CAPITULO XIX

ORNAMENTALES[1]

 

1. -Sentido estético de los pueblos indígenas

El americano actual está tan intoxicado con la literatura "occidental" después de cinco siglos de influencia, y con la insistencia en las cosas introducidas, que se han deturpado las surgentes tradicionales autóctonas. Atribuyendo a los amerindios sólo aspectos negativos y defectos, se ha creado la impresión de que ellos no entendían sino en matarse unos a otros y en ser idólatras e incapaces de policía. Cuando mucho se les con.cede a los pueblos que estaban constituidos en imperios alguna parte de refinamiento, que se les niego sin más a los que no tenían organización política fuerte u oligárquica, sino laxa y democrática.

La verdad es que, no sólo los peruanos y mejicanos, sino la mayor parte do los pueblos indígenas, tenían su propio concepto estético y se complacían en las cosas que consideraban bellas. Sin hablar de la habilidad artística para expresar sus sentimientos en forma plástica --asunto que no es de esta obra- en cuan lo concierne al reino vegetal, apreciaban las flores y plantas ornamentales, y varios las cultivaban ex-profeso. Si las plantas ornamentales forman parte de la cultura de los pueblos, y el uso y cultivo de ellas se pueden colocar entre las bellas artes (Schwanitz, 1966, 1), no hay razón para excluir de este aspecto a los amerindios.

 

2. -Colores y perfumes.

Hay que aclarar los motivos de la insistencia de los cronistas españoles en señalar que la mayor parte de las flores de Indias, si de colores llamativos, carecían de aroma: "Verdad es que muchas de estas flores no tienen más que la vista, porque el olor no es bueno o es grosero, o ninguno, aunque hay algunas de excelente olor... " (Acosta, 1940, 301; -----, 1954, 121; Cobo, 1890, I, 389; -----, 1956, I, 179-180, 181).

Primero, la sensibilidad para los olores es diferente en las distintas razas humanas. Recuérdese que el olor del achiote era repelente para los europeos; al parecer los indígenas no lo extra ñaban (véase capítulo XVI). Pudieron entonces no dar especial estima a los aromas de las flores y sí en cambio a los colores. Más bien las sustancias aromáticas tenían un valor mágico para los indígenas, desde que la mayor parte de los aceites esenciales son al mismo tiempo medicinales y preservativos.

Segundo, el olor típico del cuerpo humano varía con las razas en general. Por ahí en el habla popular se mencionan matices de malos olores orgánicos, especialmente en referencia a la sobaquina. Además, casi todas las tribus indígenas de América tenían como característica la escrupulosa higiene corporal. El baño diario (y varias veces por día), causaba la admiración, y no pocas veces el horror, de los europeos, no acostumbrados a eso. Entonces, disminuía la necesidad de enmascarar malos olores.

Los indígenas del Putumayo-Caquetá a mediados del siglo XVIII, usaban varias plantas olorosas --entre ellas la vainilla: véase numeral 157, volumen II, 209 --para colgar al cuello (Cuer vo, 1894, IV, 273-274). Era costumbre bastante extendida en la cuenca amazónica, por lo menos al pie de los Andes, usar plumas y flores y yerbas olorosas colgadas a las espaldas (Magnin: Rl, 1940, I, 168, 169). Las muchachas indias del oriente peruano usaban a mediados del siglo XIX las inflorescencias de la palma changapilla Chamaedorea fragrans (R. et P.) Martius, que aun secas conservan su fragancia característica, para aromatizar la cabeza, o las ponían sobre sus camas o en los altares de sus santos o imágenes domésticas (Spruce, 1908, I, 46; II, 50). Es lo que otros llamaron "siasia" (Ruiz, 1952, I, 304-305; 305)[2]. Perdura la costumbre entre los jíbaros actuales; pero son las mujeres quienes usan ataditos de plantas aromáticas sobre los pechos, y la intención es protectora y mágica (Karsten, 1935, 91-92, 425-426; 427). Los parecas y otras tribus del Orinoco "ensartan juntas las bayas (sic) y hacen, no sé por qué capricho suyo, collares para adornar el cuello" (Gilii, 1965, I, 169; II, 62; 64; 94; 123-124).

La barrida de iglesias con yerbas olorosas, tenía también en la época colonial una inocultable intención preservativa de la atmósfera (Vargas, 1957, 58; Gil¡¡, 1965, I, 174).

 

3. -Flores y jardines.

La primera cosa con que tropezó Cristóbal Colón en los días siguientes al hallazgo de nuevas tierras, encontrándose en una de las islas Lucayas, fue un pueblo de seis casas, "con muchos jardines alrededor tan hermosos como los de Castilla en el mes de mayo" (Colón, H., 1947, 94). Cuando descubrió a Puerto Rico en 1493, en la parte occidental de la isla arribó al puerto de Guadá, Guadilla o Aguadilla, cuyo camino de acceso estaba profusamente adornado de plantas vistosas (Miyares González, 1954, 71-73, 72; Abbad, 1959, 10-11; 252).

De los amerindios en general, decía a fines del siglo XVI el padre Acosta: "Son los indios muy amigos de flores, y en la Nueva España más que en parte del mundo, y así usan hacer varios ramilletes que allá nombran suchiles, con tanta variedad, y puliía y gala, que no se puede desear más. A los señores y a los huéspedes, por honor, es uso ofrecelles los principales sus suchiles o ramilletes. Y eran tantos, cuando andábamos en aquella provincia, que no sabía el hombre qué se hacer de ellos". Aunque es verdad que se han utilizado por los indios algunas de las flores llevadas de España, las cuales por lo general se han dado muy bien en Indias, agrega: "Pero fuera de estas suertes de flores que son llevadas de acá, hay allá otras muchas cuyos nombres no sabré decir, coloradas y amarillas y azules y moradas y blancas con mil diferencias, las cuales suelen los indios ponerse por gala en las cabezas, como plumaje. Verdad es que muchas de estas flores no tienen más que la vista, porque el olor no es bueno o es grosero, o ninguno, aunque haya algunas de excelente olor..." [véase Datura, numeral 209] (Acosta, 1940, 301; -----, 1954, 121). "En sus bailes y fiestas usan los indios llevar en las manos, flores, y los señores y reyes, tenerlas por grandeza. Por eso se ven pinturas de sus antiguos tan ordinariamente con flores en la mano, como acá usan pintarlos con guantes" (Ibid., 1940, 302;, 1954, 121; 167; 177, 178, 179; 180; 158). Los indios salían a recibir a los primeros franciscanos que llegaron a Méjico, ofreciéndoles flores (Motolinia, 1941, 184).

Cuando Melchor de Salazar hizo por medio de tenientes una expedición al río Dochara o San Juan en 1593, en las parte meridional del Chocó, halló en las casas limpias y curiosas de los noanamaes, "algunos jardines hechos a mano que también lo eran" (Simón, 1953, VIII, 60).

Poco antes de la llegada de los españoles, los cañaris envíaron a Atahualpa diez mil niños con guirnaldas de flores en las cabezas, a pedir clemencia para su pueblo, cosa que no les aprovechó (Borregán, 1948, 84).

Hay noticias sobre cultivo de flores entre los soberanos incas y sus mujeres las collas. A la presunta segunda colla, Inquilcona Chimbo urma, la considera la tradición como amiga de las flores (Poma de Ayala, 1944, foja 123).

En el Paraguay, el camino del río a la casa del cacique de los jarayos estaba flanqueado con flores y yerbas (Schmidl, 1944, 85).

Cobo, que pasó muchos años en el Perú, concuerda con su cofrade Acosta sobre la inclinación de los indios a las flores, a pesar de lo cual, según él, poco cuidado tenían en cultivarlas, siendo casi todas silvestres; en cambio, los españoles sí cultivaban las suyas en jardines (Cobc, 1890. I; 389;, 1956, 1, 180).

Un viajero del siglo pasado registra la afición de los indígenas de la costa atlántica nicaragüense por los jardines (Bell, 1899, 84, 123).

 

4. -Asociaciones.

Algunas flores y plantas que ahora consideramos puramente ornamentales, eran preferidas y cultivadas por los indígenas americanos por motivos distintos. Las flores para los muertos, por ejemplo, quizá en un principio fueron especies determinadas y no todas o cualesquiera. El más clásico ejemplo en América, que todavía perdura, es el de Tagetes patula L. y especies afines. Para los europeos hay también ejemplos. Describiendo Castellanos la muerte de doña Inés de Atienza, la amante de Pedro de Ursúa, a manos de los conjurados de Lope de Aguirre, dice que su tumba fue cubierta de "violetas y lirios" (Castellanos, 1955, I, 648), que con seguridad no existían en el Amazonas.

Las baenas o plantas mágicas para cacería, que cultivan cerca de sus casas los indígenas guayaneses, y hacen tragar a sus perros cuando salen a excursiones venatorias, son plantas del género Caladium por lo general (ím Thurn, 1883, 218). El Hippeastrum [Amaryllis vittata L'Hérit.)] es veneno de flechas en el Amazonas (Hoehne, 1939, 91).

Es universalmente difundida en América entre las tribus indígenas la asociación de Thevetia, planta de gran valor ornamental, con la danza, pues del endocarpo del fruto se hacen cascabeles para llevar el compás (véase numeral 207).

Los cunas del Darién mantienen entre el empajado de sus viviendas, flores del cuipo Cavaníllesía platanifolia H. B. K. (Restrepo Tirado: Wafer, 1888, 124).

Una guirnalda de flores de copihue (Lapageria rosea) usaba el machi o curandero entre los araucanos de Chile, en la ceremonia de investidura (Pardal, 1937? 127).

Ciertas flores tienen una virtud mágica de protección, y por eso las lucen algunas tribus.

Es generalizado el uso de semillas coloreadas para pendientes, collares y otros adornos corporales, entre muchas tribus indígenas; y también para juegos infantiles. Se usan de preferencia para ello las de árboles del género Ormosia (Jahn, 1927, 95; Rudd, 1965, 282). La posesión de tales cuentas coloreadas parece tener en el fondo motivos de protección mágica (Karsten, 1935, 91; Espinosa Pérez, 1955, 1, 471-472).

 

5. -Sincretismo.

En otra obra (Patiño, 1966), se ha demostrado que toda actividad manual, sea la que fuere, la dejaron los españoles al cuidado de los indígenas. Sorprende que en un pueblo tan católi co como el español, no se diga el aseo de los templos, pero aun. los mensteres de adorno de iglesias y altares, arcos y guirnaldas en festividades solemnes y otros, se relegaran a indios e indias, como por común acuerdo se hace constar en los documentos consultados. Esto no quiere decir que algunas mujeres blancas no hicieran lo mismo una que otra vez, o en ocasiones especiales (más o menos como las damas de la "alta sociedad" en los países hispanoamericanos una vez al año); aunque el hecho general es el apuntado.

Pero en el caso particular contemplado, la índole de los indígenas --por lo menos en algunas partes --se acomodaba a estos menesteres. Aunque tal aspecto no se puede considerar en de talle, por no encajar en los lineamientos de esta obra, es evidente que de la evangelización cristiana el indígena aceptó de buen grado sólo lo que estaba en consonancia con su idiosincracia, mediante el fenómeno de sincretismo o incorporación de creencias nuevas en los viejos moldes (injerto). Entonces todo acto ritual que tuviera alguna semejanza con los tradicionales; toda ceremonia del culto católico que con pequeño esfuerzo se pudiera incorporar dentro de la mística consuetudinaria, fue adoptado sin dificultad. Dado el carácter compulsivo de la evangelización, estas puertas de escape debían ser bien recibidas y enfatizadas. De allí la afición de los indios, y sobre todo de las indias, a adornar altares, a hacer arcos y otras cosas por el estilo, pues así lo habían hecho a sus deidades. Inclusive las festividades que cronológicamente coincidían con las suyas propias, gozaron de evidente favor (Patiño, 1966, 221-222).

De los indígenas de Guatemala dice un autor de principios del siglo XVII: "Son muy diligentes, y curiosos en adornar vna iglesia y componerla de muchas flores y curiosidades, en que nos hazen grandes ventajas [a los españoles], dexandonos muy atras con su buen exemplo (...) Quando llega el sacerdote a sus pueblos los reciben con musitas y fiestas, con arcos de flores, y repique de campanas. Las indias salen con sus niños en los braços, para que el sacerdote les eche su bendicion: si ay fiesta solemne, salen los principales con ramilletes de flores en las manos, de los quales hazen presente al religioso, o sacerdote que reciben, y por donde pasan le echan mucha juncia, y flores, que todo es para alabar a Dios" (Vázquez de Espinosa, 1948, 223).

Esto mismo llegó a la máxima expresión en Méjico, donde frente a los templos católicos se siguieron celebrando las danzas rituales antiguas con flores y guirnaldas (Sánchez Ventura, 1943, 130-131, 132; Casas, 1909, 162-163).

Arcos y ramos ponían los indios cristianos en el Ecuador interandino para procesiones y fiestas, y para recibir a obispos y corregidores, que "todo era a mucha costa de los indios" (Rodríguez, 1684, 391).

En el Perú los indios e indias cultivaban flores y plantas ornamentales, para adorno de iglesias y altares (Ruiz, 1952, I, 336; 347). La "ccantu" o "cantuta" (Cantua buxifolía Juss., Polemoniáceas), que era la flor y planta mágica por excelencia en el antiguo Perú, se convirtió en adorno para altares (Ibid., 95; 364). En un principio parece que el cultivo de flores con ese propósito fue compulsorio (Calancha, 1639, 390, 604, 769).

Los chusques (Chusquea spp.) eran plantas muy socorridas para la confección de arcos (Cobo, 1891, II, 519; -----, 1956, I, 232).

Aunque los pueblos de indios del Perú donde había misiones de franciscanos fueran pobres, las iglesias eran grandes y hermosas y los altares aseados (Córdova Salinas, 1957, 159, 167).

A los jéberos de Maynas les hacían los jesuítas celebrar fiestas religiosas, "con altares y castillos hechos de flores y ramos, frutas y pájaros, y las calles enramadas con arcos de palmas" (Figueroa, 1904, 69; 32). A los cunivos del Marañón el jesuíta Richter les "hacía vistiesen la iglesia y calles con ramas y flores silvestres" (J. de la Espada, 1889, Mar., 393). Un cofrade suyo, Joaquín Hedel, recomendaba en regla número 13 sobre evangelización de los alabones: "Hacer las fiestas con el posible aparato exterior de arcos de palmas, repiques... etc., que así les entra mucho a estos pobres la devoción" (Uriarte, 1952, 1, 191). Pero no hay tal que fueran exclusivamente flores silvestres, sino que muchas se cultivaban exprofeso en las misiones, claro que por los indígenas (Ibid., I, 138; 158; 162; 174; 199; 276; 296; 11, 37; 83).

Un científico presenció en Fonte Boa, cerca de la desembocadura del Caquetá en el Amazonas, en '.a Navidad de 1856, que la iglesia, abandonada todo el año, era adornada ese día con festones de hojas y flores silvestres (Bates, 1962, 440).

Flores de Loranthus mutisii, rojas, de seis pulgadas de largo, vio un viajero en Bogotá en el paso de Semana Santa en 1854 (Holton, 1857, 551).

 

6. -Flores, reflejo del estado social.

La relación de Barquisimeto, escrita el 8 de noviembre de 1745 por José Lorenzo Ferrer, manifiesta: "...para recreazión y deleite de la vista, y deleite del olfato produze abundancia de flores, unas nobles y de estimación. como la Rosa, el Clauel, el Jazmin, y otras pleueyas y comunes que son infinitas" (Altolaguirre, 1908, 121): O sea, que las flores introducidas se consideraban nobles o de mejor calidad que las nativas, sólo porque estaban vinculadas a la tradición, cultura y gustos del grupo dominante.

 

7. -Arboles y plantas de sombrío y ornato.

Si las observaciones sobre un lugar o una cultura dados no se enmarcan en el cuadro apropiado de la perspectiva histórica, se corre el riesgo de falsear la imagen de aquéllos, juzgándolos solamente a la luz del discurrir contemporáneo. Esto se dice a propósito de una afirmación de Humboldt sobre el oriente de Venezuela, de que los naturales de América no acostumbraban sembrar árboles de sombra, y que raramente se veían a fines del período colonial avenidas de árboles (Humboldt, 1941, I, 392). Sería así en aquel entonces, cuando la población primitiva estaba disminuída, y los remanentes sojuzgados, sin posibilidad de desplegar irrestrictamente las manifestaciones de su propia cultura. Pero cuando los españoles llegaron por la primera vez a esas mismas regiones, concretamente a la cuenca del río Unare y tierras circunvecinas,

"tienen las más insignes poblaciones
en unas mesas llanas asentadas,
debajo de los mocos, o mamones,
plantados por hileras ordenadas,
árboles de hermosas proporciones,
cuyas hojas jamás se ven mudadas;
su vista da grandísimo contento..."

(Castellanos, 1955, 1, 356).

Cuando las huestes de Agustín Delgado, teniente de Ortal, asaltaron y tomaron el pueblo del palenque de Orocopon en el Unare, hallaron

"en calles, plazas, barrios gran distancia,
verdes macos en él por elegancia

(Ibid., 470).

En el pueblo de la cacica Orocomay, los matrimonios se celebraban --como uno que les tocó presenciar a los españoles --en

"...un lugar de flores adornado,
a la sombra de micos o mameyes,
do tenían asientos prevenidos..."

(Ibid., 517).

A propósito del mico [Melicocca bijuga L.], como fruta, véase el numeral 47, vol. I, pp. 259-261.

Los españoles notaron al conquistar el pueblo de Lagunilla o Znmu en la cuenca del río Chama (Venezuela), que fuera de l'os frutales, tenían los indígenas "otros géneros de árboles que sólo servían de acompañar y hermosear los pueblos" (Aguado, 1957, 11, 151).

Alamedas al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta hallaron los españoles (Oviedo y Valdés, 1944, VII, 131), por un "camino muy ancho y hermoso, orlado de muchos árboles a los lados, plantados por adornamiento suyo"; era el 14 de junio de 1514 (Oviedo y Valdés, 1959, III, 230).

En Tamara [meque], habitado por los pacabueyes, hallaron los subordinados de Ambrosio Alfinger en 1531 árboles plantados intencionalmente, para sombra y ornato (Nectario María, 1959, 498).

En todos los pueblos indígenas de Guatemala, las calles y senderos estaban flanqueadas por filas de árboles y arbustos diversos, como los chichicastes [Urera caracasana (jacq.) Griseb.] (Cortés y Larraz, 1958, II, 298-299).

Conviene saber que la necesidad de árboles de sombra y ornato debió ser mayor cuando la. vegetación arbórea nativa era rala o escasa. En cambio, en regiones de selva pluvial, había su ficiente masa arbórea cerca a las viviendas; éstas eran dispersas (Patiño, 1966, 50-52), y entonces la necesidad de plantar ex-profeso cortinas vegetales para defenderse del ardor del sol no era premiosa.

Quedó demostrado en otra `obra que en varias regiones los indígenas rodeaban sus viviendas o heredades con setos o cercos en la mayoría de los casos con plantas vivas (Patiño, 1966, 138139, 316-320).

 

8. -Fitolatría.

Plantas, especialmente árboles corpulentos, de formas bizarras o excepcionales, suscitaron la admiración y culto de los indígenas. Esta fitolatría está bien documentada con referencia a la ceiba (Ceiba pentandra (L.) Gaertn.) y a otras especies, como la palma de cera (Ceroxylon spp.).

Ciertos árboles se consideran por los pueblos amerindios como hospederos de duendes o demonios que es necesario reverenciar (Alvarado, L., 1945, 302--303). Ficus urbaníana Warb.; ceiba o kumaka, y mamey (Mammea americana L.), son considerados por los caribes isleños de Dominica como "moradas del espíritu", y nunca derribados, excepto la segunda cuando está mudando foja. Tampoco usan para almohadas la lana de la ceiba, para evitar perturbaciones o pesadillas durante el sueno (Hodge et al, 1957, 560; 581-582; 585). Igual ocurre en Haití con la ceiba (Sylvain, 1930, 17). En la actualidad se ha registrado este culto a los árboles albergues de espíritus en Trinidad (Niehoff, 1960, 57, 160-161), así como entre los negros de Surinam (Hiss, 1943, 33). Esto no es exclusivo de los pueblos americanos, sino que en todos los continentes se hallan manifestaciones del mismo fenómeno fitolátrico. El interesado puede ver un estudio comparativo en la obra monumental de Frazer, 1926, especialmente en los tomos, I y II.

Todos los datos relativos a este aspecto de veneración a vegetales determinados, así como a la práctica de ceremonias religiosas conectadas con ritos de fertilidad y otros en los "bosques sagrados", se estudiará en la obra sobre recursos naturales.

 

9. -Jardines botánicos.

Hubo verdaderos jardines botánicos en América antes de la llegada de los europeos. Estuvieron --hasta donde se sabe --confinados a Méjico y al Perú, con gobiernos e instituciones rígida mente jerarquizados, donde el poder absoluto de los soberanos permitía disponer de grandes recursos de mano de obra y de tributos para empresas de esa laya.

Según Tezozomoc, Moctezuma I hizo en Oaxtepec un jardín botánico con plantas traídas de lejos y aun gente para cuidarlas (Soustelle, 1956, 134; Sánchez Ventura, 1943, 142; Matschat, 1935, 22-24, 27, 27-29, 29-32). Los botánicos Francisco Hernández y Francisco Jiménez hablan de ellos, refiriéndose al bálsamo Myroxylonn (véase numeral 192) (Hernández, 1943, II, 558; Ximénez, 1888, Méx., 27). Recientemente se descubrieron las ruinas (Sánchez Ventura, loc. cit.).

Estos Jardines botánicos fueron anteriores a los primeros que se establecieron en Europa, el de Alfonso I de Este, de Ferrara, en 1528 (Haudricourt et Hedin, 1943, 198); el de la Universidad de Padua en 1545 (Clifford, 1966, 20; 46 y nota), y el de El Escorial en España a fines del siglo XVI.

 

10. -Paisaje y cambios de paisajes.

El fenómeno, que se verá con más detalle en el volumen destinado a las plantas introducidas, del transporte de componentes del paisaje cuando hay emigraciones de pueblos, también ocurrió en América, quizá en un grado limitado. Muchos elementos ornamentales continuaron confinados a la localidad de origen; algunos debieron ser llevados por los pueblos en sus migraciones.

Durante la dominación española, se aceleró este proceso dinámico. Muchas especies, mejicanas y centroamericanas, se difundieron en Sur América, y viceversa.

 

11. -Antopónimos y fitotopónimos.

Flores, plantas o árboles han dado nombre a localidades. Rescatadas del olvido quedan unas pocas denominaciones, que indican cómo la presencia vegetal dejó huella perdurable en los pueblos. El siguiente indículo es una exhortación para que otros investigadores lo continúen, en la seguridad de que se obtendrán valiosos hallazgos. Nombres adicionales pueden verse en el tomo 11, 1964, pp. 352-354.

"Amancay" (véase "Hamancay").

"Arizá" = Quebrada y pueblo del bajo Cauca (Revollo, 1942, 18). Corresponde a Brownea ariza Benth., Cesalpináceas (véase numeral 191 en este mismo volumen).

"Arocxapa" = San Bartolomé de, al pie del cerro Mazuzaira, Cuenca, Ecuador, que según relación de 1582: "Llámase Arocxapa el asiento deste pueblo, porque hay en el mucha cantidad de unas flores que se llaman en su lengua cañar "aroc"" (J. de la Espada, 1897, 111, 165). Aroc es también una quebrada en San Bartolomé (Jijón y Caamaño, 1941, 11, 8).

"Cantutpata", sector oriental de la ciudad del Cuzco, "que significa andén de flores, por las que auia en el parecidas a Clauellinas de españa, la mata en que se criaban parecia a Cambronera de aquellas que ay en Andalucía" (Vázquez de Espinosa, 1948, 515). Esta es la cantuta Cantua buxifolia Juss., familia Polemoniáceas. Es la flor nacional de Bolivia. La cambronera de España es una Solanácea, Lycium spp., usada para setos (Font Quer, 1962, 562-563).

"Curitiba", ciudad capital del Estado brasileño de Paraná, da "curí" = Araucaria angustifolia (Bertol.) O. Kuntze: "iba" = lugar de, en guaraní.

"Hamancay", Santiago de - pueblo del corregimiento de Abancay, en la sierra peruana. Según relación de 1586, "y quo el pueblo de Santiago Abancay quiere decir "azucena"[3], por haber muchas destas flores en aquel pueblo; y questos nombres son del tiempo de los ingas, y los nombres de los santos son por los apellidos de las iglesias... " (J. de la Espada, 1885, II, 216-217).

"Pantipata", otro pueblo del corregimiento de Abancay, Perú: "Que el pueblo de "Pantipata" quiere decir "unos andenes y en ellos flores encarnadas"; y el llamalle "La Encarnación da Nuestra Señora" es por la vocación del pueblo que se lo puso cuando se redujo" (J. de la Espada, 1885, II, 207). "Panti" es el nombre quechua para plantas del género Cosmos, de las Compuestas (Yacovleff y Herrera, 1935, II, 50-51). La localidad de Pantipata la trae Lira como perteneciente al distrito cuzqueño de Anta (Lira; 1945, 736, 737).

"Pinchipi", lugar cerca de Amatitlán, Guatemala = "dentro de las flores" (Gage, 1946, 266).

"Pueleusí": San Francisco Pueleusí del Azogue, pueblo de la jurisdicción de Cuenca, Ecuador interandino, acerca del cual apunta la relación geográfica de 1582: "Llámase "Peleusi" (así) este pueblo en la lengua de los indios [cañar], porque paresce ser que en este pueblo, más que en otra parte alguna, hay los campos llenos de unas matas que dan unas flores amarillas, las cuales, por su tiempo, ques por mayo y j unto, cubren todo el campo; y a esta significación le llamaron "Peleusi", que quiere decir "campo amarillo"" (J. de la Espada; 1897, III, 171; Jijón y Caamaño, 1941, I I, 24).

 

12. -Evolución del sentido estético.

En las plantas medicinales la moda y el gusto de cada época han ejercido su influencia, para inducir a la gran masa de población en un momento o período dados, a aceptar algunas de ellas o a posponer y aun rechazar otras (véase introducción al capítulo XVII). Igual cosa ha ocurrido con las ornamentales. Lo que quiere decir que la calidad de tal en las especies vegetales, ha variado con los tiempos y con las características culturales de los pueblos que las cultivan, hecho que debe tenerse en cuenta cuando se recorra la lista de especies que se han de estudiar, donde quizá "no están todas las que son, ni son todas las que están".

La condición cambiante de la moda, hará que en el futuro se incorporen como plantas ornamentales algunas que ahora no se consideran tales. La dirección en que se orienten los gustos en este particular no puede predecirse.

 

13. -Plantas espontáneas y plantas cultivarlas.

A propósito de la afirmación del naturalista Bernabé Cobo, de que -a pesar de gustarles tanto a los indígenas las flores no ponían cuidado en cultivarlas (Cobo, 1890, I, 389; -----, 1956, I, 180), en otros pasmes y volúmenes de esta obra se ha llamado insistentemente la atención de que el móvil de la conducta de los pueblos indígenas no puede ser juzgado de acuerdo con las tradiciones y culturas de otros. Nadie podrá negar la capacidad del amerindio para la domesticación, propagación y selección de plantas, ya que tantas decenas de especies útiles han sido aportadas por él a la humanidad. Entonces, si no ejerció en todas las plantas por igual esa tendencia y esas habilidades, fue por motivos de su cultura y costumbres.

Aun actualmente en Europa hay plantas de prados y montes que no han sida. cultivadas, y sin embargo, son apreciadas en su tiempo y lugar particulares (Schwanitz, 1966, 6-7).

Estando el ritmo de floración de cada vegetal condicionado a influencias climáticas y meteorológicas, quizá el indígena prefería que ciertas especies florecieran espontáneamente, sin tratar de cultivarlas; y recolectarlas a su hora para of rondas religiosas n para otros fines.

En las plantas ornamentales es en las que la categoría de cultivadas o espontáneas es más inestable y movediza. Día a día el hombre incorpora al cultivo especies que continúan manteniendo en otros lugares su condición de plantas silvestres.

Es. también la categoría de plantas que tiende más frecuentemente a propagarse, por trasplante directo, del sitio en que se encuentran, a las cercanías de la vivienda. Con frecuencia se ve en las grandes ciudades a "buscadores de plantas" ofreciendo muchas especies para su vulgarización.

 

NOTA. Aquí debe dar principio la lista de numerales, que se omite por las razones dadas al iniciar este capituló.

 

 

[1]
Como se anunció al final de la "Prevención" introductoria de este tomo, en la página 8, el capitulo sobre plantas ornamentales americanas cultivadas, debido a su extensión, se piensa publicar en forma de suplemento, cuando se puedan vencer las dificultades que este grupo, más que otro alguno, presenta con la obtención de ilustraciones adecuadas. Esto se entiende de la lista de plantas estudiadas, que totalizan unos 400 numerales, o sea casi el doble de los estudiados en los primeros tres volúmenes. El planteamiento del tema si se incluye aquí, por corresponderle el orden lógico, de acuerdo con el plan de la obra.
[2]
También se llama sangapillo al Cyclanthus bipartitus Poit., con flores de agradable fragancia (Macbride, 1936, I, 1: 428).
[3]
Especie de Alstromelia, dice e: editor J. de la Espada en nota al pie, Cabe advertir que hamancay se nombra en el Perú a flores de distins géneros, especialmente de la familia Amarilidáceas, mientras que en el occidente colombiano se aplica a Plumiera spp., Apocináceas.
 
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