Chiapas, era centro jequilitero importante (Bukasov, 1930, 485). Una partida de registro de 1579-1580 habla de 43 arrobas de añil enviadas desde Honduras a Sevilla (Ayala, 1930, XI, 201).

Se cultivaba mucho en Sonsonate y Escuintla en la primera mitad del siglo XVII. Casi toda la producción se exportaba por Honduras (Gage, 1946, 184; Serrano y Sanz, 1908, 310), o por el lago de Nicaragua y el río San Juan a Cartagena, para eludir a los corsarios (Gage, op. cit., 275). Por lo menos dos docenas de lugares aparecen como modestos núcleos de producción en la segunda mitad deI XVIII (Cortés y Larraz, 1958, I, 77, 128, 132, 137, 145, 149, 157-159, I60, 164, 167, 169, 179, 188, 205, 210, 212, 219, 228, 231, 254; lI, 226, 230, 241, 245). En ciertas épocas el valor económico que representaba la producción y las entradas que producía al fisco, fueron notables (García Peláez, 1943, I, 176, 178; 179; II, 98). Al mismo tiempo, el añil insumía muchos trabajadores indígenas, que padecían indeciblemente y se morían en el nauseabundo manipuleo de la yerba, obligando a la corona española a prohibir --sin conseguirlo --que se les emplease en ese oficio (Ibid., I, 178, 240; Ots y Capdequí, 1946, Bog., 267; Gutiérrez de Arce: AEA, 1946, 1202; Patiño, 1966, 417-418).

Al jequilite lo perseguía mucho la langosta en Guatemala (Cobo, 1890, I, 477-478; -----, 1956, I, 216-217; Gage, 1946, 238; Moziño, I826, 28).

Poco predicamento tuvo este cultivo en Costa Rica. En 1595 se acusó al gobernador Fernando de la Cueva de tener en Chones, golfo de Nicoya, un obraje de añil, en el que ocupaba trabajado res indios (Fernández, 1881, I, 158). En 1632 no había factorías de añil en esa jurisdicción, justamente por la escasez de mano de obra (Ibid.,1907, VIII, 199, 201, 203, 204, 206, 208, 209, 211, ? 13). En 1804 sólo figuran dos productores, cuyos nombres se han conservado (Ibid., X, 304).

 

Antillas.

Aunque parece que se hicieron o intentaron hacer ensayos de extracción desde 1538 en Santo Domingo (Rodríguez Demorizi, 1945, II, nota, 310-311), no debió pasar a mayores arrestos esta actividad en la porción española de la isla, pues en 1699 Araújo y Rivera dice que el añil, aunque espontáneo, ' no se beneficiaba, como sí lo hacían los franceses en la porción occidental (Ibid., 303), en instalaciones que fueron arrasadas por los españoles en 1691 (Ibid., 43). No hay noticias de empresas de consideración posteriormente (Ibid., 1957, III, 337; Sánchez Valverde, 1947, 63).

La actividad en Haití debió ser importante, pues allí se podían obtener hasta cinco cortes al año, mientras que en las colonias inglesas de Carolina del Sur y Luisiana --a pesar de que el ín digo constituía el segundo renglón en la primera de dichas colonias --sólo se daban. tres cortes, de manera que el producto quedaba en inferioridad de condiciones en el mercado internacional (Carrier, 1923, 204-205; 296; Ulloa, 1944, 91-92).

A pesar de que parece se empezó a producir añil en Puerto Rico desde 1511, y de que era subespontáneo en la isla, nunca adquirió allí predicamento económico como producto exportable (Miyares González (1775), 1954, 65; Abbad (1788) 1959, 57; Z 35; 195; O'Reilly (1765), 1921, 123).

Cuando los ingleses se apoderaron de Jamaica (1658), establecieron allí la industria añilera (Bueno, 1933, 100).

Se cultivó índigo en la isla de Providencia, bajo la administración de la Compañía Puritana y en otras épocas (1641), aunque en cantidades moderadas (Parsons, 1956, 7, 15; nota 56).

De las islas francesas (Guadalupe, Martinica) se exportaba a mediados del siglo XVII (Pelleprat, 1857, 9). En general, en las Antillas menores este cultivo no se sostuvo sino temporalmente (Shepard, 1940, 49; Morales Padrón; 1960, 135; Hiss, 1943, 57, 63).

 

Venezuela.

Desde Mérida, vía Maracaibo, se extraía como "fruto de la tierra", hacia 1620, entre otras cosas, "hilo de añil" (Gutiérrez de Arce: AEA, 1946, 1177). Añil y harinas llevaban a Portobelo las fragatas de Maracaibo por ese tiempo (Anónimo, 1958, 121).

Mucho antes de la época que los historiadores señalan como punto de partida del cultivo del añil en Venezuela, se conocía la yerba. En el Guarapiche se menciona desde mediados del siglo XVII (Pelleprat, 1857, 107). Olavarriaga hace constar hacia 1720 que la yerba era silvestre en Aragua (Arcila Farías, 1946, 177). Llegó a sacarse bastante pasta, lo mismo que achiote, en la jurisdicción de Valencia, hasta que con la abolición de las encomiendas fue más difícil obtener trabajadores indios. En 1768 se reseña como planta conocida y empleada en Nirgua y en Barquisimeto, y como conocida pero no beneficiada, en Carora y en Coro (Altolaguirre, 1908, 49; nota 59, 124; 172, 207). En 1764 se usaba para teñir el hilo con que se hacían las hamacas (Cisneros, 1950, 23).

Según unos autores, eI cultivo propiamente industrial empezó en 1768 (Altolaguirre, op. cit., xxxii); mientras que para otros esto sólo tuvo lugar en 1774 (Restrepo, J. M., 1943, III, 193; Baralt y Díaz, 1939, I, 364-365, 479), introducido por dos vizcaínos (Arcila Farías, 1946, 268-269). Estos eran el cura Pedro Orendain y Antonio Arbide; otro socio de la empresa era Juan José de Mintegui. Parece que la semilla fue introducida de Guatemala, aunque al principio se usó la local. Los primeros resultados se obtuvieron en 1774 (Amézaga Aresti, 1963, 221; 351-385). Por lo menos 32 vascos se dedicaron a este cultivo en los valles de Aragua (Ibid., 381-385).

José Celestino Mutis envió desde Mariquita al intendente de Caracas, semillas e instrucciones para plantarlas y para preparar el añil; esto debió ocurrir hacia 1784-1786 (González Suárez, 1944, 55-56).

En Perijá se producía desde 1779 (Besson, 1943, I, 628). En Barinas y Nutrias, localidades llaneras, se cogía muy bueno, aunque en cantidades moderadas, en 1783 (Amézaga Aresti, op. cit., 288).

Este cultivo recibió los beneficios de la política reformista que se manifestó en España en el último cuarto del siglo XVIII. Se dictaron algunas exenciones a su favor (Arcila Farías, 1946, 271-272), como la libertad de comercio autorizada por orden real de 20 de octubre de 1778 (Ayala, 1929, I (IV), 226).

Se han publicado estadísticas de las compras de añil hechas por la Compañía Guipuzcoana en 1786 y años siguientes (Arcila Farías, 1946, 333-334). A fines del período colonial (1802), se lle garon a exportar 1.876.319 libras (Restrepo, J. M., 1943, III, 285). Por esta misma época, Humboldt observó el proceso de cultivo y beneficio en el valle de Cumanacoa, donde después del tabaco, el añil era el cultivo más importante (Humboldt, 1941, II, 50-52). Ocupaba el segundo renglón en el resto de Venezuela; y aunque los cultivos habían disminuido en el valle de Aragua, anteriormente emporio añilero, se habían incrementado en Barinas y Táchira (Ibid., III, 88-90; 1942, V, 161).

Boussingault pudo apreciar, recién terminada la guerra de Independencia, en 1823, el sistema de cultivo seguido en los terrenos aledaños al lago de Valencia y en otras partes. En la costa se daba el primer corte a las matas a los 80 días de sembradas; en Maracay a los 92 (Boussingault, 1849, 175).

Se cosechaba algo en la Guayana venezolana (Bueno,: 1933, 6; 96). La actividad añilera había empezado hacia 1783 en el sector Upata-Angostura (Amézaga Aresti, 1963, 285). Antes era sólo yerba espontánea (Gilii, 1965, I, 181).

Dice Pittier: "E1 añil es un interesante ejemplo de la evolución cultural de una planta. Veinte años después de iniciado su cultivo en Venezuela, en 1774 [véase atrás], la producción llegó a su apogeo, con una exportación anual de no menos de un millón de libras. Poco a poco el cultivo y la elaboración se volvieron más rutinarios, el producto se fue adulterando con materias inertes con el objeto de aumentar su peso, lo que tuvo como consecuencia la caída en descrédito después de un largo período de fama, del AÑIL DE CARACAS. Al mismo tiempo el cultivo del café, iniciado en 1784 y más remunerador, iba tomando rápido incremento y absorbiendo la mano de obra, y por otras partes aparecieron los colores sintéticos. De tal manera que ' la decadencia del añil se fue acelerando de día en día, con bruscas fluctuaciones. En 1882-83, la producción fue todavía de 17.414 kilogramos, pero ya en 1910, el añil había desaparecido de la lista de exportaciones venezolanas. El último productor parece haber sido el señor Francisco de la Madriz, padre del cónsul general que fue últimamente de los EE. UU. de Venezuela en España. Hoy en día, ambas clases de añil (I. tinctoria L., I. añil L.) crecen cómo molesta maleza en los cultivos de tierra caliente y subtemplada, y el único uso que se les conoce, es el de sus hojas machacadas, para curar la sarna" (Pittier, 1926, 114).

 

Trinidad.

En la última década del siglo XVIII, el añil se convirtió en importante artículo de exportación en Trinidad; al tomar los ingleses la isla en 1797 había gran número de plantaciones, que para mediados del siglo siguiente estaban abandonadas (Borde, 1882, II, 207; 277; 283-284).

 

Guayanas.

A fines del siglo XVII se cultivaba algo de índigo en las colonias guayanesas de Esequibo, Demerara y Berbice (Bueno, 1933, 9). Esta actividad se abandonó, por preferirse en la industria británica la pasta procedente de la India (Schomburgk, RH., 1840, 111).

En Surinam se cultivó añil desde 1708, manteniéndose inestablemente hasta 1730, en que fue abandonado por el café. La primera exportación a Holanda hecha en 1711, fue de 150 libras; en 1713 y 1718 se exportaron, respectivamente, 1.328 y 1.100 libras, que fueron los mayores despachos de todos los tiempos. En 1744 sólo se mandaron al exterior 270 libras (Anónimo, 1788, 1, 70, 71; I1; 89, 91; Fermin, 1769, 11, 78-83).

En Cayena, a los principios de la dominación francesa, el índigo llegó a contarse entre los cuatro principales productos (La Barre, 1666, 32). Por bajo rendimiento se fue abandonando el cultivo; en la primera mitad del siglo XVIII había cuatro instalaciones extractoras (Barrere, 1743, 46; 101-105). En diversas épocas se hicieron tentativas para restablecer este renglón (Bajon, 1778, II, 396); lo que parece al fin se logró a finales del XVIII (Moziño, 1826, I1-12).

 

Nueva Granada.

Se halló pastel en el Nuevo Peino de Granada en 1573, en tiempos de Venero de Leiva, según una carta de Juan de Avendaño (Frigide, Mss., VII, 319). La relación do Trinidad de los Muzos, de 1582, dice que aunque había añir, r o se beneficiaba por no saberse (Morales Padrón: AEA, 1958, 613). La relación de Tunja de 1610 indica ya algún. progreso:"... hay muchos arbolitos de anir, y sácase añir de su hoja" (T ocres de Mendoza, 1868, IX, 399400). Esto debió ser en una escala muy modesta.

En 1701, "jamás falta guamo es menester para la tinta azul", a creer a una autoridad de la época (Zamora, 1930, 46). Pero no había producción sistematizada, puesto que en los rígidos linea mientos de la política colonial española, la Nueva Granada estaba destinada a producir oro.

Todavía a mediados del siglo XVIII se hallaba el añil coma yerba subespontánea en muchas partes templadas y cálidas, especialmente en Socorro y Tunja, centros textileros, para los cua les era "socorro universal de este Peino con que se tiñen lienzos y tejidos de lana" (Oviedo, 1930, 30). Lo mismo ocurría en los llanos orientales, donde tampoco se beneficiaba (Gumilla, 1955, 212).

Em 1741 se daba el añil en los rastrojos de la provincia de Santa Marta (Rosa, 1945, 314). En 1758, Antonio Narváez y de la Torre, en su informe sobre Santa Marta y Guajira, dice que se habían hecho varias intentonas fallidas de cultivo y extracción (Cuervo, 1892, II, 182). Parece que Juan de Avilés, gobernador que fue de dicha provincia (1743-1748), se dedicó a cultivar añil con buenos resultados en el río Manzanares (Julián, 1787, 81-82):

Hacia 1755 viajó Magdalena arriba el misionero Fr. Juan de Santa Gertrudis, cuyas son las siguientes apreciaciones a propósito de la planta que observó en las riberas del río. Después de describirla, agrega: ''Mas el modo como se fabrica el añil es Siémbrase en tierra labrada, en clima caliente la semilla, y cuando más humedad tiene más fecunda. Nace y se cría a modo de la alfalfa. Mas para sacar el añil, no se aguarda a que se envejezca como estaban ya estos arbolitos que se crían en las playas del río, que así ya no sirven y da su hoja muy poco jugo; antes, cuando están las matas tiernas a modo de la alfalfa antes que florezca, entonces se siega y lo escaldan, y así escaldado tronco y hoja, lo refriegan en unos rallos muy3 finos, y lo vuelven casi harina. Mézclanle entonces un poco do meados ya corruptos en cantidad proporcionada, y lo vuelven con la misma agua a hervir hasta que ya está bien sancochado, sácame el agua y la masa la vuelven a pasar por otros rallos más finos, y mezclado todo con la misma agua lo estrujan con las manos, y lo que es bagazo que ya largó todo su jugo lo echan. Este caldo lo cuelan con cedazo, y lo colado 1o dejan estar en artesas tapado algunos días. Se va asentando abajo la sustancia y se cuaja. Quitan después el agua, y quedan unas tortas de la sustancia. Estas poco a poco se van secando, y es e es of añil más o menos fano, según fue: e la tierra para ello más proporcionada, el clima más o menos caliente y la hierba más o menos sazonada cuando la siegan" (Serra, 1956, I, 68). Es con pocas variaciones el proceso que se seguía en todas partes (Vázquez de Espinosa, 1948, 220; Cobo, 1890, I, 477-478; -----, 1955, I, 216-217; Du Tertre, 1958, II, 99-104; Dampier, 1927, 159; Cortés y Larraz, 1958, I, 157-158; Moziño, 1826, 32-57).

Ya se dijo que Mutis envió semillas a Venezuela desde Mariquita, donde lo cultivaba (González Suárez, 1944, 56).

En la relación de mando del apoderado del virrey Eslava, se dice que éste había dado permiso para un establecimiento de añil en Panamá (Posada e Ibáñez, 1910, 46). Pero sólo en la relación de Ezpeleta a Mendinueta de 1796, se afirma que el añil apenas había empeezado a beneficiarse con algún éxito (Ibid., 350, 352). "Los añiles comienzan, como dije, a elaborarse con suceso, y según algunas noticias, se sacan de excelente calidad. El Oficial Real de Ocaña me consultó sobre los derechos que debería exigirles a su salida por aquel puerto del río, y los declaré libres..." (Ibid., 352). Agrega que tuvo informes de que en Cúcuta estaban abandonando el cultivo del cacao para dedicarse al del añil (Ibid., 354). A pesar de eso, la siembra fue pronto abandonada (Groot, 1890, II, 335; Febres Cordero, L., 1950, 170-171).

El gobernador de Antioquía José Felipe de Inciarte propuso. fomentar el cultivo en aquella región (Restrepo Sáenz, 1944, I, 253); pero no hay noticias de que esto pasara de las intenciones.

A fines de la colonia el añil figuraba entre los artículos do exportación (Pombo, J. I., 1810, 82; Hamilton, 1955, I, 139).

Al estabilizarse las instituciones republicanas, se dictaron providencias protéctoras, corro lá ley de 1834 que eximió del diezmo a esto y a otros renglones (Restrepo, J. M., 1952, I, 5); o la de 2 de junio de 1846 que dio primas para la exportación, suprimidas en 1849 (Ospina Vásquez, 1955, 213). La producción debió languidecer con los trastornos ocasionados por el gran cambio efectuado en 1850, pues en 1854 apenas se planteaba la exportación de índigo como una posibilidad (Holton, 1857, 385; Morales Puerta, 1857, 296).

En 1867 se hicieron ensayos alentadores de exportación, debido a la excelente calidad del producto que se obtuvo. En los dos quinquenios siguientes se desató la fiebre añilera. En sólo Tolima y Cundinamarca había en 1869-1870 unos 350 establecimientos (Camacho Roldán, 1892, I, 657; 1893, II, 451, 454, 455), aunque otras estimativas dan a Cundinamarca en 1869 sóIo 75 estanques (Galindo, 1880, 138). La exportación llegó a 400.000 libras (Camacho Roldán, 1892, I, 640). Los mayores despachos, con un promedio anual de 158.000 kilogramos, se hicieron durante los años 18701873, por un valor promedio de casi medio millón de pesos (Nieto Arteta, 1942, 306, 304-308; 360, 391; Samper, 1925, 1, 218-219). Sin embargo, para 1880-1881 la exportación había disminuído considerablemente, y esta actividad fue decayendo sin remedio (Camacho Roldán, 1892, I, 640, 665; 347).

Las causas fueron complejas. A pesar de las favorables condiciones naturales, pues la calidad del producto era buena y los rendimientos parece que también (Camacho Roldán, 1893, II, 451), hubo mucha improvisación y arrebato y poca técnica en el cultivo, hasta el punto de que se ha sostenido que no hubo error que no se cometiera (Restrepo, V., 1888, 212; Camacho Roldán, 1892, I, 652). La mano de obra tenía que ser traída de los climas me= dios o fríos, con las consiguientes dificultades de adaptación (Samper, 1925, I, 219); y en el juego económico internacional, no se podía soportar la competencia de la India y otros países con mano de obra más barata. "Todavía en muchas haciendas quedan las albercas que se usaban para extraerlo" (Pérez Arbeláez, 1947, 301).

La mayor parte de la producción estuvo concentrada en el valle medio del Magdalena, en lo que son hoy los departamentos de Tolima-Huila y Cundinamarca (Restrepo, E., 1870, 197-198), o sea donde estuvo ubicado el principal centro tabacalero, pues el añil se probó como un sustituto del tabaco.

La fiebre cundió por reflejo a otras comarcas granadinas. En los Llanos (Ibid., 123-124) había algunos establecimientos en 1876 (Camacho Roldán, 1893, II, 347).

En Antioquía, la cámara legislativa estatal decretó exenciones para los que se dedicaran al cultivo; en 1869 se contaban 6 establecimientos en Santa Fe de Antioquía, Sopetrán y Liborino (Parsons, 1949, 110-111; 121).

El primero que cultivó añil en el valle del Cauca parece que fue don Santiago Eder, en la hacienda "El Albergue", cerca de Buga, en 1869, cuando se hizo el primer despacho al exterior vía Buenaventura (Eder, 1959, 435). En el año fiscal 1878-1879 se despachó añil por la aduana de ese puerto, por valor de $ 5.000 (Samper, 1925, I, 229). El cultivo del señor Eder se suspendió por no cubrir los gastos de transporte (Eder, op. cit., 438-439).

 

Ecuador.

La relación de Otavalo de 1582 dice que en la parcialidad de Coangue de esa jurisdicción el añil era nativo y usado (J. da la Espada, 1897, III, 119).

Según aparece de una cédula de 6 de diciembre de 1596, en términos de Guayaquil había por lo menos tres rozas "de la yerba de tinta de añir", para las cuales el oidor Auncibay, en asocio de algunos de sus colegas, había dado indios mitayos (Garcés G., 1935, I, 543-544). Esto debió ocurrir algunos años antes. Pero en 1765 se importaba de Guatemala para la industria textilera del altiplano (Flores y Caamaño, 1925, 2; Alcedo y Herrera (1766), 1915, 20).

El Ecuador tampoco fue inmune al movimiento general productivo de la segunda mitad del siglo XVIII en todas las colonias españolas. Se exportó, pues, añil, aunque en pequeña cantidad. Procedía de la provincia de Esmeraldas (González Suárez, 1894, V, 456-457, 470).

 

Amazonas.

También había añil en las vertientes orientales de los Andes a fines del siglo XVI (Ortiguera, 1909, 376?). Como cosa general, sin entrar en detalles de lugar, se dice en 1624 que en el Amazonas hay "añil de Indias" (Silveira, 1874, 31). No fue desconocido a los misioneros jesuítas de Maynas (Figueroa, 1904, 406). Todavía en 1740 no se cultivaba (Magnin: RI, 1940, I, 171); aunque hacia 1776 las indias usaban para teñir sus telas la tinta obtenida de plantas parte espontáneas, parte cultivadas (Veigl, 1789, II, 55). Aunque lo había silvestre en el Caquetá (Zawadzky, 1947, 139), el sistema de vida en la selva no era favorable para este tipo de actividades.

Pese a las promesas de ayuda de la corona portuguesa desde el último cuarto del siglo XVII para quienes plantaran y beneficiaran añil, nadie lo había hecho hasta mediados del siguiente (ABAPP, 1902, I, 97-98; 99-100; 1904, III, 180-181; 203-205; 253). Hacia 1774, en Aleares, Solimoes, apenas se empezaba a emprender este cultivo (Ribeiro de Sampaio, 1825, 36). Sí se cultivaba entonces en Barcelos, Río Nego (Ibid., 104; Rodrigues Barata (1799), 1944, 20; 41, 78).

En el sector amazónico de Breves se plantaba un poco a mediados del siglo XIX para teñir las totumas historiadas en que fue célebre esa localidad (Bates, 1962, 138).

 

Perú.

Las cartas y relaciones del licenciado Montesinos fueron escritas con tinta azul extraída de Indigofera (J. de la Espada, 1897, IV, lxiv; Yacovleff y Herrera, 1935, II, 87).

Pero nunca se produjo en escala industrial, y el necesario para la tintorería de telas se importaba de Guatemala y Nicaragua (Anónimo, 1958, 53; 114-115). En el oriente se plantaba caseramente (Spruce, 1908, II, 38).

 

BIXÁCEAS

 

000 --Bixa Orellana L.

(Véase numeral 158, capítulo XIII, tomo II, pp. 210-213).

Caituco, caitoco, en la Guayana venezolana (Alvarado, L., 1953, 651, y también cartuco (Pittier, 1926, 314).

Kuxub, en maya (Roys, 1931, 318). Nótese la semejanza con los nombres que siguen.

Kúsuwe, couseve, couchéhue, coucheve; úise; úse, en caribe y dialectos (Goeje, 1909, 54).

Oriana, en la Guayana holandesa (Berkel, 1942, 32, 95). Ipyáku, en jíbaro (Karsten, 1935, 123-124, 132).

Jumbo, en el Marañón (Maroni, 1889, 146).

Otros nombres indígenas en el numeral indicado.

 

A) Pintua corporal.

a) El achiote se compone, fuera de ácidos grasos palmítico, esteárico, arachídico y oleico (Harris, 1927, 14, 8), de dos sustancias colorantes, la ORELLINA, amarilla, soluble en agua, y la BIXINA, roja, insoluble en el agua, pero soluble en las grasas. A esta última sustancia se le deben las propiedades de defender la piel contra las radiaciones lumínicas, sin que aumente la temperatura periférica (Ozorio de Almeida, 1931, 3-8)

Para facilitar la conservación de la pasta y la aplicación del colorante en el momento deseado, o para reforzar su acción defensiva, especialmente contra insectos, se le adicionaron a la sustan cia colorante uno o varios aceites, resinas o ceras que le impartían los efectos secundarios deseados.

Los aceites que se usaron en Sur América fueron animales o vegetales. Entre los primeros, quizá el más socorrido fue la manteca de tortuga, que se podía obtener regularmente en grandes can tidades, y favorito en cl Orinoco (Torre Miranda, 1890, 95). Los jívaros usan la enjundia del TAYU, o sea el mismo pájaro llamado GUÁCHARO en Venezuela y Colombia (Steatornis spp.), y en este caso le dan a la pasta resultante el nombre especial de ARATINYU (Karsten, 1935, 428).

El aceite vegetal más usado ha sido el obtenido de la Meliácea Carapa guyanensis Aublet.., cuya área de dispersión es muy extensa en América tropical. Así lo hacían los cumanagotos (Ruiz Blanco, 1892, 56), y los guayaneses (Berkel, 1942, 78; Fermín, 1769, I nota 45-46; Schomburgk, 1922, I, 157, etc.). Los caribes tenían nombres diferenciales para la pintura, según que estuviera sin disolver o disuelta (Breton (1666), 1900, 347, 390). En la Guayana, después de introducida la higuerilla, se usó también con el mismo objeto (Fermín, loe. cit.).

Fuera del aceite, se incorporaban a la pasta del achiote resinas u óleoresinas, cuyos efectos parecen haber sido múltiples: reforzar la consistencia del bolo; hacerlo inatacable por hongos; aromatizarlo; inhibir el nacimiento de vellos, tan repugnados por los amerindios, y finalmente, por acción antibiótica, contribuir a la rápida cicatrización de heridas, rasguños y magulladuras. Así se entiende mejor un pasaje que sobre la virtud del achiote para evitar desmayos cuando brotaba la sangre de las heridas de combate, se vio al principio de este capítulo.

No son muy explícitas las fuentes, pero parece que algunas tribus se untaban primero la resina, y luego se aplicaban la bija con las manos impregnadas en el aceite solvente; otras mantenían la mezcla lista.

Las resinas usadas de preferencia para dicho objeto procedían de varias Burseráceas. En las Guayanas, de Protium heptaphyllum (Aubl.) March. (= Icica heptaphylla Aubl.), y quizá otras especies del mismo género o de géneros afines (Farabee, 1918, 83; Cuatrecasas, 1957, 390-391). Es casi seguro que la resina de árboles que huele, a que se refiere Jorge Robledo en la cuenca del Cauca (véase adelante), era una de las llamadas "carañas", quizá Bursera graveolens (H.B.K.) Tr. et Pl. (Cuatrecasas, op. cit., 430). También se han señalado la Rutácea Amyris balsamifera L. (Schomburgk, 1922, I, 287); la Humiriácea Humiria balsamifera (Aubl.) St. Hil. y ver. (Schomburgk, loe. cit.; Cuatrecasas, 1961, 87-118), y la Cesalpinácea Hymenaea courbaril L. (Schomburgk, vol. cit., 157).

En cuanto al olor, el de las sustancias balsámicas empleadas era agradable a los indígenas y repelente para algunos europeos "huelen mal, y a los indios les es grato aquel olor" (Oviedo y Valdés, loc. cit.; Gilii, 1965, III, 84).

b) La aplicación de la pintura era uno de los rituales cotidianos más importantes entre los indígenas, y una de las tareas en que ponían el mayor cuidado. En ciertas tribus los hombres se pintaban solos; en otras, el enjalbiego estaba a cargo de las mujeres (Du Tertre, 1958, II, 368; Abbad, 1959, 23). Los carijonas del Putumayo mantenían en sus viviendas una barra de achiote "cuando quieren hacer uso de ella, se untan las palmas de las manos con aceite de campa, que frotan sobre la barra de achiote; el color se disuelve muy pronto en la materia grasa, y basta pasar la mano por el cuerpo para ponerse encarnado como un cangrejo o como un soldado inglés. Las mujeres pintan a sus maridos, y cuando han acabado, se embadurnan todo el cuerpo con el color restante" (Crévaux, 1878, 258).

c) En la isla Fernandina fue donde observó Colón por primera vez indios que llevaban una tierra bermeja (pues así es el aspecto de la bija preparada) que, después de amasada, usaban para pintarse el cuerpo. Luego en la Española, desde el 3 de diciembre de 1492, vio el uso de colores rojo, blanco y negro, el primero predominante, como una defensa contra el sol (Navarrete, 1954, T, 99; 123, 139; Colón H., 1947, 95). En el segundo viaje, el doctor Alvarez Chanca observó lo mismo en la Española (Navarrete, op. cit., 194).

La acción meramente protectora de la piel fue la que primero se reveló en las Antillas mayores, donde las tribus eran por lo general pacíficas (Du Tertre, 1958, II, 369; Abbad, 1959, 23). Pero cuando los españoles empezaron a enterarse mejor de las costumbres indígenas, sobre todo después de que se descubrió el continente, se fue haciendo evidente que aquél era apenas uno de los fines del revestimiento corporal. Para mediados del siglo XVI se sabía ya que el uso deI achiote tenía algo de ceremonial y mágico, quizá como símbolo de la sangre, y estaba por consiguiente asociado también con la guerra (Casas, 1909, 36; Oviedo y Valdés, 1959, I, 253; Gómara: Vedia, 1946, I, 173), con expediciones de caza y con otras actividades. La afición de los indígenas americanos aI rojo (Berkel, 1942, 23; Gilii, 1965, II, 295; 66-67), se debería al carácter mágico protector que ese color tiene entre todos los pueblos primitivos (Camarero, 1960, 5, 8-9, 16).

Cuando llegó Pedro Fernández de Lugo a encarcarse de la gobernación de Santa Marta, un capitán y tres indios de Bonda bajaron a entrevistarse con él, "todos desnudos en cueros, sin trae: cosa sobre sí, sino era mucha bija, betún colorado con que se tiñen todo el cuerpo en tiempos de sus regocij os o de guerras... " (Aguado, 1916, I, 142; -----, 1956, I, 190. Como se ve sólo se) menciona el uso ceremonial.

Los indígenas del norte de Antiquía se embraban para ir al combate (Castellanos, 1955, III, 669. Lo mismo hacían los muzos (Aguado, 1917, II, 325; -----, 1957, II, 222, en el Ecuador y interandino (J. de la Espada, 1897, III, 159).

En la cuenca del Cauca la pintura con bija se asimilaba a vestido. El cacique Chicha de Arma arriba fue a resentarse a Jorge Robledo a requerimiento de éste, "todo el cuerpo untado con una resina de árboles que huele [caraña?] e por encima dado con un polvo que se llama VIXA es colorado de árboles, es para defenderse del sol y aprieta mucho las carnes" (Robledo, J.: Cuervo, 1892, II, 402; -----: Jijón y Caamaño, 1938, II, Doc. 94). Asimismo el cacique de Murgia del Cauca medio, se presentó al jefe español, "todo pintado de VIJA, que parecía un mostruo" (Ibid. Cuervo, vol. cit., 405; Jijón y Caamaño, vol. cit., 97). Los umbras o ansermas, en sus ceremonias funerarias, "después de muy seco [el cadáver, que se ponía a tostar a fuego lento], le invijan con aquella vija colorada quellos estando vivos se ponen" (Ibid.: Jijón y Caamaño, vol. cit., 69).

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FIG. 31. Ramilla de achiote (Bixa Orellana L.), con botones, flores y frutos. Dibujo de Harold Rodríguez, sobre material vivo obtenido en Cali.

Los muiscas, al emprender la construcción de una vivienda, y con mayor razón en templos y fortalezas o estacadas, clavaban postes untados de bija (Castellanos, 1955, IV, 187; Simón, 1953, I, 298).

El mántur era planta sagrada para los indígenas del Ecuador (González Suárez, 1890, I, 148). "Con ella [sustancia] se pintan el cuerpo los indios bárbaros" (Velasco, 1927, I, 60).

Tan general era el uso de la bija entre los indios, que los españoles aprendieron a adivinar la presencia de aquéllos por el olor. Así se hace constar en varias fuentes. El tratadista militar Vargas Machuca lo establece claramente (Vargas Machuca, 1599, 92). El olor de la bija y de su hoja quemada los denunciaba en las alertas de Santa Marta (Castellanos, 1955, II, 352). En la campaña de Gaspar de Rodas contra los nutabes y catíos del norte de Antioquía, se hacían evidentes por el olor de la bija (Ibid, 1955, III, 600), aun para los perros de los españoles (Simón, 1953, VII, 88). Los pijaos también la usaban, y a pesar de ser tan admirables y cautelosos guerreros, no omitían la costumbre de untarse de bija, pese a que por el olor eran descubiertos (Ortega Ricaurte, 1949, 207; Simón, 1953, IX, 26, 37).

El olor del achiote entre las tribus de Santa Marta, ahuyentaba a los sahinos o puercos de monte (Julián, 1787, 161; Groot, 1890, II, 50).

Que el uso de la bija estaba estrechamente asociado con las creencias místicas y religiosas de los indios, fue percibido y conocido perfectamente por los doctrineros, curas y misioneros espa ñoles, que trataron por todos los medios de extirpar la costumbre. Entre los reglamentos establecidos por el P. Diego Francisco de Altamirano, superior de las misiones jesuíticas de Maynas, en 1696, hay este, concerniente a los indios de La Laguna: "no se pinte como en su gentilidad con achiote, jagua u otros colores de aucas; y esto no se consienta sino raras veces" (Jouanen, 1941, I, 628-629). Tampoco en la cuenca del Orinoco dejaban a los indios pintarse con ONOTO, según el informe reservado de Eugenio de Alvarado, correspondiente a 1766, "punto que miran los Padres con cristiano celo, pues de tales abusos se sigue una continuada memoria de sus pasados desórdenes" (Cuervo, 1893, III, 145). En la tendencia de todos los misioneros de hacer vestir a los indígenas, quizá tanto hay la intención de salvaguardar el llamado "pudor", como lá de hacer difícil o imposible la pintura corporal, asociada a motivaciones de índola religiosa.

La pintura con achiote, aunque pudo ser una costumbre consuetudinaria, para defensa de la piel contra insectos y contra la excesiva radiación solar (y sobre esto faltan investigaciones cien tíficas), también estuvo sujeta en las diversas tribus, a variaciones que indudablemente reflejaron móviles de otra índole. Por ejemplo, la pintura podía ser total, incluyendo el cabello, como la hacían los caribes del Orinoco (Bueno, 1933, 61) y como la hacen todavía los colorados de la costa ecuatoriana; o parcial, o nula. Los indios Iquitos fueron llamados también puca-umas o cabezas-rojas, por su costumbre de rapárselas para pintarlas con achiote (Jouanen, 1943, II, 423). Los arawakos prefieren tatuarse (Schomburgk, 1922, I, 174-175). En el río Nappi de la Guayana inglesa, los indígenas se pintaban de diversas maneras en señal de luto: de pies a cabeza los más allegados al difunto; sólo pies, piernas y brazos los que tenían un parentesco más lejano; y los demás de la casa, sólo manos y pies (Ibid., 330). La pintura de bija era también señal de luto entre los macusis (Ibid., 1923, II, 219).

Imbelloni sostiene que el urucú se encuentra siempre al oriente de los Andes (Pardal, 1937? 18). Pero cuando los españoles; durante los primeros viajes de Francisco Pizarro, exploraron la cos ta colombiana del Chocó en el Pacífico, en Pueblo Quemado los indígenas andaban untados de bixa y de otra sustancia de color amarillo (Cieza, 1960, 154). En una representación hecha por el franciscano fray Dionisio del Camino en 1730 sobre los chocoes del Atrato, recomienda que "por ningún pretexto permitirán [los doctrineros] que los indios ni indias anden pintadas las caras ni los cuerpos con bija ni jagua, por lo que se han reconocido que tienen de abusos y maldades en eso, y ser costumbre gentil... " (BHA, 1956, XLIII, 250-251). También cuando los yurumanguíes fueron descubiertos en el siglo XVIII, se encontró entre ellos la misma costumbre (Jijón y Caamaño, 1945, IV, 497). Todavía lo hacen los cayapas y colorados de la costa ecuatoriana.

Las virtudes mágicas de la bija están muy bien documentadas para los jíbaros y capelos. La planta misma se considera mágica (Karsten, 1935, 380), e imparte protección al individuo en muchas circunstancias de la vida cotidiana: a las mujeres sembradoras, las defiende de influencias dañinas (Ibid., 58, 127; 138); a las estacas de yuca y semillas de maní que siembran, las hace germinar bien (Ibid., 128; 137-138); a los que preparan el veneno de flechas, para que ellos no sufran hechizos ni el veneno pierda su eficacia (Ibid., 154); en expediciones (Ibid., 167), especialmente en las de caza, en que aún los perros son sometidos a la operación (Ibid., 163-164); al entrar a una casa, como defensa contra los hechizos de sus ocupantes, así como para reforzar la propia virtud de atracción (Ibid., 410; 437-438); en la fiesta final de la victoria, después del prolongado ritual de la preparación de las cabezas-trofeos (Ibid., 334; 340; 361); como aldehala de otras prácticas en la curación de enfermedades (Ibid., 428; 421-422). Aun amuletos y objetos de uso ceremonial son impregandos de bija a modo de refuerzo de su virtud y potencia (Ibid., 215; 214-2I 5; 235; 296; 297; 361; 421-422).

 

B) Tinte industrial.

Los usos cosméticos, ceremoniales y culinarios (sobre esto último véase Patiño, 1964, II, numeral 158, pp. 210-213), no agotan las posibilidades de Bixa Orellana como planta tintórea, casera o industrial. La enjuagadura del arilo de la semilla arrastra la orellina, que como se ha visto es soluble en el agua y da color amarillo. Cuando se quería teñir de rojo, se usaba todo (Andrade, 1926, I83).

Estas propiedades eran conocidas y usadas en la época prehispánica. "Los rescates de que estos indios [chitareros] usan es algodón y bija... de la cual hacen un betún que parece almagre o bermellón con que se pintan los cuerpos y las mantas que traen. vestidos", pues vivían en clima frío (Aguado, 1916, I, 589-590; -----, 1956, I, 466; Castellanos, 1955, IV, 286; Simón, 1953, II, 187; Nectario María, 1959, 505).

De los dos tipos endémicos en Santa Marta en el siglo XVIII, uno se usaba en culinaria; "el otro es el llamado ACHIOTE DE VI JA, porque es más encendido y craso, y se aplica para ciertos tintes" (Rosa, 1945, 314). "Esta misma color si la mezclan con orines, y vntan alqun lienço, es ymposible quitarse aunque con mucho cuidado lo estreguen, aviéndose secado primero al sol" (Ximénez, 1888, Méx., 51), cosa sabida en toda América (Cobo, 1891, II, 589-590; -----, 1956, I, 254-255).

Los caribes de la Guayana lo han usado para teñir sus famosas hamacas (im Thurn, 1883, 316), y varias tribus del mismo sector, para colorear los objetos de cerámica de su ajuar (Schomburgk, 1922, I, 204; Farabee, 1918, 25). Los jíbaros y canclos del oriente ecuatoriano cón bija colorean sus vasijas (Karsten, 1935, 101, 102); hilos (Ibid., 288); telas de corteza (Ibid., 89), ruanas o ponchos (Ibid., 88) y tejidos de algodón; en este último caso la operación está a cargo de mujeres, aunque la tejeduría sea labor masculina (Ibid., 104). En el Amazonas, el color rojo de las cuyas o totumas pintadas, se dio con urucú (Bates, 1962, 138).

Los europeos aprovecharon sin demora este elemento de cultura material. Cuando se acercaba en 1538 la avanzada de Nicolás de Federman por Pasca hacia la sabana de Bogotá, Lázaro Fonte envió a Quesada un mensaje, escrito en cuero de venado: "la tinta era hecha del betún que llaman bija, que era colorada" (Aguado, 1916, I, 360; -----, 1956, I, 322; Castellanos, 1955, IV, 286; Simón, 1953, II, 187). El acta de fundación de la ciudad de Tunja y las de las primeras sesiones del cabildo (1538? 1539?) se escribieron con tinta de bija (García Samudio, 1952, 103-104). Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que dicho nombre parece haberse aplicado también a la chica (véase adelante).

Organizada la industria textil en las colonias españolas a base de mano de obra y de procedimientos indígenas, se incrementó el consumo de materias tintóreas, y aun se difundió el uso del achiote a otros continentes. Se enviaba desde Méjico hasta la China, "donde se vende muy bien para teñir sedas, y otros ministerios" (Vázquez de Espinosa, 1948, 221).

 

C) Otros usos.

"La corteza [del achiote] es muy acomodada para haber sogas y maromas que sean [son?] mas recias que las del cañamo" (Ximénez, 1888, Méx., 50).

El leño sirve para encender fuego, frotando dos trozos uno contra otro (Ximénez, loc. cit.; Anónimo, 1788, II, 179; Cobo, 1891, II, 53).

Los usos culinarios se han estudiado en el volumen II.

 

D) Cultivo.

Martius, quien viajó extensamente por el Brasil, dice no haber visto urucú silvestre en parte alguna, como sí el falso urucú o urucurana (Martius, 1843, 124-125; -----, 1939, 245). Se ha sugerido que Bixa orellana se deriva de B. excelsa Gleas et Krukoff, del sudoeste amazónico, árbol grande de la selva que no difiere mucho del cultivado. Desde luego que el cultivo e prehispánico (Ducke, i 946, 24).

En el sur de Méjico, a principios del siglo XVII, "estiman mucho los yndios este árbol, y assi le siembran cerca de sus casas" (Ximénez, 1888, Méx., 50).

Un viajero que estuvo el 28 de enero de 1583 en el caserío del cacique Camachutay, en el arcabuco de Cachihate, entre los ríos Casanare y Meta, observó que había allí mucha bija, "y te nían puestos los árboles de ella como arriates de España" (Ojer, 1960, 182), lo que indica preparación elaborada del terreno. Aunque en el siglo XVIII se habla de árboles silvestres de onoto a orillas del Cuchivero, cerca del cerro Acarigua (Ramos Pérez, 1946, 281), quizá eran sólo relictos de antiguos establecimientos indígenas, abandonados por la persecución y guerras ocurridas en el bajo Orinoco y sus tributarios, como consecuencia del comercio de esclavos indios. Esta era una de las plantas en cuyo cultivo más se esmeraban las tribus orinoquesas (Gilii, 1965, I, 199-200).

Conocido el aprecio en que tenían el achiote los pijaos, el capitán Bocanegra en sus campañas de tierra arrasada, les talaba los árboles que mantenían cerca a sus viviendas (Tascón, T. E., 1939, 130, 194).

Los bororos del Brasil, según informes del doctor Barbosa Farías, de la Comisión Rondón, seleccionan cuidadosamente los árboles para la propagación, utilizando sólo los de hojas más gran des, con semillas (frutos?) de color rojo intenso (Andrade, 1926, 184). Cogen para beneficiar los frutos maduros, antes de que se abran (Ibid., I 83).

En el alto Amazonas, aunque hubiera poco de otras plantas, de achiote siempre tenían uno que otro pie los indígenas alrededor de sus moradas (Magnin: Rt, 1940, I, 180; Spruce, 1908, II, 124).

Lo mismo ocurría con las tribus guayanesas, entre las cuales el urucú es planta selectiva, lo mismo que el algodón (Schomburgk, 1922, I, 139; 1923, II, 118; im Thurn, 1883, 205, 316; Berkel, 1942, 34).

La técnica del cultivo industrial, en plantación organizada; fue perfeccionada en las colonias de la Guayana, y llegó a un nivel que no ha sido sobrepasado después (Barrère, 1743, 97-98)

 

E) Extracción.

El proceso de extracción parece haber sido muy semejante en todo el hemisferio; la técnica indudablemente se originó en un foco cuya ubicación geográfica es difícil de determinar, y luego se expandió con la planta.

Se hacía del siguiente modo en Méjico a principios del siglo XVII: "Tomanse los granos bien maduros, y héchanlos en agua caliente, meneándolos siempre a vna mano sin cesar hasta que ayan dexado todo el color en el agua, y luego lo dexan assentar y hazen dellas vnas tortillitas, casi de la misma manera que suele hacerse en el añir... para usar dél quando se ofrece la necessidad..." (Ximénez, 1888, Méx., SO-51).

Según Cobo, quien observó el proceso en la costa sur de Méjico (quizá en Chiapas, donde el cultivo era intenso), primero se remojan y lavan las semillas hasta que suelten todo el color, que dando ellas blancas; el aguatinta se hierve hasta darle punto, espumando la sustancia que sobrenada; se cuela luego y se exprime en un paño, amasándose finalmente en bollos o panes la pasta obtenida, que se pone a secar al sol (Cobo, 1891, II, 52-53; -----, 1956, I, 254).

Más sencillo era el proceso utilizado por los indígenas del Orinoco a mediados del siglo XVIII: "puestas en infusión grandes cantidades de estos granos de achiote, después de bien lavados y estregados con las manos, queda el agua colorada, y al otro día se halla a fondo toda la tintura, y el agua otra vez con su nativa claridad; derraman el agua con tiento, y del an al sol el achiote o color, que sa quedó en el fondo, del cual, a medio secar, forman pelotas, que guardan para moler con aceite, y untarse diariamente..." (Gumilla, 1955, 358; Gilii, 1965, I, 200).

Mucho más elaborado era el procedimiento seguido en escala industrial en la Guayana francesa, en la misma época de la observación anterior, pues requería instalaciones especiales y cierto instrumental (Barrère, 1743, 96-101).

 

F) Comercio.

En Guatemala el achiote tuvo durante el régimen español una importancia económica difícil de apreciar ahora. El cabildo de la capital le fijó gravámenes por primera vez el 12 de enero de 1644 (García Peláez, 1943, I, 210). Anualmente salían de Veracruz y del Castillo del Golfo (Dulce?), sobre 35.000 libras. El alcalde Solivera de Veracruz en un sólo despacho, llegó a ganarse 50 mil pesos, suma enorme para la época. Se planteó la conveniencia de conquistar la tierra de los lacandones, por ser apta para cacao Y achiote, renglones de gran valor (Ibid., 248-249).

En las Antillas figuró este colorante como producto de exportación (Du Tertre, 1958, I, 37; O'Reilly, 1921, 108).

A mediados del siglo XVI, cuando se hizo la primera tasación de tributos en el Nuevo Reino de Granada, se dispuso que en cada región se pagaran con los frutos y producciones locales. Aunque todavía se reafirma el uso ceremonial, ya se valoraba el achiote como objeto de comercio e intercambio (Aguado, 1916, I, 532; -----, 1956, I, 422).

Entre los malibúes de la región de Tamalameque, según relación de 1579, la bija, con la caraña, a que llamaban localmente NAPO y que se untaban para que aquélla ""no se quite tan pronto"", eran artículos que se vendían recíprocamente los que tenían de la una y carecían de la otra (Latorre, 1919, 27-28).

A Pimampiro, localidad situada en el alto río Mira, actual territorio ecuatoriano, traían a veces BANDUL para negociar los indios coronados que moraban a espaldas de la cordillera hacia Quijos (J. de la Espada, 1897, III, 129).

El comercio del onoto fue también activo en el sector oriental de los Andes (Ojer, 1960, 184). El uso generalizado entre las tribus selváticas, menos sometidas a la influencia europea que las andinas, así como la facilidad de transportar la pasta por su reducido volumen, y la demanda de los extranjeros que ocupaban las colonias guayanesas, todos fueron factores favorables. En el Orinoco, algunas tribus lo utilizaban como signo de trueque para obtener calabacillos de aceite de palma (quizá Jessenia) (Rivero, 1956, 151). Los sálivas de Carichana sacaban onoto en bolas, que constituían el fuerte del comercio local, a mediados del siglo:VIII (Cuervo, 1893, III, 209). Los holandeses lo cambiaban a los indios por armas y otras manufacturas europeas (Ibid., 486).

En Berbice y Demerara el comercio era activo con los indígenas desde el siglo XVII, constituyendo el ORIANE el segundo renglón de exportación, después del azúcar (Berkel, 1942, 19; 32; 95; 106). En esas dos colonias, lo mismo que en Esequibo, se continuaba produciendo a fines del XVIII (Bueno, 1933, 99). Durante la dominación inglesa, a principios del siglo siguiente, se incrementó la producción; pero después de 1838 en que se decretó la manumisión de los esclavos, los cultivos se arruinaron y fueron abandonados, como uno que existió en el Pomerún (Schomburgk, RH., 1840, rota 99; Schomburgk, 1922, I, 193; 1923, II, 338).

En Surinam se hicieron tentativas de cultivo con resultados irregulares, al principio del siglo XVIII, y después con éxito. En 1707 se exportaron 100 libras; en 1714, 6.865; en 1715, 4.429; en 1716, 4.700, y en 1745, sólo 565 (Anónimo, 1788, II, 88, 90; I, 69, 70). Llegó a competir con el azúcar como principal producto exportable (Ibid., II, 85, 116-117;188).

En Cayena o Guayana francesa, el urucú era uno de los cuatro principales rubros del comercio de extracción (La Barre, 1666, 32), y ascendió al primer lugar en el siglo XVIII (Barrere, 1743, 46, 35, 97; 96-101;.Bajon, 1778, 1I, 394-396).

En el Amazonas, con antecedencia a la ocupación portuguesa, comerciantes holandeses e ingleses contrataban activamente con los indígenas, tan arriba como el Tapajoz; uno de los artículos de esa contratación era el urucú (Acuña, 1942, Bog., 103; Heriarte (1662), 1874, 11, 37; J. de la Espada, 1889, Teix., 118; Williamson, 1928, 68, 69, 88). Este comercio amazónico duró hasta bien avanzado el período republicano. En 1852 salió de Belem el científico Wallace, rival de Darwin; el barco que tomó y que se incendió en alta mar, llevaba un cargamento de urucú para Inglaterra (Wallace, 1939, 505).

En el alto Amazonas la contratación fue más modesta. Aunque casi todos los indígenas cultivaban el urucú (véase atrás), ciertas localidades, como Santiago y Boma al pie de los Andes, se distinguían por la abundancia de este fruto (Magnin: RI, 1940, I, 171; Figueroa, 1904, 406; J. de la Espada, 1889, Mar., 112, 146). Los indígenas de Borja estaban obligados, según el arancel impuesto a raíz de la fundación de esa localidad por Vaca de Vega, a vender la libra por medio real. El padre jesuíta José Albelda (ya la prohibición de su cofrade Altamirano no se tenía en cuenta), llevó a vender desde las misiones de Maynas a Lima, en 1728-1730, una cantidad de achote para traer en cambio hierro, cintas y algún dinero (Jouanen, 1943, II, 395 nota, 431).

 

BIGNONIÁCEAS

 

185. --Arrabidea chica (H.B.K.) Verlot (= Bignonia chica H.B.K.)

Arrabidea spp.?

Chica, quizá nombre chibcha, que quedó consagrado en la nomenclatura botánica.

Bariquí, bariquiza, barquís, en la región centro-norte de Venezuela (Alvarado, L., 1953, 39, 40) (véase adelante). Quinora, en muzo (véase adelante).

Craviri, en tamanaco; kiraaviri, en maypure (Gilii, 1965, I, 200-201; Humboldt, 1941, III, 353; Alvarado, L., 1953, 145). Cráviri (tamanaco); careweru (macusi A); klawíru (kaliña); kalawítu (H.-U.); kaláiru (arawak) (Goeje, 190, 53).

Carajurú, crajurú, en Río Negro (Wallace, 1939, 568), del tupí (Goeje, loc. cit.), con las variantes oajurú, guajurú; carcurú; abajerú, guarapurú, en el norte brasileño (Ande, 1926, 188).

Cariacru, en waica (Schomburgk, 1922, I, 156).

Cariaru, en Guayana francesa (Barrere, 1743, 197).

Pucapanga maransolá (puca= colorada; panga= hoja, préstamo del quechua); pucacunga chica; tariri pwitana, la planta; carabiru, carahuiru, la pasta ya preparada, en omagua y yameo, idiomas tupíes del oriente peruano (Espinosa Pérez, 1955, I, 313; 407; 498). Véanse adelante Mag. Maroni.

Tai, la planta; karawíra, el pigmento, en jíbaro (Karsten, 1935, 428).

Piranga, en tupí (Martius, 1843, 124-125). Significa "rojo"

Me-ké en makú? (Schultes: muestras de herbario).

Bija, en algunas partes de Colombia (Pérez Arbeláez, 1947, 462). Establece confusión con Bixa orellana L..

La chica como planta cultivada se conoció en Sur América en cl hemisferio norte a la llegada de los europeos, y en el hemisferio meridional sólo al oriente de la cadena andina. En la región primeramente citada predominó la forma típica, de hojas anchas; en la segunda, las de hojas angostas. Ambas se multiplican por estaca (Ducke, 1946, 9; 17).

La sustancia colorante de la chica, extraída de las hojas, es insoluble en el agua y soluble en alcohol, éter y álcalis; se reduce en presencia de glucosa y en medio alcalino, tomando un bello color violeta (Andrade, 1926, 188-189).

 

1. -Pintura corporal.

La relación de Caracas de Juan, de Pimentel, hecha en 1578, describe los ayunos a que se sometían los candidatos a piaches o brujos, y la cerrmonia con que la comunidad indígena los acep taba como tales, a la cual todos los indios de la vecindad asistían. "untados con çierto género de retina que llaman ORCAY y MARA semejante a trementina y sobre ella y sin ella se ponen e pintan de colorado que es como bermellon quo ellos llaman bariquiça hecha de hojas y de cortezas de arboles... " (Latorre, 1919, 77; Arellano Moreno; 1950, 77). La relación de Barquisimeto de 1578 expone que allí también algunos indígenas so untaban con "barique que es a manera de almagra aunque mas fina color..." (Arellano Moreno, op. cit., 124, 150). El nombre de esa ciudad de la Nueva Segovia, que se escribió Bariquisimeto durante el siglo XVI y principios del siguiente (Nectario María, 1952, 118, 163), conserva el radical BARIQUI, quizá más lógico que el de BALÍCHI, ceniza, sugerido por otros autores (Alvarado, L., op. cit., 378). Todavía a mediados del siglo XVIII, los indios no reducidos de esta porción central de Venezuela; "cuajan una especie de tinta, llaman Barquis, es encarnada obscura, y los pintores la usan para sombras" (Cisneros, 1950, 23). El nombre de BARIQUÍ para Arrabidea chica persiste en dicha área hasta, nuestros días, como se deduce de una muestra botánica colectada en Los Pocitos, Tocuyito, Valencia, en 1941 (USNH: José Saer, 795).

En la relación geográfica de Trinidad de los Muzos, de 1582, se enumeran las plantas tintóreas que usaban --mediante cultivo --los indígenas. Después de identificar con precisión la Bixa orellana, añaden los expositores: "tanbien hazen otro color colorado con hojas de vn arbol que tienen y cultiuan los naturales que llaman QUINORA [.] las hojas deste arbol coçidas y puestas al sol se bueluen coloradas en secardose y después de secas bueluen a coçer y cuelan aquel agua y queda muy colorada y la sustançía deseas hojas pegada al paño y raspan aquella sustançia y la echan en vna vasija y la cueçen y luego la echan en vnos hoyuelos que tienen hechos en çeniza y de allí salen pares que es la bija con que ellos se vntan los rostros para pareçer mas ferozes..." (Morales Padrón: AEA, 1958, 613). Excepto por hablar de un árbol y no de un bejuco como es A. chica --detalle que bien puede disculparse por cuanto parece referirse también al mismo tiempo a Bixa orellana --todo lo demás está conforme con la práctica generalizada en el resto de América equinoccial, relacionada con el cultivo y beneficio de esta planta.

Pintura corporal roja, extraída de un bejuco, usaban los cunas del Darién en el siglo pasado (Restrepo Tirado: Water, 1888, 119). No son seguros los datos, ni están confirmados en otras fuentes concernientes al área, quizá por la intensa aculturación de quo ha sido objeto ese grupo; si lo fueran, esta sería la región más occidental de la chica

Los guajiros se ponen en el cuerpo una pintura roja, que llaman "palí-isá", extraída de las hojas de un árbol (?) dicho PARÍA, que parece idéntico a Arrabidea chica (Jahn, 1927, 176). Obsérvese la similitud de este vocablo con BARIQUÍ, BARQUIZA, BARQUÍS, de la vecina Venezuela.

En un informe de 1766 sobre las misiones del. Orinoco, se apunta que en la localidad de Raudal, fundada en 1747, los indígenas atunes y maypures comerciaban con los guaipunabis establecidos más arriba de la confluencia del Atabapo: "los Guapunabis dan plumas de chica, que es una especie de carmin bastardo que tiñe mejor que of Anoto de los Salibas, el cual aunque fabrican también los Guagibos, r_o es tan limpio ni estimado como el de los Guaipunabis" (Cuervo, 18Q3, III, 215; Gilii, 1965, II, 267-268). Otro informe de 1771 sobre estos últimos trae los siguientes datos: "Se cortan el pelo hombres y mujeres tanto que no dejan presa en él al enemigo; ni puéden hacerla en parte alguna del cuerpo porque se huntan todo él con manteca de huevos de tortuga o de una fruta que llaman CARPA, con la que mezclan un almidon rojo corno el carmin que le llaman CHICA y así quedan colorados como un tomate... pero el objetó primario de la untura general [fuera del adorno, con que remedan el vestido de los europeos] es preservarse de las picadas de los mosquitos..." (Altolaguirre, 1908, 278279).

Los caribes deI Orinoco usaban la manteca de tortuga para guisar "y para huntar su cuerpo diariamente, mezclando un almidón royo con que se preservan de los mosquitos" (Ibid., 302). Otras tribus tomaron la costumbre de los caribes (Gilii, 1965, II, 67-68). También los piaroas a fines del mismo siglo XVIII sacaban pelotas de chica y de caraña para pintarse la cara y el cuerpo, y las iban a vender lejos (Bueno, 1933, 68). Esta chica era artículo de lino, que no estaba al alcance de todos. La planta se cultivaba cuidadosamente (Gilii, 1965, I, 200). Como el achiote, producido en mayor escala, constituía un virtual monopolio de los misioneros capuchinos. "Los caribes y otomacos se pintan solamente la cabeza y los cabellos con chica; pero los sálivas poseen el pigmento en gran abundancia, y lo bastante para usarlo en todo el cuerpo" (Humboldt, 1941, III, 354-355). En la localidad de Maypures colectó el botánico Spruce a mediados del siglo pasado, la.A. chica, var. thyrsoidea (Spruce, 1908, I, 468).

En su viaje a los Llanos orientales hacho en 1824, Juan Bautista Boussingault observó la planta y el colorante. Según él, la pintura de chica dura más en el cuerpo que la de achiote y resiste mejor la acción de los rayos solares (Boussingault, 1903, IV, 8; 17; Rivero y Ustáriz, 1857, I, 103). Hay algunas cosas en el pasaje poco inteligibles, quizá porque los apuntes fueron hechos cuando aquél ilustre químico era muy anciano.

También era conocido este colorante corporal en las Guayanas. De Cayena se menciona a mediados del siglo XVIII, bajo el nombre de KARIARU (Barrere, 1743, 197).

En la Guayana inglesa lo usaron los waicas (CARIACRU), los caribes del Cuyuni, los macusis, arecunas y otros; pero en la extracción y preparación se especializaban los wapisianas, tarumas y macusis (Schomburgk, 1922, I, 156, 157; 204; 280; 1923, II, 114; 163; 313). La costumbre ha perdurado, aunque el consumo es mucho más restringido que el del ornato (im Thurn, 1883, 316-317; Farabee, 1918, 83; -----, 1924, 65). El colorante, al que se adicionaban resinas perfumadas, se usó únicamente para la cara (Schomburgk, 1922, I, 313).

No les fue ajena la chica a las tribus amazónicas. Entre los barrés observó un natuarlista la costumbre, para la fiesta del dabocurí, a mediados del siglo XIX. Los varones se pintaban el cuer po, los brazos y la cara; las mujeres, solamente los brazos y la cara (Spruce, 1908, I, 313; 314). En general, las tribus del bajo Amazonas hacían uso de este pigmento corporal, y también a modo de medicina (véase adelante) (Martius, 1843, 124-125).

Se ignora qué antigüedad tenía la costumbre entre las tribus altoamazónicas, pues todos los datos son relativamente tardíos sobre esta región. A mediados del siglo XVIII los misioneros jesuitas del Marañón dan cuenta de la existencia de la planta, apenas para las necesidades de cada uno, bajo los nombres de CARAVIRU (Magnin: RI, 1940, I, 171), y CHICA o CARABIRÚ entre los omaguas (J. de la Espada, 1889, Mar., 112; Figueroa, 1904, 406). Los jíbaros del oriente ecuatoriano la cultivaban para usarla cotidianamente (Spruce, 1908, II, 116-117; 124), cosa que hacen aun hoy día en ciertas circunstancias (Karsten, 1935, 235; 428; 93).

Como el área de dispersión de la chica al oriente de los Andes coincide con la del achiote, es difícil establecer en algunos casos a qué especia se refieren las fuentes, pues el nombre BIJA parece haberse aplicado desde antiguo también a la chica. De todos modos, Arrabidea es más escasa y no tan omnipresente como Bixa, y quizá por eso se ha considerado más fina y ha tenido mayor valor. No todas las tribus extraían chica, sino algunas especializadas, como se ha visto. La extracción del colorante a partir de las hojas, tal como la observaron Humboldt en Pararuma del Orinoco en 1800 (Humboldt, 1941, III, 354) y Schomburgk en 1843 en Kuiaraton, río Catuau-aru, afluente del Rupununi entre los wapisianas (Schomburgk, 1923, II, 313), no variaba fundamentalmente del procedimiento seguido por los muzos cuatro siglos atrás (véase arriba el pasaje pertinente) y del que siguen los jíbaros en la actualidad (Karsten, op. cit., 428).

No se ha comprobado si tiene la acción que le atribuían los guaipunabis, de defender contra los mosquitos, aunque esto sea dudoso (Humboldt, 1941, II I, 356-357).

 

2. -Tinte mágico.

Es indudable que la pintura corporal a base de chica, tuvo también --como en el caso de la bija --significado mágico; pero las referencias sobre esto son más escasas. Encontrándose el bo tánico Spruce una tarde de octubre de 1852 en la boca del Poapurís, río Vaupés, un rayo cayó en una vivienda indígena, derribando a sus moradores e hiriendo a uno de ellos en una pierna. A la mañana siguiente, toda persona que encontró Spruce, estaba con la cara y los brazos pintados con rayas de carajurú, como protección contra el pajé o brujo que suponían había sido el causante de la descarga eléctrica (Spruce, 1908, I, 485).

Igual asociación defensiva atribuyen a estas pinturas rojas los jíbaros del Ecuador.

Los achaguas utilizaban la chica en ceremonias de magia o hechicería, para matar enemigos ausentes: alguna prenda de éstos se mezclaba con polvos de Arrabidea y se guardaba en un calabacillo; los nombres de la mezcla, que ya indican bastante contacto con otras culturas, sobre todo el último, eran CARRAGE, MOJAN y CAMARICO. "Hecha esta diligencia, invoca el hechicero en grandes voces al demonio, y permitiéndolo Dios así, muere el ausente, más por malicia de Satanás, que por virtud y eficacia del hechizo, que, como se ve claramente, no puede tener actividad para quitar la vida, ni aun al que está cerca, por no contener veneno alguno estos polvos". Guajibos y chiricoas comerciaban con "un poco de chica o achote, que es a manera de almagra" (Rivero, 1956, 109-110; 151). Los pioches maypures usaban una estatuilla de chica, a que llamaban "minarití", e interrogaban sobre sucesos por venir (Gilii, 1965, II, 101).

La extracción entre los amazónicos estaba reservada a los Pagés o brujos (Martius, 199, 279).

 

3. -Remedio.

También se le atribuyeron virtudes medicinales a este pigmento, o más bien a las hojas de la planta. En el Nuevo Reino así se creía a fines del siglo XVII: "Es de qualidad frigidissima, y sirve en bebidas cordiales, y alivia el fuego de las calenturas" (Zamora, 1930, 39).

La chica, como el onoto, parece ser astringente y ligeramente purgante (Humboldt, op. cit., 356 nota).

Las tribus amazónicas la usaban contra la hemorragia (por magia simpáticá?) y para el impétigo (Martius, 1843, 124-125).

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