DE ESTADO SOBERANO A TERRITORIO NACIONAL
 

Con el estrambótico armisticio celebrado entre el General Aizpuru, dueño de la ciudad de Panamá, y las fuerzas del gobierno, representadas en Colón por el General Ulloa, y con el desembarco de los marinos norteamericanos, las cosas en el Istmo se calmaron, pero en manera alguna tomaron un giro normal, pues todavía en el resto de Colombia, el Gobierno no había logrado vencer por completo a la revolución, que aún dominaba el río Magdalena y tenía sitiada a Cartagena.

Felizmente el Presidente Núñez había mientras tanto dispuesto una expedición que al mando efectivo del General Rafael Reyes, debería partir de Buenaventura para ir al Istmo a restaurar allí por completo los principios de orden y legitimidad. Aquella expedición tuvo las características de una odisea, pues para cumplir la misión que se le había confiado, Reyes no contaba con buques, pertrechos, ni provisiones suficientes. Pero el enérgico e improvisado militar salió airoso en su empresa habilitando como barco-transporte un carcamán que en la bahía de Buenaventura venía de tiempo atrás sirviendo como depósito de carbón, y remolcándolo luego con 400 hombres a bordo, en medio de increíbles dificultades y peligros, hasta la rada de Panamá. Aquella fue la conocida "aventura del Pontón" que la historia colombiana registra como una de las más notables hazañas realizadas en el curso de nuestras guerras 119.

Al principio, los comandantes Jewett y Mc-Kella, jefes de las fuerzas norteamericanas de ocupación, trataron de impedir el desembarco de las tropas legitimistas y así se lo hicieron saber al jefe nominal de la expedición, que era el General Miguel Montoya. La verdad es que aquellas gentes llegadas por mar de modo tan extraño, tenían más el aspecto de una montonera pirática, que la apariencia de un ejército regular al servicio de un gobierno legítimo.

Fue entonces cuando Reyes, desafiando todo peligro, resolvió presentarse ante las autoridades norteamericanas; y a la notificación verbal de Jewett de que no permitiría el desembarco de las tropas "le contestamos -relató años después el propio Reyes- que tal notificación equivalía a una sentencia de muerte, porque hacía dos días que no tomábamos agua; que el territorio por él ocupado era colombiano; que conforme al tratado de 1846, el gobierno americano tenía la obligación de garantizar al tránsito del Istmo mientras no llegaran fuerzas colombianas a reemplazar las suyas, y que preferíamos morir con nuestros compañeros atacando sus cañones y defendiendo el honor y los derechos de Colombia, que perecer de sed. El Almirante debió comprender -termina diciendo Reyes-, que no éramos salvajes; nos tendió la mano, y convinimos en que desembarcaríamos inmediatamente, lo que hicimos al compás de la música de la banda americana, que tocó el himno colombiano y saludó nuestra bandera"" 120.

Con la llegada de las tropas del gobierno y su entendimiento con los Almirantes norteamericanos, Aizpuru se rindió incondicionalmente; y luego, al entrar en contacto las tropas expedicionarias de Reyes con las de Ulloa que se hallaban en Colón, la normalidad quedó restablecida por completo, el gobierno fue reorganizado y se inició por fin el castigo de los responsables del incendio de Colón.

Para esto, lo primero que hizo el General Reyes, fue organizar un Consejo de Guerra, con el objeto de juzgar a los individuos a quienes la voz pública acusaba como responsables directos de aquella catástrofe, o sea, al cartagenero Pedro Prestán, al haitiano Antonio Petricelli o Pautricelli y al jamaiquino o "yumeca" Jorge Davis, apodado con el remoquete, que pasó a la historia, de "Cocobolo". Prestán había logrado huir hasta las cercanías de Cartagena, donde se incorporó a las fuerzas radicales que sitiaban a la ciudad. Pero los otros dos cayeron pronto en manos de la justicia y fueron condenados a la horca.

Aquellos episodios nos los cuenta en un relato vívido y apasionante un ingeniero francés, contratado por la Compañía del Canal, que llegó a Colón en medio del pandemonio resultante de la destrucción de la ciudad, y a quien adelante conoceremos más a fondo porque luego habría de tener una figuración de primer orden en la historia de Panamá, en cuya separación de Colombia le tocaría hacer el papel del "Villano de la película": Philippe Burneau Varilla.

"Desde que las tropas regulares colombianas reasumieron el control de la ciudad -nos dice el francés-, lo primero que hicieron fue ahorcar a un negro llamado "Cocobolo", acusado de haber propagado el incendio. Para ejecutarlo, simplemente construyeron un pórtico a través de las vías férreas del Panamá Railroad. Se colocó entonces bajo aquel pórtico un vagón-plataforma y allí se hizo subir al condenado. Detrás de él, y provisto de una cuerda engrasada y un nudo corredizo, brincó al vagón el Capitán del Puerto... y con mano hábil y brazo vigoroso, lanzó la soga por encima del pórtico, y ajustó el nudo en el cuello del negro. Luego amarró el otro extremo de la cuerda a uno de los puntales, e hizo empujar el vagón por un grupo de gentes. Así acabó "Cocobolo"; pero en medio de la ciudad en ruinas, el pórtico fue cuidadosamente conservado para colgar a Prestán, jefe de la insurrección y tenido por responsable del desastre, pero quien había logrado huir disfrazado. Capturado por fin, y traído meses más tarde a Colón, fue juzgado por un Tribunal Militar colombiano y también condenado a la horca... yo asistí desde un remolcador a la ejecución (18 de agosto de 1885), que por fin no se llevó a cabo en el pórtico de marras sino a la orilla del mar. La víspera me había encontrado con el Capitán del Puerto, quien llevaba bajo el brazo un grueso paquete. Le pregunté qué llevaba allí y me respondió: "¡Qué mas va a ser sino la soga! Están juzgando a Prestán y espero a que me llamen para colgarlo yo mismo", y queriendo hacerme admirar la delicadeza de su arte, el hombre abrió el paquete y me hizo ver la cuerda, y su nudo corredizo, admirablemente engrasada y preparada de tiempo atrás para la ejecución" 121.

Algunos meses después, con el fracaso de los revolucionarios en su último, sangriento y temerario asalto a las murallas de Cartagena (7 a 8 de mayo de 1885), y su pírrica victoria en la batalla fluvial de La Humareda (junio 17 de 1885) terminó la guerra civil de 1885 en Colombia. El Presidente Núñez declaró que la Constitución, de 1863 había dejado de existir, y el país empezó a reorganizarse sobre nuevas bases. "La nación colombiana, dijo la nueva Constitución en sus artículos primero y segundo, se reconstituye en forma de República unitaria. La soberanía reside esencial y exclusivamente en la Nación y de ella emanan los poderes públicos, que se ejercerán en los términos que esta Constitución establece".

En otras palabras, los Estados Soberanos desaparecían y por lo que a Panamá se refiere, conociendo Núñez más que nadie las interioridades de su política y las dificultades para gobernarla (como que allí había residido gran parte de su vida, se había casado en primeras nupcias, y por último había sido elegido Presidente de ese Estado) 122, dispuso por un artículo especial -el 201- que el Departamento de Panamá "estará sometido a la autoridad directa del Gobierno y será gobernado con arreglo a leyes especiales".

No obstante aquella medida fue un error, quizá porque las "leyes especiales"' no desarrollaron convenientemente la disposición constitucional, pues aunque durante el régimen federal los panameños no dieron muestras de suficiente madurez para gobernarse por sí mismos 123., la sola idea de volver a estar sometidos a la autoridad directa del lejano gobierno de Bogotá y de verse convertidos prácticamente en un simple Territorio Nacional, repugnaba de tal modo a la gran mayoría de los panameños y el descontento fue tan ostensible, que el Cónsul General norteamericano, Mr. Thomas Adamson informó en diciembre de 1886 al Departamento de Estado de Washington que "las tres cuartas partes de los habitantes del Istmo, desean la separación y la independencia del antiguo Estado de Panamá, y los istmeños sienten por el Gobernador del Istmo, tanto afecto, cuanto pudieron sentirlo los polacos hace 40 años por los gobernantes que les enviaba San Petersburgo, y con toda seguridad se rebelarían si pudiesen procurarse armas, y tuviesen la certidumbre de que los Estados Unidos no intervendrían" 124.

En este informe del Cónsul norteamericano podía haber alguna exageración. Pero era evidente que la vieja idea de reasumir su propia soberanía y de constituirse en nación independiente, seguía latente entre las gentes istmeñas. El mismo general Aizpuru trató en cierto momento, durante la revolución, de agitar la bandera separatista, pero esa causa necesitaba líderes más capacitados, y los tiempos no estaban maduros todavía para que el inevitable desgarrón se produjera.

_____________
 

119.
 
Ver "Rafael Reyes, Biografía de un gran Colombiano", por Eduardo Lemaitre, páginas 22 y siguientes. Editorial Iqueima, Bogotá 1967.
120.
Eduardo Lemaitre, Opus Cit. Páginas 33 y 34.
121.
Philippe Bunau-Varilla " De Panamá a Verdun", Página 12.
122.

 
"Y se dio el caso extraordinario de que el Presidente Núñez, siendo Presidente de Colombia, fue electo Presidente del Estado de Panamá para el período de 1882-84. Por supuesto, él no dejó la Primera Magistratura nacional para venir a gobernar en el Istmo". E. J. Castillero. Opus Cit. 122-23.
123.




 
Los colombianos soportan mal la lentitud de los procedimientos propios de la república constitucional y parlamentaria: prefieren la acción directa. Una facción se alza en armas, arriesga todo por el todo y su jefe encuentra en la aventura, o el poder o la muerte. En el escaIón superior, en Bogotá, las querellas tienen una apariencia ideológica, pero al nivel local (de Panamá) la lucha no es más que cuestión de empleos o de dinero". Del Almirante Lacombe al Ministro de Marina de Francia, 28 de Marzo de 1885. Cita de Edgar Bonnet. Página 186.
124.
E. J. Castillero y E. J. Arce. Opus Cit., página 153.
Comentarios (0) | Comente | Comparta