Antioquía y Cauca.

Aunque el siguiente pasme de Cieza de León ha sido reproducido por todos cuantos se han ocupado de la coca, conviene hacerlo una vez más, ya que para destacar el predicamento tan gran de que ella tenía en el Perú, toma como antecedente lo que había visto en el Sinú y en la cuenca del Cauca, donde residió varios años, muchos más que en el Perú propio. Habla de la costumbre de los naturales dondequiera que anduvo, de llevar en la boca raíces, ramas o yerbas. "Y así, en la comarca de la ciudad de Antiochia algunos usan traer de una coca menuda, y en las provincias de Arma, de otras yerbas (...) En los más pueblos de los que están subjetos a la ciudad de Cali y Popayán traen por las bocas de la coca menuda ya dicha, y de unos pequeños calabazos sacan cierta mixtura o confección que ellos hacen, y puesto en la boca, lo traen por ella, haciendo lo mismo de cierta tierra que es a manera de cal" (Cieza, 1924, 281; -----: Vedia, 1947, II, 444).

Es más que probable el cultivo entre los quimbayas, en cuyo territorio se han desenterrado calabacillos como los usados en todas partes para cargar los ingredientes del coqueo (Duque Gómez, 1963, 34; 102 y fig.; Patiño, 1964, II, 241).

El médico antioqueño Restrepo y Callejas hizo por 1882 algunos experimentos con la coca para fines terapéuticos (Uribe Angel, 1936, 125-135).

En el valle del Cauca, fosa central, el uso se mantuvo mientras subsistió la población indígena. A mediados del siglo XVI un episodio arroja luz sobre esto, pues un negro es acusado de ro bar a una india su jícara de coca en Cali (Friede, 1961, JV, 121). Para fines del período colonial (1808), cuando la población indígena se había casi esfumado, el coqueo era desconocido, pues en la capital había la planta, pero "sin particular uso ni consumo" (Arboleda, 1928, 629; Villaquirán: BHV, 1939, 61-66; 240).

Los páeces en el siglo XVII eran muy adictos al consumo de coca (Rodríguez, 1684, 25-26, 73). Todavía perdura la costumbre entre los vecinos guambianos, que llaman a la planta MAASE (Ri vet: JSAP, 1941, XXVIII, 40). Muy mal informados estuvieron los viajeros Jorge Juan y Antonio Ulloa cuando al hablar de la coca en Popayán, afirman que "crece esta de una planta endeble, y que se enreda en otra a manera de la vid", lo que los llevó a cometer el segundo error de suponer que era igual al betel del Oriente, con el cual "no tiene diferencia alguna, ni tampoco la hoja" (Juan y Ulloa, 1748, I, 468-470; 469, 470). El betel asiático es la hoja del Piper betle L., que se adiciona a la nuez de la palma areca (Areca catechu L.), usada como masticatorio (Flückiger and Hanbury, 1879, 672). Otra cosa es que quisieran decir que la coca era un masticatorio, a la manera deI betel de los orientales.

También la usaban los indios de Puracé a fines de la guerra magna (Hamilton, 1955, II, 32).

Más al sur, en Almaguer, se cultivaba coca en el siglo XVI (López de Velasco, 1894, 422).

 

Pastos.

Había coca y se consumía en la región de Pasto y de los 425 tos en la segunda mitad del siglo XVI (López de Velasco, 1894,

Los quillacingas y pastos, tribus que ocupaban el territorio hasta donde precariamente se extendió el imperio incaico por el norte, a causa justamente de su rebeldía, fueron usados como mitimaes para trabajar en chacras de coca en las regiones del sur, algunas tan distantes como Mallama, cerca del lago Titicaca (Cappa, 1890, V, 448; Sañudo, 1938, I, 9).

Durante el período colonial, iban los "pastos" a comprar la hoja o a alquilarse como camayos o mayordomos, en las chacras de coca que constituían uno de los principales renglones de Pimampiro y Coangue, en el valle del alto río Mira (J. de la Espada, 1897, III, 134; Jijón y Caamaño: BSEHA, 1918, I, 55). Este aspecto se ha tratado en la historia de las actividades agropecuarias (Pestiño, 1966, 413-414).

Los dominicos del convento de Pasto tenían cocales en la región de Sandoná, cuenca del Guáitara, a mediados del siglo XVI, y los enajenaron a las monjas de La Concepción en 1593 (Sañudo, 1938, I, 70).

 

Ecuador interandino.

El consumo de la coca --quizá con fines ceremoniales --parece haber sido antiguo en el Ecuador interandino, a juzgar por figuras de cerámica, de edad incierta, qua representan varones con los carrillos abultados y priapos desmesurados en erección (Pérez de Barradas, 1957, 220). Algunas personas que viven actualmente en Cali y Florida, Valle deI Cauca, poseen ejemplares.

González Suárez cree que la coca la introdujeron los incas después de que conquistaron eI reino de Quito, unos cien años antes de la invasión española, por medio de los mitimaes o trasplantados del sur, y añade: "Tenemos como muy probable que cortes no era cultivada"; a pesar de lo cual supone que las tribus ecuatorianas la consideraban como una planta sagrada (González Suárez, 1890, I, 164-165; 148). Esta misma suposición, de que los incas propagaron el cultivo hacia el norte, ha sido sostenida por otros autores (Mortimer, 1901, 164). Al contrario, las excavaciones arqueológicas mas bien indican un uso del coqueo en el Ecuador interandino y en la costa manabita, anterior a la conquista incaica, como elemento cultural quizá procedente del norte (Jijón y Caamano, 1914, 96-98 y lam. XV, 188 y nota; 188-189; -----, 1920, 113 y nota; 164).

Cuando los españoles llegaron al altiplano, ya era el coqueo una costumbre tradicional, que -lo mismo que en el Perú- fue aprovechada como recurso económico y f fiscal. El 27 de enero de 1551 el cabildo de Quito estableció una diferencia en la tenencia de la tierra entre indios y españoles, buscando los antecedentes tradicionales: las de aquéllos estaban dedicadas desde el tiempo del incanato a sal, coca y ají (Rumazo González, 1934, II, 383). Mas tarde, para la tasación de tributos, también se estableció corno base el uso tradicional: los indios debían tributar en cosas de la tierra, y una de ellas era la coca (Garcés G., 1935, I, 67-68).

Donde el cultivo y comercio de la coca alcanzaron mayor entidad durante el período colonial, en el actual territorio ecuatoriano, fue en el área de los pueblos pastos, o sea la cuenca del río Mira. Uno de los lugares de producción era Quilca (J. de la Espada, 1897, III, 125, 126). Pero fue en Pimampiro donde alcanzó la plenitud. "Tienen los indios de Pimampiro [dice la relación de ese partido de Otavalo, hecha en 1582] y parte de los de Chapi sus sementeras de coca y algodón y maíz y otras legumbres(...) Son estos indios de muy poco trabajo [se entiende como mitayos o peones en fincas de españoles], por causa del rescate de la "OCA, porque están enseñados que los indios extrangeros que les vienen a comprar la coca les labren las dichas chácaras de coca para tenerlos gratos, porque no vendan la dicha coca a otros indios, y estos son como feligreses [clientes o parroquianos] que dicen. Son estos indios deste valle tenidos por ricos entre los domas naturales deste distrito, por caso del resgate de la coca, porque por ella les traen a sus casas plata, oro, mantas, puercos, y carneros y todo lo necesario que han menester; por esta causa son estos indios muy malos labradores, y los que entre ellos no tienen coca, se alquilan por días y semanas para labrar las chácaras del con que se alquilan... las chácaras de coca y algodón, que están en el valle, riéganlas con el agua del río grande(...)Los naturales desta tierra no tienen otros tratos ni grangerías sino es el de la COCA..." Permanentemente iban allí a obtenerla los indios de Otavalo, Caranque, Latacunga, Sigchos y Pasto. Los de esta última región, como se ha visto, trabajaban en calidad de mayordomos o camayos (Ibid., 129-130, 133, 134). A estos cocales de Pimampiro se refiere Ordóñez de Ceballos, que fue cura allí a fines del siglo XVI (Ordóñez de Ceballos, 1947, B. A., 289-290). En 1631 fueron acusados los jesuitas de tener en esa localidad cocales de que sacaban grandísimo aprovechamiento (Jouanen, 1941, I, 136).

Al sur de Quito, informaciones de la misma época que las de Pimampiro, establecen que en jurisdicción de Cuenca, los nativos de Paccha compraban la coca a los que la producían en los va lles cálidos. En Leoquina y Pacaibamba, en la cuenca del río Tamalaycha o Jubones, la población iba en disminución, quizá por insalubridad, "y ansí no se cría cosa nenguna sino tunas, aunque en tiempo pasado tenían toda la tierra cultivada de chácaras de coca; hoy día no la hay...'' (J. de la Espada, 1897, III, 165; 180). Había un poco de cultivo en Santo Domingo Chunchi, y algo de contratación en Alusí (Ibíd., 191, 195).

En tiempos pasados, según Salinas Loyola en su relación de 1572, los indígenas de Loja ofrecían en sus adoratorios, "especialmente una yerba que se dice COCA, de mucha estima entrellos; lo cual ya no lo hacen sino es (a) escondidas, porque se les ha advertido de la ofensa que hacen a Dios en adorar las criaturas, y por miedo del castigo con que se les ha prevenido" (Ibid., 215).

En la relación de los pueblos de la jurisdicción del corregimiento de Villardonpardo (Riobamba), de indios puruhaes, hecha hacia 1605, se habla de cultivos de coca en el valle de Pongua, a tres leguas de Hambato o Ambato; se daba mucha en Patate, y también la había en el valle de Pingila, perteneciente a la fracción de Pelileo (Torres de Mendoza, 1868, IX, 454, 461, 463).

Sobre lo arraigado que estaba el coqueo en el Ecuador interandino hay documentos notables. Uno es la carta del franciscano fray Antonio de Zúñiga al rey, escrita el 15 de julio de 1579, en que encabeza con esa costumbre de los indios las causales de que la evangelización haya sido sólo de forma y superficie, pues el uso de la coca es puramente de superstición y hechicería. Propone que se arranquen todos los cocales y se dé por esclavos a los indios que cultiven la planta. Reconoce los inconvenientes de poner en práctica esta medida, porque muchos españoles, incluyendo algunos religiosos (aunque no tanto como en el Perú), viven de esa granjería (Compte, 1885, I, 42; 43-44; 60).

Otro documento es también una carta al rey, esta vez del inquisidor Juan de Mañozca, quien es Tuvo en Quito en el período 1623-1628, contra los frailes agustinos y dominicos: "Toman, Señor, en estas dos religiones, con grande disolución, la coca, yerba en que el demonio tiene librado lo más esencial de sus diabólicos embustes, la cual los embriaga y saca de juicio, de manera que enagenados totalmente dicen y hacen cosas indignas de cristianos, cuanto más de religiosos. Juzgo que si la Inquisición no mete la mano en esta infernal superstición, se ha de perder esto... " (González Suárez, 1893, IV, 164-165 y nota 8).

 

Cuenca amazónica.

En los dominios de los pueblos de la Coca, vertiente oriental de la cordillera ecuatoriana, se fundó en la década 1560-1570, la ciudad de Avila (J. de la Espada, 1897, III, clxxii). No parece ha ber ninguna relación; pero los cofanes tenían cocales en esa época (Ordóñez de Ceballos, 1947, B. A., 268; 297).

Algo crepuscular es la información dada en 1662 por un autor portugués, de que el río Coca, al oriente de Quito, trae su nombre de una yerba que allí cultivaban los naturales con el mayor cui dado (Heriarte, 1874, 64). Quizá alguno de los portgugueses que acompañaron a Pedro de Teixeira dio la noticia.

En la época de las misiones jesuíticas (segundo cuarto del siglo XVIII), los pebas o pevas cultivaban la planta, y en la ceremonia que hacían --quizá ya sincretizada --equivalente al bautizo de los católicos, procedían así: "coxe la Madrina con los dedos un poco de coca molida y se la pone en la boca de la ahijada; pasa a hacer lo mismo con su Madre de la criatura; de ay uno por uno, a los demás combidados, acabándose essas funciones con lo ordinario de bevidas y danzas". La información es de 1740 (Magnin: RI, 1940, I, 171; 166). La región ocupada por estos indígenas era la del Ambiyacu, cerca de la confluencia con el Amazonas. Hoy es tribu prácticamente extinguida. Hay que hacer notar el uso da la hoja pulverizada, que es característico en el área amazónica.

En la localidad de Ega, elevada a Villa en 1759 (Baena, 1839, 411-412), situada en los esteros de la confluencia del Purús con el Amazonas, y poblada por los portugueses con indios "descendidos" janumá, tamuana, sorimâo, jauaná, tupivá, achouarí, júma, mamo, coretú, xama, pape, jurí, uayupí y cocrúna, del 19 al 21 de septiembre de 1774 estuvo en visita oficial, el intendente de la capitanía general del Río Negro, Francisco Javier Ribeiro de Sampaio. He aquí lo que él mismo refiere: "Entre os diversos uzos, que observei nos indios desta villa, foi hum delles o do ipadú, do qual darei as noçoes, que pude alcançar. O ipadú he humo planta de mediana grandeza, cujas folhas do tamaño das do louro[6] da Europa sâo as que servem para a composiçao chamada do mesuro nome. Torradas estas folhas se reduzem a pó em hum pilâo, misturando-se-lhe a cinza da folha da ambaubeira[7]. Deste pó subtilissimo á maneira de tabaco, e de cor esverdeada, enchem a boca com tanta quantidade, que ficâo as bochecas como inchadas, e pouco a pouco vâo engolindo o dito pó, mas renovando na boca, tantoque va¡ diminuíndo, para que as bochecas se conservem sempre cheias. --As virtudes do ipadú, dizem que sâo, aliviar o pezo do sono, semque caute damno o nâo dormir, e por isso os indios usâo principalmente de noute deste exquisito remedio, de que fazem tanto cazo, e gosto; para assim se conservarem em huma doce innacçâo, em que os Americanos, que vivem entre os Tropicos, poem o summo bem" (Ribeiro de Sampaio, 1825, 34). Es difícil saber de dónde procedían la planta y la costumbre de consumirla, pero todo hace suponer que fue de alguno de los tributarios superiores del Amazonas, especialmente el Putumayo y el Caquetá, de donde los portugueses sacaron muchos esclavos (Bates, 1962, 312, 313-314; 342). En 1857 se preparaba con muchas ceremonias el polvo de coca en el río Sapó, afluente del Jutahy (Ibid., 435).

Los huitotos cultivaban la coca a principios del presente siglo, bajo el nombre de JIPIA; y la mezclaban para tomarla, con ceniza de yarumo, o sea de idéntica manera a la observada por Sampaio 130 años atrás; aun los pocos blancos que empezaban a entrar entonces por el Putumayo, se habían acostumbrado a tomar la yerba y la andaban cargando (Rocha, J., 1905, 134; Hardenburg, 1913? 160-161). También la cultivaban y consumían los negros y mulatos de Descanse, en el alto Caquetá (Rocha, J., op. cit., 16-17).

Poco a poco la costumbre ha debido irse extendiendo por el Amazonas, con las continuas migraciones de tribus para escapar de los blancos, pues ya en el segundo cuarto del siglo XIX Mar tius la halló en varias partes, bajo el mismo nombre de ipadú (Martius, 1939, 124 nota), que se ha vuelto predominante en el Brasil (Hoehne, 1939, 151, 151-152; Ducke, 1946, 14).

A mediados del siglo XIX, Spruce registró el uso en la boca del Río Negro y entre los barrés de Camanaos (Spruce, 1908, I, 217; 313, 315; 11, 446-448).

Recientemente, se ha encontrado una variante en el uso tradicional del área amazónica, variante que consiste en la adición de la resina de la Burserácea Protium heptaphyllum March.., la misma que se solía adicionar al achiote, como se ha visto al hablar de Bíxa orellana en el capítulo XVI, a la ceniza de las Cecropias o Pourouma cecropiaefolia Mart., antes de revolver la ceniza con la hoja triturada. Esta variante se ha hallado entre los tanimukas del Peritomé, caño afluente izquierdo del Piraparaná (Schultes: HUBML, 1957, 17, N° 9: 241-246;, 1960, 166-167; Uscátegui: RCA, 1954, III, 280-286), y entre otras tribus del Caquetá (Cartagena, 1951-1953, 82; 87). Aquí la preparación de la hoja se hace siempre de noche y está reservada a los varones, lo que indicaría matices mágico-ceremoniales (Ibid., 87).

La penetración de los portugueses Río Negro arriba empezó en el primer cuarto del siglo XVII en forma paulatina, pero firme. La vaguedad de los límites con las posesiones españolas, hacía que las expediciones portuguesas se realizaran dentro de la mayor reserva posible, y que obedecieran a la hábil estrategia de ir estableciendo puestos fijos cada vez más arriba, como bases de avanzadas de gran movilidad que seguían adelante a "bajar" indios esclavos y otros productos naturales. Ello es que cuando los jesuítas españoles y la expedición de límites que subió por el Orinoco llegaron al Casiquiare, ya habían sido precedidos por los portugueses volantes que comerciaban con los indígenas o los esclavizaban (Gilii, 1965, I, 49, 50, 53, 54, 55-57; III, 118). Nada se sabe sobre el usa de la coca en esa temprana época entre las tribus del Río Negro y de sus afluentes superiores.

La lista de las tribus amazónicas que usan coca en la actualidad es bastante larga. Tessmann señala las siguientes: omagua, kokama, kampa, pánobo, kaschibo, amahuaka, nokaman, koto: piché, lamisto, kichos, aguano, bora, kandoschi, ssabela, uitoto, muinane, mayoruna, tschayahuita, tschmikuro, chebero, omurana, yagua, auischiri, ssimaku, ikito, záparo, okáima, yameo (Tessmann, 1930, 54, 72, 90, 112, 135, 165, 177, 196, 214, 226, 242, 260, 272, 285, 300, 319, 332, 372, 387, 402, 425, 448, 464, 479, 517, 539, 551, 569).

Se deben plantear, sin pretender resolverlas, algunas cuestiones que suscita el uso de ceniza de Moráceas en la cuenca amazónica, en sustitución de la cal natural u orgánica, para acom pañar la hola de coca. Aunque existen caracoles cuya caparazón pudieron aprovechar las tribus selváticas, pues varios de ellos les sirven de alimento, como los Ampulariae (Bates, 1962, 74), quizá la economía del esfuerzo o motivos religiosos les indujo a utilizar la ceniza de los árboles más frecuentes, como son Ios Cecropias. Los peruanos altoandinos usaron también el tallo incinerado de la quinoa (Chenopodium quinoa Willd.) (Cobo, 1890, I, 474). No habría que buscar el origen del uso del bayo entre pueblos que acostumbraban incinerar y reducir a polvo los huesos de sus muertos, para tragarlos con chicha u otras sustancias durante las ceremonias funerarias?

De no menor importancia es el asunto de la existencia de varices especies de Erythroxylon en estado espontáneo en la cuenca amazónica (Spruce, 1908, I, 70; II, 446). Esto plantea la duda de si el uso en lu parte serrana del Perú procedió desde el oriente, o si se desplazó a lo largo de la cadena andina.

 

Perú.

El uso del hago estaba extendido en la porción suramericana al norte de la Iínea ecuatorial, a la llegada de los europeos, como se ha visto documentalmente en los subtítulos anteriores. Este he cho quedó minimizado cuando, al ser descubierto el Perú, la atención de los recién llegados se centralizó en esa región. La coca figuró como una novedad, de la que todos se hacían lenguas "Traen una hierba, que la hoja della es menuda como la murta o arraihán[8], cuando andan en la guerra e fuera de ella, que con los polvos desta hierba se pueden sostener dos días sin comer e sin beber, con solamente traerlos en la boca; a esta hierba llaman COCA, e tiénenla en mucha estimación, e críanla con mucho regalo, y es como digo, a manera de murta la hoja, algo mayor" (Oviedo y Valdés, 1959, V, 105).

Es fenómeno conocido en la historia que los usos y costumbres de los pueblos más adelantados y de mayor influencia política o económica, se imponen sobre los de pueblos menos favore cidos, independientemente del valor intrínseco del uso o costumbre. Sobre todo la ierarquización estatal y administrativa, tan grata a los españoles, pues facilitaba su dominio sobre los pueblos indígenas, traio consigo la mayor difusión de las costumbres y ceremonias de los peruanos, que las de otros grupos suramericanos. Además, en el Perú --si disminuyó la población indígena a consecuencia de las guerras, epidemias y exceso de trabajo, como en las demás posesiones hispanoportuguesas --no fue en el grado drástico y radical de otras áreas, donde las tribus tenían menor maleabilidad para plegarse a las imposiciones de los nuevos dominadores. Así, se pudo conservar allí más vigorosa la tradición cultural. Cuando fue conquistado el Perú en 1531, los pueblos costeros de Tierra Firme (Venezuela, Nueva Granada, Panamá), a quienes se sindicó de caníbales, habían sido diezmados ya en grado increíble mediante la esclavitud sistemática. Entonces, con la gente, desaparecieron o perdieron importancia muchas costumbres antiguas.

Ahora bien, los datos conocidos hasta el momento, indican que los peruanos altiplánicos recibieron la coca desde el flanco oriental de la Cordillera andina o de las planicies adyacentes al piedemonte, región conocida como Antisuyu, en la cual el dominio de los incas fue mucho menos efectivo y constante que en las otras tres regiones geográficas del imperio (Gutiérrez Noriega et al, 1947, 20-21). Se ha atribuído al Inca Yupanqui haber establecido el sistema de cultivar coca en el oriente por medio de mitimaes, indios rebeldes de varias partes del imperio (Cieza, 1880, 63, 86, 89). Otras fuentes atribuyen al sexto inca, Inca Roca, por intermedio de su capitán Otorongo, la introducción del uso de la coca desde el oriente (Poma de Ayala, 1944, 104, 332, 154). Sea como fuere, en la época incaica el cultivo y beneficio de esta planta estuvieron confinados a las comarcas húmedas, calientes y malsanas (para los serranos) del flanco oriental de la Cordillera, especialmente en el sector más cercano al Cuzco, capital del imperio (Cieza, 1880, loc. cit.; 230; Lizárraga, 1946, 114; Anónimo, 1958, 21; 31). Pero debió ensayarse también en las zonas yungas o calientes del flanco occidental, pues parece que se conocían dos clases de coca: la tupa-coca de los llanos o costa, y la mumus de los Andes (Morúa, 1946, 138).

El cultivo se intensificó durante la dominación española, sin que variara mucho la ubicación geográfica. A mediados del siglo XVI, el área principal iba de Huamanga (Ayacucho) (J. de la Espada, 1881, I, 97-98; 102; 120-122), hasta La Plata o Chuquisaca (Cieza, 1924, 281-282), incluyendo los yungas de La Paz (J. de la Espada, 1885, II, 67, 75; Concolorcorvo, 1946, 154-155); en el valle de Paucartambo (Vázquez de Espinosa, 1948, 557); y luego al oriente de Lima (Huanuco?) (Ibid., 443). En el tercer cuarto del siglo XVIII ya era la coca el principal cultivo en Chinchao y Pozuzo, hasta el punto de que fuera de ella apenas se sembraba lo indispensable para comer (Ruiz, 1952, I, 153, 169; 293). Más o menos la geografía del cultivo se ha mantenido así hasta el presente (Parodi, 1935, 125-127; Krickeberg, 1946, 400).

Esto trajo consigo varias consecuencias. En primer lugar, por razones climáticas, el colla o indio altiplánico perecía rápidamente al llegar a las para él insalubres zonas húmedas de la ceja de montaña. Si se deseaba obtener coca, había que proveer mano de obra. El confinamiento compulsorio adquirió varias formas. Durante la dominación incaica lo preferido fue el mitimae, alimentado en primer término por los grupos rebeldes, la mancha más atroz para todo régimen totalitario (Cieza, 1880, 63, 86; 230; Cappa, 1890, V, 448; 4:45-448), y en segundo, a los condenados por delitos graves, como los homicidas que habían provocado riña (Cobo, 1892, III, 238; -----, 1956, II, 116). En la época colonial lo preferido fue la mita o turno.

Era frecuente que quienes iban a trabajar en las regiones cocaleras se consumieran en ellas. Primero por la angustia de sentirse confinados en un medio, que como la tierra caliente, ha provocado siempre el pavor de los pueblos de altura, fenómeno evidente en la Nueva Granada antes de mediados del siglo XIX, en que empezó el proceso de ocupación o reocupación del valle del Magdalena, y también en nuestros días con los collas bolivianos que, pese a las facilidades de la ley agraria, se resisten a establecerse en Santa Cruz de la Sierra y otras regiones orientales. Después diversas enfermedades endémicas exigieron elevado tributo, entre las cuales la más temida por sus consecuencias deformadoras fue ?a utta o leishmaniasis (Cieza, 1880, 230; Tello, 1909, 97-106; Arcos, 1933. 85; Riquelme Salar, 1950, 121; Lastres, 1956, 121-122).

Para tratar de paliar la dilapidación de la mano de obra, se dictaron en el período colonial medidas restrictivas de los abusos, y se reglamentó el trabajo en los cocales. Estas, como la mayor parte de las disposiciones laborales de la época, nunca fueron cumplidas a cabalidad. La más célebre es la ordenanza expedida por el virrey Toledo, unos dicen que el 3 de octubre de 1572 (Lorente, 1867, I, 125-I43), otros que el 11 de junio de 1573 (Cappa, 1890, V, 356). En cédula de 24 de noviembre de 1601, dirigida al virrey Luis de Velasco, se le ordenó hiciera cumplir en Charcas y el Cuzco tales ordenanzas, en cuanto no se opusieran a las nuevas disposiciones sobre trabajo de los indígenas (Torres de Mendoza, 1873, XIX, 157-158).

Al hablar del hoyo en la Nueva Granada, y de lo difícil que es pronunciarse sobre la difusión que pudo tener el consumo entre la masa de la población, se recordó que hay discrepancia sobre esto también en el Perú (Gutiérrez Noriega et al, 1947, 23-24). Parece haber implícitos en la cuestión motivos de índole política. La tendencia, a partir de mediados del siglo XVI, consistió en buscar argumentos para justificar legalmente la dominación hispánica, como sustitutiva de un régimen tiránico por parte de los inca. Interesaba pitar a éstos como detentadores de muchas cosas que les eran negadas a los súbditos comunes y corrientes. En la coca esto es muy probable, porque no es el único caso en que la clase o casta señorial usufructúa casi exclusivamente ciertos elementos de cultura material. En tratándose de plantas ilusionógenas, narcóticas o estimulantes, este fenómeno, sin embargo, no fue exclusivo de ?os peruanos. Entre mejicanos y mayas el uso del cacao tenía también carácter oligárquico. El manipuleo de ciertas plantas medicinales y drogas, ha estado en muchas partes como que monopolizado por el pioche o sacerdote, por lo menos para conjurarlas si 1-as ha de consumir otro. No se remite a duda que ciertos elementos (aunque no sea en virtud de medidas compulsorias dictadas por un gobierno) parecen como patrimonio casiexclusivo de ciertas clases sociales o de ciertos grupos, y son poco o nada usados por el resto de la gente. Esto es claro también para el vestido. Es natural que llegue el momento en que --sobrepasadas las barreras sociales, económicas o culturales --ciertas costumbres se difundan.

Pero la coca era en el Perú, independiente de las consideraciones anteriores, una planta de amplio uso ceremonial entre la masa de la r. oblación, como ofrenda, o como remedio. Es notorio que para que adquiriera la categoría de planta mágica, utilizada en ofrendas religiosas, debió haber suscitado previamente el consenso de gua tenía propiedades especiales de producir alivio y bienestar o euforia, y este consenso no podía obtenerse si el hábito estuviera confinado a unos pocos centenares o millares de sacerdotes y altos funcionarios. En materia de usos, no se pueden establecer reglas fijas. Unas veces el uso se origina en la clase inferior de la población, y puede ganar favor en las clases altas, que lo adoptan sin variación o lo modifican; otras es a la inversa, que habiendo empezado dentro de un círculo oligárquico, va descendiendo a otras capas sociales y generalizándose. De todo hay ejemplos.

El descubrimiento de las minas de Huancavelica, Potosí otras, tuvo mucha influencia en el desarrollo prodigioso que alcanzó el uso de la coca durante la dominación española. Recuérdese que estos hechos ocurrieron a partir de mediados del siglo XVI. La mita de minas concentraba en ciertos lugares una gran masa de trabajadores semiforzados, que vivían en condiciones precarias. En tales circunstancias, cualquier paliativo del hambre (pues el mitayo tenía que llevar desde largas distancias su propia comida, y ésta se acababa pronto) sería ávidamente recibido. Tanto más cuanto que la coca mitigaba la desesperación de verse confinados en galerías húmedas, y la peor de no poder escapar a la servidumbre. Esto indudablemente aumentó el consumo de la yerba. De contera, el mayor consumo imponía estimular la producción e intensificar el transporte.

En pequeño, se ha visto atrás que los indios cultivadores de coca de Pimampiro, en el alto valle del río Mira, constituían en 1582 un grupo relativamente rico, que se permitía mantener trabajadores asalariados y ejercer una influencia social y económica importante. "Son estos indios deste valle tenidos por ricos entre Ios demás naturales deste distrito, por caso del resgate de la coca, porque por ella les traen a sus casas plata, oro, mantas, puercos y carneros y todo lo necesario que han menester... " (J. de la Espada, 1897, III, 130). La riqueza elimina desigualdades sociales. En Guamanga en 1557, con el aumento de la producción, obtenían trabajo muchas personas, especialmente mujeres (J. De la Espada, 1881, I, 97-98). Aun eI jurisconsulto Ruiz de Matienzo era de opinión que el comercio o trato de la coca, no inhabilitaba a los españoles para ejercer oficios públicos (Matienzo, 19 10, 176). También en el alto Perú la riqueza producida por la coca elevaba el rango social (Otero, 1942, 46). Si así era para la producción y transporte --faenas serviles de acuerdo con la mentalidad española --con mayor razón para el consumo.

Aun en países ricos en metales preciosos, como el Perú, escaseaba a veces el numerario durante el período colonial, haciendo entonces las veces de tal los productos de mayor precio y más ordinario consumo. Así ocurrió con la coca (Acosta, 1954, 91; Otero, 1942, 278). Un cesto de coca, que pesaba unas 20 libras (J. de la Espada, 1881, I, 88), 0 22, de las cuales 18 de yerba y el resto de empaque (Lorente, 1867, I, 139-140; 125-143; Cobo, 1890, I, 475), valía en 1603 en Potosí 6 pesos ensayados (J. de la Espada, 1885, II, 128).

Un producto de semejante valor económico y comercial, debía estimular no sólo las fortunas privadas, sino el fisco real y los proventos eclesiásticos. En un principio se recibió la coca como objeto de tributo (Cieza, 1880, 69); organizada la hacienda colonial, se cobró la alcabala. En Perú y Bolivia durante la época nacional, la coca se ha convertido en uno de los soportes del sisttma fiscal y tributario. Por otra parte, mientras la iglesia, por intermedio de doctrineros como Arriaga, trataba de erradicar enire los indígenas el uso ceremonial y supersticioso de la coca (véase), se beneficiaba con el producto. El franciscano Antonio de Zúñiga en su citada carta al rey de 1579 es harto elocuente: "Y si V. M. quiere saber la causa porque siendo esta una cosa tan perniciosa no se ha dado noticia dello a V. M. para que lo mande remediar, es porque los principales hombres del Cuzco tienen grands sementeras Bella, de donde sacan cantidad de pesos de oro, y el obispo que había de clamar, calla, porque saca del diezmo Bella mucha parte de su renta... " (Compte, 1885, I, 44). Ese diezmo era allí tan opimo, que se alegó como argumento para pedir que se estableciera en dicha ciudad la sede del arzobispado del Perú (Matienzo, 19 10, 204; Garcilaso, 1945, II, 187).

Durante los años de 1548, 1549 y 1551 los rendimientos que produjeron los cocales del Perú, a raíz del descubrimiento de las minas de Potosí, fueron fabulosos, habiéndose vuelto ricos muchos encomenderos con esta granjería (Cieza, 1924, 281-282). Uno de ellos fue el cronista licenciado Polo de Ondegardo, a quien el virrey conde Nieva le encomendó 300 indios de coca, con 1.500 pesos anuales de renta (Porras Barrenechea [1962], 268). A fines del mismo siglo, "...en sólo Potosí monta más de medio millón de pesos cada año la contratación de la coca, por gastarse de noventa a noventa y cinco mil cestos de ella, y aun el año de ochenta y tres [1583] fueron cien mil... es el género sobre que se hacen cuasi todas las baratas y mohatras, porque es mercadería de que hay gran expedición" (Acosta, 1940, 286; -----, 1954, 116117), contándose entre los cuatro principales renglones del comercio (Borregán, 1948, 81). Aun Lima, siempre bien provista por mar y por tierra de todo lo indispensable para la vida, consumía grandes cantidades de coca a fines del citado siglo (Carletti, 1701, I, 79-80).

Hacia 1550, cuando Cieza de León recorrió el Perú, obtuvo informes sobre la importancia de la coca entre los antiguos. Más tarde el padre Arriesga pesquisó detalladamente el uso ceremonial, con el fin de restringirlo. Constató que los indios usaban COCAMAMAS o "madres de la coca", idolillos o representaciones hechas de varios materiales, para que los cultivos de la yerba aumentaran (Arriesga, (1620), 1920, 28). En un pasaje dice: "Coca es también ordinaria ofrenda, vnas vezes de las que ellos crían, o compran, y las más escogidas en las chácaras, que llaman de las Huacas, que para este efecto cultivan, y labran de comunidad, y dos leguas del pueblo de Caxamarquilla, orilla del río Huamanmayu, que es el mismo de la Barranca (porque no se da la Coca sino en tierra muy caliente) avía catorce chacarillas de Coca, que eran de todas las Huacas de los pueblos de la Sierra, y tienen Indios que las guardan, y cogen la Coca, y la llevan a los ministros de las Huacas a sus tiempos, porque es vniversal ofrenda a todas las Huacas, y en todas ocasiones. Estas chácaras se mandaron quemar todas" (Ibid., 45). Otros autores destacan también la importancia ritual de la yerba (Acosta, 1940, 286-287; -----, 1954, 116-117; 145, 160; Calancha, 1639, 371; Cobo, 1895, IV, 58-59, 83-84, 96, 135). Alguien llegó a proponer que se les negasen los sacramentos a quienes la comieran (Poma de Ayala, 1944, 278v., 269; 271; 265v - 267).

Sin terciar en la discusión no clausurada de los farmacólogos y médicos sobre la inocuidad o el efecto dañino de la coca, hay que añadir que se usó como remedio. Confusos son los da tos de Monardes, quien al hablar de las propiedades que se le atribuían en su tiempo a la coca como calmante de dolores y por su efecto tonificante, parece incorporó conceptos referentes al tabaco (Monardes, 1571, 24-25v; -----, 1574, 114-115). Pero quienes vivieron en el Perú a fines del siglo XVI y principios del siguiente, consignan el uso curativo de varios males. "Sanan de reumas i conservan la dentadura, i por esto dicen muchos Españoles que la mascan" (Calancha, 1639, 60). Cobo relata el caso personal de la cura de un dolor de muelas, y enumera una serie de afecciones en que se usaba la coca (Cobo, 1890, I, 476-477; -----, 1956, I, 214-216). Su incorporación a la terapéutica actual se ha considerado como una gran conquista (Riquelme Salar, 1950, 96). No se olvide lo dicho al principio de este capítulo sobre las "modas terapéuticas".

El cultivo de la coca fue uno en que las capacidades agronómicas de los pueblos prehispánicos suramericanos (no solamente los peruanos) se manifestaron en toda su plenitud, no habiéndose innovado nada en cuatro siglos (Pestiño, 1966, 158-159; Markham, 1880, 145-153; Mortimer, 1901, 235-239; Ernst, 1890, 236237).

 

SIMARUBÁCEAS

 

000 --Quassia amara L..

Dio mucho que hablar en el pasado como medicinal, presunto remedio contra fiebres y males estomacales. Supuesto que sólo se ha cultivado como planta ornamental, se verám los datos en el capítulo pertinente.

 

BURSERÁCEAS

 

000 --Protium spp., y géneros afines.

Tratándose en la mayoría de los casos de árboles silvestres, en calidad de medicinales extractivos se estudiarán en el volumen dedicado a la historia de los recursos naturales.

 

MALPIGHIÁCEAS

 

196 --Banisteriopsis spp..

Yajé, yojé y variantes, en las partes media y alta de los afluentes del Amazonas, del Caquetá, al Marañón.

Cabí, capí o caapi, en el Amazonas brasileño (Duche, 1946, 5, 6). La última forma sería puramente literaria, y no usada por la gente de la región que nunca duplica la a (Ducke, 1958, 4-5). Kapij pertenecería al dialecto tariana (Barbosa Rodrigues, 1893, 54).

Natema, en jíbaro (véase adelante).

Ayahuasca; ayawáskha; hayahuasca; hayaguasca; hayacwaska, del quechua. En los cuatro primeros casos equivaldría a bejuco de muerto; en el último, a bejuco amargo, que parece ser lo más acertado (Tessmann, 1930, 242; Espinosa Pérez, 1935, 186; -----, 1955, I, 453; Lira, 1945, 75; 237-238).

Nepi, nepe, en campaz o colorado (costa ecuatoriana) (Jijón y Caamaño, 1941, II, 156, 254). Quizá de aquí se ha derivado dapa, nombre que le dan a dicho bejuco los cholos del Saija, en la costa colombiana.

Pildé, pindé, en la costa del Pacífico de Colombia y en parte de la del Ecuador (véase adelante).

Otros nombres indígenas abajo.

El misionero franciscano Laureano Montesdeoca de la Cruz, en el relato (1647) de un viaje suyo a 1 a comarca que habitaban los indios encabellados, o sea en el Napo abajo de la confluen cia del Aguarico, viaje realizado en 1637, anota: "Aunque beben de sus vinos y de unas aguas que cuecen de unas raíces, no se embriagan, ni tal cosa vimos en el tiempo que allí estuvimos" (Compte, 1885, I, 159; Montesdeoca, 1942, 14).

El jesuíta Juan Lorenzo Lucero, en una carta en que relata sus aventuras y observaciones durante una entrada hecha al país de los jíbaros en 1682, se extiende sobre la manera como actuaban los brujos o piaches, elementos que más enemistad y oposición despertaban entre los misioneros. Señala que tenían chozas apartadas donde, para el ejercicio de su actividad, usaban varias prácticas, una de las cuales consistía en "beber el zumo de varias yerbas, cuyo natural efecto es embriagar al hombre con tanto vahído de cabeza, que está del todo y tan por los suelos, que bien se le hace la humildad de la ermita en que vive, adora y consulta al que tiene por trono, en pena de su soberbia, la yerta calavera de un embaidor" (J. de la Espada, 1889, Mar., 626). Enrevesada noticia que --si bien puede aplicarse a Datura (véase) --no excluye a Banisteriopsis. El cofrade de Lucero, Juan Magnin, en 1740, sí menciona taxativamente la AYAHUASSA (así) entre los remedios usados por los maynas, sin concederle particular atención (Magnin: RI, 1940, I, 164).

Pero su contemporáneo y cofrade Pablo Maroni, quien escribía en 1737, hablando también de los piaches o brujos, es más concreto: "Para adivinar, usan beber el zumo [del borrachero, nu meral 209J...; otros de un bejuco que se llama vulgarmente AYAHUASCA, ambos muy eficaces para privar de los sentidos, y aun de la vida, cargando la mano (Deste usan también a veces para curarse de enfermedades habituales, principalmente los dolores de cabeza). Bébele, pues, el que quiere adivinar, con ciertas ceremonias, y estando privado de los sentidos boca abajo, para que no lo ahogue la fuerza de la hierba, se está así muchas horas y a veces aun los dos y tres días, hasta que haga su curso y se acabe la embriaguez". En seguida describe los resultados obtenidos (J. de la Espada, 1889, Mar., 125-126). Como se ve, Maroni mezcla los síntomas de la embriaguez producida por las dos plantas de que ha hablado, el Datura y el ayahuasca.

No siempre los datos de la época colonial son tan concretos. El jesuíta Manuel de Uriarte, en una carta escrita el 4 de noviembre de 1754 a su hermana María Francisca, de la orden de Santo Domingo, a Vitoria, España, le dice a propósito de los indígenas que vivían en Tururí, río Coca, tres días abajo de la confluencia con el Napo: "nunca se emborrachan del todo [con sus bebidas fermentadas de yuca y plátano], aunque beben tanto, sino con una raíz o corteza que llaman Yoco, que toman cuando quieren matar a alguno" (Jesuítas, 1942, Bog., 66). Es evidente que este dato debe atribuirse al YAGÉ y no al Yoco (véase numeral 199), que es estimulante y no narcótico. Nótese de paso la similitud de la observación con la del franciscano Montesdeoca de la Cruz citada en primer término, más de un siglo anterior. En otra obra del mismo Uriarte, en una referencia correspondiente a 1753, se habla del "cocó, una raíz motora de borracheras" (Uriarte, 1952, I, 89). Un cofrade contemporáneo menciona también el uso del HAYAC HUASCA por las tribus del Marañón (Veigl: Murr, 1785, 189; -----, 1789, 11 (XVII), 55-56; 138).

Esto no es extraño, pues en tiempos más recientes, la palabra YAGÉ ha sido confundida con otras similares, bien por diferencias dialectales de acuerdo con el lugar en que se hizo la observación, bien por la distinta notación fonética de los autores, o ya por errores de transcripción o de imprenta. Muchas veces viajeros apresurados --especialmente del grupo de los sensacionalistas --anotan informes suministrados a la ligera, sin tener oportunidad de observar por sí mismos las costumbres.

Bajo el nombre de YOJÉ menciona el cura José María Albis, quien en 1854 hizo un viaje por los ríos Mecaya, Senseya y Caneaya, afluentes del Caquetá, donde moraban los macaguajes, un bejuco con el cual los brujos o piaches hacían una infusión para tomar por costumbre, cuyos efectos eran similares a los de la tonga o borrachero: "i a favor del alucinamiento producido por este magnetismo vegetal, creen ver cosas desconocidas i adivinan el porvenir". Pero con este bejuco considerado venenoso, tomado en infusión en pequeñas cantidades, se curaban los dolores de huesos (Albis: POPAYAN, 1936, 31; 32).

Más lamentable, por la época, es la confusión en que incurrió Rafael Reyes. En el relato de su primera exploración de Pasto al Amazonas (1901?) consigna que en Putumayo los pagés o brujos indígenas se embriagaban con el jugo de una planta narcótica llamada Yoco (Reyes, 1920, 455; Castellví: CILEAC, 1946-1950, IV, 24-27).

Las noticias de los misioneros franciscanos y jesuítas, así como el informe de Albis, tuvieron poca difusión. No aparecen detalles en esta época, anterior a la mitad del siglo XIX, sobre el procedimiento seguido por los indígenas para preparar la bebida alucinatoria. El carácter ritual o supersticioso del uso, confinado a ciertas circunstancias de la vida o a ciertos elementos del conglomerado social (los brujos en primer término); la misma índole semimdgica de las alucinaciones o visiones producidas, todo conspiraba para que la costumbre no pudiera ser cabalmente sabida y entendida por los blancos, sacerdotes o laicos. Qué mucho, si todavía ahora no se conocen exactamente ni la identidad botánica de algunas de las plantas que se han solido denominar con el nombre de yagé, ni se sabe si se le mezclan a la preparación otras sustancias.

Casi simultáneamente, varios viajeros en el área amazónica al promediar el siglo XIX, dieron informes sobre el uso de esta planta alucinatoria. Uno fue el mencionado cura José María Albis (véase atrás). En la cuenca del río Negro, y concretamente en- el Vaupés, lo observaron con. diferencia de pocos meses en 1851-1852 dos científicos ingleses (Wallace, 1939, 381-382; 620-621; Spruce, 1908, 1, 325, 332; 11, 414-425).

El geógrafo Villavicencio y el mismo Spruce observaron la costumbre en el orienie ecuatoriano, el primero entre los záparos, santa-marías, mazares y anguteros (Villavicencio, 1858, 371-373), y el segundo en el área entre el Ucayali y el Marañón por el flanco cordillerano.

Hasta donde puede saberse por los escasos datos seguros que hay sobre la materia, el uso del yajé obedeció a variaciones locales, según las tribus. Parece que en la mayoría de ellas sólo les era permitido a los pioches y a los adultos en ciertas circunstancias, vedándose a las mueres y a los niños (Villavicencio, op. cit., 373). Los cocamos que hasta hace pocos años tomaban JAÚMA, pues así le llaman, lo hacían antes como preparativo de expediciones guerreras, con participación en la bebida de todos los varones, "aun los jóvenes y muchachos de alguna edad" (Espinosa, 1935, 136-137). Este mismo autor dice haber observado la costumbre entre los piojés del Napo en forma colectiva, "con el aparato y misterio de un acto social de culto" (Ibid., 148).

Los estudios más completos sobre el uso del yagé, por testigos presenciales de la preparación y de los efectos, durante un tiempo suficientemente prolongado para que sus observaciones tengan cierta garantía de certeza, son los de Reinburg (1921) y de Rafael Karsten (1912-1918; 1935). Como el primero hace énfasis en los efectos producidos, se discutirá adelante.

Para los jíbaros del Ecuador el NATEMA es planta mágica, así como la bebida que con ella se prepara (Karsten, 1935, 115; 381); lo mismo que para los canelos (Ibid., 391). Como tal, sólo los hombres la preparan, así como otras bebidas en que entran sustancias narcóticas (véase numeral 209) (Ibid., 115). En ocasiones especiales, la parafernalia se matiza con otras prácticas concomitantes, como tocar cierta clase de instrumentos musicales (lbid., 111, 437-438), o asociar la bebida con la pintura facial a base de achiote, que refuerza la protección (Ibid., 437) (véase capítulo XVI). A veces una estaca de yuca colocada en las vasijas en que se hierven el natema y el Datura, obra como talismán estimulante de la virtud de ambas bebidas y del tabaco (Ibid., 344). Las interdicciones y restricciones que se imponen los hombres para plantar el natema, pues a fuer de vegetal masculino sólo a ellos compete la siembra, forman parte del ambiente mágico que rodea ala planta; una de tales restricciones es la del comercio sexual (Ibid., 142, 217).

Participan en la bebida ambos sexos, pero en diferentes circunstancias de tiempo y Iugar Entre los hombres, el curandero toma yapé para prepararse cuando necesita conocer la enfermedad que aqueja a alguno y los medios de combatirla (Ibid., 436); cuando quiere conocer cómo debe defenderse de sus rivales de oficio o de sus enemigos; a simplemente para hechizar a alguno (Ibid., 437-438, 406-407). Asimismo, cuando el curandero se inicia en el oficio, en las ceremonias de investimiento, que duran varios días, bebe tabaco y natema cotidianamente (Ibid., 400, 404).

Los varones de la tribu, especialmente los guerreros, ingieren natema antes de expediciones de guerra o represalia, para saber qué suerte han de correr en ellas (Ibid., 260). Otra ocasión es la de la fiesta de la victoria.

Las mujeres la toman especialmente durante las ceremonias agrarias, supuesto que ellas son las sembradoras de plantas hembras, como la yuca, el maní y otras (Ibid., 125, 128; 435-436).

En el segundo día de la fiesta de la victoria, que por eso se llama natemá-umartinyu = bebezón de natema, todos los asistentes toman la bebida (Ibid., 343-346).

En la fiesta que dedican a los perros, les hacen tomar el yapé incluso a estos animales (Ibid., 170).

También varía la manera de preparar la bebida, de acuerda con el f in específico con que va a ser usada. Para la mencionada fiesta de la bebezón, sólo se hierven los componentes durante una hora. Todos, aún los muchachos, beben, esta vez en vasijas ornamentadas, hasta medio litro; vomitan, pues al principio obra como emétfco, y vuelven a tomar y vomitar por tres veces (Ibid., 345, 435-436, 438). Luego salen a soñar en ranchos separados de la casa (Ibid., 345-346).

Para ejercer su f unción de curandero, el piache toma yapé que ha hervido un día entero (Ibid., 413, 436), a fuego lento. Primero bebe, de noche, un poco de tabaco, invocando al espíritu de esta planta, y luego, el natema de un tirón (Ibid., 413-414); repite éste hasta cuatro veces, pues el objetivo es intoxicarse, provocando un estado de excitación durante el cual danza, y en el sueño que sigue puede conocer la causa de la enfermedad que debe curar (Ibid., 417, 418).

Asimismo, parece que hay diferencia si la parte utilizada es simplemente eI tallo o sólo la porción basal de éste; cercana a las raíces (Ibid., 343, 344; 433). Esto aclara algunas de las informaciones de misioneros, que se refieren a la "raíz".

 

Medicina.

La mayor parte de los que han escrito sobre yapé, se refieren solamente a las propiedades narcóticas y alucinantes de la bebida. Como siempre, las cos lumbres indígenas son mucho más complejas de lo que se suele suponer. El yagé se usa también como medicina, principalmente como vomitivo (Karsten, 1935, 345; 433; 436; 508), pero también contra las fiebres, en este caso mezclado con tabaco (Ibid., 507). Ya se dijo que los macaguajes a mediados del siglo XIX lo usaban para curar "dolores de huesos" (Albis, 1936, 32). Era la principal medicina al pie de los Andes (Spruce, 1908, II, 438). A un viajero le informaron en Umbría, Putumayo, que el yagé sólo, se usaba para malaria con resultados seguros (Morton, 1931, 488). Otros informes sobre este aspecto se dieron atrás (Maroni: J. de la Espada, 1889, Mar., 125-126).

 

Composición.

Fueron investigadores colombianos los que primero estudiaron la composición química del yagé, desde principios del presente siglo. Los nombres de Zerda Bayón, Barriga Villalba y Fisher Cár denas están vinculados a esta empresa. Posteriormente, científicos de otros países han ensanchado el conocimiento sobre este alucinógeno. Se ha llegado a saber que la yageína es la misma harmina que se halla en otras plantas del Viejo Mundo, especialmente la Peganum harmala L., de las Zigofiláceas, llamada ALHARMA en España (Font Quer, 1962, 423-424).

La dificultad de obtener material botánico completo y suficiente cantidad de tallos, hojas y raíces para análisis, ha demorado la identificación del completo de plantas que se conocen bajo el nombre general de yapé, y el estudio de sus componentes. Pero se va definiendo ahora que hay por Io menos dos principios diferentes, de acuerdo con la clase de planta usada. El yagé común y corriente, cultivado, que puede ser Baniseriopsís inebríans Morton (Cuatrecasas, 1958, 511-512), o aun B. caapí (Spruce) Morton (Ibid., 506-511), contendría harmina I y huellas de otro alcaloide que podría ser harmalina o methoxy-6-N-dimetyltryptamina; mientras que B. rusbyana (Niedz.) Morton (Cuatrecasas, op. cit., 494), colectado como YAGEÚCO ú OCOYAGÉ (véase adelante), contendría una sola base, identificada como N-dimetyltryptamina II, señalada previamente en granas de varias especies de Anadenanthera, que son también narcóticas (Poisson, 1965, 242; Friedberg, 1965, 421). Los efectos de estos distintos alcaloides son asimismo diferentes (Friedberg, op. cit., 432). Al mencionado en último lugar se le ha atribuido que produce lá visión azul (Morton, 1931, 487).

 

Cultivo.

El yagé es otro ejemplo de planta que mantiene en la misma área de origen la condición de silvestre y de cultivada. En repetidas ocasiones a lo largo de esta obra, con otras especies ame ricanas, se há llamado la atención sobre tal circunstancia y se ha tratado de explicarla.

En 1852, el botánico Spruce halló matas cultivadas aquí y allá, en las cercanías de la casa que habitaba el cacique tarianá Calixto, de Yavareté, en el Río Negro, donde es ahora lá frontera de Colombia-Venezuela y Brasil (Spruce, 1908, I, 325).

En 1920 los záparos de San Antonio de Curaray mantenían plantas de yagé sembradas cerca de sus viviendas (Reinburg: JSAP, 1921, XIII, 31; Pardal, 1937? 314).

Por esta misma época se conocía yagé sembrado en el río Cajambre y quizá en el Naya, costa del Pacífico del Valle del Cauca, de donde se llevaron matas para propagar en Cali (Rojas BEV, 1925, 95 y sigtes.). En la región del Naya se distinguen por la gente dos clases: "pildé negro", que sería el más efectivo, y "pildé blanco" (Información de Miguel Santos Mosquera). También del Caqueté se llevaron por esa época estacas y plantas a Cali (Rojas, op. cit., 103); luego lo había plantado allá, como se demuestra por otras fuentes (USNH: Pérez Arbeláez, 639, 1930, "yajé", Florencia; Hammerman: RBA, 1930, X, 602: Getucha).

Quizá como un relicto de las introducciones hechas a Cali, se colectó en 1942 en lá hacienda "Valparaíso", de Tuluá, por Cuatrecasas y Dryander, la muestra 14372: "bejuco cultivado, procedente del Caquetá" (USNH). De este material se llevó al bajo Calima en 1946 (Patiño, 1947, 22).

Hay que advertir también que del material llevado a Cali por 1923-1930, unas veces obtenido en la costa del Pacífico, otras en el Caquetá y otras en el Putumayo vía Nariño (Rojas, op. cit.), se envió parte a Francia y a Bélgica para estudios científicos. Una de estas muestras está mencionada en la literatura (Gagnepain RBA, 1930, X, 293), _Y en reciente publicación ha sido dada equivocadamente como del Cauca, Ecuador (Friedberg, 1965, 418).

El botánico Ducke cuenta que en 1929 obtuvo estacas de capí en una casa indígena donde lo tenían plantado, en el río Caricuriarí, afluente del Río Negro; primero las plantó en el Campo Experimental de Cachoeira Grande, suburbios de Mancos, y de allí llevó material al Jardín Botánico de Río de Janeiro en 1930 (Ducke, 1958, 1-2; USNH: Ducke, 153, 1936, "caapí", Manaos). En 1931, consiguió otras estacas de "ayahuasca" en Loreto, Perú, que también fueron llevadas posteriormente a Rio (Ibid., 1958, 2). Se cultiva cerca de Mancos, y más raramente en Belem del Pará (Ibid., 4).

Hay informes de un tipo de yapé cultivado en la parte limítrofe de Colombia y Perú en el Putumayo (Morton, 1931, 487; USNH: E. P. Killip y A. C. Smith 29486, 1929, "ayahuasca", San Antonio, río Itaya, Loreto; -----, 29825, 1929, "ayahuasca", Iquitos).

Entre 1914-1918 se conocían plantas de natema cultivadas por los jíbaros del oriente ecuatoriano (Karsten, 1935, 437). Queda dicho cómo, siendo una planta mágica considerada masculina, la siembran sólo los hombres, sometiéndose a un ritual complicado (Ibid., 124, 142; 217).

Con antecedencia se ha señalado el cultivo entre los colorados y cayapas de la costa ecuatoriana (Karsten, op. cit., 433). La botánica Inés Mejía colectó en 1934 la muestra 6636, de "nepe, ayahuasca", en la hacienda Santa María, del cantón Vinces, provincia de Los Ríos, Ecuador (USNH). Debió ser de esta zona donde los andariegos indígenas chocoes introdujeron un tipo de DAPA o PILDÉ a Ios ríos Sana y Naya y al Chocó, donde las referencias lo han señalado de tiempo en tiempo.

Los cofanes han cultivado yapé en el Putumayo y en su afluente el Sucumbíos, que constituye frontera entre Colombia y el Ecuador (USNH: Cuatrecasas 10599, 1940, "yapé", Puerto Porvenir, arriba de Puerto Ospina hacia La Loma; -----, 11061, 1940, río San Miguel, entre afluentes Bermeja y Conejo", "yajé").

Hernando García Barriga colectó la muestra 1441 S en 1952, con estos datos: "cají-idirekai" (makuna); "yapé", "kapi" (yukuna), en el río Apaporis, sitio Jino-Gojé, entre los ríos Piraparaná y Popeyacá (Amazonia-Vaupés ((USNH: Schultes, 1960, 173).

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FIG. 33. Banisteriopsis caapi (Spruce) Morton. Una de las plantas de "yagé". a), ramas con flor y fruto (x1/2); b), flor desprovista de periamo (x5); e.), gineceo (x5); d), detalle del ápice del estilo (x20). Reproducido de Cuatrecasas, 1958, pp. 508-509.

 

Varios.

En un principio se ha creído que el yapé se obtenía de una sola especie de planta, más bien vaga e indeterminada. A medida que se ha avanzado en el conocimiento del escenario geográfico y de las costumbres indígenas, se ha ido haciendo evidente que varias plantas se utilizan en el área amazónica para preparar una bebida narcótica, con la característica de suscitar clarividencia o anticipación de acontecimientos. Todavía ni la identidad botánica de algunas es conocida; pero ya se ha hablado de efectos diferentes o complementarios, según la especie utilizada o las plantas con que se haga mezcla.

De estas, es un poco mejor conocida -aunque no del todola clasificada como Banisteriopsis rusbyana, que ya se sospechó fuera la que produce el color azul en las visiones, y se denomina en cierta área del Putumayo como OCO-YAGÉ O CHAGRO-PANGA (Morton, 1931, 487; USNH: C. Klug, 1971, 1931, Umbría, Putumayo). Con el nombre de YAGEúCO la colectó Cuatrecasas (N° 10597) en 1940, cultivada por los cofanes en Puerto Porvenir, arriba de Puerto Ospina, hacia La Loma, también en el Putumayo (USNH). Las hojas se adicionan al yagé para preparar la bebida. Nótese de paso la semejanza de los nombres OCO-YAGÉ y YAGEúCO, pues sólo hay unn trasposición de prefijos.

Quizá no otra cosa es el IAHI que le mezclaban los jíbaros al natema, cuando de hacer una curación se trataba (Karsten, 1935, 413). Pero del mismo yagé los canelos distinguen tres clases puma-ayahuasca, ahuiringri ayahuasca y tunchi ayahuasca; esta última es la especialmente usada por los brujos (Ibid., nota 432). Por desgracia, estas informaciones no fueron acompañadas con las colecciones botánicas pertinentes, y así, no se conoce su identidad.

También usan mezcla los sibundoyes, que obtienen el material necesario para hacerla, en las partes cálidas adyacentes, y llaman BIAJÚ o BIAJA a la bebida (Bristol: BML, 1966, 21, N° 5 113-140; 120, 129).

Pocas noticias fidedignas hay sobre el PILDÉ que habrían usado los chocoes de la costa colombiana del Pacífico (Wassén, 1935, 101-102). Cuando el autor llevó tallos del yagé cultivado en el Valle del Cauca, a la Estación Agroforestal del Calima, Buenaventura, en 1945-46 (Pestiño, 1947, 22), se le informó que esa planta era conocida por los "cholos" con los nombres de PILDÉ O PINDÉ. Mientras se revisaban los originales de este volumen, el autor tuvo oportunidad de entrar en contacto con indígenas choco es del río Saija, entre los cuales la planta es cultivada y parcialmente usada, bajo el nombre de DADA. Esos informes condujeron al hallazgo, con carácter espontáneo, de un Banisteriopsis sp. en la cuenca del río Daqua, Valle del Cauca, que a veces se usa como narcótico.

 

EUFORBIÁCEAS

 

197 --Phyllanthus mexiae Croizat..

P. ichtyomethius Rusby..

P. piscatorum H.B.K.

Phyllanthus spp..

El tercero de la lista, barbascajo, barbasco, en Venezuela; púperi en baniba (Pittier et al, 1947, II, 68); el segundo, lavandero (Ibid., 66; Pittier, 1926, 270 }.

Chirrincho, chirrinchao, en varias partes de Colombia (Gutiérrez, V., 1943, 9, 10).

Un Phyllanthus se utilizaba por algunas tribus en la Guayana inglesa, como ictiotóxico, a mediados del siglo XIX (Schomburgk, 1922, I, 272).

En la costa colombiana del Pacífico, donde abunda como planta de rastrojo F. acuminatus Vahl.., a que se llama "chirrinchao macho", se suele propagar a veces por estaca la especie P. mexiae Croiz.., distinguida como "chirrinchao hembra", cuya hoja se usa para envarbascar (Cuatrecasas; RACC, 1947, VII, 27: 312, y observación personal).

También era común antes en la plana del Valle.

P. ichthyomethius se cultiva en el área de Florencia del Caquetá, y P. piscatorum en Mocoa, así como P. acuminatus (Gutiérrez V., op. cit., 34-35; 34), por la facilidad con que se reproducen por estaca.

Con el zumo se tratan semillas antes de sembrarlas, para que no las coman los animales (Rangel Galindo: Gutiérrez V., op. cit.,

 

198 --Jatropha cercas L..

Quauhayohuachtli, en náhuatl, de donde cuayogascle (Robelo, 3a ed., 59, 62).

Mandobí-assú, mandoí-guassú, o sea "maní grande", en tupí-guaraní (Hoehne, 1939, 176).

Piñón, piñón de purga, piñón del Paraguay.

Como MANZANILLOS DE LAS AVELLANAS DE PURGAR los identificaron ambiguamente los primeros españoles que vivieron en las Antillas, donde la planta era cultivada por los indígenas. El historiador Oviedo relata cómo hallándose en Santo Domingo en 1520, sus hijos comieron por travesura de estas semillas, y los efectos fueron tan drásticos, que creyó perderlos. A otras personas, en cambio, no les provocaban reacción desfavorable alguna. "Dando conclusión a esta materia, digo que en los principios que estas avellanas comenzaron los cristianos a probar y experimentar en sus personas, hasta acertar y medir sus estómagos con la cantidad que habían de tomar desta frutta, bobo hartos burlados e otros aprovechados, porque nuestros médicos no las conoscían ni las sabían aplicar. Agora ya muchos las piden e las prescian, e aun desde España envían por ellas" (Oviedo y Valdés, 1959, II, 13-14; 14). Los indios antillanos cultivaban con esmero este arbusto (Casas, 1909, 33).

De Jamaica las describe un autor de fines del siglo XVII como AMERICAN PHYSIK-NUT (Hughes: 1672, 81-85).

Algo confusa es la información de Monardes, quien habla de "avellanas purgativas", "piñones purgatives" y "habas purgativas" (Monardes, 1563, 52-53v; 53v-54, 54v-55v). Las últimas son evidentemente Hura crepitans. Dice que las avellanas se traían al principio de Santo Domingo; los piñones, de la Nueva España.

Para Méjico, el médico Hernández aparentemente menciona esta planta como QUAUHAYOHUACHTN o "semilla de árbol de calabaza" (Hernández, 1942, I, 171-172, 173), nombre bastante vago y datos que repite su divulgador (Ximénez, 1888, Méx.. 66). También este último menciona las habas purgativas (Hura) y las babillas (Ibid., 66-67, 65).

Esta planto tenía en América una amplia dispersión bajo cultivo a la llegada de los europeos. Martius dice no haberla visto nunca en estado silvestre al sur del Amazonas (Martius, 1939, 246).

También es conocida en Centro América (Figueroa Marroquín, 1957, 177, 177-178; Standley, 1946, XIV, 127-128).

Los piñones de purgar se usaban en la parte septentrional de Venezuela. Así aparece en las relaciones geográficas de Caracas (1572) (Latorre, 1919, 86; Arellano Moreno, 1950, 85, 86), y de Barquisimeto (Arellano, op. cit. 129).

En Surinam en el siglo XVII se conocía bajo el nombre de "schijtnootje" (Berkel, 1942, 76), que se ha conservado bajo la forma "schijnoot" (USNH: Archer, 2694, 1934, NW Paramaribo). Había también piñones en la Guayana francesa (Aublet, 1775, II, 884).

Se conocían en la isla de Puná a fines del siglo XVI (Acosta, 1954, 123), así como en la costa de Manabí a principios del siguiente, pues unos náufragos en 1618 se alimentaron, a falta de otra cosa, con unas habas "que en este reino se dan por purga" (Herrera y Montemayor: Vargas Ugarte, 1947, 99).

Cieza de León, después de hablar de sus experiencias como paciente con un bejuco purgativo que se usaba en Cartago a mediados del siglo XVI, añade: "Otras habas hay para este efecto, que algunos las alaban y otros dicen que son dañosas" (Cieza, cap. 112, 314-315). A principios del siglo XIX un nativo de esa ciudad menciona el "piñón" o "avilla" (Campo y Rivas, 1803, 29).

En el Nuevo Reino de Granada, fuera de su característica virtud purgativa, se le hallaron otros usos: "Es el vnico remedio, que se ha descubierto para el achaque de gota, experimentado en este Reyno, y en los de Europa"' (Zamora, 1930, 38). Había muchos de estos piñones en Tocaima (Oviedo, 1930, 251).

La relación de Zamora de tos Alcaide-s, en la vertiente oriental de los Andes de Loja, documento de hacia 1571, estatuye: "No hay cosas venenosas y de ponzoña sino es una fruta que llaman nueces, porque parescen (así). Crudas matan y cocidas es nutrimento" (J. de la Espada, 1897, IV, 2). No se sabe si sea lo mismo que en 1740 un jesuíta da como existente en los territorios de misiones de su orden: "piñones, varias pepitas de purgar; las meores son las del papagayo, q. en dosis de 6 a 7, tomadas como almendras (q. a eso saven) obran con mucha suavidad" (Magnin: RI, 1940, I, 171-172).

Sangrías y "purgas de piñones" eran remedios socorridos entre tales misioneros (Uriarte, 1952, I, 129).

Con los piñones de purgar, muy usados en el Perú, se acostumbraban a hacer burlas pesadas" dándolos confitados (Anónimo, 1958, 76). Cobo anota que esta es una de las pocas especies que en el Perú pierden la hoja en invierno, y fructifica en otoño como los árboles de Europa (Cobo, 1891, II, 65-66; Yacovleff y Herrera, 1935, II, 82-83; Pardal, 1937?, 176).

Fuera de sus propiedades medicinales, la semilla tostada es comestible. Basta removerle el embrión, que es la porción tóxica en esta y otras Euforbiáceas (Du Tertre, 1958, II, 134-135; FontQuer, 1962, cxxxvii). Así lo hacían los muchachos hijos de los negros esclavos de Haití (Descourtilz, 1833, II, 303; 299-303). El pirata inglés Ricardo Hawkins dice haber comido con sus compañero en la costa del Brasil, estas habas purgativas dé Monardes (Hawkins, 1933, 59).

Dondequiera se ha solido plantar para setos (Du Tertre, vol. cit., loo. cit.). Así observaron en el Brasil este "mundubiguaçu" los médicos holandeses (Marcgrave, 1942, 96-97; Piso, 1948, 31; Hoehne, 1939, 175-176).

Entre los guaymíes de Panamá la especie se propaga a modo de planta huésped para criar el insecto tintóreo axin (Cordon, 1957, 38, 47).

 

199 --Pedilanthus tithymaIoides (L.) Poit..

Pinopinito; piñipiñi; tuturutú (Pittier, 1926, 349-350); tuturútu, periquita (Alvarado, L., 1953, 349).

Bítamo, en Costa Rica (Pittier, 1908, 70).

Zapatillas (Pérez Arbeláez, 194'7, 348-349).

Emético. Figura en la composición de la "cimora", bebida narcótica del norte peruano, cuyo componente principal es Opuntia cylindrica (Lam.) D. C. (véase numeral 206) (Gutiérrez Noriega AI, 1950, X, 215).

Se cultiva más a menudo como planta ornamental.

 

ANACARDIÁCEAS

 

000 --Schinus molle L..

Los pequeños frutos de este bello árbol andino se utilizaron para preparar una bebida en el Perú. Desde este punto de vista del uso como frutal, se ha estudiado en el numeral 46, tomo I, 1963, pp. 258-259.

Cieza de León, usualmente parco cuando trata de plantas, no omite nada en tratándose del molle, muy apreciado por los indígenas peruanos (Cieza, 1924, 314). El vio algunos, tenidos como sagrados, cerca del templo de Guaricocha, en Jauja.

Casi con certeza, es este el árbol a que se refiere la carta que Pedro de Osma, del Cuzco, le escribió al médico Monardes -en 1568, sobre algunas plantas salutíferas del sur peruano; era aromático, saludable y el fruto lo usaba la gente para una bebida (Monardes, 1571, 82-83). Son mucho más coherentes los datos aplicados a esta especie, que al bálsamo del Perú (véase numeral 192).

A mayor abundamiento, las relaciones geográficas que pocos años después se hicieron en varias partes del Perú, demuestran la importancia que tenía el "melle" como planta medicinal. Por ejemplo, la relación de Atunsora (Guamanga) de 1586, asienta: "Las yerbas más conocidas de que los indios usan para sus enfermedades son resina y hoja del árbol que llaman molle y el fruto dél... " (J. de la Espada, 1881, I, 175). También lo mencionan como medicinal., sin mayores detalles, en Atunrucana, de la misma provincia y del mismo año (Ibid., 192) y en Rucanas Ancamarcas (Ibid., 211). Pero es en la relación de La Paz del precitado año de 1586, donde se dan más detalles sobre el particular: "... en esta ciudad hacia la parte de los valles calientes y templados hay un árbol llamado molle, ques muy general en todo este reino (...) La hoja sirve para hacer aceite stitico para dolores de junturas y destómago, y con ella se dan lavatorios y baños para fríos, y tostada sirve a lo mesmo en cualquier dolor y golpe así de hombres como de caballos. Da este árbol una goma o resina blanca muy clara, la cual sirve de purgas para melancolía y flemas, y aprovecha para bidmas [por bizmas] y emplastos". Describe luego el fruto, del cual se obtenían una bebida y vinagre. "También se hace miel cociendo mucho el agua donde esta fruta se echa, por que allí desbaba toda la virtud que tiene. Esta miel es cosa maravillosa para curar heridas y llagas viejas y sirve en lugar de giripliega" (Ibid., 1885, II, 76). Igualmente se menciona en la relación del Cuzco de 1649; pero la exposición ampulosa añade muy poco a lo dicho atrás, excepto lo siguiente, que después repetiría Cobo: "Las hojas son provechosas para defenderse del sol; puestas en el sombrero, encima de la cabeza, defiende el calor y es suave al olfato. También la goma es apropósito para sahumarse en los resfriados; y finalmente, este árbol es tan provechoso, que los indios le tienen por remedio universal de todas sus dolencias" (Ibid., 184; Cobo, 1891, 11, 85-86 -----, 1956, 1, 267-268).

En la provincia de Angaraes (1586), con ramas del molle cocidas teñían de amarillo los naturales (J. de la Espada, 1881, I, 193).

Garcilaso describe bastante mejor el ".mullí" de lo que suele hacer con otros vegetales, y enumera los diferentes usos, casi todos medicinales, que se le daban en el Cuzco (Garcilaso, 1945, II, 182). Calancha, a propósito del "molle", cuando habla de las plantas salutíferas del Perú, cita lo que dice Diego Dávalos y Figueroa en su "Miscelánea Austral" (Calancha, 1639, 39).

Este árbol se difundió hacia el norte, y con él los informes sobre sus virtudes medicinales. Según relación de la provincia de los puruhaes de principios del siglo XVII, en la localidad de San Andrés, jurisdicción de Villardonpardo o Riobamba, no se daba ningún árbol: "solamente se crían unos árboles grandes que llaman molles" (Torres de Mendoza, 1868, IX, 470). Los había también en los lagares de Guano y Achambo (lbid., 473, 481). mediados del siglo siguiente era común en Ambato, Riobamba y Loja; los indígenas del callejón interandino acostumbraban sembrade en el camino, "como botica entera para mil males" (Velasco, 1927, I, 58). André lo observó en 1876 en el río Chota, a 1674 metros sobre of mar (André: 1884, 817, 820).

A fines del siglo XVI ya se conocía en el Nuevo Reino de Granada (Vargas Machuca, 1599, 147). En 1610 había en Tunja "MUELLES, que son unos árboles grandes traídos del Pirú, que algunos quieren y con razón que sean los lentiscos[9] de is isla de Chio, que dan almastiga" (Torres de Mendoza, 1868, IX, 400). Para fines del siglo XVII abundaba ya en la Cordillera oriental andina de la Nueva Granada. "De sus olas se hazen saludables lavatorios, porque todo lo que tiene este arbol es calido, y stiptico. Picada la corteza, distila leche, y esta deshaze las nubecillas que salen en los ejes. Sus cogollos limpian los dientes, y aprietan las encías, con buen olor, y no mal gusto... " (Zamora, 1930, 38-39). Más o menos lo mismo dice su repetidor (Oviedo, 1930, 25-26). Un misionero lo vio en la parte alta de la cuenca do) Magdalena en la segunda mitad del siglo XVIII (Serra, 1956, I, 56, 121).

Más dudoso es que existiera en el Quindío a mediados del siglo XIX (Morales Puerta, 1857, 370). Como en esa época dicha región no estaba colonizada, sino que era una selva densa, Schinus se confundió con algún otro árbol semejante, quizá algún Weinmania.

En los tiempos en que el médico Hernández estuvo en Méjico (1570-1580), ya estaba generalizado allí, y se usaba más o menos en la misma forma que en el Perú (Hernández, 1942, l, 279-281; Ximénez, 1888, Méx., 29-30; Pardal, 1937? 250). La existencia de nombres aztecas para esta especie, inducen a un autor a creer que pudo existir Schinus molle en Méjico antes de la supuesta o real introducción a que se refiere Hernández (Martínez, 1936, 345, 348). Aun admitiendo la introducción, otro autor contemporáneo de Hernández opina que se daba mejor en Méjico que en el Perú (Acosta, 1954, 125). Cebo, en una carta de 1630, escrita en Tehuantepec, establece: "También en parte he visto "melles", y los llaman árboles del Perú, porque se debió traerlos de allá, si bien los indios Zapotecas le tienen puesto nombro en su lengua". Los vio también en Guajapa y de allí adelante por la Mixteca (Cobo, 1956, II, 466; 468-469).

La dispersión a Europa fue temprana. Para fines del siglo XVI el muelle se cultivaba en la península ibérica (Ríos, 1951, 71; André, loo. cit.).

 

[6]
Louro: laurel: Laurus nobilis L., Lauráceas.
[7]
Ambauveira, imbaúba, nombres genéricos equivalentes al genérico taíno yarumo, para Moráceas de hojas palmeadas, de los géneros Cecropia y Pourouma.
[8]
Myrtus communis L.. Véanse otras notas al pie.
[9]
Pistacia lentiscus L., Anacardiáceas, de la cual se obtenía la almáciga o almástiga de la isla de Quio; se usaba para barnices y como masticatorio para purificar el aliento y fortalecer las encías (Font Quer, 1962, 440-442).
 
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