LA CUARTA SEPARACION
 

Como se sabe, el truco del famoso "poder municipal" con que los ideólogos santafereños habían engatusado a don Tomás Herrera, fue también una trampa en la que cayó el resto de las provincias colombianas. Porque los vencedores en la guerra de 1840 no sólo le echaron tierra al asunto, sino que, apenas la paz estuvo restablecida, fabricaron en 1843 una Constitución nueva, con la que apretaron más las clavijas que habían quedado destempladas en 1832, o sea que con ella se reforzó el poder ejecutivo central. Y no de cualquier manera, sino que, según aquella nueva Carta, era el Gobierno Central de Bogotá el que nombraba a los Gobernadores de Provincia así como a los agentes inmediatos de éstos. Item más: en las Cámaras, salvo contadas excepciones, podían tener curul los empleados públicos; y encima de todo, era el mismo Gobierno quien escogía los magistrados de los Distritos Judiciales. ¡Bonita división del poder!

Pero la idea disgregacionista seguía caminando por debajo de aquella coraza constitucional que se le había impuesto al país, pese a los visibles y buenos resultados que éste había dado para la paz y el progreso durante dos administraciones que la historia ha juzgado ejemplares: la del general Pedro Alcántara Herrán y la primera del general Tomás Cipriano de Mosquera. Hasta que diez años después, ya no fue posible aguantar más, crujió todo el andamiaje y una nueva Constitución, la de 1853, abrió el portillo, que después se habría de convertir en tronera, por donde el rebaño entero se escaparía, en tropel, hacia la federación. En ella, junto con una liberalización inadecuada al estado social y la idiosincrasia del país, se estableció una descentralización avanzada gracias a la cual se le dio a las provincias (esta vez sí), "el poder municipal en toda su amplitud", comenzando por el derecho a darse su propia Constitución (¡y eran 35!), siguiendo con la ambicionada, mas no por eso menos funesta elección popular de sus Gobernadores y terminando, en fin, con una apreciable libertad para organizarse autónomamente. Era la señal para la desbandada. O mejor, ¡era la "débacle"!

Y la "débacle" empezó, como era de esperarse, por Panamá, pues el propio Congreso Nacional de 1855, obrando bajo la influencia e inspiración de un ilustre panameño, don Justo Arosemena, aprobó un "Acta Adicional de la Constitución", cuyo artículo primero consagraba la siguiente nonada: "El territorio que comprende las provincias del Istmo, a saber, Panamá, Azuero, Veraguas y Chiriquí, forma un Estado federal soberano, parte integrante de la Nueva Granada, con el nombre de Estado de Panamá". Y a renglón seguido, en la misma Acta Adicional, se estableció que una ley común podía erigir en Estado Soberano cualquier porción del territorio granadino. Era, como quien dice, la campanada de recreo y... a jugar cada uno enseguida a la republiquita. Primero, se erigió el Estado Antioquia, en 1856; y luego, el año siguiente, los demás, o sean Santander, Cauca, Cundinamarca, Boyacá, Bolívar y Magdalena. El más extenso de todos era el Cauca, que iba desde el Putumayo y la Amazonia colindando con el Ecuador, hasta el mar Caribe, en el golfo de Urabá, en los límites con el Istmo. Pero el más autónomo, a causa de su misma excentricidad, fue Panamá, por lo que, con razón don Pedro Fernández de Madrid, cuando en su calidad de Presidente del Senado se disponía a sancionar la famosa Acta Adicional, rezongó, diciendo: "Este es el primer paso... tarde o temprano Panamá será perdido para la Nueva Granada..."17.

Aquello fue lo que se dio en llamar un régimen constitucional dizque "centro-federal", que es como hablar de la cuadratura del círculo. Y la criatura era tan monstruosa, que a los pocos años, en 1858 no hubo más camino que fabricar otra Constitución, esta vez abiertamente federal, mediante la cual los Estados que se habían ido organizando, o mejor, desorganizando a través de la brecha abierta por Panamá, se confederaron a perpetuidad y formaron "una nación soberana, libre, e independiente, bajo la denominación de "Confederación Granadina". Es verdad que en esta Constitución no se les dio a los Estados el carácter de "soberanos", pero en la práctica vinieron a serlo, puesto que tenían autoridad para formar gobierno autónomo, con Constitución, leyes y Gobierno propios.

Apenas se le dejaban al Gobierno central y a la Corte Suprema unas cuantas atribuciones generales. Y lo curioso es que en la expedición de esta Carta, cuyos principios hacían parte del credo liberal más rabioso, contribuyeron los mismos conservadores, que se habían contagiado del embeleco federacionista. Y aún el mismo Presidente don Mariano Ospina Rodríguez, que acababa de ser elegido por el partido conservador, (en competencia con el general Tomás Cipriano de Mosquera) se prestó a aquella transformación jurídica, que disolvía prácticamente los vínculos de la nacionalidad. Fue entonces cuando de él se dijo que "el guardián del manicomio se había vuelto loco".

Y en manicomio de verdad fue en lo que paró aquella Confederación. Porque pese a las excelsas, sí que desconcertantes ejecutorias de don Mariano, lo cierto es que el país se le fue deshaciendo entre las manos poco a poco, entre otras cosas por haberse empecinado en hacer un gobierno de partido, con total exclusión de los liberales, a los que no quería ver ni de lejos, y mucho menos en su Ministerio. Por lo cual los liberales resolvieron de su parte hacerle una "revolucioncita", también de partido, que duró tres años y medio, desde mediados de 1859 hasta fines de 1862, con el objeto de recuperar el poder, al cual juzgaban que no volverían jamás por las vías del sufragio. Y el país se inundó en sangre...

No es nuestro propósito, ni cabe dentro de los límites de este libro, narrar las peripecias de esta otra desastrosa guerra civil colombiana que, como la de 1840, resultó también paradójica, pero en sentido contrario, pues habiendo sido iniciada por los liberales contra un gobierno conservador, terminó siendo capitalizada por un conservador de raja macana como el general Tomás Cipriano de Mosquera, para sacarse el clavo que le había dejado la derrota que don Mariano le propinara en las últimas elecciones presidenciales. Lo que sí importa decir es que, mientras sobre el centro del país pasaba el turbión revolucionario, en Panamá, Estado Confederado por excelencia, se disfrutaba de paz completa. Y que ejercía la Presidencia de aquella flamante ínsula, don José de Obaldía.

***

Era la de los de Obaldia una familia de terratenientes establecida desde la época colonial en David, en el Occidente panameño, y en la que no sólo el nombre de José Domingo, sino las propias características temperamentales se irían heredando, junto con ganados y trapiches, de generación en generación. Era además una familia de gordos, lo que les daría siempre cierta apariencia de bonhomía campechana. Pero a esa característica física, se uniría también siempre cierta astucia de ricachones provincianos que los mantendría vigilantes para sobreaguar en las situaciones difíciles y ofrecer a todos una apariencia de moderación. La cual, a lo mejor, no debió ser sino truco inconsciente para no presentar frente en exceso vulnerable a lo que constituía la razón principal de su prepotencia política y social: sus largos bienes de fortuna.

El más importante de los de Obaldía fue sin duda este don José (1806-1889) a quien encontramos como Presidente del Estado Soberano de Panamá en 1860, cuando estalla la guerra civil que llevó a Mosquera al poder. Le decían "pico de oro", porque hablaba con cierta elocuencia; pero este elogio lo contrarrestaban sus malquerientes añadiendo que don José era "un mar de conocimientos con sólo una pulgada de profundidad". Y Joaquín Pablo Posada, recogió hábilmente algo de esto cuando escribió en uno de sus "Camafeos":

¡Oh, qué facundia, qué lujo
de verba, la que produjo
en su alma joven, volcánica,
la Enciclopedia Británica!
¡Qué don José de Obaldía!

Lo cierto es que llegó a ser, como se sabe, Presidente de toda la Nueva Granada desde el 5 de agosto de 1854, cuando se encargó del poder durante, y frente a la efímera dictadura del general José María Melo, hasta el 31 de marzo de 1855 18.

Ahora bien: después de haber ocupado la Presidencia de la Nueva Granada; de haberse pasado a las filas del partido conservador, y muerto ya el general Tomás Herrera en las calles de Bogotá, precisamente durante la campaña contra Melo, ¿quién podía disputarle al señor Obaldía en 1858 la Presidencia del recién nacido Estado Soberano de Panamá?

Allí, como hemos dicho, lo cogió la revolución. Y allí empezaron también los aprietos de don José Domingo. Porque con el general Mosquera, caudillo de la rebelión, no se jugaba doble. ¿De qué lado se colocaba? ¿Con el Gobierno legítimo?

¿Con la revolución? El ecuánime de Obaldía optó, como era de esperarse por una solución intermedia y magistral: la neutralidad. Y en carta circular, que no firmó él mismo, (para evitar mayores problemas) sino que hizo signar por su Secretario de Estado, explicó hábilmente la necesidad que Panamá tenía de mantenerse al margen de la guerra civil, así en forma un poco sibilina (característica también de la familia) "En la hipótesis establecida (el triunfo de la revolución y el derrumbe del gobierno legítimo) el mundo entero justificaría una medida que sin sangre... hiciere del Estado de Panamá lo que el dedo de la Providencia ha trazado con caracteres indelebles".

Pero...¿qué era lo que ese dedo había trazado? No lo dijo el señor de Obaldía; aunque sí lo leyó entre líneas el general Mosquera en cuanto se enteró de aquella circular y le puso de una vez la puntería para cuando tuviera las manos libres y pudiera disparar hacia el Istmo. El cual vivió entonces, desde 1860 hasta 1862 en una entera y completa Independencia en relación con el resto del país, lo que en realidad vino a constituir la cuarta y la más prolongada de las primeras separaciones panameñas. ¡Y fue tal su aislamiento con relación a Bogotá que durante esos dos años solo le era posible comunicarse con el gobierno de don Mariano Ospina a través de la larga y difícil vía de Venezuela!

Mas no se crea que fue de Obaldía quien se puso al frente de aquel régimen no ya separatista, sino separado. Porque al ver como las cosas se le iban poniendo de mal color, el viejo zorro llamó a elecciones para el bienio 1860-62 y encaramó en el poder al joven conservador don Santiago de la Guardia, a cuyo cargo iba a quedar la defensa de la independencia istmeña. Y don Santiago, que era inexperto e impetuoso, se tomó en serio lo de la "neutralidad" istmeña, con la clase de enemigo con quien al cabo tendría que enfrentarse. "Ni halagos, ni amenazas le hicieron cambiar su línea de neutralidad" dice la historia convencional Panameña. El quería hacer un Estado próspero por medio de la paz"19

Hasta que sobrevino el avance liberal y mosquerista. La Confederación granadina se convirtió entonces en los "Estados Unidos de Colombia" y Mosquera, ya con las manos libres y con la mala fe del caso, empezó a negociar con de la Guardia una especie de Tratado internacional para cuya negociación se envió al Istmo al doctor Manuel Murillo Toro y que, luego de muchas vueltas y revueltas, fue firmado el 6 de septiembre de 1861 y llevó el título de "Convenio de Colón". Por medio de este pacto, Panamá adhería a la nueva entidad nacional que ya estaba para organizarse en la Convención de Rionegro, a donde se comprometía a enviar sus plenipotenciarios, pero "reservándose el derecho, en uso de su soberanía, de aprobar o negar la nueva Constitución así como a mantenerse neutral en las luchas del resto de la República". Además, se convino en que no habría en el Estado otros empleados que los que determinasen sus leyes propias; en que habría una completa independencia en la administración de justicia, así como un libre tránsito internacional sin intervención del gobierno de Bogotá; y, en fin, en que habría para Panamá un libre uso de sus rentas, salvo la cuota que se fijase para contribuir a los gastos generales de la nación.

El doctor Murillo Toro, que era legalista e ideólogo, posiblemente firmó aquel convenio convencido de que iba a ser cumplido. ¿Qué cosa más bella que otorgarle a Panamá prácticamente la independencia, sin que por eso se rompiera la unidad nacional? Pero no pensó lo mismo Mosquera quien, apenas tuvo fuerzas disponibles, y desconfiando del conservatismo del Presidente panameño, mandó a Panamá un batallón, con instrucciones reservadas de hacerle la vida imposible al pobre señor de la Guardia.

Como en efecto sucedió, pues a poco de llegar aquellas fuerzas al Istmo, estalló en Panamá, amparada por aquellas, una revolución contra de la Guardia. Y todo ocurrió entonces como sería ideal que aconteciera para que de una vez se acabaran las guerras sobre la haz de la tierra, con la muerte del general en jefe y de ningún soldado. Pues tal como nos lo cuenta don Belisario Porras en sus "Memorias", el combate a orillas del Río Chico que le puso término a dicha revolución, "se redujo a unos cuantos tiros, que no hicieron más víctimas que el Gobernador del Estado, don Santiago de la Guardia. Como en la batalla de Brenneville, ¡sólo pereció un hombre!"20.. Pero la historia oficial de los panameños, dice que de la Guardia "murió como un valiente a la temprana edad de 33 años", y que "se sacrificó en aras de la libertad que ha sido anhelo e inspiración de los panameños de todas las épocas". Lo cual es verdad 21.

____________
 

17.
A. J. Castillero y E. J. Arce. "Historia de Panamá". Páginas 113 y 114.
18.
 

 


 
 
 
Pero don José de Obaldía no era ningún tonto. Mientras Meló tuvo posibilidades de consolidarse, o sea en los primeros seis meses del gobierno dictatorial (Abril-Agosto de 1854) nuestro hombre se mantuvo a la sombra, asilado en la Legación de los Estados Unidos, y dejó que la defensa del principio de legitimidad corriera por cuenta del 2° Vicepresidente (o Designado) de la Nueva Granada, el ya general y siempre romántico y valeroso don Tomás Herrera. Y cuando el nubarrón hubo pasado y Herrera logrado reorganizar el Ejército legitimista agrupando en su derredor a todas las fuerzas políticas del país, liberales y conservadoras, para combatir al Dictador, el señor de Obaldía, mezclado a unos extranjeros que salían de la Legación, se escapó de su escondite y huyó a Ibagué, donde se encargó, entonces sí, de la Presidencia.
Mas por lo visto, todas aquellas aventuras, de las que el partido liberal resultaba principalmente responsable, no le habían agradado mucho al señor de Obaldía, hombre pacífico, burgués y nada amigo de bochinches ni de retozos democráticos; por lo que al cabo de aquellos violentos azacanes abandonó las filas rojas, en donde comenzaba de veras a sentirse incómodo y como dice Fernando de la Vega en su obra ''Espigando", "se vino con derechura al campamento conservador". Pero, ¿cómo no?, si corrían vientos de reacción antidemagógica y la momentánea reconciliación de liberales y conservadores para combatir a Meló ¿había tendido un puente favorable para la deserción? Además, don José "no era muy ortodoxo en su liberalismo". Así nos lo afirma don Salvador Camacho Roldán en sus Memorias, quien añade por eso que, "apenas lanzada su candidatura para Vicepresidente, se pausó en abandonarla por haber atacado y votado negativamente en el Senado un proyecto de ley sobre libertad de imprenta... y, como es sabido, desde 1855 abandonó las banderas liberales y vivió en comunión conservadora hasta su muerte".
19.
E. J. Castillero y E. J. Arce. Opus cit. Página 119.
20.
Belisario Porras. "Memorias de las campañas del Istmo". Página 56.
21.
E. J. Castillero y E. J. Arce. Ibid. Página 120.
Comentarios (0) | Comente | Comparta