TERCERA SEPARACION: DON TOMAS HERRERA
CAE EN LA TRAMPA
Sobrevino después, en 1840, otra nueva intentona de secesión en Panamá, pero esta vez más seria.
En realidad, este movimiento separatista no vino a ser sino el lógico reflejo que en el Istmo habría de tener la famosa guerra civil de los "Supremos". Porque si a lo largo y ancho de la Nueva Granada (González en el Socorro, Reyes Patria en Sogamoso, Carmona en Santa Marta, Troncoso en Mompox y Gutiérrez de Piñeres en Cartagena, etc., etc.) se declaraban Jefes Supremos de otros tantos Estados Libres y Soberanos, ¿cómo no iba a ocurrir cosa parecida en el Istmo, allí en donde la misma Naturaleza estaba indicando a sus habitantes la necesidad de sustraerse al torbellino revolucionario granadino y hacerse a una lado de la vía (cosa que no les resultaba muy difícil, porque de hecho lo estaban) para gobernarse por sí mismos y según la idiosincrasia del país? ¿Cómo no iba a suceder, sobre todo, si por el sistema de erigirse en Estado Soberano, los liberales antibolivianos de Panamá, como los de Cartagena, Sogamoso y demás provincias rebeldes, se quedaban con el poder en las manos?
Según es sabido, la revolución de 1840 había comenzado a principios de ese año en Pasto a propósito o con el pretexto de la supresión que en años anteriores se había decretado de algunos Conventos de escasa población monacal. Aquella guerra resultó paradójica. Porque al principio no fue más que un brote reaccionario y antillberal; pero, complicada sorpresivamente con el descubrimiento ocasional de ciertos documentos que, en la apariencia al menos, comprometían como autor del asesinato del Mariscal Sucre al general José María Obando, Jefe, desde la muerte de Santander, del partido antiboliviano (o liberal, como ya empezaba a llamarse), la revolución tomó un sesgo inesperado; y en vez de avanzar como una reacción conservadora contra un régimen liberal, se convirtió en una rebelión liberal contra el gobierno centralista de Bogotá, y a la postre vino a tornarse en una situación de completa anarquía en la que los "pronunciamientos de los Jefes Supremos" o más sucintamente "los Supremos", bajo la bandera federacionista, no fueron sino la expresión de un cierto instinto de conservación social. Cada uno se encerraba en su casa, se echaba cerrojo por dentro, y dejaba que el turbión de la guerra pasara por encima, mientras la decisión de las armas en el centro del país aconsejaba qué debía hacerse.
Como es claro, Panamá no podía ser menos que Cartagena, El Socorro, o Mompox, y a nadie le sorprendió que en 19 de noviembre de 1840 también se proclamara en Estado Soberano (oficialmente "Estado Libre del Istmo") ni que el "Supremo" de ese movimiento fuera el General Tomás Herrera, el más prominente de los panameños del siglo XIX, y uno de los más importantes de la Nueva Granada, donde habría de llegar a la propia Presidencia de la República en 1854.
Descendiente de linajuda familia, Herrera había participado con ardor y valentía en la guerra emancipadora y fue de los vencedores en Ayacucho. De ideas liberales, pero de temperamento moderado, se vio, no obstante, involucrado injustamente en el proceso subsiguiente a la conspiración septembrina contra Bolívar, lo que le causó inicua condenación a presidio en Bocachica y Puerto Cabello, donde sufrió duras penalidades. Hasta que al fin, en 1829, se le permitió partir hacia el exilio. Posteriormente, regresó a la Nueva Granada, participó en la campaña contra la dictadura militar del General Urdaneta, y por esta razón no parece raro que el gobierno de Bogotá le hubiera confiado, en 1831, la misión de combatir a Alzuru y de restablecer en su propia patria chica el conturbado orden jurídico, conforme le vimos en el capítulo anterior.
No es tampoco de extrañar que a raíz de la ejecución de Alzuru y de la normalización de la vida pública en el Istmo, Herrera se convirtiera allí en auténtico héroe popular. Era el vencedor, era panameño, y, además, era liberal, tres condiciones que allí no podían sino colocarlo en el ápice de la escala política regional. Además, se sabía que era amigo, aunque sólo, es verdad, en determinadas condiciones, de una eventual independencia del Istmo, lo que le identificaba aún más con las aspiraciones no por ocultas menos ciertas de algunos sectores de la opinión.
Los hombres, en el "tamborito", le cantaban:
"El demonio mandó a Alzuru
A acabar con Panamá,
Pero Dioj, que ej grande y jujto,
Mandó entonces a don Toma. . "
Y las mujeres:
"La ropa e Tomáj Herrera
No se lava con jabón,
Sino con conchitaj de ámbar
y sujpiro e corazón..."
¡Ah, don Tomás, y lo que debieron haberle hecho gozar las panameñas que así le cantaban! ¡Y cómo olería de bueno esa ropa, lavada con suspiritos y Conchitas de ámbar! ¿Cómo no verlo por eso convertido de ahí en adelante en el gobernante ideal para Panamá, y en su representante nato en las sucesivas legislaturas del Congreso granadino? Ni ¿cómo imaginar que el sobrevenir la guerra de 1840 no fuese don Tomás quien se erigiera en el "Supremo" del Istmo en el momento en que éste, a imitación de otras regiones del país, pero con mayores razones, resolvió "reasumir su soberanía"? 12
Como de uso y costumbre, esta vez volvieron los panameños a reunir una Asamblea popular. ¿Quién elegía sus representantes? Nadie. Era el clásico Cabildo Abierto heredado de 1810. ¿Y cuál su fuerza legal? Ninguna: los hechos, la práctica separación, y el abandono en que el Istmo yacía sin tener contacto directo con el gobierno central de Bogotá desde hacía casi un año. En todo caso, la Asamblea eligió Jefe Supremo a Herrera y convocó a una Convención Constituyente, que se instaló cuatro meses después, en marzo de 1841 y en la que Herrera abogó, en un Mensaje, porque se autorizara la reincorporación a la Nueva Granada, pero sólo si ésta se organizaba bajo la forma federativa. Lo que la Convención, dócil, decretó seguidamente.
"Artículo Primero: Los cantones de las antiguas provincias de Panamá y Veraguas, compondrán un Estado Independiente y Soberano que será constituido como tal por la presente Convención, bajo el nombre de "Estado del Istmo".
"Artículo Segundo: Si la organización que se diere a la Nueva Granada fuere federal y conveniente a los intereses de los pueblos del Istmo, éste formará un Estado de la Federación".
"Parágrafo: En ningún caso se incorporará el Istmo a la República de la Nueva Granada bajo el sistema central".
Y pare de contar. Acto seguido se elaboró una Constitución, cosa nada difícil para los ideólogos de aquella época, y, como es de suponerse, Herrera fue elegido Presidente de la recién nacida República. Su posesión tuvo lugar, solemnemente, el 11 de junio de 1841. Todo parecía ir viento en popa.
El problema y la inquietud radicaban en el hecho de que, careciendo de alianzas internacionales 13., la suerte de la nueva república estaba vinculada a la de las armas de la revolución, que en la Nueva Granada había ya enarbolado la bandera federativa. Mientras la guerra seguía sin decidirse, Panamá vivió su luna de miel independiente, la Asamblea legisló sobre lo humano y lo divino, y Herrera gobernó con discreción y firmeza. Las cosas empezaron a torcerse cuando el gobierno central, que ya presidía el general Pedro Alcántara Herrán, elegido en plena conflagración, empezó a ganar terreno y la revolución a replegarse. Los "Supremos" comenzaron a ponerse nerviosos; y para colmo, el Coronel Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres, bajo cuya suprema jefatura se había independizado Cartagena, resolvió tranquilamente "desindependizarse"; y, efectuando él mismo un contra-pronunciamiento, puso esa plaza, que era clave para la recuperación de Panamá, en manos del gobierno bogotano. Los panameños comprendieron que estaban perdidos, y se les aguó la celebración del primer aniversario de su independencia, para la que ya tenían listos los fuegos de artificio. En la noche panameña el "tamborito" resonó, pero sus sones esta vez fueron más melancólicos que alegres.
Aquí fue donde don Tomás Herrera dio muestras de poseer hábiles dotes de político y de diplomático, además de sus ya comprobadas prendas militares; pero también de cierta ingenuidad. La situación no era, en efecto, nada fácil. Por un lado él sabía que por más aprestos bélicos que se hicieran (y se llegó a organizar una fuerza de cinco mil hombres, de los cuales mil veteranos) sería imposible resistir una expedición militar enviada en debida forma por el gobierno de Bogotá con base en la plaza de Cartagena. Por el otro, el movimiento separatista panameño había avanzado muy lejos, y hecho solemnes declaraciones de que, a no ser bajo la forma federativa, el país no se volvería a reintegrar a la Nueva Granada. ¿Qué hacer? Herrera comenzó entonces a maniobrar para que la política istmeña, son sus palabras, "procurase, primero, que el gobierno central se entendiera con nosotros, por los medios pacíficos de la negociación, hasta llegar a un resultado recíprocamente honroso; y segundo, en prepararnos para una defensa vigorosa, si llegase el caso de que se expedicionase sobre nuestras costas'' 14.
No fue, sin embargo, por el Atlántico por donde el victorioso gobierno de la Nueva Granada hizo un primer contacto, al fin, ¡al cabo de un año!, con el de la República del Istmo, sino por el Pacífico, sobre cuyas aguas vino a aparecerse, ya a fines de diciembre de 1841, don Julio Arboleda, como un nuevo Bochica, ofreciendo la paz. Venía de parte del general Tomás Cipriano de Mosquera, el vencedor de Tescua y Huilquipamba, con la misión de entenderse no ya oficial, sino personalmente con Herrera, para los siguientes efectos: para excitarlo a que reincorporase pacíficamente el Istmo a la Nueva Granada; para remitirle el nombramiento de Comandante de Armas en el Istmo así como la oferta de nombrarlo posteriormente Gobernador del mismo; y, en fin, para entregarle el texto de un Decreto de amnistía que el Gobierno de Bogotá acababa de dictar para los comprometidos en las ocurrencias panameñas.
Aquella misión, como se ve, tenía de todo un poco: halagos personales al mandatario panameño; excitaciones amistosas para todos en general, pero, además, con el decreto de indulto y amnistía (en el que no se dejaron de introducir ciertas excepciones fastidiosas) una afirmación de la eminente soberanía neogranadina sobre el territorio panameño.
Al principio Herrera no dio el brazo a torcer. Estaba convencido, y lo había dicho y profetizado en una proclama, de que "nuestras necesidades son peculiares, y un Congreso General que se reúne a más de 300 leguas de distancia, jamás legislará convenientemente para nosotros". Por lo cual "tal acontecimiento (la apertura de un Canal, de lo que ya empegaba a hablarse) no tendrá lugar nunca mientras el Istmo, haciendo parte de la Nueva Granada, haya de recibir de ella sus leyes" 15. Le preocupaban, además las excepciones del decreto. Le escribió a Mosquera: "El decreto de amnistía contiene excepciones y usted sabe cuan duro es que un gobernante de hecho o de derecho entregue a alguno de aquellos que le han confiado su suerte". ¡Beau geste! Y Arboleda, que era sensible a estos rasgos gallardos, no pudo menos de regresar donde Mosquera con las manos vacías.
Es entonces cuando, también sobre las aguas del Pacífico, se aparece don Rufino Cuervo, que por entonces era Ministro de la Nueva Granada en Quito. Pero no en persona, "porque el estado siempre achacoso de mi salud me lo estorba"; sino en forma de carta. De una carta maestra, destinada a tocar las fibras más sensibles del romántico espíritu de don Tomás. Hay en ella también de todo un poco, como en la misión de Arboleda, pero revestido con la delicadeza y las galas literarias de un excelente escritor y de un diplomático ya veterano: halagos al pueblo istmeño: "ni una sola gota de sangre, ni una sola lágrima han derramado los istmeños en una época de tantos azares y agonías..." Promesa: "Un decreto de olvido cubrirá todo lo pasado, sin que en juicio o fuera de él pueda nadie ser molestado por sus actos u opiniones anteriores..." Insinuaciones discretas: "El Istmo tiene, es verdad, necesidades y esperanzas que le son peculiares; mas el remedio de las unas y la satisfacción de las otras no se encuentran en una independencia prematura..." Y amenazas veladas: "¿Querrá (El Istmo) que sea regada con la sangre de sus hijos un suelo feraz que sólo debe serlo con el sudor de laboriosos empresarios. ..?"
Herrera encontró la coyuntura y contestó: "Jamás el Istmo se habría lanzado a romper de hecho una unión en que entró con su albedrío; pero la franqueza y la lealtad exigen que yo no disimule que, presentada la ocasión, influyó no débilmente en aprovechar la robusta y general persuación que existe de que estos pueblos, para alzarse de la postración en que vegetan... necesitan una administración adecuada, en todos sus ramos, a sus propias exclusivas y características necesidades; necesidades que emergen, forzosamente de la posición que el Autor de la Naturaleza ha querido darle en el globo, y las cuales jamás se remediarán por leyes generales expedidas por un Congreso a tanta distancia y que por precisión ha de carecer de datos locales..."
Y luego, ya en plan de someterse: "Por fortuna es ya general entre los hombres pensadores la persuaden de ensanchar a expensas de las autoridades nacionales, el poder municipal..."
El poder municipal: He allí la nueva fórmula mágica que los ideólogos santafereños, geniales raposas jurídicas, habían inventado como una respuesta a los fracasados impulsos federativos regionales sin que por eso el poder central capitalino dejara de ser fuerte , sino al contrario, predominante, y en grado superlativo, sobre la generalidad del atomizado país. Gracias a esta fórmula magistral, los panameños, tan comprometidos como se hallaban en la aventura federativa, cayeron en el garlito. Don Tomás Herrera se dejó convencer y lo demás vino en cascada: el 31 de diciembre como para despedir el año de 1841, se celebró un Convenio de reincorporación del Istmo a la Nueva Granada. La independencia había durado desde el 18 de noviembre de 1840 al 31 de diciembre del año subsiguiente; y de este modo, casi que podría decirse que con simples promesas, las provincias istmeñas, como gráficamente lo diría don Justo Arosemena, volvieron como la cola de un cometa a girar por fuerza tras el cuerpo del astro que se extendía de Riohacha a Túquerres y del Chocó hasta el Casanare"16.
Epílogo: Pocas semanas después de la reincorporación, el Gobierno de la Nueva Granada traicionó con felonía a Herrera, incumpliendo la casi totalidad de las cláusulas del Convenio; y no solo lo destituyó de la Gobernación del Istmo, sino que, pese a los solemnes compromisos oficiales contraídos con él por el doctor Rufino Cuervo, avalados por el propio General Juan José Flórez, Presidente del Ecuador, lanzó y mantuvo desterrado del país al prócer panameño durante tres largos años. Cosa que los panameños no olvidaron jamás.
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12.
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13.
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14. |
Ricardo J. Alfaro, Opus cit. Página 151. |
15. |
Revista "Lotería". No 58. Páginas 28 y 55. |
16. |
Cita de Ricardo J. Alfaro, Opus cit. Pág. 164. |
